Reseñar este libro no resulta una tarea sencilla, pues requiere ser consecuente con el despliegue de una forma de escritura antimoderna-colonial y, al mismo tiempo, la propuesta de una forma de lectura igualmente antimoderna-colonial. Comprometerme con esta forma de escritura-lectura es el desafío al cual me enfrentaré en estas líneas.
La forma de escritura hace patente una producción de conocimiento verdaderamente encarnada en la que el cuerpo de les autores no es meramente enunciado y/o descrito desde un yo que finge coherencia con la dicotomía mente/cuerpo; por el contrario, este libro es, ante todo, una obra que trasciende esta y otras dicotomías. Si el sistema dicotómico de valores es lo que caracteriza el saber moderno-colonial, y este texto, de facto, trasciende estas dicotomías, estamos ante un libro antimoderno-colonial donde biología y subjetividad se funden en una unidad ontológica; en cada página habita un diálogo biomaterial profundo entre el cuerpo y la escritura.
En Brújula. Voces de la intersexualidad en México, se expone la manera en que los actuales saberes científicos moderno-coloniales producen nuestras subjetividades corporizadas al tiempo que dan inteligibilidad y permean nuestro entendimiento -sesgado- de la intersexualidad, lo cual no desarrollaré aquí porque sería un intento destinado al fracaso.
Lejos de las definiciones asépticas que solemos leer y dar, incluso desde los estudios de género y las epistemologías feministas, en este libro les autores narran el verdadero significado de la intersexualidad; un significado que se nutre de historias, normatividad, sangre, agencia, subjetividades y comunidades afectivas, entre otros factores; un significado que a nosotres, como público lector, nos convoca más allá de nuestro cuerpo, marginalizado/patologizado o no, porque somos cuerpos que semántica-biológicamente encarnamos los saberes científicos moderno-coloniales: cuerpos que vivimos y entendemos a les otres a través de saberes dependientes de las normativas androcéntricas que caracterizan a las ciencias biológicas y que, como la propia normativa androcéntrica, resultan violentos, criminales y violatorios de los derechos humanos.
Este libro hace explícito el uso que todes hacemos de este marco de inteligibilidad moderno-colonial para interpretar la denominada diferencia sexual, pero nos invita a desnaturalizar sus cimientos: los escritos encarnan un reagenciamiento intersubjetivo por fuera de las prescripciones androcéntricas.
Nuestra tarea es desafiar el lugar que como lectores solemos ocupar en la interpretación de este paradigma moderno-colonial fundado en dicotomías. Estos lugares se expresan en la primera persona del singular -es decir, la que nos pone en el lugar de quien leemos- o en la tercera persona del singular, esto es, la que pretende instaurar una mirada universal -desde un afuera- que encarna el saber médico-científico. En contraste, mediante la forma de escritura que en el libro es desplegada, la propuesta para les lectores consiste en trascender la dicotomía primera persona (yo)-tercera persona (objetividad) y, en su lugar, poner sobre la mesa la denominada perspectiva de la segunda persona (Pérez y Gomila 2022): la interacción cara-cara, cuerpo-cuerpo que, como sostienen les filósofes Pérez y Gomila, es la primera forma de interacción en nuestra ontogenia, aquella que nos hace humanes: la segunda persona supone que para empatizar con alguien no hace falta imaginarnos cómo se sentiría estar “en sus zapatos”, ni tampoco busca una respuesta objetiva y trascendental que apela a lo desencarnado. En cambio, la perspectiva de la segunda persona trata de reconocer a les demás desde nuestro lugar, desde nuestras dimensiones cognitivas-afectivas. La mente de les otres no nos es opaca, podemos acceder a lo que la otra persona siente, y no porque su vida psicológica derive de mecanismos biológicos universales, sino porque esa mente corporizada se desarrolla mediante un lenguaje común, compartido, y que supone que nuestras subjetividades no son estados internos individuales, sino que existen de manera histórica-cultural-relacional (Pérez y Gomila 2022).
No es necesario que hayan intervenido mis genitales sin mi consentimiento para entender la gravedad del asunto, ni tampoco requiero ponerme en el lugar de quienes tuvieron esa experiencia en primera persona para ser capaz de empatizar con lo que han sentido y sienten. Cuando decimos que empatizamos, no significa afirmar; “me imagino cómo lo pasaste”, “me pongo en tu lugar y me duele”. Afirmaciones que además se convierten en un fin en sí mismo y clausuran la posibilidad de acción. Es decir, se expresan como una suerte de responsabilidad liberada porque “ya encarné tu dolor; sé lo que pasaste, debe ser terrible, nadie merece algo así”.
En contraste, la perspectiva de la segunda persona explica que soy capaz de conmoverme por tu dolor mientras te leo, aunque yo no lo haya vivido, aunque se trate de una injusticia que no encarné, pero de alguna manera me involucra, porque esa violencia que viviste es relacional, y que yo no la haya vivido está implicado en esa relación. Este espíritu fundamentalmente relacional que caracteriza la perspectiva de la segunda persona habilita los siguientes cuestionamientos: ¿de qué manera a través de mis propias creencias puedo respaldar las prácticas que perpetúan las violencias físicas y simbólicas hacia las corporalidades intersex? ¿Cómo podemos comprometernos para que esto no siga sucediendo? ¿Cómo, desde el lugar que ocupo en este mundo, puedo movilizarme para contribuir a cambiar nuestro imaginario sobre el sexo, el género y la sexualidad, y detener la violación sistemática a la integridad corporal?
En resumidas cuentas, tanto la primera como la tercera persona son funcionales hoy a una cultura neoliberal individualista, que despolitiza e invisibiliza las relaciones estructurales sobre las que son sostenidas nuestras formas de vivir y reconocernos unes a otres. En cambio, la perspectiva de la segunda persona evidencia que el binomio autore/lectore no es un par dicotómico: adoptar la perspectiva de la segunda persona implica caracterizar como un continuo a quien escribe y a quien lee, y esta reconceptualización es una salida del paradigma moderno-colonial: es la llave para revolucionar nuestras maneras de vivir y entender a les otres. Como no podía ser de otra manera, no se trata de una llave rígida, inflexible y fría, sino de una llave dinámica y flexible, hecha de afectos, que se desarrolla desde y para el tejido social para conectarnos con la sensibilidad que nos hace humanes, y nos da la posibilidad de indignarnos ante las injusticias, aunque no nos toquen en primera persona. Adoptar la perspectiva de la segunda persona como lectores nos convoca a la acción.
Hacer justicia epistémica y afectiva desde la perspectiva de la segunda persona a esta obra magistral, y que sin lugar a dudas se convertirá en un clásico para las epistemologías críticas en torno del sexo, el género y la sexualidad, requiere mínimamente referirnos a ella desde un lenguaje capaz de esbozar ese encuentro cara-cara, cuerpo-cuerpo, entre cada autore y quien lee: dolor, enojo, furia, placer, indignación, alegría, impotencia, desilusión, “ganas de quemarlo todo”, “ganas de abrazar mucho”, llanto, admiración, desmotivación, deseos.
Si antes mencioné que nuestra subjetividad existe en relación con les demás, la circulación de estas palabras expone este hecho de manera más evidente: cada una de ellas solo cobra sentido si las pensamos en relación con otres. Es decir, los sentimientos encarnados en esas palabras, el lenguaje mismo que las constituye, existen de manera intrínsecamente relacional: si existimos como seres con vida mental y competencias lingüísticas es por la mirada de les otres; somos en relación con otres.
Cómo quiero ser reconocide y que les demás me reconozcan, de qué maneras yo reconozco a les demás y respeto su primera persona, es el compromiso metafísico que como lectores debemos adoptar a la hora de embarcarnos en esta potente lectura: una lectura que nos hace parte de esa intersubjetividad que erosiona los valores moderno-coloniales, siempre y cuando adoptemos la perspectiva de la segunda persona.
Este libro, compilado por Laura Inter yEva Alcántara, es un tejido complejo de (re)conocimientos: entre personas intersex, entre personas endosex (me permito ocupar este término para identificar a aquellas personas que no somos intersex); entre personas intersex y endosex. En particular, este libro es una invitación a romper con el actual marco de referencia endosexista: si quien está leyendo se ajusta en términos biológicos a dicho marco, es decir, no es una persona intersex, toca la tarea de preguntarnos qué tendría de “normal” o “correcta” nuestra anatomía y fisiología genital, y, si aún no lo hemos hecho, de reflexionar críticamente sobre el lugar que ocupa nuestra corporalidad en relación con las corporalidades intersex.
Lo anterior es posible porque la lectura de esta obra va más allá de mostrar que nada salió mal en los cuerpos intersex (que, de hecho, y como les autores aquí explican, no es tarea sencilla): nos muestra que nada salió bien en las personas endosex. Deja en evidencia que naturalizar el marco de referencia endosexista es lo que da continuidad a las prácticas violatorias de los derechos humanos que anulan la autonomía corporal de las personas intersex. Asimismo, y no está de más enfatizar, este mismo marco es intrínsecamente cis-heteronormativo, con lo cual afianza la subordinación de las mujeres cisgénero heterosexuales y la marginación de la comunidad LGBT, tanto intersex como endosex.
Los tres momentos que componen esta obra resultan fundamentales para adoptar una lectura desde la perspectiva de la segunda persona y arribar a las conclusiones que aquí sugerí. Remito a continuación, de manera sucinta, a cada uno de estos momentos.
El primero de ellos consiste en una serie de textos que describen lo siguiente: 1. qué es y cómo se desarrolló Brújula Intersexual, la organización mexicana hecha por y para la comunidad intersex (pionera en América Latina), 2. qué es la intersexualidad en perspectiva histórica y 3. cómo se han dado las alianzas con personas que, aunque no se identifican como intersex, apoyaron el proceso de formación de Brújula.
El segundo momento apela a la autoridad epistémica en primera persona: una multiplicidad de voces que conforman la comunidad intersex mexicana nos cuenta su historia, comparte sus saberes y nos deja ver las sistemáticas violencias implicadas en un imaginario endosexista de nuestras biologías y nuestra sexualidad. Cada testimonio describe las violencias vividas en la institución médica, pero también, y no en segundo plano, otras violencias institucionales y de índole social. Como dice Laura Inter, estos testimonios han sido fundamentales para el desarrollo de la comunidad intersex mexicana que sostiene a (y es sostenida por) Brújula Intersexual. Es la primera vez que encontramos estos testimonios reunidos en forma de libro.
El tercer momento del libro da cuenta del acompañamiento que madres, hermanes y parejas hicieron y hacen a personas intersex; un acompañamiento complejo, empapado del miedo que, a través de los sesgos del saber médico-científico, se ha desplegado sobre la idea de que existe dimorfismo sexual y desvíos respecto de este. A lo largo del libro queda completamente deslegitimado dicho saber. Y la autoridad epistémica conferida a las justificaciones biologicistas que históricamente han servido para violar la autonomía corporal/conductual de ciertas subjetividades resulta invalidada y desplazada por los saberes que emanan de la comunidad intersex.
Cada página conmueve y remueve. Cada trayectoria vital aquí presentada nos muestra su complejidad, su singularidad, su forma de vivir y contar sus experiencias: este libro encarna la heterogeneidad de subjetividades que conforman la comunidad intersex.
Finalmente, me gustaría destacar que en diferentes capítulos puede leerse la palabra rompecabezas. Esta palabra refleja la dificultad de reconstruir las historias de vida propias; una dificultad que resulta del ocultamiento médico-profesional -y a menudo también familiar- derivado de las prescripciones médicas, y del olvido personal derivado quizá de un mecanismo de protección ante memorias cargadas de violencia. Este libro representa un ejercicio de memoria colectiva. El proyecto como tal animó a que una comunidad contara su historia, muches por primera vez, y fue el propio sostén de la comunidad, esa red de afectos indispensable, lo que hizo posible este proyecto.
Insisto en que este libro nos invita a leer de manera encarnada. Es una invitación a sentir verdaderamente el cuerpo, y no que solo esté presente, como si fuera algo ajeno a nuestro estado mental al leer. En efecto, si alguien me pregunta qué es leer de manera corporizada, cómo están mis órganos cuando estoy leyendo, este libro me significó decir algo sobre ello: cada una de nuestras células sostiene un diálogo biomaterial con ese lenguaje común que habilita que tengamos mente; un diálogo que posibilita crear intersubjetividades deslindadas de normativas moderno-coloniales, que nos instan a desconectar nuestros estados psicológicos de nuestra corporalidad.
Adoptar la perspectiva de la segunda persona como lectores supone adoptar esta perspectiva también para entender nuestras propias ontologías: ontologías siempre relacionales y que implican un compromiso ético-activo desde el cual preguntarnos cómo con nuestras prácticas, con nuestras formas de reconocer a les demás, legitimamos el endosexismo.
Quiero cerrar este texto con la siguiente reflexión: si llevamos al menos un siglo argumentando que la neutralidad no existe, esto vale para nuestros propios posicionamientos. Me refiero a que si siento que “nada tengo que ver” con lo que a otres les sucede, o que no contribuyo a un hecho injusto solo porque sé que no estoy de acuerdo con él, en última instancia estoy encarnando lo que critico: la imposibilidad metafísica de la neutralidad. Desactivar esta premisa androcéntrica implica registrar que nada nos es ajeno y es por eso que resulta necesario manifestar nuestros intereses. La no neutralidad supone explicitar y convertir en un tema de agenda política nuestros posicionamientos sobre la autonomía corporal.
En cuanto al tan escuchado mito de la cantidad (¿cuántes son?) para reconocer la existencia de ciertas subjetividades y/o apelar a un orden jerárquico respecto de qué corporalidades “merecen más que se respeten sus derechos humanos”, no hay nada más alineado con los proyectos eugenésicos de los siglos XIX y XX: la estadística creada para justificar el exterminio de las corporalidades que no nos ajustamos a los requerimientos de productividad y reproductividad del paradigma moderno-colonial.
Como respuesta general, baste con decir que nuestro estatus de “humane” es suficiente para que nos sean garantizados los derechos que a esta categoría corresponden, sin importar si hay o no alguna otra subjetividad con la que se compartan experiencias específicas. En este sentido, quizás valga la pena también adoptar la perspectiva de la segunda persona para conceptualizar que los derechos humanos no están en subasta y que los privilegios de que alguien goza se tienen a costa de los obstáculos a que se enfrenta alguien más: desandar mis privilegios supone entender las estructuras relacionales que sostienen una lectura de los cuerpos donde unos valen más que otros. Si estoy de acuerdo en que mi cuerpo no vale más que otros, me toca hacer el trabajo de cuestionar cómo estoy ejerciendo mi privilegio para reproducirlo.
La única manera de alcanzar este tipo de cuestionamientos implica tender puentes con quienes se enfrentan a obstáculos derivados de los privilegios de otres. Sin estos puentes resulta imposible que une misme registre cuáles son sus propios privilegios, porque este paradigma implica que los naturalicemos, es decir, que no seamos capaces de detectarlos. Eso sí, aceptemos que hay personas a las que se les señalan sus privilegios pero no tienen ningún tipo de intención de renunciar a ellos. A quienes sí deseamos reconsiderarlos, Brújula. Voces de la Intersexualidad en México nos interpela de manera radical: ¿vamos a seguir fingiendo una neutralidad aséptica que perpetúa una lectura jerárquica de los cuerpos en torno de la actual normativa genital? ¿Qué lugar ocupamos respecto de esta normativa?
Este libro es de lectura obligada para los estudios de género y las epistemologías feministas: no para ponerlo en las citas y asumir que la tarea está hecha. En cambio, es un punto de partida que nos muestra la urgencia de desarrollar puentes y tejer redes para no suscribir, a través de nuestras formas de reconocernos a nosotres mismes y a les demás, las violencias intrínsecas a la actual práctica médica.










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