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Estudios de cultura náhuatl

versión impresa ISSN 0071-1675

Estud. cult. náhuatl vol.42  México ago. 2011

 

Artículos

 

Chichimecas y toltecas en el Valle de México*

 

Federico Navarrete**

 

**Mexicano. Doctor en estudios mesoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México e investigador en el Instituto de Investigaciones Históricas de la misma universidad. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Sus temas de trabajo son las concepciones indígenas del tiempo y de la historia y también las transformaciones de las sociedades amerindias tras la conquista. Entre sus publicaciones se cuentan La vida cotidiana en tiempos de los mayas (1996), Los pueblos indígenas del México contemporáneo (2008), Las relaciones interétnicas en México (2004), y La conquista de México (2000).

 

A principios del siglo XVII, el historiador de origen tetzcocano Fernando de Alva Ixtlilxóchitl encomió en estos términos a los reyes y habitantes prehispánicos de su ciudad:

[A] Tezcuco iban todas las naciones para aprender la lengua y policía de todas las cosas, así en el vestir como en el comer y buen término en todo y cosas curiosas, porque los reyes de esta ciudad, que eran los más antiguos y legítimos señores monarcas de la tierra, se preciaron de que en su ciudad hubiese escuelas y universidades para todas estas cosas, y dieron los mismos acentos y sentidos de la lengua tulteca, componiéndolos con la suya chichimeca y de otras naciones.1

Las virtudes culturales elogiadas por este autor se asocian con la tradición cultural y con la identidad toltecas y han dado fama a esa ciudad hasta nuestros días. Sin embargo, en ese mismo pasaje Alva Ixtlilxóchitl mencionó también la identidad chichimeca de sus antepasados y unas páginas atrás la había elogiado en estos términos:

[...] llamar a un rey, chichimeco, era como decirle la más suprema palabra que se puede decir; y todos los valientes se preciaban de este nombre, [...] y en otro canto de las grandezas del gran Nezahualcóyotl, que fue el mayor y más poderoso de cuantos hubo en esta tierra, y el más sabio, recto y justiciero, que por sublimarle después de haberle dicho, que su fama llegaba hasta lo más alto de los cielos, y su nombre todas las naciones le alababan y se humillaban a él, le dicen luego, eres monarca chichimécatl.2

Tradicionalmente, la forma de vida y la identidad cultural chichimecas ha sido menos valorada que las toltecas, por su rusticidad y aparente primitivismo. Sin embargo, para Alva Ixtlilxóchitl ambas raíces eran dignas de orgullo y se combinaban para constituir la identidad de Tetzcoco y de sus gobernantes.

Tradicionalmente, los términos nahuas chichimeca y tolteca, empleados también en otras regiones de Mesoamérica, han sido interpretados como equivalentes a los conceptos de bárbaro y civilizado, originados en la Grecia clásica y luego utilizados por los europeos. Desde esta perspectiva de análisis, se ha considerado imposible que los tetzcocanos pudieran ser ambas cosas a la vez y se ha planteado que originalmente fueron chichimecas bárbaros para luego convertirse en toltecas civilizados, de modo que la doble identidad que les atribuía Alva Ixtlilxóchitl sólo podía existir desplegada en el tiempo lineal de la evolución cultural.

En este artículo plantearé una interpretación diferente del significado histórico y cultural de los conceptos chichimeca y tolteca y de las identidades culturales que sustentaban, basada en la constatación de que en la inmensa mayoría de las historias de tradición indígena ambas identidades se combinaban, lejos de contraponerse, de modo que los diferentes altépetl del Valle de México, sobre los que se centrará mi análisis, eran las dos cosas a la vez.

Esto era posible porque, como veremos, los conceptos chichimeca y tolteca no definían estados evolutivos, sino identidades culturales, es decir, formas de identificación colectivas definidas a partir de formas de subsistencia, de organización social, de tecnología y de conocimientos. En el Valle de México estas identidades estaban íntimamente vinculadas con dos ecosistemas contrastantes: el de las zonas agrestes y semidesérticas de las serranías que circundaban el valle, en el primer caso; el de las zonas lacustres y riverinas del centro del mismo, en el segundo.

Por otro lado, explicaré la manera en que pueblos diferentes y rivales como los mexicas, los chalcas, los tetzcocanos, la gente de Cuauhtitlan y los colhuas lograron construir de manera conjunta una identidad cultural compartida a la vez chichimeca y tolteca, por medio del intercambio de linajes, ideas y "bienes culturales", y al mismo tiempo definieron sus identidades étnicas propias estrechamente vinculadas a sus territorios particulares. El resultado fue un complejo y dinámico sistema de relaciones políticas y de identidades culturales que unificaba y diferenciaba a la vez a los pueblos tolteca-chichimecas del Valle de México.

 

Lo que no eran los toltecas y los chichimecas

Para poder entender cabalmente esta dinámica histórica de los chichimecas y los toltecas es necesario descartar la centenaria asociación entre los conceptos mesoamericanos y la dupla occidental de barbarie y civilización.

En la tradición grecorromana, y luego en la occidental, la contraposición jerárquica y excluyente entre bárbaros y civilizados servía para demarcar fronteras culturales y políticas entre grupos humanos, pues los primeros eran considerados inferiores en todos aspectos a los segundos, lo que justificaba su exclusión de las comunidades políticas civilizadas, así como su sometimiento violento e incluso su esclavización.3

Ésta es la descripción que hace fray Diego Duran de la forma de vida de los pueblos que habitaban la región del Altiplano Central a la llegada de los inmigrantes nahuas:

[...] a quien esta nación llamó Chichimeca, que quiere decir cazadores o gente que vive de aquel oficio agreste y campesina: llamáronlos desta manera a causa que ellos vivían en los riscos y en los más ásperos lugares de monte, donde vivían una vida bestial, sin ninguna policía ni consideración humana, buscando la comida como las bestias del mismo monte, desnudos en cueros sin ninguna cobertura de sus partes verendas [...]4

Los chichimecas son caracterizados por su carencia de los rasgos culturales y morales positivos propios de los pueblos civilizados, lo que los equipara a animales, una equivalencia frecuente en las descripciones que los europeos hacían de los hombres que consideraban salvajes y bárbaros. La desnudez, en particular, era considerada una demostración de su total carencia de "policía".5

En contraste, los toltecas fueron asimilados al polo positivo y dominante de la dicotomía conceptual bárbaros-civilizados, pues se les atribuyeron todas las cualidades de la "policía", como en esta descripción de fray Bernardino de Sahagún:

Estos dichos tultecas todos se nombraron chichimecas, y no tenían otro nombre particular, sino el que tomaron de la curiosidad y primor de las obras que hacían, que se llamaron tultecas, que es tanto como si dijésemos "oficiales pulidos y curiosos", como ahora los de Flandes.

Y con razón, porque eran sutiles y primos en cuanto ellos ponían la mano, que todo era muy bueno, curioso y gracioso; como las cosas que hacían muy curiosas.6

La comparación con Flandes, una de las regiones más prósperas de Europa en esa época, demuestra la alta estima en que el fraile español tenía a la tradición tolteca, cuyas virtudes, desde el conocimiento de todos los oficios hasta el dominio de la astrología y el buen hablar, enumeró elogiosamente en los siguientes párrafos del capítulo de su obra dedicado a estos pueblos.7

Esta interpretación de los conceptos mesoamericanos se ha mantenido hasta el siglo XX, cuando fue incorporada a la teoría de la evolución cultural que concebía a la barbarie y a la civilización como etapas sucesivas y necesarias en el devenir histórico de las sociedades.

De acuerdo con estas premisas, Paul Kirchhoff8 y Miguel León-Portilla9 propusieron que los chichimecas de Xólotl habían evolucionado históricamente de una forma de vida primitiva de cazadores-recolectores nómadas a una vida civilizada de agricultores urbanizados toltecas. Desde su perspectiva, este tránsito era positivo y constituía un capítulo clave de la historia de la evolución cultural de los pueblos mesoamericanos. En palabras de Kirchhoff:

Mientras que esta rápida conversión [de chichimecas a toltecas] demuestra de lo que son capaces incluso los pueblos más atrasados cuando tienen una conducción adecuada, también habla muy bien de los pueblos de Mesoamérica, quienes fueron perfectamente capaces de elevar tan rápidamente a estos salvajes a un nivel de cultura mucho más elevado.10

Posteriormente, Christian Duverger11 y Enrique Florescano12 han afirmado que los mexicas también experimentaron la misma transformación vertiginosa.13 Estos relatos de evolución y progreso se inscriben claramente en el marco de la construcción de una historia nacionalista mexicana, que busca en el pasado prehispánico un origen edificante del incesante camino de progreso del pueblo mexicano.

Por su parte, Alfredo López Austin y Leonardo López Luján han propuesto una interpretación mítica de estos conceptos que asocia el carácter "salvaje" y "rústico" de los chichimecas con el nacimiento mítico de los pueblos y el inicio de sus migraciones, equivalente a la infancia de su ciclo vital, y el carácter "civilizado" de los toltecas con la etapa correspondiente al establecimiento de los pueblos en sus lugares definitivos de residencia, equivalente a su madurez.14 Esta interpretación simbólica desecha una lectura evolucionista y enfatiza el carácter complementario de ambas identidades, pero no cuestiona la equivalencia entre los conceptos mesoamericanos y los conceptos occidentales de barbarie y civilización y tampoco la valoración esencialmente negativa de la identidad chichimeca, lo que limita su capacidad explicativa.

Otra interpretación mítica es la de Michel Graulich, quien asocia a los chichimecas con el amanecer, y por ende con la fuerza masculina pujante y conquistadora de los pueblos jóvenes; a su vez, los toltecas se asocian con el atardecer, y con el carácter afeminado y debilitado de los pueblos envejecidos, simbolizado por los desatinos y flaquezas de su gobernante Quetzalcóatl.15

 

LOS BIENES CULTURALES Y LA LEGITIMIDAD

Más allá de estas valoraciones generales de los chichimecas y toltecas, las fuentes históricas del periodo colonial temprano, tanto las de tradición indígena como las escritas por españoles, vinculaban el hecho de ser uno u otro con la práctica de ciertas formas de obtención del sustento, con la realización de actividades productivas específicas, con el uso de formas particulares de vestido y la utilización de ciertas tecnologías cinegéticas, agrícolas, artesanales y de notación. Igualmente se asociaba con patrones de asentamiento definidos, con diferentes formas de gobierno y con tradiciones rituales y religiosas particulares. Por otro lado, tanto chichimecas como toltecas contaban relatos diferentes sobre sus orígenes y sus relaciones con los dioses. Esto quiere decir que un grupo humano tenía una identidad chichimeca o tolteca porque vivía como tal y practicaba las costumbres y rituales asociadas con una de estas dos formas de vida. En el Cuadro 1 se presenta una lista general de las actividades y prácticas culturales asociadas con estas dos identidades.

En lo que respecta a los chichimecas, cabe destacar, en primer lugar, que poseían casi tantos atributos culturales como los toltecas, aunque éstos han sido tradicionalmente ignorados o menospreciados por los historiadores, por considerarlos más primitivos o rústicos.

En segundo lugar, si las examinamos con atención, resulta evidente que las tecnologías y las costumbres asociadas con la identidad chichimeca no son compatibles con la forma de vida de los pueblos de auténticos cazadores recolectores, tanto del norte de México como de otras regiones del planeta,16 pues incluyen la práctica de la agricultura de tumba, roza y quema, así como formas de organización política y gobierno relativamente centralizadas. En cambio, se relacionan claramente con la forma de vida de los agricultores itinerantes, mayoritariamente otomíes, que poblaban las regiones montañosas y agrestes alrededor del Valle de México y otros valles del Altiplano Central y hacia el norte de Mesoamérica; de ahí la íntima asociación entre esta identidad cultural y los ecosistemas serranos.17

En contraste, desde su nombre mismo, que alude a un tular en medio de las aguas cenagosas de un lago o río, los toltecas se vinculan directamente con los ecosistemas lacustres y fluviales de los valles del Altiplano Central. Fue precisamente en este ámbito ecológico donde crecieron las grandes urbes mesoamericanas asociadas con esta tradición, como Teotihuacan, Tollan Xicocotitlan, Cholollan y México-Tenochtitlan, pues era el más propicio para la intensificación de la producción agrícola, por medio de la construcción de canales de riego y de chinampas, tecnologías identificadas claramente con los toltecas y vinculadas históricamente a la centralización política en Mesoamérica.18

Como veremos más adelante, esta dimensión ecológico-espacial fue de gran importancia en el proceso de intercambio de atributos culturales entre ambas tradiciones y en la conformación territorial de los altépetl del Valle de México.

Otra característica esencial de los atributos de chichimecas y tol-tecas era, en efecto, su carácter intercambiable. La mayoría de ellos son mencionados en las fuentes precisamente porque fueron intercambiados entre pueblos diferentes: como se ha dicho ya, los chichimecas aprendieron a hacer las cosas que los toltecas hacían; pero también, en otras ocasiones, los toltecas aprendieron de los chichimecas, aunque estos intercambios hayan recibido mucho menos atención por parte de los historiadores. Sin embargo, a la fecha no se ha entendido cabalmente la naturaleza de estos intercambios y de los atributos que fueron transferidos de un pueblo a otro. Por ejemplo, la Historia tolteca-chichimeca describe cómo los toltecas de Cholollan enseñaron a diversos grupos chichimecas a comer maíz:

Luego ya Couatzin, el intérprete del náuatl, le dice a Icxicouatl y Quetzalteueyac [los enviados toltecas]:

—Dice tu padre, tu conquistador: así sea, ¡ea!, ¿con qué hablarán náhuatl?, ¿con qué hablarán los chichimeca?

Luego ya dicen Icxicouatl y Quetzalteueyac, le dicen a Couatzin: —Así sea mi pilli, mi ueyo, que se expresen en náhuatl, que hablen los chichimeca.

Luego ya toma de su chita la mazorca, y la desgrana a la orilla de la cueva, luego ya les canta:

He aquí el canto con el cual hablaron los chichimeca:

¡Ya come, ya come, que tenga camino!

¡Ya come, ya come, que tenga camino este otomitl!

¡El otomitl sólo comió y tuvo el camino!

Luego Icxicóhuatl se pone en pie y a cada uno de los chichimeca los hace comer [...] De inmediato los chichimeca empezaron a medio hablar.19

Las interpretaciones evolucionistas de estos intercambios han supuesto que su elemento central fue la transferencia de la tecnología de producción y consumo del maíz que permitió a los chichimecas transitar de su forma de vida de cazadores-recolectores a una más desarrollada de agricultores.

Sin embargo, según el relato contenido en esta historia, como en otras fuentes que relatan episodios similares, la transferencia del maíz fue apenas una parte de un intercambio más prolongado y complejo con muchas otras dimensiones. Para empezar, la Historia tolteca-chichimeca nos cuenta que los otomíes fueron extraídos de las cuevas de la montaña sagrada Chicomóztoc gracias a los complejos rituales realizados por los enviados toltecas; relata también que al salir del inframundo zumbaban como insectos pero aprendieron milagrosamente el náhuatl en cuanto probaron el maíz. Posteriormente, participaron en una compleja ceremonia de auto-sacrificio e iniciación, inspirada en el sacrificio de los mimixcoas realizado en el principio de los tiempos, y posteriormente recibieron las insignias que los convirtieron en tlatoque toltecas de pleno derecho. Finalmente, ayudaron a los toltecas de Cholollan a conquistar a sus enemigos en el valle de Puebla, donde se establecieron.

En suma, el intercambio incluyó atributos culturales diversos y disímbolos y fue la base de un pacto político duradero entre ambos grupos. En vez de aislar el aspecto tecnológico de estos complejos entramados, nuestro análisis intentará comprender estos intercambios en su totalidad para poder conocer los múltiples significados que tenían para los involucrados.

Desde esta perspectiva más amplia de análisis, los atributos culturales intercambiados por los toltecas y los chichimecas deben comprenderse como "bienes culturales". Esto significa que eran costumbres, conocimientos rituales, tecnologías y prácticas culturales que tenían un valor identitario y que además pertenecían a un grupo humano particular. Esta pertenencia implicaba que únicamente ese grupo tenía los derechos políticos, dinásticos y religiosos necesarios para utilizar legítimamente estos conocimientos o prácticas culturales y sólo este grupo podía transferirlos, junto con sus derechos de utilización, a otro grupo con el que deseaba establecer una relación política o dinástica.

En este sentido, al "enseñar" a los chichimecas a comer maíz, los toltecas no necesariamente introdujeron a los primitivos chichimecas en el cultivo de esa planta, sino que les transfirieron el derecho político y religioso a practicar cierto tipo de agricultura intensiva, acompañado probablemente de los conocimientos y los derechos para realizar los rituales religiosos que debían garantizar su éxito,20 así como de las semillas sagradas que constituirían "el corazón de su maíz", es decir la fuente sagrada de su fertilidad, relacionada con su nueva identidad cultural tolteca.21

El término "bien cultural" no se encuentra en las fuentes y lo he tomado de la literatura contemporánea referente a la propiedad intelectual, donde se define como una práctica, tecnología o costumbre que pertenece o se relaciona histórica o identitariamente con un individuo o colectividad y constituye su patrimonio cultural. En el contexto mesoamericano utilizo este concepto para enfatizar la estrecha relación histórica e identitaria que existía entre los atributos culturales chichimecas y toltecas y los grupos que los poseían y los transferían a otros grupos.22

Los bienes culturales chichimecas y toltecas, entonces, eran multidimensionales y únicamente adquirían su sentido pleno en la intersección entre las prácticas culturales, materiales o simbólicas, la identidad cultural y la legitimidad política. Un grupo no era tolteca sólo porque practicaba ciertos oficios y utilizaba ciertas tecnologías, sino porque estos atributos culturales definían su identidad y porque además poseía el derecho histórico a emplearlos legítimamente. Por dar un ejemplo, en principio cualquiera podía perforarse el septo y colocarse en él una barra de turquesa, pero sólo cuando un tlatoani tolteca descendiente de Quetzalcóatl realizaba ese acto de transformación corporal y los rituales que lo acompañaban, era capaz de transferir por ese medio la legitimidad de su dinastía y ungir como tlatoani tolteca a otro gobernante, transformando su identidad cultural y estableciendo una relación política con él. Esta relación política podía ser jerárquica o relativamente equilibrada, dependiendo de las relaciones de poder que vehiculaba.23

A continuación analizaremos los procesos de transferencia de bienes culturales entre chichimecas y toltecas, y viceversa, por el que pasaron los tetzcocanos, chalcas, la gente de Cuauhtitlan y los mexicas en el periodo posclásico. Esto permitirá mostrar cómo condujeron a la creación de nuevas identidades culturales tolteca-chichimecas compartidas por los pueblos del Valle de México, a la vez que contribuyeron a la definición de las identidades étnicas particulares de cada uno de ellos.

 

La toltequización de Tetzcoco

El proceso de toltequización de los acolhuas, o tetzcocanos, es el ejemplo mejor conocido de los intercambios culturales entre los pueblos del Valle de México por dos razones: la primera es que fue magistralmente narrado por Alva Ixtlilxóchitl, Chimalpáin, Torquemada y otros historiadores del siglo XVI y XVII; la segunda, que su carácter aparentemente lineal y unidireccional lo hace parecer más compatible con las narraciones de evolución cultural preferidas por los historiadores del siglo XX.

Todas las historias se refieren a Xólotl como el fundador de las dinastías chichimecas del Valle de México y sugieren que cuando inmigró a la región ejercía un alto grado de autoridad sobre sus seguidores. Igualmente describen los rituales de flechamiento y cacería de clara raigambre chichimeca que realizó este soberano para tomar posesión de su nuevo territorio.

Los contactos con los toltecas en Chapultépec y Colhuacan se iniciaron tempranamente y a lo largo de las generaciones llevaron a la integración de las dinastías chichimecas y toltecas por medio del intercambio de esposas, de gobernantes y de bienes culturales. De este modo, la dinastía chichimeca de Xólotl se toltequizó a la vez que la dinastía tolteca de Colhuacan se chichimequizó y se subordinó políticamente a los chichimecas.

Por otro lado, como se puede apreciar en el Cuadro 2, los descendientes de Xólotl, quienes reinaron en Tenayuca y Tetzcoco, recibieron bienes culturales toltecas no sólo de los colhuas, sino también de los chalcas de Atenco y Xicco y más tarde de los mismos mexicas.24

La adopción de estos bienes culturales toltecas se asocia claramente con un proceso de centralización política y de modificación del patrón de asentamiento de la población de la región del Acolhuacan, de uno relativamente disperso en la zona del pie de monte a uno más concentrado en las orillas del lago de Tetzcoco, donde se desarrolló la agricultura intensiva.

Por ejemplo, Nopaltzin, hijo de Xólotl, emitió leyes que atentaban directamente contra la forma de vida itinerante de los chichimecas, pues prohibió quemar los campos en las montañas, lo que era fundamental para la práctica de la agricultura de roza y quema, y restringió sus prácticas de cacería. Su hijo Tlotzin continuó este proceso al demarcar un territorio exclusivo para la agricultura y otro para la caza. Su sucesor, Quinatzin, "compelió" a los chichimecas no sólo a cultivar maíz "sino a que poblasen y edificasen ciudades y lugares, sacándolos de su rústica y silvestre vivienda, siguiendo el orden y estilo de los tultecas [...]"25

En reacción a estas políticas varios señores chichimecas se rebelaron en su contra y fueron exiliados a las montañas, donde continuaron viviendo a su antiguo estilo al menos hasta el siglo XVII.26 Esta separación espacial de los chichimecas confirmó la división identitaria del paisaje ecológico del Valle de México entre estos pueblos y los toltecas.

Bajo el reinado de Quinatzin, los mexicas acudieron ante los tetzcocanos para pedirles un gobernante, lo que indica que para entonces la casa real de esa ciudad reunía ya plenamente la legitimidad dinástica chichimeca y tolteca. Aunque los acolhuas no accedieron a su petición, les obsequiaron unos granos de maíz que resultaron idóneos para las "tierras húmedas" de México-Tenochtitlan.27 Esto nos sugiere que estas semillas eran probablemente derivadas de las que los reyes de Tetzcoco habían recibido de los chalcas de Xicco y que el bien cultural que intercambiaron incluía también la tecnología del cultivo intensivo en el ecosistema lacustre y los rituales y derechos vinculados a ella. Este episodio muestra cómo un pueblo originalmente chichimeca podía también fungir como donador de bienes culturales toltecas que había recibido apenas dos generaciones antes.

El siguiente soberano tetzcocano, Techotlala fue el primer rey chichimeca en hablar náhuatl, como nos explica Chimalpáin:

Y sólo en la red, en el interior de la chitatli, criaban a sus hijos los chichimeca tetzcuca; pero a él lo crió, en su morada de Colhuacan, la cihuapilli de nombre Papaloxuchitzin, de origen náhuatl. Ella lo [crió] en cuna; por primera vez le enseñó el lenguaje de los nahua, el lenguaje de los tulteca, y por vez primera le puso tilma, le puso máxtlatl.28

Llama la atención que en este caso la nahuatlización se verificó apenas al final de cinco generaciones de intercambios entre chichimecas y toltecas y significó su culminación, mientras que en el de la Historia tolteca-chichimeca marcó el inicio de este proceso. En este caso también el cambio de idioma se asocia claramente con la consolidación del poder de la elite tetzcocana y con su creciente diferenciación del resto de la población del altépetl:

Techotlala recibió otro bien cultural de gran significación, la práctica del sacrificio humano, introducida en su altépetl por cuatro calpulli toltecas o colhuas, uno de los cuales era claramente mexica, pues adoraba a Huitzilopochtli.29 El hecho de que ahora los mexicas fungieran como donadores de bienes culturales toltecas a los acolhuas confirma la flexibilidad de estas identidades culturales y también la complejidad de las redes de intercambio que tejieron los pueblos del Valle de México.

En conclusión, la toltequización de los chihimecas de Tetzcoco no fue un tránsito evolutivo de una etapa de desarrollo cultural primitiva a otra más avanzada, sino un proceso de centralización del poder tetzcocano y de construcción de una nueva identidad étnica que combinaba ambas identidades culturales, como reivindicaba orgullosamente Alva Ixtlilxóchitl en los pasajes que citamos al inicio de este artículo.

 

La toltequización de Cuauhtitlan

La historia del altépetl de Cuauhtitlan es relativamente poco conocida, pese a que los Anales de Cuauhtitlan, una fuente de una riqueza excepcional, permiten reconstruir con detalle el proceso de toltequización de este pueblo originalmente chichimeca. Los intercambios de bienes culturales en que participaron los habitantes de este altépetl se resumen en el Cuadro 3.

Los Anales describen con particular detalle la forma de vida chichimeca de los pobladores originales de Cuauhtitlan, agricultores itinerantes que también practicaban la caza y la recolección y nos proporciona información sin paralelo sobre sus bienes culturales, particularmente los rituales de caza y los sacrificios con que tomaron posesión de sus territorios.30

Posteriormente, los pobladores de Cuauhtitlan recibieron bienes culturales toltecas de los mexicas y de los colhuas. En el primer caso, se realizó una alianza dinástica entre Quinatzin, gobernante chichimeca de ese altépetl, y Chimallaxochtzin, la hija del gobernante mexica Huitzilíhuitl, quien acababa de ser derrotado y tomado prisionero en Chapultepec. La princesa mexica fue rescatada por el rey de Cuauhtitlan de manos de sus enemigos de Xaltocan. Pese a lo delicado de su situación, esta princesa traía consigo un bien cultural de gran valor, un vaso sagrado que mostraba su relación privilegiada con Tezcatlipoca, deidad para la que realizaba penitencia, por lo que los chichimecas de Cuauhtitlan le construyeron un adoratorio, otro bien cultural tolteca. A la postre, Chimallaxochtzin tuvo dos hijos, uno de los cuales heredó el trono de Cuauhtitlan.31

Posteriormente, los habitantes de Cuauhtitlan recibieron muy variados bienes culturales de los colhuas, esto tras establecer una alianza matrimonial por medio de una princesa de Colhuacan que se presentó sola y desvalida en las fronteras del territorio de Cuauhtitlan y casó con el soberano de ese altépetl. Sin embargo, las relaciones entre estos dos grupos no fueron enteramente cordiales. Para empezar, el príncipe de Cuauhtitlan, hijo de la princesa colhua, se negó a asumir el trono de Colhuacan que le ofrecía su abuelo el poderoso Coxcoxtli y profetizó la inminente caída de ese altépetl.32 Luego, cuando la derrota colhua se verificó y éstos pidieron refugio en Cuauhtitlan, los chichimecas les permitieron asentarse únicamente en la zona de la ribera del lago de Tetzcoco: "Pensaban los chichimecas al poner allá a los colhuas que alguna vez se los llevaría el agua y se enfadarían y quizá se irían a otra parte. No fue posible; antes por ahí creció el ser de Cuauhtitlan que ahora tiene".33

El establecimiento de la nueva ciudad toltequizada de Cuauhtitlan precisamente en esa zona inundable de la ribera del lago culminó la transformación cultural y ecológica de la identidad de Cuauhtitlan.

Los Anales de Cuauhtitlan dejan claro que los chichimecas de Cuauhtitlan recibieron los bienes culturales toltecas de parte de los colhuas, sin que esto significara ningún tipo de sumisión a este altépetl. Por otro lado, al tomar el poder en ese altépetl, Iztactótotl persiguió a los chichimecas que se negaban a practicar los rituales sacrificiales introducidos por sus parientes colhuas y los castigó con el despojo de sus tierras, lo que sugiere que, al igual que en el caso de Tetzcoco, se impuso una forma más directa de control territorial sobre la población de Cuauhtitlan.34

En este caso resulta particularmente evidente una dimensión clave del proceso de intercambio cultural entre toltecas y chichimecas, su relación con la competencia y rivalidad entre los diferentes pueblos del Valle de México. El hecho de que este antiguo y poderoso altépetl chichimeca tuviera que adoptar bienes culturales toltecas para así modificar su forma de organización política y territorial responde a su necesidad de competir exitosamente con los otros altépetl de la región que habían asumidos esas características: Tetzcoco, México-Tenochtitlan y Chalco. Una entidad política que no reuniera las características culturales y sociales de sus vecinas no sólo corría el riesgo de perder legitimidad a sus ojos, sino también de ser incapaz de defenderse efectivamente contra esos vecinos más poderosos.

 

La chichimequización de Chalco

La historia de Chalco, una confederación de altépetl integrada por muchos pueblos diferentes, desmiente las interpretaciones evolucionistas de las relaciones entre chichimecas y toltecas, pues esta entidad política originalmente tolteca se chichimequizó con la llegada de grupos de inmigrantes asociados a esta tradición cultural y con su expansión territorial desde el ámbito lacustre hacia las zonas altas del sur del Valle de México. Las historias chalcas recogidas por Chimalpáin relatan con gran detalle los intrincados intercambios de bienes culturales llevados a cabo por los diferentes grupos que se integraron a este altépetl pluriétnico, resumidos en el Cuadro 4.35

La raíz tolteca de Chalco se asocia con dos pueblos provenientes de Tollan: los acxotecas, fundadores del altépetl, establecidos en la isla de Xicco y en Atenco, en la ribera de la zona lacustre del sureste del lago de Chalco, y los tlacochcalcas, quienes fueron los últimos en incorporarse a la confederación y fundaron la ciudad de Tlalmanalco. Entre los bienes culturales toltecas que aportaron a Chalco destaca el nombre mismo del altépetl, asociado con los chalchihuites, piedras verdes vinculadas al agua y la fertilidad y a la diosa Chalchiuhtlicue, patrona de las aguas de ríos, y asociadas también con el fértil ecosistema lacustre del lago donde se estableció el altépetl.36 La vinculación identitaria entre este nombre y la raíz tolteca es confirmada por la existencia de vestigios de una chalchiuhcalli, casa de chalchuites, construida por antiguos pobladores toltecas en Atenco, cerca de la cual los acxotecas fundaron su nuevo altépetl.37 Por su parte, Chalco donó bienes culturales toltecas a otros pueblos del Valle de México, como el cultivo del maíz a los acol-huas y la elaboración del pulque a los mexicas.

El primer y más importante pueblo de raigambre chichimeca que se incorporó a Chalco fueron los totolimpanecas, quienes se establecieron originalmente en Atenco y luego ayudaron a los acxotecas a expandir sus dominios hacia las faldas de la Sierra Nevada, ocupada entonces por los poderosos olmecas xicalancas.

El bien cultural chichimeca más importante que aportaron a su nuevo altépetl fue su poderío cinegético,38 militar y conquistador, simbolizado por la fuerza de los flechazos con que obligaron a los acxotecas a recibirlos en Chalco39 y luego conquistaron a los olmecas.40

Los totolimpanecas realizaron elaborados rituales chichimecas de toma de posesión del territorio recién conquistado, que incluyeron flechamientos y cacerías. Éstos culminaron con una hierofanía que consagró la fundación de su nuevo altépetl Amaquemecan: la aparición de su dios Totolin en forma de un águila blanca que descendió del cielo para devorar a un ocelote que ellos habían cazado previamente.41 El hecho de que fuera un pueblo chichimeca el que propició esta hierofanía, tan similar a la que consagró la fundación de México-Tenochtitlan, sugiere que este tipo de rituales, con un claro signo solar y cinegético, eran un bien cultural chichimeca.

De esta manera el altépetl de Chalco se extendió al ámbito ecológico asociado con los chichimecas y modificó su identidad cultural en un sentido que desmiente las interpretaciones evolucionistas de las relaciones entre chichimecas y toltecas.

Un proceso parecido de chichimequización fue experimentado por otro pueblo que se incorporó a Chalco: los tenancas. Este grupo tenía también una fuerte raíz urbana y tolteca, aunque no vinculada a Tollan sino a la ciudad de Teotenanco, que según las descripciones de Chimalpáin superaba en esplendor a la capital de los toltecas.42 Sin embargo, al incorporarse al altépetl serrano de Amaquemecan, los tenancas adoptaron una identidad cultural chichimeca. Chimalpáin describe cómo en su primer encuentro el tlatoani totolimpaneca y el gobernante de los tenancas "se miraron, se compararon en cuanto chichimecas iguales".43 En otra versión, esta identificación se sella con un intercambió de flechazos, al estilo chichimeca de los totolimpanecas:

se dispararon flechas el uno al otro cuando se vieron y se combatieron, como si fueran verdaderos chichimecas o como iguales en su chichimequidad. Pero después de que combatieron, cuando vieron que se parecían uno a otro, que eran iguales en su chichimequidad, en seguida dividieron [la tierra] entre ambos.44

La fundación del nuevo altépetl de los tenancas, Tzacualtitlan Tenanco fue consagrada por una hierofanía que confirmó, sin embargo, su identidad tolteca, pues aconteció en las ruinas de un antiguo templo tolteca que se encontraba en un pantano al pie del cerro del Amaqueme, donde apareció una serpiente sobrenatural, animal asociado con el ámbito acuático asociado con los toltecas.45

En suma, parece que la chichimequización de los tenancas se vinculó con su identificación con su nuevo territorio serrano en Amaquemecan y también con la alianza política que establecieron con los totolimpanecas, a la vez que ellos aportaron bienes culturales toltecas a su nuevo altépetl.

Chimalpáin menciona varios otros grupos chichimecas que se incorporaron a Amaquemecan, pero en este análisis nos detendremos únicamente en el caso de los tlacochcalcas, el último grupo tolteca en llegar a Chalco.

Este grupo es descrito por Chimalpáin como perteneciente a la más alta elite tolteca: todos eran considerados pipiltin, es decir nobles, y uno de sus apelativos era tecpantlaca, gente del palacio, de modo que "ciertamente no [eran] chichimeca." 46 El principal bien cultural tolteca que aportaron a Chalco fue su estrecha relación con su dios patrono, Tezcatlipoca, en cuyo honor pronto comenzaron a realizar rituales sacrificiales en un santuario que fundaron en la región.

Sin embargo, este prestigioso grupo no fue bien recibido en Chalco, pues los acxotecas les dieron pocas tierras y otros grupos los agredieron en una guerra ritual o "florida". En revancha, los recién llegados provocaron una sequía en la que sólo llovía a "trazos", es decir, sólo caía agua en sus propias tierras, pero no en las de sus rivales.47 El propio dios Tezcatlipoca afirmó que de esta manera haría ayunar a su "hermana mayor, la Chalchiuhtlicue", patrona de las aguas del lago de Chalco por medio de los acxotecas.48

El conflicto fue resuelto finalmente por los totolimpanecas de Amaquemecan, quienes acudieron con los tlacochcalcas y les suplicaron que levantaran su castigo sobre el altépetl, a cambio del reconocimiento explícito de su primacía en él.49 Por su parte, los tlacochcalcas transfirieron al dirigente totolimpaneca Témiz el título de teohuateuhctli, señor poseedor de dios, un bien cultural tolteca de gran valor que le permitió fundar un nuevo altépetl en Amaquemecan con un nombre netamente tolteca, Tlailtotlacan.50

Los intrincados intercambios de bienes culturales entre los diferentes pueblos que se incorporaron a Chalco nos muestran, en primer lugar, la ductilidad de las identidades culturales toltecas y chichimecas y la manera impredecible en que se podían combinar y sumar. Por otro lado, confirman que estos intercambios eran siempre parte de negociaciones políticas más amplias y que servían para crear vínculos y alianzas, o para expresar conflictos y diferencias entre los grupos participantes.

 

Los mexicas y su linaje perdido

A primera vista la historia de los mexicas no comparte los elementos clave que hemos encontrado en los relatos sobre los intercambios culturales realizados en Tetzcoco, Cuauhtitlan y Chalco.

Esto se debe, para empezar, a que la tradición histórica de este altépetl, el más poderoso del Valle de México, enfatizaba la excepcionalidad de su historia y por ello menospreciaba sus intercambios y deudas con otros pueblos de la región. Este excepcionalismo fue reforzado luego por la historiografía criolla y mexicana que construyeron una imagen idealizada de los mexicas como antecedente de la identidad nacional mexicana. Además, los mexicas ocupaban una posición ambigua entre la identidad chichimeca y la tolteca, como se puede apreciar en el Cuadro 5.

Aztlan, su lugar de origen, es descrito por todas las fuentes como una ciudad en medio de un lago y por ello comparte elementos ecológicos y simbólicos claves con Tollan; lo mismo puede decirse de Coatépec, situado cerca de Tollan, de Chapultépec, un lugar de refugio de los toltecas tras la caída de Tollan, y de México, así como de otros lugares menos importantes donde se establecieron los mexicas durante su migración. Existía una estrecha identificación económica e identitaria entre este pueblo y el ecosistema lacustre asociado a los toltecas y las fuentes afirman repetidamente que los mexicas eran especialistas en la agricultura intensiva, un bien cultural tolteca de gran valor.51 Sin embargo, las historias mexicas también dejan muy claro que no existía relación alguna entre este pueblo y cualquiera de las dinastías toltecas fundadas por Quetzalcóatl.

Por otro lado, las historias afirman que los mexicas asumieron una identidad chichimeca únicamente de manera temporal durante su migración, tras su paso por Chicomóztoc. Además recibieron los bienes culturales chichimecas directamente de su dios Huitzilopochtli y no de otro pueblo.

Pese a la posición singular de los mexicas, sus historias contienen suficientes menciones, y a veces alusiones indirectas, de intercambios de bienes culturales para proponer una comparación con las historias de sus altépetl vecinos. En este terreno existe una clara diferencia entre las historias provenientes de México-Tenochtitlan y las escritas por los habitantes de México-Tlatelolco.

La mayoría de las historias tenochcas reconocen que los mexicas recibieron bienes culturales toltecas de los dos principales grupos pertenecientes a esta tradición en el Valle de México: los chalcas, quienes les enseñaron a elaborar pulque en Contitlan, y los colhuas, quienes les transmitieron la legitimidad dinástica tolteca. Su relación con estos últimos, sin embargo, pese a ser muy estrecha estuvo marcada por la violencia y la desconfianza y los mexicas terminaron por sojuzgar a Colhua-can, depusieron a su dinastía gobernante y se proclamaron como sus únicos sucesores legítimos.52 Como en el caso de Cuauhtitlan, la recepción mexica de bienes culturales toltecas de los colhuas no implicó ningún tipo de subordinación a sus donadores, sino todo lo contrario.

También existen alusiones relativamente oscuras a la transferencia de bienes culturales chichimecas entre los mexicas y otros grupos. Aquéllos recibieron de los habitantes chichimecas de Huitzilopochco, en la ribera del lago de Tetzcoco, armas para cazar aves acuáticas,53 lo que fortaleció su vinculación con el territorio donde habrían de establecer su altépetl. En sentido aparentemente inverso, los mexicas realizaron un ritual chichimeca, propio del mes de Quecholli y consagrado a Mixcóatl, en un lugar llamado Tlapitzahuayan, donde se habían establecido también los tlacochcalcas. Esto los convertiría en donadores de este bien cultural chichimeca a un pueblo de clara raigambre tolteca.54

Las fuentes que recogen la versión tlatelolca de la historia mexica mencionan más intercambios de bienes culturales. La Historia de Tlatelolco cuenta que cuando los mexicas se establecieron en Chapultepec con la intención de fundar ahí su altépetl se encontraron con los tlacochcalcas, quienes les proporcionaron bienes culturales toltecas de gran valor.55

Más adelante, cuando se fundó México-Tlatelolco, sus pobladores recibieron bienes culturales toltecas de los tepanecas de Azcapotzalco, como parte de la alianza dinástica que hizo que Cuacuahtzin, un hijo del tlatoani Tezozómoc se convirtiera en su nuevo soberano.56 A diferencia de lo que hicieron las historias tenochcas con los colhuas, las tradiciones tlatelolcas no negaban la relación de subordinación que establecieron con los tepanecas al recibir estos bienes culturales.

Finalmente, hay que señalar que el territorio lacustre donde se fundó el altépetl mexica no contaba propiamente con una zona ecológica chichimeca de pie de monte y serranía. Sin embargo, la identidad mexica adquirió fuertes elementos chichimecas adecuados a este ecosistema.

El más significativo fue el propio milagro de fundación de México-Tenochtitlan, pues como vimos en el caso de los totolimpanecas de Chalco, el águila solar cazadora era un símbolo con claras asociaciones chichimecas, pues se vinculaba con las capacidades cinegéticas y la religión solar de esos pueblos. Esta identificación es confirmada, en el caso mexica, por el hecho de que la misma águila, una teofanía de su dios patrono Huitzilopochtli, les había entregado los bienes culturales chichimecas al inicio de su migración.

Por otra parte, varias fuentes coinciden en señalar que tras la fundación de su altépetl, los mexicas se dedicaron primordialmente a la caza y pesca y que su éxito en esta actividad los hizo inconquistables.57 La relación entre las actividades de apropiación directa y el poderío militar chichimeca es evidente también en el caso de los totolimpanecas de Chalco.

En conclusión, por más que enfatizaran el carácter excepcional de su historia, los mexicas compartían con las identidades culturales de sus vecinos y, al igual que ellos, tuvieron que reunir y combinar los bienes culturales chichimecas y toltecas que le dieron legitimidad a su altépetl y a sus dos dinastías de tlatoque, en México-Tenochtitlan y México-Tlatelolco, que les permitieron establecer una identificación firme con su territorio.

 

LA CREACIÓN DE UNA IDENTIDAD COMPARTIDA

Las historias de los intercambios de bienes culturales chichimecas y toltecas entre los diferentes altépetl del Valle de México evidencian la presencia de dos procesos simultáneos y complementarios, uno de convergencia cultural y otro de particularización étnica. En el primer sentido, los diferentes pueblos del Valle de México establecieron estrechas relaciones de intercambio, parentesco y alianza en los ámbitos culturales, políticos, sociales y económicos que los acercaron y los llevaron a parecerse cada vez más entre sí. Gracias a la transferencia de bienes culturales los pueblos chichimecas se toltequizaron y los toltecas se chichimequizaron hasta que construyeron una nueva identidad común que podemos llamar tolteca-chichimeca. A nivel ecológico y geopolítico estos intercambios permitieron a los distintos altépetl de la región consolidar su dominio territorial sobre el ámbito tolteca, en las zonas lacustres del valle, y también sobre el ámbito chichimeca, en las zonas del pie de monte y las serranías. Pese a que los mexicas son la excepción en este terreno, también explotaron su territorio lacustre con una combinación de prácticas toltecas, como la agricultura intensiva, y chichimecas, como la caza y la pesca.

Este proceso de convergencia cultural no se dio a partir de un centro hegemónico que irradiara sus bienes culturales a grupos periféricos y subordinados. Tampoco fue un proceso de evolución cultural en que los toltecas, más civilizados, prevalecieran sobre los chichimecas, más primitivos. Se trató más bien de la suma de un conjunto de procesos diferentes, pero relacionados entre sí, en que la creciente centralización política y control territorial impuestos por ciertos altépetl más toltequizados obligaron a otras entidades políticas a seguir pasos similares; a la vez la mayoría de los altépetl se chichimequizaron al expandirse a los ámbitos ecológicos de pie de monte y serranía.

Paralelamente a este proceso de competencia y convergencia cultural, cada uno de los altépetl del Valle de México construyó una identidad étnica particular y estableció vínculos estrechos y exclusivos con su territorio. En este sentido, los procesos de toltequización de los acolhuas de Tetzcoco y de los chichimecas de Cuauhtitlan se diferencian porque cada uno fue producto de circunstancias históricas y políticas distintas y así confirmó y reforzó la particularidad étnica de su grupo. Igualmente, la aparente excepcionalidad del caso mexica se relaciona claramente con las circunstancias muy particulares en que intercambiaron bienes culturales con otros pueblos y con la especificidad ecológica y geográfica de su territorio.

Aunque pueda parecer paradójico, estos procesos de particularización étnica y territorial de los altépetl no se contrapusieron ni histórica ni lógicamente al proceso de convergencia cultural entre chichimecas y toltecas, sino que se basaron en él: la particularidad de cada altépetl se construyó a partir de bienes culturales compartidos por todos y su legitimidad, a ojos de propios y extraños, derivaba precisamente de este hecho. En otras palabras, para ser reconocido como legítimo cada altépetl del Valle de México debía poseer bienes culturales similares a los de sus vecinos y haberlos obtenido por medio de intercambios reconocidos con ellos.

Para comprender estas complejas dinámicas es necesario, en primer lugar, distinguir conceptualmente entre dos tipos de identidades: las que he llamado "identidades culturales" que se difunden ampliamente y se construyen por medio de intercambios entre grupos diferentes, y las que he llamado "identidades étnicas" que son exclusivas de grupos particulares y se vinculan con el poder político y con territorios particulares.58

Igualmente hay que tomar en cuenta que las identidades mesoamericanas se construían utilizando una lógica complementaria y aditiva que podía sumar y superponer elementos culturales de orígenes heterogéneos para construir conjuntos plurales en los que lo nuevo no desplazaba necesariamente a lo viejo, sino que lo enriquecía.59 Esta lógica subyació los intercambios comerciales, dinásticos y culturales entre toltecas y chichimecas y permitió que los pueblos del Valle de México construyeran juntos una nueva identidad tolteca-chichimeca compartida por todos. Dicha lógica continuó operando después de la conquista y puede explicar la manera en que las comunidades indígenas han sido capaces de apropiarse de la religión, las instituciones políticas y las tecnologías de origen europeo y han podido participar de identidades culturales y religiosas más amplias a la vez que han mantenido y defendido su particularidad étnica.60

Más allá del caso analizado en este artículo, la compleja dialéctica entre las identidades culturales creadas y compartidas por diversos grupos y las identidades étnicas particulares construidas por cada uno puede ser considerada una característica general de la dinámica histórica de las identidades en Mesoamérica. A lo largo de la historia prehispánica se puede explicar de esta manera la distribución de los rasgos olmecas en el periodo preclásico; la construcción y difusión del sistema ideológico de la realeza divina maya en el protoclásico y el clásico; la difusión de la ideología tolteca, o zuayuana, en el epiclásico y posclásico;61 después de la conquista, la construcción de las identidades comunitarias indocristianas bajo el dominio español e, incluso, el éxito del liberalismo entre los pueblos indígenas en el periodo independiente.62

Analizar estas dinámicas de intercambio cultural y construcción de identidades nos permite ver más allá de los patrones de definiciones identitarias binarias y jerárquicas, como las de bárbaro y civilizado63 y comprender, de manera más cabal, la historia de los pueblos indígenas.

 

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Notas

* Agradezco la colaboración de Itzel Ávila Ruiz en la elaboración de los cuadros para este artículo.

1 Ixtlilxóchitl, "Sumaria relación", p. 307.

2 Ibidem, p. 290.

3 Koselleck presenta una interesante historia de la evolución de estas formas de clasificación binaria, que él llama "conceptos contrarios asimétricos", en el pensamiento occidental, incluyendo la dupla de heleno-bárbaro, la de cristiano-no cristiano y la de humano-no humano. Koselleck, "Semántica histórico-política de los conceptos contrarios asimétricos".

4 Durán, Historia general de las Indias de la Nueva España e islas de Tierra Firme, p. 65.

5 Sobre la manera en que los europeos describieron a los pueblos amerindios a partir de sus estereotipos de barbarie y salvajismo, véase Bartra, El salvaje en el espejo, y Pagden, La caída del hombre natural.

6 Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, v. 2, p. 949-950.

7 Ibidem, p. 949-955.

8 Kirchhoff, "Civilizing the Chichimecs: A Chapter in the Culture History of Ancient México".

9 León-Portilla, "El proceso de aculturación de los chichimecas de Xólotl".

10 Kirchhoff, "Civilizing the Chichimecs", p. 82. Traducción mía del original inglés.

11 Duverger, L'Origine des Aztèques, p. 7.

12 Florescano, "Mito e historia en la memoria nahua".

13 Esta interpretación, sin embargo, se basa en una lectura mucho menos rigurosa de las fuentes históricas. En efecto, Carlos Martínez Marín ha demostrado que los mexicas tenían una cultura mesoamericana, de corte tolteca, desde antes de su salida de Aztlan. Martínez Marín, "La cultura de los mexicas durante la migración. Nuevas ideas".

14 López Austin, Mito y realidad de Zuyuá, p. 65-71.

15 Graulich, Quetzalcóatl y el espejismo de Tollan.

16 Para el primer caso se puede consultar Nárez, "Aridamérica y Oasisamérica". Más generalmente, véase, por ejemplo, el análisis clásico de Marshal Sahlins sobre la economía de estos pueblos, Stone Age Economics, y de James Woodburn sobre su organización política descentralizada, "Minimal Politics: The Political Organization of the Hadza of North Tanzania".

17 Tanto Pedro Carrasco como Pablo Escalante han analizado con detalle las formas de producción y de vida de los otomíes y éstas coinciden en todos los puntos con las descripciones de los chichimecas en las fuentes, Carrasco, Los otomíes. Cultura e historia prehispánica de los pueblos mesomericanos de habla otomiana; Escalante, "Los otomíes en el México prehispánico". Para un análisis más detallado de estas coincidencias puede consultarse Navarrete Linares, Los orígenes de los pueblos del Valle de México: los altépetl y sus historias, p. 275-277.

18 Palerm, Agricultura y civilización en Mesoamérica.

19 Historia tolteca-chichimeca, p. 169.

20 Navarrete Linares, op. cit., p. 32-33.

21 López Austin, Tamoanchany Tlalocan, p. 169.

22 En las culturas amerindias de Amazonia, como los kayapó, es frecuente que ciertas vestimentas, rituales, cantos o conocimientos sean considerados la propiedad de individuos o grupos, como mitades o linajes, y sólo puedan ser empleados por ellos. A su vez, esta propiedad exclusiva es la base de complejos intercambios entre los grupos. Posey, "Environmental and Social Implications of Pre and Postcontact Situations on Brazilian Indians: The Kayapó and a New Amazonian Synthesis".

23 En este sentido los intercambios de bienes culturales entre los diferentes pueblos del valle de México corresponden al modelo de la "dádiva" de Marcel Mauss, pues se trata de acciones sociales complejas, o "totales" que establecen relaciones duraderas de obligación y reciprocidad entre donadores y receptores y en las que los bienes intercambiados son inseparables de las identidades de los donadores y receptores. Mauss, "Essai sur le don".

24 Este proceso de intercambio es descrito con mucho más detalle en Navarrete Linares, Los orígenes de los pueblos..., p. 318-341.

25 Ixtlilxóchitl, Historia de la nación chichimeca, p. 30.

26 Ixtlilxóchitl, Sumaria relación de todas las cosas que han sucedido en la Nueva España..., p. 307.

27 Ibidem, p. 312-313.

28 Chimalpain Cuauhtlehuanitzin, Primer amoxtli libro. 3a. relación de las Différente Histoires Originales, p. 77.

29 Ixtlilxóchitl, Historia de la nación chichimeca, p. 34-35. Esta noticia es confirmada por Juan Bautista Pomar, quien describe con detalle los tlaquimilolli que trajeron consigo estos calpulli, Pomar, "Relación de la ciudad y provincia de Tezcoco", p. 59.

30 Anales de Cuauhtitlan, 5-6.

31 Ibidem, p. 18-19.

32 Ibid., p. 28.

33 Ibid., p. 30.

34 Ibid., p. 31.

35 Una descripción más detallada se encuentra en Navarrete Linares, Los orígenes de los pueblos..., p. 343-408.

36 Aunque la etimología del nombre Chalco no es enteramente clara, la vinculación de la raíz chal- con las piedras verdes y con Chalchiuhtlicue es confirmada por Chimalpain.

37 Chimalpain, Memorial breve acerca de la fundación de la ciudad de Culhuacan, p. 66-74.

38 Chimalpain Cuauhtlehuanitzin, Primera, segunda, cuarta, quinta y sexta relaciones de las Différentes histoires originales, p. 77.

39 Chimalpain, Memorial breve..., p. 77.

40 Ibidem, p. 107.

41 Ibid., p. 111-115.

42 Ibid., p. 53-55.

43 Chimalpain, Primer amoxtli libro. , p. 75.

44 Chimalpain, "Historia o crónica y con su calendario mexica de los años", p. 201.

45 Chimalpain, Primera, segunda, cuarta., p. 85-87.

46 Chimalpain, Séptima relación de las Différentes histoires originales, p. 5-7.

47 Chimalpain, Séptima relación. , p. 47.

48 Chimalpain, Primer amoxtli libro. , p. 81.

49 Ibidem, p. 81.

50 Chimalpain, Séptima relación. , 49.

51 Navarrete Linares, Los orígenes de los pueblos..., 240.

52 Un análisis detallado de las relaciones entre colhuas y mexicas se encuentra en Nava-rrete Linares, Los orígenes de los pueblos. , p. 452-472 y 504-510.

53 Historia de los mexicanos por sus pinturas, p. 47.

54 Navarrete Linares, Los orígenes de los pueblos. , p. 432-434.

55 La historia de Tlatelolco desde los tiempos más remotos, p. 35. Véase también Chimalpain, Séptima relación..., p. 29. Navarrete Linares, Los orígenes de los pueblos..., p. 418-420.

56 La historia de Tlatelolco, p. 46-48.

57 Chimalpain, Primer amoxtli libro p. 80. Navarrete Linares, Los orígenes de los pueblos..., p. 497-498.

58 Navarrete Linares, Las relaciones interétnicas..., p. 24-26; Navarrete Linares, "Discriminación étnica y desigualdades en México: una reflexión histórica", p. 248.

59 Véanse al respecto las propuestas de Barbra Tedlock sobre la lógica aditiva que aplican los mayas quichés para incorporar las innovaciones religiosas y culturales, Time and the Highland Maya, p. 202.

60 Navarrete Linares, "El cambio cultural en las sociedades indígenas americanas, una nueva perspectiva".

61 López Austin, Mito y realidad de Zuyuá.

62 Annino propone que la manera en que las comunidades indígenas adoptaron y adaptaron el liberalismo para defender sus identidades étnicas resultó en un "sincretismo" equivalente al que había surgido con el cristianismo en el periodo colonial, Annino, "Pueblos, liberalismo y nación", p. 414-415.

63 Koselleck, op. cit.

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