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Estudios de cultura náhuatl

versión impresa ISSN 0071-1675

Estud. cult. náhuatl vol.45  México ene./jun. 2013

 

Reseñas bibliográficas

 

Miriam López Hernández, Mujer divina, mujer terrena. Modelos femeninos en el mundo mexica y maya

 

Miriam Judith Gallegos Gómora

 

Buenos Aires, Libros de la Araucaria, 2012.

 

Miriam López Hernández es bien reconocida dentro del ámbito académico como una joven investigadora especializada en el estudio del género, principalmente dentro de la cultura mexica. En colaboración con María Rodríguez Shadow editó los libros: Género y sexualidad en el México antiguo (2011) y Las mujeres mayas en la antigüedad (2011). Obras que por supuesto incluyen artículos de su autoría como: "La perspectiva de género en arqueología", "Discapacidad y desorientación corporal como metáforas de las transgresión sexual entre los nahuas prehispánicos" (en coautoría con Jaime Echeverría), y "Representaciones de vida y muerte en torno a la menstruación entre los mayas y otros grupos mesoamericanos". Resulta evidente que sus líneas de investigación comprenden las relaciones de género, la sexualidad en el mundo prehispánico y la condición de las mujeres tanto del pasado como en la actualidad. Cabe señalar que la autora es además de arqueóloga, licenciada en ciencias de la comunicación, formación que motivó otro de sus libros centrado en la mujer contemporánea: Letras femeninas en el periodismo mexicano.

Tanto en los trabajos citados como en su libro De mujeres y diosas aztecas (2011), se vislumbra el interés de López Hernández por desarrollar estudios de corte comparativo sobre el papel de la mujer en dos de las grandes culturas mesoamericanas: maya y mexica. El objetivo de la autora de Mujer divina, mujer terrena es realizar un estudio para "determinar las atribuciones y valores que recibieron las mujeres en las culturas mexica y maya, a partir de la concepción que se tenía de sus diosas [...] determinar el rol de género que les fue impuesto por su sociedad y que se vio reflejado en su panteón" (p. 21), para lo cual utiliza materiales arqueológicos como esculturas y figurillas, y el análisis etnohistórico de diferentes documentos. Como ella misma señala, pretende establecer un puente "entre las imágenes y representaciones materiales de las diosas y las construcciones mentales que las crearon" (p. 23). Su premisa es que las diosas fueron arquetipos de las acciones de las mujeres mayas y mexicas, quienes buscaron imitarles y parecerse a éstas (p. 22), para ello define y utiliza el término de teotipo como "el modelo divino que sirve de paradigma al entendimiento y a la voluntad de los humanos" (p. 23).

López Hernández aspira ver a las mujeres como sujetos ubicados dentro de contextos sociales e históricos, "desea conocer [...] quiénes fueron, por qué vivieron como vivieron, y por qué crearon lo que crearon, es decir, buscar el sentido de su cultura a partir del panteón femenino", a fin de entender a las sociedades maya y mexica en su complejidad (p. 24).

Durante los últimos veinte años la introducción de la perspectiva de género en la arqueología ha permitido ampliar el conocimiento sobre las sociedades de antaño, y reconstruir paulatinamente el rol social de la mujer, uno de los objetivos de Miriam López.

Dentro de la arqueología de género se han reconocido tres temas principales de investigación. El primero analiza las actividades en la esfera doméstica, y cómo los roles y especialización laboral fueron dictados y usados por los grupos de poder. El siguiente aborda la forma en que se afectaron los cuerpos de los individuos como resultado de las ideas relacionadas con el género (por ejemplo: lugares de enterramiento o las prácticas culturales de decoración corporal). Finalmente, una de las áreas de investigación más importante ha sido analizar el papel de género en las cosmologías prehispánicas (Ardren, 2008: 6-13). Y es dentro de esta perspectiva donde se sitúa la obra de Miriam López.

El texto es una edición de costo accesible editada por Libros de la Araucaria cuya sede se encuentra en Argentina. Pertenece a la Colección Etnohistoria, dirigida por Elio Masferrer, lo que respalda el trabajo de López Hernández. El libro tiene 274 páginas y 52 figuras en blanco y negro, consistentes en dibujos de representaciones femeninas en códices, esculturas, figurillas, vasijas y dinteles. Incluye 260 fichas bibliográficas derivadas de información extraída de códices, fuentes etnohistóricas, tesis, artículos, libros y ensayos que abordan las culturas maya y mexica, el rol de la mujer, la religión en estas sociedades, y el concepto de género.

El sustento documental del volumen es pertinente y balanceado en cuanto a la integración de las obras clásicas con los análisis más recientes. El lector reconoce de inmediato que el campo de especialización de la autora es la cultura mexica como lo muestra la profundidad del análisis y la numerosa bibliografía consultada al respecto. Mientras que algunos autores como Mary Ciaramella (1994, 1999), Traci Ardren (2008), Gabrielle Vail (1996, 2002) o Peter H. Sigal (2000, 2007), e incluso trabajos importantes de Julia Hendon (1999, 2002) o Rosemary Joyce (Joyce, 2009) quedaron fuera de la consulta para elaborar la sección correspondiente al área maya o los estudios comparativos previos. No obstante, Miriam López logra conformar un panorama general útil a su investigación, a través de la descripción y análisis de categorías semejantes en ambas culturas.

El libro inicia con una breve presentación de Elizabeth Brumfiel quien resalta que éste constituye una aportación importante al estudio del género, llegando a la conclusión de que los Estados mexica y maya representaron deidades tanto en el ámbito ritual como en el arte "con el objetivo de transmitir normas para roles de género que reforzarían el poder estatal" (p. 15). Con este preámbulo se incentiva al lector a continuar la lectura para conocer cuáles fueron los datos que utilizó López para llegar a tal conclusión.

La autora dividió el volumen en tres secciones. La primera está integrada por un análisis sobre las investigaciones en el campo de la arqueología de género, etnohistoria y las características generales del concepto Mesoamérica. La segunda es el estudio de las mujeres y diosas mexicas para continuar con el correspondiente a la cultura maya. Cierra el volumen con un capítulo de conclusiones, dos cuadros sinópticos donde proporciona información básica sobre las diosas -que incluye como apéndices-, y la bibliografía.

En la sección titulada "Estado de las investigaciones" (p. 27-37), a partir de una abundante bibliografía revisa los diferentes estudios hechos sobre la mujer prehispánica. Reconoce que tanto en los trabajos que abordan a la mujer mexica como a la maya, los primeros acercamientos mostraban una postura que idealizaba las culturas de antaño, buscando darle identidad al Estado mexicano de la primera mitad de siglo XX.

Los cambios sociales posteriores vieron de forma más objetiva y crítica las tradiciones prehispánicas, identificándose rasgos de carácter clasista y de opresión en las culturas bajo la lupa (p. 31). Más recientemente las investigaciones sobre la mujer del pasado incorporaron la perspectiva de género (p. 31-32).

La autora presenta a continuación un apretado análisis sobre los principales estudios de las deidades femeninas de las culturas mexica y maya. A partir de lo anterior afirma que no hay un estudio "que busque dar una visión de conjunto sobre las diosas en ambas culturas, y más aún, considerar la condición femenina a partir de la divinidad" (p. 37). De aquí justifica nuevamente el objetivo del volumen: "proveer una visión general sobre el tema en ambas sociedades y poder contrastarlas" (p. 37).

En la sección que titula Género, cultura material y etnohistoria (p. 3953), López Hernández define el concepto de género como un "elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos, pero, además, este elemento es el origen de relaciones de poder" (p. 42). Es un agente que crea identidades sociales, una construcción social que se reflejó en los materiales culturales que estudia la autora.

El uso del concepto de género se aplicó tardíamente en la arqueología, primero porque se consideraba un aspecto biológico que no era competencia de esta disciplina, pero también porque era un tema abstracto. Miriam López reconoce que el primer artículo de esta materia fue aquel publicado en 1984 con el título de "Archaeology and the Study of Gender", escrito por Margaret W. Conkey y Janet Spector, y que a partir de entonces han proliferado los estudios al respecto bajo diferentes perspectivas.

A través de la arqueología de género "se puede ver la cadena significativa que forman los objetos: de los objetos a los símbolos y de los símbolos a los valores. Por medio de estos puentes [...] sabemos que los restos materiales están cargados de ideologías que pueden conocerse" (p. 48). Pero la autora reconoce que al analizar el género a través de la cultura material sin considerar el contexto religioso, histórico y social donde habitaron sus sujetos de estudio, es decir las mujeres mexicas y mayas, las descontextualizaría de la cosmovisión e ideología que marcaron su vida diaria. Por esto López Hernández analizó también fuentes históricas y conjugó la información del material arqueológico per se con los datos sobre cómo se ubicó éste en la sociedad y dentro de la cosmovisión, para poder determinar a través del papel de las diosas la condición de la mujer terrenal (p. 49-50).

A continuación efectúa un análisis de los conceptos: Mesoamérica, ideología, cosmovisión y religión, los que utiliza como categorías en su estudio comparativo sobre las diosas mexicas y mayas (p. 55-66), ya que históricamente la ideología ha marcado pautas de comportamiento. La ideología de los antiguos mesoamericanos señala López Hernández, estaba condicionada a las actividades económicas y al poder en turno, y tenía sustento para justificarse, reproducirse y perpetuarse a través de la cosmovisión (p. 65). Ideas y conceptos que quedaron plasmados en las representaciones plásticas que analiza en el libro.

De acuerdo con la autora y otros investigadores citados, en el pasado ocurría una división social del trabajo por sexos, quedando la mujer relegada a ciertos espacios y labores (en específico el ámbito doméstico, realizando tareas como tejido, preparación de alimentos o cuidado infantil). Y si bien en las sociedades mexica y maya ocurría una opresión general de los individuos, dentro de la jerarquía social las mujeres estuvieron marginales al ámbito político y la toma de decisiones. Aunque reconoce que con su trabajo se complementaba el tributo, lo que beneficiaba a la unidad familiar. En este punto es necesario comentar que las afirmaciones anteriores se basan principalmente en el amplio conocimiento de la autora sobre la cultura mexica, porque entre los pueblos mayas si bien es cierto que había marginación, estudios recientes han descubierto la importancia política de la mujer a través de alianzas matrimoniales, por su linaje o en la realización de eventos rituales relacionados con el poder político.

La siguiente sección está enfocada al análisis de la cultura mexica (p. 67183). Aquí la autora describe de manera sintética la religión, enfatizando las características de las deidades masculinas (activos, creadores, guerreros o fecundadores), y las femeninas (pasivas, ligadas a la tierra, a la fecundidad y la fertilidad). La ideología imperante generó mitos que situaron a las deidades femeninas en planos subordinados y secundarios, justificantes de los roles de las mujeres reales; además en el panteón mexica ninguna diosa tenía un papel primordial (p. 70-71).

A fin de esclarecer la condición femenina y comprender la ideología de la sociedad Miriam López analiza el panteón de diosas mexicas quienes siempre tuvieron un papel secundario asociado a un dios como esposa, concubina o individuo subordinado. Aunque tuvieron templos específicos, ninguno fue de gran relevancia (p. 73).

Entre los mexicas el género estaba regido por la ideología y la religión, la gente modeló su vida a imagen del mundo religioso. Hombres y mujeres vivieron de acuerdo a modelos extrahumanos o teotipos, las deidades se imitaban (p. 73).

Considerando lo anterior, Miriam López analiza en orden alfabético, de forma sintética y puntual, los atavíos, atributos y los entornos asociados de veintiséis diosas mexicas (p. 74-141). Ilustra su descripción con imágenes obtenidas principalmente de códices, algunas esculturas monumentales y una figurilla.

Sobre las ilustraciones vale la pena hacer una observación. Aunque la autora describe en orden alfabético a las deidades, porque comenta que "las clasificaciones [...] conllevan al subjetivismo de quien las propone" (p. 74), es importante mencionar que dentro del grupo de deidades femeninas es clara la existencia de una estratificación como se observa en sus representaciones plásticas y la cantidad de información que existe para cada una.

A continuación Miriam López revisa los sitios de culto asociados a estas deidades, destacando que algunas tenían templos específicos, otras compartían el espacio con su contraparte masculina, mientras que los campos de cultivo o el cruce de caminos eran también lugares para adorarles (pp. 141-146). Analiza después a las sacerdotisas y las fiestas relacionadas con las diosas (p. 146-157), donde ya es factible indagar cuáles actividades realizaban las mujeres de carne y hueso dentro de la religión mexica, entre las que se citan: cuidado de braseros, elaborar la vestimenta de figuras divinas, danzar, hacer ofrendas y alimentos, o ser sacrificadas en alguna ceremonia (p. 147).

Por supuesto presenta un análisis sobre las implicaciones de las deidades en el mundo mexica con fuerte vinculación hacia la tierra, la fecundidad y la maternidad, pero siempre en un plano secundario respecto a las deidades masculinas. Distingue la existencia de dos corrientes, la religión popular y la religión oficial que se ven plasmadas en diferentes medios, desde las figurillas que constituyen representaciones populares para uso en ámbitos domésticos, hasta las esculturas monumentales como representación de la ideología de Estado, destacando las efigies de Coyolxauhqui y Coatlicue. Su imagen era un arquetipo para la sociedad (p. 157-170). La autora no cita a Tlaltecuhtli la diosa madre, cuya escultura monumental fue descubierta en el 2006, por lo que habrá que añadirla en la futura reedición del volumen.

Miriam López cierra el estudio de la cultura mexica con un acercamiento a sus mujeres. La educación mexica les concientizaba como reproductoras biológicas con ciertos patrones culturales por cumplir, donde lo deseable era que fuesen sumisas, dóciles y pasivas (p. 175). La documentación que existe evidencia que la mujer mexica estaba sujeta a una intensa explotación económica y sus labores eran poco valoradas (p. 181).

La siguiente sección del libro aborda la cultura maya (p. 185-232). A diferencia de la anterior, esta parte es mucho más corta. En ésta describe de forma general el territorio que comprende el asiento de la cultura maya, para luego comentar de manera diacrónica algunas características y sitios de esta macro-región cultural. Un error imputable a la máquina es la sustitución del nombre de Mayapán, asentamiento Posclásico yucateco, por Mazapán (p. 187), lo que la editorial debe subsanar con una fe de erratas.

Quien suscribe esta reseña apuntaría aquí el único inconveniente que detectó en la investigación, y es la comparación de la religión, sociedad y mujeres mexicas, especialmente de una gran ciudad, como lo fue Tenochtitlan -durante el Posclásico-; contra materiales, fuentes históricas y datos de decenas de sitios que si bien conformaron lingüísticamente una familia, son grupos y ciudades con rasgos particulares a lo largo de un período muy largo de tiempo, que no sería totalmente equivalente al caso de las mujeres mexicas. No obstante, el ejercicio que realiza Miriam López resulta útil para identificar los patrones culturales impuestos a las mujeres en dos de las culturas mesoamericanas más polémicas.

Ella aborda en primer lugar la religión maya y los calendarios. Comenta que la cultura maya también tenía una base agrícola, con una sociedad estratificada y por supuesto una jerarquización de deidades entre las que sobresale la Primera Madre, figura que se menciona en lecturas epigráficas de Palenque, y que más tarde sería representada en los códices. Luego aborda a la Diosa I, la Diosa O, Ixtab y Zuhuy kak, de quienes apunta algunas características. A continuación revisa las fuentes y extrae el nombre de otras diosas presentes en el Chilam Balam de Chumayel y en el Popol Vuh (p. 205-209).

A diferencia de la información sobre la cultura mexica, las referencias de los espacios de culto y festividades a estas diosas son escasas, como también los rituales en los que participaban las mujeres. Esta situación se explica no sólo porque las fuentes son menos abundantes que las del Altiplano, sino que la revisión de éstas fue más general.

En su investigación descubre que en los contextos más antiguos se presenta un culto telúrico asociado con lo femenino y la Luna, donde la deidad principal era la diosa Madre Tierra. Culto que permaneció en los contextos domésticos mientras que la religión oficial maya se relacionaba con las deidades masculinas y el gobernante como su representante. La diosa Madre era el teotipo a seguir, modelo que sublima la reproducción, la fertilidad, virginidad y monogamia femeninas (p. 220). La religión popular respondía a las inquietudes de la población común, se le rendía culto en las viviendas y carecía de sacerdotes especializados. En contraparte la religión oficial sí tenía personal especializado, espacios de culto masivo o específico y estaba relacionada con el sistema sociopolítico.

Las figurillas eran representaciones de actividades valoradas por la población. Las mujeres en este caso fueron retratadas en diferentes momentos del ciclo de vida, asociadas con actividades como la crianza o preparación de alimentos. Acciones que reflejan el teotipo asignado a las diosas mayas, que en las mujeres reales constituyó su rol de género (p. 223). En cambio, en las esculturas donde se registró la propaganda oficial, la mujer fue representada como participante en las ceremonias de mantenimiento del cosmos y el estatus de la élite (p. 224-225).

La sociedad maya es clasificada por la autora como asimétrica tanto por la diferencia de clase como por el género. El "interés estatal determinó el ideal religioso para la comunidad", y el panteón maya era reproductor de esta asimetría. El rol principal de la mujer fue el de madre-esposa, quien desarrollaba sus labores principalmente dentro del hogar y las cercanías de la vivienda, aunque también salía a comerciar al mercado.

No obstante eran piezas clave en las alianzas matrimoniales. Aunque la autora tajantemente señala que estos enlaces no generaban una mejora al estatus femenino (p. 231). Apreciación que no se comparte porque hoy en día no se tienen datos específicos sobre el cambio de vida que pudieron tener las mujeres que llegaban a cortes de rango inferior al propio, y en cambio es de resaltar el registro que se hacía de la hipergamia en la antigua sociedad maya.

De hecho, mujeres de otros sitios que se convirtieron en madres y esposas de los dirigentes de una ciudad diferente a la de su origen, también fueron representadas en la escultura monumental. Es altamente significativo que estas mujeres del período Clásico hayan sido retratadas en los espacios dedicados a los discursos históricos oficiales, lo que no ocurrió por ejemplo entre los mexicas. Lo anterior señala una participación diferente de la mujer en el ámbito político dentro de ambas culturas, como lo han mostrado nuevas lecturas epigráficas y datos arqueológicos. Sirva de muestra el hallazgo reciente del entierro de la señora Kalomt'e K'abel, esposa del gobernante K'inich Bahlam II de El Perú-Wak'a, quien recibió el título de ixkalo'mte, que equivale a ser la soberana de un territorio.

Al respecto, y como sugerencia para una próxima edición del volumen, sería conveniente incluir información sobre la ceremonia y el nombre de los personajes que se representaron en varias esculturas monumentales usadas como ilustraciones de las mujeres mayas. Por ejemplo: en la Figura 48, donde se retrató a la Señora Hix Bahlum junto a Pájaro Jaguar IV, ambos haciendo autosacrificio; la Figura 49, donde se encuentra la imagen de la Señora K'abal Xook, esposa principal del gobernante Itzamnaaj Bahlam III conjurando a un ser híbrido y celebrando la ascensión al trono de su marido; y la Figura 52, donde Pájaro Jaguar IV realiza una danza junto a una de sus consortes, la Señora Gran Cráneo: escena en la que él sostiene un cetro con la representación del dios K'awiil y ella carga un atado con jades. Si se conoce el nombre y actividades en las que participaron estas mujeres que alguna vez habitaron Yaxchilán, será necesario citarlas en el libro de Miriam López.

Además, será imprescindible corregir la identificación errónea de una pieza prehispánica. La Figura 51 identificada por Alfredo Chavero como una representación de la diosa Ix Chel, en realidad representa un bulto mortuorio dispuesto sobre una especie de banco, que ostenta un llamativo tocado de serpiente de guerra con largas plumas. Figurilla que por su estilo seguramente procede de Jonuta, Tabasco.

Miriam López concluye su texto afirmando que durante la conformación de los Estados mesoamericanos tuvo lugar el declive del estatus femenino, y que éstos legitimaron esta diferencia a través de los valores religiosos y los teotipos femeninos. Los ámbitos de control de las deidades femeninas se relacionaban con la Tierra, los mantenimientos, la sexualidad, el parto, la fertilidad, el hilado, el tejido, así como la muerte. Destaca que en el culto oficial se justificaba la desigualdad de género, pero en el culto popular había más complementariedad. El estudio de la ideología y la religión permiten señalar que el género era una herramienta para mantener las jerarquías sociales, donde lo divino era el modelo de lo terrenal. La dominación masculina en ambas sociedades se generó como una necesidad de controlar a las mujeres "productoras de bienes y reproductoras".

En el pasado se marcaron con claridad la división sexual del trabajo y la educación enseñó normas por género.

La aplicación de la teoría de género a las fuentes y materiales arqueológicos resulta ser una llave importante para entender la dinámica social. Sin embargo, como lo señala la misma autora, quedan muchos estudios por realizarse (pp. 235-237). Este libro es un buen comienzo.

Mujer divina, mujer terrena. Modelos femeninos en el mundo mexica y maya es un volumen que si bien aborda un tema especializado, su lenguaje y la claridad de su exposición lo hacen comprensible a un público más amplio. La cantidad de información revisada para conformarlo, así como la comparación puntual de categorías contrastadas por la autora muestran la rigurosidad de su investigación. Su adquisición será indispensable para todos los investigadores que estudien el tema de género, pero también constituirá una referencia obligada para quienes analicen el rol social de las mujeres mayas y mexicas en la época prehispánica.

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