En el marco de la edición conmemorativa de los 35 años de Debate Feminista, tengo el privilegio de comentar “Envío a Nancy Cárdenas, activista ejemplar” de Carlos Monsiváis (año 5, vol. 10, Cuerpo y política).1 El manuscrito ha tenido un impacto en mi faceta académica porque me resuena como un llamado ético y político para difundir, por todos los medios a mi alcance, el legado de Nancy Cárdenas, figura indispensable para la cartografía del teatro independiente y el activismo de las disidencias sexo genéricas en México, y para la crítica al androcentrismo. Con este ejercicio, busco contribuir a su reivindicación con el deseo de que su nombre siga presente, aparezca en los programas y recintos de Teatro UNAM, en las antologías de las vengadoras feministas, en las calles y plazas de Parras de la Fuente, Coahuila, y de todo México. Retomo este texto publicado hace más de 30 años para que quede clara la trascendencia cultural de Nancy Cárdenas como artista, activista y mujer que dio la cara, puso la cuerpa y defendió su derecho a amar y a ejercer una sexualidad no heterosexual.
Elogio a una auténtica lesbiana
El texto fue escrito en enero de 1994, pero publicado hasta septiembre en la sección Evocaciones de Debate Feminista, seis meses después del fallecimiento de Nancy Cárdenas en la Ciudad de México, acaecido el mismo día del magnicidio de Luis Donaldo Colosio, candidato a la presidencia de la república. La muerte de Nancy Cárdenas no recibió una atención especial porque el país estaba envuelto en una crisis política.
Elegí este texto por su técnica escritural y porque oscila entre el recuerdo íntimo y el perfil basado en la admiración intelectual y la nostalgia del escritor por su amiga y aliada, con quien desafió al conservadurismo mexicano desde que se conocieron en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en la década de 1950 y forjaron una amistad que continuó hasta el fallecimiento de ella.
El texto es un homenaje literario que captura las facetas de una autora activa en movimientos culturales como el de Poesía en Voz Alta y el teatro independiente y que visibilizó el erotismo lésbico y la homosexualidad. Nancy Cárdenas también participó en movimientos políticos: el estudiantil de 1968 que devino en la Matanza de Tlatelolco, de la cual sobrevivió para contarla; en una mesa sobre lesbianismo en la Primera Conferencia Internacional de la Mujer en 1975 en México; y a la vanguardia del movimiento de liberación homosexual y de la primera marcha del orgullo gay en 1978.
Carlos Monsiváis dice que su escrito es un recado, un recuento, un relato que incluye perorata, pero ¡qué va! Yo creo que, si las palabras tuvieran el poder de resucitar a las personas, Carlos Monsiváis seguramente hubiera puesto sus letras al servicio del último suspiro para no perderla. El autor despliega sus armas estilísticas para sacar a Nancy Cárdenas de las notas al pie de página de la historia teatral y activista de este país y ponerla en el cuerpo del texto.
Cada adjetivo que Monsiváis elige es una pieza en la construcción de una personaja que va directo a un contra-archivo literario o a un canon periférico y brillante, porque Nancy era, según Monsiváis, un fenómeno unitario, una artista protagónica que, junto a la cantante Chavela Vargas, representaba el dandismo mexicano y la visibilidad lésbica. Una mujer que vivía como se le daba la gana, lúcida, sin culpas, y a quien le daba risa “el qué dirán”. Nancy era una inconforme ante las buenas costumbres y las bulas papales; de comportamiento disonante, elocuente, intrépida e imposible; le gustaba la fiesta y ganar demandas al Departamento Central del Distrito Federal (hoy Ciudad de México) por ser blanco de pedradas en marchas pacíficas.
Parras atenea se posiciona en televisión nacional
Nancy Cárdena es admirable entre otras cosas porque, frente a millones de personas que tenían como única opción informativa el noticiero televisivo de Jacobo Zabludovsky de Televisa, habló positivamente de la homosexualidad. En 1973, un año antes de esa entrevista, la homosexualidad había salido del Manual diagnóstico y estadístico de las enfermedades mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría. Había que celebrar ese hecho y Nancy Cárdenas tomó los medios de comunicación a su favor para plantarse afuera del clóset: para hacer público su come out. Así, la sexualidad no hegemónica mostraba al mundo, en vivo, en directo y a todo color, a una de sus más grandes representantes mexicanas. A decir de Carlos Monsiváis, Nancy era una mujer necia y formidable. Una persona a quien admiraba decididamente y a quien renombró con el epíteto de Parras Atenea por su lugar de origen -Parras de la Fuente, Coahuila- y para evocar con su presencia a la diosa griega de la sabiduría.
Monsiváis quedó encantado ante el lenguaje corporal y el talento de Nancy Cárdenas. La vio triunfar, fracasar y ser censurada en el teatro mexicano. La acompañó en su activismo social y presenció cómo encaró a sus antagonistas que le gritaban: “¡Fuera Nancy Cárdenas de México! Queremos un México limpio de perversiones”, por ser una auténtica lesbiana, por ser diferente y por su expresión de género, a veces masculinizada, a veces fuera de serie.
Ser lesbiana en México como un acto de desobediencia
Nancy Cárdenas tiene una vigencia clara para los estudios de género, los feminismos y las disidencias de la heteronorma; nos da pistas para estudiar lo que significa ser lesbiana en México en primera persona, y nos ofrece un panorama sobre el siglo XX, durante el cual a las mujeres de la diversidad sexual se les reprochaba que fueran agrias, severas, poco femeninas, quedadas profesionales. ¡Qué orgullo! El autor remarca la importancia que tiene Nancy Cárdenas para él, para sus amigues, para la cultura y para el artivismo de las disidencias sexogenéricas en el México que le tocó vivir, al tiempo que es vigente para el México de nuestras memorias en proceso.
Con todos estos datos a la vista, creo que la vida de Nancy Cárdenas fue un acto de desobediencia: contra el machismo, contra la mojigatería del teatro comercial, contra la censura, contra la idea de que las lesbianas debían ser agrias, quedadas y soportar todas las palabras estigmatizantes que podamos imaginar por el hecho de expresar su género y amarse entre ellas.
El México que a Nancy Cárdenas le tocó vivir estaba avasallado por la censura, la represión política y la doble moral. Con todo en contra, Nancy Cárdenas nos abrió el camino en medios de comunicación, en el teatro, en el espacio público, en el espacio universitario y en la radio. Carlos Monsiváis nos deja claro que Nancy Cárdenas le quitó espacio a la represión a fuerza de teatro y activismo.
Recuperar este texto es un acto de justicia histórica y un recordatorio urgente para seguir estudiando la vida de la primera escritora que hizo una adaptación al teatro de Pedro Páramo de Juan Rulfo, su vecino; para seguir recurriendo a ella como a una chamana, una vidente, una guía, y pedirle que nos eche luces para comprender hacia dónde vamos, si acaso tenemos rumbo en un 2025 arrollado por los discursos anti género, por el crecimiento exponencial del conservadurismo que ella encaró, y para analizar la trayectoria de la lucha por los derechos de la población Lésbico, Gay, Bisexual, Transexual, Intersexual, Queer, Asexual y más (LGBTIQA+), y en especial por la visibilidad de las mujeres diversas en México.
Leer desde la torre
Leo y releo el “Envío…” con ganas de decir algo importante, algo que haga sentido, que deje rastro y comparta la importancia que tiene en mi vida Nancy Cárdenas. La lectura la hago desde el Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la UNAM porque es un tema que nos ocupa, porque Nancy Cárdenas es un símbolo del movimiento de liberación homosexual en México, una personaja que se alegraba de ser incómoda.
Desde que sé de ella me siento acompañada. Escuché su nombre por primera vez en 2004, cuando el mismo Carlos Monsiváis asistió a un homenaje que le dedicaron en el Instituto Coahuilense de Cultura, hoy Secretaría de Cultura, en su sede de Saltillo, a propósito de la publicación de su poemario Cuadernos de amor y desamor. En aquellos días yo daba mis primeros pasos en el periodismo y, desde entonces, Nancy Cárdenas se convirtió en mi faro, mi luz del norte. En 2011 escribí en mi primer blog “El armario de los placeres” lo siguiente: “Yo no conocí en persona a Nancy Cárdenas, pero sigo sus pasos. Ella, la Parras Atenea, como la llamaba Carlos Monsiváis, escribió a los 26 años su ópera prima, El cántaro seco”.
En Radio UNAM se puede escuchar esta obra en la serie Nuevo Teatro que ella producía, mientras que el programa El cine y la crítica, en que ella y Carlos Monsiváis hacían parodias sobre el gobierno de Díaz Ordaz y comentarios de la escena cultural, no se encuentra digitalizado actualmente. Lo ando rastreando y encontré una pista en la Fonoteca Nacional. Entre tanto, las biografías planas cuentan que Nancy Cárdenas nació en 1934 en Parras de la Fuente, Coahuila. Fue dramaturga, directora de teatro, actriz, poeta, periodista, locutora, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, cardenista, comunista, bohemia, lesbiana y activista por la visibilidad de las mujeres en toda su diversidad y los derechos de la población LGBTIQA+. Una inspiración.
El surgimiento de otra viuda de Nancy Cárdenas
Desde que tengo memoria académica e interesada en el arte dramático, Nancy Cárdenas ha estado en mi mente. Esto se lo debo en parte al texto de Carlos Monsiváis que hoy me ocupa y a la directora de teatro Mabel Garza, quien, durante sus clases en la Universidad Autónoma de Coahuila -donde me formé como estudiosa de la literatura- nos compartió sus recuerdos de Cárdenas, que estuvo un tiempo tratando de formar una Compañía Estatal de Teatro de Coahuila en las postrimerías de la década de 1980, en Saltillo. Y aunque este proyecto sigue en pie en la imaginación y en el deseo del gremio teatral de Coahuila, no se ve para cuándo pueda concretarse.
A pesar de las indiferencias burocráticas de la cultura en Coahuila y la lesbofobia, Nancy Cárdenas sigue brillando en el teatro independiente de Coahuila y en otros escenarios. En 2024, cuando celebramos el 90 aniversario de su nacimiento y conmemoramos los 30 años de su fallecimiento, el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral “Rodolfo Usigli” del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura realizó un homenaje nacional por iniciativa de la cineasta mexicana Olivia Peregrino, quien en 2021 estrenó el documental Querida Nancy. Pero no solo eso, Olivia Peregrino también aglutinó a especialistas y a las estudiosas de Nancy Cárdenas como a Elena Madrigal, de El Colegio de México, quien recientemente publicó un estudio introductorio y edición crítica de la poesía de Nancy Cárdenas en Antiguas lesbianas de este valle.
A través de Olivia Peregrino, sin ella saberlo, me reencontré con Mabel Garza para acompañarla, con herramientas de la investigación teatral, en el montaje de El día que pisamos la luna, obra que se reestrenó en el Centro Cultural La Besana de Saltillo, 40 años después de su primera presentación pública en el teatro El Granero del Centro Cultural del Bosque. Sobre esa puesta en escena, la investigadora del CIEG, Helena López, Laura Castro de la Universidad de la Coruña y yo le dedicamos un episodio del Ciclo de Conferencias “Diálogos entre Feminismos” que realizamos en el CIEG desde 2023.
Ergo, ¿cómo no voy a querer a Nancy Cárdenas? Ella me ha reconectado con los temas que me importan: el teatro, la comunicación, los estudios de género, los feminismos, las experiencias y el activismo LGBTIQA+.
Escribo esto en Ciudad Universitaria, en el calor sofocante de la Torre II de Humanidades, e intento imaginar el momento mágico en el que Carlos Monsiváis y Nancy Cárdenas se conocieron y se hicieron amigos sin mediaciones tecnológicas, a la antigua usanza, cuando los presentó el historiador y luchador social Luis Prieto Reyes. ¡Qué privilegio! Una presentación cara a cara, mano a mano, que marcaría su pacto de amistad y complicidad.
Gracias a este texto he vuelto a profundizar en Nancy Cárdenas, esa mujer que experimentó el “se vive solamente una vez” con toda la fuerza. A Nancy Cárdenas le divertía “el qué dirán”, no le tenía miedo. Quisiera tener un poquito de su valentía. Nancy Cárdenas, de alguna forma, me convoca. Es uno de mis temas recurrentes de conversación. Me ayuda a seducir. Por ejemplo, un día en el Piso 7 del Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la UNAM, Marta Lamas me contó que una vez fue a una fiesta en la casa de Nancy Cárdenas en Tepoztlán, Morelos, y Chavela Vargas llegó tirando balazos al aire. En otro momento, Rosana Fuentes Beráin me contó que las amigas y amoras de Nancy Cárdenas publicaron un obituario en su honor en el periódico El Universal con el nombre “Las viudas de Nancy Cárdenas”. Hoy les confirmo que me gustaría pertenecer a esa lista.
Hay tanto que decir de ella porque es un acto político en movimiento, porque encarna la intersección entre arte y disidencia, porque desafió los límites de un México conservador que aún hoy resiste a su memoria. Carlos Monsiváis ha logrado con su “Envío…” algo más que un homenaje. No debió ser fácil para él escribir esta elegía.
Hoy Nancy Cárdenas se erige como piedra angular para entender la genealogía del feminismo lésbico y el teatro político en América Latina y el Caribe. Su vigencia es incuestionable: en 2025, frente a la embestida global de discursos anti-género, su legado nos interpela a reivindicar no solo su nombre en letras doradas, sino su método: la desobediencia como praxis artística y la fiesta teatral como trinchera. Los hallazgos recientes -como el documental Querida Nancy o la edición crítica de Elena Madrigal o el trabajo de archivo de Helena López- confirman que su ausencia física es, paradójicamente, su presencia más intensa. Cárdenas sigue trabajando desde donde esté, recordándonos que la memoria es un campo de batalla. Como bien apunta Monsiváis, fue “imposible” e “intrépida”; hoy, añadiría que es necesaria. Imagino que su risa frente al “qué dirán” resuena en cada performance queer, en cada obra de teatro lésbico, en cada beso amoroso entre mujeres, en cada demanda de visibilidad, en cada intento por descongelar su legado de las carpetas burocráticas. Releerla no es nostalgia: es aurora para comprender el presente.










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