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Estudios de cultura náhuatl

versão impressa ISSN 0071-1675

Estud. cult. náhuatl vol.49  México Jul./Dez. 2015

 

Artículos

 

Una carta inédita de don Antonio Valeriano, 1578

 

An unpublished letter from don Antonio Valeriano, 1578

 

Miguel León-Portilla

 

Profesor e investigador emérito del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Miembro de El Colegio Nacional. Editor de Estudios de Cultura Náhuatl. Entre sus numerosas obras cabe destacar la última de ellas, titulada Independencia, Reforma y Revolución ¿y los indios qué?

 

Resumen

En este texto, Miguel León-Portilla presenta una carta que Antonio Valeriano, uno de los ayudantes indígenas de Sahagún, envió al rey Felipe II. La publicación de este documento resulta siginificativa para comprender el papel cultural y social que estos personajes tuvieron a lo largo del siglo XVI.

Palabras clave: carta, náhuatl, Sahagún, frailes agustinos, conquista.

 

Abstract

In this paper, Miguel León-Portilla presents a letter that Antonio Valeriano, one of the indigenous assistants of Sahagun, sent to King Felipe II. The publication of this document is significant to understand the cultural and social role that these characters in XVI Century.

Keywords: Letter, Nahuatl, Sahagún, Augustinian friars, Conquest.

 

Se conservan testimonios de varios frailes, principalmente franciscanos, que hablan de la ayuda que recibieron de indígenas en sus empeños por conocer la lengua y la cultura de los pueblos nahuas. Debemos sobre todo a fray Bernardino de Sahagún y, más tarde, a fray Juan Bautista de Viseo los nombres de sus colaboradores con indicaciones acerca de las tareas especificas que realizaron.

En el caso de Sahagún, sabemos que tuvo cuatro colaboradores principales que habían sido alumnos suyos en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco. Fueron ellos Antonio Valeriano, de Azcapotzalco; Alonso Begerano y Martín Jacobita, de Cuauhtitlán y Andrés Leonardo, de Tlatelolco. Estos cuatro le ayudaron en sus pesquisas para conocer la antigua cultura a partir de sus trabajos en Tepeapulco y luego en Tlatelolco y en el convento de San Francisco de México. Asimismo, lo auxiliaron como escribanos Diego de Grado y Bonifacio Maximiliano, de Tlatelolco, y Matheo Severino, de Xochimilco. Y hay indicios que hacen pensar que alguno o varios de esos indígenas recogieron para él composiciones poéticas o cantares en náhuatl que habrían de servirle en la redacción de su Psalmodia christiana.

El mismo Sahagún habló también de indígenas que le proporcionaron otras formas de ayuda como Pedro de San Buenaventura, al que solicitó información acerca del principio del año entre los nahuas.

Fray Juan Bautista de Viseo, por su parte, proporciona en su Manual de confesores noticias de gran interés respecto de otros colaboradores nahuas que actuaron principalmente como traductores e incluso impresores. Tanto apreció él a dichos auxiliares, que llegó a declarar que los frailes, todo lo que escribían en náhuatl, lo daban a leer y corregir a esos auxiliares suyos para que corrigieran cualquier error que hubieran cometido en el empleo de la lengua mexicana.

Ahora bien, aunque se conservan todas estas referencias, es relativamente poco lo que sabemos sobre la personalidad y la vida de cada uno de esos colaboradores indígenas. Por ello, resulta de muy grande interés cualquier información documental tocante a dichas personas.

Desde luego que Antonio Valeriano de Azcapotzalco, del que Sahagún dijo que era el más sabio, hay relativamente más información. Ello me ha permitido publicar un estudio acerca de él que intitulé: "Antonio Valeriano, un filólogo nahua del siglo XVI".1

De los otros colaboradores sabemos que Martín Jacobita llegó a ser rector del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco y no es mucho lo que a ello podamos añadir. De Alonso Begerano, de Cuauhtitlán, tenemos la suerte de haber publicado su testamento en náhuatl y español. El interés de dicho testamento es que estos escritos suelen ser una especie de reflexión acerca de la propia vida y sobre los bienes que en ella se poseyeron con el señalamiento de las personas a quienes se heredan, lo cual habla de lo que fueron sus actuaciones en la vida y de los miembros de la familia que pudo formar.2 De quien menos noticias se tienen es de Andrés Leonardo, de Tlatelolco, y cabe esperar el encuentro de algún documento que arroje luz acerca de su persona y vida.

Aquí se publica ahora otra carta de don Antonio Valeriano que había permanecido inédita. Localizada en el Archivo de Indias, ramo Audiencia de México, 317, nos acerca ella a algunos rasgos de la personalidad y forma de actuar de Valeriano.3 La carta fue escrita en 1578 en la ciudad de México. Valeriano era entonces, como él mismo lo expresa en la carta, "cacique y gobernador" de la parcialidad indígena de Tenochtitlan.

La carta se inicia con un tono un tanto retórico, expresando el agradecimiento que su autor, a nombre del pueblo indígena, expresa al rey Felipe II por haberles enviado frailes agustinos. En contraparte habla Valeriano de los clérigos seculares que laboraban también allí entre los indios. De ellos afirma que no cumplían con sus obligaciones religiosas, lo que resultaba en detrimento de los indígenas. Después de disertar acerca de esto, Valeriano recuerda el comportamiento de los mismos agustinos precisamente durante la peste o cocoliztli que se inició en 1576 y afligió grandemente a los naturales. En opinión de Valeriano, los agustinos auxiliaron entonces a los enfermos de manera ejemplar.

Tal es el contenido de la carta cuya reproducción facsimilar y transliteración se ofrecen en seguida.

Carta

 

S[acra] C[atólica] y R[eal] M[agestad]

Por huir del pésimo vicio de la ingratitud que es uno de los que más Dios Nuestro Señor aborrece, me pareció, humil[de]mente, en nombre de todo este pueblo y ciudad de México, rendir a vuestra majestad las gracias de uno y del más singular beneficio que se nos podía hacer jamás como el que vuestra majestad, con su acostumbrada piedad y gran cristiandad, hizo a esta su ciudad y pueblo y naturales, en darnos por padres y ministros a los religiosos de la orden del gran padre santo Agustín, doctor de la Santa Iglesia. Estimamos y habernos estimado este beneficio por muy grande. Porque el barrio de Sant Pablo, donde vuestra majestad mandó entrar a los religiosos, estaba muy perdido y muy falto de doctrina y muy ajeno del conocimiento de Nuestro Señor, porque aunque los arzob[i]spos desta ciudad ponían clérigos, no tenían ni han tenido el cuidado que fuera razón tuvieran. Porque los más dellos no eran lenguas, y algunos que lo eran sabían poco y no predicaban a los naturales, que es una de las causas que ellos más han menester y que ellos más buscan y quieren donde toman documento para el aprovechamiento de sus almas y cristiandad.

Agora yo que soy, por mando del presidente y visorrey que en estas partes vuestra majestad tiene proveído, el cacique y gobernador y todos los principales y pueblos tenemos sumo contento y consuelo con lo proveído por vuestra majestad y confirmado por su Real Audiencia. Y así como vasallos verdaderos y criados de vuestra majestad besamos los pies y reales manos de vuestra majestad. Y vese claro que esta m[erce]d y beneficio que vuestra majestad hizo a su pueblo y vasallos fue providencia del cielo para el trabajo y mortandad que luego la majestad del cielo, por nuestros pecados, fue servido enviarnos. Donde estos padres mostraron muy deveras el celo y deseo de la salvación de las almas en tanto grado que por la misericordia de Dios ninguno, con haber tantos enfermos y morir tanta multitud de gente, murió sin haber recibido todos los sacramentos, penitencia eucaristía, extremaunción que ha causado en todos nosotros un consuelo muy es[pirit]ual y verdadero.

El padre provincial de la orden hizo en esto tanta instancia que, como padre, proveyó bastantemente de ministros todo el tiempo que duró la pestilencia que jamás entonces, ni ahora después de pasada, ha habido ninguna falta. Y su excel[enci]a del virrey, en aquella necesidad, acudió y socorrió en lo temporal, no solo al barrio de S[an] Pablo, pero a todo lo de México. De suerte que nosotros tenemos consuelo y alegría espiritual, y en nuestras necesidades corporales se acude con todo el calor y diligencia posible.

Suplicamos a la majestad del cielo que como él inspiró cosa tan suya en vuestra majestad, así, él sólo que lo puede todo, lo pague a vuestra majestad y le dé y acreciente grados de gloria y le dé largos años de vida para en todo hacernos merced como señor nuestro. Y porque vuestra majestad se alegre de todo nuestro bien, le hacemos saber cómo Nuestro Señor ha sido servido de aplacar su ira y pestilencia. Y así de presente el pueblo y ciudad de México está con salud.

Nuestro Señor guarde y prospere la Real y Católica persona de vuestra majestad hasta el cielo. Amén.

 

S[acra] C[atólica] y R[eal] M[agestad]

Besamos las reales manos y pies de vuestra majestad, sus criados, vasallos y siervos.

Don Antonio Valeriano, g[obernad]or de México, 1578.

 

A la S[acra] C[atólica] y R[eal] M[agestad]

Don Philippe n[uest]ro Señor En sus reales manos

Razón será responderles graciosamente.

 

NOTAS

1 Miguel León-Portilla, "Antonio Valeriano, un filólogo nahua del siglo XVI", en Belén Clark de Lara y Fernando Curiel Defossé (coords.), Filología mexicana, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filológicas, 2001, p. 383-405.         [ Links ]

2 Miguel León-Portilla y Baltazar Brito Guadarrama, "El testamento de Alonso Begerano en náhuatl", Estudios de Cultura Náhuatl, 48, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2014, p. 235-264.         [ Links ]

3 Debo al doctor Francisco Quijano, del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, haberme proporcionado copia de esta carta.

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