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Foro internacional

versión impresa ISSN 0185-013X

Foro int vol.56 no.3 México jul./sep. 2016

 

Reseñas

Joseph S. Nye, Jr., Is the American Century Over?

José Luis Rodríguez Aquino

Nye, Jr., Joseph S.. Is the American Century Over?. Malden: Polity Press, 2015. 146p.

La pregunta que plantea Joseph Nye, ¿se acabó el siglo estadounidense?, no es nueva; ha permeado el imaginario estadounidense desde, según el autor, la fundación del país. El autor responde con un contundente "no", pero matiza su respuesta hacia el final del libro: "el siglo estadounidense continuará en términos de la centralidad de Estados Unidos en el equilibrio de poder y de su liderazgo en la producción de bienes públicos, pero será diferente a la forma que ha tomado desde la segunda mitad del siglo pasado" (p. 112). Nye plantea que el declive de un país puede estudiarse desde dos enfoques, declive absoluto ("deterioro interno") y relativo ("disminución del poder externo relativo", p. 20). En un principio, la idea del declive estadounidense implicaba no cumplir expectativas internas o el deterioro moral y político, pero después de la Segunda Guerra Mundial se identificaba con ser rebasado por algún rival. Actualmente, la crisis económica y financiera y el surgimiento de "rivales", especialmente China, hicieron que la pregunta sobre el declive relativo de Estados Unidos ganara popularidad nuevamente.

En Is the American Century Over?, Nye escribe un ensayo de 127 páginas -donde resume varios de los argumentos que ha propuesto durante su carrera académica- defendiendo la primacía en recursos de poder de Estados Unidos y su papel central en el equilibrio de poder global entre Estados (p. 14). El autor divide su ensayo en siete capítulos. En el primer capítulo, Nye se embarca en dos debates: ¿el orden internacional es jerárquico y liderado por Estados Unidos o no existe un orden internacional y hay, más bien, un grupo de Estados afines? ¿El orden internacional se mantendrá estable a pesar del declive de Estados Unidos, debido a que se basa en un "imperio por invitación" institucionalizado (de acuerdo a Geir Lundestad), o veremos una arquitectura basada en regionalismos y narrativas múltiples (un "cine de salas múltiples", según Amitav Acharya)? Para responder a estas preguntas, el autor define poder como "la habilidad de afectar a otros para obtener los resultados que uno quiere" y plantea que se puede lograr este objetivo por medio de la coerción, pagos (poder duro) o persuasión y atracción (poder suave, p. 3); nos recuerda, además, que no sólo debemos ver los recursos de un país, sino también la capacidad de conversión de poder. Con esta definición en mente, Nye descarta usar el término hegemonía por su ambigüedad,1 y utiliza los conceptos de primacía y preeminencia, en cuanto reflejan que Estados Unidos posee más recursos de poder (medibles). El autor rastrea el inicio del "siglo estadounidense" a 1945, cuando el país se convirtió en un poder hegemónico en términos económicos y en un elemento central de equilibrio de poder, pero nos recuerda que incluso a partir de entonces Washington algunas veces ha fallado en términos de conversión de poder.

Nye empieza analizando el declive relativo de Estados Unidos, y ubica seis posibles competidores (Europa, Japón, Rusia, la India, Brasil y China). El autor argumenta que inclusive si Estados Unidos no enfrenta un declive absoluto, el siglo estadounidense podría terminarse simplemente por la emergencia de otros países. Explica que si bien ningún país por sí mismo superará a Washington, las alianzas entre los países emergentes podrían erosionar la preeminencia estadounidense y su capacidad para mantener el orden internacional (p. 23). Nye estudia los primeros cinco posibles competidores en un capítulo -China merece, de acuerdo al autor, un capítulo completo-; y si bien trata de explicar el potencial y los problemas internos de cada caso, pareciera que promoviera una agenda liberal (democracia y libre mercado específicamente) como soluciones a los obstáculos que cada país enfrenta.

El primer caso es Europa. El autor vaticina que si bien el continente en agregado posee recursos de poder suficientes para competir con Estados Unidos, es incierto si la Unión Europea desarrollará la cohesión política, social y cultural necesaria para actuar unificadamente; incluso si la Unión superara divisiones, sus recursos equilibrarían a Estados Unidos, pero no igualarían al poder hegemónico. Nye explica que Japón es el caso perfecto para ejemplificar los peligros de usar proyecciones lineales basadas en tasas de crecimiento económico, pues en la década de 1980 se aseguraba que Japón rebasaría a Estados Unidos (como ahora se predice con China). El autor asegura que Japón difícilmente se convertirá en un opositor global al orden estadounidense, pero si se aliase con China podría generar una coalición poderosa -escenario improbable debido a disputas territoriales, visiones regionales e internacionales diferentes, y resentimientos mutuos. Para Nye, el hecho de que Estados Unidos mantenga alianzas sólidas y estables con Europa y Japón aumenta la posición neta del poder estadounidense.

Rusia, la India y Brasil tienen recursos de poder suficientes para pedir una modificación del orden internacional, pero sus problemas internos y los retos de lograr su emergencia evitarán que se conviertan en adversarios de Estados Unidos. Para Nye, Rusia es un "poder en declive",2 con recursos humanos y áreas económicas con potencial; comparándola con otros "poderes en declive" (los imperios otomano y austrohúngaro en 1914), Nye considera que Rusia podría ser altamente disruptiva en el sistema internacional -un actor que busque modificar el statu quo e instigue a otros poderes revisionistas a buscar eliminar, al menos retóricamente, la preeminencia estadounidense-, pero no tiene los recursos para equilibrar a Estados Unidos, mucho menos para poner fin al siglo estadounidense. La India y Brasil, a pesar de tener recursos de poder considerables (en especial en términos de población, territorio y capacidad nuclear en el caso del país asiático), enfrentan problemas internos que evitarán que se convierta en un rival global. El deseo de contrarrestar la ideología y diplomacia estadounidense podría propiciar la cooperación entre estos tres países y China, pero varios obstáculos impiden que se concreten alianzas, especialmente diferencias de política interna y divergencias en política exterior y regional -la India, por ejemplo, tiende a equilibrar a China en el escenario regional en lugar de aliarse con ella.

Nye argumenta que "la emergencia de China es una etiqueta equivocada; recuperación es una más adecuada" (p. 48). Desde la década de 1990 la opinión pública estadounidense piensa que China será el mayor reto para el estatus estadounidense en el siglo veintiuno (p. 46) debido a su creciente capacidad económica y comercial (aunque no ha mejorado al mismo ritmo en términos de sofisticación). Contrario a estas ideas, Nye asegura que China ha concentrado sus recursos en asegurar su emergencia, más que en enfrentarse con Estados Unidos o en convertirse en un poder global, pues tiene que lidiar con problemas internos económicos, institucionales (como poner atención a las demandas de la creciente clase media), de minorías étnicas y demográficas. Estos retos hacen que "nadie, incluidos los líderes chinos, sepan cómo evolucionará el futuro político de China y cómo afectará su crecimiento económico" (p. 55). Así, China no ha logrado traducir sus capacidades en proyección de fuerza global; en todo caso centraliza su atención en su región inmediata.3 Nye concluye el capítulo sobre China argumentando que el país se ha beneficiado del sistema liberal y de sus instituciones, por lo que no buscará cambiarlo, sólo modificarlo de forma gradual para evitar políticas de equilibrio u oposición, especialmente en su región (pp. 69 y 70).

En el capítulo cinco, Nye analiza el supuesto declive absoluto de Estados Unidos, estudiando especialmente las analogías que comparan al país norteamericano con el imperio romano. La pregunta que guía esta sección es si Washington perderá capacidad para influir el sistema internacional como resultado de batallas internas sobre cultura, el colapso institucional y el estancamiento económico. El autor responde que la cultura estadounidense tiene puntos de debate, pero son problemas que pueden resolverse y que mueven menor crispación que temas en años anteriores; existen problemas sociales, pero se organizan políticas públicas para intentar resolverlos; hay crisis económicas que reducen los niveles de productividad, pero la economía estadounidense mantiene un alto grado de innovación, investigación y emprendimiento. Los problemas más apremiantes son desigualdad, problemas en educación básica y, principalmente, la parálisis institucional. A pesar de que los partidos políticos estadounidenses aumentan su grado de ideologización y la opinión pública confía cada vez menos en la capacidad de los políticos para celebrar acuerdos, pocas personas creen que el sistema democrático esté podrido y necesite cambiarse. Si bien se pueden identificar puntos de tensión internos, éstos no crean un declive absoluto que señalen claramente cuándo terminará el siglo estadounidense.

En la penúltima sección, Nye complementa su análisis de la transición del poder con un estudio sobre la difusión del poder de gobiernos a actores no estatales como resultado de la revolución en información (escribiendo escasas dieciocho páginas sobre el tema), y se muestra altamente opitmista sobre las capacidades de adaptación estadounidense, sin justificar sus percepciones. Mientras que la transición trae nuevos actores al debate, la difusión introduce nuevos temas en la agenda al mismo tiempo que debilita la habilidad de respuesta gubernamental, aumentado así la complejidad del orden internacional. En este sentido, las jerarquías tradicionales del sistema internacional tendrán que convivir con una creciente agrupación de redes informales, fenómeno al que Estados Unidos podrá acoplarse, según Nye, debido a su "cultura de apertura e innovación" (p. 96). En este contexto, además, Estados Unidos será un actor necesario para "galvanizar instituciones y organizar redes" que permitan "conseguir que todos participen y conseguir acciones" (p. 100). Así, el liderazgo estadounidense será esencial para producir bienes públicos globales; pero si el siglo estadounidense continuará, Estados Unidos debe pensar más allá de ejercer poder sobre otros y buscar formas de lograr metas compartidas con otros (p. 112). La revolución en información ha aumentado la velocidad de comunicación y reducido los costos de transmitir información, con lo cual actores no estatales podrían aumentar su importancia en política mundial; sin embargo, la revolución afectará todo tipo de control, no sólo el gubernamental. Nye argumenta que esta revolución ayuda más a los actores grandes y poderosos, especialmente a los Estados, pero mayor capacidad y conectividad también aumenta la vulnerabilidad.

Finalmente, en la séptima sección, Nye concluye argumentando que el principal problema para Estados Unidos en el siglo veintiuno será un problema clásico en la política exterior estadounidense: su ineficiencia en conversión de poder, en especial en una época donde el país ha pasado de políticas "maximalistas" a "reduccionistas" (según Stephen Sestanovich, p. 118). El autor propone que los diseñadores de la política exterior estadounidense busquen crear un sistema de "asociaciones múltiples" en lugar de uno multipolar, siguiendo el concepto de la ex secretaria de Estado Hillary Clinton (p. 126) -alusión que podría ser sospechosa debido al contexto electoral estadounidense-, en el cual Washington debería buscar contener amenazas en lugar de tratar de ocupar y controlar, superar la parálisis institucional y garantizar el liderazgo estadounidense para rediseñar el orden internacional y crear incentivos para que otros actores compartan los costos del liderazgo (p. 125).

1"El término 'hegemonía' es un concepto demasiado impreciso como para describir 'el siglo estadounidense'. Algunas veces significa tener preponderancia de recursos de poder, algunas veces el comportamiento de establecer las reglas para otros y algunas veces la capacidad de obtener los resultados deseados", p. 12.

2"Una 'economía de sólo un grano' con instituciones corruptas y problemas demográficos y de salud insuperables", p. 34.

3China ha buscado proyectar sus capacidades en otras regiones, en especial en términos de ayuda para el desarrollo e inversiones en infraestructura, pero sus esfuerzos sólo le han retribuido apoyo en África y América Latina, donde las opiniones sobre el país son positivas, pero no en Estados Unidos, Europa, la India y Japón (p. 60).

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