Introducción
La política habla de distintas maneras, asume géneros, rituales y tipologías particulares; algunas formas estereotipadas de la comunicación política son vetustas, antiguas, anacrónicas, pero sin embargo efectivas. Pareciera que gran parte de la crítica académica, el periodismo de opinión y otras zonas de la doxa que conforman el sentido común de nuestra época, comparten el diagnóstico inapelable, medular y profundo de la incidencia de la técnica en el discurso político. Las décadas del ochenta y noventa estuvieron marcadas por debates intelectuales que problematizaron la llegada del televisor al gran público como síntoma de la creciente mediatización de las sociedades industriales democráticas que produjó un cambio en el orden de los lenguajes culturales. Vale la pena aquí, destacar cierta coincidencia sincrónica entre el tiempo de la recuperación democrática en Argentina y la región, con la preocupación intelectual y pública en torno a las transformaciones de la palabra política en el horizonte cultural de la globalización y el desarrollo de nuevos ecosistemas mediáticos. La mediatización de la política generó un foco de interés particular en el corazón de este debate. Algunos autores destacaron cómo los lenguajes políticos se transformaron sometiéndose a la indicialidad, el cuerpo y la espacialidad, en desmedro del régimen simbólico de la palabra, la argumentación y la razón (Verón, 1992). Otras perspectivas subrayaron el predominio de la videopolítica en tanto desacralización de las instituciones del sistema democrático, instauración de la expectativa de inmediatez y la desjerarquización de los lugares de enunciación pública que imponen formas discursivas en las que la palabra del saber experto se horizontaliza con respecto a la de una celebrity, entre otras transformaciones (Sarlo, 1996). En la actualidad estos debates se han actualizado, nuestra época, menos centrada en el problema de la lógica escópica, discute el predominio de las redes sociales y la intromisión de los algoritmos como nuevos factores estructurantes del campo de la conversación pública. Jait y Díaz (2011) reconstruyen algunos de los debates intelectuales en torno a la relación entre medios y política que ocurrieron en la transición del alfonsinismo al menemismo, en la que la televisión fue el objeto de satanizaciones y vindicaciones. Según los autores es a partir de un encuentro en el marco del Seminario “Política y comunicación: ¿Hay un lugar para la política en la cultura mediática?” realizado en la provincia de Córdoba a fines de 1991, que se trenzan dos posturas. La primera postura es más apologética de aquellos que conciben que la metamorfosis del discurso político al encontrar nuevas formas de circulación es inevitable y que esto no suponía un retroceso (en la que encuentran Landi y Quevedo). La otra más posición es más execrante (representada por Ferrer, Forster y Casullo) que diagnostica el empobrecimiento de la retórica política debido a la lógica televisiva sumada a una cierta complicidad de los intelectuales cooptados por el mercado. Jait y Díaz ubican a Sarlo en una suerte de tercera posición, “para quien la estética de los mass media coincide con el estilo político de la época, donde se establece una relación armoniosa” (Jait y Díaz, 2011, p. 1). En paralelo a este debate, Eliseo Verón plantea la dificultad de constitución de colectivos de identificación a partir de la irrupción de la televisión en la conversación pública; así, la llamada mediatización de la política es entre otras cosas el proceso por el cual “tratando de lograr el dominio de los medios a toda costa, los políticos perdieron el dominio de su propia esfera” (Verón, 1998, p. 230).
Traemos estos debates para historizar una relación tensa entre comunicación y política, y dejar sentado que los diagnósticos sobre la vulgarización de la palabra pública por culpa de su mediatización no es un fenómeno reciente que pueda achacarse a internet, las redes sociales u otras lógicas de producción contemporáneas. A casi cuarenta años de algunas de las principales ideas sobre la influencia negativa de la televisión sobre la democracia, hoy podemos escuchar opiniones similares sobre objetos distintos. Esto no quiere decir que efectivamente la mediatización no imponga una lógica particular a las formas que asume la comunicación política en el discurso social del presente, pero sí queremos evitar caer en ciertas mitologías que naturalizan lo que es producto de la contingencia histórica, en lo que a las relaciones entre técnica y política refiere. Quizás este problema se vuelve patente en la actualidad cuando se intenta explicar el origen de una disrupción en el sistema político argentino, como es la emergencia de una formación ideológica novedosa como el liberal libertarianismo, que además de su originalidad, se destaca por su aceleración, su intransigencia, y la procedencia desde los márgenes políticos de sus principales liderazgos partidarios. En términos de lenguaje, no puede decirse que se trate de brutos o payasos del espectáculo, más bien lo que se intenta presentar en la figura de Javier Milei y de Victoria Villarruel es una apuesta a desorganizar el discurso económico y jurídico.
Es principalmente el primero quien utiliza lenguaje abstracto de las ciencias económicas, buscando apropiarse la plataforma discursiva del saber en una enunciación muchas veces filosófica, completamente alejado de otras retóricas de derechas neoliberales previas (más asociadas a la imagen de cercanía y costumbrismo localista). Lo que La Libertad Avanza testimonia es que la palabra política puede ser compleja, puede citar autores de la escuela austriaca e invocar postulados del liberalismo filosófico. Al mismo tiempo, puede disputar la verdad jurídica utilizando el lenguaje de los derechos humanos para reorientar la democracia argentina y sus pactos fundantes. Hay una gran cantidad de estudios que trabajan la relación entre el liberal libertarianismo y las redes sociales, casi como si existiera una idea de que el triunfo meteórico de Milei se debe a una capacidad comunicacional sobreadaptada a las gramáticas de producción de los nuevos formatos del actual ecosistema de plataformas y medios. Quizás podamos ver qué es lo que ocurre en los formatos más extensos, lejos de la brevedad o intensidad de la cultura visual, es decir, más allá del recorte; creemos que las principales figuras de La Libertad Avanza han logrado exponer extensamente, en debates y entrevistas, su visión del mundo en tono de guerra.
La historia política argentina ha dado muestras de diferentes expresiones de derecha. Morresi et al. (2021) consideran que desde el siglo XX hasta la actualidad pueden distinguirse dos familias de derecha: “la corriente nacionalista-reaccionaria” y “la derecha-liberal conservadora”. Estas dos vertientes a pesar de sus divergencias ideológicas e institucionales lograron en distintos momentos articular acciones y posiciones políticas. Más recientemente, en el siglo XXI, se formó una derecha neoliberal de agenda gradualista de reformas pro-mercado que desembocó en la coalición Cambiemos (actualmente Juntos por el Cambio), en la que se unieron el partido Propuesta Republicana (PRO) y la Unión Cívica Radical (UCR). Esta alianza fue juzgada por distintos activistas de derecha como insuficiente e incapaz de representar una agenda cultural conservadora. Los resultados de gestión de Cambiemos, durante su gobierno entre los años 2015 y 2019, y el fracaso en el intento de buscar una reelección, son la condición de posibilidad para que surgiera un nuevo tipo de derecha liberal-libertaria crítica de las tradiciones previas y particularmente de sus estrategias discursivas y de gestión moderadas (Morresi y Ramos, 2023).
Si bien la pandemia y la consecuente virtualización de las diversas esferas de lo público implican una aceleración de la progresiva mediatización de la sociedad, es notable cómo géneros típicos, como el libro, la carta, el documental y los debates televisivos fueron enunciados particularmente relevantes en la conversación política reciente. La pervivencia de estos géneros, su existencia paralela, complementaria e integrada a los formatos de la comunicación política algorítmica (podríamos incluir en esta categoría los memes, las imágenes generadas por algoritmos correlacionales, los deep fakes, el uso de bots o la figura virulenta y polémica de los trolls para reorientar la conversación en redes sociales) mantiene viva la pregunta por la palabra política. Es una terrible materia verbal flexionada por la voluntad de poder, en donde la lengua tiembla de pasiones y se actualizan los significantes de la nación, se habla con o contra, a partir o desde el pueblo, se invocan los libros sagrados de la mística patriótica o los no menos religiosos teoremas de la tecnocracia económica.
La apuesta interpretativa que buscamos mantener en este trabajo sostiene que más allá del odio, la rabia u otros afectos asociados al ataque retórico, la enunciación liberal libertaria en los debates vicepresidenciales moviliza emociones diversas que expresan el resentimiento y la retaliación pospolítica combinada con la nostalgia retroutópica y la euforia reivindicativa de un proyecto ideológico refundacional novedoso. A partir de las reconfiguraciones del orden de lo decible y la emergencia de identidades políticas novedosas, se puede testimoniar la incidencia de los fenómenos afectivos como una instancia central del lenguaje político contemporáneo en el que se disputan los sentimientos legítimos y los objetos de las pasiones en torno al pasado, el presente y el futuro.
El objetivo principal de este trabajo es presentar una reflexión general sobre la dimensión afectiva del discurso liberal libertario en el contexto de los debates vicepresidenciales durante la campaña electoral del año 2023 centrando la atención en la figura de Victoria Villarruel. Además de ser candidata y referente de La Libertad Avanza en las últimas elecciones, reactualiza una tradición política de la derecha como activista de “la memoria completa”1, al punto de ser esta inscripción activista una parte fundamental de su programa ideológico que se vuelve central en la formación discursiva de la nueva derecha en Argentina.
Los debates televisivos son instancias relevantes para el discurso social en general, y para los fenómenos de la comunicación política en particular. Dos procesos cuestionan la relevancia de la televisión en la vida social contemporánea. En primer lugar se destaca la crisis de la atención favorecida por la mediatización de la experiencia y la primacía de los microformatos de la cultura posmoderna. En segunda instancia, las dificultades de la representación política que favorece el descreimiento o desinterés de los procesos institucionales generando electorados ingenuos o poco atentos a la actualidad política. Sin embargo, la ciudadanía y el público en general se encuentran pendientes de los debates políticos televisados, en tanto acontecimientos mediáticos extraordinarios.. Investigaciones como la de Cho y Choy (2011), sostienen que los debates televisados funcionan como un catalizador emocional que orienta a la ciudadanía a la búsqueda de información, este impulso produce principalmente emociones negativas, como la ansiedad. Por este motivo, elegimos el debate televisado de candidatos a vicepresidentes como una pieza particularmente relevante dentro de la inmensa producción discursiva liberal libertaria.
Nuestra intención es poder describir el funcionamiento de las gramáticas emocionales que articulan el dispositivo de enunciación liberal libertario a partir de la identificación de ciertas invariantes afectivo-discursivas que constituyen el repertorio semiótico central de esta formación política. El corpus elegido proviene del marco de un tipo de comunicación -el debate vicepresidencial emitido por el canal de televisión TN- distinguida por tratarse de una interacción polémica entre adversarios, de expresión mediatizada y audiovisual, en la que si bien la materia verbal tiene un rol central, también lo tienen el espacio y el cuerpo. Nos preguntamos aquí: ¿Qué emociones se movilizan en el discurso político liberal libertario ante el encuentro con el adversario? ¿Cómo funciona la dimensión afectiva de una formación política de creación reciente que se supone introduce una disrupción en el campo ideológico, en el contexto de campaña electoral en los rituales de la comunicación mediatizada de la democracia contemporánea como son los debates?
En el apartado siguiente presentaremos de manera sucinta algunos de los puntos del debate académico reciente sobre la relación entre afectividad y política de derecha. Para esto contrastaremos posturas anti-populistas heterogéneas entre sí como son las visiones normativas de autores como Illouz o Rosanvallon con otras perspectivas provenientes del giro afectivo representado aquí por Laurent Berlant y Cecilia Macón. Las primeras coinciden en considerar a la derecha como una fuerza política esencialmente caracterizada por el uso del resentimiento como estrategia manipulativa. Mientras que las segundas cuestionan la visión moral de los afectos, resaltando el carácter histórico, precario y performativo de las emociones, desde el cual no pueden trazarse una oposición entre lo racional y lo emocional, o entre afectos positivos y negativos. Posteriormente expondremos brevemente la trayectoria activista de Victoria Villarruel en el campo de las derechas para ubicarla en el contexto general de la discursividad política argentina. En otro apartado analizaremos las particularidades del discurso de Villarruel en el debate vicepresidencial del año 2023 en el que consideraremos que la figura de víctima resulta una pieza fundamental para una estrategia discursivo-afectiva orientada a disputar el contenido del significante derechos humanos. Las emociones reunidas en torno a la idea de que hay víctimas de un daño que no ha sido reparado ni escuchado por la sociedad, establecen un desplazamiento semántico en el orden discursivo de la memoria sobre la última dictadura militar y los derechos humanos. También establecen una reconfiguración sobre los límites de lo público, en tanto la noción de víctima denuncia una posición de invisibilidad y silenciamiento por lo cual deben reestructurarse los protocolos de expresión democrática. Finalmente, expondremos algunas consideraciones sobre el rol de Victoria Villarruel en el campo de las derechas y su estrategia discursiva para disputar los sentidos previamente establecidos sobre el pasado. En particular, analizaremos cómo, a través de configuraciones afectivas novedosas, busca redefinir las fronteras entre lo público y lo privado mediante figuras como la de ‘víctima de la subversión’, lo que termina por impugnar el orden democrático y los procesos de memoria, verdad y justicia.
Política y afectos
Existe una larga tradición de enfoques teóricos que han trabajado la compleja relación entre política y afectos. Desde corrientes y presupuestos onto-epistemológicos diversos se han abordado distintos contextos, temas o problemas de la teoría política a partir de prestar una particular atención a los afectos como un objeto oscuro o refractante para el pensamiento sobre la vida pública y la organización del campo ideológico. En este sentido, creemos relevante revisar rápidamente como algunos teóricos han pensado la relación entre populismo y afectos a partir de la “manipulación afectiva” como variable explicativa, para poder alejarnos de esta idea que consideramos inadecuada para interpretar los desplazamientos y constituciones de gramáticas afectivas y de la dimensión emocional del discurso político. Si bien, no consideramos que La Libertad Avanza o Victoria Villarruel puedan ser considerados como populistas2, lo cual es una discusión para otro trabajo, sí nos parece relevante detenernos brevemente en cómo autores de la talla de Rosanvallon e Illouz argumentan que el populismo (categoría a partir de la cual, sostiene la socióloga de las emociones, puede leerse el gobierno israelí) atenta contra la democracia por su relación con los afectos. Por otro lado, Illouz específicamente, argumenta que el miedo, el asco, el resentimiento y el patriotismo son la matriz emocional típicamente populista que organiza la adversarialidad social. A esa idea podemos contraponer la postura del giro afectivo, que en tanto interpretación extra-moral de las emociones, no piensa que haya una jerarquía emocional desprendida de cierta constitución local, es decir no hay emociones que por definición sean buenas o malas, populistas o republicanistas. Cada configuración afectiva obedece a fuerzas políticas en disputa que tienen lugar en contextos históricos que funcionan como condiciones de sensibilidad legítima.
Rosanvallon, dedica especial interés en su investigación sobre el populismo a las emociones, ya que sobre estas caen las sospechas y los temores más diversos, se las cree amenazantes, que son susceptibles de falsear los juicios, de desviar las conductas, de desajustar las relaciones con los demás y de transformar a un grupo de seres humanos individualmente racionales en una muchedumbre incontrolable y hasta criminal (Rosanvallon, 2020, p. 56).
A pesar de esta cautela y un registro de los movimientos de las emociones en el lenguaje de las ciencias sociales, este autor parece tener una cierta concepción inmanentista del fenómeno emocional y sus relaciones con las identidades políticas. Para Rosanvallon, “la ira y el miedo son evidentemente los motores afectivos y psicológicos de la adhesión al populismo” (2020, p. 65).
Este tipo de presupuestos onto-epistemológicos sobre la naturaleza de las emociones y sus relaciones con la formación de identidades y discursividades políticas, llevan a interpretaciones de fenómenos concretos que pueden ser particularmente problemáticas, ya que replican cierto esencialismo, como si los afectos fueran los responsables de un tipo de organización política particular.
Si Modi en India, Putin en Rusia, Erdogan en Turquía, Bolsonaro en Brasil o Trump en Estados Unidos llegaron al poder, es también por haber sido capaces de injertar la retórica populista en pasiones susceptibles de extender su alcance a otros sectores de la sociedad (Rosanvallon, 2020, p. 73).
Desde otra perspectiva, en un análisis sobre la dimensión emocional de la política israeli desde la sociología de las emociones, Eva Illouz se propone poner el foco en:
[...] la capacidad de los líderes, de los medios de comunicación públicos y las políticas gubernamentales, de los actores políticos oficiales y de los jefes de los partidos para moldear emociones o atmósferas afectivas de forma más o menos consciente y más o menos manipuladora etiquetando acontecimientos (pasados, presentes o futuros) y otorgándoles marcos interpretativos públicos (Illouz, 2023, p. 21).
Si bien consideramos que es innegable que distintos actores o instituciones sociales particularmente relevantes y poderosas, como la política profesional o los medios de comunicación masivos, intervienen en la constitución de la configuración afectiva de lo social, tampoco puede decirse que estas sean particularmente manipuladoras. También el campo académico y artístico, los distintos movimientos sociales u otras instituciones que no forman parte del sistema político en un sentido restringido como la escuela, son actores que intervienen en la constitución afectiva de la sociedad. Por otro lado, estructuras de desigualdades sociales profundamente sedimentadas -como el patriarcado o el colonialismo-, los imaginarios de nación y la cultura política local, u otras discursividades previas que forman parte de la tradición de un cierto territorio, también constituyen parte de las condiciones de posibilidad para que ciertas gramáticas afectivas logren efecto de verosimilitud y legitimidad en la sociedad. Queremos argumentar así, que no existe algo como una sociedad en estado de tabula rasa que no lleve las marcas o las huellas de ciertos lenguajes políticos que tienen una cierta afectividad asociada, no hay una sociedad incondicionada en términos afectivos. Contra la idea de que hay ciertos actores sociales privilegiados capaces de manipular o moldear las atmósferas afectivas de una sociedad, proponemos aquí pensar la productividad o la performatividad de la palabra política para producir emociones que pueden o no tener una recepción eficaz en el conjunto social. La consecuencia de suponer que la recepción es una instancia de mediación y negociación comunicativa, consiste en afirmar que no hay una circulación lineal de las emociones, ni una manipulación garantizada por el poder político sobre la ciudadanía. En otras palabras, no siempre hay un disciplinamiento o ingenuidad interpretativa con respecto a lo que un emisor propone, sino más bien que hay un encuentro de mensajes o discursos con gramáticas de lectura diversas y heterogéneas.
Por otro lado, Illouz considera que afirmar que “las emociones guían nuestras orientaciones políticas” es una premisa que “vale para todo el espectro político”; hay sin embargo “algunos líderes, algunas ideologías y algunas circunstancias históricas hacen que esto sea aún más contundente, como es el caso del populismo contemporáneo” (Illouz, 2023). De alguna manera coincide con Rosanvallon, en marcar un carácter específicamente emocional del populismo, asociado a cierta “manipulación” o “contundencia” de la dimensión emocional.
Ambos autores coinciden en constatar, desde argumentaciones diferentes, la capilaridad de las emociones en el mundo social como un fenómeno inherentemente humano y cultural, que no se limita a la esfera psicológica o neurológica. El carácter socio-cultural de las emociones implicar afirmar que en la constitución de los fenómenos afectivos intervienen procesos históricos y políticos, en tanto se trata de una instancia contingente y precaria. Sin embargo, ambos autores parecen mantener cierta visión o principio normativo o positivo sobre cómo se relaciona la política con las emociones. Estos autores sostienen cierta desconfianza en torno al populismo, como forma política manipulativa o particularmente emocional, para obturar cualquier posibilidad de agencia afectiva y su carácter socialmente construido. Otras perspectivas, como la vertiente crítica del giro afectivo, de la cual Illouz hace algún uso, parten de presupuestos bien distintos a los de la sociología de las emociones o la perspectiva de Rosanvallon.
La noción de manipulación o de engaño de las masas, está presente en una larga tradición de estudios sobre populismo -que buscan impugnar esta forma política de interpelación y sus modelos de liderazgo en tanto se apartaron de un ideal de democracia liberal- y de la sociología de la cultura. Tanto Illouz como Rosanvallon, parecen reconocer cierto valor explicativo en el carácter manipulativo del populismo, para explicar su eficacia política, en términos de adhesión masiva, y el tipo de emociones asociadas a su discursividad.
En este sentido, coincidimos con Montero (2024) al cuestionar que algunos abordajes que tienden a separar los fenómenos ideológicos y partidarios de la productividad emocional de la política (entre los que ubicamos a Rosanvallon e Illouz). El autor indica que “esos estudios tienden a adoptar una perspectiva normativa según la cual el predominio de lo afectivo atentaría contra el consenso, el diálogo o la moderación propiamente democráticas” (Montero, 2024, p. 5). Para Montero no puede decirse que haya “discursos políticos completamente asépticos y despojados de emociones”, incluso cuando una discursividad como la de Milei pretenda el lugar de objetividad propio del discurso científico o económico. Puede decirse, por tanto, que hay una cierta dimensión emocional en la interpelación desde el saber o en los lugares de enunciación jerárquicos asociados al habla intelectual. Sin embargo, como veremos más adelante, también en el lenguaje de Villarruel hay cierta intención de revelar o disputar una verdad a través de estrategias discursivas que construyen el ethos de una investigadora o divulgadora del campo de la historia. Estamos ante una suerte de solapamientos de géneros discursivos. Esta hibridación genérica puede entenderse como un tráfico epistémico por parte de las nuevas derechas para disputar el verosímil social. Este proceso es una regularidad de la discusión pública de la contemporaneidad. Ejemplos de esto son los usos del lugar del saber para discutir la legitimidad del rol del Estado en la gestión de la crisis de la pandemia, para favorecer cierto proyecto político liberal anti-igualitario, y en el caso que analizamos aquí, para atacar las políticas de memoria y las organizaciones de derechos humanos. Así la desinformación, las llamadas fake news, las teorías conspirativas, “la batalla cultural”, son instancias de la comunicación política que problematizan particularmente el carácter de “verdad” de los enunciados políticos.
Muy por el contrario Laurent Berlant, representante de la vertiente crítica del giro afectivo (Macón, 2013)3, ofrece un marco de inteligibilidad de los afectos o las emociones “atendiendo a la posibilidad de que algunos de ellos sean conservadores y otros progresistas” (Macon, 2013, p. 17). Esta posibilidad que Berlant mantiene abierta en su consideración sobre la relación entre emociones y política tiene consecuencias analíticas valiosas y a nuestro juicio la ubican en un lugar diferente al que ocupan visiones como la de Illouz y Rosanvallon. En primera medida, “su cuestionamiento de la distinción tradicional entre afectos positivos -como la alegría o el optimismo-, supuestamente capaces de impulsar la acción y los negativos -odio, culpa, vergüenza- destinados a detenerla” (Macón, 2013, p. 22), vuelve irrelevantes propuestas como las que sostiene Illouz de promover “buenas” emociones para la sociedad civil, lecturas en torno a la noción de manipulación asociadas al populismo. La propuesta de Berlant se focaliza en observar cómo en ciertos afectos se pueden identificar operaciones ideológicas que respaldan un estado de desigualdad. Tambien puede indagarse en cómo ciertas formaciones políticas promueven fantasías sociales a partir de retóricas sentimentales que excluyen o incluyen el sufrimiento de ciertos sujetos y no otros, o encuentran como objetos causantes de ciertas emociones a identidades margnizalizadas. Siempre es vital para esta perspectiva tratar de observar cuál es la configuración historica y política que da lugar -público o privado, central o periférico- a determinadas manifestaciones afectivas. Uno de los casos que analiza Berlant es la discursividad conservadora norteamericana en los debates por el estatuto jurídico del aborto, en el que “identifica una retórica antiabortista centrada en la transformación de la imagen del feto en una suerte de mercancía política que apela constantemente a la sentimentalidad para legitimar el statu quo” (Macón, 2013, p. 19). Nuestro interés de situarnos en esta perspectiva implica en primer lugar evitar la idea de manipulación de los populismos o la promoción voluntaria de buenos sentimientos para fortalecer un ideal normativo de democracia. En segundo lugar, buscamos analizar cómo una formación ideológica particular -el liberal libertarianismo- propone desde una retórica sentimental -que gira en torno a la figura de víctima del terrorismo- una discusión sobre la legitimidad de la democracia argentina, sus alcances, sus sujetos. Así, buscamos indagar las disputas por las formas de entender el pasado y las polemicas entre el liberal libertarianismo y gran parte de los lenguajes políticos previos, provengan estos de tradiciones derechistas como el macrismo o nacional-populares como el peronismo kirchnerista.
En Desafiar el sentir, Cecilia Macón elabora una historia de la relación de los feminismos con los afectos y la política. Una de las ideas centrales de su libro es que si bien hubo distintas apuestas feministas de torcer o cuestionar la ideología cis-heteropatriarcal, también hubo gestos que disputan los límites entre lo público y lo privado y de denuncia de las operaciones de constitución afectiva que producen a ciertos espacios como íntimos o privados. Así Macón al poner el foco en los afectos, se propone interrogar “el modo en que la subordinación de las mujeres está sostenida en una configuración afectiva que coloca la opresión por fuera del orden público; un gesto destinado a la invisibilización y a evitar la mera posibilidad de hacer justicia” (Macon, 2021, p. 79).
El presupuesto de esta interpretación sobre la política feminista es que la diferenciación entre lo público y lo privado es resultado de una constitución afectiva que invisibiliza y oculta la opresión hacia las mujeres, silenciando las quejas o las denuncias sobre la violencia estructural del patriarcado. El origen afectivo de la distinción que instituye la dicotomía entre esfera pública y privada, le permite a Macón hablar de “afectos racializados” o “afectos generizados”. Es decir que en ciertos discursos se proponen figuras que orientan a ciertos sujetos de la vida social como (in)capaces de sentir y actuar públicamente en virtud de su género o “raza”. Las gramáticas afectivas funcionan como reglas o guiones de emociones que estipulan cuáles son y en qué circunstancias, alcances, formas, tonos e intensidades, los sentimientos expresables. Estas reglas tienen un carácter contingente o histórico, es decir son el resultado de un proceso de disputas y no una condición biológica o psicológica inmutable; y como consecuencia de su carácter artificial y precario estas gramáticas son objeto de interpelación de distintos textos públicos que reorientan los guiones afectivos o que habilitan sus reglas. Por lo tanto, podemos afirmar que es posible habitar nuevas condiciones de enunciación a partir de fracturar o cuestionar una gramática afectiva establecida.
Actualmente contamos con algunos trabajos que desde el giro afectivo han trabajado el modo en que las emociones del discurso político organizan la afectividad, la sexualidad y la intimidad en la sociedad, pero también los límites de la esfera pública, la legitimidad de ciertas corporalidades y la posibilidad de enunciar ciertos proyectos ideológicos disruptivos. En un trabajo de Tabbush y Caminotti (2016) sobre los afectos públicos que circularon en medios masivos de comunicación en torno al escrache de supuestos militantes de la Organización Barrial Tupac Amaru al senador radical Gerardo Morales en el año 2009, consideran que la referenta de la organización, Milagro Sala, fue construida por las narrativas mediáticas de odio como una “militante iracunda”, figura que “se basa en definiciones de lo afectivo como irracional para excluir a estos militantes del mundo de la política” (Tabbush y Caminotti, 2016, p. 13). Este tipo de retóricas evoca una asociación estereotipada entre feminidad y emociones -como dominio de lo irracional- que tiende a excluir a las mujeres del poder político a la vez que las relega al espacio doméstico, privado, íntimo, por fuera de todo lo público.
A partir de los aportes de Berlant, Macón, Tabbush y Caminotti, podemos enfocar en cómo la palabra política pronunciada en un debate vicepresidencial produce figuras asociadas a ciertas gramáticas afectivas que habilitan ciertos sentimientos, promoviendo o reprimiendo estados emocionales. Así figuras como “víctimas del terrorismo”, “pacto democrático”, “derechos humanos” se asocian a distinto tipo de guiones emocionales reorganizando el campo de lo decible político, polemizando con saberes y lenguajes populistas previamente sedimentados y cristalizados en políticas de la memoria.
En un análisis sobre el lugar que ha tenido la relación entre manipulación y afectos en las interpretaciones del populismo en el caso argentino elaboradas por Germani y Laclau, Ricardo Laleff-Ilieff (2023) concluye que la hipótesis del “engaño” termina por simplificar “la complejidad de los procesos históricos y debilita la capacidad interpretativa de cualquier marco conceptual” (Laleff-Ilieff, 2023, p. 219). Para este autor, una concepción psicoanalítica del afecto, afín a las teorías políticas posfundamento, permiten “indicar una dimensión singular crucial en la afectividad que reclama un estatuto bien distinto a la díada consagrada por la democracia liberal entre racionalidad-irracionalidad”. Las emociones que Illouz encuentra en el gobierno israelí lo vuelve catalogable como populismo en tanto “generan antagonismo entre grupos sociales dentro de la sociedad y alienación de las instituciones que salvaguardan la democracia, y porque en muchos aspectos son ajenas a los que podríamos llamar la realidad” (Laleff-Ilieff, 2023, p. 175). Esta consideración positivista de lo real y esta impugnación del populismo bajo la sospecha del autoritarismo y la manipulación afectiva, así como la denuncia de ser la causa de antagonismos sociales, son a nuestro parecer presupuestos teóricos, legítimos para una perspectiva como la sociología de las emociones que construye Illouz. Sin embargo, desde estas posturas no se puede explicar cierta dinámica político-afectiva con las precisiones que se podrían hacer desde una perspectiva más afín al giro afectivo, la semiótica y la teoría política posfundamento que asume postulados irreconciliables con Illouz.
En tanto proyecto intelectual, el giro afectivo, por lo menos en su vertiente crítica, no se orienta a problematizar, exclusivamente, el uso o la manifestación de las emociones en la política, sea para impugnar la manipulación de los sentimientos de una comunidad o para celebrar ese registro de supuesta autenticidad visceral. Más bien de lo que se trata en investigaciones como la de Macón es explorar en los modos en que lo público y lo íntimo se construyen a partir de la distribución desigual de los afectos en ciertas configuraciones emocionales. Podemos pensar así, que el amor, con toda la supuesta privatización que lo caracteriza, puede ser un afecto orientado a movilizar ideales patrióticos, nacionalistas, partidarios; más que una instancia de la vida íntima que organiza vínculos microsociales. Distintas autoras del giro han pensado en cómo algunas retoricas conservadoras anti-derechos que impugnan la legalidad y legitimidad del aborto tematizan como publico la obligación a parir por medio de un amor al “niño por venir” o las infancias. Por otro lado, el odio a ciertos colectivos sociales o rasgos particulares de ciertas “minorías” puede -y generalmente lo hace- privatizar la esfera pública, excluyendo de la vida democrática a aquellas figuras que se consideran indeseables. No es que las emociones funcionen estrictamente como pruebas morales a favor de ciertos argumentos, sino que performativamente postulan un tipo de lazo social en particular por sobre otro; desde esta perspectiva es que puede leerse la politicidad de los afectos.
Sobre las condiciones sociales de producción del corpus
Victoria Eugenia Villarruel, actual vicepresidenta de la Nación Argentina, es abogada, escritora y fundadora de la asociación civil Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (CELTYV). Como otros integrantes de La Libertad Avanza, su ascenso en la política argentina se caracteriza por un ritmo acelerado. Pasó de ser diputada nacional por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en el año 2021 a vicepresidenta en solo dos años. Sin una trayectoria política en alguno de los tres poderes del sistema democrático, a diferencia de otros vicepresidentes que llegan al cargo como resultado de una extensa carrera en la que normalmente se evidencia una historia de intensa vinculación y socialización dentro del Estado, Villarruel podría ser considerada una outsider. Sin embargo, la actual vicepresidenta, antes incluso de que existiera La Libertad Avanza o de que se asociara a Javier Milei, tuvo una intensa participación política como activista de lo que podría llamarse la “memoria castrense” o “memoria completa” de las “víctimas del terrorismo” o “los otros muertos”. Por este motivo, dentro del ecosistema de las nuevas derechas argentinas, su agenda o zona discursiva de intervención, se concentra en torno a las políticas de la memoria, la seguridad y la defensa. La investigadora Paula Bedin (2024) ha indagado la particularidad discursiva de Victoria Villarruel, en tanto apuesta por articular el campo ideológico de la derecha con reivindicaciones de las primeras feministas y pioneras argentinas. Esta convergencia deriva en un relato que refuerza concepciones tradicionales del género a la que se les opone adversarialmente las políticas de igualdad de género, sin por esto dejar de autorretratarse como “mujer capaz”. Estas complejidades, advierte Bedin, dan al discurso de Villarruel un carácter renovador en el contexto de la derecha argentina que no se ajusta a estereotipos de posiciones anti-género.
Villarruel es nieta de Laurio Destéfani, un historiador de la Armada argentina, e hija de Eduardo Marcelo Villarruel, un militar que combatió en la guerra de Malvinas. Nacida en 1975, la vicepresidenta lleva en su historia familiar desde ambos linajes, paterno y materno, la inserción en la socialización militar. A pesar de esto, como bien ha marcado Palmisciano (2022), antes que la filiación, la construcción de legitimidad de su lugar de enunciación pública y su marca distintiva como militante de la derecha argentina (y dentro de esta especificamente del espacio que reivindica la “memoria completa” para contrarrestar las iniciativas y consignas de las organizaciones de derechos humanos) proviene de su profesión como abogada. Como en el caso de Javier Milei, la pretensión de construir un ethos profesional e intelectual (y el discurso del saber que se trama en las disputas por la verdad económica en un caso, y judicial en otro), de ambos integrantes del poder ejecutivo, constituye una regularidad y ocupa un rol nodal en la discursividad liberal libertaria.
El caso de Victoria Villarruel constituye un desplazamiento de una militancia en el asociacionismo civil-militar a la política profesional. Este pasaje es resultado de cambios de las estructuras de oportunidades políticas, los espacios de pertenencia, las redes de contactos, los procesos de aprendizaje de otras experiencias militantes y la reelaboración de los compromisos políticos (Palmisciano, 2022). Esta articulación de procesos políticos simultaneos se articularon de manera tal que configuraron las condiciones de posibilidad discursivas para que el orden de lo visible y enunciable permitiera esta particular renovación del lenguaje político legítimo.
A partir de un enfoque histórico que adopta la sociología comprensiva, Cristian Palmisciano propone una periodización de tres momentos para caracterizar la trayectoria de Villarruel. La primera etapa, que podemos situar entre comienzos de siglo y la llegada del macrismo al poder ejecutivo, se caracteriza por el aprendizaje de experiencias militantes de agrupaciones previas y afines a sus causas, como el establecimiento de redes de contactos internacionales con iniciativas de memorias similares (Palmisciano, 2022). A partir de la fundación de la CELTYV, Villarruel logró consolidarse en el campo de las derechas argentinas como una activista de la memoria completa particularmente visible que disputa en el lenguaje jurídico y de la comunidad internacional con los sentidos previamente establecidos por las organizaciones de derechos humanos.
A diferencia de FAMUS (Familiares de Muertos por la Subversión, una organización asociada al activismo de la derecha por la memoria completa de formación previa al CELTYV), al incorporar a las víctimas civiles como parte del reclamo, Villarruel:
[...] ha gestionado la presentación de sí y en cómo ha intervenido en las discusiones sobre el pasado reciente a partir de valorizar un lenguaje técnico-legal antes que hacer uso de lo que entienden como ‘interpretaciones políticas’. En este sentido, impugna la noción de ‘subversión’ a la que frecuentemente aluden quienes integran el asociacionismo civil-militar, la categoría de terrorismo de Estado y la ‘teoría de los dos demonios’ dado que no forman parte de los conceptos legitimados en el derecho internacional (Palmisciano, 2022, p. 58).
Esta lenta, pero firme construcción de una plataforma política que aspira a combatir el sentido de las políticas de memoria sobre la última dictadura militar argentina, evidencia efectos de reconocimiento de otras apuestas similares. Al igual que el FAMUS, Villarruel sigue la influencia de las experiencias políticas de organizaciones de víctimas del terrorismo de la organización Euskadi Ta Askatasuna (ETA). Según Palmisciano, esta recuperación de activismos internacionales afines es no solo una marca de estilo en la enunciación de Villarruel, sino una de las claves para su relativa inserción en el sistema político y en el discurso social. Al igual que el FAMUS en la década del 80 buscando “en el exterior un modelo socialmente legitimado, en los años recientes el CELTYV encontró en las redes transnacionales de lucha global contra el terrorismo un espacio de inserción y legitimación de sus iniciativas a nivel local” (Palmisciano, 2021a, p. 164).
Por otro lado, es vital para entender el alcance de la discursividad de la candidata liberal libertaria a la vicepresidencia el derrotero de los derechos humanos y las políticas de memorias después de la victoria electoral del macrismo en el año 20154. Distintos autores han considerado la reconfiguración o resemantización de los derechos humanos durante el periodo 2015-2019.Tomamos para una caracterización de este proceso los aportes de Mercedes Barros (2021). En este lapso histórico que ocupó el gobierno de Mauricio Macri de la coalición Cambiemos, se dio un proceso de proliferación de descalificaciones críticas y acusaciones hacia la actividad de las agrupaciones de familiares de las víctimas de la dictadura. En el año 2014, previamente a ocupar la presidencia, Mauricio Macri, entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, declaró en una entrevista con el diario La Nación: “Mi gobierno ha sido defensor de los derechos humanos, de la libertad de prensa, acceso a la salud y la educación. Ahora los derechos humanos no son Sueños Compartidos y los “curros” que han inventado. Con nosotros, todos esos curros se acabaron” (Rosemberg, 2014). Recientemente, en el año 2023 -casi una década después de la entrevista en La Nación, lo que demuestra cierta historicidad y perdurabilidad de una asociación entre significantes como “curro” y “derechos humanos”- en los meses previos a las elecciones presidenciales, en un seminario organizado por la Fundación Libertad, el expresidente Macri expuso que
[...] han utilizado hasta la tragedia que vivimos en la Argentina, que yo califique el comportamiento de ellos como el curro de los derechos humanos. Utilizaron esa tragedia para justificarse saquear el Estado de distintas maneras, con listados de gente que cobró subsidios que nadie puede verificar. Estamos hablando de millones de dólares en un país que tiene estos problemas de pobreza (Infobae, 2023).
Por otro lado esta figuración del curro, también fue usada por Villarruel en el año 2021, y ya como vicepresidenta en funciones, cuando el ministerio de justicia decidió interrumpir el pago de indemnizaciones a víctimas del terrorismo de Estado que presenten “irregularidades”, afirmó de manera celebratoria: “hay que revisar las millonarias indemnizaciones que se dieron en nombre de los DDHH. Auditar el curro de los DDHH que sirve a los fines políticos de un sector que siempre ha combatido al país y sus instituciones” (Infobae, 2024).
Este tipo de discursividad injuriosa que expresan “una vocación política conservadora dispuesta a encauzar la gramática democrática, depurando uno de sus discursos más preciados: el de los derechos humanos” (Barros, 2021, p. 31), es lo que en boca de Macri en 2014 empezó a horadar la temporalidad y los discursos sobre el pasado reciente. Las acusaciones a las organizaciones de DDHH fueron un campo de enunciados reconocibles en el discurso público y particularmente interpelante para los sectores conservadores o reaccionarios del sistema político durante todo el periodo democratico inaugurado en 1983. Fue recién con el macrismo, en el año 2016, que se produjo un cambio en la aceptabilidad, verosimilitud y legitimidad de las políticas de memoria, verdad y justicia que fueron sostén de identidades políticas hegemónicas previas como el kirchnerismo o el alfonsinismo.
En sus años de gobierno, el macrismo logró producir “un discurso político que articulando lenguajes liberales y pluralistas, recupera el léxico conservador, y le otorga una nueva vigencia y actualidad, recreando una trama significativa distintiva y aggiornada a su nuevo contexto democrático” (Barros, 2021, p. 31). Hoy en otras condiciones de producción discursivas, La Libertad Avanza produce una nueva organización del campo de lo enunciable radicalizando las acusaciones, estigmatizaciones y la disputa con las organizaciones de derechos humanos. Quizás más allá del negacionismo o el relativismo, cuando se manifiestan la demonización de las organizaciones de DDHH al incluirlas como cómplices de la corrupción durante la democracia y del terror de la violencia política durante los años setenta, estamos ante una disrupción dentro del campo de las derechas. En Villarruel, no encontramos ni siquiera una rehabilitación de la teoría de los dos demonios como la que sostuvo el alfonsinismo, hay una adscripción afirmativista al léxico político de la dictadura.
Barros y Quintana (2020) han caracterizado la política cultural de las emociones del macrismo como una “ambivalencia afectiva”. Este concepto señala que uno de los nodos de la discursividad macrista fue “la unión de los argentinos”, “el cierre de la grieta” y la voluntad de saturar el conflicto inherente a la vida política. Estas declaraciones pacifistas son paradójicas si consideramos que a la vez el significante DDHH se asoció a las retóricas y demandas securitarias críticas del garantismo legitimando escenas y actuaciones de las fuerzas de seguridad por fuera del uso razonable de la fuerza. La política de DDHH de Cambiemos consistió en promover “su diagnóstico del abuso de la década kirchnerista” y una “apuesta por la deskirchnerización” en el que puede considerarse que “confluyen y se solapan discursos universalistas y pacifistas con otros claramente autoritarios y anti/pluralistas” (Barros, 2021). La novedad del liberal libertarianismo radica, a nuestro juicio, en la instrumentación de nuevas estrategias discursivas y de movilización afectiva en la que se trama un disputa por los límites de la figura de “víctima” y de “derechos humanos”.
Víctima: figuraciones de un lugar emocional de enunciación
El debate de candidatos, constituye una situación de enunciación particularmente excepcional para el discurso político y en el caso de la cultura democrática argentina es también una novedad. A partir de la sanción de la ley 27.337 en noviembre de 2016 que modificó el código electoral nacional, ley 19.945, en Argentina son obligatorios los debates presidenciales, exclusivamente transmitidos por Televisión Pública. Previa a la sanción de la ley hubo un debate en las elecciones presidenciales de 2015 organizado por la ONG Argentina Debate y el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento, el cual constituyó el primer debate presidencial. Desde la recuperación democrática en 1983 hasta 2011 se realizaron siete elecciones presidenciales; en ninguna de ellas pudieron realizarse instancias de debate o enfrentamiento entre candidatos. Puede pensarse que la discursividad política argentina no tiene una larga tradición o formalización del debate en tanto género de la comunicación política democrática moderna, como sí puede ocurrir en otros países del mundo. Cabe mencionar que sí existieron instancias de debate televisivo en canales privados en el caso de elecciones subnacionales o de cargos legislativos.
El programa “A dos voces” del canal Todo Noticias, organizó una serie de debates entre postulantes a la vicepresidencia. El primero en agosto de 2023, en el que participaron los cinco candidatos que se presentaron a las elecciones generales (Villarruel, Petri, Rossi, Randazzo y Del Caño) logró un rating bastante alto. Según el propio medio
El promedio 2023 de A dos voces es 1,6 puntos y el promedio de audiencia de septiembre es 2,0 mientras que la noche del debate, este mismo programa alcanzó picos anormalmente hipertrofiados en lo que respecta a la oferta televisiva por cable de casi 8 puntos de rating, un crecimiento del 205% (Todo Noticias, 2023).
Por otro lado, la circulación en redes sociales y demás plataformas comunicacionales da cuenta de la importancia que tuvieron los contenidos digitales relativos al debate. En este sentido, las cuentas oficiales de TN registraron 2,5 millones de reproducciones acumuladas en Instagram, un millón de reproducciones en X (exTwitter) y 645 mil visualizaciones en TikTok de videos sobre el programa. Durante la emisión del programa “#DebateEnTN” y los nombres de los principales candidatos ocuparon los primeros puestos de las tendencias de X en Argentina. También según el propio canal de noticias:
En YouTube hubo dos emisiones simultáneas del debate, con picos de 140 mil usuarios concurrentes entre ambos streamings. Se trató, en esta plataforma, del segundo evento del año con más espectadores al mismo tiempo después del pico de 280 mil concurrentes simultáneos del domingo 13 de agosto, que fue el día en que se hicieron las PASO (Primarias abiertas, simultáneas y obligatorias) (Todo Noticias, 2023).
Una situación análoga se repitió en el debate de noviembre del que solo participaron Villarruel y Rossi. Estos datos sobre la magnitud de las audiencias y la replicación en redes sociales del debate marcan la relevancia de la televisión en la política nacional y su rol en la construcción de acontecimientos colectivos en la agenda pública..
“A dos voces” organiza el debate en cuatro ejes temáticos: economía y trabajo; seguridad y defensa; salud, educación y políticas sociales; justicia, derechos humanos y transparencia. Es en el transcurso de este último eje que se dio una de las confrontaciones más relevantes entre los candidatos de ambas fuerzas políticas en torno al pasado reciente y particularmente sobre la violencia política durante la década del setenta.
Agustin Rossi: La Argentina tenía un pacto democrático alrededor de todo lo que significaba la política de derechos humanos. No fue una política nuestra.
Victoria Villarruel: No, claramente ese pacto no incluye a todos los argentinos. Por eso tengo que hablar por los que no están reconocidos.
AR: No, mentira, incluye a todos los argentinos.
VV: No, no los incluye. Hay víctimas de montoneros y el ERP que no tienen derechos humanos. Si vos estuvieras por los derechos humanos, querrías que esos derechos humanos se les dieran también. Pero vos no querés derechos humanos… En el Parque de la Memoria hay 8.751 nombres. ¿Dónde están los demás? Deje de mentir. Deje de hacer carancheo con los desaparecidos. Deje de usar a los desaparecidos. Diga la verdad… reconozcamos que acá hubo víctimas del terrorismo que no tienen derechos humanos. Muchas de esas personas también están hoy detenidas. Por ejemplo, Amelong5 es una persona cuyo padre fue asesinado por Montoneros en democracia en la ciudad de Rosario. Ciudad que vos conocés muy bien. Y fue asesinado en el 74. Era un civil, un ingeniero, padre de 11 hijos. Que hoy su hijo está preso por delitos de lesa humanidad. Yo me pregunto, ¿por qué no están presos los que asesinaron al ingeniero Amelong? (Todo Noticias, 2023, 1h4m).
Enunciados como los de Victoria Villarruel en el marco del debate presidencial, es decir en una situación pública y mediatizada de comunicación política, hacen circular emociones que buscan cambiar los límites de lo público. Cuando polemiza con Rossi y afirma que el pacto democratico “no incluye a todos los argentinos”, lo que se pone en juego es la configuración afectiva que organiza la legitimidad política de quienes forman parte de la sociedad civil. Desde esta discursividad se afirma la existencia de “víctimas” que no fueron tenidas en cuenta, daños por los cuales no se han intentado reparaciones, subjetividades que han permanecido por fuera de la escucha y el reconocimiento de cierta atmósfera afectiva. Ante este silencio, encuentra su lugar de enunciación, “tengo que hablar por los que no están reconocidos” dice la candidata a la vicepresidencia. Cuáles son los límites de la inclusión al pacto democratico es una cuestión que se dirime en el plano de los afectos. Se trata de postular empatía o simpatías posibles entre objetos, sujetos y temporalidades diversas.
Parte de lo central de la constitución de una política de la memoria, es el lugar de la verdad. Aquí Villarruel se ubica en el lugar del decir verdadero, mientras que su oponente, Rossi, es motorizado por la mentira. Además de mentiroso, lo que constituirá una falta en el orden del saber o en el adecuamiento epistemológico de cierto conjunto de hechos, Villarruel suma una denuncia moral, Rossi “usa a los desaparecidos”. La estrategia de la candidata de La Libertad Avanza consiste en presentar a su adversario en el lugar de quien se contradice, o se expresa de manera falaz, a la vez que no es un auténtico defensor de los derechos humanos y la verdad. En parte porque no reconoce otras víctimas, que Villarruel sí, pero también porque no cree en los derechos humanos como causa. Rossi es acusado de “caranchear” o de “usar” víctimas y desaparecidos. La acusación sintética que le espeta Villarruel se sintetiza en “no querés derechos humanos”. Buscar presentar al adversario como alguien incongruente e incapaz de la autenticidad, es parte de los procedimientos afectivos de establecer una cierta gramática emocional. El otro, el adversario cumple con el guión del engaño y mentira, es usurero y no siente verdaderamente la causa, la usufructúa para su propio beneficio. Todo lo contrario a Villarruel. El problema de la autenticidad, del saber y los motivos detrás de la acción, son centros nodales de las estrategias discursivas que establecen configuraciones afectivas que desplazan o instituyen interlocutores legítimos de lo público en general y en este caso de las políticas de memoria y sus representaciones del pasado.
La participación de Victoria Villarruel en el debate vicepresidencial constituyó una escena particularmente demostrativa del funcionamiento de las configuraciones afectivas en la (des)regulación de la esfera pública. Figuras como la de “víctima”, constituyen signos políticos de intensa productividad y emocionalidad para reclamar un lugar en la conversación pública. La cuestión es que cuando perpetradores de la última dictadura militar construyen su identidad o su lugar social a partir de figuras como las de víctima o como sujetos de un daño y una demanda de justicia, lo que ocurre es que se torsiona el lenguaje de los derechos humanos. En palabras de la candidata a la vicepresidenta: “Simplemente lo que hago es reconstruir la parte de la historia que ustedes borraron, eliminaron y pusieron debajo de la alfombra de la historia”. De alguna forma, el dispositivo de enunciación de Villarruel asume el lugar de quien está a cargo de contar una historia silenciada, como si tuviera el deber moral de encarnar una demanda de reivindicación. Este tipo de posición enunciativa es una novedad relativa en el campo de la derecha y el sistema político argentino. Si bien, durante el macrismo hubo un cuestionamiento sobre la política de derechos humanos aplicada por el kirchnerismo, lo que moviliza Villarruel no consiste solamente en la búsqueda de una amnistía o pacificación de la discusión social, sino que afirmativamente propone un proyecto de re-direccionamiento de las políticas de memoria. Este tipo de resemantizaciones, modulaciones y terremotos en la imaginación pública, no podría suceder sin una intensa afectividad en la palabra política. El debate, escenario de contienda y persuasión por antonomasia, fue una de las plataformas que la actual vicepresidente utilizó en el contexto de la campaña presidencial para perforar una configuración afectiva sedimentada por organizaciones de derechos humanos, pero que ya se encontraba horadada por las apuestas de fuerzas derechistas previas durante la gestión de la coalición Cambiemos.
Consideraciones finales
La mediatización de la experiencia social, la conversación pública y de gran parte de los rituales políticos de la democracia contemporánea es un proceso, que como argumentamos al inicio de este escrito lleva varios años de intensa discusión académica. Particularmente el debate vicepresidencial, constituye un síntoma de este proceso de transformación de los protocolos de expresión y producción de imaginación pública. No solamente se trata de que el debate sea un escenario, plataforma o canal para las ideas reaccionarias o el conflicto de las luchas por las representaciones del pasado y la memoria social. Tampoco se trata de argumentar aquí que la lógica televisiva y la voracidad de las audiencias por este tipo de programas se encadene en un discurso efectista, pasional y superficial que desestabilice la producción de sentido que favorece la institucionalidad democrática. Sí podemos decir que la importancia que tuvo el debate vicepresidencial -manifestada en el volumen de sus audiencias tanto en redes sociales como en el medio televisivo tradicional- lo transforma en un acontecimiento político y público de gran alcance. Quizás en un horizonte marcado por la fragmentación social y la segmentación de público, el debate sea la excepción y constituya de los raros eventos colectivos de gran alcance. Esto no quiere decir que toda la sociedad tenga la misma interpretación del debate y sus alcances. Por otro lado, desde el giro afectivo no podemos sostener que el discurso televisivo sea más o menos racional o pasional que otro tipo de formatos más o menos implicados en el proceso de mediatización de la discursividad social. Las emociones son una práctica social constitutiva de la conflictividad social y se articulan en políticas culturales que establecen o disputan los límites de lo íntimo y lo público, de lo olvidable y lo conmemorable, de qué sujetos son víctimas y quiénes victimarios.
Como advierte Barros, la actuación del macrismo se “inscribe y da paso a una polémica persistente, lo que nombramos aquí como un escenario contencioso sobre las memorias dictatoriales” (2021, p. 32), podríamos pensar la producción discursiva de La Libertad Avanza como una particular continuidad de esa gramática neoliberal conservadora que utilizó como estrategia enunciativa la interpelación a esas escenas de disputa por el pasado reciente.
Queda pendiente a nuestro parecer entender cuál es el diagnóstico y la pragmática en término de derechos humanos de La Libertad Avanza, pero también qué tipo de configuración afectiva hace circular. Nuestra hipótesis sostiene que el diagnóstico elaborado por la derecha macrista del “abuso de los derechos humanos” y la propuesta de “la pacificación universalista deskirchnerisante” asociada a la demanda securitaria, ha sido retomada por nuevos actores sociales. Este proceso político protagonizado por la corriente liberal libertaria representada por Victoria Villarruel produce un desplazamiento de los componentes del imaginario político argentino rehabilitando el léxico político de la dictadura. A nivel afectivo esta actualización de sentidos se manifiesta en una profunda rabia y melancolía en torno al pasado, evidenciado tanto en los tonos como en la materia lingüística del discurso de la candidata en el debate vicepresidencial.










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