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Revista de filosofía Universidad Iberoamericana

versión On-line ISSN 2954-4602versión impresa ISSN 0185-3481

Rev. filos. Univ. Iberoam. vol.57 no.158 Ciudad de México ene./jun. 2025  Epub 18-Mar-2025

https://doi.org/10.48102/rdf.v57i158.291 

Reseñas de libros

El ojo del cocodrilo, de Val Plumwood

Fatima Lomelin* 

*Universidad Iberoamericana

Plumwood, Val. El ojo del cocodrilo. Buenos Aires: Cactus, 2024.


En 1985, mientras Val Plumwood navegaba sola en su canoa en el Parque Nacional Kakadu (Australia), un cocodrilo gigante de agua salada la atrapó, la ahogó y dio tres giros de la muerte con su cuerpo. Después de sobrevivir a este encuentro, Val empezó a escribir sobre la vida y la muerte en términos ecológicos y la existencia humana pensada como presa y comida para la naturaleza.

Val Plumwood fue una filósofa, feminista y activista australiana. Al igual que el fundador del movimiento de la ecología profunda, Arne Naess, Val identificó que los problemas ambientales de la época no eran resultados de regulaciones, políticas o tecnologías que debían repensarse, adaptarse o reinventarse, sino el resultado de actitudes y acciones hacia el mundo natural que estaban arraigadas y justificadas por el pensamiento occidental hegemónico.1 En este contexto, escribió tres libros: The Fight for the Forests (1973), Feminism and the Mastery of Nature (1993) y Environmental Culture: The Ecological Crisis Of Reason (2002); y más de ochenta artículos tales como “Beying Prey” (1995), “The Cemetary Wars: Cemeteries, Biodiversity and the Sacred” (2007) y “Journey to the Heart of Stone” (2007), entre otros.

Su obra El ojo del cocodrilo (2024) es de gran relevancia no sólo por los conceptos filosóficos que articula, sino porque, ante todo, es un texto que ansía hacer crítica ecológica a partir de la propia experiencia y la propia memoria. Incluso se puede afirmar que Val tenía una preferencia por las historias y las narrativas literarias. Ella dio prioridad a modos más amigables, cercanos y afectivos de comunicar las críticas ambientales, de forma que tuvieran un mayor impacto en los lectores fuera del mundo académico. Según ella, las narrativas creativas y poéticas nos impulsan a pensar diferente.

Además, lo que es inmediatamente evidente: el libro es imprescindible por el enfoque y la profundidad tan rica de su reflexión. Val logra pensar la vida y la muerte de una forma radicalmente distinta a la narrativa occidental hegemónica: para ella, la muerte no es un evento catastrófico, ni el fin de la vida humana; es, en cambio, la interconexión misma entre todas las formas vivas; un ciclo continúo y un recordatorio de que cada ser, humano o no, comparte el mismo destino: el ser materia, ser reciclaje y ser alimento.

El ojo del cocodrilo es una obra póstuma, editada por Lorraine Shannon. En específico, ella estaba escribiendo los tres primeros capítulos sobre su encuentro con el cocodrilo al momento de su muerte. Y para los siguientes capítulos, muchas ideas fueron condensadas y recuperadas de otros artículos similares previamente escritos por ella.

En la primera parte, como mencioné, Val describe su encuentro con el cocodrilo y, a partir de eso, inicia su reflexión acerca de la muerte, la depredación y el alimento. En la segunda parte, Val describe su relación con Birubi (su wómbat salvaje) y analiza la película Babe con el objetivo de plantear diferentes cuestiones ético-políticas que se encuentran en la relación humano-animal. Y, por último, la tercera parte es la que podríamos reconocer como la más filosófica y académica por el uso y delimitación de términos, que se concentra en nuestra percepción sobre los animales de granja.

El libro inicia con un prefacio y le sigue una introducción escrita por Freya Mathews, Kate Rigby y Deborah Rose. Después, el texto se divide en tres partes y, a su vez, cada parte se divide en capítulos. En la primera parte tenemos “Encuentro con el depredador, Yekke. La estación seca en el País de Piedra” y “La sabiduría de la piedra caballera: universo paralelo y perspectiva de la presa”. En la segunda parte “Velorio wómbat. En memoria de Birubi” y “Babe: el cuento de la carne que habla”. Por último, en la tercera parte está “Animales y ecología: hacia una mejor integración” y “De mal gusto: hacia un enfoque alimentario de la muerte.”

El capítulo final fue integrado con el objetivo de entretejer, y reforzar las reflexiones y los conceptos que se esbozaron a lo largo del libro. Por tanto, la presente reseña no profundiza en la información a partir de un resumen de las partes o de los capítulos, sino a partir del resumen de las ideas que ella quiere comunicar.

La primera idea que Val discute es la necesidad de descolonizar el alimento, la muerte y la depredación. Según ella, occidente nos ha enseñado a ignorar nuestra animalidad y a demonizar y excepcionalizar la depredación. Así es que terminamos pensando que la depredación es algo que únicamente hacemos nosotros a seres inferiores, pero nunca como algo que otros seres nos hacen; pensamos la depredación como un sufrimiento antinatural e imprescindible para los humanos, porque nos es imposible pensarnos sólo como carne y, por tanto, sólo como alimento:

[...] descubrí al instante en que aquella poderosa mandíbula me atrapó, de que había algo increíble y totalmente errado en lo que estaba sucediendo, una especie de error de identidad [...] ¡este mundo no era así! La criatura estaba rompiendo las reglas, estaba completamente equivocada, absolutamente errada en pensar que mi existencia podía ser reducida a alimento. Como ser humano, yo era mucho más que alimento. Rebajarme de este modo era un insulto y una negación de todo lo que yo era [...] ¡No sólo era injusto, sino que era irreal! No podía estar sucediendo.2

Val hace la diferencia entre el universo de la justicia personal, como aquel en donde se encuentran todas las ilusiones y ficciones humanas que nos mantienen por encima de los animales, y el universo ecológico, donde somos -antes y más importante que nada- presa, alimento y carne. Y si bien es cierto que como seres humanos tenemos la posibilidad de habitar ambos universos, también es cierto que intencionalmente ignoramos, rechazamos y expulsamos al segundo. Para Val, debemos empezar por saltar, movernos y existir entre un universo y otro.

Como siguiente punto, Val describe lo que puede ser una “filosofía y ética de la carne”. Como mencioné, no nos vemos como alimento porque no nos vemos como carne, y no nos vemos como carne porque el humano-hombre occidental es pura mente en abstracto y ninguna corporeidad. “La carne elimina totalmente la posición de sujeto hablante: es imposible definir la carne como un sujeto expresivo y narrativo.”3La carne no habla y mucho menos piensa. Para explicar este punto, Val analiza cómo la película de Babe nos confronta con un animal que es carne (el cerdo), pero que al mismo tiempo es un sujeto expresivo y narrativo (una carne que habla). Estamos convencidos de separar a la mascota del animal que es carne: “el animal mascota es un sujeto comunicativo y ético, que en el plano ideal está destinado a recibir cierta consideración. No es el caso del animal que es carne”,4 que no expresa ni piensa, sólo existe. Para Val, regresar y posicionarse desde el universo ecológico implica necesariamente pensar en una carne que piensa y en la carne que somos.

La siguiente crítica de Val es hacia el individualismo político que nos hace afirmar la narrativa de “mi cuerpo es mío, me pertenece sólo a mí y no le debe rendir cuentas a nadie más que a mí”, que si bien es cierto en el universo de la justicia personal, no lo es del todo cierto en el universo ecológico. En el universo ecológico -donde el cuerpo no es más que pura materia- nuestros cuerpos no nos pertenecen en lo absoluto. En el universo ecológico el cuerpo en descomposición fluye dentro de la cadena alimenticia, convirtiéndose en vida, alimento y hogar de otros seres vivos y geológicos. Por tanto, en este universo, la muerte no es la tragedia del fin de la vida; es un proceso de reciclaje en el que el cuerpo retorna a la tierra y nutre otras formas de vida.

Con esto, Val da un paso más allá y acusa a las prácticas funerarias occidentales, especialmente el ataúd, de demonizar la materialidad, entorpecer la descomposición y separar al cuerpo de ser alimento:

En el universo de la justicia personal, el sujeto individual es como un castillo amurallado y rodeado por un foso. Está bajo constante asedio, y concentrado obsesiva y desesperadamente en mantener su cuerpo fuera del alcance de los otros, y retenerlo exclusivamente para sí mismo [...] Cualquier intento de intercambio [de materia] es concebido como una atrocidad, una injusticia que debe ser resistida hasta el final [...] mosquitos, sanguijuelas, garrapatas. Estos seres irritan nuestra sensibilidad de propietarios. En el otro universo, estar en un cuerpo es más bien como sacar un libro de la biblioteca, libro que tarde o temprano será reclamado por otros solicitantes, quienes reescribirán la historia completa en cuanto lo reciban.5

Para fortalecer y concluir esta crítica, Val introduce el término cielismo para describir cómo estas prácticas implican pensar la tierra como un lugar transitorio y el cielo como el destino final verdaderamente digno para los humanos. Así, “el sólido ataúd apunta a mantener este cuerpo celestial alejado de la tierra y otras formas de vida tanto como sea posible y conservarlo en buen estado para el retorno a su hogar superior”.6

En el capítulo “Velorio wómbat. En memoria de Birubi,” Val detalla su relación con Birubi. Es un capítulo verdaderamente hermoso no sólo por el gozo de leer la particularidad, los gustos y la voluntad de un animal completamente ajeno, sino porque también introduce una categoría que -a mi consideración- debería pensarse y vivirse desde cualquier vínculo cercano entre seres humanos y animales: la familiaridad salvaje. Val narra cómo Birubi nunca dejó de ser la criatura conflictiva, recelosa, cazadora y fuerte que es particular de un wómbat. Birubi entró al mundo de la cultura determinado a no adaptarse a la voluntad humana, “conservando completamente su wombatidad”. Y la familiaridad salvaje significa justamente eso: lidiar con un otro real, respetando las necesidades, reglas y personalidades de ambos lados y encontrar formas creativas de solucionar el conflicto. Y si no es posible, como dice Val, aprender a ceder. Así, la familiaridad se entiende en términos de elegir relacionarse constantemente a pesar de todo y lo salvaje en términos de aceptar los otros términos, por más “no civilizatorios” que sean, y no pretender domesticar a un animal con la excusa de una “convivencia pacífica y ordenada”.

Por último, Val hace la diferencia entre el veganismo ontológico y el animalismo ecológico. El primero refiere a una “teoría que defiende la abstención universal de todo tipo de uso de los animales como única alternativa a la dominación y como medio principal para defenderlos de los daños que provoca”,7 mientras que el segundo “defiende y celebra a los animales, y alienta una ética dialógica de intercambio y negociación, o colaboración, entre humanos y animales, emprendiendo al mismo tiempo una revaluación de la identidad humana que afirma su inclusión en las esferas animal y ecológica”.8 Ambos términos son relevantes porque aclaran muchas cuestiones sobre cómo entender y llevar a cabo el activismo animal, así como trazar discusiones en torno al abandono del uso de los animales o su uso respetuoso. En síntesis, el veganismo ontológico tiene un rasgo paradójico: considera tabú el hecho real de que los animales son alimento, por lo que se opone a todo tipo de uso o beneficio de los animales. En cambio, el animalismo ecológico parte de reconocer que si bien hay en las formas instrumentales de relacionarse con los animales, también hay momentos en los que los animales son utilizados sin caer en formas dañinas del instrumentalismo.

En cuanto a los argumentos, considero profundamente valioso el hecho de que, a diferencia de otras personas filósofas occidentales, Val está reflexionando y compartiendo sus reflexiones, no está diagnosticando ningún problema. Es así que si bien se podría dudar de que sus ideas sean principios ontológicos universales, no podemos dudar de que estas ideas sean principios ontológicos para ella y para quienes se representan en sus experiencias. Y pienso que esa es otra dimensión igual de poderosa de su escritura: al ser una redacción primariamente vivencial, transforma especialmente (pero no únicamente) a quienes hayan experimentado lo mismo, desde el amor incondicional hacia un animal, hasta sus mordeduras o ataques. Por ejemplo, yo soy una persona que sufre inmensamente con los piquetes de mosco. Soy alérgica y ser picada da paso a varias reacciones dolorosas en mi piel, que si bien no son extremas, son lo suficientemente molestas para modificar mi comportamiento. Fue hasta que leí El ojo del cocodrilo que noté esta dualidad de universos de la que Val habla (el universo ecológico y el universo de la justicia personal). Me doy cuenta de que siempre he mostrado comportamientos típicos de presa (evadir a toda costa ciertos territorios y climas, abusar del repelente para camuflajearme y sobrevivir a una picadura más, huir ante todo cuando siento la mínima presencia de insectos voladores y experimentar el más grande terror cuando escucho zumbidos cerca), pero nunca me he reconocido como tal. Al contrario, siempre me he reconocido como humana que puede en cualquier momento eliminar sin problema al torpe y diminuto mosquito e imponer su existencia. Y creo que esto no tiene tanto que ver con el tamaño del animal que me come, sino con mi jerarquía ontológica sobre todas las cosas. Además, por mucho tiempo me sostuve en la narrativa de la justicia personal, pensando que es increíblemente, pues, injusto que los moscos amenacen tanto mi existencia. Y si bien los piquetes de mosco no son lo mismo que un ataque de un cocodrilo, el principio sí lo es: para los mosquitos no soy más que un alimento verdaderamente delicioso, una carne verdaderamente vulnerable, y yo, por tanto, debería aceptar mi animalidad.

En definitiva, el texto de Val es sumamente revelador por todo lo anterior, pero su debilidad radica justamente en situarse en la experiencia como punto de partida: según mi consideración, las reflexiones que surgen de alguna experiencia específica destacan mucho más que las reflexiones que no. Es decir, hay ideas que atraen enormemente (como su encuentro con el cocodrilo y su relación con Birubi, que son, justamente narrativas a partir de la memoria), pero también hay otras que no se distinguen mucho de una discusión académica más sobre el tema (como la distinción entre el veganismo ontológico y el animalismo ecológico). Y si ya es un libro relativamente corto, lo atractivo -según mi consideración- se siente aún más breve. No obstante, vale toda la pena del mundo, pues es breve pero infinitamente poderoso y transformador.

Como conclusión recojo algo que aprendí de leer a Val: es diferente cuestionar los hechos, a cuestionar los valores. Y Val hace lo primero. Cuestionar los valores implica, según lo que entiendo, cuestionar los paradigmas positivos y negativos que configuramos a partir de la realidad (por ejemplo, cuestionar la jerarquía histórica y actual de los mosquitos, los cocodrilos o cualquier animal). En cambio, observar y ver qué surge a partir de los hechos (observar el hecho mismo de que el mosquito me pique y que el cocodrilo me coma) nos acerca a lo que tal vez compone la realidad en sí misma. Si es que aún queremos pensar en ella.

Referencias

Plumwood, Val. El ojo del cocodrilo (Buenos Aires: Cactus, 2024). [ Links ]

1 Val Plumwood, El ojo del cocodrilo (Buenos Aires: Cactus, 2024), 13-16.

2 Plumwood, El ojo del cocodrilo, 25.

3 Plumwood, El ojo del cocodrilo, 93.

4 Plumwood, El ojo del cocodrilo, 115.

5 Plumwood, El ojo del cocodrilo, 59-60.

6 Plumwood, El ojo del cocodrilo, 148.

7 Plumwood, El ojo del cocodrilo, 122.

8 Plumwood, El ojo del cocodrilo, 122.

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