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Revista de investigación clínica

versión impresa ISSN 0034-8376

Rev. invest. clín. v.59 n.1 México ene./feb. 2007

 

Artículo especial

 

Héctor Orozco–Zepeda

 

Patricio Santillán–Doherty*

 

* Departamento de Cirugía Experimental

 

Héctor Orozco Zepeda se retira como Director de Cirugía del INCMNSZ después de dos décadas. Su ejemplo debe ser motivo de inspiración no sólo institucional sino universal. El presente escrito se tomó de las palabras leídas en la presentación de la Conferencia Nominal del Congreso Nacional de la Asociación Mexicana de Gastroenterología. Noviembre, 2005.

 

Reimpresos:
Dr. Patricio Santillán–Doherty
Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición
Salvador Zubirán
Vasco de Quiroga No. 15, Tlalpan
14000, México, D.F.

 

Recibido el 28 de febrero de 2007.
Aceptado el 28 de febrero de 2007.

 

Arriesgo transgredir la advertencia cervantina cuando en el último capítulo del Quijote, el autor profiere amenazas a sus posibles plagiarios advirtiendo que sólo él supo escribir "...a pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero..." Sin embargo, me obliga más la amistad que el encargo por lo que tomo venia de ustedes y procedo, aun con "pluma grosera y mal deliñada", a hablar con todo el respeto y el honor de la ocasión sobre "las hazañas de mi valeroso caballero".

El encargo es de proporciones homéricas, ya que el personaje y sus hazañas son ampliamente conocidos por todos ustedes. En innumerables ocasiones se ha presentado ante ustedes defendiendo sus posturas ante el tratamiento quirúrgico de la hipertensión portal, entre otros temas. Y su defensa la realiza como siempre, de la manera en que sólo un héroe homérico lo puede hacer, y cito de la Ilíada:

"Y Héctor, haciendo gala de su brío,
exhibe terrorífica furia confiado en Zeus
y ya no respeta ni a hombres ni aun a dioses
pues una brutal rabia lo posee...".

La rabia de nuestro héroe proviene sólo de la ciencia; del conocimiento producto del análisis racional de la metodología científica y la experiencia vasta de una vida dedicada a la resolución de temas que no muchos hubieran escogido.

Pero si hemos de tomar a algún héroe homérico para hacer referencia a nuestro homenajeado, yo en lo personal me quedo con Ulises. Sin duda es el Odiseo griego quien con su humanidad manifestada a través de todo su ingenio, sabiduría, perseverancia, valor, entrega y pasión mejor describe a nuestro héroe tlahualil (término que habré de aclarar más adelante, baste decir por ahora que ellos, los tlahualiles, tuvieron en su momento que defender su propia Troya antes de aceptar el regalo ofrecido por otro caballo, el del Señor Santiago).

Héctor Orozco Zepeda es nuestro mítico Odiseo, nuestro héroe tlahualil a quien honramos en esta ocasión. El "Dr. Orozco", "Héctor", o simplemente "El Compadre" son para todos nosotros uno mismo; una trinidad que hace adivinar lo que pretendo resaltar el día de hoy: el cirujano, el maestro y el amigo. Son características que en una sola persona se manifiestan día a día ante los que tenemos el privilegio de entrelazar nuestra cotidianidad con la de él (Figura 1).

En nuestra moderna forma de vivir nos hemos dejado vencer ante la impaciencia de tener que recordar el pasado y vislumbramos apenas las posibilidades del futuro. Menospreciamos todo salvo los prospectos del presente. Para mí esta es la primera lección orozquiana; si algo ha mostrado Héctor ha sido su respeto por el pasado como factor primordial en las decisiones cotidianas del presente, pero con una clara mira hacia lo que se busca en el futuro. El futuro orozquiano no es de posibilidades, sino de proyectos con altas probabilidades de fructificar. El grupo de profesionales que colaboramos con él en la Dirección de Cirugía del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán somos prueba viva y esto no se dio por casualidad.

Héctor Orozco nació un 28 de julio de 1935 en las riberas del lago de Chápala en la Ciudad de Sahuayo, en el estado de Michoacán. Sahuayo existe desde antes de la Conquista y fue un bastión de la cultura nahua defendido enérgicamente contra la imposición española manteniendo un impasse militar hasta que las hostilidades fueron interrumpidas a petición de los conquistadores y con objeto de festejar al patrono de los mismos traído directamente de España. El Señor Santiago fue venerado en esas fiestas y se produjo un milagro similar al de la batalla del Clavijo cuando los moros ibéricos del siglo VII fueron derrotados y España adoptó un santo patrono; esto y factores menores como la escasez de agua y víveres, la flojera de seguir guerreando y, sobre todo, las enormes ganas de participar en la fiesta, hicieron que los oriundos sahuayenses depusieran las armas y aceptaran la conversión que se festeja aún hasta nuestros días. Los tlahualiles son aquellos antiguos oriundos sahuayenses que lucharon y posteriormente se convirtieron religiosamente. Me detengo un poco en esto, ya que Sahuayo, los tlahualiles y el Señor Santiago representan, para nuestro Héctor, el equivalente a ítaca, los aquíneos y Odiseo. Pasar por alto esto imposibilita entender a Héctor Orozco y, quien sabe, tal vez su respeto por la labor evangelizadora de Santiago explica de alguna manera la afición de Héctor por los viajes de índole académico (y por la fiesta–¡!).

A la manera de Odiseo, nuestro Héctor ha transitado su propio "camino de Santiago". Inicialmente marchó de Sahuayo para estudiar la secundaria y la preparatoria en la ciudad de Guadalajara. En 1962 se graduó en la Escuela de Medicina de la Universidad Autónoma de Guadalajara. Ese mismo año llegó a la Ciudad de México y fue admitido para realizar la Residencia en Medicina y Cirugía General en el entonces Hospital de Nutrición. Nombres de personajes como José Luis Bravo, Rafael Muñoz Kapellmann, Jorge Solís y Manuel Campuzano tuvieron una gran influencia en su preparación, cimentaron la incipiente visión de lo que él quería que fuera su futuro y son la prueba de la importancia que desde entonces Héctor daba al arrimarse a buen árbol reconociendo la máxima newtoniana de poder ver más lejos por estar parado sobre los hombros de gigantes.

En 1966 decidió ir a Norteamérica donde pasó cuatro años en la Universidad de Pennsylvania y el Jefferson Medical College de Filadelfia, instituciones ambas de una añeja tradición dentro de la genealogía médica estadounidense.

Su regreso a México no fue fácil. Como al Odiseo original, requirió aún de trabajos pendientes antes de reclamar su trono en la ítaca a la que aspiraba. Trabajó como cirujano de la Cruz Roja Mexicana y el Centro Médico Naval.

Pero su aspiración siempre fue regresar a "Nutrición", por lo que aceptó un puesto como cirujano inicialmente sin sueldo en 1972. Desde esa época manifestó su interés por la cirugía hepática, particularmente la cirugía para hipertensión portal y en 1973 fundó la hoy internacionalmente reconocida Clínica de Hipertensión Portal. En 1988 fue nombrado Director de Cirugía, puesto en donde se ha mantenido hasta la actualidad.

Su trabajo profesional lo ha desarrollado en el área de la cirugía gastrointestinal, específicamente en lo que hoy se conoce como cirugía hepatopancreatobiliar. Participó tanto en el primer trasplante auxiliar como en el primero ortotópico de hígado realizados en nuestro país en 1976 y 1985, respectivamente.

Sin embargo, el paciente con hemorragia de tubo digestivo secundario a várices esofágicas es sin duda uno de los retos más demandantes dentro de la medicina y Héctor Orozco ha logrado convertirse en sinónimo del tratamiento quirúrgico de la hipertensión portal. En el transcurso de sus 33 años como cirujano en "Nutrición" ha logrado reunir una experiencia de más de 1,000 pacientes operados solamente de este problema.

Ovidio, en su Metamorfosis XV, decía lo siguiente sobre Pitágoras, y cito "... se acercó con su mente a los dioses, y las cosas que la naturaleza negaba a la contemplación humana las extrajo con los ojos del espíritu. Y cuando había estudiado todas las cosas con su mente y vigilante preocupación, las entregaba a todos para que las aprendieran...". Si "hacer" ha sido una norma en la vida de Orozco, su preocupación le ha llevado a darle una importancia primordial a la transmisión de sus experiencias y conocimientos. Aquí es donde Héctor se transforma en maestro.

Su preocupación por transmitir conocimiento le ha llevado a hacerlo tanto de manera oral como escrita; y si no que lo digan sus incontables participaciones espontáneas en cuanto foro académico se encuentre, sus más de 260 presentaciones formales en congresos, sus 129 artículos publicados en revistas con control editorial, sus 73 capítulos en libros y sus dos libros publicados.

Además, a manera de un moderno Santiago evangelizador, ha viajado y viajado y viajado. Ha realizado viajes fundacionales como cuando estuvo con el Dr. Starzl en Colorado, o cuando se pasó meses con Warren en Atlanta, o cuando fue a Tokio a visitar a los profesores Inokuchi y Sugiura. También ha realizado viajes para asistir a congresos o cursos; 172 de ellos internacionales y 422 nacionales (una forma interesante de conocer el mundo).

Y su interés por el conocimiento le ha llevado también a preocuparse por el intercambio de ideas a través de la organización de casi medio centenar de cursos monográficos. Destaco sus 13 cursos internacionales sobre hígado, páncreas y vías biliares; curso muy solicitado por los asistentes y donde hasta los mismos profesores internacionales se pelean por ser incluidos en el programa gracias al alto nivel alcanzado. Las jornadas académicas organizadas en su tierra natal durante los últimos 25 años son ya un clásico y nos ha permitido adentrarnos en la cultura sahuayense a los que hemos tenido la fortuna de ser invitados.

Esto representa otra característica un tanto paradójica de nuestro homenajeado: la globalidad y el provincialismo. Sahuayo y el mundo parecen ser dos partes integrales de Héctor Orozco. Muchos nos hemos preguntado desde hace tiempo si dentro de su afán santiagueño por evangelizar, Héctor Orozco pretende llevar la globalización a Sahuayo o bien "sahuayizar" al mundo; las encuestas se inclinan por esta última versión.

El Dr. Orozco es reconocido como miembro de 38 asociaciones profesionales de la comunidad médica tanto en nuestro país como en Europa, Latinoamérica y Estados Unidos. Dentro de las sociedades nacionales sobresalen la Asociación Mexicana de Gastroenterología de donde fue Secretario, Vicepresidente y finalmente Presidente en 1988, teniendo actualmente el status de Socio Emérito. Pertenece además a la Asociación Mexicana de Hepatología (donde fue Presidente en 1999); a la Academia Nacional de Medicina de México, a la Academia Mexicana de Cirugía y tiene membresías honorarias en la Asociación Mexicana de Cirugía General y la Asociación Mexicana de Cirugía Experimental. Además tiene el nombramiento de Investigador Nacional Nivel II por parte del Sistema Nacional de Investigadores, nombramiento que se obtiene y se mantiene exclusivamente con base en méritos de investigación corroborados a través de la producción de publicaciones científicas de alto nivel.

Internacionalmente destaco su pertenencia a la Asociación Mundial de Cirugía Hepato–pancreato–biliar, a la Asociación Internacional para el Estudio del Hígado, la Sociedad de Cirugía del Tracto Alimentario y el Colegio Americano de Cirujanos. Sociedades en donde ha ocupado cargos y comisiones relevantes. Pero quiero detenerme un poco en su pertenencia en la American Surgical Association. Esta organización ya centenaria reúne, por invitación y estricta evaluación curricular, a los cirujanos académicos más importantes de los Estados Unidos. Nuestra comunidad médica debe sentir el orgullo de tener en Héctor Orozco al único mexicano aceptado hasta la fecha en dicha organización.

Otras distinciones sobran en esta historia: 184 de ellas entre premios a trabajos en congresos, reconocimientos nacionales e internacionales tanto de sociedades médicas como civiles.

Un reconocimiento poco habitual y que no se contabiliza en su curriculum es el haber aparecido él mismo en la portada de octubre del 2001 de Archives of Surgery como uno de los cirujanos activos más prominentes en el mundo. Este hecho repercutió posteriormente con la aparición de la fotografía del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán en la portada del número de septiembre del 2003, como una institución líder a nivel internacional. William Osier escribiría que "... la gran república de la medicina no ha conocido ni conoce fronteras nacionales; la profesión es en verdad una especie de cofradía, los miembros de la cual toman su llamado en cualquier parte del mundo hermanados por su lenguaje y sus métodos, y cuyas metas y formas son idénticas". Debemos a Héctor Orozco el poder sentirnos parte real de esa cofradía internacional.

El método socrático reconocía la verdadera enseñanza como aquella que se lleva a la práctica mediante el ejemplo. Es, literalmente, ejemplar. Héctor Orozco enseña operando; pero también enseña con sus intervenciones en las sesiones, los congresos y demás reuniones médicas y hasta no médicas (la "bohemia" es un aspecto de él que por ahora baste decir que existe, pero que deberá ser explorado en otras circunstancias).

Buena parte de Sócrates, a través de Platón, se encuentra puesto en mitos, como el de "la caverna"; una forma de enseñar que acerca el conocimiento al hombre común. Otro que utilizó un sistema similar fue el Gran Maestro de Galilea a través de sus parábolas como la del "grano de mostaza" o la del "hijo pródigo". Para mí son análogos a la sabiduría orozquiana cuando en vez de citar el último journal se limita a replicar con un simple "... como dicen en mi pueblo..."; o resumir el análisis de riesgo beneficio de una operación con el argumento "el que se quema con leche, hasta al jocoque le sopla...", o de las no pocas veces en que, al estar operando un caso difícil, y entre gritos de "¡jálale, con un carajo!", advierte al equipo quirúrgico que el caso tendrá que ser resuelto "a la manera de Sahuayo, ...¡A punta de fregadazos!". O bien cuando al cuestionar a Orozco sobre las razones a tolerar alguna arbitrariedad o traición por parte de algún conocido se limitaba a hacernos reflexionar con su "... mira compadre, si a Jesús, siendo Hijo de Dios, se le metió un hijo de la chingada... pues, ¿qué quieres que yo haga?"

Dicen que el liderazgo es como la belleza, difícil de describir y, sin embargo, uno lo reconoce de inmediato cuando lo ve. Marco Aurelio recomendaba: "Debéis ser como un promontorio en el mar contra el cual las olas baten continuamente y aún así se mantiene erguido y en su derredor el henchido oleaje se calma y apacigua". El líder, como el promontorio, no se desmorona ante el embate de las desavenencias o las dificultades de la vida y mucho menos ante las alabanzas y el dulce canto de las sirenas. El líder utiliza la credibilidad que tiene para inspirar a otros a dar su mejor paso porque quieren ser parte de algo más grande que ellos mismos. Pero cuando el líder va más allá de la estimulante inspiración se convierte en Mentor; como el consejero de Odiseo.

La relación que se da entre el mentor y su discípulo es algo que, como comunidad médica debemos rescatar aún a riesgo de caer en la incorrección política y recibir acusaciones de favoritismo o de abierto nepotismo. Si bien la visión clásica le tiene como consejero o consultante, no es infrecuente que el mentor aparezca como agente promotor, entrenador, administrador o coadyuvante en el desarrollo del joven especialista. Finalmente se le mira como lo que es: un maestro líder que ofrece algo más en la relación profesional, la amistad.

No tengo empacho en proponer a Héctor Orozco como mentor de muchos. Miguel Ángel Mercado, Rubén Cortés, Josefina Alberú, Miguel Herrera, Carlos Chan, Takeshi Takahashi, Heriberto Medina, Quintín González, Juan Pablo Pantojay muchos otros, que el espacio y el tiempo me impiden anotar, hemos recibido el beneficio de nuestra relación con el Compadre Orozco.

El tiempo y la paciencia de ustedes me reclaman concluir. Pero antes, dos consideraciones más que por su importancia no pueden ser evitadas. La primera que merece especial mención tiene que ver con una de las razones por las que se otorga este merecido honor y que se entrelaza con mis consideraciones sobre el magisterio y el discipulazgo. En su forma más pura, esta relación se mantiene siempre alejada de poder ser corrompida y deviene en una amistad que trasciende esta pequeña ceremonia de hoy. Es imposible pensar en Aquiles sin recordar a Patroclo, o entender a un Sócrates sin remitirnos a Platón, ni evocar al Quijote sin su eterno acompañante. Y es el mismo Alonso Quijano quien, ya recobrada su lucidez, solicita en su testamento para Sancho, y cito "... si como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece...". Muchos nos hemos beneficiado como discípulos de Orozco pero sin duda, como en el Banquete socrático y aun en la Ultima Cena, siempre existe aquel que es favorito porque "... la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece". Miguel Ángel Mercado merece el privilegio de su cercanía con Héctor Orozco; es imposible hablar de uno sin que aparezca por lo menos mentalmente la imagen del otro. A ambos les agradezco el privilegio de su amistad.

Dice la versión clásica que detrás de cada gran hombre existe una gran mujer; "pero sorprendida" diría la irónica versión actual. Cada poeta tiene su musa que le inspira y le mueve a lograr grandezas que de otra forma no conquistaría. Dante tenía a su Beatriz, Leonardo a la Monalisa y Penélope destejía la labor diaria en espera de Odiseo.

Héctor tiene en Silvia la compañera a la que debe la mitad de lo que es; la otra mitad pertenece a Adrián, Paulo y Julián, sus hijos. La familia ha sido descrita como el "territorio sagrado", el "núcleo de la civilización", la "obra maestra de la naturaleza"; el ejemplo de la familia es otra enseñanza más y Héctor representa lo que Lao Tze nos dice en su Canon de la Razón y la Virtud, y cito:

"En tu morada, vivir cerca del suelo.
En tu pensar, mantener lo simple.
En el conflicto, ser justo y generoso.
En gobernar, no tratar de controlar.
En trabajar, hacer lo que disfrutas.
En la vida familiar, estar completamente presente."

Mucho se ha dicho, pero se ha dicho con la sinceridad y el cariño que sólo el respeto magisterial puede generar. Héctor Orozco forma parte de un linaje donde se valora dicho respeto. Otro gran maestro nuestro, Manuel Campuzano, en su momento solicitó permiso público a Salvador Zubirán para "hablarle de tú", argumentando que es precisamente la primera persona la que utilizamos cuando hablamos con el Maestro Supremo. No pretendo aprovechar la ocasión para lo mismo, sin embargo, me apoyo en esa historia para hacer una última aclaración. Si algún reclamo pudiéramos forzadamente buscar en esta presentación sería uno solo que amerita expresarse en primera persona: "Héctor, ¡pusiste el nivel muy alto!". Pero es un reclamo que, como discípulos y aun como sociedad debemos saber agradecer. En una época en que nuestro escepticismo se ve continuamente alimentado por la promoción de personalidades de alfarería que se resquebrajan bajo la más mínima revisión, aplaudo la solidez de nuestro héroe homérico–tlahualil como cirujano, como académico, como maestro y como amigo. En otras palabras, y parafraseando a ese otro gran maestro Don Paco Esquivel, como HOMBRE "propiamente dicho".

Esto completa lo que pretendo transmitir a ustedes de Héctor Orozco. Es un verdadero hombre de "Nutrición"; paradigma de los valores de investigación, servicio, docencia, asistencia y tradición que nuestra institución promueve. Ahora sí es obligado concluir y a falta de palabras mejores tomo las de Montaigne para resumir lo que Héctor Orozco evoca en mí y, quién sabe, tal vez también en muchos más:

"Estoy de acuerdo con la noble inscripción con la que honraron los atenienses la llegada de Pompeyo a su ciudad: 'Tanto más dios eres, cuanto más hombre te reconoces'. ... Las vidas más hermosas son, a mi parecer, aquellas que siguen el modelo común y humano, con orden, mas sin prodigio ni extravagancia... Recomendémoselas a ese dios, protector de la salud y de la sabiduría, más alegre y sociable: 'Permíteme, ¡Oh, Apolo! gozar de lo que tengo, conservar, te lo ruego, mi salud y mi cabeza, y que pueda en una digna vejez tocar aún la lira'."