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Boletín mexicano de derecho comparado

On-line version ISSN 2448-4873Print version ISSN 0041-8633

Bol. Mex. Der. Comp. vol.51 n.153 México Sep./Dec. 2018  Epub Apr 20, 2020

https://doi.org/10.22201/iij.24484873e.2018.153.13660 

Estudios legislativos

Corresponsales de guerra en México: entre la investigación periodística y el necropoder

War Correspondents in Mexico: in Between Investigative Journalism and Necropower

** Doctora en clínica psicoanalítica/psicoanalista APM y docente en el Colegio Internacional de Educación Superior. Correo electrónico: marionnest@gmail.com.

*** Doctora en relaciones internacionales e investigadora de tiempo completo en el Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN) UNAM. Correo electrónico: aestevez@unam.mx. Correspondencia: Torre II de Humanidades, piso 10, Ciudad Universitaria, Coyoacán, 04510, Ciudad de México.


SUMARIO:

I. Introducción. II. Las guerras necropolíticas. III. Los periodistas y las guerras necropolíticas. IV. Conclusiones.

I. Introducción

Desde que el expresidente Felipe Calderón lanzara la llamada "guerra contra el narcotráfico" en 2006, las organizaciones de derechos humanos, la prensa y la academia han registrado 234,996 asesinatos (Hernández Borbolla, 2017), y la desaparición forzada de 34,656 personas (25,682 hombres y 8,974 mujeres). En cuanto a la violencia contra las mujeres, ha habido 23,800 feminicidios (Reina, 2018); el 41.3 por ciento del total de 46.501,740 mujeres en el país (19,216, 151) han sufrido violencia sexual, y el 66.1 por ciento (30,700,000) han sido víctimas de la violencia en general (Amnistía Internacional, 2018, INEGI, 2017). Podría decirse que México está inmerso en una ola de violencia sin precedentes, en la que los cárteles de la droga y los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley a veces trabajan juntos en casos de desaparición forzada, secuestro, ejecución, tortura, persecución, feminicidio, violación y masacres. Si bien el gobierno afirma que las bandas criminales son las únicas responsables de estas brutalidades, e invierte importantes recursos en seguridad y en reformas constitucionales y judiciales, entre otros cambios normativos, no ha logrado combatir la impunidad y la corrupción, y aunque el gobierno mexicano afirma haber tomando medidas contra estos crímenes, siguen gozando de impunidad.

Como podemos ver, las cifras indican que las mujeres sufren tanto como los hombres en la guerra contra las drogas, pero la violencia sexual es de alguna manera invisible, y, en su mayoría, ignorada en las interpretaciones políticas del conflicto. La hipótesis es que este es el caso, porque la violencia criminal se atribuye únicamente a una guerra con una dinámica político-estatal, cuando en realidad estamos hablando de dos guerras, que no necesariamente implican control político. La interpretación propuesta aquí es que estamos viendo dos guerras, dos guerras necrológicas. Este artículo desarrolla la idea de la guerra necropolítica como un tipo de conflicto que simultáneamente explica la violencia criminal y sexual como parte de un continuo de violencia colonial y racializada para la seguridad de los mercados criminales y la mercantilización de los cuerpos de las mujeres.1

Lo que mejor da cuenta de las guerras necropolíticas a nivel empírico no son las cifras, sino los reportajes a profundidad y el periodismo de investigación. Estas investigaciones nos demuestran que la explotación y el aniquilamiento del cuerpo de las mujeres es parte de la misma dinámica económica y de muerte que aniquila a los hombres. Peor aún, son esos mismos hombres los que matan tanto a mujeres como a hombres. Para dar cuenta de esto, se desarrollará primero la idea de las guerras necropolíticas, y después se describirán por lo menos quince libros de investigación periodística en los que se narra cómo ocurre cada una de estas guerras, y se distinguirá a qué lógica pertenece cada uno de los temas allí abordados.

II. Las guerras necropolíticas

En México se viven dos guerras por la conquista de territorio. Una es la guerra contra el narco, en la que los cárteles y sus aliados políticos se disputan plazas y rutas, el control sobre mercados ilegales, y la hegemonía sobre la fuerza. En medio de la corrupción e impunidad generalizadas, la guerra contra el narcotráfico ha originado en México la mutación del poder político en un necropoder, o sea, el poder de administrar muerte en función de asegurar la economía criminal, un hecho que ha desencadenado la crisis de derechos humanos más grave de la historia nacional, y en la que es imposible determinar si el agente violador es un criminal o un miembro de las fuerzas del orden.

La otra es la guerra que se lleva a cabo sobre los cuerpos de las mujeres y se disputa la desposesión de cuerpos femeninos para dominación y cosificación sexual. Si bien en un principio la guerra contra el narco era una guerra fundamentalmente masculina -entre hombres por el poder territorial y el control del mercado de la droga-, los objetivos económicos de ésta se desviaron a mercados y mercancías con igual valor comercial que la droga, pero sin el creciente costo en riesgo y seguridad. Esta mercancía resultó ser el cuerpo de las mujeres. La cosificación de las mujeres exacerbó la misoginia y el resentimiento por la lógica posfordista del trabajo, en la que miles de varones están desempleados y ven en las mujeres una competencia que amenaza su masculinidad.

La mercantilización de los cuerpos femeninos, la exacerbación de la misoginia, la impunidad sistémica y los riesgos crecientes en el comercio de drogas han colocado a las mujeres como adversarias en otra guerra, una que es paralela a la narcoguerra, y que protagonizan los mismos hombres involucrados en ella, pero también muchos de los hombres que han sido o pueden ser objeto de la narcoviolencia. Es una guerra en la que la víctima de la guerra contra el narco también es potencialmente victimario, porque lo que está en juego no es territorio ni poder ni control sobre el mercado de drogas ilícitas, sino la desposesión de los cuerpos de las mujeres para dominarlos y lucrar con ellos sexualmente.

Aquí se utiliza el marco de la necropolítica,2 y en particular el del capitalismo gore,3 para estudiar la política de muerte en México, y se sugiere la categoría de guerras necropolíticas para conceptualizar la violencia legal, paralegal y supralegal, que sistemáticamente victimiza a mujeres y hombres en México. En términos generales, la necropolítica es la política de muerte ejecutada por el Estado para administrar la muerte a poblaciones precarizadas y racializadas, con el fin de garantizar el funcionamiento del neoliberalismo y el capitalismo, que lucra con los cuerpos a través de secuestros, desapariciones forzadas, masacres, tráfico de órganos y trata sexual. La ejecuta a través de agentes privados y estatales o una combinación de éstos.

Las guerras necropolíticas son las que ocurren al interior del Estado, en vez de entre Estados, y como resultado del desmantelamiento neoliberal de éstos, pues se dan en situaciones en las que el ingreso del Estado disminuye por un debilitamiento de la economía y la propagación de la criminalidad, la corrupción y la ineficiencia. La violencia se privatiza como resultado del crecimiento del crimen organizado, la emergencia de grupos paramilitares, y la pérdida de legitimidad política. El Estado pierde control sobre partes de su territorio a manos de los grupos criminales. Las nuevas guerras ocurren, pues, en la lucha por el necropoder. Estas guerras tienen su expresión específica en el tercer mundo, donde el necropoder gira no sólo en torno a la delincuencia, el paramilitarismo y los mercenarios, sino en el control del capital criminal. Se caracterizaron por lo menos dos tipos de guerras necropolíticas según su objetivo: 1) las guerras por alianzas políticas claves en la reproducción del capital criminal en general, que se llamó las "guerras por la gubernamentalización necropolítica del Estado", y 2) las guerras que se emprenden en contra de las mujeres para desposeerlas de sus cuerpos para el dominio sexista privado y la explotación sexual en el capitalismo gore, que se denomina las "guerras por la desposesión de cuerpos femeninos".

III. Los periodistas y las guerras necropolíticas

La población civil -asalariados, amas de casa, estudiantes, estilistas... periodistas- está en medio de estas guerras intentando llevar un vida normal; el periodista no sólo es sujeto informador de su ambiente caótico y peligroso, sino también es objeto de estudio de sus investigaciones por la verdad y la justicia, dentro de una realidad que avasalla con las cotidianas desapariciones, decapitaciones, violaciones y muertes reportadas en sus notas, artículos, reportajes, ensayos, y que lo ponen como blanco perfecto del ejercicio criminal del Estado en contubernio con el narco y otras modalidades de crimen organizado cobijadas por el necropoder.

En un afán de ir más allá del cumplimiento de su deber, reporteros y periodistas informan y documentan hechos, pero sobre todo develan la perversidad humana a la que estamos expuestos, con la posibilidad de pasar de víctimas a victimarios, ya sea en defensa propia, de manera circunstancial o por venganza, aprovechando los ríos revueltos y la laxitud de las autoridades. En este contexto, sus plumas y cámaras los han llevado a formar parte de la estadística que cada año Reporteros sin Fronteras actualiza desde 2000, con un panorama mundial de 1,035 periodistas profesionales asesinados de 2003 a 2017, siendo 2006, 2007 y 2012 los años más letales, con 85, 88 y 87, respectivamente. México figura a partir de 2004 en un listado -por orden alfabético- de países de distintas partes del orbe -considerado como uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo- con una tendencia constante, alcanzando su máximo en 2016, con diez periodistas asesinados, 2017 con doce y seis en lo que va de 2018 (Reporteros sin Fronteras 2018). Por otra parte, la cifra que manejan diversos medios del país, en el periodo que va de 2000 a 20017 oscila entre 109 y 136, y entre 34 y 41 los que van en el sexenio de Enrique Peña Nieto, sin contar los 1,330 ataques a periodistas y medios de 2015 a 2017 (Ureste 2018).

Por tanto, el periodismo independiente se convierte en una actividad de alto riesgo; no obstante, comunicadores, reporteros y periodistas continúan llevando a cabo sus pesquisas sin garantías ni seguridad alguna ante los intereses de quienes -corporaciones, funcionarios, cárteles- están detrás tanto de la gubernamentalización necropolítica como de la desposesión de cuerpos; guerras que le siguen costado vidas de hombres, mujeres y niños al país; inmersos en éstas, se arriesgan a escribir contenidos de actualidad que lleguen al lector mexicano, cada vez más ávido de información fidedigna para saber dónde está parado.

1. El periodismo de la guerra por la gubernamentalización del Estado

En lo que respecta a la gubernamentalización necropolítica, podríamos comenzar con Javier Valdez Cárdenas; nacido en Culiacán, Sinaloa en 1967, fue corresponsal del periódico La Jornada, fundador del semanario Ríodoce y ganador del Premio Internacional a la Libertad de Prensa 2011, entre otros; quien habría firmado su sentencia de muerte (15 de mayo de 2017, Culiacán) al denunciar sistemáticamente la complicidad de políticos con el narco; entre sus obras destaca Narcoperiodismo (2016), ya que cuenta a través de la propia y de otras voces, cómo se ejerce el periodismo libre y crítico en México, cómo la línea editorial la aprueba o castiga el narco, y también autoriza qué se dice, en qué tono y cuándo. Entrevista a colegas de diversos medios del territorio nacional que denuncian a gobernadores, como Javier Duarte, quien abiertamente amenazó, persiguió y seguramente mandó asesinar a periodistas que investigaban y denunciaban las maneras ilícitas de investir su cargo; asimismo, exhibe los presuntos descubrimientos de periodistas veracruzanos, tamaulipecos, guerrerenses, asesinados en su autoexilio en el anterior Distrito Federal y otras entidades. Es un sucesivo cuestionario a periodistas, aún vivos, sobre lo que significa ejercer y hasta cuándo; qué medidas deben tomar, y si vale la pena jugarse la vida en ello.

Por otra parte, Tamaulipas. La casta de los narcogobernadores: un eastern mexicano (Padgett 2016), es un recorrido por la historia reciente de Tamaulipas, estado en que la muerte es el medio para limpiar el camino del trasiego, en la llamada "frontera chica", auspiciado por los gobernadores que durante el siglo XX no tuvieron empacho en eliminar a sus oponentes con tal de garantizarse un lugar en el negocio del narcotráfico, de los cuales tanto Tomás Yarrington Ruvalcaba como Eugenio Hernández Torres son los mejores ejemplos, y cuyo chofer en tiempos electorales fue Enrique Peña Nieto.

La cotidianidad de Tamaulipas transcurre de las andanzas del cártel de Atlacomulco a las del cártel del Golfo; de las matanzas de los Zetas en San Fernando al lavado de dinero con Monex; de muertes, levantones, plomo y cinismo en un eastern mexicano, como refiere el autor, tras una extraordinaria investigación, que arroja nombres, fechas y lugares de hechos que edifican la cuna de narcogobernadores, que es, ha sido y, tal parece que, seguirá siendo el estado de Tamaulipas.

Luego, En manos del narco (Ravelo 2016) es una radiografía de la metástasis del narco en México; de la colusión del gobierno con los cárteles; de los capos protegidos por el gobernante en turno; de los favores a cambio de capturar, encerrar, dejar escapar, etcétera, a personajes de peso según las circunstancias políticas del país, que abarca desde Tamaulipas hasta Veracruz, sin dejar de lado Guerrero, Jalisco, Michoacán, Sinaloa, etcétera. Reúne una antología de los movimientos del narco entre la llamada "guerra fallida" de Felipe Calderón Hinojosa y la administración de Enrique Peña Nieto, que incluye datos interesantes sobre El Azul, El Chapo, La Tuta, El Mayo, El Señor de los Cielos, Benjamín Arellano Félix, los Beltrán Leyva, el Güero Palma y los Zetas, entre otros.

También El infierno de Javier Duarte (Zavaleta 2016) narra la vida en el estado de Veracruz a expensas de la muerte, que llegó para quedarse de la mano de los Zetas, quienes operan cómodamente con el permiso y la procuración de todos los niveles de gobierno. Asimismo, presenta la semblanza de un joven ambicioso dispuesto a todo para llegar a la cima del poder; de los favores que hizo y cobró para convertirse en Javier Duarte -un híbrido entre el típico priísta déspota, cínico y ratero y el narco de medio pelo, cruel, salvaje y asesino-, que se caracterizó por amenazar a quienes lo exhibían o denunciaban, como los periodistas. Se trata de una investigación bien documentada, que retrata de pies a cabeza y de adentro hacia fuera a Javier Duarte de Ochoa, que pasará a la historia como el mandatario más cuestionado por sus escándalos, el asesinato por lo menos de quince reporteros que trabajaban en la entidad, la expansión del crimen organizado y su infiltración en los cuerpos policiacos, el incremento de la deuda pública y las grandes fallas de su gabinete.

En Narco América (Dromómanos 2015), tres periodistas -entre ellos una mexicana-, después de publicar varios artículos en el diario mexicano El Universal, realizan una travesía por América siguiendo el rastro de la cocaína; de Nueva York a Río de Janeiro descubren el poder económico del narcotráfico, el doble discurso de Estados Unidos sobre el tema y los estragos físicos y psíquicos que ocasiona a quien la consume. Describen escenas que pese a parecer salidas del cine gore o zombie, son de la vida real; individuos entregados a la adicción, perdiendo tanto el cuerpo como la dignidad; siendo el crack la droga más barata y dañina, destinada a los estratos marginados -como para que mueran de a poco-, la mariguana, la carta fuerte de México en el mercado global, la heroína, la de moda y de mayor demanda en Nueva York. Entrevistan a diversos actores del fenómeno, quienes sin dudarlo y con cierto recelo señalan lo irónico que resulta que la frontera más vigilada del mundo sea tan porosa, que forzosamente alguien del otro lado permite la entrada de toneladas de diferentes sustancias, que nadie está dispuesto a renunciar a las cuantiosas ganancias y al poder político y social que conlleva este negocio. Por si se pensaba que sólo en México se cuecen habas, este libro dirige la luz hacia una América lacerada por la pobreza, que impone las condiciones para proveer la oferta que el mayor consumidor del mundo demanda a cualquier precio.

Los 43 de Iguala (González Rodríguez 2015) es una investigación documental que muestra información vertida en la prensa escrita, informes policiacos y militares, así como la expresada por testigos, la voxpopuli, pero sobre todo una historia que hace décadas ya alertaba sobre el funesto desenlace de la conocida Noche de Iguala. Mezcla de reportaje y crónica, que cuenta la tragedia, narra los antecedentes de los presuntos responsables y describe las intrincadas relaciones entre el gobierno, el narco y la policía, de cómo unos trabajan para otros y sacrifican, como siempre, a los más pobres, cuyos sueños descansan en la posibilidad, en el caso de Guerrero, de convertirse en profesores rurales.

Ni vivos ni muertos (Mastrogiovanni 2014) habla de que la desaparición forzada se ha vuelto una especialidad más en el México descompuesto, manejado por unos cuantos en detrimento de la calidad de vida de la mayoría, en donde el ciudadano actual teme por su vida, día tras día, al ir a trabajar, a la escuela, al mercado, a la fiesta, a la parada del camión, o simplemente al parque para no entumirse entre las cuatro paredes de su prisión forzada antes hogar. Refiere diversos casos de desaparecidos (hombres, mujeres, jóvenes) en cualquiera de las circunstancias mencionadas; explicados con asombro y temor por testigos que presenciaron el "levantón", bajo la autoría, ya sea de sicarios, de la policía, o de otros, que aprovechan la ausencia de gobierno a nivel municipal, estatal y federal.

La desaparición forzada es una estrategia de terror, orquestada tanto por el Estado como por los poderes fácticos, para impedir que el pueblo se pronuncie, se queje, se manifieste; para quitarlo de su camino mandando un mensaje claro y contundente, provocando incertidumbre, pero sobre todo mucho dolor y desasosiego en los familiares, que esperan, esperan y esperan desesperadamente el regreso de su padre, madre, hermanos, hijos, amigos, novios, migrantes… , ya sea vivos o muertos, para poder continuar su vida en paz; asimismo, ha tornado todo un tema de movilización social en localidades como Ciudad Juárez, Estado de México, Guerrero, Sinaloa, Veracruz, donde a propósito del nulo interés de las autoridades por encontrarlos o porque saben dónde están, los familiares buscan con sus propios recursos, que comúnmente no alcanzan, provocando más desamparo en dichas familias. Dejan así en evidencia la colusión de las policías, el ejército y los gobiernos con el narco y otros actores económicos y políticos nacionales y trasnacionales.

Mirreynato. La otra desigualdad (Raphael 2014) es un texto que destaca la participación de los anteriores juniors, hoy mirreyes; hijos de empresarios y políticos que utilizan las llamadas redes sociales para hacer ostentación de un poder, ni siquiera heredado -ya que se instalan en puestos bien pagadas sin esfuerzo alguno-, más bien asumido por ósmosis de sus padres; "niños bien" que se juntan o asocian con otros niños bien del narco -hijos de capos, que a diferencia de éstos estudian en escuelas privadas, carreras que les permitan administrar el negocio o empresa, como ellos le llaman-; asimismo, hace mención de otro tipo de desigualdad, en la que el ciudadano común parece de otro mundo, de otra realidad.

Es un buen libro que lleva de la mano a tratar de comprender la nueva realidad sociopolítica de México, cuya desigualdad descansa no sólo en las estadísticas de la pobreza extrema, sino en manos de quienes la ejercen y se sirven de ella, donde unos de la exigua clase media luchan por sobrevivir con salarios de cinco mil pesos, viendo a otros, que pueden vivir más cómodamente con sesenta mil pesos al mes; toca el tema del "elevador", ascensor social, que explica el fenómeno que va desde las "lobukis" (amante o amiguita en turno del "mirrey") hasta la Primera Dama (actriz de quinta), pasando por la, cada vez más escasa, hija de familia que estudia mientras se casa con un buen partido.

Narcomex (Ravelo 2013) aborda la "guerra contra el narco" -desatada por Felipe Calderón en diciembre de 2006 al iniciar su gestión- con una postura crítica, que toma forma mediante la investigación de hechos y declaraciones de personajes afectados, ciudadanos, testigos, exnarcos, víctimas, abogados y periodistas dan cuenta de una guerra declarada sin conocimiento, sin estrategia y, mucho menos, sin sentido común, contra grupos criminales bien organizados, capacitados y armados -sin más que perder, salvo la vida- con el abolengo de quienes empiezan desde abajo y respetan el negocio, capos que procuraban a su gente, y tras caer dejaron un vacío de poder, provocando la división entre células, que en la pelea por los territorios se imponen de manera primitiva y sanguinaria, descuartizando, "cocinando" y decapitando a miembros de otras células.

Ravelo hace un recuento de los cárteles más importantes, sus integrantes y su desenlace en esta guerra, que para el 31 de julio de 2010 había dejado más de veinte mil homicidios a manos de los cárteles de los Beltrán Leyva (Héctor y Arturo Beltrán; "El Grande"; "La Barbie"); de los Arellano Félix (Francisco, Ramón, Javier y Benjamín Arellano Félix); de Juárez (Amado Carrillo Fuentes, "El Señor de los Cielos"; Vicente Carrillo Fuentes, "El Viceroy"); del Golfo (Juan García Ábrego; Osiel Cárdenas Guillén; "El Coss"; "Tony Tormenta"); de Sinaloa ("El Güero Palma"; "El Chapo"; "El Mayo"; "El Azul"); de Los Zetas (Heriberto Lazcano Lazcano). Obra importante para conocer lo que fueron los cárteles mexicanos en un principio, su devenir en dicha guerra, su transformación después de ésta, y entender de qué manera el gobierno siempre se ha servido de ellos.

En Los muchachos perdidos. Retratos e historias de una generación entregada al crimen (Loza y Padgett 2012), durante más de dos años de entrevistas y visitas a las principales correccionales de México, los autores retratan con imágenes y palabras la vida dentro de estos lugares sobrepoblados por individuos de una generación perdida en el crimen a falta de oportunidades económicas, escolares y laborales. Los periodistas presentan las narraciones de jóvenes criminales, de sus andanzas y asesinatos, cuya paga destinan para satisfacer necesidades o deseos de una infancia que les fue robada por diversas circunstancias. Se trata de una investigación seria sobre la juventud vulnerable en el país, con estadísticas que cobran vida a través de sus relatos, personajes cuyo apodo remite a su personalidad, pasado o especialidad criminal. Un texto para reflexionar sobre lo que el país está haciendo, o, mejor dicho, dejando de hacer, para prevenir más pérdidas de almas con necesidad de atención, anhelo de vivir y posibilidad de rescatar una sociedad también perdida.

La guerra de los Zetas (Osorno 2012), como indica la portada, es un "viaje por la frontera de la necropolítica", que inicia en Tamaulipas y termina dejando al lector con la sensación de vacío, de que el pueblo sólo sirve para pagar impuestos al gobierno, y que está a merced del narco, quien lo ignora si el gobierno hace lo que necesita a cambio de la nómina que le paga, pero lo acribilla si es necesario hacer presión. Es un recorrido por la historia reciente del cártel de Golfo; la inclusión en sus filas de un brazo armado, que posteriormente se independizó como Los Zetas, y comenzó la guerra por los territorios fronterizos del trasiego hacia el principal mercado, Estados Unidos; dejando en evidencia la aparatosa diferencia entre ambos lados de la frontera; asimismo, cuenta cómo dicha organización, nacida del ejército mexicano para proteger al país, se ha vuelto una letal enfermedad. Narra detalladamente de manera geográfica y cronológica los avances de esta organización, que rompe con los usos y costumbres del narco antiguo, recurriendo a modos más sanguinarios para imponerse a falta de abolengo y necesidad de imponerse en el negocio.

Sin duda, una obra obligada si se desea saber qué sucede en la llamada "frontera chica" del país, por qué y quiénes son los protagonistas.

País de muertos (2011), también de Diego Enrique Osorno, reúne, bajo diferentes firmas, una serie de relatos, que dejan al descubierto que la sociedad civil está atrapada entre el nulo interés de las autoridades del Estado y la violencia desatada por los poderes facticos, que desde hace varios años dictan el rumbo del país. Desde accidentes derivados de la negligencia y el desfalco de Pemex y las mineras, hasta la libre acción del narco en bares y centros nocturnos, queda el país en el desamparo de la impunidad y rodeado de muertos, sin poder reclamarle a alguien que investigue, encuentre y castigue a los autores de tanta ausencia. El libro es una compilación de escritos que giran en torno a la impunidad en todas sus expresiones, en un país donde pasa de todo y nunca se busca al responsable, quien comúnmente está bajo la protección que el dinero o el Estado o el narco le pueda dar.

El cártel de Sinaloa (Osorno 2009) podría considerarse una radiografía del estado de Sinaloa de ayer y hoy, que describe las bondades del llamado "Triángulo Dorado", donde convergen Sinaloa, Durango y Chihuahua, y se da la mejor marihuana y una de las mejores amapolas del mundo; da cuenta de la precariedad que se vive en muchos de sus municipios, entre ellos La Tuna, lugar que vio nacer a Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, mejor conocido como El Chapo, y nos hace partícipes de las desgracias que viven los sinaloenses, desde la guerra contra el narco de Felipe Calderón, al meternos en su cotidianidad entre balazos y narcomensajes, que rebasada por la impunidad se convierte en un gran cenotafio adornado de rosas rojas, como testigos de la sangre que ahí corrió, dejando el sentimiento de un pueblo a meced del narco dada la falta total de cualquier nivel de gobierno. Una muestra de que geografía es destino, ante el cual a Sinaloa no le quedó mucho por hacer; expone una realidad que no se debe ignorar si se quiere conocer el origen de sus problemas actuales, ya sea con El Chapo libre, encerrado o fugado.

2. Periodismo en la guerra por la desposesión de cuerpos de las mujeres

Por otro lado, la desposesión de cuerpos de mujeres -así como de niños y niñas- también ha sido analizada, criticada y denunciada por profesionales que han experimentado en carne propia el rigor de leyes que sirven a poderes corrompidos y perversos. Tal es el caso de Lydia Cacho Ribeiro -nacida en la Ciudad de México el 12 abril de 1963-, detenida, incomunicada y torturada por ejercer su derecho a la libertad de expresión, presuntamente a manos del entonces gobernador de Puebla, Mario Marín, el 16 de diciembre de 2005, a lo que la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió en 2007 que no existieron evidencias suficientes para sostener la participación de éste en la violación (considerada no grave) a las garantías de la periodista.

Pese al ambiente adverso, hostil y peligroso, continúa luchando por lograr que se mire hacia las víctimas, que se lean sus historias y que se escuchen sus voces ante las injusticias -por decir lo menos- que el sistema económico, político y social les tiene reservadas.

En Esclavas del poder (Cacho 2010), de manera encubierta en diferentes países del mundo, Lidya Cacho entrevista a taxistas, ex prostitutas dueñas de agencias de "scorts", víctimas de trata y otros personajes clave, para llevar a cabo un recorrido dentro de las mafias locales dedicadas al tráfico de mujeres y niñas para la explotación sexual, así como para conocer el entramado del lavado de dinero que estas -y otras actividades ilícitas- conllevan. De las famosas geishas en Japón -ataviadas de glamur oriental- a las niñas vendidas por sus padres -a causa de diversos tipos de pobreza extrema- en Camboya, hasta los gustos de ingleses, suecos, neozelandeses o australianos por niños y niñas -principalmente latinos- y los paraísos "off shore" -en países del "primer mundo"- donde no importa quién abra la cuenta siempre y cuando sea con el mínimo requerido -que supera los miles de euros-; las autoridades responsables de perseguir y castigar estos crímenes están coludidas tanto con la policía y los taxistas -quienes hacen el trabajo de calle ignorando dichos giros y fungiendo como halcones, respectivamente- como con quienes hacen el trabajo de escritorio expidiendo documentos falsos y permitiendo la salida y entrada de personas, cuyo código de barras está inscrito en su marginalidad y vulnerabilidad. La renombrada periodista hace un análisis de un mercado global, en el que nadie se salva de la inhumanidad de hombres y mujeres de diversos ámbitos, tanto en países ricos donde impera la grotesca demanda como en países pobres donde lastimosamente la oferta es el individuo mismo.

Las muertas del Estado (Padgett y Loza 2014) es un trabajo periodístico de alta escuela que mezcla crónica, reportaje y entrevista, basado en la investigación de los feminicidios acaecidos e ignorados durante el gobierno de Enrique Peña Nieto en el estado de México, donde tal parece que la frase "Enrique... bombón... te quiero en mi colchón", emblema de su campaña rumbo a la presidencia, quería tapar la cruda y triste realidad expuesta en este libro, donde madres, padres, hermanos, hijos, hablan y lloran, pero sobre todo exigen una justicia que a nadie le interesa. El libro exhibe las pruebas de la indolencia de las autoridades caso por caso con nombre y apellido, de mujeres víctimas de la violencia masculina en las colonias más pobres del país; parejas, esposas o amantes de albañiles, choferes, exconvictos, taxistas y policías, que andan como si nada por las calles y avenidas de Ciudad Nezahualcóyotl, Chimalhuacán y el bordo de Xochiaca.

Se trata de homicidios dolosos cuya averiguación previa es inconsistente o encubre descaradamente al culpable; de expedientes sin vida, como sus protagonistas, estáticos en un escritorio, empolvándose, necrosando el alma de madres y padres, que no se cansan de señalar al asesino de su hija, y tienen que investigar con sus propios recursos o exigir una atención sistemáticamente negada o ver con frustración las fotos alteradas de una escena del crimen donde no hay rastro del presunto feminicida, pero sí del sufrimiento de la víctima.

Huesos en el desierto (González Rodríguez 2002) es una extraordinaria investigación -acerca del fenómeno social internacionalmente conocido como Las muertas de Juárez- que rastrea las denuncias de desaparición y revela la impunidad que impera en dicha zona fronteriza de trasiego de drogas, armas y personas; se adentra en el sufrimiento de las familias de adolescentes, obreras, madres, que sólo por vivir en Ciudad Juárez están en peligro latente y constante; describe la vida en colonias marginadas, colindantes con el extenso desierto, sin vigilancia, y propicio para el anonimato, donde aparecen cuerpos semidesnudos, golpeados, ultrajados, cercenados, ensangrentados, de mujeres que algún día iban a la escuela o al trabajo, y expone los intentos infructuosos de diversas organizaciones por seguir nuevas líneas de investigación que se topan una y otra vez con el rechazo, ya sea estatal o federal. Sin duda, una obra de gran valor periodístico, por sus pesquisas y por la narración en crónica, que no deja cabos sueltos, para que el lector se haga una idea de lo que ahí sucede.

En Por la mano del padre (Moreno 2017), mediante un caso paradigmático del estado de México, tras una seria y comprometida investigación, el autor expone, explica y analiza las razones que llevaron a dicho hombre a matar a sus tres hijos. Desde el ensayo introductorio de Vicente Leñero, se avistan las entrañas de una violencia característica de Ciudad Nezahualcóyotl, donde priva la falta de oportunidades educativas y laborales, las adicciones, el desamparo y desamor dentro de familias, no sólo disfuncionales, sino frecuentemente con un integrante en la cárcel; prosigue con el relato previo al día aciago, en que tres menores de edad mueren a manos de su propio padre para vengarse de su madre, quien supuestamente le era infiel.

El libro da una semblanza de ambos padres, narra su historia de amor, y cómo un individuo huérfano de madre, expuesto a la violencia de otros y sin empleo, guarda un resentimiento que brota cuando su pareja, también madre, deja de quererlo a causa de sus adicciones y la precariedad con que debe criar a sus hijos. Finalmente, presenta el proceso judicial, donde el desahogo de pruebas exhibe a un filicida sin culpa ni resentimiento, ya que por experiencia personal el amor incondicional no existe, y así como él no fue querido por su madre alcohólica -cuya muerte temprana lo dejó desamparado- tampoco cree que dicho sentimiento exista, y mucho menos que pueda darlo. Este texto presenta y analiza una tragedia, que bien podría repetirse exponencialmente, dada la descomposición social de Neza y el país entero.

Huérfanos del narco (Valdez Cárdenas 2015) es una mirada a través de la vida o las vivencias de quienes pierden a uno o ambos padres en la llamada "guerra contra el narco", que ha arrasado no sólo con sicarios y capos, sino con hombres y mujeres ajenos al negocio, que mueren al hacer su vida cotidiana, dejando desamparada a su prole, que se ve obligada a llevar su duelo en el olvido y desatención de las autoridades, y, muchas veces, también de la sociedad. Es una serie de entrevistas a huérfanos, que se quedan con su incompresible y profundo dolor, al perder todo en un instante; testimonios que estallan ante miradas que no quieren ver que las víctimas del narco también son niños, adultos, ancianos, mujeres, profesionistas, inocentes, que de repente se topan con un tiroteo o se encuentran con una bala perdida mientras lo único que quieren es vivir, trabajar y proteger a su familia, como cualquier persona, aunque en México eso signifique estar constantemente en el lugar equivocado en el momento equivocado.

IV. Conclusiones

En estos tiempos violentos, en los que hacer trabajo de campo académico es cada vez más peligroso, el trabajo de los corresponsales de las guerras necropolíticas ha sido fundamental para conocer, a nivel empírico y cotidiano, cómo operan las distintas fuerzas del necropoder mexicano para lucrar con la vida y la muerte de mujeres, niñas, niños y hombres. Esta revisión de la literatura periodística que narra las guerras necropolíticas evidencia cómo el periodismo es una labor tan peligrosa como necesaria (¿necesitada?) en nuestro país.

Referencia

Estévez, Ariadna (2018), Guerras necropolíticas y biopolítica de asilo en América del Norte, CISAN-UNAM, 200 pp. [ Links ]

1Esta discusión analítica ha sido publicada en Estévez, Ariadna (2018), Guerras necropolíticas y biopolítica de asilo en América del Norte, CISAN-UNAM, 200 pp.

2Mbembe sostiene que la biopolítica no es suficiente para entender cómo la vida se subordina al poder de la muerte en África. Afirma que la proliferación de armas y la existencia de mundos de la muerte —lugares donde la gente se encuentra tan marginada que en realidad viven como muertos vivientes— son un indicador de que existe una política de la muerte (necropolítica), en lugar de una política de la vida (biopolítica) como la entiende Foucault. Examina cómo el derecho soberano de matar se reformula en las sociedades donde el estado de excepción es permanente. Según Mlbembe, en un estado sistemático de emerggencia el poder se refiere y apela constantemente a la excepción y a una idea ficticia del enemigo Afirma que las operaciones militares y el derecho de matar no son ya prerrogativas exclusivas del Estado gubernamentalizado, y que el ejército regular no es ya el único medio para ejecutar el derecho de matar. Las milicias urbanas, los ejércitos privados y las policías de seguridad privada tienen también acceso a las técnicas y prácticas de muerte. La proliferación de entidades necroempoderadas, junto con el acceso generalizado a tecnologías sofisticadas de destrucción y las consecuencias de las políticas socioeconómicas neoliberales, hace que los campos de concentración, los guetos y las plantaciones se conviertan en aparatos disciplinarios innecesarios, porque son fácilmente sustituidos por la masacre, una tecnología necropolítica que puede ejecutarse en cualquier lugar en cualquier momento (Mbembe 2011).

3La filósofa tijuanense Sayak Valencia mexicaniza la necropolítica, y dice que en las sociedades hiperconsumistas los cuerpos se convierten en una mercancía, y su cuidado, conservación, libertad e integridad son productos relacionados (Valencia, 2010). Para ella, los cárteles ejercen un poder de opresión análogo al del Estado, y se han convertido en un Estado paralelo que reconfigura la biopolítica y utiliza técnicas que Valencia denomina "necroprácticas" —acciones radicales dirigidas a infringir dolor, sufrimiento y muerte—. Al igual que el Estado legítimo, su contraparte criminal pretende tener el control sobre el territorio, la seguridad y la población; es decir, de gobernar a través de la explotación de los recursos nacionales, la venta de seguridad privada, y las personas. Controlan los cuerpos de hombres y mujeres, haciéndolos mercancías de intercambio o consumidores de los bienes ofertados en el narcomercado (Valencia 2010).

Recibido: 31 de Julio de 2018; Aprobado: 15 de Agosto de 2018

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