El eje Mérida-Izamal-Valladolid ha sido un corredor clave en la península de Yucatán desde tiempos prehispánicos, articulando la ocupación y reconfiguración del espacio a lo largo de los siglos. A pesar de su relevancia histórica, económica y cultural, los estudios territoriales en la región han privilegiado enfoques urbanos o sectorizados, sin profundizar en el papel de los corredores territoriales en la movilidad y los procesos productivos. En este artículo se analiza la permanencia y transformación de la envolvente geométrica en este paisaje cultural, entendida como la estructura de organización espacial que ha jerarquizado asentamientos, sistemas de movilidad y relaciones productivas, consolidándose como columna vertebral del paisaje yucateco. Asimismo, este estudio se inscribe dentro de una investigación más amplia sobre el proceso de desindustrialización de este corredor, explorando cómo la transformación de las estructuras productivas ha reconfigurado el paisaje y las relaciones socioeconómicas en la región, y evidencia la interdependencia entre las infraestructuras históricas y los modelos de desarrollo contemporáneos.
Desde una perspectiva metodológica, se implementa la Metodología de Eventos Relacionales para el Ánalisis del Paisaje (MERAP),1 lo que permite identificar los factores ecológicos, sociopolíticos y económicos que han dado forma a este corredor territorial. Se parte de la hipótesis de que la continuidad del eje Mérida-Izamal-Valladolid responde a una lógica territorial de largo plazo, en la que la conectividad y la movilidad han sido los principales agentes de estructuración del paisaje. A lo largo del tiempo, este eje ha integrado diversas formas de infraestructura -desde sacbés prehispánicos y caminos coloniales hasta el ferrocarril del siglo XIX y las autopistas contemporáneas-, consolidándose como una vía fundamental para la organización territorial y la articulación de relaciones económicas y sociopolíticas.
El paisaje del eje Mérida-Izamal-Valladolid ha funcionado como un corredor de comunicación clave en la península de Yucatán desde tiempos prehispánicos. Su permanencia y transformación a lo largo de los siglos lo convierten en un paisaje de especial interés para analizar los procesos de ocupación y reconfiguración del espacio en esta región. Sin embargo, a pesar de su relevancia histórica, económica y cultural, los estudios sobre la estructuración de la península han tendido a privilegiar enfoques urbanos o sectorizados, dejando de lado el análisis de los corredores territoriales que han articulado los procesos productivos y de movilidad en el tiempo. El objetivo de este artículo es analizar la permanencia y transformación de la envolvente geométrica en el paisaje cultural del eje Mérida-Izamal-Valladolid, entendida como la estructura de organización espacial que ha articulado jerárquicamente los asentamientos, los sistemas de movilidad y las relaciones productivas en la región. Se busca demostrar que este eje ha sido un elemento estructurador del paisaje yucateco, que funciona como una columna vertebral que ha conectado zonas de distinta vocación productiva y cultural, configurando paisajes a partir de procesos históricos de largo plazo.
Este análisis se enmarca en una definición espacio-temporal clara, que abarca la evolución del eje Mérida-Izamal-Valladolid desde el periodo prehispánico hasta el siglo XIX, cuando se consolidaron las bases del ordenamiento territorial contemporáneo con el sistema hacendario, la llegada del ferrocarril y la integración del paisaje productivo al capitalismo global. A diferencia de otros ejes, como Mérida-Campeche o Mérida-Peto, este corredor ha funcionado como un conector transversal clave, que articula regiones económicas y culturales y vincula el occidente y el oriente de la península a través de asentamientos intermedios de gran relevancia histórica.
En este sentido, este artículo introduce la noción de “envolvente geométrica” como una herramienta analítica para entender cómo la estructuración del espacio no sólo responde a factores geográficos y tecnológicos, sino también a relaciones simbólicas, jerárquicas y productivas.
Finalmente, este análisis cobra especial relevancia en la tercera década del siglo XIX, cuando el paisaje del eje Mérida-Izamal-Valladolid experimentó profundas transformaciones territoriales impulsadas por nuevos megaproyectos de infraestructura que alteraron la continuidad de prácticas culturales y formas tradicionales de habitar y producir el entorno. Estas transformaciones evocaban experiencias históricas anteriores de ordenamiento territorial y explotación de recursos, lo que subraya la necesidad de analizar críticamente la evolución del paisaje y sus implicaciones socioambientales. En este contexto, el estudio del eje Mérida-Izamal-Valladolid permite comprender no sólo su importancia histórica, sino también su papel en los desafíos actuales del ordenamiento territorial en la península de Yucatán.
Descripción de la envolvente del eje Mérida - Izamal - Valladolid
El eje Mérida-Izamal-Valladolid, una envolvente geométrica en Yucatán, articula el paisaje al conectar las zonas metropolitana, henequenera y maicera, caracterizadas por dinámicas productivas específicas. Más que un conector geográfico, este eje ha modelado la ocupación del paisaje, su desarrollo económico y su interacción cultural, adaptándose a transformaciones tecnológicas y sociales. Su análisis revela asimetrías espaciales, centralidades y cohesión paisajística, que evidencian cómo su evolución ha redefinido las relaciones de poder y la percepción del entorno en las comunidades locales. Hoy, este eje sigue articulando los polos de desarrollo de la península, y une Mérida con Cancún. Abarca los municipios de Mérida, Tixpéhual, Tixkokob, Cacalchén, Bokobá, Tekantó, Izamal, Tunkás, Quintana Roo, Dzitás, Tinum, Uayma y Valladolid, a lo largo de 160 kilómetros. Su capacidad de adaptación a distintos modelos de desarrollo y explotación del paisaje refuerza su papel como estructura clave en la configuración del paisaje yucateco.

Fuente: elaboración propia, 2019.
Figura 2 Mapa de Unidad de Análisis. Ubicación de la unidad de análisis en Yucatán, destacando sus nueve localidades y los nodos principales: Mérida, Izamal y Valladolid. El eje transversal se define por las vías de comunicación.
La geometría del poder: patrones espaciales, territorialidad y narrativas culturales en el paisaje
El estudio del espacio habitado ha evolucionado a través de diversas disciplinas, integrando enfoques biofísicos, sociales e históricos. Su análisis implica comprender el tiempo, las relaciones de poder y los procesos que lo configuran. Hoy, explorar el espacio construido exige superar dicotomías heredadas y adoptar una visión integradora de su complejidad.
El espacio no sólo refleja las relaciones y procesos que lo han configurado a lo largo del tiempo, sino que se convierte en una narrativa interpretativa influida por los valores contemporáneos. David Harvey señala que la forma en que construimos el espacio y el tiempo define cómo sostenemos ciertas concepciones en detrimento de otras, revelando que el espacio no es neutro ni estático, sino dialéctico: dialoga con quien lo habita, observa y narra.2 Este enfoque resuena con el cronotopo de Bajtín,3 en donde tiempo y espacio se integran en una unidad indisoluble, visible para quienes buscan significados en las expresiones espaciales. Durante la modernidad, las ciencias espaciales adoptaron un enfoque positivista que priorizó la descripción y cuantificación del espacio. Sin embargo, la creciente complejidad de los problemas espaciales ha abierto paso a perspectivas más integradoras, como las socioambientales y geopolíticas, que reconocen al espacio como una construcción viva, cargada de significados históricos, culturales y políticos.
El espacio es una construcción social que se manifiesta como un palimpsesto,4 en el que las huellas del pasado se entrelazan para formar un ámbito vivencial e interpretativo, por lo que abordarlo desde la noción de paisaje-territorio permite integrar dimensiones ecológicas, sociales, culturales y políticas, revelando cómo las personas y su entorno se transforman mutuamente a lo largo del tiempo. Pero también resulta importante señalar que este espacio no existe de manera aislada, sino como parte de la expresión de una red de relaciones definidas por el poder, los modos de producción y las formas de habitar. Siguiendo a Henri Lefebvre, el espacio vivido es el escenario donde se tejen prácticas sociales, significados y vínculos cotidianos.5
El paisaje, lejos de ser una entidad neutra, es esencialmente político, y refleja las dinámicas de poder a través de una construcción social compleja y multidimensional.6 Este espacio se moldea por las relaciones de dominio y gestión,7 que le dan forma y organizan las interacciones sociales.8 Como sugirió Sauer en 1925, el paisaje sintetiza los vínculos entre sociedad y naturaleza, combinando elementos físicos y culturales en una unidad que requiere una perspectiva geográfica e historicista para su comprensión integral.9
La perspectiva histórica es clave en el estudio del paisaje, pues permite analizarlo como un palimpsesto de capas superpuestas en el tiempo, donde vestigios materiales interactúan en el presente.10 Desde esta óptica, las transformaciones del paisaje se comprenden a través de continuidades, eventos sin cambios drásticos, y rupturas, modificaciones profundas del entorno.11 Las unidades estructurales de Sauer conectan el contexto espacial y temporal con la historia social y la identidad cultural de sus habitantes. En este marco, los patrones geométricos emergen como herramientas esenciales para entender los paisajes de larga duración, reflejando ideologías y relaciones de poder en el espacio.12
Las continuidades y rupturas en el paisaje se interpretan a través de las unidades estructurales de Sauer, conectando el contexto espacial y temporal13 con la historia social de sus habitantes y sus símbolos de identidad cultural. De forma tal que el paisaje se convierte en una herramienta clave para analizar el espacio como un resultado de acciones sociales, donde la topografía, las construcciones y la memoria colectiva se entrelazan. En este marco, los patrones geométricos emergen como una herramienta fundamental para entender los paisajes de larga duración, reflejando ideologías y relaciones de poder, ya que la geometría no sólo organiza el territorio, sino que actúa como un vehículo de narrativas simbólicas que consolidan y perpetúan el poder en el espacio.
Metodología
En esta investigación se utiliza el enfoque sistémico-relacional y la Metodología de los Eventos Relacionales para el Análisis del Paisaje (MERAP) de Barrera Lobatón,14 explorando las transformaciones y persistencias en el eje Mérida-Izamal-Valladolid. El objetivo es analizar cómo los eventos históricos han configurado el paisaje, combinando naturaleza, acción humana y pensamiento. La MERAP destaca en su planteamiento central la interconexión multiescalar de eventos materiales e inmateriales, ofreciendo una perspectiva histórica que identifica cómo los procesos y significados han estructurado el espacio, revelando su dinámica histórica y funcional en un contexto específico.15
La metodología divide los eventos que modelan el paisaje en dos categorías: la realidad ecológica y la realidad contextual. La realidad ecológica se refiere a los factores físico-bióticos que influyen en el entorno, condicionando la percepción y transformación del paisaje, y cómo las comunidades interactúan con su ecosistema. Por otro lado, la realidad contextual abarca los eventos sociopolíticos que estructuran el paisaje, como los eventos regulatorios (gestión del territorio), estructurales (relaciones de poder), y económicos (dinámicas de explotación). Además, los eventos infraestructurales, como los sistemas de transporte y comunicación, son esenciales para la cohesión del paisaje, con lo que facilitan la movilidad y la accesibilidad.
Al sistematizar los datos de estas condiciones, es posible caracterizar las dinámicas históricas que han configurado el paisaje en el corredor Mérida-Izamal-Valladolid y distinguir las expresiones que permanecen. Este enfoque facilita tanto la identificación de los elementos constantes en el paisaje, como aquellos que han experimentado transformaciones significativas, proporcionando así una visión integral de los factores ecológicos y sociopolíticos que articulan el sistema paisajístico de la región.
Fuentes
Para el desarrollo de esta investigación se realizó una exhaustiva revisión histórica que incluyó el análisis de documentos, testimonios y registros clave sobre la evolución del paisaje yucateco. Se consultaron fuentes como la Enciclopedia yucatanense16y elAtlas de procesos territoriales de Yucatán,17 que ofrecen una visión general y especializada sobre los procesos históricos de la región. También se revisaron las Relaciones histórico-geográficas de la gobernación de Yucatán18 y crónicas coloniales de figuras como Diego de Landa y Diego López de Cogolludo. Además, se incorporaron estudios específicos, como los de Othón Baños sobre la reconfiguración rural-urbana en la zona henequenera de Yucatán,19 y el análisis de Gaia Carosi sobre el estudio de caminos históricos en la Península de Yucatán.20 La investigación también incluyó los trabajos de Sergio Quezada,21 así como estudios cartográficos de Arturo Taracena Arriola y Miguel Pinkus Rendón.22 El enfoque central fue comprender las interrelaciones entre los eventos históricos que han configurado el paisaje actual, utilizando una metodología que combina fuentes documentales y cartográficas para reconstruir cómo los procesos y transformaciones han influido a lo largo del tiempo.
Persistencias en el eje Mérida-Izamal-Valladolid
El paisaje del eje Mérida-Izamal-Valladolid refleja, como un palimpsesto, las huellas de distintas épocas. Desde los patrones de asentamiento prehispánicos hasta las transformaciones coloniales y del siglo XIX, cada etapa ha reconfigurado su organización territorial. La expansión henequenera y el desarrollo de infraestructuras consolidaron nuevas dinámicas económicas y sociales, redefiniendo su conexión con lo global.
a) Horizontes de caliza y aguas profundas
El paisaje cultural del eje Mérida-Izamal-Valladolid es el resultado de una interacción constante entre el entorno natural y la vida humana a lo largo del tiempo. Su geología, marcada por la vasta llanura calcárea originada tras el impacto de un meteorito hace 66 millones de años, ha definido no sólo la biodiversidad de la región, sino también sus expresiones arquitectónicas y urbanas. La presencia de cenotes y rocas calizas ha influido en las prácticas agrícolas, las costumbres y las cosmovisiones locales. Además, fenómenos naturales como huracanes y sequías han dejado una huella profunda en la organización social y en las dinámicas productivas del territorio.
La península de Yucatán se define por su geología y ecosistema hídrico, con aguas subterráneas, cavernas y cenotes esenciales para la vida. En el eje Mérida-Izamal-Valladolid, el Anillo de los Cenotes ha sido clave para el asentamiento humano desde tiempos prehispánicos. Su ubicación entre el golfo de México y el mar Caribe ha favorecido el intercambio cultural y comercial, influyendo en su desarrollo urbano e identidad. El análisis ecológico y geológico de la región revela cómo el entorno y las adversidades climáticas han moldeado su historia y las formas de vida de sus habitantes.
b) Paisaje ancestral
Para contextualizar adecuadamente el estudio de las persistencias en el eje Mérida-Izamal-Valladolid es fundamental considerar la rica historia del paisaje ancestral de la península de Yucatán, que se remonta a hace aproximadamente 10,000 años, al final del Pleistoceno. Esta ocupación humana ha estado marcada por diversas etapas, incluyendo la época de la civilización maya prehispánica, especialmente durante el periodo Clásico Temprano y Tardío, y el Posclásico Tardío. Durante estas épocas se desarrollaron importantes sitios urbanos como Aké, Izamal, Dzibilchantún y Chichén Itzá, donde se pueden encontrar construcciones y vestigios materiales que aún perduran.23 Sin embargo, el acceso a información sobre esta herencia cultural es limitado debido a la devastadora acción de fray Diego de Landa en 1562,24 quien llevó a cabo una quema sistemática de códices y obras de arte de la civilización maya. Este acto no sólo resultó en la pérdida de invaluables testimonios sobre la vida y cosmovisión de los antiguos habitantes de la región, sino que también dejó un vacío significativo en la documentación de su historia.
La cosmovisión maya vinculaba profundamente el agua con lo sagrado, reflejado en el concepto del axis mundi, que organizaba el espacio en cuatro partes representando los puntos cardinales y los estratos de la existencia; esta estructura no sólo era central en el ámbito espiritual, sino también en la planificación de los asentamientos.25 El dios Chaac, asociado con el agua, fue un pilar en los ciclos agrícolas, subrayando la relación entre geografía, el plano espiritual y la organización social. El manejo del agua era clave en la península de Yucatán, donde los mayas utilizaron cenotes y construyeron sistemas como los yacanhá y chultunes para almacenar agua potable, adaptando sus patrones de ocupación a los recursos hídricos disponibles, y vinculando la práctica agrícola con una visión integral del entorno y la cosmología.
El sistema territorial maya en el eje Mérida-Izamal-Valladolid mantiene influencias de estructuras políticas ancestrales en la configuración social y espacial actual. Figuras como el batabil, el cuchcabal, el lalach uinic y el tzucub26 organizaban la vida política y social, estructurando relaciones de poder y control de recursos. Aunque las instituciones han cambiado, su influencia persiste. Mérida sigue ejerciendo una centralidad política, económica y cultural similar al lalach uinic, mientras que Izamal y Valladolid continúan como nodos intermedios. Esta adaptación refleja la permanencia del modelo organizativo maya dentro de las dinámicas contemporáneas, consolidando la identidad del paisaje cultural yucateco.
El análisis de las permanencias infraestructurales en el paisaje cultural del eje Mérida-Izamal-Valladolid revela la importancia de los sacbéob, una red de caminos prehispánicos que conectaban diversos asentamientos mayas.27 Estos caminos, construidos con piedra caliza compactada, no sólo facilitaban la circulación entre centros ceremoniales, comerciales y administrativos, sino que también desempeñaban un papel simbólico y político. Los sacbéob eran concebidos como extensiones del poder de los gobernantes y estaban cargados de significados relacionados con el control territorial y la unión espiritual entre los espacios sagrados.
Históricamente, en las Relaciones de Yucatán se menciona la presencia de estos caminos en lugares clave como Cacalchén de Cehpech, Izamal, Mérida T’hó, Sitilpech, Tekantó, Tinum, Tixkokob de Cehpech, Uayma y Valladolid (Sací) de Cupul,28 lo que confirma su función en la consolidación de redes económicas y sociales esenciales para la prosperidad de la región. Hoy en día, la influencia de estos caminos persiste en las infraestructuras modernas, como las carreteras que conectan Mérida, Izamal y Valladolid, lo que demuestra la continuidad y evolución de las dinámicas infraestructurales ancestrales. Este legado subraya el carácter sistémico y relacional del paisaje cultural yucateco, que evidencia cómo el pasado sigue vivo en el presente.
c) El legado del paisaje colonial
Durante la Colonia, el eje Mérida-Izamal-Valladolid estuvo profundamente influido por los eventos históricos y transformaciones que marcaron la llegada de los españoles y su impacto en la configuración territorial, social y económica de la península de Yucatán. Desde las primeras noticias impresas sobre la región, como las recogidas en De orbe novo decades en 1516, 29 hasta los prolongados esfuerzos de la familia Montejo por establecer asentamientos hispanos estratégicos, el proceso de conquista sentó las bases de una reorganización del paisaje que permanece hasta la actualidad.30
La conquista reconfiguró el territorio ancestral, transformando sus dinámicas a través de divisiones coloniales basadas en estructuras preexistentes como el lalach uinic y el batabil.31 Los programas coloniales, como las reducciones y las congregaciones, centralizaron a la población maya, reorganizando el territorio para facilitar el control político y económico sobre la mano de obra y los recursos naturales.32 Este reordenamiento estructuró un nuevo paisaje social y cultural con una jerarquía de asentamientos clave: las villas españolas y los pueblos de indios. Este modelo, conocido como el “sistema de las dos repúblicas”, separaba las poblaciones indígenas de las españolas, configurando no sólo un orden territorial, sino también un esquema sociopolítico que consolidaba el dominio colonial.
Las villas, habitadas por los colonos y sus familias, y los pueblos de indios, administrados bajo supervisión religiosa y real, compartían una estructura interna basada en cabildos o ayuntamientos que representaban el poder civil.33 Mérida, la villa más importante, marcó un precedente con la construcción de la catedral entre 1562 y 1598 sobre el antiguo asentamiento de T’Hó.34 Este modelo fundacional se replicó en otros asentamientos significativos, como Valladolid en 1543,35 Izamal en 1553, con su convento de San Antonio de Padua construido entre 1549 y 1561, Uayma en 1555, con el ex convento de Santo Domingo de Guzmán; y Cacalchén en 1609, con la parroquia de San Pablo y San Pedro. También destacan el ex convento y parroquia de San Bernardino de Siena en Tixkokob, construido entre 1581 y 1602, y el ex convento de San Bernardino de Siena en Valladolid.
Bajo el sistema colonial, el paisaje yucateco vivió transformaciones profundas que alteraron su estructura física y simbólica; por ejemplo, los frailes franciscanos establecieron cabeceras doctrinales en Mérida, Valladolid e Izamal, imponiendo nuevos patrones urbanos y arquitectónicos con símbolos europeos. Paralelamente, las estancias se transformaron en haciendas, privatizando tierras comunales y concentrando a la población indígena, desintegrando sus formas sociales tradicionales. Estas dinámicas provocaron tensiones sociales, evidentes en rebeliones como la de Jacinto Canek en 1761. Además, los movimientos migratorios hacia villas y el abandono de comunidades originarias reconfiguraron las relaciones sociales y económicas, dejando un legado de adaptación y resistencia en el paisaje cultural de Yucatán.
Durante la colonización, los españoles aprovecharon la red de asentamientos mayas preexistente para reorganizar el espacio según sus intereses geopolíticos. Así, establecieron un sistema urbano jerarquizado mediante el desarrollo del Camino Real, una red vial reconocida por la Corona que conectaba los principales centros urbanos a través de rutas principales y caminos secundarios. En la península de Yucatán, el primer tramo del Camino Real, establecido en 1527, unía Campeche con Mérida. Posteriormente, entre 1579 y 158136 se construyó el tramo que conectaba Mérida con Valladolid, incluyendo una bifurcación hacia Izamal y otras cabeceras como Tixkokob y Cacalchén. Aunque estos caminos eran esenciales para la organización territorial y el control colonial, su mantenimiento enfrentaba desafíos debido al terreno rocoso y al clima, como lo describen las Relaciones histórico-geográficas de la Gobernación de Yucatán, que señalan la fragosidad y mal estado de estas vías.37
Durante el siglo XVIII, la llegada de los Borbones marcó una nueva etapa en la infraestructura de Yucatán, impulsando proyectos estratégicos para reforzar la centralidad de Mérida como centro político, administrativo y social. Gobernadores como Lucas de Gálvez y Arturo O’Neill mejoraron significativamente los caminos que conectaban Mérida con Campeche, Ticul e Izamal,38 configurando una red diseñada para fortalecer las jerarquías territoriales y facilitar el comercio, que comenzaba a consolidarse como una de las principales actividades económicas.
La herencia colonial en el paisaje de Mérida, Izamal y Valladolid es clave para entender la organización territorial actual en Yucatán. Estos centros urbanos, fundados como cabeceras de doctrina, reconfiguraron la estructura social, política y espacial de la región, integrando asentamientos preexistentes con nuevas dinámicas coloniales. Adaptaron estructuras urbanas y religiosas europeas, reutilizando basamentos prehispánicos en templos y conventos. Además, el Camino Real superpuso una nueva red de conexión sobre la infraestructura prehispánica, articulando el territorio, facilitando el tránsito de personas y productos, y consolidando la envolvente territorial que aún define el paisaje yucateco.
d) Henequén y ferrocarril: cambios en el paisaje del siglo XIX
La independencia de México y la integración de Yucatán al proyecto nacional transformaron sus procesos sociopolíticos y económicos. A finales del siglo xix, la expansión de la industria henequenera convirtió la economía regional en dependiente de las haciendas, desplazando a las comunidades mayas y consolidando el poder en manos de las élites. La privatización de tierras y la Guerra de Castas facilitaron la concentración territorial, mientras que el auge del henequén promovió la deforestación y el monocultivo. Bajo un sistema de explotación laboral, los campesinos mayas quedaron atrapados en la servidumbre, reorganizando el paisaje social y económico en función de un orden capitalista colonial respaldado por el Estado.
Mérida, como centro comercial y político de Yucatán, se consolidó como el eje de la industria henequenera, mientras que localidades como Motul, Izamal y Valladolid también se beneficiaron al convertirse en centros de producción.39 Sin embargo, fue en la zona henequenera, particularmente en Tixpehual, Tixkokob y Cacalchén, donde se concentró el mayor auge, convirtiéndose en nodos cruciales para la comercialización del henequén. Tixkokob, por ejemplo, vio una proliferación de haciendas alrededor de su centro, mientras que Tixpehual, estratégicamente ubicado, se transformó en un punto clave para la logística y el transporte de productos. Estos poblados se transformaron en centros de apoyo logístico para la industria, donde los peones recibían viviendas precarias a cambio de su trabajo. Este fenómeno desencadenó un éxodo de los pueblos de indios hacia los cascos de las haciendas, lo que provocó un desplazamiento forzado hacia centros productivos que ofrecían refugio, pero bajo condiciones de servidumbre. Esta reconfiguración del espacio y de las relaciones laborales evidenció la creciente concentración de tierras en pocas manos y el fortalecimiento de las élites hacendarias, lo que incrementó las tensiones sociales y consolidó la desigualdad en la región,40 como lo que se puede observar en las ruinas de Aké, al suroriente de Tixkokob, vecinas a la zona arqueológica, donde se repiten patrones de asentamientos anteriores.
La introducción del ferrocarril en Yucatán a mediados del siglo XIX fue clave en la transformación del paisaje, impulsando el auge del sistema henequenero y consolidando un nuevo orden económico y territorial.41 A diferencia de otras redes ferroviarias en México, su capital fue completamente local, lo que permitió a las élites monopolizar tanto el transporte como la explotación del henequén. Esto facilitó el transporte de la fibra desde las zonas productoras hacia los puertos, consolidando la industria como motor económico. Además, el ferrocarril promovió la colonización de tierras, la reconfiguración del territorio a favor de las élites y una concentración de la población en haciendas, incrementando la desigualdad social y económica en la región.42
En términos de la expresión de la envolvente geométrica, el siglo XIX marcó una reorganización fundamental del espacio en el paisaje de Mérida, Izamal y Valladolid, donde los patrones infraestructurales transformaron las estructuras, los límites y la organización del territorio. El trazado de las líneas ferroviarias, como la Mérida-Valladolid, representó una clara articulación geométrica que conectó los asentamientos principales, definiendo nuevas rutas de movilidad y acceso. Esta infraestructura no sólo reorganizó el espacio físico, sino que también impuso una nueva lógica de ocupación del territorio, delimitando zonas productivas e impulsando la concentración urbana en torno a los puntos estratégicos, como las estaciones ferroviarias.
La construcción de estaciones de ferrocarril y la expansión de las vías fueron elementos clave que definieron los límites y transformaron la estructura del paisaje en Yucatán, creando nuevos puntos de concentración poblacional y alterando la distribución de las comunidades. Estas infraestructuras no sólo fueron esenciales para la expansión de la industria henequenera, sino que también articulaban el territorio, conectando tanto las grandes haciendas como los poblados. Un ejemplo claro de esta transformación es Tixkokob, que destacó por contar con dos estaciones de ferrocarril, cada una sirviendo a diferentes rutas antes de la unificación de la línea Mérida-Izamal-Valladolid. Todos los poblados en la región contaban con estaciones, cuya escala variaba según su jerarquía, y estaban conectados a las haciendas mediante vías de menor escala, conocidas como “vías de truck”. Estas vías eran de movimiento manual, a menudo realizadas por personas o animales, y fueron fundamentales para facilitar el transporte dentro del sistema henequenero. De esta manera, la red ferroviaria no sólo consistía en las grandes vías férreas, sino también en estas redes secundarias que ayudaban a articular el paisaje de forma más detallada y específica.

Fuente: Mapoteca Manuel Orozco y Berra, 9772-CGE-7264a.
Figura 3 Carta de los Ferrocarriles Unidos de Yucatán. En esta carta se muestran las diferentes vías del ferrocarril existentes hacia principios del siglo XX, en donde se logran distinguir las vías que iban de Mérida a Izamal, y otra vía distinta Mérida-Valladolid que pasaba por los poblados de Motul y Temax, como centros importantes de recolección y almacenamiento de productos. Autor: Sección de Dibujo y Cartografía, escala: 1: 400,000, editor: Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, medidas: 49 x 72 cm.
Además de facilitar el comercio, las infraestructuras ferroviarias en Yucatán reforzaron las estructuras de poder local. Las élites utilizaron el sistema ferroviario para consolidar su control territorial y económico, afianzando un sistema caciquil que organizaba la propiedad y el trabajo. La construcción de haciendas y asentamientos modificó la relación de las personas con su entorno, alterando la distribución demográfica. Estas infraestructuras, al conectar las haciendas, consolidaron un orden social y territorial, estructurando las relaciones humanas y económicas, y reflejando las tensiones entre control territorial, explotación económica y jerarquías sociales del siglo XIX.
Consideraciones finales
El análisis del paisaje del eje Mérida-Izamal-Valladolid destaca la relevancia de este corredor como articulador territorial desde tiempos prehispánicos hasta la actualidad. Este paisaje cultural es una expresión material de continuidades y transformaciones, moldeada por las relaciones políticas, simbólicas y económicas que han estructurado la vida de las comunidades que lo habitan. Mediante la Metodología de los Eventos Relacionales para el Análisis del Paisaje (MERAP) se ha identificado que este paisaje no es una entidad neutral, sino una construcción política y narrativa que refleja tanto las jerarquías de poder como las resistencias que han marcado su historia.
Uno de los elementos clave en la conformación de este paisaje es su realidad ecológica, que ha determinado las dinámicas del eje, especialmente en la gestión de los recursos hídricos y la continuidad de prácticas agrícolas ancestrales como la milpa. Estas prácticas han configurado una cosmovisión particular, expresada en conceptos como elk’aax, reflejando la relación profunda entre las comunidades y su entorno natural. Lejos de desaparecer con la llegada de nuevos modelos productivos, estas prácticas han coexistido con diversas formas de explotación del territorio. La permanencia de jerarquías de asentamiento desde tiempos prehispánicos, con ciudades principales como Mérida, Izamal y Valladolid (Sací), y núcleos intermedios como Cacalchén, Tunkás y Uayma, evidencia la persistencia de patrones espaciales que aún estructuran el paisaje. Su continuidad no sólo responde a la disponibilidad de recursos, sino también a la carga simbólica del territorio, consolidando una organización espacial que sigue vigente en la estructura territorial contemporánea.
En términos de realidad contextual, el análisis resalta la continuidad de las redes de comunicación como un factor estructurador del paisaje; desde los antiguos sacbé mayas hasta el Camino Real, las vías del ferrocarril del siglo XIX y, más recientemente, la autopista, el eje ha manenido una envolvente geométrica de conectividad que sigue articulando la región. Esto refuerza la idea de que la infraestructura no sólo facilita la movilidad, sino que también refuerza las relaciones de poder y las jerarquías económicas que han definido la organización territorial a lo largo del tiempo. A diferencia de otros corredores, como los ejes Mérida-Campeche o Mérida-Peto, el eje Mérida-Izamal-Valladolid, de más de 160 km, ha funcionado como un conector transversal que ha articulado regiones de distinta vocación productiva y cultural, vinculando el occidente y el oriente de la península a través de un corredor de asentamientos intermedios estratégicos.
En el siglo XIX este paisaje experimentó transformaciones significativas bajo las lógicas del ordenamiento territorial capitalista y la integración de la región al mercado global a través del sistema hacendario y el ferrocarril. La privatización de tierras comunales y la expansión del monocultivo del henequén reorganizaron el paisaje, consolidando estructuras económicas y sociales que profundizaron las desigualdades y redefinieron la distribución de la población. Este proceso tuvo impactos directos en la fragmentación del paisaje y en la modificación de las relaciones de las comunidades con su entorno, lo que marcó el inicio de una transición hacia una nueva organización espacial, en la que las estructuras de producción determinaron el desarrollo del territorio.
Sin embargo, la transformación del paisaje no ha sido un proceso lineal ni homogéneo. La convivencia entre elementos heredados del pasado prehispánico y colonial con nuevas dinámicas económicas y de movilidad demuestra que este eje no sólo ha sido un espacio de explotación, sino también un territorio de resistencia y resignificación. Persisten elementos de la cosmovisión maya en el manejo de la tierra, en las prácticas agrícolas y en las estructuras de organización comunitaria que coexisten con las huellas del sistema hacendario y las nuevas formas de desarrollo urbano y turístico.
Hoy en día, este espacio habitable continúa evolucionando, integrando las ventajas del mundo contemporáneo con una profunda conexión a sus raíces históricas. En este sentido, la envolvente geométrica del eje Mérida-Izamal-Valladolid, además de reflejar la interconexión física de los asentamientos, también es un testimonio vivo de los procesos de territorialización, transformación y resistencia que han dado forma al paisaje a lo largo del tiempo. Comprender su evolución nos permite reconocer que el paisaje no es sólo un conjunto de estructuras materiales, sino una narrativa en constante construcción, que revela la interacción entre las personas, la naturaleza y las estructuras políticas a lo largo de la historia.










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