Enorme placer me abriga celebrar otro gran libro de Guiomar Rovira, una continuación y profundización de las tesis que planteara en el libro Activismo en red y multitudes conectadas (2017), el cual hace algunos años nos sedujo con sus planteamientos teóricos y empíricos para entender las nuevas formas de protesta en la era digital. Ahora nos introduce en el fenómeno del #MeToo, un movimiento social que surgió en 2017 para denunciar los abusos sexuales vividos por mujeres de todas las clases y regiones en el mundo; un movimiento feminista, que ella llama de “multitudes conectadas”, sin liderazgos visibles y que actúa horizontalmente. De ahí el título: #MeToo. La ola de las multitudes conectadas feministas.
El #MeToo emergió en Twitter mediante un hashtag que se convirtió en un alud de denuncias que llegaron a los medios de comunicación e impactaron las conversaciones sociodigitales, las calles y muchos espacios culturales. Es un fenómeno sumamente complejo y difícil de analizar. Rovira descompone sus distintas aristas y dimensiones, identifica algunas de las raíces que lo permitieron, investiga las formas particulares que tomó en diferentes lugares y las consecuencias y avatares que ha sufrido; recupera los saberes que ha dejado y las contradicciones que ha permitido iluminar sobre la temática del abuso sexual y su denuncia digital. No deja de lado los matices más complicados: las reacciones que ha tenido de corte misógino y entre los sectores más hegemónicos, así como las respuestas críticas por parte de sectores no hegemónicos y hasta feministas. Todo es motivo de reflexión. Rovira intenta escuchar no solo las voces de tantas mujeres que estallan contando relatos múltiples de abuso sexual. También escucha y polemiza con voces críticas que señalan las contradicciones de este fenómeno inédito que irrumpió y no solo visibilizó a los agentes victimarios de los abusos sexuales, sino que también sensibilizó a la sociedad sobre un problema sistémico de nuestras sociedades. Según la autora, este tipo de abuso está enraizado en las estructuras de dominación, no solo entre hombres y mujeres, por lo que afecta también a los hombres; se trata de una violencia que se anida en todo tipo de contextos de la vida cotidiana, de la familia, del trabajo, de los centros de educación, del entretenimiento y de la vida cultural, así como también en el quehacer de los partidos, de los sindicatos y del activismo de izquierda.
La autora subraya la incomodidad que genera este fenómeno: toca a todas y a todos, ya que muestra el abuso sexual negado, silenciado; aborda la dificultad de nombrarlo, de diferenciar las distintas formas que adquiere en muy diferentes ámbitos y de saber qué hacer ante el daño que provoca en tantas víctimas, más allá de una lógica legal y punitiva.
La lectura del libro permite captar ese fenómeno híbrido que adquirió formas inéditas en los lugares más distantes del planeta. Sin embargo, descubre algo común, desde una perspectiva comunicativa, un claro género discursivo para hablar del abuso sexual en los distintos tipos del #MeToo en múltiples lugares y espacios sociales: se trata de un género propio, que contiene -como todo género- patrones de interacción, nuevas normas del decir inusitadas que permiten romper el silencio, reglas para la amplificación de voces que molestan a los oídos no acostumbrados a escuchar el dolor y el daño que causa el abuso sexual; un género de denuncia pública que está basado en testimonios singulares y en un coro de voces de mujeres que señalan su aceptación, su escucha, y que no cuestionan su veracidad. Rovira (2024: 14-15) describe una secuencia de elementos comunes en este proceso comunicativo y amplificador: 1) “la voz de alguna o algunas víctimas de violencia sexual rompe el silencio y señala al agresor”; 2) “el mensaje se viraliza en redes digitales y los medios de comunicación hacen de ello un acontecimiento mediático”; 3) “en las redes se genera una comunidad afectiva” que invita a que surjan más testimonios y les otorga resonancia y eco; y 4) “se otorga credibilidad a las víctimas en concurrencia con otros hashtags como el #YoSíTeCreo”. A esta secuencia Rovira añade las reacciones de los sujetos o sectores denunciados, el backlash, las campañas que contradenuncian y criminalizan nuevamente de múltiples formas a las mismas víctimas.
La autora subraya la comunidad afectiva que implica el funcionamiento del #MeToo, una comunidad de amistad que cobra formas públicas y políticas impensables hasta ahora: sin la expresión de esa amistad incondicional, el #MeToo no funciona. Esto permite que el #MeToo se convierta en un espacio de enunciación público y político inédito a nivel nacional y trasnacional en donde se transforman las reglas del decir, del denunciar y las formas de verificar los abusos sexuales, lo cual genera cambios y muchas reacciones en los distintos #MeToo.
Todo un capítulo está dedicado a hashtags de corte feminista, como el #MeToo, que se han convertido en femitags, en cuanto que asentamientos digitales duraderos o estables que contribuyen a la articulación de las luchas feministas en el espacio y en el tiempo. En mi artículo “Violencia, redes sociales y procesos de subjetivación política. El caso de #verfollow en Veracruz, México” desarrollo una reflexión parecida en relación con los hashtags orientados a alimentar la comunicación en zonas asediadas por la violencia exacerbada del crimen organizado en México y que se caracterizan por el silencio, como ocurre en Veracruz con el hashtag #verfollow (Zires 2017).
Según Rovira, cada hashtag posee una gran capacidad vinculadora de sentidos múltiples que se condensan en su nombre. Menciona los femitags más reconocidos en la lucha feminista proveniente del sur, por ejemplo #BringBackOurGirls, el cual surgió en Nigeria ante el secuestro de 276 niñas por Boko Haram, u otros que están ligados al feminismo negro (#BlackPowerIsForBlackMen), y muchos más vinculados con la lucha feminista en América Latina, con los feminicidios (#VivasNosQueremos, #NiUnaMenos) o con las convocatorias anuales en defensa de los derechos de las mujeres, entre otros.
La autora subraya la forma en que los femitags activan acciones tanto en contextos en línea como en espacios presenciales, sintonizan marcos de protesta y movilizan repertorios sincrónicos y diacrónicos a niveles regional, nacional y trasnacional.
El análisis del #MeToo mexicano acaparó parte de mi atención, ya que es el capítulo descriptivo más amplio y permite rastrear un método de investigación en detalle sobre estas movilizaciones sociales. Como en todos los casos que estudia, Rovira analiza primero el caldo de cultivo que lo permitió y por ello dirige su atención a un hashtag de 2016 relevante en México: #MiPrimerAcoso, el cual invitaba a las usuarias de la red entonces llamada Twitter a narrar sus primeras vivencias de acoso. Esta experiencia digital tuvo un éxito importante y sin duda fue un referente para las usuarias de redes en 2019. El #MeToo en México arranca con la narración de un testimonio de acoso sexual en el que se denunciaba a un escritor. Esto generó que estallara un primer hashtag especializado en casos de escritores, el #MeTooEscritores. De ahí se extendió la campaña a otros campos para lo cual surgieron otros hashtags (#MeTooPeriodistasMexicanos, #MeTooAcadémicosMx, #MeTooArtesMx, #MeTooCreativosMexicanos, #MeTooEscritoresMexicanos #MeTooMúsicosMexicanos). Todos ellos invitaban a rendir testimonios de abusos sexuales en diferentes gremios y espacios de cultura: entre periodistas, en el campo de las artes, entre músicos y entre académicos de diferentes universidades. Estos hashtags venían acompañados de otros como #YoLesCreoAEllas o #NoEstásSola -los cuales intentaban arropar a mujeres que querían romper el silencio y tenían miedo de hacerlo- junto con invitaciones a compartir en cuentas de Twitter testimonios para ser contados de manera anónima. Aquí aparece muy claramente ilustrada la noción de Guiomar Rovira sobre las constelaciones de hashtags que permiten acciones conectivas políticas no solo en el espacio digital, sino también en las calles y las asambleas.
Resulta interesante detenerse precisamente en la descripción que realiza la autora sobre una asamblea entre académicas y activistas feministas, celebrada en septiembre de 2019, durante la cual narraron y debatieron sobre su experiencia. Esto permite tomar contacto con otra parte de la etnografía onlife que realizó Rovira para conocer el punto de vista de las mismas activistas que habían participado de diferentes maneras en el #MeToo mexicano, ya sea con la rendición de su testimonio, con el acompañamiento a quienes lo dieran o con la celebración de actividades ligadas a ese fenómeno desde diferentes agrupaciones. Los relatos de las participantes en esa asamblea que cita Guiomar Rovira permiten descubrir múltiples aspectos: el nivel inédito de organización que implicó construir y cuidar ese espacio testimonial; las reacciones personales de las activistas al encontrar que conocidos o amigos estaban siendo denunciados; el impacto que sufrieron al estar leyendo tantos testimonios y percatarse de que ellas mismas también habían sido objeto de abusos sexuales, sin haberse dado cuenta de ello antes; así como los relatos de miedo de las que habían levantado denuncias por las repercusiones que eso podía tener, como la pérdida de su trabajo, entre otras. Esos testimonios autoreflexivos son, sin duda, una perla del capítulo y del libro, ya que nos permiten adentrarnos en la manera en que las participantes problematizaban lo vivenciado y construían saberes inéditos.
Una de las reglas que caracterizó el funcionamiento del #MeToo mexicano tuvo que ver con la intención de mantener la confidencialidad de las denunciantes. Rovira cita a la organización Mujeres Juntas Marabunta, quienes lo justifican. Para ellas era necesario cuidar a las que denunciaban, era necesario “protegerlas de ser criminalizadas o agredidas nuevamente; nos cuidamos para no arriesgar la vida de ninguna de nosotras” (111).
Una parte muy importante de este capítulo, como de otros que tratan casos específicos, es mostrar las crisis o los quiebres que sufrieron estos movimientos. No todo es rosa. En México tuvieron que ver con el suicidio de un músico el 1 de abril de 2019, Armando Vega Gil, bajista del mítico grupo Botellita de Jerez, quien fue denunciado por haber abusado de una mujer cuando ella tenía 13 años. Las activistas entraron en conmoción. Eso generó que surgieran múltiples cuestionamientos al proceder del espacio digital y de las denuncias. Periodistas y escritoras reconocidas de la izquierda interpelaron críticamente al #MeToo y sobre todo al #MeTooMexicano como Blanche Petrich, amiga personal de Vega Gil, así como Daniela Pastrana, Elena Poniatowska y Marta Lamas, quienes reconocían la importancia de que se hubiera roto el silencio sobre el tema del abuso sexual, pero criticaban las formas, el método. Los puntos más críticos que señalaron, según la autora, tienen que ver con el peligro de poner en el mismo plano el acoso y la violencia sexual más grave (como una violación). Otro aspecto crítico era la lógica punitivista que se derivaba del tipo de testimonios y denuncias que se presentaban en el espacio digital. Si bien las activistas explicaban que el espacio digital del #MeToo no era un tribunal, que lo legal era secundario y lo importante era quebrar el silencio y hacer hablar al daño que produce el abuso sexual, la lógica punitivista no se puede esconder y se asoma claramente al nombrar al agresor, al violador o al victimario. El #MeToo hacía daño a la reputación del denunciado y eso tuvo muchos efectos. La idea de un castigo ejemplar en la reputación del agresor queda clara. El reclamo de que haya una reparación, también; aunque no sea legal, es importante. Se trataba por lo menos de hacer visible la expresión de reprobación social, y poner en acto la idea de aplicar un escrache público.
Otro aspecto crítico fue la anonimidad de las denuncias y la falta de verificación de algunos relatos que llevaría a la difamación de algunos denunciados, como en algún caso se llegó a presentar y se hizo público. De hecho, las mismas activistas que cita Rovira reconocen este problema en la asamblea en la que participó: “una sola denuncia falsa perjudica al movimiento”; “es una estrategia que nos desestabiliza. Aunque sea el 1%, aunque sea una. Esa una provoca que todo mundo voltee a esa una y digan: ‘ya vieron. Ven como todas son unas pinches locas histéricas mentirosas’” (135).
En algunos casos se llegó a filtrar la idea de verificar la información, pero predominaba la lógica de no cuestionar ningún testimonio (#YoSíTeCreo). Dos lógicas encontradas, contrapunteadas, en donde imperaba el #YoSíTeCreo que alimentaba la amistad y la fraternidad política. Mayeli Sánchez es citada por la autora: “Al #MeToo hemos dicho #YoSíTeCreo, así ponemos por encima de la duda con la que la pedagogía del patriarcado nos ha adoctrinado la capacidad de empatizar, de ser solidaria y de mirarnos en una experiencia que nos atraviesa en común” (114).
Esta polémica ilumina el modo particular que adquirió el #MeToo en Suecia, en donde la denuncia legal cobró más fuerza que los señalamientos públicos en contra de agresores en las redes digitales. Rovira señala que no se quiso crear un #MeToo abierto en Twitter, se prefirió adoptar una forma más moderada o “civilizada” para que ninguna mujer fuera tachada de “loca”. Eso no impidió que 60,000 mujeres suecas dieran sus testimonios sin develar su identidad, en la mayoría de casos, ni la de sus agresores. Tampoco inhibió que hubiera una lectura pública y dramática de testimonios publicados por un periódico nacional a la que asistió la reina y que fuera condenado a prisión el famoso fotógrafo Jean-Claude Arnault por violación después de que lo denunciaran 18 mujeres. Esto muestra su gran resonancia.
Rovira señala algunos logros del #MeToo en México: “obligó a los hombres de las profesiones liberales, del mundo artístico, académico y activista mexicano a revisar sus trayectorias, ponerse a ‘checar su privilegio’ con el terror a quizá ser denunciados quién sabe por qué ni por quién” (128).
La autora señala otros efectos claros: los que fueron denunciados varias veces en diversos medios de comunicación fueron cesados; algunos profesores perdieron sus cátedras. Algo que me pareció muy importante es que en diversos grupos y espacios se anunció la elaboración de protocolos para tratar este tipo de problemas, en organizaciones políticas y espacios educativos. Este fue el caso de mi universidad, la Autónoma Metropolitana en todas sus unidades, en donde dejó una huella importante y un saber para tratar mejor los problemas de abuso sexual. El paro de la UAM Xochimilco en 2023 fue un ejemplo: todavía recuerdo a las paristas hablando con el rector de nuestra unidad en un diálogo horizontal inédito, aunque no se haya logrado todo lo que ellas querían. Rovira da cuenta de procesos parecidos que se dieron en otro tipo de organizaciones.
Sin embargo, la contra-reacción y el rebote al #MeToo en México llegaron pronto. Surgieron medidas en las mismas redes digitales para silenciar a las denunciantes, descalificar su discurso y recuperar los marcos hegemónicos. Una activista es citada por la autora: “el rebote te regresa otra vez al lugar de la víctima. A través de la culpa, de la vergüenza. Lo más duro es sentir que lo que has hecho no tiene ninguna consecuencia y es más, te pone en un lugar de más fragilidad” (133).
Todo ello habría dejado aprendizajes a las activistas, por ejemplo, la necesidad de articular lo digital con estrategias de organización en las calles, en las asambleas, estrategias de acompañamiento, partiendo de la idea de que “la denuncia es una herida que luego tiene que curar” (134).
Después de revisar el caso del #MeToo en México, está claro que no se puede creer que es lo mismo lo que lo suscitó en Estados Unidos, en Francia, en China o en otros países, por lo cual la autora dirige la atención a sus diferentes desarrollos e impactos. El caso de China es muy interesante porque muestra la manera en que las feministas denunciantes trataron de evadir, saltar y romper la censura oficial en las redes a través de nombres chinos que aludían al #MeToo en su red Weido (Twitter en chino) y lograron las destituciones de figuras importantes en el campo universitario, del deporte y hasta el de un reconocido monje budista, entre otros. En Francia, el movimiento fue rechazado por muchas mujeres famosas que lo consideraban puritano y crearon un hashtag alterno que hablaba de la libertad de importunar (#Libertedimportuner). Sin embargo, desató una gran empatía cuando se articuló en ese país con la problemática del incesto. De ahí que haya surgido el #MeTooInceste con gran fuerza a nivel nacional. Esta versión de abuso sexual queda por ser analizada en muchos otros países por ser un tema tabú.
Guiomar Rovira termina el libro con una reflexión amplia sobre las reacciones violentas contra el fenómeno del #MeToo, el backlash no solo en México, sino en muchos otros países, pero también sobre la potencia prefigurativa del #MeToo, por su capacidad de construir un mundo en donde las mujeres son escuchadas y su daño importa.
No queda más que celebrar este libro por su análisis meticuloso del #MeToo, así como por su escritura rica en reflexión y matices, luminosa, comprometida y apasionada en un tema que nos interpela.










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