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Foro internacional

versión impresa ISSN 0185-013X

Foro int vol.58 no.1 México ene./mar. 2018

 

Reseñas

Graciela Pérez-Gavilán Rojas, Ana Teresa Gutiérrez del Cid, Beatriz Nadia Pérez Rodríguez (coords.), La Geopolítica del siglo XXI

Eduardo Tzili Apango

Pérez-Gavilán Rojas, Graciela; Gutiérrez del Cid, Ana Teresa; Pérez Rodríguez, Beatriz Nadia. (coords.), La Geopolítica del siglo XXI. México: UAM-Xochimilco, 2017. 395p.

En la comprensión de las relaciones internacionales, el análisis de la geopolítica resulta ser una herramienta muy útil, porque combina el estudio del poder con el del territorio. El desarrollo de la geopolítica, como disciplina científica, ha dado cuenta de numerosas variables que explican fenómenos sociales a partir precisamente del tándem territorio-poder. Esta obra colectiva atestigua lo anterior, en tanto que procura un riguroso análisis a partir de metodología teórica y conceptual proveniente de la geopolítica.

La obra se divide en cuatro secciones. La primera, que es de importancia, expone la geopolítica como un eje teórico de las Relaciones Internacionales (RRII). Se podría decir que más allá de proponer la geopolítica como una subdisciplina de las RRII, hay intención de considerarla como una disciplina científica por derecho propio. La definición de geopolítica en el primer capítulo, de González Aguayo, me parece pertinente, porque se acomoda teóricamente al resto de los capítulos. A grandes rasgos, este colaborador la define (pp. 17-18) como el arte, la ciencia, la disciplina, la técnica, el método de pensamiento, que permite a una dirigencia, de una sociedad en cualquier tiempo, conocer los recursos con los que cuenta, de los que carece y los objetivos que permitirán alcanzar propósitos estratégicos, según la coyuntura de sus vecinos. Para González Aguayo, la geopolítica presenta vertientes, ejes, redes, flujos, dinámica, que muestran la complejidad del análisis geopolítico. Cada uno de estos elementos analíticos responde a una necesidad metodológica para estudiar la geopolítica global. El autor describe someramente cada uno de éstos, según la parte del planeta que se quiera estudiar o el fenómeno en cuestión. El propósito del autor es participar y contribuir al debate que ha traído de vuelta a la geopolítica al escenario académico tanto con nuevos enfoques, cuanto con novedosas interpretaciones de la geopolítica clásica.

Los subsecuentes tres capítulos realizan una revisión histórica de la geopolítica, una revisión del debate entre Brzezinski y Duguin sobre sus perspectivas en lo que atañe a las aportaciones del teórico clásico de la geopolítica Halford Mackinder y una interesante aportación de las matemáticas -específicamente, la Teoría de Juegos- al desarrollo del estudio geopolítico. En estos capítulos, se exponen los principales conceptos que provienen de la geopolítica, así como la evolución de los sucesos históricos en los que ésta ha intervenido para mejor comprender los fenómenos globales.

El capítulo de Gutiérrez del Cid expone la consolidación de una escuela rusa de pensamiento geopolítico a la luz de las contribuciones académicas de Duguin, que ocurrió como respuesta a la concepción anglosajona del mundo unipolar. Como resultado, resurgió la concepción geopolítica de “Eurasia”, la cual se ve reflejada en el proyecto ruso de la Unión Económica Euroasiática.

El capítulo de Valdivia permite comprender la evolución histórica de la geopolítica como disciplina científica, pues se dedica a analizar su aplicación al estudio de procesos de poder en la historia mundial del siglo XX. El autor describe sobre el asunto las principales aportaciones de la Escuela Clásica de la Geopolítica, el renacimiento de la disciplina durante la Guerra Fría, la formación de la geopolítica neoclásica y los últimos enfoques posestructuralistas y críticos. Según Valdivia, los académicos latinoamericanos deben incorporar las herramientas de análisis geopolítico -sobre todo, las del llamado “tercer debate”- para mejor comprender la realidad mundial contemporánea.

El capítulo de Narro Ramírez es de particular interés, en cuanto que reúne dos disciplinas aparentemente inconexas. Esta contribución expone al lector la manera en la que se vinculan y se aprovechan, mutua y empíricamente, la Teoría de Juegos y la geopolítica. Según la autora, los instrumentos de aquéllas brindan rigor y refuerzo a las tesis teóricas de ésta.

En la segunda sección se estudian casos sobre la geopolítica de las grandes potencias. Un primer reparo a la obra, en este sentido, es una sobrada atención al análisis de China y, en menor medida, de Rusia. Sin embargo, esto puede deberse al relieve que ambos países han adquirido en la política mundial contemporánea. La lectura de la sección anterior es importante, porque los autores de la segunda sección hacen uso puntual de los conceptos que ofrece la geopolítica.

De los doce capítulos que informan esta segunda sección, cinco están dedicados a China. Algunos de éstos, como la contribución de Arellanes acerca del Acuerdo Transpacífico de Asociación Económica (TPP, según sus siglas en inglés), han perdido cierta vigencia por los cambios tan profundos que han acaecido desde que la obra se publicó, entre los que descuella la elección de Trump como presidente de Estados Unidos. Otros análisis sobre la geopolítica de China consideran la economía, el regionalismo en Asia-Pacífico, el soft power (‘poder lenitivo’) chino y el papel del país asiático en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

En lo que atañe a economía, el estudio de Roa Hernández realiza una revisión de la historia del desarrollo económico de China. El autor subraya que hoy en día Beijing concentra sus esfuerzos económicos en la inversión de infraestructura, lo cual ha de considerarse para comprender el efecto ‘derrame’ (spill-over) de las decisiones del gobierno chino en la región, pues resulta ser a todas luces asunto del estudio geopolítico. Un ejemplo de lo anterior es la iniciativa china “Una Franja, Una Ruta”, que ha expandido la política pública de inversión en infraestructura por Asia Central.

El texto de Pérez-Gavilán analiza la estrategia de China para convertirse en hegemónica potencia económica y política de Asia-Pacífico. La autora argumenta que, para Beijing, Asia-Pacífico tiene gran prioridad en la estrategia del balance de poder y liderazgo regional. Con todo, Estados Unidos está presente en todos los cálculos estratégicos de consolidación de poder regional chino, lo cual representa un reto para la consolidación del poder regional de China.

La colaboración de Fierro García resulta adecuada para comprender el poder lenitivo que ha ejercido el gobierno chino en la última década. A la luz de la geopolítica, la autora propone analizar el soft power chino desde el concepto de “ejercicio geocultural”. En este sentido, Fierro García propone que la supervivencia del régimen chino depende de la regulación de la influencia occidental al interior de sus fronteras. Aparentemente, Beijing ha logrado esto con un relativo éxito, sobre todo en lo que concierne al silencio de países occidentales con respecto de la situación de Liu Xiaobo, disidente chino Nobel de la Paz, durante la cumbre que, en 2017, el G20 celebró en Alemania.1

Otra crítica en esta sección es la inclusión de un capítulo sobre Corea. Si bien el análisis geopolítico de la península coreana resulta importante para comprender la dinámica de poder en el Noreste asiático -sobre todo, y tomando en cuenta que se involucran grandes potencias-, el autor no encamina su texto en este sentido. Roldán argumenta, más bien, que los acontecimientos en Corea reflejan un cambio de la geopolítica, característica de la Guerra Fría, a la geoeconomía de la Posguerra Fría. Al ser un texto de consideraciones teóricas, es de pensar que estaría mejor ubicado en la primera sección del libro.

Vinculado a China y Corea, Calderón Camacho escribe un capítulo sobre la visión geopolítica de Japón. El autor expone que el gobierno japonés ha adoptado una nueva estrategia de seguridad con base en la seguridad integral, que considera la seguridad humana, cooperativa y colectiva. Esta decisión se revistió de un carácter geopolítico por los cambios que se han producido en el entorno estratégico mundial. El capítulo es insuficiente en muchos sentidos, ya que es uno de los más breves de la obra.

Estévez Daniel indaga, más adelante, sobre el papel de Rusia y China en el Consejo de Seguridad. En este capítulo, el autor afirma que Rusia representa el retorno de una gran potencia al tablero geopolítico mundial, en virtud de que los teatros de operaciones del Kremlin abarcan Asia, Europa y Medio Oriente. El autor considera también que China y Rusia son Estados que no buscan transformar el orden mundial vigente, sino mantener el statu quo que les ha permitido fortalecerse y ser polos de poder de decisión global. Este capítulo, como el anterior, es muy breve, por lo que es probable que muchas consideraciones analíticas hayan quedado fuera. Vinculado al análisis de Rusia, Sánchez y De Rojas escriben un texto sobre la geopolítica del país euroasiático. Este texto repite ideas previamente establecidas por otros autores en la misma obra. La contribución de estos autores radica en advertir que cualquier análisis de la realidad internacional debe incluir a Rusia como elemento decisivo.

Olguín Monroy, en su contribución, analiza el problema de la gestión del cercano extranjero ruso después de la caída de la Unión Soviética. En este capítulo -abundante en citas textuales y lenguaje literario más que académico-, el autor advierte que el reacomodo ruso dominará por largo tiempo la agenda de los líderes rusos, porque la disolución de la URSS cimentó un entorno de “alta volatilidad geopolítica”.

Al término de la segunda sección, se hallan dos textos sobre los retos actuales de la Unión Europa, en los que se destaca la migración como consecuencia del conflicto en Siria. El primero, de Beatriz Pérez y Cuauhtémoc Pérez, versa sobre los retos geopolíticos que enfrenta el proceso de integración europeo; el segundo, de Teresa Pérez y Cuauhtémoc Pérez, sobre las condiciones de la Unión Europea frente a los retos que supone el ingreso masivo de migrantes sirios. Cabe destacar que la obra deja fuera el análisis del importante caso del Brexit, que, sin duda, representa una situación geopolítica europea.

La tercera sección incluye dos capítulos sobre la geopolítica en Medio Oriente. El primero de los textos, de Sarquís, analiza orígenes y consecuencias del Estado Islámico. El autor advierte que el surgimiento del también llamado Daesh es, sin duda, uno de los fenómenos político-religiosos más relevantes para la agenda mundial contemporánea. El segundo, de Musalem y Porras, analiza el caso geopolítico de Cisjordania y los refugiados palestinos. Estos autores critican el desinterés de la comunidad internacional por atender el problema palestino, sobre todo en lo que toca a la crisis humanitaria. Ambos textos mantienen una fuerte carga histórica y descriptiva.

La cuarta y última sección vincula la geopolítica con los recursos naturales. Hernández Mendoza, en el primer capítulo de la sección, estudia el petróleo como fuente dialéctica de energía y conflicto. En este sentido, el autor argumenta que el petróleo es un “recurso energético con valor simbólico asociado con la violencia”. Con base en esto, el autor advierte que la geopolítica del petróleo del siglo XXI habrá de definirse con la lucha por el control del complejo de producción petrolera, que incluye localización, distribución, transformación, almacenamiento, refinación y control de mercados.

El capítulo siguiente, escrito por Alvarado Mijangos, se refiere a la geopolítica energética de Estados Unidos y su relación con el cambio climático. Ésta es otra de las aportaciones que ha quedado rebasada por la realidad de la retirada estadounidense del Acuerdo de París a inicios de junio de 2017.2 Sin embargo, es útil para conocer los antecedentes e intereses energéticos globales del país norteamericano.

El tercer texto de la última sección de la obra trata sobre el Ártico como escenario de competencia geopolítica. Este análisis resulta fundamental para comprender la dinámica geopolítica global del siglo XXI, dado que el Ártico se convierte, cada vez más, en un teatro de operaciones de grandes potencias, algunas circundantes a la región y otras no tanto. En este sentido, Munguía Gaspar introduce el concepto de “dependencia estratégica” para categorizar el proceso de vinculación entre recursos naturales y economía productiva.

El último texto de la obra, escrito por Catalán Salgado, estudia la situación geopolítica de la falta de acceso de Bolivia al mar. El autor realiza una sintética revisión histórica para conocer la tendencia por la cual Bolivia ha quedado sin acceso al mar. Sin embargo, en este breve texto falta mostrar un análisis más profundo a causa de la extensión. El capítulo es interesante, sin duda, para conocer los antecedentes de una problemática geopolítica latinoamericana.

La obra carece de un capítulo final en que se sinteticen los resultados del esfuerzo colectivo y se tracen futuras líneas de investigación por seguir. Con todo, esta Geopolítica del siglo xxi es una obra básica para el estudioso de las RRII por sus conceptos, teorías y alcances, cuya puntual lectura no es sino recomendable.

Eduardo Tzili Apango

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