La elaboración de una novedosa obra intelectual implica la consulta de infinidad de archivos y otras fuentes de información para emprender su creación, conocer e interpretar sus contenidos y, sobre todo, explicar y contextualizar toda aquella información que se obtiene a partir de estas revisiones, con un énfasis especial en dejar por sentando que esta novedad servirá parar abrir camino al conocimiento de un acontecimiento histórico de cuya importancia se hace énfasis en el contenido de la misma obra. En este concepto de novedad queda encuadrado el libro de Ramona Isabel Pérez Bertruy titulado Plano de la Alameda de México de Alexandre d’Arcourt (1771). Una visión histórica, artística y cultural, cuyo contenido se ha enfocado en atender la importancia de este proceso para la historia de Ciudad de México, así como abordarlo por vez primera en un estudio que profundiza en varios aspectos relevantes.
Como especialista en los estudios de los paisajes urbanos, su construcción, expansión y conceptualización en las diferentes épocas en las cuales ha puesto su interés, la doctora Pérez Bertruy nos presenta una investigación centrada en la elaboración del plano de la moderna Alameda de Ciudad de México. En la época en que se ubica este texto, se buscó mejorar su aspecto y ponerlo a la altura de la arquitectura de la llamada Ilustración, cuando el estilo neoclásico fue imponiéndose en las principales obras públicas, eclesiásticas y particulares a lo largo y ancho del imperio español, bajo el gobierno de la dinastía de los Borbón. Dicho plano, su conceptualización y dibujo, así como la información técnica correspondiente a este trabajo y al contexto histórico en el cual se desarrolló, no habían sido estudiados de manera particular, y tampoco la figura del ingeniero encargado de su elaboración, Alexandre d’Arcourt, militar con el grado de capitán, de cuya historia, formación profesional y trabajo en Nueva España da cuenta el libro aquí reseñado
El libro contiene dos aspectos importantes que se van explicando a través de sus páginas: primero, la carrera y actividad profesional del capitán Alexandre d’Arcourt, el cual se nos presenta como un individuo integrado a las fuerzas armadas de la monarquía católica desde mediados del siglo XVIII, con un alto nivel de preparación como ingeniero militar, el devenir de dicha formación y sus orígenes familiares; el segundo aspecto es precisamente la historia de cómo se gestó dicho plano, a través de las ideas arquitectónicas de jardines plasmadas en él, que dio origen a la traza del paseo que pervive hasta nuestros días, ejemplo de los avances del arte de la arquitectura y diseño de su época.
La obra está estructurada bajo la forma de un índice general, prólogo y cinco capítulos, más aparte un epílogo y el apartado de las fuentes consultadas, cuya riqueza de contenido deja en claro el trabajo intelectual de alto nivel necesario para explicar adecuadamente este proceso histórico. El primer capítulo, titulado “Los orígenes del autor del plano. La familia D’Arcourt”, abre el camino para conocer los antecedentes familiares del mismo, que se sitúan en la región de Valonia en la actual Bélgica, los llamados Países Bajos españoles o del sur a finales del siglo XVII, territorio que sufrió muchos cambios a raíz de los conflictos internacionales que enfrentó la monarquía española en Europa, entre los cuales se destacó la movilidad de muchos de sus habitantes, particularmente aquellos que dominaban profesiones de alto nivel técnico y que continuaron al servicio de los reyes españoles de la casa de Borbón.
Fue en medio de esta realidad compleja que el padre de nuestro protagonista, llamado Nicolás d’Arcourt, dejó atrás su tierra ancestral para trasladarse junto con su familia a la península ibérica, y asentarse como uno de los ingenieros militares al servicio de la Corona española en 1715, donde tomó parte en la planeación y construcción de la ciudadela de Barcelona y otras obras de importancia, facilitando con esto la integración de su prole a la nueva realidad que les tocaba vivir.
En el segundo capítulo, “Su educación y formación profesional. El militar ilustrado”, la autora explica más a fondo las bases técnicas y científicas de las cuales se nutrió Alexandre d’Arcourt, mencionando de manera sucinta el cómo la carrera de ingeniería militar española contó con todo un sistema de instrucción que fue dando pie al nacimiento y consolidación de este cuerpo, especialmente hacia el año 1711. Comienza por mencionar los primeros intentos de aprovechar una base social de especialistas en España, con la Real Academia de Matemáticas de Madrid, fundada por Felipe II en 1569, y la incorporación de los niños huérfanos de los desamparados, para que recibieran un aprendizaje adecuado en su preparación como futuros artilleros. En 1720, con la apertura de la Academia de Matemáticas de Barcelona, a cuyo frente estuvo el ingeniero italiano Mateo Calabro, España puso en pie dentro de su territorio a una institución referencial para la preparación de sus ingenieros militares.
Esta academia contó con un variado y completo programa de estudios que incluía matemáticas, geometría, dibujo, hidráulica y las reglas de fortificación, acompañado por la enseñanza del uso de materiales como la plancheta, montajes para la artillería y los instrumentos de perspectiva, poniendo de manifiesto el grado de especialización alcanzado que se reflejó en sus alumnos, entre los cuales se encontró Alexandre. Nacido ya en España, vive integrado en la nueva sociedad que ha ido surgiendo tras la guerra de sucesión y el cambio de dinastía, y logró ingresar a la Academia de Barcelona, bajo la dirección de Calabro. La perspectiva que ofrece el capítulo sobre el proceso formativo de Alexandre d’Arcourt permite comprender su elección para ejecutar la obra que da pie al estudio aquí presentado.
El capítulo tercero, “El militar español en Nueva España. Contexto histórico”, corresponde a la explicación de la situación que vivía Nueva España a mediados del siglo XVIII, tiempo en el cual Alexandre d’Arcourt arribó a territorio colonial en 1768. Tanto Nueva España como las demás posesiones españolas del Caribe habían vivido una situación complicada debido a la guerra de los siete años (1756-1763), en la cual España había entrado a favor de Francia casi al final del conflicto, con resultados por demás nefastos para la monarquía española y que tuvieron por colofón la ocupación británica de La Habana y de Manila en el extremo oriente. Por tal razón, el proceso de creación de un ejército colonial se produjo prácticamente al finalizar el conflicto, y en 1764 el teniente Juan de Villalba llegó a Nueva España para organizar los primeros batallones. Posteriormente, arribaron algunos cuerpos de infantería y caballería de línea, como parte del plan de que sirvieran en calidad de pie veterano para las nuevas fuerzas militares, destacando los batallones de infantería de extranjeros provenientes de Ultonia, Saboya y Flandes, siendo en este último donde estaba emplazado Alexandre.
La llegada de estas tropas coincidió con la del virrey Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, quien impulsó definitivamente la erección de las fuerzas armadas novohispanas, así como el implantar los planes reformistas trazados desde Madrid, acción que haría a la par con José de Gálvez, visitador general y futuro ministro de Indias. Los dos personajes colaboraron estrechamente en planes como el inicio de la implantación del sistema de intendencias en Nueva España (proyecto que tardaría varios años en ser concretado), la reforma de la Real Hacienda del reino, lo que permitió aumentar la recaudación y reducir el contrabando y la evasión en los principales puertos de mar, así como resolver una de las situaciones más graves que enfrentó la autoridad colonial: la expulsión de los padres de la Compañía de Jesús en 1767 y reducir los brotes de rebelión que se sucedieron tras la expulsión. En este contexto, Alexandre d’Arcourt recibió la orden del virrey para trabajar en el nuevo diseño de la Alameda de Ciudad de México, sin duda parte de los planes del marqués de Croix para dejar un recuerdo de su paso por tierras americanas.
En el capítulo cuarto, “La elaboración del plano y la construcción de la nueva Alameda”, la autora explica el proceso de diseñar y construir esta traza que cambió para siempre su aspecto, pensado especialmente como un espacio de recreo y esparcimiento cómodo, funcional e higiénico, donde los habitantes de la ciudad podrían disfrutar de un espacio digno. La elección de D’Arcourt como encargado de las obras habría obedecido al hecho de él y el virrey coincidieron en la campaña de Italia durante la guerra de sucesión austriaca, lo cual facilitó la decisión del marqués de Croix. La transformación de la Alameda comenzó en marzo de 1770, expandiéndola hacia las plazuelas de Santa Isabel y San Diego, convirtiendo el antiguo diseño de cuadro en un rectángulo de 121.147½ varas totales. Se ordenó utilizar ladrillos de marca, cegar las acequias que rodeaban el paseo, ampliar las calzadillas internas y la construcción de cuatro portadas de mampostería en ángulo truncado, al igual que de una entrada principal para coches y caballos al sur. Con un diseño en forma de X, 24 prados triangulares, 7 glorietas internas y 12 externas, la Alameda se ponía a la altura de otras que se estaban construyendo o modernizando en ciudades de España (Sevilla) y otras de sus posesiones americanas como Lima y La Habana.
El plan para la nueva imagen de la Alameda no concluyó durante el gobierno del virrey Croix, y tampoco bajo la dirección de Alexandre d’Arcourt. El primero solicitó su relevo del cargo por motivos de salud y asuntos personales, y en septiembre de 1771 emprendió su regreso a la península; D’Arcourt, quien también regresaría a España casi al mismo tiempo que el virrey, dejó el plano de la nueva alameda en poder del Cabildo de la ciudad, con la intención de que continuaran los trabajos que hacían falta para concluirla. El plano tenía anotadas en rojo las partes que se habían avanzado hasta ese momento, y en color amarillo se señaló lo que hacía falta por concluir: terminar de sembrar árboles, rellenar y nivelar el interior hasta los asientos y bancas, tapar la acequia que corría al sur del paseo. Todo esto se complementó con el informe del Cabildo del 2 de diciembre de 1771, donde se apuntaron más detalles a considerar para finalizar la obra.
Correspondió al virrey fraf4y Antonio María de Bucareli y Ursúa (1771-1779) el concluir con la monumental obra del arreglo de la Alameda, para lo cual se basó en el plano que tenía en su poder el Cabildo, lo que permitió asegurar la homogenización del trabajo final. El antecesor de Bucareli había dejado un fondo de 4, 000 pesos para la obra, que no fue suficiente y el nuevo virrey aprobó la realización de corridas de toros, con el fin de recaudar fondos para finalizarla. Fue en ese tiempo cuando se colocaron las fuentes junto a esculturas de temática mitológica, así como los barandales, asientos y la floresta que la caracterizaron en el siglo XIX.
El último capítulo del libro, titulado “La producción técnica y artística del plano”, contiene los aspectos técnicos que fueron parte importante del dibujo del mismo, una pieza por demás valiosa y que sirvió fehacientemente a los propósitos para los cuales fue elaborado. El trabajo de Alexandre d’Arcourt constituye por sí mismo un documento histórico que para su elaboración siguió directrices establecidas en la época que demostraron estar a la altura del desarrollo de la profesión de la ingeniería, con el uso general de las escalas, símbolos geométricos y colores con fines demostrativos. Se utilizó lápiz de grafito, trasportador de ángulos, reglas graduadas y compases que ayudaron a lograr mediciones de alta precisión, tinta china para el delineado del dibujo y una serie de colores: el verdusco, iris, rojo, amarillo y verde vejiga, todos obtenidos de bases naturales, por ejemplo, la planta del lirio, el espino cerval, yezgo y las bases minerales y naturales como la cochinilla. Las varas castellanas fueron la unidad de medida utilizada en el dibujo del plano.
El resultado final fue un plano ricamente iluminado con tinta y acuarela, en escala de 100 varas castellanas y con notas técnicas suficientes para comprender todo lo que necesitaba el trabajo en la Alameda para llevar a cabo su conclusión, clasificándose como un jardín de estilo francés del siglo XVIII, con una traza geométrica que le dio un equilibrio estético muy llamativo, pudiendo considerarse el culmen de la arquitectura ilustrada utilitaria. Todo este arte de la ingeniería quedó plasmado en un papel preparado de trapo a base de algodón de grueso gramaje, lo cual le dio la resistencia necesaria para pervivir hasta nuestros días.
El Plano de la Alameda de México de Alexandre d’Arcourt cumple los objetivos trazados y tiene una presentación por demás clara de los temas tratados a lo largo de sus páginas; asimismo, aporta una interpretación por demás interesante para la historia de la Alameda de Ciudad de México, y su discusión y análisis. En sus páginas ricamente ilustradas el lector podrá encontrar ejemplos del devenir de este paseo tan importante para los habitantes de la urbe, así como comprender con mayor claridad el cómo se realizó el proceso de cambio y modernización que se ha mantenido hasta nuestros días, mientras conoce un poco de la vida del personaje que hizo posible esto gracias a sus conocimientos, el capitán Alexandre d’Arcourt, de quien, como lo apunta el epílogo, se puede decir que fue un profesional calificado para la proyección y construcción de obras públicas, lo que le permitió diseñar un jardín que se ha convertido en patrimonio y bien cultural de México.










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