SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.47Paleografía y traducción del décimo tercer capítulo del libro I del Códice florentino que trata del dios XiuhtecuhtliNahua and Maya Catholicisms: Texts and Religion in Colonial Central Mexico and Yucatan índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay artículos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Estudios de cultura náhuatl

versión impresa ISSN 0071-1675

Estud. cult. náhuatl vol.47  México ene./jun. 2014

 

Reseñas bibliográficas

 

Federico Navarrete Linares, El origen de los pueblos del Valle de México. Los altépetl y sus historias

 

por Gabriel Kenrick Kruell

 

México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2011 (Serie Cultura Náhuatl, Monografías, 33)

 

Hace cuarenta años el eminente estudioso de las culturas mesoamericanas Alfredo López Austin, hablando de las historias de la migración mexica en su ya clásico ensayo Hombre-dios, dejó a todos sus seguidores un reto difícil que cumplir: "Queden por lo pronto estas relaciones puramente hipotéticas, en espera de un estudio más profundo de la peregrinación de los mexicas; estudio, por otra parte, muy necesario, que espero sea adecuadamente abordado por algún investigador en fecha próxima".1

Tuvieron que transcurrir casi tres décadas para que se viera finalmente reflejado el deseo de López Austin en la tesis de doctorado de Federico Navarrete Linares y una década más para que esta tesis se publicara como libro en la prestigiosa Serie de Cultura Náhuatl del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. El resultado, que me atrevo a decir supera las expectativas, valió sin duda alguna la larga espera.

La razón más clara por la cual el libro de Federico Navarrete rebasa las esperanzas de los que nos ocupamos de la historia del México antiguo es el hecho de que no trata sólo de la migración y la consecuente fundación del altepetl más conocido de los antiguos nahuas, Mexico Tenochtitlan, sino que abre un horizonte nuevo sobre las historias de varias otras entidades políticas que surgieron en el Valle de México en el curso de período Posclásico, como fueron los tetzcocanos, los chalcas, los colhuacanos, la gente de Cuauhtitlan y los mexicas tlatelolcas. El número de fuentes históricas presentadas por el autor para la interpretación de las migraciones y de las fundaciones de todos estos pueblos nahuas del centro de México es muy vasto, sumando más de cuarenta. Se trata de historias compuestas en los primeros dos siglos coloniales, XVI y XVII, algunas escritas por historiadores bien conocidos, como Tezozómoc, Chimalpáin e Ixtlilxóchitl, y otras producidas por anónimos, pero siempre basándose en las tradiciones orales y los libros pictográficos que remontaban a la época prehispánica.

Otra virtud fundamental de la obra de Federico Navarrete es sin lugar a duda su visión "polifónica" de las historias nahuas, idea retomada del crítico literario ruso Mijaíl Bajtín. Como bien señala el autor, su trabajo no consiste en una reducción de la pluralidad y heterogeneidad de las fuentes nahuas a una verdad histórica unívoca y al discurso monológico del historiador profesional, sino en un diálogo que intenta negociar una verdad compartida entre los hombres del presente y aquellos del pasado. Eso se logra si dejamos a un lado viejas dicotomías académicas, que buscan distinguir en los discursos sobre el pasado lo verdadero de lo falso, lo inventado de lo real, lo mítico de lo histórico, y si tratamos las historias nahuas como puntos de vista alternativos sobre la realidad, que no tienen que ser subordinados a nuestra idea moderna y científica de verdad. Un ejemplo de la actitud "polifónica" de los autores nahuas y de la manera en la cual convivían las tradiciones históricas de diferentes altepetl, e inclusive de diferentes grupos étnicos en su interior, se desprende de la obra historiográfica del historiador Domingo Chimalpáin: este descendiente de la nobleza de Chalco Amaquemecan, nos dejó un corpus muy amplio de obras históricas en las cuales ningún altepetl es presentado de manera aislada, sino en una compleja y diversificada red de interrelaciones políticas y económicas.

El capítulo primero de este libro, además de introducir el concepto fundamental de "polifonía", que instaura un diálogo en nivel de igualdad entre pasado y presente, presenta un interesante cuadro de algunas fundamentales categorías políticas nahuas, como "altepetl", "tolteca", "chichimeca" y "bien cultural", sin las cuales sería imposible entender la naturaleza de las historias de los antiguos pueblos nahuas. En el caso del término altepetl, es importante destacar su antigüedad y su complejidad, que reunía en un símbolo poderosísimo, el "cerro-agua", significados políticos, sociales, económicos y religiosos trascendentales. La díada tolteca-chichimeca, lejos de representar la oposición excluyente y progresiva entre civilizado y bárbaro, como lo interpretaron los primeros europeos que entraron en contacto con el mundo mesoamericano y como lo siguen asumiendo muchos investigadores actuales, constituía una complementariedad indispensable en el pensamiento y la praxis de los pueblos de Mesoamérica entre un estilo de vida nómada, perfectamente adaptado a sistemas ecológicos desérticos y montañosos, y otro sedentario y dedicado a la explotación de los recursos pantanosos y lacustres. Por "bien cultural", el autor entiende así todo tipo de artefacto, práctica y característica que distingue lo tolteca de lo chichimeca en el mundo náhuatl, como por ejemplo las construcciones monumentales en piedra, la práctica del sacrificio humano y el uso de la lengua náhuatl, bienes culturales toltecas que se distinguían del arco y la flecha, del sacrificio de animales y del uso de lenguas diversas del náhuatl, bienes culturales chichimecas. Como se demuestra a lo largo de toda esta obra, el intercambio de algunos bienes culturales toltecas y chichimecas entre los pueblos nahuas se daba en ambas direcciones y significaba una acumulación, no una eliminación de la anterior identidad tolteca o chichimeca. Además este intercambio cultural era una estrategia fundamental de integración política y adquisición de un estatus de prestigio.

El capítulo segundo del libro es especialmente importante porque reúne una serie de reflexiones sobre las formas y las condiciones en las cuales se crearon las historias nahuas en la época prehispánica y se modificaron posteriormente en la época colonial. Federico Navarrete define así un conjunto particular de instituciones sociales de los pueblos nahuas, las "tradiciones históricas", las cuales eran:

encargadas de conservar y transmitir las historias de sus altépetl que tenían toda una serie de reglas y prácticas que determinaban quiénes podían conocerlas, modificarlas y transmitirlas, antes quiénes y en qué contextos podían ser representadas, y qué formas literarias debían asumir estos relatos que combinaban siempre la tradición oral con la representación escrita, así como cuáles eran sus mecanismos para distinguir lo verdadero de lo falso.2

Acerca de las reglas y prácticas que regían la producción, modificación y trasmisión de las tradiciones históricas, hay que decir que sus principales conocedores y usuarios eran los nobles de los linajes que gobernaban los diferentes altepetl del Valle de México. Las historias tenían una importante función legitimadora y eran dirigidas tanto a la nobleza interna de los pueblos como a las elites externas. Eran celosamente preservadas por las familias nobles, ampliadas y heredadas generación tras generación como un legado, en náhuatl, pialli, que era garantía de la sobrevivencia del grupo gobernante y, por extensión, de todo el altepetl. Es posible inclusive que estas historias, registradas en manuscritos pictográficos, fueran resguardadas en los lugares públicos de ejercicio del poder, como los tecpan. Los derechos exclusivos de un linaje gobernante sobre su tradición histórica se definían en contraposición a otros altepetl rivales, como en el caso de Tenochtitlan frente a Tlatelolco, y es probable que las pretensiones autoritarias del linaje principal estuvieran amenazadas o fueran cuestionadas por entidades étnicas subordinadas, como los diversos calpolli que integraban los altepetl.

En la época prehispánica, las tradiciones históricas nahuas tenían dos vertientes esenciales: la tradición oral y el registro pictográfico, el cual incluía al mismo tiempo imágenes icónicas y signos fonéticos, trazados y pintados sobre soportes de papel o piel. La presentación de las tradiciones históricas frente a un auditorio, que Federico Navarrete llama "escenificación", conjugaba con toda probabilidad ambas vertientes, a través de la dramatización de la palabra frente al público y mediante la acción de mostrar imágenes. Estas escenificaciones tenían lugar en momentos solemnes, durante los cuales la gente se reunía rememorando y reviviendo las gestas que había dado origen a su altepetl. El discurso oral y el discurso visual se complementaban así de una forma en la cual uno no se subordinaba al otro, ya que la imagen mostraba muchos detalles y aludía a varios elementos que la palabra no podía describir de manera sintética, mientras que la palabra expresaba aspectos difícilmente traducibles en imágenes, como los discursos de los personajes.

Del capítulo tercero al séptimo, el autor expone e interpreta en una visión panorámica las historias nahuas a través de todos los conceptos teóricos discutidos en los dos capítulos anteriores. Así, en el capítulo tercero trata de los lugares de origen, como Aztlan, Chicomóztoc y Colhuacan, proponiendo que sitios como Chicomóztoc y Tollan pueden ser entendido como topónimos "predicativos", es decir locativos que se aplicaban a diferentes lugares de origen para indicar ciertas características comunes, como el ser lugares silvestres o civilizados, en los que los pueblos asumían un cierto grado de identidad chichimeca o tolteca. En el capítulo cuarto, se discute el significado de la migración mexica de Aztlan a Chapoltépec, enfatizando la pretensión de unicidad de los mexicas frente a los otros pueblos del Valle de México. A través de sus historias, los mexicas presumían haber sido los últimos en llegar, fundar su altepetl y conquistar todas las tierras a su alrededor, pero, al contrario de otros altepetl, daban muy poca importancia a la construcción de complejas redes políticas y al intercambio de bienes culturales. Precisamente el intercambio de bienes culturales entre toltecas y chichimecas es analizado con lujo de detalles en el capítulo quinto, en el cual resultan muy claras las relaciones políticas entre dos pueblos de origen chichimeca, Cuauhtitlan y Tetzcoco, por otra parte Colhuacan, el más importante y antiguo altepetl tolteca del Valle de México. El desarrollo histórico del pueblo de Chalco merece ser tratado aparte en el capítulo sexto, por la complejidad de su estructura política y por el gran detalle con el cual lo describió el historiador chalca Domingo Chimalpáin en sus numerosas obras. Para terminar la descripción del origen del altepetl de Mexico Tenochtitlan, el capítulo séptimo retoma el análisis de la migración mexica en su larga estancia en Chapoltépec, donde había sido interrumpido en el capítulo tercero, y examina las etapas y los rituales previos a la fundación de Tenochtitlan, que significaban la apropiación y humanización del territorio.

A mi manera de ver, una de las aportaciones más interesantes de este libro es la introducción en el análisis historiográfico la noción de "cronotopo", que como aquel de "polifonía" es tomado en préstamo de Mijaíl Bajtín. Este concepto resulta muy útil para describir las formas en la cuales se construían los relatos históricos de los diferentes pueblos del centro de México. Federico Navarrete encuentra por los menos dos cronotopos en las historias mexicas: aquel de la migración, que define el viaje temporal y espacial que se origina en Aztlan y tiene su culminación en la fundación de Mexico Tenochtitlan, y aquel del período imperial, en el cual el espacio se fija en el centro sagrado de la ciudad y la progresión temporal se define por la constante ampliación del Templo Mayor y de los límites territoriales del imperio hacia los cuatro rumbos del cosmos. También el análisis de las historias producidas en Tetzcoco, como el famosísimo Códice Xólotl, permite definir un cronotopo propiamente tetzcocano, en el cual el mismo territorio, en este caso la cuenca lacustre de México, es representado en diversas láminas que constituyen sucesivos lapsos temporales, durante los cuales se desenvuelven los diferentes linajes chichimecas capitaneados por Xólotl, apropiándose del territorio e interactuando con los anteriores moradores toltecas. Las reglas de los cronotopos que determinaban cómo debían construirse las historias mexicas y tetzcocanas, constituían también un elemento importante de identificación étnica y un criterio de veracidad a los ojos de la nobleza que custodiaba las tradiciones históricas. Además, estas normas daban sentidos muy diferentes a las narraciones históricas: si en el caso mexica enfatizaban la unidad y la exclusividad étnica y no daba mucha importancia a la historia de los numerosos grupos que se separaban de los mexicas durante la migración, por el contrario, el cronotopo tetzcocano permitía narrar al mismo tiempo muchas historias paralelas y la dispersión de los linajes chichimecas originados por Xólotl en toda la cuenca de México y más allá.

En el espacio de esta breve reseña es imposible dar cuenta de las innumerables contribuciones de esta monumental monografía de más de quinientas páginas. Sólo nos queda hacer la recomendación a todos quienes se interesan en la historia y la cultura náhuatl para que se sumerjan en la lectura del presente libro, que a la rigurosidad del estudio académico aúna un estilo narrativo muy entretenido y entabla, además, un sugestivo diálogo entre las voces de los antiguos nahuas y la del propio autor.

 

NOTAS

1 Alfredo López Austin, Hombre-dios: religión y política en el mundo náhuatl, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1973 (Serie Cultura Náhuatl, Monografías, 15) p. 104.         [ Links ]

2 Federico Navarrete Linares, El origen de los pueblos del valle de México. Los altépetl y sus historias, p. 17.         [ Links ]

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons