Introducción:1 historia de la traducción en México y América Latina
A partir de la década de 1990, los estudios de traducción dejaron de ser “un objeto de investigación marginal […] adquiriendo nueva visibilidad en el cruce de estudios de traducción y literatura”, como señaló Andrea Pagni. A esa visibilidad contribuyeron obras como la de Anthony Pym en 1998, Method in Translation History -de la que nos ocuparemos aquí-, con el propósito de entender la dimensión historiográfica de las traducciones y adoptar “una perspectiva diacrónica” para estudiarlas.2 Sin duda, el interés por los estudios de traducción en perspectiva histórica no ha dejado de incrementarse en las décadas más recientes. Prueba fehaciente de ello es la amplia colección editorial (con revisión por pares y un comité internacional) de la Benjamins Translation Library, cuyos 154 volúmenes, de 1994 a la fecha, buscan ahondar en la mayor diversidad de temas especializados en torno a los estudios de traducción, y de los cuales destacamos dos recientes: A History of Modern Translation Knowledge: Sources, Concepts, Effects (2018)3 y, para efectos de este estudio, Literary Translation in Periodicals (2020).4
Además, una buena cantidad de trabajos ha trasladado el enfoque de la historia de la traducción al ámbito de la lengua española o al área cultural hispanoamericana, como las investigaciones de Georges L. Bastin y del grupo de estudios HISAL de la Universidad de Montreal; volúmenes colectivos como Traductores y traducciones en la historia cultural de América Latina;5 la publicación anual 1611. Revista de Historia de la Traducción, de la Universidad Autónoma de Barcelona; y, por último, una herramienta de consulta que, a pesar de sus limitaciones, sigue siendo fundamental, el Diccionario histórico de la traducción en Hispanoamérica (2013).6 Los aportes de Andrea Pagni son notables en cuanto a la revisión bibliográfica y el balance crítico de los estudios realizados en dicha área lingüística-cultural.7 Entre otras cosas, Pagni subraya distintas adopciones de la metodología de Pym y concluye que “importa destacar el ingente trabajo de archivo que queda por realizar cuando se piensa en historiar la traducción en América Latina. No se trata sólo de reunir a los grandes nombres, destacar la labor traductiva de los letrados, intelectuales y poetas, sino de [revelar] los distintos circuitos de importación y circulación”.8
Por su parte, Georges Bastin, consciente del eurocentrismo dominante que permeó los estudios culturales sobre América Latina hasta 1980,9 ha indagado en las perspectivas deseables de una metodología apropiada para historiar la traducción en el subcontinente latinoamericano, buscando además darle lugar a toda una zona menos prestigiosa de la historia:
The incontestably great names of Latin American translation include La Malinche and Felipillo in the colonial period, and Borges and Paz in the contemporary period. However, this perspective neglects the entire span of “non-evenemential” translation history, which is to say the body of translational acts performed by less glorious actors such as educational institutions, newspapers, magazines, government departments, “tertulias”, and salons.10
Como veremos, la metodología histórica sobre la que reflexionaremos aquí se encarga precisamente de uno de estos aspectos menos atendidos. Además, ante el volumen y la complejidad del objeto de estudio, afirmaremos la necesidad de complementar la representación histórica con la visión geográfica y, en específico, con una de sus herramientas de visualización predilectas: los mapas.
En México, la labor para historiar la traducción ha corrido a cargo tanto de escritores, periodistas culturales y ensayistas (muchas veces las tres funciones reunidas en un mismo traductor, introspectivo y consciente del trabajo de sus pares( como de especialistas, académicos11 y bibliógrafos. El contexto institucional tiene una clara incidencia en el desarrollo y el interés por la historia de la traducción y los estudios de traducción en general. La historia de este proceso de construcción de instituciones en torno a la traducción aún está por hacerse en México. No obstante, podemos anotar aquí que, a diferencia de tantos otros países, la paulatina profesionalización de los traductores y la ampliación de una oferta sólida de formaciones en universidades públicas mexicanas es tan reciente que tiene menos de 20 años.12 Esto ha determinado que en las últimas dos décadas el campo de la docencia, la práctica y la teoría de la traducción profesional crezca y se enriquezca gradualmente.
Aunque los esfuerzos por formarse (o, mejor dicho, autoformarse( como traductores, publicar y suscitar toda una serie de reflexiones traductológicas han sido ricos y abundantes del lado de los creadores,13 haré hincapié en los materiales constructivos que han aportado los especialistas. Me interesa resaltar, en este caso, el trabajo del reconocido bibliógrafo mexicano José Ignacio Mantecón Navasal, y no por estar sujeto en exclusiva al ámbito literario, sino, sobre todo, por su interés general. En 1964, Mantecón Navasal publicó, en el entonces Instituto Bibliográfico Mexicano (antecesor del Instituto de Investigaciones Bibliográficas(, la herramienta más precisa y útil en este sentido: el Índice de las traducciones impresas en México, 1959.14 Obra de consulta bibliográfica ambiciosa y única en su género, el Índice de Mantecón no tuvo parangón, pero tampoco la continuidad anual requerida para convertirse en una serie cronológica, completa y exhaustiva, que ofreciera un basamento más sólido a los ulteriores historiadores de la traducción.15
Otra obra de consulta imprescindible es el voluminoso Diccionario de escritores mexicanos. Siglo XX, dirigido por Aurora M. Ocampo.16 Además de los géneros convencionales (cuento, novela, poesía, etc.), este diccionario tuvo a bien agregar un apartado denominado “Traducción” que introduce otra subdivisión más dentro de la categoría “Obra” de cada autor, con lo cual puede rastrearse fácilmente la producción traductológica hecha por mexicanos, aunque hecha en o desde México. No cabe duda de que semejante esfuerzo enciclopédico es ya una puerta abierta a concebir, únicamente con esas entradas existentes, un posible Diccionario de traductores literarios mexicanos del siglo XX.
Pese a esfuerzos como el de Mantecón (al que debemos sumar el arduo trabajo del Anuario bibliográfico mexicano y el de Aurora M. Ocampo( queda, efectivamente, mucho trabajo de archivo por hacer, muchas vetas de investigación por seguir. Y, como apunta Bastin, uno de esos “cuerpos” de textos o actores menos prestigiosos es el de la prensa y las revistas. Es necesario, entonces, profundizar en hemerografías en torno a la historia de la traducción, no sólo para proseguir en la comprensión de cómo se conforma el campo cultural, sino también para estudiar la canonización, el transvase y la recepción de textos extranjeros que pudieron alimentar poéticas elaboradas en México. Si bien algunos investigadores han destacado, por ejemplo, la labor traductológica de la revista Contemporáneos en la construcción del cosmopolitismo literario, las décadas posteriores -hasta la aparición en 1962 de la revista bilingüe de poesía El Corno Emplumado- han quedado más bien desatendidas. Con el propósito de aportar nuevos elementos de discusión, el proyecto “La traducción poética en el periodismo cultural mexicano del siglo XX - Índice y periodización” se propuso establecer un índice de las traducciones de poesía publicadas en una decena de revistas y suplementos culturales, consideradas centrales en la historia intelectual mexicana, en un primer rastreo de 1950 a 1970.17 Se trata de un trabajo cuantitativo con bases de datos que, en un segundo momento, se volcará en el análisis cualitativo.
Para llevar a cabo este tipo de trabajo de archivo, mis primeros pasos fueron, como suele suceder, de carácter empírico. Encontré respuestas a muchos de estos cuestionamientos empíricos en la investigación de Marina Popea sobre la traducción en revistas mexicanas de un periodo anterior: el momento del cambio de siglo y la transición entre la Revista Azul y la Revista Moderna.18 Mi intención original era que el índice pudiera responder a las preguntas: ¿Qué se traduce? ¿Quién lo traduce? ¿Desde qué lenguas? Esta intuición, meramente indicativa para marcar una línea de arranque, era la correcta. En efecto, Lieven d’Hulst plantea que las interrogantes Quid?, Quis?, Quomodo? son verdaderamente fundamentales al investigar la traducción. Anthony Pym agrega a estas últimas, a las que denomina “archeological questions”, aquéllas que pueden revelar las redes relacionales detrás de cada traducción; es más, detrás de cada decisión de traducción: ¿Para quién?, ¿según quién? y, la más importante, ¿por qué?19
La caja de herramientas de Anthony Pym
La metodología sobre historia de la traducción que Pym ha desarrollado desde 1998 a la fecha (en ocasiones junto a otros colaboradores( es un punto de partida esencial para nuestra investigación y la discutiremos a fondo en este artículo, buscando ponderar su flexibilidad y apertura epistémica, así como su adecuación a nuestro campo de estudios. En este sentido, trabajaremos tendiendo un puente de confianza hacia la obra de este historiador, en la cual el concepto mismo de “confianza” es vital. Sobre la base de esta confianza, las ideas de Pym nos sirven como caja de herramientas conceptuales, surtidor de recursos metódicos bien calibrados y susceptibles de adaptarse a nuestras necesidades de investigación. Por su parte, el caso de estudio y el análisis cuantitativo que presenta Marina Popea es un antecedente ineludible, con el cual dialogaremos y contrastaremos a partir de Pym.
Causalidad, humanización, interculturalidad y subjetividad
Para empezar, el método de Pym se basa en los siguientes cuatro principios básicos, elaborados a partir de su propia experiencia de investigación en distintos marcos culturales y temporales (la “Escuela de Toledo” del siglo XII, la recepción de Wagner a finales del XIX en Francia y Alemania, antologías de poesía de finales del XIX en Francia y España, etcétera):
La historia de la traducción debe explicar por qué se hacen traducciones en un determinado lugar y en un determinado tiempo. Pym presupone que toda traducción es un hecho socialmente determinado y que los métodos en general (de ahí la necesidad de plantear el suyo propio( no han logrado reconstruir la causalidad social.
Por eso, es necesario humanizar la traducción: es decir, centrar el interés de la investigación más en los traductores que en los textos. Entender las causas sociales es entender los circuitos de los traductores, sus relaciones, su entorno, qué gente está involucrada.
Centrarse en el contexto social del traductor implica asumir que el traductor está en una situación intercultural, suele pertenecer o identificarse con más de una cultura o formar grupos interculturales.
Las razones para hacer historia de la traducción siempre están en el presente, en nuestro presente, con lo cual el investigador debe estar subjetivamente involucrado con su trabajo.20
Visto así, esquemáticamente, el método de Pym parecería rehuir el formalismo y la lingüística para recluirse en el coto de la sociología, como en un cerco inexpugnable. ¿Es demasiado radical plantear que toda traducción debe leerse bajo la lupa del determinismo social? No cabe duda del talante ético de la premisa de humanizar la historia de la traducción. Sin embargo, ¿no es también la naturaleza de cada texto, con sus ricos matices expresivos y semánticos, la que abre fronteras y nos permite, entre otras cosas, entender por qué se establece cierta poética en lugar de otra?21 Aclarémoslo: el método de Pym no rechaza en bloque cualquier análisis textual. Lo admite siempre y cuando éste no sea prioritario ni excluyente y contribuya a entender una época, un momento traductológico dado; es decir, una formación histórica.
En este sentido, la idea de la “confianza” o del “pilar de confianza” (así traducimos el término “trust-based”( permea el conjunto de las preguntas que puede hacerse el investigador. Traducirlo como “pilar” remite a la idea de un sólido referente ético común, una base constructiva, que también aglutina: “Trust is thus the glue that sticks translation relations together, forming networks, just as distrust is the solvent that can break relations down. Trust also forms chains, turning small networks into larger historical formations”.22 La confianza, o confiabilidad, de cada traducción pone así el acento, como anotamos, en la gente, en el traductor de carne y hueso. A sabiendas de que en última instancia también deberemos estudiar los textos (puesto que de textos traducidos se trata(, nuestro voto de confianza es para la gente que produce semejantes mediaciones entre una lengua y otra.
La solución “reductiva”
Ahora bien, ¿cómo proceder?, ¿qué caminos seguir para humanizar la historia y llegar a vislumbrar posibles respuestas al porqué se traducen ciertos textos en determinado momento? La caja de herramientas de Pym ofrece dos soluciones: una reductiva (o deductiva) y otra incremental. Me interesa traerlas a colación porque, en general, resultan interesantes como marcos procedimentales para bibliógrafos, críticos, historiadores de la literatura y de la traducción, iniciados, profesionales o incluso amateurs. Ya que no se puede hacer historiografía a partir de traducciones aisladas ni sacar conclusiones fidedignas al comprobar nuestras hipótesis a partir de uno o dos pares de casos específicos, es necesario establecer listas, que pueden ser bibliográficas, bibliohemerográficas, biobibliográficas, simples listas de traductores o bien con los datos que requiera cada investigación (ciudad y fecha de publicación de la traducción y su original, lugar y fecha de nacimiento de los traductores, etc.). Sobre todo, las listas ayudan a identificar contextos, permiten que el investigador tenga una visión más amplia, desprejuiciada, y sirven para confrontar documentos. “The prime function of lists is to falsify first impressions”, apunta Anthony Pym23 Arrancar de cuajo las falsas impresiones, o incluso las primeras expectativas, es algo que se logra también mediante el análisis cuantitativo de las bases de datos, como veremos. En todo caso, la primera solución -reductiva- requiere de una distinción operativa entre dos formas de listas: catálogos o corpus bibliográficos. He aquí las diferencias entre ellos:
- Los catálogos son listas de traducciones amplias, reúnen la mayor cantidad de datos posibles sobre todas las traducciones disponibles (por supuesto, siempre dentro un campo o rango de tiempo específico); su virtud es ser lo más completos posibles;
- Los corpus son listas acotadas según criterios muy específicos y controlados, que deben responder a un primer cuerpo de hipótesis.24
Esto último daría a enteder que el catálogo es una suerte de corpus general (general-purpose) y el corpus un catálogo reducido y específico (special-purpose). Sin embargo, la extracción del corpus, anota Pym, “involves forming an object of study; it recognizes that although archeological data are found, history has to be modelled. Catalogues alone do not produce good historical knowledge”.25 Con lo cual, el método reductivo consiste en extraer un corpus de un catálogo mediante una serie de hipótesis y “definiciones operativas” (working definitions).
¿Cómo podría servirnos el método reductivo en el caso de la traducción poética mexicana, sobre la que ya hemos observado un vacío por llenar (primera hipótesis)? Pues bien, las obras citadas, como el Índice de traducciones de Mantecón o el Anuario bibliográfico mexicano, podrían fungir como catálogos de los cuales extraer un corpus. El problema es que el corpus extraído sólo nos permitiría trabajar con listas de libros publicados, ya sean poemarios o antologías traducidas, y no con listas hemerográficas. La ausencia de datos es notoria en este rubro. Incluso en el caso de la investigación de Marina Popea sobre la Revista Azul y la Revista Moderna, los numerosos índices disponibles no pudieron ser explotados:
While those [indexes] constitute a valuable complement, as they provide factual information on the authors and texts published in the periodicals, they do not contain the granular data that is necessary for a detailed analysis of the kind that occupies us here.
More specifically, they lack some information proper to translations and useful for their analysis (such as the original language when stated, the manner which the translation is identified and how it is signed).26
Por la falta de esa información granular Popea se vio obligada a construir su propia base de datos. Cada investigador actúa y toma este tipo de decisiones, según los recursos disponibles y su viabilidad. En nuestro caso, dos índices podrían ser útiles.
El primero es el Índice de La Cultura en México (1962-1972) de Alfonso González, que recoge la primera década de publicaciones del suplemento cultural de la revista Siempre!,27 una publicación toral para el periodo que estudiamos. Ordenado por autor, este índice nos permitiría extraer las traducciones de poesía, buscando en cada entrada la suma de las abreviaturas “p” (poesía) y “tr” (“traducción”). Sin embargo, abrirse paso a través de sus 6 415 entradas puede resultar igual de arduo y, ciertamente, más tedioso que hojear a mano los más de 500 números impresos de dicha publicación en esa década. Otra vía es buscar en el segundo apartado del índice, que sigue un orden temático. Por desgracia, el autor no concibió una categoría para la traducción y el rubro “Poesía” se reparte únicamente entre “General”, “Española”, “Latinoamericana” y “Mexicana”. La subcategoría de “General” en el rubro “Poesía” excluye los poemas para darle prioridad a las notas, reseñas y ensayos sobre poesía, con lo cual el método reductivo es por completo inapropiado en este caso. Sobra decir que, además de carecer nuevamente de la información granular, necesitaríamos disponer de índices como éste para todas las revistas y suplementos culturales seleccionados.28
Algo similar ocurre si queremos emplear otro índice al alcance: el Sihena (Sistema de Índices de la Hemeroteca Nacional de México), donde el filtro de género “Poema”, con 144 entradas, nos permitiría extraer un primer corpus de poesía traducida. De nuevo, este tipo de búsqueda tiene varias limitantes. Para empezar, sólo integra las publicaciones periódicas en un lapso de tiempo determinado, más corto que el de nuestro objeto de estudio: Medio Siglo, la Revista Mexicana de Literatura (primera época) y la Revista Mexicana de Cultura (primera época). En segundo lugar, las entradas, en el caso de poemas traducidos, indican efectivamente quién es el autor y el traductor, pero prescinden de otros elementos paratextuales que, para efectos de nuestra investigación, nos ayudan en muchos casos no sólo a deducir la identidad hipótetica del traductor, sino a informar sobre el contexto de publicación y otras variables (por ejemplo si la traducción aparece sola, si es parte de un conjunto antológico o de otro tipo de selección subjetiva o temática, si la antecede algún ensayo o nota introductoria, si los poetas traducidos se presentan con algún tipo de información biobibliográfica, etcétera).29
La última limitante es quizá la más importante, puesto que al tomar conciencia de ella nos dirigimos a perfilar nuestro objeto de estudio aplicando “filtros” y “definiciones operativas”. ¿Qué ocurre en este índice, por ejemplo, con el teatro en verso o el poema en prosa? Dado que no sabemos con qué criterios el Sihena define un término como “Poema”, debemos atenernos a nuestra propia definición, lo más acotada posible, dada la extensión del corpus: toda traducción de poesía cuyo texto de origen sea en verso. Aunado a esta definición, el resto de las variables que nos interesan requieren entonces que construyamos nuestra propia base de datos.30 Ahora bien: ¿qué puede aportarnos la segunda solución que citamos de Pym, el método incremental? Conviene detenerse brevemente en él, puesto que quizá aquí encontremos alternativas al problema de las listas.
La alternativa “incremental”: reconstruir las redes
Como el lector puede haber adivinado, el “incremental” es un método que evita la acumulación de elementos en listas y catálogos bibliográficos en pos del corpus. Al contrario, busca trabajar “de abajo hacia arriba” y pormenorizar en casos específicos, en nodos que, poco a poco, se vayan enlazando con otros hasta dar con un tejido más amplio, hasta perfilar una o varias redes de traductores que el historiador pueda reconstruir.31 Para eso hay que partir de un corpus reducido que muestre ya ciertas relaciones con otros. La alternativa “incremental” aparece cuando debemos llenar ciertos vacíos, encontrar ítems faltantes que pueden ser clave a la hora de retrazar las relaciones entre textos y traductores, como lo explica Pym respecto a los dos periodos que le sirven de ejemplo:
In general, incremental methods can be used whenever initial corpora turn out to be inadequate. In medieval studies this usually means trying to compensate for missing data. In modernist studies, on the other hand, corpora are more commonly inadequate because there is too much information or, more exactly, because there is an abundance of information in too many levels.32
El ejemplo más elocuente en nuestro caso es el segundo, más aún porque el investigador australiano se da cuenta de que al estudiar la traducción poética es más importante lo que ocurre en el circuito de las llamadas petites revues francesas de la época y sus equivalentes en Alemania que en los catálogos de traducciones librescas. De manera que, según nos narra: “I tried to use the genres and links present in the historical object. This required attention to crosscultural relations or minor circuits set up and exploited by the periodicals themselves”.33 Más adelante, tras haber hallado las revistas nodo y las consiguientes intersecciones entre La Plume (París), L’Ermitage (París), La Wallonie (Bruselas), Blätter für die Kunst (Berlín) y Die Gesellschaft (Munich), concluye:
The periodicals [cited above] formed an incestuous little world, with poets, journalists and translators often working for several publications at the same time then changing with the wind. Crosscultural relations were similarly complex, combining commercial criteria (periodicals often acted as distribution agents for each other) with aesthetic fashions (one periodical could undertake to promote “exclusively” Dutch or Nordic or Russian writers), with informative functions (there were many international “reviews of the reviews”) and with the overtly politicized intercultural relations of a period of alliances and misalliances. The periodicals were not just great collective texts; they were small social groups relating with other small social groups, forming a chain that can be traced from Chile to Europe to Australia…34
Para identificar las intersecciones y seguir las pistas que relacionen a los traductores y las traducciones entre sí, el investigador interesado puede entrar prácticamente en cualquier nodo y basarse en su intuición y subjetividad, dos cualidades que, desde el principio, Pym integra como parte medular de las metodologías en humanidades.
Como hemos podido observar, la vía incremental podría ser una gran alternativa para historiar la traducción poética del periodo que nos interesa, bastaría con encontrar puntos de partida y nodos revisteriles similares a los que cita el autor australiano. Particularmente interesante en este sentido sería el caso de las publicaciones por las que ha transitado un mismo editor: Fernando Benítez, por ejemplo, pasó de la Revista Mexicana de Cultura (1947-1948), suplemento de El Nacional, a dirigir México en la Cultura (1949-1961), suplemento del diario Novedades, y de ahí a estar al frente de La Cultura en México (1962-1970). Otro ejemplo valioso sería la micro red que representa una serie de traducciones de Ernesto Cardenal de la poesía indígena estadounidense, publicada en México: primero en la Revista Mexicana de Cultura (1960), luego en América Indígena (1961), para finalmente surgir -en una versión ampliada a la idea de “poesía primitiva”- en El Corno Emplumado (1964). En este último caso, el método incremental nos conduce a integrar la publicación en América Indígena, una revista fuera de nuestro corpus inicial, que, sin embargo, completa el recorrido de estas traducciones y el panorama de traducciones de Cardenal.35
Los nodos relacionales parecen particularmente adaptados al campo cultural de un país en el cual, durante la época que nos atañe, un conjunto de escritores (Alí Chumacero, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Jaime García Terrés, José Emilio Pacheco, Jorge Ibargüengoitia y Juan García Ponce, entre otros, colaboradores cercanos de Benítez y muchos de ellos traductores( ha sido estudiado como grupo hegemónico, incluso acusado en su época de alimentar vínculos endogámicos, hacer de las revistas sus feudos personales y fomentar relaciones “incestuosas” entre dichas publicaciones.36 Sin embargo, más allá de la pertinencia de estas representaciones sociológicas para entender las redes de traductores, hay que señalar que el método incremental, como lo describe Pym, no funciona en nuestro objeto de estudios más que como instancia secundaria o recurso para una etapa ulterior de la investigación, una vez establecido el corpus. Puesto que el primer paso del proyecto “La traducción poética en el periodismo cultural mexicano del siglo XX - Índice y periodización” consiste en completar y complementar los índices de consulta disponibles, entre ellos el Sihena, nuestro objetivo inicial es la creación de una lista hemerográfica que constituye, al mismo tiempo, un corpus de trabajo elaborado con criterios propios, y siguiendo “filtros” y “definiciones establecidas”.
Si el investigador australiano ha resaltado el valor del historiador como “lector de índices”, tarea que comparte con bibliógrafos y bibliotecarios en general, habría que añadir la función del “creador de índices”, en casos en los que catálogos y listas no sean suficientes o, simplemente, no existan. Quizá esto ocurra con más frecuencia de lo que imaginamos en ámbitos como el latinoamericano, donde el mismo investigador debe elaborar la hemerografía correspondiente, crear sus propios catálogos o bases de datos y, una vez hecho este trabajo pionero, recurrir al método incremental o al reductivo para poner a prueba sus hipótesis, proponer una periodización concreta, establecer algunas “curvas de frecuencia” en el tiempo, como las llama Pym.

Figura 1 Publicaciones anuales de los traductores de poesía mayoritarios en el periodismo cultural mexicano (1947-1970)
En nuestro caso, la curva (ver Figura 1) muestra precisamente la frecuencia de publicaciones de los traductores más productivos durante el periodo editorial que inicia con Fernando Benítez en el suplemento cultural de El Nacional y termina con su salida de La Cultura en México, tomando en cuenta las 10 publicaciones estudiadas.37 Los puntos numerados, que simbolizan la cantidad de traducciones por año, son las marcas de recurrencia del traductor; las curvas, en cambio, representan la longevidad de la actividad traductológica que, aunque interrumpida, puede extenderse y mantener cierto promedio productivo en el tiempo. De pronto se vuelven visibles coincidencias y diferencias notables que de otro modo quedarían veladas: la dominación absoluta y sin excepciones de poetas-traductores;38 una suerte de presencia iniciática de Jaime García Terrés, seguido por Octavio Paz; la convergencia temporal de las labores de dos exiliados españoles, Tomás Segovia y Agustí Bartra, con un alargado arco de contribuciones del primero y una tendencia más a antologar en el segundo (lo cual se lee en los picos); la contribución invaluable de Ernesto Cardenal, en colaboración o no con José Coronel Urtecho; la década completa de José Emilio Pacheco, el más constante de todos en el periodo 1959-1964. Sin caer en conclusiones prematuras, la gráfica representa sin duda un primer paso firme, sobre los cimientos confiables de las bases de datos, para lograr el salto necesario entre análisis cuantitativo y cualitativo.
De cartografías y demarcaciones fronterizas
Además de las curvas de frecuencia y otras gráficas cuantitativas sobre las que no me demoraré aquí,39 una herramienta complementaria para visualizar y analizar semejantes volúmenes de textos es la de crear mapas, tendencia cartográfica hacia la que varios críticos se han inclinado en las últimas décadas, atraídos quizá por las virtudes científicas de esa presunta “historia de la literatura más racional”, como la describe Franco Moretti.40 Ya que ningún mapa es ideológicamente neutro y ninguna frontera nacional es fija, sino históricamente determinada y cambiante, la complejidad aumenta.41 Más aún: pocas fronteras de los Estados nación corresponden a las fronteras lingüísticas reales y pueden dar cuenta de los intercambios, redes y zonas de contacto traductológicos. Las líneas de demarcación de la República mundial de las letras, según lo estipuló Pascale Casanova, no suelen corresponder ni superponerse a las del mapamundi geopolítico conocido. ¿Cómo representar entonces un panorama de traslaciones poéticas sin atenernos al marco de las fronteras del Estado nación? ¿Cómo cartografiar el ámbito de lo transcultural? Al respecto, Pym empieza por retomar las soluciones de José Lambert:
Lambert has pointed out the considerable complexity involved in mapping areas occupied by languages, literatures or cultures. These things are involved in constant process of displacement, overlapping, unification and fragmentations. How should a map of contemporary European languages show the polyglot Eurocrats significantly located in Brussels? How many different colors and mixtures of colors would we need to map the cultures conveyed by satellite television? Lambert suggests literature maps cannot simply assume the homogeneity of national literatures; we should be talking about “literature in France, or in Germany”, instead of “french literature” or “German literature”.42
Las propuestas de Lambert, prosigue Pym, no aclaran cómo representar en el lenguaje cartográfico estas demarcaciones que rompen con la homogeneidad nacionalista. En su defensa, sin embargo, podemos volver no a su carácter resolutivo, sino a la pertinencia de sus preguntas: “¿Cómo podemos representar un fenómeno tan importante como la emigración de una lengua en un mapa? Necesitamos series cronológicas de mapas, ¿las tenemos?”.43 A sus cuestionamientos podríamos agregar: ¿Cómo representar que esta emigración se llevó a cabo, entre otras cosas, gracias a una serie de traducciones y, más todavía, gracias al trabajo de traductores migrantes y/o exiliados?
Siguiendo el modelo geométrico de los mapas de Moretti, los cuales han sido recibidos más bien como diagramas,44 Pym propone su propia solución: los transfer maps, aquellos que muestran los traslados de las obras y de los traductores (“Object movements” y “Subject movements”), entre una amplia variedad de puntos de llegada y de partida. Se organizan en torno a dos ejes: “our axes allow the representation of movement through space and time”.45 Para solucionar el problema de las fronteras nacionales, la propuesta de Pym, en su segundo mapa, es que semejantes puntos sean únicamente ciudades y centros urbanos, donde se suele concentrar la producción y el flujo editorial, los “lugares de traducción”.46 Ordenadas siguiendo un eje espacial este-oeste, con una suerte de ciudad-faro en el centro, toral dentro de la red investigada (como Toledo), algunas de estas ciudades se convierten en las verdaderas fronteras en los mapas de Pym. Más aún: “it is often translation that first constitutes a border: a source on one side, a target on the other. Considered anthropologically, this association of translation with intercultural borders has a certain logic. The frontier regions, the borderlands, tend to be diglossic or pollyglossic and thus produce intermediaries”.47 No obstante, esto no significa que esas regiones fronterizas encarnen “lugares de traducción” como sí lo hacen las ciudades y centros urbanos, adonde acaban por llegar los traductores, en muchas ocasiones venidos de esos espacios de frontera o después de haber vivido exilios o emprendido ciertos viajes.
El punto de vista de Blaise Wilfert-Portal en cuanto a la traducción en las publicaciones periódicas complementa este último, aunque desarticula la lectura “culturalista”. Si queremos pensar en las traducciones en tanto publicaciones periódicas, debemos tomar en cuenta, según Wilfert-Portal, su historia material, su historia económica y su geografía concreta. Detengámonos un momento en este punto: “Les traductions sont produites quelque part, là où traducteurs, éditeurs et imprimeurs se rencontrent et travaillent, dans des contextes urbains qui constituent l’infrastructure nécessaire pour des opérations de publication exigeantes”.48 Al igual que lo plantea Pym, Wilfert-Portal sugiere localizar los materiales en sus lugares de edición. En el caso de nuestro corpus, se trata específicamente de la Ciudad de México y, por ende, de sus interacciones con otras fronteras y centros urbanos.
Sin embargo, a diferencia de Pym, el realismo socio-histórico y material de la perspectiva de Wilfert-Portal es sumamente polémico al proponer dicha localización. Contra el consenso posmoderno en los estudios literarios, históricos o sociológicos sobre la traducción, para este investigador “la traducción literaria no es una circulación cultural” si la consideramos como texto publicado: “Au contraire, il est une production locale, nouvelle, particulière, qui a été rendue possible par une circulation antérieure”.49 La circulación literaria es, por tanto, previa, préalable, a la traducción, y si uno quiere dar con ella: “il faut tenter de suivre la circulation des livres et des revues en langue originale, où qu’ils aillent, de pister les pérégrinations, les exils et les sociabilités des auteurs, mais la traduction ne nous est en fait d’aucun secours”.50
Quizá el uso del segundo transfer map de Pym pueda resolver, en parte, el seguimiento de esta circulación previa de textos y sujetos. Además, recurrir al método incremental podría ser de gran ayuda para la búsqueda de materiales en lengua original. Ahora bien, ¿de qué volumen de textos estaríamos hablando? Seguramente de una extensión que requeriría varios equipos de investigación en conjunto, y recursos de gran calado: exploración de archivos y bibliotecas personales, viajes a bibliotecas extranjeras y más. El planteamiento de Wilfert-Portal parece, desde ese punto de vista, complicado y poco pragmático.
El segundo elemento que recusa este investigador aporta nuevos matices a la hora de pensar en una cartografía de las traducciones poéticas en la prensa: “que la traducción no es una manifestación de la ‘frontera’, sino más bien una producción de los hipercentros”.51 Fruto de un imaginario territorial, el posmodernismo ha buscado reivindicar esa zona cultural intermedia, subversiva y, por supuesto, siempre metafórica: un espacio de diálogo, mestizo, híbrido, donde lo intercultural se ha convertido en lo transcultural.52 De ahí que Wilfert-Portal insista en deshacerse de esa metáfora inconsistente, en virtud de una “localización concreta”: “si les traductions sont des publications, alors il est possible de donner un peu de consistance à la métaphore de la frontière, puisque, précisément, on sait localiser une publication. Les livres publiés, mais aussi les périodiques, mentionnent en effet dans la grande majorité des cas un lieu d’édition, qui est une ville”.53 Y más adelante precisa este punto, perfilando una suerte de geopolítica urbana de la traducción:
En réalité donc, la seule focalisation qui permette de géo-politiser vraiment la traduction est la focale urbaine, parce que, d’un point de vue empirique, c’est à cette échelle seulement qu’il est possible de documenter l’inscription territoriale d’une traduction: dans les répertoires bibliographiques du temps, comme sur les pages de couverture des livres imprimés, depuis les débuts de l’imprimerie occidentale, la définition d’un livre passe par la mention d’une ville comme lieu d’édition. Si l’on veut décrire une géopolitique intellectuelle, rapporter des productions intellectuelles à des territoires, c’est-à-dire des localisations investies de pouvoir, le cadre urbain est en fait celui qui permet de s’en tenir à la leçon des sources, et aussi de tenir à distance les assignations identitaires produites par les pouvoirs du temps, et notamment les pouvoir nationaux qui s’efforcent de nationaliser l’ensemble des relations sociales.54
Es comprensible la insistencia de Wilfert-Portal en esta historia material más concreta, al margen de lo que denomina la “territorialización cultural”. Sus advertencias, aunadas al funcionamiento de los mapas de transferencia de Pym, muestran que una cartografía de las traducciones poéticas en el periodismo cultural mexicano debe de atenerse a la focalización urbana y, en este sentido, podría revelar no nada más el evidente centralismo del país, sino el carácter -por definición sesgado y subyugado a ciertos ejes geopolíticos hegemónicos- del cosmopolitismo literario que emana del mismo centro capitalino nacional. Darle una forma histórica y geográfica a ese cosmopolitismo (por lo menos a su faceta poética-literaria( tan programático en México y América Latina desde el Modernismo, puede ser uno de los objetivos de la exploración cartográfica. Es sumamente importante entender las interacciones geográficas de ese cosmopolitismo para caracterizarlo con más precisión, como han hecho algunos trabajos recientes al estudiar las redes interamericanas y sus implicaciones políticas, culturales y literarias hemisféricas, o sus relaciones con una literatura mundial. Por supuesto, para completar esa exploración se requerirían tantos mapas de época y de redes como fuera posible, a sabiendas de que siempre dejamos fuera una enorme tajada de libros y textos, y así nos unimos al eterno banquete canónico, minoritario. Y eso sin considerar que también solemos marginar una serie de lenguas no dominantes y no determinadas por las tradiciones escritas o impresas.55
A partir de la “focalización urbana” nos quedaría sin resolver, por último, el enorme hueco documental de las ciudades de origen (es decir, de edición original( de cada traducción, el cual podemos únicamente reemplazar en esta investigación por la lengua de origen y la nacionalidad de origen del traductor. En este sentido, ¿poner en el corazón de la cartografía la ciudad de edición contribuye en verdad a representar la complejidad de ciertos aportes traductológicos?, ¿o más bien tiende a aplanar algunos elementos, irrevocablemente situados en espacios más allá del mundo urbano?
El caso de las traducciones de “poesía primitiva” de Ernesto Cardenal -nicaragüense que estudió en Nueva York y luego vivó en Cuernavaca, en Ciudad de México, en Gethsemani (Kentucky) y en Bogotá- vuelve a situarnos en un callejón de difícil salida. Aunque semejantes traducciones fueron publicadas en la capital mexicana, ¿podemos realmente entender por qué existen sin tomar en cuenta los datos biográficos del autor-traductor; es decir, los viajes del poeta por América, su interés, primero por la poesía indígena del continente y luego por una “poesía primitiva” de varios pueblos del mundo, sus ideas visionarias sobre el panamericanismo poético? Lo mismo ocurre con las traducciones “africanas” de Agustí Bartra, cuyo origen explícitamente étnico no permite vincularlas con los centros urbanos de producción, sino con cierta ruralidad.56 Evidentemente Bartra, que no fue etnólogo ni registró él mismo esos textos durante ningún viaje al continente africano, se basó en alguna antología u otro libro rastreable -y, con bastante certeza, publicado en algún centro urbano-. Pero averiguar semejante cantidad de fuentes originarias excedería, como mencionamos, nuestro tiempo y recursos de investigación, y peor aún si tuviéramos que generalizar metódicamente el rastreo de fuentes para cada una de las 403 entradas del índice de traducciones poéticas.57
En todo caso, la discusión sobre si la focalización urbana debe de estar en el corazón de la cartografía nos remite al mismo planteamiento que se hizo Walter Benjamin en Crónica de Berlín, en sus tentativas de reconstrucción autobiográficas (traducido aquí al inglés por Edmund Jephcott):
I have long, indeed for years, played with the idea of setting out the sphere of life-bios-graphically on a map. First I envisaged an ordinary map, but now I would incline to a general staff’s map of a city center, if such a thing existed. […] I have evolved a system of signs, and on the gray background of such maps they would make a colorful show if I clearly marked in the houses of my friends and girl friends, the assembly halls of various collectives, […] the hotel and brothel rooms that I knew for one night, the decisive benches in the Tiergarten, the ways to different schools and the graves that I saw filled, the sites of prestigious cafés [etc.].58
Que la esfera de la vida del traductor, sus datos biográficos, pueda representarse en un mapa “ordinario” o bien en uno urbano (mediante el sistema de signos que menciona Benjamin( parece ser una solución que depende de cuánta información biográfica dispongamos y de si queremos restringir nuestro estudio a una sola vida, a uno solo de los nodos dentro de la red. Si pensamos en que cada una de estas vidas, relacionada a un mismo espacio urbano compartido, puede representar una capa distinta de un mismo mapa, obtendríamos una síntesis visual asombrosa a la hora de superponer varias capas, varias vidas. Ésta sería una muestra de cómo el mapa de la vida benjaminiano y la focalización urbana de Wilfert-Portal enriquecen de maneras inusitadas el marcado interés por los traductores de carne y hueso que alimenta la historiografía de Pym.
Por eso quizá lo más conveniente sea hallar los puntos medios entre cada propuesta cartográfica, buscar esa bisagra que permita articular una propuesta con la otra y, pese a sus contradicciones, encontrar sus líneas de demarcación común. En el caso que acabamos de presentar, los mapas de la vida de Benjamin, los mapas de transferencia de Pym y la focalización urbana de Wilfert-Portal tienen importantes zonas compartidas. La focalización urbana resulta sumamente útil si nos atenemos no a la circulación de los objetos (los textos) -puesto que Wilfert-Portal acepta esta idea únicamente como condición préalable a la traducción-, sino a la circulación de los sujetos (autores y traductores) implicados en las traducciones. Podemos, por ejemplo, establecer una cartografía que reconstruya los desplazamientos de ciertos traductores extranjeros (o de origen no mexicano aunque nacionalizados después, como Tomás Segovia) prominentes en nuestro corpus (ver Figura 1).
El trazo de los viajes de nicaragüenses (Ernesto Cardenal, José Coronel Urtecho o Francisco Valle) puede contribuir a la explicación de por qué traducen ciertas cosas en determinado momento, en determinada publicación. A ellos pueden sumarse las trayectorias de exiliados españoles (Agustí Bartra y Tomás Segovia), o centroamericanos (Alaíde Foppa). Incluso las incursiones al extranjero de traductores mexicanos como Octavio Paz o José Emilio Pacheco pueden ampliar una cartografía de circulaciones y una red de ciudades entrelazadas por la actividad traductológica en el periodo. Asimismo, cada ciudad, como mencionamos, puede albergar un conjunto de mapas de vida y al superponer varias capas biográficas observaríamos una ciudad-red en toda su riqueza dinámica. Esto no excluye la interesante posibilidad de que un traductor esté representado en varias ciudades-red al mismo tiempo (Paz, por ejemplo, aparecería en París, Nueva Delhi y México durante el periodo que nos concierne(, lo cual, por acumulación de traductores y ciudades, generaría un verdadero atlas del cosmopolitismo, superando cualquier marco de referencia nacional.
Por otro lado, cabe destacar que para estos y otros propósitos el uso de ciertas herramientas interactivas parece ya una solución ineludible. Sólo semejantes herramientas hacen posible crear mapas de múltiples capas, activadas con un clic, o incluso generar secuencias de imágenes superpuestas, para hacer visibles las series de mapas cronológicos que imaginaba José Lambert. Esto podría resolver el problema de tener que reducirlo todo a dos ejes bidimensionales fijos. Si las innovaciones tecnológicas de las Humanidades digitales nos lo permiten, ¿por qué no usarlas a nuestro favor y reemplazar de una vez la cartografía plana y estática por una tridimensional y dinámica? Nuestro mundo contemporáneo está invadido no ya de imágenes, sino de breves secuencias de video: ¿no es tiempo de integrarlas a este tipo de investigaciones?59
Numerosos proyectos de geografía literaria han incorporado ya las posibilidades interactivas en línea y ofrecen en la actualidad plataformas web dinámicas, con diseños acogedores y opciones de navegación abiertas a todo tipo de usuarios (desde amateurs hasta especialistas(. Presentan, a la vez, gran variedad de diseños y funcionalidades, la mayoría basados en GIS (por sus siglas en inglés, o Sistemas de Información Geográfica). Entre incontables ejemplos, cabe destacar el acervo Stephen S. Clark Library Literary Maps,60 conjunto de cartografías de ciudades y autores estadounidenses, o el monumental sitio centrado en las topografías de la ciudad de Londres y su cultura impresa: The Grub Street Project.61
Por último, las novedades virtuales no deben hacernos desechar a destajo propuestas más comunes, cuyo potencial siempre puede ser revisado. Todo esto suma y entre más herramientas metodológicas estén a disposición del investigador, más formas de adaptarlas a sus necesidades, recursos y posibilidades encontrará. Para actualizar la postura antagónica de Lambert, por ejemplo, los mapas lingüísticos con sus demarcaciones por color pueden ser siempre un punto de partida que, pese a su esquematismo, permita caracterizar rápidamente la integración cosmopolita del mundo del traductor. Es decir, mostrar qué idea del cosmopolitismo se hace al escoger ciertas traducciones y no otras, ciertas literaturas y no otras, asociadas siempre a determinados países o ciudades. Al hacer énfasis en los traductores de carne y hueso y no en los textos, esos mapas lingüísticos (en la mira de Lambert, por reductores y simplistas( pueden convertirse, sin embargo, en una imagen que refleje el mapamundi mental del traductor en un momento dado, una geopolítica personal y subjetiva que contribuya a visibilizar esa “información granular” sobre cada uno de los actores de la red en cuestión.
A manera de conclusión: una opción complementaria
Como hemos resaltado en estas páginas, las soluciones metodológicas de Anthony Pym no siempre pueden acoplarse a los contextos archivísticos de países como México. La necesidad del trabajo empírico y la construcción de bases de datos cada vez más amplias y al servicio de investigadores ulteriores queda, una vez más, manifiesta. Sin duda, estas necesidades específicas determinan el rumbo de las investigaciones nacionales y plasman una desigualdad institucional que debemos tomar siempre en cuenta dentro de nuestros cuestionamientos y planteamientos metodológicos. Queda claro que cualquier investigación de este tipo comienza por un balance, no siempre descriptivo ni metódico, sino generalmente intuitivo y pragmático, de sus posibilidades, en función de los recursos disponibles. Una etapa con tan escasa elaboración metodológica suele ser, paradójicamente, la que más determina el rumbo del trabajo académico.
Semejantes aspectos prácticos son fundamentales, aunque no deben cancelar la posibilidad de buscar soluciones innovadoras a investigaciones sobre historia de la traducción. Aquí hemos planteado simplemente una posibilidad complementaria que parte de un trabajo cuantitativo hemerográfico: combinar las secuencias, periodizaciones y diagramas gráficos de la historia con la visibilidad cartográfica es tan sólo una vía, entre muchas otras, para vislumbrar los surcos, entresijos, zonas de encuentro y nodos de las redes de traductores.62 Pero no hay duda del enorme valor sintético y comunicativo de las cartografías no sólo como herramientas de representación visual que complementan la expresión escrita, sino como verdadera utilería de análisis, profundización y puesta en perspectiva. De cualquier manera, la opción complementaria que hemos descrito puede ser un punto de partida para toda investigación que busque indagar en periodos de intensidad traductora, movimientos de traductores en el tiempo y el espacio ligados al destino cosmopolita de la Ciudad de México, caracterizaciones lingüísticas o culturales de las publicaciones periódicas afincadas en esta ciudad, o aspectos característicos y fechados que contribuyan a problematizar el cosmopolitismo poético en y desde la literatura de México. En este sentido, es claro que los datos duros y cuantificables -reflejados en curvas, gráficos o mapas- pueden ser un pilar de confianza para quien quiera aventurarse a reconstruir un contexto histórico y deben ser desmenuzados, complementados y enriquecidos gracias a diferentes tipos de análisis cualitativos y a distintas fuentes de información: biográfica, lingüística, estética-estilística, política, diplomática, etcétera.
Por último, poner el ojo analítico en las publicaciones periódicas no es un detalle menor en la historia de la traducción. Las exigencias y condiciones propias del medio determinan sin duda el rumbo de las traducciones, cuyos procesos de creación por lo mismo difieren de su publicación en soportes menos atenidos a las coyunturas periodísticas, como en el caso del soporte-libro. Desde el punto de vista práctico, se trata del ámbito en el que hay más trabajo por hacer, dada la poca abundancia de listas y catálogos hemerográficos frente a una enorme variedad y multiplicidad de fuentes. Aunada a esta riqueza documental, la naturaleza colectiva de las revistas y suplementos culturales, la circulación internacional de sus colaboradores y los entramados relacionales que las determinan son elementos de primer orden para estudiar redes y nodos de traductores. Y más aún si admitimos que las circulaciones de obras extranjeras son previas al hecho de traducir, estas publicaciones constituyen una fuente importante, un eslabón más en la cadena, para seguir las huellas de todas esas ediciones que anteceden una decisión de traducción. También son un eslabón importantísimo a la hora de dar el salto incremental hacia los catálogos librescos. La colaboración de los estudiosos de revistas y suplementos culturales es, por tanto, absolutamente primordial para una historia de la traducción que prosigue su auge en países donde toda esa esfera periodística es de cabal importancia para entender la cultura impresa. Ojalá que, además, el aporte de la geografía literaria, cuyo potencial hemos querido esbozar aquí, sirva para contribuir a este auge y abrir el horizonte hacia otras direcciones, más allá de las fronteras locales, nacionales.










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