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Estudios de cultura náhuatl

Print version ISSN 0071-1675

Estud. cult. náhuatl vol.43  México Jan./Jun. 2012

 

Artículos

 

Umbrales hermenéuticos: los "prólogos" y "advertencias" de fray Bernardino de Sahagún

 

Mariana C. Zinni

 

Doctora en filosofía por la Universidad de Pittsburgh. Imparte cursos de literatura colonial y teoría postcolonial en Queens College, CUNY. Actualmente, se encuentra trabajando en un proyecto de libro, La crisis de la hermeneusis cristiana en el Nuevo Mundo: fray Bernardino de Sahagún y los doce franciscanos.

 

Resumen

En la obra de fray Bernardino de Sahagún los prólogos y comentarios al lector se pueden leer, de manera autónoma, como un programa pedagógico. En este artículo se exploran los prólogos y advertencias que antepone Sahagún a su Historia general... y la posibilidad de una lectura autónoma de los mismos en pos de rescatar el programa pedagógico y hermenéutico enunciado por el franciscano.

Palabras clave Sahagún, Prólogos y advertencias, Historia General de las Cosas de Nueva España, programa pedagógico y hermenéutico.

 

Abstract

In the work of Fray Bernardino de Sahagún, the prologues and addresses to the reader can be read, autonomously, as a pedagogical program. In this article, the author explores the "prólogos" and "advertencias" that precede Sahagún's General History... as well as the possibility of an autonomous reading of the aforementioned texts in order to highlight the hermeneutical and pedagogical program formulated by the Franciscan.

Keywords Sahagún, Prologues and advices, General History of the Things of New Spain, pedagogical and hermeneutical program.

 

[El exordio] es el comienzo del discurso, lo mismo que el prólogo en la poesía y el preludio en la música de la flauta, pues todo esto son preámbulos y como preparación del camino para lo que sigue [...] Pues la función del prólogo, y la más característica, es la de exponer cuál es el fin al que se dirige el discurso.

Aristóteles

el autor, una vez terminado el libro, y en la precipitación de redactar un prólogo, percibe claramente que está penetrando en un vehículo nuevo, independiente, amorfo; el escritor podrá modelarlo, pero él mismo deberá fijarse de antemano unas direcciones y límites ideológicos.

Antonio Porqueras Mayo

 

En la obra de fray Bernardino de Sahagún, en especial en la Historia general de las cosas de Nueva España (1540-1585), los prólogos y comentarios al lector se pueden leer, de manera autónoma, como un programa pedagógico. En estas dos clases de prólogos e intervenciones subjetivas de nuestro fraile, bien diferenciadas del cuerpo textual, atienden a distintas necesidades pragmáticas que se resumen en la manera de relacionarse con el texto, el lector y el mundo. En esta red textual se puede leer —se deja leer— la presencia de Sahagún sobrevolando toda su obra, sus comentarios, indicaciones, guiños, etcétera. Imaginamos al anciano fraile componiendo el texto, interviniendo sutilmente en nuestras concepciones y lecturas, guiándonos por el mare magnum escriturario, haciéndonos experimentar el prólogo.

La monumental enciclopedia sahaguntina consta de doce libros referidos a la compleja cosmovisión nahua. La Historia general, texto en dos columnas, náhuatl y español,1 fue compuesta a partir de una serie de cuestionarios elaborados por el propio Sahagún y escrita con la ayuda de sus nahuatlatos, estudiantes trilingües del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco.2 Su obra magna, esencialmente concebida como una enciclopedia ilustrada y trilingüe que daría cuenta de buena parte del saber nahua3 desde la teogonía hasta la visión de los vencidos, está dividida en doce libros.4 Cada uno de ellos está precedido por, al menos, un prólogo, y varios de estos libros, por textos dirigidos específicamente al lector.

El propósito de la enciclopedia, tal como lo explicita el mismo fraile, era dar a conocer entre sus colegas misioneros algunos aspectos esenciales de la cultura y la historia de los pueblos nahuas. De ese modo, a través del conocimiento, intentaba mejorar las herramientas existentes en pos de lograr una conversión más efectiva, ya que, comprendiendo el carácter nahua desde sus aspectos más nimios, sería más fácil acceder a zonas del imaginario indígena para catequizar. Comenta que la primera copia del texto data del año 1569 y advierte que

Es esta obra como una red barredera para sacar a luz todos los vocablos desta lengua con sus propias y metafóricas significaciones y todas sus maneras de hablar, y las más de sus antiguallas buenas y malas. Es para redemir mil canas, porque con harto menos trabajo de lo que aquí me cuesta podrán los que quisieren saber en poco tiempo muchas de sus antiguallas y todo el lenguaje desta gente mexicana. Aprovechará mucho toda esta obra para conocer el quilate desta gente mexicana [...] (33, énfasis agregado).

Este último punto es uno de los objetivos claramente enunciados por el franciscano, que intentará probarlo a lo largo de las muchas páginas que dedica a sus intervenciones prologales. Curiosamente, Sahagún decidió formularlo tempranamente, en el prólogo al Primer Libro, para que quedara explicitado desde un principio, y lo reforzaría varias veces a lo largo de su red paratextual.

Si bien en la Historia general no se presenta un pensamiento condensado, un sistema acabado,5 éste se encuentra disperso, desordenado, desperdigado en diferentes lugares, de acuerdo a las necesidades del momento. En el prólogo al Segundo Libro el franciscano describe las condiciones de producción, el método, nombra, como ya he mencionado, a sus ayudantes trilingües y el orden en que fue llevada a cabo la confección de la obra. Asimismo, el fraile da cuenta de algunos aspectos de índole personal que no le permitieron llevar a cabo su labor según lo planeado, queja amarga que reaparecerá una y otra vez en sus textos periféricos. En consecuencia, a lo largo de las páginas, de los temas y, sobre todo, de los años invertidos en la composición de la Historia general nos encontramos con reformulaciones, reelaboraciones, y hasta ideas contrarias en una colección interesante que conviene desentrañar y leer de manera programática, puesto que "las ideas personales de Sahagún sólo se hacen explícitas en los 'prólogos', 'apéndices' e interpolaciones que agregó al texto básico (en náhuatl y castellano)" (Bustamante García, 23).

Los prefacios de fray Bernardino —doce "prólogos" propiamente dichos,6 siete invocaciones al lector y una exclamación del autor— conforman lo que llamaré "umbrales epistemológicos", espacios hermenéuticos en los cuales franquea la lectura y nos presenta un programa relativamente completo en tanto que interviene (a posteriori) en sus propios textos, re-leyéndolos y, al mismo tiempo, sobre-escribiéndolos.

Lograr una definición acertada o completa del género prólogo atentaría contra su esencia: la libertad escrituraria que propone y cierta laxitud genérica que podemos encontrar en él. Sin embargo, hay características discursivas que lo encuadran y que por lo tanto lo limitan en relación con otros textos. Para el crítico español Alberto Porqueras Mayo, el género en cuestión es

el vehículo expresivo con características propias, capaz de llenar las necesidades de la función introductiva [sic]. Establece un contacto —que a veces puede ser implícito— con el futuro lector u oyente de la obra, del estilo de la cual a menudo se contamina en el supuesto de que prologuista y autor del libro sean una misma persona. En muchas ocasiones puede llegar a ser, como ocurre frecuentemente en nuestro Siglo de Oro, un verdadero género literario (p. 42).

En el caso de Sahagún, la coincidencia entre "autor" (causa material de la obra) y prologuista es doblemente interesante, ya que si bien se hace cargo de los temas propuestos en los cuestionarios, la edición, compilación y dirección de la Historia general —en el sentido en que arma el manuscrito, y compagina la información—, ésta está compuesta por muchas manos, los famosos nahuatlatos que menciona en el prólogo al Libro Segundo, mientras que los prólogos son escritos, todos y cada uno de ellos, exclusivamente por la pluma del franciscano. Por lo tanto, es su voz, autónoma y más o menos coherente, pese a los continuos vaivenes, la que oímos en los numerosos preámbulos. Es ahí donde dejará constancia de su preceptiva y guía la lectura, a la vez que se hace presente proponiendo cierto grado de modernidad gracias a la aparición de la propia e insoslayable subjetividad del prologuista.

El texto sahaguntino adquirirá, por medio de la lectura de sus muchas advertencias, un carácter de ejemplaridad y un sentido didáctico absolutamente manifiesto. La mayoría de las veces, estas advertencias al lector y prólogos diseminados no necesariamente serán notas marginales o reflexiones aisladas, sino que formarán un programa pedagógico desarticulado y vacilante que se adapta y cambia con el correr del tiempo (Sahagún trabaja en la Historia general durante poco más de cuarenta años) y las circunstancias que rodean su labor. La continua revisión y reescritura del manuscrito —el cual parece no estar nunca terminado, víctima de innumerables correcciones, adendas, modificaciones, etcétera— lo convierten en una obra en indisoluble inconclusión y por lo tanto, la labor editorial de Sahagún será permanente. Los prólogos son escritos en diferentes momentos y condiciones en la elaboración del texto y, por supuesto, con distintos propósitos, objetivos y lectores en mente.

En general, el prólogo, al explicar determinadas circunstancias (de composición, por ejemplo) de la obra, busca una "lectura correcta" de la misma que ayude al entendimiento y se erija como primer modelo de interpretación y lectura: la interpretación y lectura del propio autor en tanto que permite cierta autorreflexión autorial ligada a la emergencia de una subjetividad (moderna) y, en este momento, todavía vacilante. En otras palabras, el prólogo, lugar de marcada retoricidad, hace gala de un profundo sentido didáctico: nos dice qué hacer, cómo leer. Por otro lado, el prólogo es un pre-texto. En primer lugar, se posiciona delante del texto que debemos leer, y además, sirve como excusa.

Diseñado cuidadosamente teniendo en cuenta su destinatario (y el destinatario final del texto en sí, ya que los textos coloniales pasan por una serie de receptores más o menos diferenciados antes de llegar a quien o quienes está pensado, esto es, el censor, oficiales religiosos y gubernamentales, autoridades, etcétera), funciona como una suerte de pedagogía con cierto rigor preceptivo que facilita un grado de comunicación "directa" con su lejano lector. Por otro lado, y a más de capturar la atención y buena voluntad del lector, el prólogo "introduces the reader to the texts that follows, an orientation that facilitates reading, but, more importantly, guides the reader's interpretation of the ensuing text". (Zamora, Reading..., p. 58). Se presenta como una "lectura correcta", al tiempo que posee un fuerte carácter metatextual en el cual se reflexiona minuciosamente sobre las condiciones de la propia textualidad. Remito al prólogo del Libro Segundo, en el cual anuncia las condiciones de producción de la obra, el pedido del padre superior, el diseño de los cuestionarios, la ayuda de los nahuatlatos, la manera de composición de la Historia general y buena parte de las vicisitudes con las que se encontró para poder culminarla.

Siguiendo esta idea, el prólogo presenta en su mismo seno el proceso de autorización del (propio) texto, al tiempo que propone una intervención en la obra de manos del prologuista. Instaura un punto de partida, desplaza la mirada, pero, sobre todo, promueve un alto grado de acción pedagógica que estará ligada a las condiciones éticas del prólogo en sí. En el caso de Sahagún, esta acción pedagógica será cristiana: enseñar y establecer algunos principios acerca de cómo evangelizar (sobre todo en el prólogo al libro de los Colloquios y doctrina christiana [1564], donde estipula los cuatro fundamentos de la empresa evangelizadora y su eficacia),7 y presentar un contenido doctrinal de modo adecuado.

El prólogo se piensa como "espacio dramático": lo que dramatiza, en primera instancia, es una escena de lectura que deviene en escena de enunciación, donde esbozar la propia subjetividad y hacerla aparecer ante el "sincero lector", primer destinatario de esta red textual que se proyecta hacia él como tal, y personaje amable con el cual conversar. El prólogo, umbral que franquea la lectura, deja pasar al lector, lo introduce en la obra y comienza una instancia que podríamos denominar de falso diálogo porque en realidad no es más que un monólogo donde la voz del destinatario nunca será escuchada ni, mucho menos, reproducida e incorporada a la conversación. De ese modo, el prologuista se asegura un lugar sin mácula, y en apariencia, democrático. En primer lugar, y como iniciador del diálogo, el prologuista propone una captatio benevolentiae: habla al "sincero lector" o al "lector" a secas. El lector es figura necesaria en estas circunstancias escriturarias. Presupone, al nombrarlo, un sistema comunicativo en el cual tanto el prologuista como el lector han de ocupar un lugar que desde el principio se desambigua: el autor demuestra su intencionalidad y provoca cierto grado de recepción de la obra: se dirige a un lector en particular que, aunque no lo nombre, individualiza. Al mismo tiempo, el que escribe el prólogo autoriza su obra inscribiéndola —e inscribiéndose— en una tradición textual (las historias enciclopédicas, en este caso) y en un sistema doctrinario particular. De ese modo, el texto pertenece a un orden (simbólico, cultural, religioso) específico y es pasible de ser auto-historizado.

En el "Prólogo en Romance", uno de los que cierra el Libro Primero (en realidad, por su posición en el texto es más epílogo que proemio), el fraile abre el juego con un vocativo: "Vosotros, los habitantes de esta Nueva España, que sois los mexicanos, tlaxcaltecas y los que habitáis en la tierra de Mechuacan" (f. 65). A ellos se dirige en primera instancia, inaugurando un lector que no es el europeo que recibirá el manuscrito, sino los infieles, aquellos que nunca leerán la Historia general porque no ha sido compuesta para ellos. Sahagún cree necesario dirigirse a estos idólatras que viven en las tinieblas de la infidelidad, nombrarlos, y a su vez, encomiarlos a la evangelización: "Pues oíd agora con gran atención, y entended con diligencia la misericordia en que Nuestro Señor os ha hecho por su sola clemencia, en que os ha enviado la lumbre de la fe católica para que conozcáis que él solo es el verdadero dios" (65, énfasis agregado). Los indios no leen, oyen este prólogo "en romance", primeros interlocutores señalados que, por carecer de letras, no tienen más remedio que escuchar el mensaje. Éstos son los que viven ciegos y engañados, y, al mismo tiempo, forman parte del grupo que ayudó en la composición del manuscrito.

El siguiente prólogo al Libro Primero está dirigido "al lector", y comienza también con una invocación:

Ruégote por Dios vivo, a quien quiera que esto leyeres, que si sabes que hay alguna cosa entre estos naturales tocante a esta materia de la idolatría, des luego noticia a los que tienen cargo del regimiento espiritual o temporal para que con brevedad se remedie, y haciendo esto harás lo que eres obligado, y si no lo hicieres, encargarás tu conciencia con cargas de grandísimas culpas (75, énfasis agregado).

El que lee es del todo diferente del que escucha. No sólo no está sumido en las tinieblas de la idolatría, sino que además puede reconocerlas y es su deber denunciarlas. De ese modo, y por medio de este diálogo simulado entre prologuista y lector(es), se provoca cierta participación en la obra. Sahagún pide que el lector hable, y sin embargo, lo que se disimula con el apelativo no es más que un monólogo, ya que para cuando el lector tenga la obra en sus manos, ésta ya estará clausurada y no habrá necesidad de intervenir. Por último, en este conjunto de prólogos al Libro Primero, hay uno postrero titulado "Exclamationes del autor" en el cual el mismo prologuista se ve exteriorizado y se dirige a un tercer interlocutor que no es el lector ni los indios, un interlocutor que no lee o escucha, sino que participa invocado por esta exclamación. Este tercer interlocutor es nada menos que Dios. A Él interpela, abriendo el texto, precisamente, con un apóstrofe referido al estado de las tierras novohispanas:

¡Oh, infelicísima y desventurada natión, que de tantos y tan grandes engaños fue por gran número de años engañada y entenebrecida, y de tan innumerables errores deslumbrada y desvanecida! ¡Oh, cruelísimo odio de aquel capital enemigo del género humano, Satanás, el cual con grandísimo estudio procura de abatir y envilecer con innumerables mentiras, crueldades y traiciones a los hijos de Adán! (Libro Primero, f. 75).

Podemos colegir que este texto con que cierra el Libro Primero fue escrito con bastante posterioridad al inicio de la labor sahaguntina en lo que respecta a la confección de la Historia general, puesto que se queja amargamente de los engaños sufridos tanto de parte de los indios —Satanás en persona es quien impide la evangelización timando a los indígenas— como por los misioneros, ya que advierte que la empresa doctrinal no ha tenido el éxito que se supo cantar. Y continúa exhortando a Dios:

¿Qué es esto, señor Dios, que habéis permitido tantos tiempos, que aquel enemigo del género humano tan a su gusto se enseñorease desta triste y desamparada natión, sin que nadie le resistiese, donde con toda libertad derramó toda su ponzoña y todas sus tinieblas? ¿Señor Dios, esta injuria no solamente es vuestra, pero también de todo el género humano?

Acto seguido, se involucra como sujeto de la enunciación, como suerte de intercesor entre la propia empresa evangelizadora y los designios divinos, anticipando, de alguna manera, lo que desarrollará a lo largo de su aparato prologal, "barredero", como él mismo califica su obra. Pero, sobre todo, mostrará esta red textual que remite a algo exterior: su figura como partícipe, pero al mismo tiempo, su subjetividad como prologuista y la consecuente intervención en su obra esparciendo de ese modo contenidos doctrinales, y cierta pedagogía cristiana, la defensa de su labor historiográfica.

Y por la parte que me toca, suplico a vuestra divina majestad [se refiere a Dios, no al rey] que después de haber quitado todo el poder al tirano enemigo, hagáis que donde abundó el delicto abunde la gracia, y conforme a la abundancia de tinieblas venga la abundancia de la luz sobre esta gente, que tantos tiempos habéis permitido estar supeditada y opresa de tan grande tiranía (Libro Primero, 75).

Sahagún muestra así uno de los rasgos fundamentales del género prólogo: no sólo se dirige a alguien en particular, a sus diferentes y posibles lectores, sino que, además, lo hace de manera anacrónica. Escribe el prólogo cuando la obra está en proceso, inconclusa, y lo inserta al final del primer libro llamándolo "Prólogo en romance",8 aun a sabiendas del grado de imposibilidad de lo que pide. El fraile no deja nada librado al azar. Con este mismo gesto hacia el lector, proyecta la obra hacia afuera, hacia un destinatario. En suma, entrega su obra a la (buena) lectura guiada de antemano a través de esta serie de paratextos que conforman un espacio necesario, dan cuenta de una función didáctica y permiten una salida del texto, ya que el prólogo es "como las campanas, que llaman a misa y ellas nunca allá entran", como comenta fray Miguel de Guevara en Menosprecio de corte y alabanza de aldea. La figura de las campanas resulta más que ilustrativa: atrae con su estudiada simbología (no suena la misma campanada para cada ocasión, hay que saber decodificar el llamado), con su armonía y musicalidad, y sin embargo, permanece invariablemente fuera del convite. Son, como el prólogo, un elemento extrínsecamente intrínseco, con una relativa independencia: una campana es una campana, pero pertenece a un campanario.

El prólogo como género tolera cierta retoricidad, "modos" retóricos que permiten identificarlo como tal (no sólo a través del título "Prólogo" o "Al sincero lector", por caso), sino que además tiene determinadas características, enunciadas de Aristóteles en adelante. El prólogo es un género que adolece de cierta independencia relativa de lo que prologa, pese a su notable función introductoria.

El prólogo recibe, por su proximidad al libro que acompaña, unas marcadas influencias que lo atraviesan, modelan y transforman. Su carácter introductorio de algo, hace que este algo se prolongue hasta él y le revista de sus características. [...] En general, el prólogo tiene una independencia relativa. Es independiente, en abstracto, en cuanto se refiere a estructuras formales y estilísticas, que son distintas del libro. A menudo estas estructuras se ven contagiadas por la obra y, por supuesto, la razón de su existencia está subordinada a una existencia superior —el libro— que la hace posible. (Porqueras Mayo, p. 100, énfasis en el original).

El género prólogo —piedra de toque para el lector— remite, en primer lugar, a la exterioridad de la obra, a una realidad externa, pero también a un lector que se presupone dispuesto y hasta amable, ya que, como ya mencionamos, solicita su simpatía en un claro clima de captatio benevolentiae. Proyecta la obra hacia el público, promoviendo a veces un diálogo falso (sin respuestas) entre el autor y el lector. Explica la situación (o la obra en sí) antes de comenzar, y familiariza al lector con lo que va a leer, dando un estado de la cuestión, defendiéndose de probables embates, o simplemente describiendo lo que sigue en un gesto de marcado anacronismo:

Mas, entretanto que el libro se compone en la imprenta, aprovecha su tiempo el autor en dar cabo también a otros dos adornos o aditamentos de él, que también habrán de figurar, asimismo, en sus preliminares, y no de leve importancia: el prólogo al lector y las composiciones laudatorias. Un libro de nota no puede ciertamente pasarse ninguno de ellos. Siempre han servido los prólogos en los libros de confesión íntima del autor para con el leyente, de comunicación espiritual y efímera con él; en el prólogo declarará, con más o menos sinceridad las causas que le llevaron a escribirlo, los fines que se propone (González de Amezúa 356, énfasis en el original).

Para esto hace falta conocer la estructura total de la obra y (d)escribir a posteriori lo que va a leerse, ya que Sahagún no sólo hace un racconto de lo ya mencionado, sino que también recapitula "hacia adelante", usando el prólogo al Libro Nono como suerte de bisagra estructural. Vemos ahí esta posterioridad de la escritura de la que hablamos en varias ocasiones. La brevedad de este prólogo permite copiarlo en toda su extensión para su análisis:

La orden que se ha tenido en esta historia es que primeramente, en los primeros libros, se trató de los dioses y de las fiestas, y de sus sacrificios, y de sus templos, y de todo lo concerniente a su servicio, y desto se escribieron los primeros cinco libros, y dellos el postrero fue el Libro Quinto, que trata de la arte adivinatoria, que también habla de las cosas sobrenaturales. El Sexto Libro, que hace volumen por sí, trata de la retórica y filosofía moral que estos naturales alcanzaban, donde se pone muchas maneras de oraciones, muy elegantes y muy morales, y aún las que tocan a los dioses y a sus cerimonias, se pueden decir muy teologales. En este mismo libro se trata de la estimación en que se tenían los retóricos y oradores.9 Después desto se trata de las cosas naturales, y esto en el Séptimo Libro. Y luego de los señores, reyes y gobernadores y principales personas; y luego de los mercaderes, que después de los señores, capitanes y hombres fuertes, son los más tenidos en la república, de los cuales se trata en el Octavo Libro. Y tras ellos los oficiales de pluma y de oro y piedras preciosas. Destos se trata en el Nono Libro (538).

Una vez culminada la recapitulación de la obra hasta el momento, comienza este movimiento hacia adelante, en el cual el franciscano anticipará lo que se ha de leer, cómo sigue su enciclopedia, o sea, el plan de la obra que bien podría haber estado al principio de la misma pero que elije colocar aquí, casi culminando la misma, en un gesto anacrónico de escritura y de deícticos. Continúa diciendo en el prólogo mencionado:

Y las calidades, condiciones y maneras de todos los oficiales y personas, se trata en el Libro Décimo, donde también se trata de los miembros corporales y de las enfermedades y medicinas contrarias, y también de las diferencias y diversidades de generaciones de gentes que en esta tierra habitan, y de sus condiciones. Estos cuatro libros constituyen el tercero volumen, que es éste. En el cuarto volumen se trata de las cosas más baxas, que son animales, aves, yerbas y árboles, que constituyen el Undécimo Libro. En el Libro Duodécimo se trata de las guerras cuando esta tierra fue conquistada, como de cosas horribles y enemiga de la naturaleza humana. Todos estos libros constituyen el cuarto y postrero volumen (538).

Sahagún sabe el exacto lugar de sus prólogos, y por lo tanto, podemos colegir que hay un propósito —tanto doctrinario como formal— en estos textos desperdigados a lo largo de la Historia general. Por otro lado —y en otro prólogo—, el fraile hará gala de la función de anticipación propagandística de este tipo de textos, y nos indicará el valor de la obra incluyéndose en su autoría, pero en tercera persona del singular, como partícipe de la misma, aunque sin identificarse con el autor del prefacio:

Desque estas escrituras estuvieron sacadas en blanco [...] el autor dellas demandó al padre comisario, fray Francisco de Ribera, que se viesen de tres o cuatro religiosos, para que aquellos dixesen lo que les parecía dellas [...] y dixeron en el definitorio que eran escrituras de mucha estima, que debían ser favorecidas para que se acabasen. [...] En este tiempo el autor hizo un sumario de todos los libros y de todos los capítulos de cada libro, y los prólogos, donde en brevedad se decía todo lo que se contenía en los libros. Este sumario llevó a España el padre Fray Miguel Navarro y su compañero el padre Fray Jerónimo de Mendieta. Y ansí se supo en España lo que estaba escrito cerca de las cosas de esta tierra. En este medio tiempo el padre provincial tomó todos los libros al dicho autor y se esparcieron por toda la Provincia, donde fueron vistos de muchos religiosos y aprobados por muy preciosos y provechosos" (Libro Segundo, 79, énfasis agregado).

El prólogo al Segundo Libro es un ejemplo no sólo de este anacronismo escriturario, sino también de explicitación de las condiciones de producción de la obra sahaguntina. En él nos explica quiénes ayudaron a la composición, cómo fue escrita, durante cuánto tiempo, y da cuenta de los numerosos obstáculos que tuvo que enfrentar para su concreción. Idas y vueltas, falta de dinero, alabanzas y negaciones, el prólogo está ahí, antepuesto, para que se establezca una relación de empatía entre el prologuista y el lector: "Todo lo sobredicho hace al propósito de que se entienda que esta obra ha sido examinada y apurada por muchos, y en muchos años, y se han pasado muchos trabajos y desgracias hasta ponerla en el estado que agora está" (f. 80).

Veamos un ejemplo más de esta escritura a posteriori, que da cuenta de una temporalidad artificial del texto. Una vez explicada la Historia general y sus circunstancias en el prólogo general, fray Bernardino, en las primeras palabras dirigidas al lector —suerte de prólogo-epístola— menciona el fallido proyecto de escribir un diccionario y el provecho que éste depararía. Sahagún alude a la imposibilidad de terminar este Calepino ("Y ansí me fue imposible hacer calepino", f. 36), que se transformará en los fundamentos de la Historia general gracias a la cantidad de datos obtenidos y que no quiere dejar sin utilidad (principio rector de toda su obra). Menciona las características físicas del manuscrito ("Van estos doce libros de tal manera trazados que cada plana lleva tres columnas: la primera, de lengua española; la segunda, la lengua mexicana; la tercera, la declaración de los vocablos mexicanos, señalados con sus cifras en ambas partes", f. 36), para culminar con una queja amarga, un pedido de favores (tiempo y dinero) para terminar su obra:

Lo de la lengua mexicana se ha acabado de sacar en blanco, todos doce libros; lo de la lengua española y las escolias no está hecho por no haber podido más, por falta de ayuda y favor. Si se me diese la ayuda necesaria, en un año o poco más se acabaría todo. Y cierto, si se acabase, sería un tesoro para saber muchas cosas dignas de ser sabidas, y para con facilidad saber esta lengua con todos sus secretos, y sería cosa de mucha estima en la Nueva y Vieja España ("Al sincero lector", f. 36).

Esto nos muestra el diálogo que se produce entre el prologuista y el lector, y que es anacrónico. Sahagún escribe antes de terminar el manuscrito, anunciando al principio que lo que se va a leer está incompleto por falta de dinero y tiempo —necesita un año para terminarlo—, condicionando la lectura, estableciendo una empatía entre ambas partes participantes del acto escriturario: autor y lector, al que pone sobre aviso.

A partir de esta cita, conviene analizar la idea de anacronismo de escritura cuando nos referimos a los prólogos en general: si bien precede a la lectura de lo que prologa, se escribe siempre a posteriori y da cuenta, precisamente, de una lectura ulterior a lo que sigue y a la vez, antepuesta. Nos obliga a leer antes —y de ese modo, condiciona subrepticiamente nuestra futura lectura— lo que fue escrito después. El prólogo, como género, instaura un punto de partida, provoca un desplazamiento (textual) de la mirada/lectura hacia otro lado. Por lo tanto, podemos pensar en el prólogo como un "género autónomo", capaz de desprenderse del texto que antecede, y leerse como un escrito por sí mismo.

Si analizamos los temas que se desperdigan a lo largo de los tantos prólogos, advertencias y exhortos al lector, veremos un plan que tiene cierto rigor preceptivo. El en Libro Primero se dirige al indio idólatra, al lector cristiano y a Dios.10 En el Libro Segundo enunciará las condiciones de composición de la Historia general, el método y los problemas para finalizarla. En el Libro Tercero presentará la utilidad de la misma, y comenzará a esbozar las dudas que tiene respecto de la eficacia de la conversión. El proemio del Libro Cuarto es relativamente anómalo en esta serie, ya que sólo habla de astrología. En el prólogo al Libro Quinto esbozará una definición de pecado que surge de la ignorancia (y de ahí, la utilidad y valor de su obra magna).

Lo más intenso de su desarrollo doctrinal comenzará con el prólogo del famoso Libro Sexto, destinado a los modos discursivos nahuas. Ahí establecerá que éstos no sólo poseen un grado superior de retórica (ilustrado en los numerosos huehuetlatolli o consejos de padres a hijos). Además instaurará la idea de que, a causa de esta sofisticación lingüística y las virtudes que de esto se desprende, los indios son pasibles de ser tenidos en cuenta como seres humanos a la manera de los gentiles (griegos y romanos). Y por último, explica que estos modos de expresión complejos y sofisticados no pueden ser falseados por él mismo para hacer entrar a los naturales de estas tierras en un sistema más "humano", y aprovecha para atacar a sus detractores ya que

[e]n este libro se verá muy claro que lo que algunos émulos han afirmado, que todo lo escripto en estos libros, ante desde y después deste, son fictiones y mentiras, hablan como apasionados y mentirosos, porque lo que en este libro está escripto no cabe en entendimiento de hombre humano el fingirlo, ni hombre viviente pudiera fingir el lenguaje que en él está (Libro Sexto, 305-306).

En el texto que abre el Libro Séptimo volverá a defender la sofisticación lingüística de los nahuas comparándolos, según el grado de gentilidad, con los griegos y latinos, lo que de alguna manera continuará en el prólogo al libro subsiguiente, el Octavo, al establecer un paralelo entre Quetzalcóatl, la divinidad mexica, y el Rey Artús, protagonista de las sagas medievales. El prólogo al libro Nono será puramente formal, suerte de racconto de lo que sigue, mientras que en el del Libro Décimo hará mención no sólo a lo que hay que saber para predicar, sino que además aparecerá la única referencia a su texto Colloquios y Doctrina Christiana. El prólogo, por lo tanto, es un ingrediente de los preliminares, piedra de toque del libro, anticipo propagandístico que lo que viene estratégicamente ubicado al inicio del texto. Propaganda no sólo del escrito prologado, sino también del escritor y sus otras obras, como es el caso de los Colloquios o la Psalmodia.

El tema de lo que es necesario conocer a la hora de evangelizar continúa en el libro Onceno. Se presenta aquí el texto de la Historia general como jardín, y la utilidad del conocimiento profundo del lenguaje náhuatl (haciendo hincapié en lo que refiere a la flora y la fauna) a la hora de predicar. En este prólogo, además, se menciona la palabra teutl, aunque sin explayarse en el uso problemático que tuvo tal término en la empresa doctrinal.

A este propósito se hizo ya tesoro, en harta costa y trabaxo, este volumen, en que están inscriptas en lengua mexicana las propiedades y maneras exteriores e interiores que se pudieron alcanzar de los animales, aves y peces, árboles y yerbas, flores y frutos más conocidos y usados que hay en toda esta tierra, donde hay gran copia de vocablos y mucho lenguaje muy propio y muy común, y materia muy gustosa. Será también esta obra muy oportuna par [sic] darlos a entender el valor de las criaturas, para que no las atribuyan divinidad; porque a cualquier criatura que vían ser iminente em bien o en mal, la llamaban téutl; que quiere decir "dios" (677, énfasis en el original).

El franciscano intenta, en adición a remarcar una vez más la utilidad de su obra —objetivo, como vimos, primordial de su red prologal—, ensayar en primera instancia una respuesta al tan temido panteísmo de parte de los indígenas, ya que

[d]e manera que al sol llamaban téutl por su lindeza: al mar también, por su grandeza y ferocidad. Y también a muchos animales los llamaban por este nombre por razón de su espantable disposición y braveza. Donde se infiere que el nombre téutl se toma en buena y en mala parte [...] Otros muchos vocablos se componen desta misma manera, de la significación de los cuales se puede conjecturar que este vocablo Téutl quiere decir "cosa estremada en bien o en mal. Ansí que el presente volumen se podrá tener o estimar como un tesoro de lenguaje desta lengua mexicana, y una recámara muy rica de las cosas que hay en esta tierra (677 y ss.).

En otras palabras, la sola mención de teutl remonta a la idea de falso conocimiento de la lengua y los peligros que esto acarrea: los misioneros deben participar y conocer en profundidad la lengua indígena —otro de los valores que otorga Sahagún a su obra— para evitar errores, falsas atribuciones, desplazamientos semánticos que no necesariamente conducen a una buena catequesis.11 No se trata de "traducir" palabras de un sistema doctrinal a otro, sino "componer" uno nuevo, para lo cual, el conocimiento profundo de la lengua y la cosmovisión resultan fundamentales.

Por último, en el Libro Décimo defiende la obra, y apunta al valor del testimonio como principio constructor de la misma. En suma, podemos advertir desperdigado a lo largo de tantas páginas liminares un proyecto ético y un objeto preciso: preserva su obra de innumerables ataques a la vez que defiende a "sus" indios y hasta se permite dudar de la eficacia de la conversión que se lleva adelante.

Hay en los numerosos proemios constantes referencias intratextuales a otros prólogos, como si Sahagún quisiera no sólo establecer un diálogo entre ellos, sino proponer una suerte de red textual para adentrarnos en su pensamiento. Un ejemplo basta: "Como en otros prólogos de esta obra he dicho, a mí me fue mandado por sancta obediencia de mi prelado mayor que escribiese en lengua mexicana lo que me pareciese ser útil para la doctrina, cultura y manutencia de la christiandad destos naturales desta Nueva España, y para ayuda de los obreros y ministros que la doctrinan" (Segundo Libro, 77, énfasis agregado).

El prólogo se convierte en preámbulo dramático, vestíbulo abierto al público y que además da el tono a la obra. Hay una proximidad física entre el preámbulo y el libro al que acompaña y precede. Ésta influye de alguna manera en el texto de apertura, ya que introduce algo, y este algo se prolonga al resto del escrito. Es por esto que podemos decir que los prólogos de Sahagún pueden leerse de manera autónoma, como red "barredera" capaz de guiar la lectura y abrirla al estimado lector, ya que podríamos reconocer la subjetividad del prologuista, de otra manera, ausente, quizás, en una obra de la envergadura de la Historia general a causa de la noción colaborativa de la que parte el franciscano.

Para Hans Gumbrecth, el prólogo durante el siglo XVI funciona en tanto que "forma exéntrica" del comentario (891), pero aquí los comentarios son intrínsecos. Asimismo, para el teórico alemán, el prólogo se posiciona como el género ideal para la autorreferencialidad, ya que articula la (propia) voz dentro del texto. En consecuencia, el prólogo permite la emergencia de cierta subjetividad autorial que se da, precisamente, a fines del siglo XVI. Como género discursivo, el comentario es una de las formas adoptadas por la historia. Suelen ser breves notas o glosas a noticias ajenas que no requieren demasiada elaboración por parte del comentarista. Margarita Zamora define el comentario renacentista del siguiente modo:

The historical commentary typically dealt with events contemporary with its author. In fact it was sort of catalogue of events intended for the use of future historian [...] It differed from history in that it had the chronological limits of the author's lifetime, it was not bound by a theme or thesis, it could be therefore include a variety of events and historical actions. Its primary purpose was to inform, to transmit information to future historians (Zamora Language... 52).

Comentar es muy diferente de historiar. Pese a que la obra de Sahagún lleve como título Historia general de las cosas de Nueva España, en la red prologal no se propone hacer historia, sino intervenir en el armado de la misma. Como bien nota Zamora, una diferencia primordial entre ambos géneros está dada, no sólo por la aparente "informalidad" de los comentarios, sino también por el hecho de poder encausarlos dentro de los límites cronológicos de la vida del autor. El autor, su subjetividad, se hace presente en estas glosas. Aparece la figura del que escribe la historia en su propio tiempo y circunstancias, pidiendo mercedes, explicando condiciones de producción, alegando faltas y necesidades, conversando con el lector que presupone amable.

Todos los escriptores trabaxan de autorizar sus escripturas lo mejor que pueden, unos con testigos fidelignos, otros con otros escriptores que ante dellos han escripto, los testimonios de los cuales son habidos por ciertos' otros, con testimonio de la Sagrada Escriptura. A mí me han faltado todos estos fundamentos para autorizar lo que en estos doce libros tengo escripto, y no hallo otro fundamento para autorizarlo sino poner aquí la relatión de la diligentia que hice para saber la verdad de todo lo que en estos libros he escripto (Segundo Libro, 77).

El comentario, el prólogo en nuestro caso, es más subjetivo y personal, y da cuenta de un eterno presente de la obra, un presente en el cual, cada vez que el lector se enfrenta con el prólogo, reactualiza las condiciones escriturarias, no así la historia completa. Esto es, la obra se presenta una y otra vez, en un presente sin tiempo, donde el prologuista habla, comenta, dirige, mientras que el lector se deja llevar por este camino de lectura.

El prologuista se hace presente en este espacio de su obra, en su propio tiempo y circunstancias, i(nte)rrumpiendo una lectura. El autor del prólogo abandona temporalmente su objeto escriturario y se presenta de otra manera.

Participará de su obra desde otro punto, extrínseco e intrínseco a la vez. Puede ver su escritura desde afuera, no involucrarse en lo que narra, posicionándose como suerte de deus ex machina del texto. Sahagún, como ya vimos, elige en varias oportunidades su obra y su labor nombrándose en tercera persona del singular, evitando la identificación de ambos sujetos textuales y propiciando un surgimiento de su propia subjetividad en el ámbito más liminar, marginal si se quiere, del prólogo. Esta separación de los productores del texto, de alguna manera, anticipan un surgimiento y fuerte presencia de la subjetividad en el texto, lo que liga a Sahagún a condiciones de producción que podríamos llamar modernas. A su vez, aparece comentándo(se), dirigiendo la lectura, aclarando puntos oscuros, autohistorizándose y proyectando su obra hacia otro lugar. Este lugar, fuera del texto pero propiciado por el mismo, inexistente sin su objeto, alcanza diversos términos: hacia su propia persona, inscribiéndose en una serie textual, en una tradición a la que dar cabida o pertenencia a su obra, o hacia el lector mismo, el "benévolo lector" para incorporarlo a este conjunto paratextual, suerte de cómplice propedéutico, cohabitante de este espacio necesario y liminal.

El proemio cumple, desde un lugar de vanguardia pero anacrónico —a sabiendas, quizás de los defectos y problemas que presenta el libro— el papel de protección y defensa.12

Aunque muchos han escrito en romance la conquista desta Nueva España, según la relación de los que la conquistaron, quísela yo escribir en lengua mexicana, no tanto por sacar algunas verdades de la relación de los mismos indios que se hallaron en la conquista, cuanto por poner el lenguaje de las cosas de la guerra y de las armas que en ella usan los naturales. [...] Cerca desta materia allégase también a esto que los que fueron conquistados supieron y dieron relación de muchas cosas que pasaron entre ellos y las cuales razones me parece que no ha sido trabajo superfluo el haber escrito esta historia [sic], la cual se escribió en tiempo que eran vivos los que se hallaron en la misma conquista, y ellos dieron esta relación, personas principales y de buen juicio, que se tiene por cierto que dixeron toda la verdad (Libro Doce, 817, énfasis agregado).

Sahagún defiende su labor, la necesidad de re-narrar la conquista desde otro punto de vista y lengua, lo que ya había hecho varios prólogos más atrás (en particular, en el correspondiente al Libro Segundo, cuando estipula los métodos, la examinación de la obra, y el gasto de papel no superfluo junto con el pedido de recursos para terminarla), como contrapartida de las versiones de la conquista presentadas por los vencedores.

El prólogo expone. Presenta los prolegómenos de la obra, y a la vez como un género a posteriori, "se resiente en su estilo, contenido y estructura, del libro a que sirve de introducción, precisamente por su redacción posterior" (Porqueras Mayo, 85). Se concibe como artefacto didáctico ya que es capaz de enseñar, guiar, proponer un camino a seguir, puesto que el tipo de prólogos que analizamos no se enmarcan en la mera dedicatoria, o en una forma celebratoria del propio autor, sino, precisamente, en este espacio hermenéutico, propedéutico, suerte de diálogo sin réplica, y que anticipa determinadas respuestas de parte del lector.

Sahagún es el artífice de la historia,13 pero, al mismo tiempo, su comentarista, sólo que lo hace dentro de su mismo texto, habi(li)tando el lugar del prólogo. En tanto que "forma excéntrica", el prólogo presenta una interesante paradoja: son también comentarios intrínsecos, formas de autoafirmación en las cuales articular la voz del autor del texto, en el caso de coincidir con su autoría. Nace de cierta necesidad de exterioridad de la obra, pero, al mismo tiempo, se propone como un espacio interior, íntimo. Funciona como "límite" textual, el umbral que nos deja pasar, al momento que condiciona nuestra presencia delante del texto.

Lo interior y lo exterior necesariamente se imbrica y nos mete de lleno en el texto. "Técnicamente es un preliminar, literariamente es ya la zona del libro que se adelanta, nos tiende la mano y nos 'introduce' realmente en su misma vida" (Porqueras Mayo, 106, énfasis en el original). El prólogo franquea la lectura, nos deja entrar, nos hace entrar. Es lo más íntimo del libro, y al mismo tiempo, lo más extrínseco. Participa de una manera doble del objeto al que antecede: como puerta, pero también como ejercicio codificador de la lectura.

Por consiguiente, conviene pensar los prólogos y advertencias de Sahagún como espacios no sólo dramáticos sino, esencialmente, hermenéuticos, como un umbral que franquea la entrada al libro, y la posibilidad de entendimiento en tanto que deja oír una voz un tanto más individual que la pluralidad desplegada en la Historia general. El prólogo, sitio de convergencia, será además el lugar donde apreciar lo heterogéneo de la labor sahaguntina, incipiente modernidad, capaz de intervenir en su obra de otra manera, de posibilitarnos la presencia de diferentes voces y registros mientras nos guía con sus proemios cual hilo de Ariadna por el laberinto compositivo. Los prólogos de Sahagún se concebirán en tanto que empresa doctrinal, pero también hermenéutica, en permanente proceso de (re)interpretación, de ahí los numerosos vaivenes que notamos en estos textos, negociando modelos culturales, proponiendo métodos evangelizadores, e intentando establecer un "modelo de indio" sofisticado y adecuado a sus intensiones pedagógicas. La modernidad de Sahagún será una modernidad peligrosa, permeable, pasible de ser contaminada por el discurso de los vencidos en vez de proponer unívocamente el de los vencedores. Una modernidad vacilante que se transluce en la composición de las advertencias, las alocuciones al lector, los exordios. Una modernidad que se atisba, que podemos espiar, desde el umbral, a través de la puerta apenas entornada, en sus prólogos.

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

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Notas

1 Algunas partes no fueron totalmente traducidas, por lo que nos encontramos muchas veces con un texto disparejo, con algunas secciones solamente en su versión náhuatl, anotadas, corregidas y hasta censuradas por Sahagún.

2 El franciscano menciona a sus nahuatlatos en el prólogo al Segundo Libro: Antonio Valeriano, de Azcapotlzalco, Antonio Verjarano, oriundo de Cuahuhtitlán, Martín Jacobita, Pedro de San Buenaventura y Andrés Leonardo, todos ellos nacidos en Tlatelolco. Estos estudiantes, pertenecientes a la elite mexicana, fueron de invalorable ayuda, ya que no sólo recabaron la información necesaria sino que, además escribieron la sección náhuatl del texto, la tradujeron al español (mientras fray Bernardino revisaba la misma) e ilustraron profusamente la obra.

3 La Historia general tiene propensiones de totalidad.

4 "Escrebí doce libros de las cosas divinas, o por mejor decir idolátricas y humanas y naturales desta Nueva España, el primero de los cuales trata de los dioses y diosas que estos naturales adoraban; el segundo, de las fiestas con que los honraban; el tercero, de la inmortalidad del ánima y de los lugares adonde decían que iban las almas desque salían de los cuerpos, y de las sufragias y obsequias que hacían por los muertos, et c.; el cuarto libro tracta de la astrología judiciaria que estos naturales usaban para saber la fortuna buena o mala que tenían los que nacían; el quinto libro trata de los agüeros que estos naturales tenían para adivinar las cosas por venir; el libro sesto trata de la retórica y la filosofía moral que estos naturales usaban; el séptimo libro trata de la filosofía natural que estos naturales alcanzaban; el octavo libro trata de los señores y de sus costumbres y maneras de gobernar la república; el libro nono trata de los mercaderes y otros oficios mecánicos, y de sus costumbres; el libro décimo trata de los vicios y virtudes desta gente, al proprio de su manera de vivir; el libro undécimo trata de los animales y aves y peces y de las generaciones que hay en esta tierra, y de los árboles, yerbas y flores y frutos, metales y piedras y otros minerales; el libro dudodécimo se intitula 'La conquista de México' " (Prólogo al Libro Primero, 33).

5 Sahagún no escribe una "doctrina" sobre su postura respecto de la evangelización novo-hispana o, como se lamenta Nicolás D'Owler, carecemos de un epistolario sistemático en el cual exprese sus ideas.

6 Si bien los libros que componen la Historia general son doce, el último, correspondiente a la versión náhuatl de la conquista de México, no posee un prólogo catalogable per se, sino un "Al lector". Contamos doce prólogos si incluimos el general a la obra, que antecede al Prólogo al Libro Primero, y abre con la famosa comparación entre el médico y los confesores: "El médico no puede acertadamente aplicar las medicinas al enfermo sin que primero conozca de qué humor o de qué causa procede la enfermedad, de manera que el buen médico conviene sea docto en el conocimiento de las medicinas y en el de las enfermedades, para aplicar conveniblemente a cada enfermedad la medecina [sic] contraria. Los predicadores y confesores, médicos son de las ánimas; para curar las enfermedades espirituales conviene tengan esperitia de las medicinas y de las enfermedades espirituales, el predicador de los vicios de la república, para enderezar contra ellos su doctrina, y el confesor, para saber preguntar lo que conviene y entender lo que dixesen tocante a su oficio, conviene mucho que sepan lo necesario para ejercitar sus oficios" (31). Éstas son las primeras palabras de Sahagún, las que franquean la entrada a su Historia general.

7 Estos fundamentos serán considerados por el mismo Sahagún como la piedra basal de la empresa evangelizadora de los franciscanos en el Nuevo Mundo, tal como los enuncia en el "Prólogo" de Colloquios: "el prior fundamento que echaron [los Doce primeros franciscanos en las conversaciones con los sabios nahuas] de su doctrina fue darlos a entender que ellos venían embiados a los conuertir a Dios [...] el qual fundamento no sólo tomaron los apóstoles, pero el mismo Redemptor para fundar su doctrina [...] El segundo fundamento fue darlos a entender que aquel summo monarca [Carlos V] en enviarlos ni ellos en venir (de tan lexos tierra y con tan grandes peligros de la vida) no pretendían interese ninguno temporal sino solamente el bien de sus almas, que es la salvación dellas. El tercero fundamento fue darles a entender que la doctrina que le avían de enseñar no era doctrina humana ni por ingenio humano compuesta ni inventada, sino venida del cielo, dada del Todopoderoso [...] El quarto fundamento fue darles a entender que en mundo ay un reyno, que se llama reyno de los cielos, el cual es regido y gouernado por el omnipotente Señor que está en los cielos y por el Monarca su vicario que habita en estas tierras, cuya silla y habitación es en la gran ciudad de Roma, que se llama Sancta yglesia cathólica.

En gran manera son efficaces estos fundamentos para persuadir a la sancta fe cathólica a gente de todo conocimiento de las cosas diuinas y en gran parte lisiada en el conocimiento de las cosas humanas. (Colloquios 73 y ss).

8 El Libro Primero es un tanto anómalo, ya que no se abre con un prefacio, siguiendo la manera en que lo harán los otros, sino que se le antepone el prólogo general de la obra. El comentario editorial específico correspondiente a este primer libro será el "Prólogo en romance" que aparece al final, a la manera de epílogo y lindando con el proemio del Libro Segundo.

9 No es casual que Sahagún se detenga en explicar el contenido del Libro VI. Ya veremos que representa parte esencial de su obra y de la manera en que va a posicionar a los indios en relación con los europeos, como seres complejos, capaces de sutilezas retóricas, y no como "brutos" a los que se ha de evangelizar con apenas rudimentos católicos.

10 Analizamos esto más arriba.

11 Sin embargo, estudios posteriores sobre la obra franciscana en Nueva España concluyen que los frailes aceptaron el vocablo nahua téutl como manera de designar al dios cristiano al adoptar el término de manera genérica. Al respecto, ver Burkhart, "Doctrinal Aspects...", y Klauss, "Language Use...", quien sostiene que "As this deity is abstract and not related to a specific religion, but means something that is universally called divine, Sahagún believed he could use the Nahuatl term without risk, and would not have to worry about misunderstandings in consequence" (214). Por el contrario, si estudiamos cuidadosamente lo establecido en el prólogo al Libro Onceno como lo hemos hecho aquí, veremos que Sahagún sí contemplaba algunos riesgos a la hora de utilizar el concepto de téutl y que creía necesario un conocimiento profundo de la lengua para poder llegar a determinados usos doctrinales y metafóricos de la misma. Una vez más, pone en valor su propia obra.

12 "La defensa es una de las principales motivaciones del prólogo" (Porqueras Mayo, 135).

13 Una de las causas fehacientes de la historia, diría otro historiador monumental, fray Bartolomé de Las Casas en el prólogo a su Historia de las Indias [1527-1559].

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