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Estudios de cultura náhuatl

Print version ISSN 0071-1675

Estud. cult. náhuatl vol.43  México Jan./Jun. 2012

 

Reseñas bibliográficas

 

Eduardo Matos Moctezuma, Arqueología del México antiguo

 

por Manuel Gándara

 

México, Jaca Book/Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2010, 384 p, ils.

 

Arqueología del México antiguo, de Eduardo Matos, se trata de un trabajo que condensa, de manera amena y amable, toda una tradición de estudios sobre la historia de la arqueología mexicana, tradición de la que Matos ha sido a la vez promotor y protagonista. Es un trabajo de divulgación, cuyo rigor y profundidad lo hacen de igual interés para el gran público que para el especialista y que —predigo sin riesgo a equivocarme— será de también de gran utilidad en la formación de nuevos arqueólogos.

La obra se organiza en nueve capítulos y una breve "Reflexión final", siguiendo en general un eje de exposición cronológico, aunque con un ingenioso recurso del autor: incluir en el primer capítulo, dedicado a las visiones indígena y colonial de los orígenes mexicanos, la visión de la prehistoria, subdisciplina que siempre ha tenido un desarrollo propio, casi autónomo, en nuestro país. Así, en este primer capítulo nos enteramos de las creencias mitológicas prehispánicas y de la forma en que los pueblos mesoamericanos concibieron y utilizaron el pasado —recuperando incluso objetos antiguos como vínculos de legitimación—. Esta visión se compara con la colonial, dominada inicialmente por una interpretación bíblica que va cediendo paso a una manera ilustrada de ver el problema de los orígenes; y, finalmente, la visión de la propia prehistoria, cuyo recuento sigue el autor prácticamente hasta nuestros días, lamentando por cierto el cierre del Departamento de Prehistoria que, a sus ojos, en su última etapa no tenía ya la enjundia ni la calidad académica que tuvo antes. Este recurso de unir las tres visiones sobre los orígenes funciona bien: permite que en los capítulos sucesivos la exposición cronológica fluya de manera ininterrumpida, ya sin tener que ocuparse de los detalles de la investigación prehistórica; ésta, no por ser menos importante, ha sido menos numerosa y ha jugado un papel político relativamente menor al de la arqueología de periodos más tardíos.

El capítulo segundo aborda la labor de los cronistas españoles, que Matos subdivide en solados, frailes, indígenas y civiles; el tercero, "la vuelta a la mexicanidad" que se diera entre 1670 y 1750; el cuarto, la ilustración "o el retorno de los dioses" (1750-1821); el quinto, los inicios del México independiente (1821-1877); el sexto, el Porfiriato (1877-1911); el séptimo, el periodo revolucionario (1911-1925); el octavo, la institucionalización de la antropología (1925-1950); y, finalmente, el noveno, el periodo actual (1950 a la fecha).

La obra está destinada no solamente a los colegas arqueólogos, sino, fundamentalmente, al gran público. Por ello, se descarga el texto de referencias bibliográficas, que se reportan puntualmente mediante notas al final del libro. Ello facilita sin duda la lectura del lego, aunque con sacrificio del especialista, considerando el tamaño, volumen y peso del libro: acudir constantemente al final de la obra resulta un buen tonificador muscular. Pero el sacrificio se justifica, porque la idea es hacer accesible a un público amplio el trayecto que ha tenido nuestra disciplina en México. Por la misma razón, el autor explica conceptos, periodos o técnicas que, aunque familiares para el especialista, es necesario clarificar para los no especializados. Es decir, se trata, fundamentalmente, de un trabajo de divulgación y, a saber, un muy buen trabajo de divulgación.

La magistral pluma de Matos hace que pasajes que pudieran acabar siendo tediosos resulten incluso emocionante o divertidos. El autor salpica el texto con anécdotas y datos curiosos, sin detrimento del rigor académico, que añaden a cada paso un toque de sabor y color, premian la lectura e invitan al lector a seguir adelante. Ello es doblemente meritorio, dada la extensión de la obra (384 páginas). Anécdotas como la de las rimas al traslado de la Piedra del Sol en el siglo XIX (p. 194-5), o el de la remoción del Chac Mol (p. 171), muestran un lado que no siempre se explora de nuestra disciplina. Y el humor de Matos brilla en muchos puntos, como cuando menciona que fray Servando Teresa de Mier tuvo nombre de calle (p. 117). Mención aparte merecen las ilustraciones, seleccionadas con especial cuidado por el autor con apoyo de Lourdes Cué, a quien el autor agradece en la dedicatoria del libro. Varias de ellas se muestran por primera vez, o al menos en ángulos o recuadres novedosos, y nunca interrumpen o desvían la atención del texto.

No comentaré mucho sobre los capítulos sobre la colonia y el siglo XIX, salvo para describirlos como deliciosos: constituyen una lectura ágil, pero sin menoscabo de identificar los ejes sobre los que ocurrió el desarrollo de la arqueología en nuestro país; por ejemplo, el que desde finales de la Colonia hubo intentos de inventariar el patrimonio y en el México independiente se inicia una tradición para preservarlo, apuntalada en una legislación que lo convierte en bien de interés nacional —y que, en opinión de Matos, que compartimos, hoy hay que defender—. Punto especial es el del debate que el Matos ha venido sosteniendo con otro querido maestro, colega y amigo, Carlos Navarrete (p. 115), sobre el origen de la arqueología en México. Este último lo relaciona a trabajos en Palenque, mientras que Matos ha venido sosteniendo que los trabajos de Vasco y Gama de 1790 sobre el calendario azteca y la Coatlicue son mucho más cercanos al desplante de una disciplina académica. Todo indica que esta polémica quizá ahora llega a su fin, con los datos y argumentos que aporta Matos (p. 115-116). Asunto aparte es el momento en que la arqueología se profesionaliza y cuando podemos hablar por primera vez de una disciplina científica con su correspondiente comunidad académica y algo similar a una primera posición teórica —cosa que en otros países no ocurrió sino hasta el último tercio del siglo XIX. En el nuestro quizá pueda asociarse a la creación de la Escuela Internacional de Arqueología y Etnología, en 1910, sobre cuya operación Matos también recupera muchos datos útiles. Las instituciones antecedentes, notablemente el Museo Nacional y la Inspección de Monumentos, así como los principales órganos de publicación, también se analizan en detalle.

Comentaré más sobre los últimos capítulos. El autor apunta (p. 307) que la intención original de la obra era dedicar un segundo tomo a los desarrollos del siglo XX. Como bien señala, desde entonces hubo una profusión de proyectos, instituciones y figuras, lo que hace imposible ya no solamente un recuento detallado, sino incluso un catálogo completo de las principales investigaciones. No obstante, se reportan los eventos y las tendencias centrales, quedando muy pocas omisiones de nota. La brevedad del tratamiento en estos últimos capítulos —así como lo reciente de los hechos narrados— dificulta, como es normal, una aproximación más detallada o la posibilidad de retomar algunas de las polémicas centrales que, por otro lado, quizá no sean de tanto interés para el público lego. Pero de todas maneras me llamó mucho la atención la forma en que Matos elige organizar el último capítulo y la manera en que lo titula ("Nuevas técnicas, nuevos datos, 1950 en adelante"), dado que, aunque le da un peso importante al tratamiento de los avances técnicos y los nuevos hallazgos, no deja de lado los avances teóricos, avances de los que él mismo ha sido protagonista en más de un momento.

De hecho, es probable que algunos quieran debatirle a Matos la manera en que organiza lo que llama las "principales corrientes arqueológicas" de esta última etapa, que él denomina de "reconstrucción monumental", "tecnicista" y "marxista" (p. 318). Parecería no haber un criterio homogéneo en esta clasificación, quizá porque, como toda clasificación, involucra elementos arbitrarios. Pero en su narrativa, esta lógica de exposición funciona, sobre todo porque, como él apunta, la mayoría de los colegas se ha mantenido prudentemente lejos de comprometerse de lleno con alguna de las posiciones teóricas que surgieron durante este periodo. Predomina, en mi opinión, un eclecticismo cauteloso construido sobre una base de historia cultural o particularismo histórico, aunque Matos prefiere no utilizar "etiquetas", dado que no cree mucho en ellas (p. 216). Por ello quizá resulte práctico ubicar en un mismo bando (tecnicista) a autores que otros separarían por estar más afiliados a una posición ambientalista que a una procesual, o a otra de un neoevolucionismo de influencia marxista que uno de corte ecológico cultural. El tratamiento, como se ve, no toma la filiación teórica como eje de la narrativa, cosa que, de nuevo, puede entenderse en función del carácter de divulgación de la obra.

Otro asunto que seguramente resultará polémico es la afirmación que hace (p. 321) en el sentido de que, a pesar de sus pretensiones, la arqueología marxista ha contribuido menos que las otras dos a nuestro conocimiento de Mesoamérica. La brevedad del tratamiento seguramente le impidió dar cuenta de algunas posibles explicaciones de por qué esto pudiera ser así, por lo que queda al lector comparar la longevidad de cada una de estas tendencias: la "reconstructora", con casi cien años; la "técnica", que se inicia en los cincuenta, y el propio marxismo que, fuera de algunos intentos precursores, solamente empieza a tomar forma a mediados de la década de los setenta. O bien, el que, muy temprano en este desarrollo, se vetara u obstaculizara que uno de los líderes de esta posición hiciera trabajo de campo en México o que los proyectos de esta corriente tuvieran presupuestos proporcionalmente muy menores a los que disfrutaron, por ejemplo, los mega proyectos de los noventa, o que simplemente se cerraron dichos proyectos con argumentos administrativos. De hecho, luego de haber sido la corriente predominante en la Escuela Nacional de Antropología e Historia durante dos décadas, momentos en donde era casi obligatorio ser marxista, vemos hoy día el avance de posturas abiertamente hostiles al marxismo y a sus seguidores, que han alcanzado niveles inaceptables, más cercanos a la vendetta personal que a la argumentación académica.

En fin... y ya que menciono a la Escuela Nacional de Antropología e Historia, debo decir que Matos, siendo no solamente exalumno y profesor de la misma, sino exdirector, hace un tratamiento de nuestra historia que, aunque corto, es una estupenda y justificada reivindicación de algunos de los logros y aportes de nuestra institución. Esta actitud se reconoce y agradece, y contrasta con las de otros colegas que, en momentos críticos para la supervivencia de nuestra escuela, declaraban públicamente que la ENAH debía cerrarse dado su supuesto "pobre nivel académico".

Como se verá por estos últimos comentarios, necesariamente breves, se hace notorio que la obra de Matos no es solamente una recopilación de nombres de próceres, autores y obras, proyectos y hallazgos; es decir, una historia de datos y fechas al mejor estilo positivista, como quizá pudiera pensarse de la de su antecesor inmediato y con quien gentilmente polemiza Matos, Bernal (Historia de la arqueología en México, Porrúa, 1979), obra abiertamente antiteórica (véase Bernal 1979:10-13): por el contrario, aunque su intención es servir como instrumento de divulgación, a cada paso y en particular en las sucintas pero sustanciosas páginas con las que cierra cada capítulo, el autor nos ofrece provocadoras reflexiones y agudas críticas. De hecho, hay que aplaudir su valor cuando denuncia, en casos como el de Ixcateopan (p. 305), la manipulación política a la que ha estado sujeta nuestra disciplina desde prácticamente sus inicios (y Matos pudo vivir en carne propia); o bien la ineficaz actuación del INAH para defender las lomas de Santa María en Morelia, sobre cuya destrucción nuestro autor oportunamente alertó (p. 186).

Se trata, sin duda, de una obra que resultará útil tanto a legos como a expertos; será herramienta de aprendizaje de los aspirantes a arqueólogos; e impresionante corpus para estudio de los historiadores de la arqueología y, en general, la ciencia social en México. Cuando preparaba estas breves notas, pensé en iniciar con algo así como "Esta es, sin duda, la culminación del trabajo de Eduardo Matos como historiador de la arqueología mexicana". Y es que, en efecto, este libro condensa y reúne el conocimiento que Eduardo ha logrado a lo largo de años de investigación sobre el pasado de nuestra disciplina. Decidí finalmente no hacerlo, porque el término "culminación" connota el cierre, el final de algo. Por eso, conociendo la erudición, la dedicación y, sobre todo, el entusiasmo y la energía de Matos, dudo que esta obra sea la última que el autor nos regale sobre este tema, en el que, indudablemente, sigue siendo el líder.

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