Las investigaciones sobre el campo del libro, la lectura y la edición son escasas en el Perú. Aunque en los últimos años se han realizado algunas publicaciones relevantes, la institucionalización del campo -con debates, cátedras, financiamiento de investigaciones, etc.- dista de consolidarse en un plazo breve. Como señala Robert Darnton, en el mundo comenzó a desarrollarse en la segunda mitad del siglo XX y, en dos décadas, se enriqueció de manera variada y notoria.1 En el siglo XXI viene experimentando otro impulso que tiene en América Latina crecientes producciones bibliográficas. En países como Argentina, Brasil, Chile, Colombia o México, con mayor frecuencia se publican trabajos vinculados a dicho campo, además de ser referentes para la región. Como Perú es un país donde poco se ha investigado sobre ello, resulta necesaria la aparición de El intelectual-editor y el doble valor del libro en el Perú. Desde fines del siglo XIX hasta fines del siglo XX, de Delfina González del Riego E. y Osmar Gonzales Alvarado. Camino a pensar en lo que evidencia del estado actual del campo peruano, el libro propicia interrogantes, ejes de discusión y algunas rutas posibles por recorrer a futuro.
Los autores presentan una mirada panorámica del intelectual-editor en el Perú entre finales del siglo XIX y finales del XX. Se centran en ocho casos de intelectuales peruanos que dirigieron proyectos editoriales propios. Reconocen que hay otros tipos de intelectuales-editores: “el de entidades públicas, el de universidades (públicas o privadas), el de Organismos No Gubernamentales, o el exiliado, cuyo fin predominante no es la rentabilidad sino el de difundir ideas” (p. 8). El propósito de los autores es “esclarecer esa relación, entre la labor intelectual y la realización de proyectos editoriales” (p. 7). Cronológicamente, los casos estudiados son: a) Clorinda Matto de Turner (1854-1909) y la Imprenta La Equitativa; b) Manuel Beltroy (1893-1965) y Editorial Euforión; c) José Carlos Mariátegui (1894-1930), la Imprenta Minerva y la Editorial Amauta; d) Enrique Bustamante y Ballivián (1883-1937) y la Compañía de Impresiones y Publicaciones (CIP); e) Manuel Scorza (1928-1983) y los Populibros Peruanos; f) Javier Mariátegui Chiappe (1928-2008) y la Biblioteca Amauta; g) Mirko Lauer (1947), Abelardo Oquendo (1930-2018) y Mosca Azul Editores; y h) Jorge Eslava (1953) y la Editorial Colmillo Blanco.
Por la extensión y el tipo de texto, los autores sobrevuelan los ocho casos para brindar un panorama del intelectual-editor en el país, sobre todo de Lima. De manera general -a veces, enciclopédica-, esbozan trayectorias de los intelectuales-editores, por lo que parecieran dirigirse a un público más amplio que sólo el de especialistas. Con metodología descriptiva y poco analítica, los abordan con la suma de cinco elementos: formación académica, inclinaciones políticas, obra propia en libros, vínculos sociales relevantes y experiencias editoriales -previas o posteriores a los proyectos comentados-. Luego, se centran en historiar brevemente cada proyecto elegido: presentan el catálogo con ciertos rasgos y principales títulos, resaltan algunos autores publicados para complementarlos -a veces- con sus implicancias simbólicas y, según el caso, matizan la visión empresarial del proyecto o sus vínculos con el mercado. Al ser una mirada general, no debe esperarse que se agote cada proyecto o sus principales rasgos. La propuesta sugiere la inclinación más marcada de cada uno: los proyectos más románticos -como la Editorial Euforión de Bustamante y Ballivián- o los más comerciales -como los Populibros de Scorza-.
A nivel conceptual, los autores parten de Gustavo Sorá, Roger Chartier, Pierre Bourdieu, Siegfried Unseld y Lewis A. Coser para precisar las nociones “editor” y “mercado literario”. Es claro el propósito de tratar el doble valor del libro -simbólico y comercial-, ya que se interesan por la generación de ingresos y las redes de sociabilidad como parte de las trayectorias de las personas estudiadas. Sin embargo, resulta elocuente que no precisen la noción “intelectual-editor”. Sólo la refieren, de manera laxa, como “aquel que siendo autor busca jugar las reglas del mercado” (p. 8) para, luego, glosar los comentarios de Isabel de León Olivares sobre el venezolano Rufino Blanco Fombona y la Editorial América (1915). Esto es relevante al advertir que, a lo largo del libro, los autores no diferencian con nitidez al “intelectual” del “autor”. Siguiendo a Sorá, dicen que el “intelectual abre ideas” (p. 7), pero ¿de qué tipo? En otras palabras, de manera implícita, el “intelectual” podría serlo por su condición de “autor” y viceversa. De ambas nociones, la ausencia más problemática es la de “intelectual”, porque constituye la mitad del sintagma que les interesa a los autores y porque la conceptualización de un “intelectual” puede propiciar mayores incidencias en un objeto de estudio -como puede verse en la obra de Carlos Altamirano-.2 En su mayoría, ¿no se refieren a intelectuales que se autopublicaban en sus propias editoriales y, también, eran editores de otros? Por lo menos en la mitad de los casos estudiados, se reitera esa figura.
En la última sección del libro se evidencia más lo que señalo. Ya en la introducción, los autores señalaban que el tipo intelectual-editor les permitiría hacer un “balance del rol que el libro ha tenido en nuestra sociedad y cómo fue variando en el tiempo” (p. 8). Sin embargo, en página y media, el cierre presenta unos breves comentarios, a modo de notas para futuras investigaciones. Los autores señalan algunos rasgos generales: el aporte a la actualización tecnológica, el incremento de autores y títulos, la generación de redes de intercambio de ideas, la preponderancia de los hombres -aunque el estudio comienza con Clorinda Matto de Turner-, la contribución relativa a delinear el campo intelectual peruano, la importancia del periodismo en la formación de los intelectuales-editores y el relativo alcance de prestigio y legitimidad. No se trata de una caracterización, propiamente dicha, de los intelectuales-editores de manera concluyente o como propuesta conceptual -propia o apoyada en otros-, luego de haber presentado la visión panorámica. En esa sección final bien pudo acentuarse con mayor amplitud el potencial subyacente de las dimensiones aludidas y algunas rutas de investigación que pueden desprenderse de ellas.
Me interesa un pasaje problemático de la sección final: “Este tipo de intelectual [el intelectual-editor] se convierte, de algún modo, en un caudillo cultural con capacidad de convocar a sus pares con legitimidad” (p. 61). Esto se refiere a las dimensiones carismáticas, la sociabilidad y su posibilidad de concretar la producción editorial y la circulación de ideas. Aquí un punto clave. Como una parte importante de los casos estudiados están vinculados con las izquierdas en el país o sus catálogos desarrollaron parte de las Ciencias Sociales peruanas y sus discursos progresistas, la figura del “caudillo cultural” resulta insuficiente para flanquear con solvencia las complejas relaciones entre intelectuales y producción cultural o ideología y cultura impresa. Dado que los autores no precisaron lo que entendían por “intelectual”, la idea del “caudillo cultural” podría considerarse un fraseo más ensayístico. Esto no lo descalifica, pero su porosidad aminora el alcance que podría tener. En ese sentido, cabe recordar la noción del intelectual orgánico de Antonio Gramsci (1967)3 o la estructura de sentimientos, de Raymond Williams (2000),4 ya que las dimensiones relacionales, políticas y subjetivas se asomaban en la cita antes señalada.
A partir del libro y de manera específica, ¿cuál es el aporte del intelectual-editor? Digo, aquello que no pueda advertirse al estudiar otros tipos de intelectuales o editores. Más allá de la imprecisión del sintagma, cabe preguntarse: ¿El intelectual-editor constituyó un paradigma en la historia del libro peruano? Como mínimo, hay dos consideraciones: dicho tipo existe en otros países y los estudios sobre el campo peruano aún son pocos para compararlos con otros tipos y, así, dar una respuesta bien documentada. Al mismo tiempo, la evidencia del libro sugiere que los ocho casos estudiados inscriben al intelectual-editor como parte propositiva de la vida cultural nacional desde la cultura del libro. Pero mi comentario apuntaba a que no parecieran tener rasgos diferenciadores, es decir, los que señalan González del Riego y Gonzales Alvarado son rasgos afines a cualesquiera otros tipos de intelectuales significativos que, alguna vez, ejercieron labores editoriales. Tras comentar el trabajo, las experiencias y el contexto de los proyectos estudiados, la falta de una lectura más sistemática no ayuda a perfilar mejor el tipo intelectual-editor, camino a una discusión futura con los lectores del libro. Este aspecto no es menor al recordar que uno de los autores -Gonzales Alvarado- es uno de los académicos que ha contribuido a la sociología de los intelectuales peruanos de finales del siglo XIX y parte del XX; y, en menor medida, sobre el libro y la lectura en el país.
El libro aquí comentado podría inscribirse en el campo de la historia intelectual. Al esbozar trayectorias de intelectuales-editores y los proyectos editoriales propios que dirigieron, la propuesta se sitúa en la propicia intersección donde varias disciplinas pueden aportar de manera conjunta. En ese sentido, la obra contribuye a ver a los autores y editores como agentes sociales de múltiple accionar en su contexto. En un país donde predominan las hermenéuticas de contenidos, tratar el catálogo, los aspectos materiales o comerciales hace volver la mirada a sus agentes productores. Asimismo, un libro como éste también evoca un proyecto que hace varios años se encaró en la región latinoamericana con distintos resultados: proponer una historia general y nacional del libro. No lo menciono porque, al día de hoy, se cuenta con toda la información necesaria. Más bien, lo hago porque esbozar sus coordenadas principales acentúa la importancia de seguir pensando históricamente el libro -y lo editorial-, además de a sus intermediarios, contextos y negociaciones.
Por último, las críticas que hago no desmerecen la publicación de González del Riego y Gonzales Alvarado, pero sí matizan su potencial. A futuro, este libro podría ser una referencia -un ejemplo posible- de cómo abordar una historia intelectual o editorial en el país. Las preguntas que deja a su paso son varias, las que incluyen posibles abordajes teóricos respecto a las labores de un intelectual en el espacio público y sus formas de intervención en la historia cultural, particularmente en el campo del libro, la lectura y la edición.
Nueva Esperanza, Villa María del Triunfo, Lima (Perú), 30 de junio de 2024









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