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versión impresa ISSN 0185-013X

Foro int vol.55 no.2 México abr./jun. 2015

 

Reseñas

Joseph Hodara, Víctor L. Urquidi. Trayectoria intelectual

Carlos Alba Vega

Hodara, Joseph. Víctor L. Urquidi. Trayectoria intelectual. México: El Colegio de México, 2014. 240p.

La trayectoria del pensamiento de Víctor L. Urquidi es importante porque a lo largo de ella se puede conocer el perfil de un intelectual destacado y además porque permite tomar el pulso al estado de la sociedad, de las instituciones y de las personas con las que interactuó como testigo y actor importante en México desde la Segunda Guerra Mundial.

La amistad y cercanía del autor del libro con su personaje por más de tres décadas no impiden a Joseph Hodara observarlo con rigor crítico para reconocer los aciertos y logros, y distinguir las flaquezas y fracasos de este liberal progresista, este agnóstico y humanista que nunca buscó ni aceptó militancia partidaria alguna, ni puestos políticos ni negocios, y que si tuvo en alto la democracia y la equidad, tampoco dirigió críticas severas o pronunciamientos contestatarios o rebeldes que rebasaran lo que podía tolerar el autoritarismo del sistema político mexicano, en contraste con muchos otros intelectuales latinoamericanos. Seguramente los cargos de responsabilidad que tuvo en las instituciones gubernamentales e internacionales influyeron; también los cuatro sexenios gubernamentales que transitó como presidente de El Colegio de México, donde debía defender la libertad de cátedra frente a la dependencia económica.

Hodara muestra la profunda impronta que dejaron en Urquidi sus orígenes familiares y la red de relaciones que se tejieron alrededor de su cuna; gracias a eso y a su talento, pudo acceder a puestos clave en instituciones gubernamentales, internacionales y académicas. Sin duda es un mérito de Hodara develar la importancia que tienen las relaciones sociales en el desempeño y la trayectoria profesional de los sujetos, así como las influencias culturales. Por ejemplo, hace ver que la diversidad de culturas de los padres de Urquidi -latina y sajona− marcaría algunos rasgos peculiares de su carácter, una mezcla de cortesía y brusquedad. Su madre, Mary Bingham, era una australiana que vivió parte de su infancia en Nicaragua y de su juventud en Nueva York, donde conoció a Juan Francisco Urquidi, mexicano norteño de antecedentes vascos y pensamiento liberal, "maderista de hueso colorado" y amigo cerca- no de Alberto Pani, a quien acompañó y sirvió en funciones diplomáticas en París, lugar donde nació Víctor. A diferencia de gran parte de las familias tradicionales de México, "su madre se constituyó en la principal protagonista del hogar mientras que el padre procuraba suavizar su ejercicio autoritario", al tiempo que traducía al español obras del teatro inglés. Esas dos influencias, el carácter vertical de su madre y la exquisita sensibilidad literaria de su padre, así como sus matrimonios con mujeres no mexicanas, son para su biógrafo elementos que lo distinguen de otros miembros de las élites mexicanas. Lo diferenciarán también el diálogo directo frente al discurso sinuoso de muchos de sus colegas mexicanos, lo que no está reñido con un profundo respeto del otro, sea alumno, colega, familiar o adversario.

Los frecuentes y prolongados viajes y estancias en el extranjero que Urquidi debió realizar por las obligaciones diplomáticas de su padre explican que su primera y única lengua hasta los cuatro años fuera el inglés que hablaba su madre, no el español, y que su lugar de nacimiento no fuera México sino Francia. Ese mismo oficio diplomático paterno pondría las bases para despertar su inclinación por los viajes y su acceso a diversas personalidades de la política y la cultura. Primero fue en América Latina (Colombia, El Salvador, Uruguay) y después en España, donde la Guerra Civil sorprendió a la familia Urquidi Bingham y abrió la puerta al joven de 18 años para trasladarse a Inglaterra con el propósito de estudiar economía en la London School of Economics (LSE). Aquí empieza el rastreo de la formación intelectual de Urquidi, quien siguió los cursos de varios destacados economistas (Lionel Robbins, Barret Whale), sociólogos (Tawney) y politólogos (Harold Laski) de la lse, de quienes más tarde traduciría libros como el Curso superior de economía, de su maestro Frederick Benham. Asistió también a las conferencias que dictaban en Cambridge los economistas Joan Robinson, Alfred Pigou y J. M. Keynes. Le entusiasmaron particularmente los seminarios animados por Nicholas Kaldor, quien por sugerencia suya vendría a México en los años sesenta para realizar un estudio sobre el sistema fiscal, de cuyos resultados se propondría una serie de recomendaciones para mejorar la distribución del ingreso, las cuales nunca se lograrían aplicar. Esos años en Inglaterra estuvieron marcados por su entusiasmo con la noticia de la expropiación petrolera en México, su interés por la experiencia soviética como alternativa frente al liberalismo capitalista, y ante el nazismo y el fascismo, regímenes a los que repudiaba, sin abrazar por tanto el pensamiento, el análisis y el lenguaje marxistas. Su conclusión universitaria más importante de esos años advertía que a diferencia de México, donde lo importante era escuchar a los maestros, en Inglaterra la clave era meterse a la biblioteca y leer, lo que se reflejó sin duda en su gusto por la lectura.

De regreso a su país, en 1940, se incorporó al Banco de México, dirigido por Eduardo Villaseñor, acceso que se facilitó seguramente, como lo advierte Hodara, por las buenas relaciones que tenía la familia con algunos altos funcionarios del gobierno mexicano, como lo eran Alberto Pani, Isidro Fabela (amigos de su padre y padrinos de sus hermanas María y Magdalena, la primera de las cuales ya trabajaba ahí) y Luis Montes de Oca (secretario de Hacienda 1927-1931 y Director del Banco de México 1935-1940).

En su nuevo empleo en el Departamento de Estudios Económicos del banco conoció a un personaje que tendría gran influencia en su vida y en su trayectoria: Daniel Cosío Villegas, con quien a pesar de las diferencias de edad, forjó una "profunda y excepcional relación" que perduró toda su vida. Según Hodara, sería su guía, modelo y "padre intelectual". Él lo convencería de que en lugar de proseguir sus estudios de posgrado en el extranjero, le convenía continuar su formación de una manera más autodidacta, decisión que se reforzó con sus apremios económicos familiares, la muerte de su padre y la constatación de que en ese tiempo y en ese contexto, muchos altos funcionarios, financieros y académicos de México ejercían sus funciones sin necesidad de estudios superiores a la licenciatura, por ejemplo, el propio Daniel Cosío Villegas, Eduardo Villaseñor, Jesús Silva Herzog, Eduardo Suárez, Antonio Ortiz Mena, Rodrigo Gómez, Ernesto Fernández Hurtado. En un medio y un tiempo dominados por los abogados, la formación de Urquidi como economista, su incorporación rápida a los círculos de las élites gobernantes, su trabajo en el Banco de México y su dominio pleno del inglés lo convirtieron en un candidato idóneo para participar como miembro de la delegación mexicana, al lado de Daniel Cosío Villegas y bajo el liderazgo de Antonio Espinoza de los Monteros, en las reuniones de Bretton Woods. Esas reuniones pretendían hacer frente a los problemas económicos y financieros que había vivido el mundo desde la Primera Guerra Mundial: inestabilidad de las monedas, fugas de capitales, desempleo, vulnerabilidad de las balanzas de pagos y estancamiento económico, fenómenos que condujeron a la gran recesión de 1929-1932. De Bretton Woods nacerían las principales instituciones financieras multilaterales: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Hodara presenta la tela de fondo en que tienen lugar estos acuerdos polarizados por dos economistas destacados: John M. Keynes, académico de la Universidad de Cambridge y consejero del tesoro de Gran Bretaña, y Harry White, subsecretario del tesoro de Estados Unidos después de haber sido profesor en Harvard.

Con la salida de Eduardo Villaseñor del Banco de México, y con los reacomodos del nuevo equipo, Víctor Urquidi quedó en una situación incómoda con sus colegas, por lo que se le ofreció una salida decorosa: se le encomendó una misión que estudiara los mercados de la plata, lo que lo llevó a viajar alrededor del mundo. A su regreso, sus desacuerdos con el equipo cercano al presidente Alemán se profundizaron, por lo que debió buscar su inserción en el Banco Mundial, esa joven institución que vio nacer y que muy pronto -apenas dos años duró en ella- lo decepcionó por su burocratismo y por contradecir en los hechos los propósitos altruistas que lo habían creado. Prefirió aceptar la invitación que le hiciera Raúl Martínez Ostos, un alto funcionario de la Secretaría de Hacienda y amigo de su padre, para regresar a México e incorporarse a esa secretaría al lado de Raúl Salinas Lozano, a quien había conocido en la LSE.

Después de examinar los trabajos de Urquidi en el Banco de México y en la Secretaría de Hacienda, y de observar las conferencias que dictó como profesor en la Escuela de Economía de la UNAM, Hodara destina buena parte de su texto a presentar dos triángulos virtuosos en los que participa don Víctor. El primero de naturaleza institucional al lado de Daniel Cosío Villegas: El Trimestre Económico, el Fondo de Cultura Económica y El Colegio de México. El segundo, de índole personal, se gesta a su llegada a El Colegio de México y se materializa en la profundización de la amistad y la cooperación con Daniel Cosío Villegas, José Medina Echavarría, con quien trabajaría en el Centro de Estudios Sociales, y Raúl Prebisch. Hodara se encarga de revisar sucintamente la trayectoria de estos personajes y el papel que desempeñaron en varias instituciones. La relación de Urquidi con Prebisch lo llevaría más tarde a incorporarse por siete años (1951-1958) a la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) como Jefe de la Sección de Estudios Económicos.

Hodara reserva una parte importante de su trabajo a analizar el tipo de inserción de Urquidi al sistema gubernamental mexicano, la evolución de su pensamiento a través de sus escritos y sus interpretaciones y propuestas sobre la economía mexicana, el desarrollo sustentable, las políticas industriales y la necesidad de apoyar a la pequeña industria, la fallida reforma fiscal, la deuda externa, la distribución del ingreso, el petróleo, el creciente poder de las empresas transnacionales frente a los Estados nacionales, y la globalización y sus consecuencias en México, así como las estrategias que debían adoptarse ante ese fenómeno ineludible. La relación económica con Estados Unidos estaría presente desde muy pronto en las reflexiones de Urquidi; su posición era realista y circunspecta en relación con las posiciones de sus amigos Raúl Prebisch y Celso Furtado. Sin embargo, eso no le impedía asumir posiciones muy críticas sobre diversos temas específicos, por ejemplo, sobre las empresas maquiladoras de exportación y de sus consecuencias sobre las regiones donde se implantan como enclaves, en un modo de industrialización ajeno y poco vinculado al del resto del país; de ahí que haya propuesto pasar a un esquema de postmaquila en el que se compartiera de manera más amplia la industrialización. Por otra parte, las negociaciones para la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte no le entusiasmaron.

Habla Hodara también de los silencios de Urquidi ante acontecimientos y fenómenos dramáticos: el asesinato de Trotski, la negativa del gobierno de México al desembarco de refugiados que huían del nazismo, su silencio ante la muerte del economista White, quien con Keynes había sido arquitecto de las instituciones económicas de la posguerra, el narcotráfico, el lavado de dinero y la violencia con sus efectos en la economía -la economía informal, podríamos agregar-; Urquidi tampoco destacó el problema de la corrupción que ha carcomido al sistema político y a la sociedad mexicana, ni destinó en sus reflexiones espacio para movimientos sociales como el neozapatista en Chiapas.

Sabemos por este libro que gracias a que Urquidi fue asesor en diversas secretarías y a que tenía buenos contactos en instancias clave de financiamiento, como eran Hacienda y el Banco de México, fue una figura clave para apoyar a Silvio Zavala cuando éste relevó a Daniel Cosío Villegas en la presidencia de El Colegio de México. Más tarde llega a la presidencia de esta institución, donde abrió el Centro de Estudios Sociológicos, dividió el Centro de Estudios Económicos y Demográficos en dos y promovió el inicio de diversos proyectos (Energéticos, 1980; Desarrollo y Medio Ambiente, 1981) y programas (de Ciencia y Tecnología; Interdisciplinario de Estudios de la Mujer) y consiguió los recursos para construir su sede definitiva en el Ajusco. La inauguración del nuevo nido (23 de septiembre de 1976) coincidió con una fuerte devaluación del peso, después de 23 años de mantener una paridad estable con el dólar, y marcó de manera simbólica el agotamiento del modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones del que Urquidi había sido fuerte impulsor como asesor gubernamental. El cambio de sede significó una trasformación cuantitativa y cualitativa de las relaciones sociales que hicieron pasar al Colegio de una familia creada en un entorno de prosperidad creciente a una compleja institución incrustada en un país cuya deuda abultada era una bomba de tiempo. En ese contexto nació el Sindicato de Trabajadores de El Colegio de México, cuya naturaleza, activismo y huelga (1980) serán tratados en el libro.

Con base en la compilación que hizo Francisco Alba de los textos de Urquidi sobre la demografía, Hodara examina sus reflexiones y posiciones frente a la expansión poblacional de México, confrontada con el débil crecimiento económico. Al conjuntar sus preocupaciones sobre el crecimiento demográfico con las ideas de Raúl Benítez Centeno y de Gustavo Cabrera como representantes de los demógrafos mexicanos en torno a los peligros del ritmo de crecimiento poblacional, influyó notablemente en la política demográfica de México a partir de la presidencia de Luis Echeverría Álvarez. También puso en la agenda de reflexión otros temas: el desarrollo sustentable; la ciencia, la tecnología y la educación; la reforma fiscal.

Urquidi fue reconocido y distinguido por sus pares. En 1960 fue invitado al Colegio Nacional, sin embargo renunció pocos años después (1967), en parte, tal vez, por su nueva responsabilidad en El Colegio de México. Su prolongada permanencia en la presidencia (1966-1985) de esta institución cada vez más grande y compleja captó gran parte de sus energías. Si bien le impidió dedicarse de tiempo completo a investigar sobre los temas que le interesaban y lo llevó a escoger el Centro de Estudios Demográficos y de Desarrollo y Urbano (ahora CEDUNA) después de la presidencia, en lugar del Centro de Estudios Económicos, como sería de esperarse, no frenó su esfuerzo por publicar libros y ensayos sobre México y América Latina. Compensaba estas limitaciones participando en diversos foros como el Club de Roma, creando otros como el Centro Tepoztlán o promoviendo el trabajo de los investigadores del Colegio, a muchos de los cuales enviaba textos, referencias y notas sobre los temas que sabía que estaban trabajando.

Hodara destaca el papel que desempeñó Urquidi en la descentralización del modelo de El Colegio de México en otros estados de la república al apoyar las iniciativas de diversos intelectuales para crear los colegios de Michoacán (Zamora, 1979, Luis González), de la Frontera Norte (Tijuana, 1979, Jorge Bustamante), del Bajío (León, 1982, Wigberto Jiménez Moreno), de Jalisco (Guadalajara, 1982, Alfonso de Alba), de Sonora (Hermosillo, 1982, Gerardo Cornejo), de Puebla (Puebla, Mario Carrillo).

El énfasis de Hodara está puesto en la biografía intelectual de Urquidi, no en todas las facetas de su personalidad ni en su vida íntima. Sabemos muy poco de sus gustos literarios y musicales, de sus aficiones y amistades dentro y fuera de El Colegio de México. En cambio tenemos un amplio panorama de su pensamiento, de los temas y problemas que lo ocuparon e inquietaron, gracias a la acuciosa revisión que el biógrafo hizo de sus textos, correspondencia y archivo personal. También tenemos a grandes pinceladas algunos rasgos de su personalidad que numerosos amigos y colegas confiaron en entrevista a Hodara: "directo, intolerante con las impuntualidades, humor seco [...] Soberbio para algunos y tímido para otros; déspota y sencillo a la vez; impaciente, estricto, amable, noble amigo, ardiente y arbitrario personaje [...] Pero nadie nunca puso en duda su insobornable honestidad y su talento, peregrina y excepcional virtud en los círculos que le conocieron". Fue un observador lúcido y comprometido con la realidad nacional y participó activamente en las negociaciones y gestiones regionales e internacionales de su país.

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