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Estudios de cultura náhuatl

versão impressa ISSN 0071-1675

Estud. cult. náhuatl vol.48  México Jul./Dez. 2014

 

Reseñas bibliográficas

 

Eduardo Matos Moctezuma, Grandes hallazgos de la arqueología

 

por Sara Ladrón de Guevara

 

Editorial Tusquests, México, 2013.

 

Suena el teléfono y una voz amiga se disculpa, no acudirá al compromiso agendado. Mi esposo sólo puede escuchar el lado de mi conversación, con voz alegre, me despido: "Que te diviertas en tu entierro". Veo la expresión de mi esposo transformarse, está francamente escandalizado. ¡¿Cómo le dices eso?! Sólo entonces caigo en la cuenta y explico. Mi amiga es arqueóloga como yo, está en temporada de campo y se ha topado en sus excavaciones con un entierro, prehispánico, por supuesto. Eso retrasa su regreso a la ciudad. Nada mejor para un arqueólogo que un hallazgo así. Un entierro no es para un arqueólogo una pérdida, sino un hallazgo, el mejor. Los hay de variadísimas formas, desde un esqueleto desprovisto de ofrendas, pero que ya dará su propia información, tales como el sexo la edad, las enfermedades sufridas por el individuo, ocasionalmente su oficio, por desgastes corporales diferenciados, hasta lugar de origen o de habitación temprana por coloraciones dentales debidas a mineralizaciones específicas en el agua, por no hablar del descendientes austriacos de Otzi, el famoso "hombre prehistórico de los hielos" hallado en los Alpes.

Hay también entierros con ofrendas variadas, desde las más humildes hasta la más excesiva ostentación de la riqueza del individuo enterrado, pues un entierro es el ritual religioso por excelencia y cumple a cabalidad con los más sofisticados procesos congruentes con un sistema de creencias y con el acatamiento del culto. Nada mejor, irónicamente, que el escenario de un sepulcro para adivinar la vida del difunto.

En fin, por todo esto entiendo que el muy admirado maestro Eduardo Matos Moctezuma haya elegido como objeto de atención primordial las tumbas más espectaculares que se concibieron en el seno de tres de los pueblos originarios.

Esto es fundamental. El mismo Matos lo aclara desde la introducción. Se trata de "Aquellas civilizaciones antiguas que surgieron y se consolidaron como parte de su propio desarrollo sin mayor influencia externa. Los pueblos originarios se dieron en Egipto, China, Mesopotamia, el valle del Indio y en el caso de América en dos áreas: Mesoamérica y los Andes..."

Así, un arqueólogo, como lo es Matos, cuya práctica se ha consolidado en México alcanzando renombre internacional indaga en los resquicios de las civilizaciones originarias alrededor del mundo y escudriña en las historias anecdóticas de sus descubridores. Su generosidad es tal que hoy nos regala Grandes hallazgos de la arqueología, y a su erudición se suma la ligereza de su pluma, y su prosa grata y amena sin perder el rigor del dato preciso. He aquí un libro para todos aquéllos interesados en nuestro pasado universal como civilización. No es un texto para arqueólogos, es un texto escrito por un gran arqueólogo que evita los esoterismos que suelen abundar en los reportes arqueológicos.

Grandes Hallazgos de la Arqueología es el nuevo Dioses, tumbas y sabios, el clásico volumen publicado en 1949 por Ceram que regaló al mundo la sabiduría de hallazgos, culturas antiguas y arqueólogos procurando acercar el conocimiento al gran público, a diferencia de tantos y tantos documentos que sólo circulan entre los especialistas de la arqueologia. Desde luego, desde Ceram hasta Matos ha ocurrido una transformación en la arqueología que hoy acude a las muy variadas opciones de información que ofrecen las disciplinas científicas, por lo que hoy, la arqueología trasciende el conocimiento generado sólo por la disciplina humanista para lograr datos duros procedentes del más riguroso conocimiento científico que enriquecen nuestros saberes del pasado.

Las cinco tumbas elegidas por Matos son las del faraón egipcio Tutankhamon; del emperador de China Qin Shi Huangdi; del Señor que yacía en la tumba número 7 de Monte Albán; del ahau k'inich janahb' Pakal de Palenque y del huey tlatoani mexica Ahuízotl.

El acercamiento a la identidad de cada uno de estos señores es el acercamiento a toda una civilización que reconoció en cada uno de estos individuos a su señor, a su gobernante y, en buena medida, a su identidad divina. Son los entierros de cinco hombres en el poder, son los hallazgos de más de cinco investigadores cuyas vidas adquieren sentido por el hallazgo mismo.

En cada caso, Matos es claro en revelar no sólo la personalidad del personaje enterrado sino también de su descubridor. Es el descubridor el que hará inmortal al sujeto hallado y, en efecto De la muerte a la inmortalidad es el subtítulo del volumen, pero Matos reconoce que si en la construcción de estas tumbas se quiso inmortalizar a quien reposa en éstas, sólo la investigación arqueológica, que no el hallazgo del saqueador, sólo la seriedad científica, que no el mito de su memoria, hacen posible la permanencia de personajes de la antigüedad entre nosotros. Hoy circula en redes sociales una fotografía de los restos de "Naja" quien falleció hace unos 13 000 años, y apenas anoche ocupó los noticieros nacionales en horario estelar por haber sido descubierta en las profundidades de un cenote. Si no fuese por el hallazgo de Howard Carter, pocos recordaríamos el nombre de Tutankhamon; si no fuese por el hallazgo de Alberto Ruz Lhuillier, tampoco sabríamos del reinado de Pakal. Si estas tumbas hubiesen sido objeto del saqueo, como tantas otras, acaso conoceríamos un objeto descontextuado en un museo, o en el catálogo de una venta de galería, pero no reconoceríamos su pertenencia a una cultura, a un tiempo, a un ritual, a un culto, a una interpretación del poder, del universo y de sus centros reclamados por cada una de las civilizaciones que llevaron a cabo la construcción de estos sitios.

Grandes hallazgos de la arqueología permite reconocer la universalidad de la metodología arqueológica, pero también la especificidad del conocimiento histórico de una cultura, una época, una dinastía, un señorío, un sitio; y sin embargo, resulta reiterativo que el ejercicio del poder en tiempos antiguos tuvo el común denominador de otorgar a los gobernantes un carácter divino que ameritaba los esfuerzos de un pueblo entero para construir un monumento fúnebre de impresionante magnitud y calidad.

Coincidentemente también, en todas las culturas revisadas, en su diversidad mantienen un concepto común ante la muerte: la negación de que ésta signifique el fin de la vida. Se trata en cada caso del emprendimiento de un viaje metafísico que habrá de conducir a los muertos a realidades y niveles alternos. El sol, el cielo, el inframundo se convierten en moradas míticas, y la tumba y el ritual del entierro son vehículos para facilitar el traslado del hombre-dios fallecido a su lugar natural, el de los dioses. Así, se trata del traslado de la muerte a la inmortalidad tras de la cual sigue las huellas Matos Moctezuma.

De la extensísima bibliografía que Matos nos ha provisto, seguramente antes de conocer este volumen habría dicho que mi favorito de su acervo era Muerte a filo de obsidiana, magnífico volumen dedicado a explicar la concepción del sacrificio humano entre los mexicas, un clásico ya, que ha visto numerosas ediciones, pero hoy, ya tengo dos volúmenes favoritos de la obra del maestro, Grandes hallazgos de la arqueología nos amplía el panorama universal de la búsqueda de la inmortalidad. Los arqueólogos, siempre indagando sobre los muertos, nos topamos de vez en cuando con los inmortales, o los hacemos inmortales.

Pues en el epílogo, Matos sitúa en su verdadero papel al arqueólogo: la inmortalidad no se alcanza como quisieron alcanzarla los protagonistas de este libro, sino en el momento en que el arqueólogo penetra en su morada final y, aún más importante, da a conocer lo encontrado. El arqueólogo marca el destino y la fama del individuo muerto, que se une a la del vivo. Y, por su parte, el arqueólogo de pronto ve su vida transformada por un encuentro que la distancia en el tiempo de vida de descubridor y descubierto habría hecho imposible.

Jean François Champollion, Howard Carter, Davidson Black, y, en México, Manuel Gamio, Alfonso Caso, Alberto Ruz Lhuiller y, por supuesto, el mismo Eduardo Matos Moctezuma. Cada uno ligado ya por siempre a sus hallazgos. En el caso de Matos, lo sabemos, ligado indefectiblemente al mundo mexica, a la Huey Tollan Tenochtitlan, al templo Mayor, a la Coyolxauhqui. Acaso su segundo apellido ya le destinaba a ligar su vida y su quehacer a la búsqueda de los emperadores aztecas. Matos Moctezuma, que hoy signará seguramente algunos de los ejemplares de su libro más reciente, está tan identificado por todos por sus hallazgos que solía ser abordado para signar los hermosos billetes de $10 000 que tenían en el reverso la imagen de la Coyolxauhqui. Porque además de erudito, Matos ha sabido divulgar el conocimiento y ha sabido aprovechar todos los medios de comunicación, no sólo los que solemos usar los académicos para dar a conocer y a comprender sus hallazgos. El fin del arqueólogo, dictaba Alfonso Caso en su célebre A un joven arqueólogo mexicano, es describir, más que descubrir.

Por todo lo dicho concluimos que don Eduardo Matos Moctezuma ha hecho suya así, una frase de Proust y la dedica a los arqueólogos: "Somos simples buscadores del tiempo perdido... pero a veces lo encontramos".

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