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Crítica (México, D.F.)

versión impresa ISSN 0011-1503

Crítica (Méx., D.F.) vol.51 no.151 México abr. 2019  Epub 15-Abr-2020

https://doi.org/10.22201/iifs.18704905e.2019.05 

Notas bibliográficas

S. García Dauder y E. Pérez Sedeño, Las “mentiras” científicas sobre las mujeres

José Antonio Díez Calzada1 

Núria Sara Miras Boronat2 

1Universitat de Barcelona, Facultat de Filosofia, jose.diez@ub.edu

2Universitat de Barcelona, Facultat de Filosofia, nsmiras@ub.edu

García Dauder, S.; Pérez Sedeño, E. Las “mentiras” científicas sobre las mujeres. Los Libros de la Catarata, Madrid: 2017. 256p.


La relación entre mujeres y ciencia ha sido siempre conflictiva. Ahora que cada febrero celebramos un Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, aparece frecuentemente en los medios de comunicación la pregunta de por qué la vocación científica se despierta en tan pocas mujeres. Y aquí es donde puede verse que el debate gira alrededor de los múltiples prejuicios sobre las mujeres, sus capacidades y sus preferencias. Un ejemplo es Lawrence ex rector de la Universidad de Harvard, citado en este libro, quien en una conferencia en 2005 manifestó “que si las mujeres no lograban llegar a lo más alto en matemáticas, ciencias e ingenierías se debía a una incapacidad innata en ellas” (pp. 19-20). Se pone aquí negro sobre blanco una creencia popular arraigada y que no tiene sustento en ninguna evidencia. Nace de la misoginia, cuya historia es muy antigua. Uno de los primeros cuestionamientos que se hizo a la generalizada aversión a las mujeres se encuentra en la obra de Christine de Pizan, La ciudad de las damas, escrita en 1405. En dicho texto Pizan lamenta que las obras de filósofos, poetas, clérigos están plagadas de misoginia. Todas, sin excepción. ¿Cómo van a ser escuchadas las mujeres si se las considera incapaces de tener intelecto o virtud? Siglos más tarde, su presencia en la ciencia, como objeto de estudio o sujeto cognoscente, nos sigue pareciendo una anécdota o una anomalía. Filósofas de la ciencia como Sandra Harding, Evelyn Fox Keller, Eulalia Pérez Sedeño, unx de lxs autorxs de este libro, y muchxs otrxs, llevan décadas alertando sobre el hecho de que las mujeres no reciben atención por parte de la ciencia. ¿Ha oído hablar de ellas el público general? Seguramente no. En la actualidad el feminismo es mainstream y se venden camisetas con lemas en los establecimientos de Inditex. Lo cierto es que, para la mayoría no especializada, predomina la creencia de que hay poquísimas mujeres que se interesan por la ciencia y aun menos que llegan a tener éxito. Y es probable que, aun habiendo realizado contribuciones significativas al avance del conocimiento humano, sus logros sigan siendo invisibilizados o relativizados. Las mujeres jóvenes cuentan con pocos modelos, referentes de mujeres científicas en las que servirse de espejo. Así, el libro de García Dauder y Pérez Sedeño no era sólo una necesidad: era una urgencia. Vayamos por partes.

¿Existe una justificación científica que explique por qué hay pocas mujeres que se dediquen a las ciencias? Para aquellxs interesados, García Dauder y Pérez Sedeño nos dan una respuesta rotunda aludiendo los últimos estudios en ciencia cognitiva: no, no existe un cerebro femenino menos apto para el razonamiento científico en los infantes porque todos adquieren por igual las capacidades motrices y matemáticas básicas; no, tampoco se trata de que a los chicos les interese más la mecánica y a las chicas las muñecas; no, los estudios de PISA tampoco demuestran diferencias significativas en los exámenes de aptitudes (de hecho, sólo es significativa la diversa puntuación en comprensión lectora, donde las adolescentes obtienen mejores Con una demoledora comparación entre estudios estadísticos (pp. 37-61), no sólo numérica, sino también de diseño experimental, lxs autorxs llegan a la conclusión lógica de que las diferencias se deben principalmente a los patrones de socialización de lxs chicxs y a la “mochila de género” que empiezan a cargar desde muy temprana edad.

La creencia popular, cercana a cierta versión del positivismo, da por hecho casi acríticamente dos premisas sobre el estatus de la ciencia: en la ciencia todo trata sobre “hechos brutos” y la verdad, la razón es independiente de factores contextuales; asimismo para progresar en la ciencia sólo hace falta talento, esfuerzo y un poco de “suerte” de que la naturaleza “responda”. Llamemos a la primera, la presunción de la neutralidad valorativa de la ciencia y, a la segunda, la presunción de que el sistema de acceso a la élite científica es meritocrático, ambas tesis se abordan en esta obra. Sería útil, de todas formas, preguntarnos a qué desarrollo histórico y social responde nuestra manera de entender lo que es “buena ciencia” y si la ciencia que se está haciendo es capaz de satisfacer las demandas que ésta misma proyecta. En este libro se ofrecen una serie de valiosos ejemplos de cómo cuando creemos haber cerrado la puerta a los valores en ciencia, éstos saben colarse por la ventana. Y casi siempre dan el mismo resultado: cuando las cuestiones valorativas se han mezclado con la ciencia, ha sido en detrimento de las mujeres, de otras minorías marginalizadas (puesto que el feminismo que se defiende aquí es interseccional) y, seguramente, en perjuicio de la ciencia y de la verdad.

Lxs autorxs no tienen más que apelar al sentido común y al significado del término “mentira” en el diccionario para explicar por qué hay mentiras en la ciencia en lo concerniente a las mujeres. La “mentira” implica tanto una intención clara de decir lo contrario de la verdad, como persistir en una falsedad, aun sin intención. Se proporciona una gran cantidad de evidencias de estas acepciones, pero también otros ejemplos más interesantes de producción de errores y sesgos metodológicos.

Las “mentiras” científicas sobre las mujeres es un relato minucioso y muy bien documentado de los diferentes aspectos en los que la práctica científica, incluida su historiografía, ha mentido, manipulado e ignorado a las mujeres como objeto y como sujeto de estudio. Es un libro que deja a la lectora apabullada y anonadada debido a la diversidad de maneras en las que las mujeres han sido mal tratadas tanto en la investigación científica como en la historia de la ciencia, con injustas y muy graves consecuencias en ambos casos.

La obra se divide en cinco capítulos. En el capítulo 1, “Falsedades científicas”, se presentan las principales falsedades que desde el darwinismo, neodarwinismo, la etología y la psicología evolutivas y la sociobiología se han construido sobre las diferencias de constitución, personalidad y carácter entre hombres y mujeres, especialmente las relativas a la supuesta inferioridad de éstas en la mayoría de las tareas, incluida su supuesta menor eficiencia en las aptitudes matemáticas y de inteligencia abstracta.

El capítulo 2, “Los silencios y las invisibilizaciones de las mujeres en la ciencia”, se ocupa de la invisibilización de las mujeres en la práctica científica en un doble aspecto. En primer lugar, la ausencia o desaparición de la mujer como objeto de estudio en gran parte de la investigación evolutiva y en las ciencias biomédicas, donde la focalización de la investigación en sintomatología, origen y tratamiento de muchas enfermedades se realiza exclusivamente en la población masculina, lo que ha implicado gravísimas consecuencias para la salud de las mujeres; en este aspecto, los datos que se dan sobre la investigación y el tratamiento en enfermedades cardiovasculares, o en el VIH/sida son escalofriantes (p. 99). Y en segundo lugar, la invisibilización de la mujer como sujeto de la práctica científica (pp. 69 y ss.). Se muestran numerosos y vergonzosos casos en los que la obra de las científicas y la autoría de sus contribuciones no sólo es ignorada, sino que se le atribuye al macho científicamente dominante más cercano.

El capítulo 3, “Los secretos o lo que la ciencia oculta sobre las mujeres”, trata principalmente de lo que la ciencia ha ocultado, ignorado o tergiversado sobre diversos aspectos relacionados con la sexualidad femenina, trayendo consigo graves riesgos tanto fisiológicos como psicológicos: la fijación de la sexualidad en la mujer en su función exclusivamente reproductora, ignorando directamente órganos y funciones como la próstata o la eyaculación femeninas que, curiosamente, sí se mencionan en textos antiguos occidentales y orientales (p. 107); los tratamientos y terapias tanto de fecundidad como anticonceptivas; o las terapias preventivas sobre algunas enfermedades de transmisión sexual, como la vacuna contra el papiloma humano. El capítulo 4, “Invenciones científicas sobre las mujeres”, continúa refiriéndose a la sexualidad femenina desde una perspectiva más psico-social, enfatiza el uso de la ciencia para la construcción social y el aprovechamiento farmacéutico de supuestas enfermedades o “disfunciones” psico-sexuales femeninas, desde el “síndrome” premenstrual, hasta la supuesta disfunción sexual femenina, pasando por las “desviaciones” en la orientación sexual. En todos estos casos, o bien se construyen disfunciones inexistentes, o bien se medicalizan y (disculpas por el neologismo) “farmacolizan” estados que, como la supuesta frigidez (p. 177), en la medida que sean disfuncionales, en la mayoría de los casos sus causas no son fisiológicas, sino de construcción social del papel femenino en las relaciones sexuales.

La obra concluye, a modo de epílogo abierto, con unas consideraciones finales donde se discuten brevemente las consecuencias que para la imagen tradicional de la ciencia tienen los datos presentados en los capítulos anteriores, y especialmente los rasgos de neutralidad axiológica, autonomía e imparcialidad que dicha imagen atribuye a la práctica científica y que a la luz de la evidencia aquí presentada deben cuando menos revisarse.

Es imposible hacer justicia aquí a la cantidad, variedad y calidad de los estudios y datos que esta obra presenta en cada uno de los aspectos mencionados: es, literalmente, abrumadora. Literalmente, pues abruma e indigna la cantidad de casos en los que la comunidad académica y científica y la historiografía de la ciencia han usado el ocultamiento, la mentira y toda una variedad de formas de distorsión y manipulación para invisibilizar los trabajos y resultados de las mujeres en la ciencia, principalmente por el macho dominante de su entorno académico. Produce estupor, el cual se agrava en los casos en los que el macho laboral y el macho doméstico coinciden, y es él quien recibe los laureles históricos de descubrimientos realizados por su amante esposa en una práctica de la que rarísimas excepciones, como Marie Curie, sólo confirman la implacable regla. Cómo abruman e indignan las referencias a los estudios comparados sobre las capacidades psicológicas de hombres y de mujeres que, con pruebas supuestamente científicas, concluyen indefectiblemente lo que se quiere demostrar, esto es, la inferioridad cognitiva o la debilidad caractereológica que las mujeres tienen para desarrollar las tareas socialmente mejor consideradas, como la investigación científica o el desempeño de cargos ejecutivos políticos o empresariales. Y cómo abruman y producen estupor la gran cantidad de casos mencionados en los que la exclusión sistemática durante décadas de las mujeres de los ensayos clínicos de ciertas enfermedades en los que se asume sin prueba alguna que tanto la sintomatología de la enfermedad como los posibles efectos, tanto beneficiosos como secundarios, del medicamento en experimentación eran idénticos y, por lo tanto, inmediatamente extrapolables de varones a mujeres, causando durante décadas miles de muertes o, mejor dicho, muertas, cada año. Como es el caso de las enfermedades cardiovasculares, que durante décadas se ha estandarizado como sintomatología estadísticamente más relevante el conocido dolor de brazo izquierdo y pectoral, que es, aunque no el único, el síntoma mayoritario de eventos cardiovasculares agudos en los varones; mientras que es mucho menos frecuente, y no mayoritario, entre las mujeres, quienes como consecuencia han sufrido por décadas errores de diagnóstico lo que ha causado una mortandad mayor en una población con un número menor de eventos de la misma enfermedad. Un sesgo masculino en la investigación que va incluso más allá de las ciencias biomédicas y alcanza a la etología, como el conocido caso de la primatología donde, hasta la llegada de las mujeres a la investigación de campo, se ignoraban sistemáticamente hechos “objetivos” de la conducta de los primates hembra al pasar desapercibidos por los investigadores humanos varones, un fenómeno que se repite en episodios menos conocidos, pero igualmente relevantes de la antropología o la etnología.

El análisis sistemático de estos sesgos de género es el objeto de estudio del último capítulo de esta obra, “Sesgos de género en la práctica científica e investigadora”, especialmente, pero no únicamente, en las disciplinas donde la investigación está consciente o inconscientemente marcada por intereses de género, como las ciencias de la salud, o por “disposiciones” de género, como en las socioantropológicas. Estos sesgos consisten principalmente en: ignorar diferencias relevantes o magnificar diferencias irrelevantes; priorizar los problemas a investigar por intereses de género; priorizar, en el problema a investigar, ciertos fenómenos o aspectos del problema y ciertos datos disponibles en la descripción de los fenómenos; sesgos en las hipótesis y la definición de variables; sesgos en el diseño experimental tanto en el protocolo como en la selección de la muestra; sesgos en la recolección y análisis del resultado experimental; y sesgos en la interpretación de los resultados y su publicación. Al lector que se muestre escéptico sobre la presencia de estos sesgos en la sacrosanta y neutral investigación científica lo invitamos a que se acerque sin prejuicios a esta obra y a las decenas de ejemplos que deberían hacer reflexionar a Lawrence Summers y a muchos científicos, historiadores de la ciencia, epistemólogos y académicos sin distinción de raza, ideología y… género. La apuesta por una suerte de democracia cognitiva combinada con una epistemología situada demuestra ser la mejor estrategia cognitiva y social para corregir las situaciones de desventaja de la mujer como objeto y como sujeto del conocimiento y la práctica científica.

Todo lo que esta obra ofrece, expuesto con claridad y con el abrumador apoyo de datos empíricos, refuerza lo que ya Miranda Fricker había descubierto como “injusticia epistémica”: el lenguaje está plagado de relaciones de poder que hace que haya colectivos que, por razón de imágenes estereotipadas sobre el grupo al que pertenecen, no gocen de credibilidad o igual acceso a los recursos hermenéuticos de la sociedad. Incluso se puede hablar de “muerte hermenéutica” (concepto acuñado por José Medina, siguiendo a Fricker): cuando las voces son silenciadas o invisibilizadas. Quizá aquí podamos recuperar el martirio de Hipatia de Alejandría para la ciencia, equiparable al de Galileo: su muerte no fue hermenéutica, sino fáctica y brutal.

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