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Gaceta médica de México

versión impresa ISSN 0016-3813

Gac. Méd. Méx vol.140 no.1 México ene./feb. 2004

 

Simposio

 

II. La vocación científica: compromisos con el cambio permanente y la educación continua

 

II. The Scientific Vocation: Commitment to Permanent Change and Continuing Education

 

Roberto Kretschmer*

 

* Unidad de Investigación Médica en Inmunología, Hospital de Pediatría, CMN S.XXI, IMSS México, D.F.

 

¡Por qué Departamentos de Investigación en una escuela de medicina ?

Yo no concibo una facultad o una escuela de medicina –que merezca ese nombre, desde luego– sin investigación científica. La Facultad de Medicina de la UNAM ha mantenido su continuidad creativa en este capítulo y hoy alberga más de 250 proyectos de investigación, con un saludable financiamiento intra y extramural. En una escuela de medicina, la investigación es imprescindible no sólo por sus logros per se, sino porque es la sembradora del espíritu de duda. Es un templo del sano escepticismo que caracteriza, o debiera caracterizar, a un recinto universitario. A la Universidad no se acude a abrevar certezas confortables, sino dudas, a veces incómodas, pero siempre necesarias y estimulantes. Decía Arturo Rosenblueth que: "...en mi laboratorio... la razón siempre la tiene...¡el gato!". Los laboratorios de investigación en una escuela de medicina son además la veta de donde provendrán los futuros investigadores biomédicos profesionales. Éstos emergen en un ámbito tutorial, casi como aprendices de un oficio medieval. Citando a Lwoff: "...su primer deber es encontrar un buen maestro y luego un buen campo de interés". Además, del roce con la investigación saldrán los híbridos, aquellos médicos que seguirán con un pie en la medicina clínica y otro en la investigación, en recíproca y continua fertilización. Finalmente, por sus aulas pasarán los muchos –ojalá todos– devotos del método científico, que aunque no practiquen la investigación como tal, cual Tercera Orden Franciscana mantendrán el espíritu de rigurosidad científica en sus quehaceres médicos cotidianos, espíritu reactivado mediante planes de educación continua. Así se espera al menos.

Lo anterior parecería obvio e inevitable. Sin embargo, ya proliferan escuelas de medicina que carecen de este recurso intelectual, a pesar de que podrían tenerlo, pues la investigación no es monopolio de nadie, y recursos para implantarlo no les faltan. Escuelas de medicina sin el recurso de investigación producen médicos menos críticos y más maleables, claramente bienvenidos en los nuevos territorios laborales del trabajo médico.

 

¡ Por qué investigar?

Joshua Lederberg (premio Nobel 1958), señala que la investigación nace con aquel cavernícola que hace aproximadamente 100,000 años –días más, días menos–tomó displicentemente una piedra a su alcance para cazar –y luego comérselo crudo– algún incauto conejo, en lugar de perseguirlo. Su compañero trató de advertirle con un rotundo "¡NO lo hagas... o llegaremos directa e inexorablemente a la bomba atómica!". A todas vistas nuestro ilustre antepasado no aceptó el sabio consejo. Lanzó certeramente la piedra, y aquí estamos, comprometidos con la ciencia, y con su resultante y relumbrante progreso. Somos la única especie animal que lleva una vida contra natura, y causamos así permanentes e incesantes cambios en la naturaleza; no pocos de ellos en el campo de la salud. Ocupamos recursos y un espacio vital mil veces mayores que lo que como especie nos tocaría. Curiosamente sólo dos criaturas amenazan depredadoramente la posición prominente del hombre sobre la tierra: el hombre mismo con sus guerras y genocidios y ... los (¡humildes?) microbios. En medio de ellos ...nadie (excepto hormigas gigantes, abejas y pájaros en películas de Hollywood) con la novedad de que ahora hombres y microbios han establecido una curiosa alianza: una bomba de ántrax (o de virus de la viruela para tal caso) costaría una millonésima parte de lo que valdría una bomba atómica para destruir–con vientos favorables– una gran urbe como Nueva York. Con razón los terroristas andan de plácemes. Que ironía que las enfermedades infecciosas que ya creíamos vencidas –y el cirujano general de los Estados Unidos así lo pregonaba –ahora vuelvan con su potencial para convertirse en el patíbulo de la humanidad. Por todo eso– sigue Lederberg –no hay que bajarla guardia. Hay que investigar para arrastrar los cambios imprevistos, así como aquellos provocados con dolo o por imprudencia. Detenerse en la ciencia... es retroceder, como lo reitera el rector de la UNAM, doctor Juan Ramón de la Fuente, en estos tiempos de crítica austeridad.

 

¡ Por qué investigar nosotros, los pobres ?

¡Que lo hagan los ricos!. Que de por sí frecuentemente dicen que ellos son los únicos que lo hacen bien. Al respecto conviene recordar las palabras de lgnacio Chávez tan vigentes en 1 924 como ahora:

"No tenemos derecho a pedir que nos conozcan si nada producimos. Mientras sigamos siendo un reflejo de las escuelas extranjeras, mientras nos concretemos a seguir y no siempre de cerca el movimiento científico mundial, mientras nuestros autores no sean leídos y discutidos en el extranjero, este país nuestro no existirá nunca en el mundo de los sabios".

Conceptos proféticos, ahora más urgentes que nunca. México es el segundo productor de ciencia en América Latina, después de Brasil. En calidad citable, México quizás hasta ocupe el primer lugar. El 50% de la producción científica nacional viene del campo biomédico, siendo éste además un segmento del muy eficaz quehacer científico, pues apenas si consume 5% de los recursos asignados a la ciencia. Pero, si no transcurrimos de un 0.4% del PIB que se gasta en ciencia hacia un sólido 1 %, o más ...¡no la haremos!. Y no debemos olvidar que a corto, a mediano y a largo plazo todas las formas de investigación tienen algo de prioritarias.

 

¡Y el resto de la soledad, que piensa de la Investigación?

Para la Epifanía del año 2000 los Reyes Magos nos trajeron con el New England Journal of Medicine –firmado por el editor– lista de los logros más sobresalientes que hicieron posibles el progreso médico de los últimos mil años. Lo más importante de este excelente artículo –que no va a ser del agrado de los cirujanos– es que nada nos cayó del cielo. Fue resultado de investigación, lenta y laboriosa unas veces, espectacular y serendípica otras. El inicio de este período milenario coincide además con la inclusión –aristotélica– de la medicina en el ámbito universitario de Occidente. Por cierto que judíos y musulmanes, sin los que el Occidente es impensable, ya la habían incorporado a sus yeshivas y a sus medresas. Es decir, el ámbito del estudio y reflexión, salvándola–en lo posible– de la magia. La medicina científica moderna propiamente dicha no tiene más de 500 años de antigüedad, y es hija del Renacimiento. Desfilan ante nosotros los Vesalio, Harvey, Schleiden, Schwann, Virchow, Pasteur, Warburg, etc., conjuradores del substrato anatómico–fisiológico–bioquímico de la vida; Fibonacci, Fermat y Gauss etc., aportan la saludable tiranía del número a la ciencia médica, siendo Lind en 1747 quien hiciera un primer análisis estadístico de sus observaciones (marineros con escorbuto); Spalanzzani, Pasteur, Koch, etc., como pilares de lo que habría de ser el espléndido siglo XIX–XX de la microbiología; mientras que en Jenner, Pasteur, von Behring, Kitasato, etc., devienen los pioneros de la inmunología, y Ehrlich, Fleming, Domagk, Chain, Florey, Waksman, etc., de los antibióticos. La anestesia de Long (1842, y no Morton en Boston) es ya un descubrimiento netamente americano. La genética con Mendel y luego Franklin, Watson y Crick, culminará con el ADN y ahora el apabullante genoma humano, que con su hipertecnología en busca de humanismo, trae aturdidos a todos, y con la fármaco–genética meterá en orden al campo de los medicamentos y sus respuestas a veces erráticas. El lector de este escrito no debe dejar de leer las sabrosas cartas a la redacción que siguieron a este artículo: airados reclamos por exclusiones, correcciones cronológicas interesantes, sesudos comentarios, etc. Quien leyera este artículo creería que la sociedad debe tener a los investigadores biomédicos como santos seculares. ¡Pues no! Al lúcido optimismo de Condorcet (1794) vaticinando un ilimitado progreso de la ciencia para mejorar nuestra calidad de vida –y lo ha hecho– se contrapone ahora, y preocupantemente, una creciente desconfianza en la ciencia y en la razón mismas, así como un curioso aumento en la devoción por la magia y la esoteria. ¡Será que las expectativas largamente esperadas, pero no cumplidas, sumadas al obsceno uso de la ciencia con fines nefastos (tecnología de guerra –para decirlo eufemísticamente– y el deterioro del ambiente, etc.) han hecho que la larga (¡o corta?) luna de miel de la ciencia con la humanidad se esté tornando en amargado matrimonio, con amenaza de divorcio? Los investigadores mismos han contribuido a este escenario permitiendo que la pasión por la ciencia y la estética helénica de la misma, cedan el terreno al utilitarismo, al celo administrativo, a la competencia cuantitativa, a las fuerzas del mercado y a una crasa eficiencia. Demasiada lectura de Popper y de Kuhn –excelentes en si mismos, aunque de suyo escépticos– han desplazado a la seductora lectura de los Polanyi, Schródinger, Dirac, Perutz, Gould, Medawar, Pérez–Tamayo, etc., con su toque humanista y optimista. Habrá que volver a ellos, o atenerse a las consecuencias. Los investigadores, individuos supuestamente muy inteligentes –dicen que los más inteligentes de una comunidad, ciertamente los de más prolongada preparación– se han dejado imponer una sofocante burocracia y formas de evaluación curiosamente cuantitativas e irritantemente repetitivas, de algo que es quinta esencialmente cualitativo. Sin negar el gran logro del Sistema Nacional de Investigadores (SIN) salvando del desastre económico a la ciencia mexicana y a sus investigadores en 1 982, ahora cada dos años condiciona bonos salariales– que debieran ser salario con efectos sobre la jubilación– so pretexto de depurar a los probablemente pocos morosos y simuladores, en una comunidad que comienza a tomar forma. El vergonzoso pastiche en que se ha convertido el ingreso de un investigador en nuestro país debiera desaparecer y dar lugar a un salario consolidado, decoroso y creciente. El SNI perdería–por fortuna–su razón de ser, y después de un merecido homenaje, se autoinmolaria, lo cual no dejaría de ser un bienvenido ahorro burocrático.

 

¡Y para colmo apenas sí estamos saliendo del aturdimiento!

Cuando el CONACYT ya parecía haber alcanzado una relación funcional con la joven comunidad científica mexicana, ahora nos sorprende con la decisión de financiar menos, mucho menos del 50% de los proyectos de investigación sometidos a evaluación en 2001 (ciertamente no menos buenos que los de años anteriores), muchos de ellos de investigadores jóvenes en el difícil proceso de establecerse. Esto, mientras insiste –no encuentro otra palabra–en llegar a 22,000 investigadores científicos (¡en el SNI!) para el año 2006. Peligra además la urgente necesidad de establecer la genética molecular (medicina genómica) en México. Visionaria y oportunamente, México envió hace dos décadas para su entrenamiento en el extranjero a la primera generación de biólogos moleculares. El sello que impusieron a la investigación biomédica a su regreso es por todos reconocido. El momento de entonces, semeja al de la genética molecular de hoy. Dejar pasar la ocasión, provocará un retraso quizás irreparable, y desde luego una agregada sumisión tecnológica en el futuro. Ciertamente, si 50% de los 60 billones de dólares que gasta el mundo entero en investigación científica proviene de fuentes privadas, México tiene mucho que cambiar en ese aspecto, pues aquí menos de 20% viene del sector privado. Pero la ciencia no puede detenerse mientras esto se arregla, so pena de rezagarse irreparablemente y de paso desilusionar a los jóvenes idealistas que se quieren dedicar a esa rama del quehacer humano. Afortunadamente, al escribir estas líneas parece haber un cambio de rumbo en esta preocupante situación, y por lo pronto el CONACYT ya amplió el número de proyectos financiados. La comunidad científica respira.

 

¡Y la obsesión con el mercado?

Ciertamente1 para comerciar (por ejemplo, hacer dinero) con zapatos, telas, automóviles, alimentos, energía,... cosas, conviene una cierta obsesión con el mercado. Pero la educación, la cultura, la ciencia y la salud de un país merecen un trato muy especial y delicado, por encima de las implacables fuerzas del mercado. Eso debe vigilarlo el Estado. Al respecto recuerdo el cuento de aquel presidente de una gran empresa moderna (industria, seguros, servicios, etc.) que le obsequia a uno de sus jóvenes y flamantes administradores (seguramente poseedor de una maestría en BA de Stanford, o de por allá) un boleto para escuchar una interpretación de la Sinfonía No. 8, D–759, la Inconclusa, de Franz Schubert; y le pide que le reporte sus impresiones. El joven asiste obedientemente (con su esposa) y al día siguiente, orgulloso le señala a su jefe que:

¡...por mucho tiempo los oboes ni tocaron! (por ejemplo, demasiados picos de inactividad); todos los 12 violines tocaban incesantemente la misma nota... idéntica! (por ejemplo, duplicación (multiplicación) innecesaria del personal. Sería recomendable reducirlo y pensar en un amplificador).

¡...se invierte demasiado esfuerzo para tocar todas esas notitas de 1/16, cuando con notas de 1/8 bastaría y sobraría. Además las podrían tocar para profesionales (vestidos de smoking) que cobran menos (por ejemplo, recorte de personal) y emplear fuentes laborales alternativas más económicas.

¡...Los cornos repetían y repetían un determinado pasaje ya tocado competentemente por las cuerdas (.. eliminar esto y pasajes similares podría reducir la de por si larga sinfonía a –digamos– 25 minutos) (Nota: el joven no se percató, pero...¡... eso es lo que dura la Sinfonía Inconclusa!) (por ejemplo, contención de costos.)

Además ... si el autor no logró presentar su caso convincentemente en un movimiento,. ..¡ahi debería de haber parado! (por ejemplo, fútil perseverancia en un proyecto inviable)

...en vista de todo esto, el Sr. Schubert,... o como se llame el prestador de sonidos..., de haber prestado más atención a estos detalles, con suerte y hasta hubiera terminado su sinfonía.

¡Ojalá que en la investigación biomédica no vayamos por ese camino. No debemos pasar de profesión a oficio.

 

Referencias

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