Este libro surge de un encuentro de siete mujeres investigadoras de América Latina interesadas en compartir sus experiencias en el trabajo de campo, realizado en distintos contextos de Asia y África durante sus respectivas trayectorias académicas. Su gestación se dio a modo de proceso colectivo; las autoras establecieron reuniones virtuales de manera periódica para disponer de un espacio y un tiempo compartidos que les permitieran escucharse, sentirse y leerse. La publicación manifiesta esa polifonía de voces como un todo. Esta forma conjunta de producir conocimiento se evidencia en el discurrir de cada capítulo, a través de menciones recíprocas, y en cómo cada costura fue cuidadosamente elaborada en una relación entre el yo y el nosotras.
En la introducción, las coordinadoras plantean los interrogantes que orientaron el proceso:
¿Qué implica hacer investigación desde el Sur y sobre el Sur desde nuestros cuerpos racializados e interpelados en su otredad (género, clase, edad, entre otros) por el/la otra? ¿Qué tanto ayuda el propio contexto, la propia trayectoria de vida, al vínculo con el contexto de estudio? […] ¿Qué ocurre cuando las miradas del Sur -sin duda permeadas por el ojo regulador del Norte- se encuentran? (12-13 y 15).
Las autoras comparten el haber desarrollado una fase de su formación en el Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México que, a decir de Marisa Pineau (36), es una institución en la que se genera conocimiento sobre esas regiones con autonomía de la producción académica del Norte. Un centro latinoamericano de estudios dedicado a la creación de conocimiento en una vinculación Sur-Sur cambia los términos de la ecuación (colonial, patriarcal, orientalista) -según advierte Fernanda Vázquez (49)- al posibilitar distintos modos de ser, estar y hacer investigación desde lo que ellas mismas denominan metodologías del encuentro. Cada capítulo presenta una definición encarnada de esas metodologías al hacer visibles las implicaciones que tienen en sus investigaciones las matrices de género, clase, raza y geopolítica.
El libro se inaugura con “Sudáfrica, viajar lejos para ver de cerca”, a cargo de Marisa Pineau, quien realizó su primer viaje a Sudáfrica en 1995, momento en el que se celebraría la elección libre y democrática del primer presidente negro de su historia, Nelson Mandela. Sus objetivos eran nítidos: escuchar a las personas locales, sentir la tierra, los olores, los sabores, en definitiva, la pulsión vital de ese territorio que atravesaba un hito histórico transcendental. La investigadora se enfrentó a diversos desafíos a través de los cuales se manifestaban las estructuras sistémicas: en el hecho de ser una mujer sola que viajaba por África con sus propios recursos, en las carencias del sistema de transporte público, en la dificultad para comunicarse con las/los entrevistadas/os en un tiempo en que el celular no estaba popularizado.
En las derivas de la investigación, Pineau percibió que, al elaborar análisis dirigidos apenas a pensar lo político y lo económico, no había concebido el marcador racial en toda su magnitud. El encuentro sudafricano devino una suerte de espejo en el que observarse a ella misma y a su país de origen (Argentina), y advirtió que se encontraba inmersa en “una sociedad de ceguera cromática” (37). Esta percepción derivada de su experiencia individual, más que paralizarla, generó una serie de cambios en sus prácticas políticas y en su compromiso intelectual en la academia argentina.
Fernanda Vázquez Vela continúa con “Diversos darshan en el trabajo de campo. Los aprendizajes de ver y escuchar en India”. La autora describe los desafíos que encontró en la realización de su trabajo de campo a partir de los distintos pliegues semánticos del concepto Darshan. Su significado literal es “ver o tener la visión de algo”, que desde el hinduismo se vincula con la dimensión de lo sagrado. Sin embargo, “tener darshan es una experiencia, un encuentro recíproco, una acción relacional de ida y vuelta” (43). Vázquez narra a modo de autoetnografía un relato íntimo y personal de su experiencia autodidacta, de cómo aprendió a estar y a posicionarse en el campo, de sus múltiples darshan.
Uno de los grandes desafíos fue encarar las resistencias que India provocó en la propia investigadora a su llegada. Las cuestiones relativas a la vivienda, los trámites burocráticos, las dificultades del transporte público, los nuevos vínculos con la naturaleza, las condiciones climáticas, la comida trajeron consigo un modo de estar en alerta que le impedía ver, aprender y entender el contexto en sus propios términos. Empero, la autora comparte la experiencia de dos caminos de aprendizaje que le permitieron desmantelar dichas resistencias y hacer de su trabajo de campo un proceso profundamente transformador. Se trata de aprender a escuchar y aprender a mirar.
Esta apertura la llevó a comprender que, sin la constitución de redes locales, no podría posicionarse en el campo, debido a las dificultades lingüísticas, la inseguridad por su condición de género, el desconocimiento de los códigos no escritos y el acceso a saberes no disponibles en las fuentes bibliográficas. Aprender a escuchar y a mirar significó asumir que los estudios sobre violencia requieren de metodologías específicas; también implican modos de vincularse con las mujeres sin jerarquías al crear espacios de cuidado para quienes comparten su historia. Se trata de expandir la lente de la visión para habitar el campo desde una disposición flexible y adaptable, que permita acceder a múltiples perspectivas, experiencias, encuentros y transformaciones.
“Descentralizando la sinología. La (de)construcción de la imagen de la mujer china” es el capítulo de Mariana Escalante, en el que deconstruye ideas preconcebidas sobre la “mujer china” para mostrarnos, desde una mirada interseccional, sus múltiples matices. Escalante articula sus reflexiones en torno a tres momentos determinantes en su trabajo de campo. El primero consiste en la confrontación con los estereotipos producidos por la sinología y los estudios de género procedentes de Europa y Estados Unidos, los cuales crearon un imaginario occidental sobre China con tintes patriarcales que impiden los diálogos entre los feminismos chinos y los occidentales, al condicionar una producción académica colonial, homogeneizadora y unidireccional. El segundo momento tiene que ver con la deconstrucción de la noción de mujer en China. La autora explica con todo rigor (científico, subjetivo y afectivo) los matices que existen en torno a la categoría shengnü, la planificación familiar en la República Popular China o los mercados matrimoniales, y problematiza sus significados desde el contexto contemporáneo para evitar su simplificación. Finalmente, en su trabajo de campo, Escalante elabora una serie de reflexiones orientadas hacia una sinología descolonial, no hegemónica y cimentada en un diálogo Sur-Sur.
La investigadora toma las nociones de outsider e insider para reflexionar sobre los aprendizajes del campo. La primera es una posición cargada de prejuicios y estereotipos que ella misma tuvo que deconstruir en su propia narrativa como mujer mexicana. El trabajo de campo produjo un efecto espejo que la llevó a tomar conciencia del significado de su color de piel y de las implicaciones de ser una mujer latinoamericana. No obstante, también incorpora la noción de insider gracias al avance en el conocimiento de la lengua, la constitución de redes locales y la posibilidad de investigar desde sus propias perspectivas.
“La magia de la pastela y el encuentro de tres mundos. (Des)orientalizando la investigación” es el capítulo de Indira Iasel Sánchez Bernal. Su investigación se inscribe en la disciplina de relaciones internacionales, concretamente en la región del Norte de África. Su trabajo de campo requirió “una triangulación necesaria” entre México, España y Marruecos. El viaje Sur-Sur comenzó en el Taller de Estudios Internacionales Mediterráneos de la Universidad Autónoma de Madrid, ciudad en la que encarnó el significado de la zona del ser y del no ser debido a una serie de infelices episodios de racismo y discriminación por su condición latinoamericana. Su primer acercamiento a Marruecos fue en la capital del estado español a través de la experiencia migrante de los marroquíes que vivían allí. Sánchez participó en varios encuentros dedicados a discutir cuestiones relativas a la islamofobia y los derechos de las mujeres musulmanas.
Desde Madrid viajó primero a Tánger y posteriormente pasó diez días en Chefchaouen con un grupo de antropólogas: seis españolas, una argentina y ella mexicana. El lugar de encuentro fue la casa de Zohra o, más concretamente, su cocina, lo que convirtió el trabajo de campo en una experiencia cosmosensorial. La cocina de Zohra articuló un espacio de enseñanza y aprendizaje que trajo consigo el cuestionamiento del imaginario orientalista; devino un territorio de fortalecimiento y libertad para esa colectividad de mujeres y consiguió destensar las dinámicas de poder Norte-Sur entre las implicadas. La elaboración de la pastela [tradicional receta de la cocina marroquí] restauró el dolor de algunas experiencias racistas, resignificó la cocina como un espacio de encuentro, creación y reconocimiento entre mujeres, además de evidenciar que existen muchas formas de ser “mujer musulmana”.
La investigadora concluye el capítulo con algunas reflexiones compartidas por todas las autoras del libro: 1. la subjetividad es parte de las investigaciones en ciencias sociales; 2. no existe un manual exacto para su desarrollo; 3. las emociones y las sensaciones son parte importante de los saberes de la investigación; 4. el proceso de desorientalización [o descolonización] solo es posible por medio de una deconstrucción recíproca y apelando a la justicia cognitiva; 5. la investigación se lleva a cabo con sujetos, por lo que cualquier extractivismo es inaceptable; 6. la relevancia de generar diálogos desde el Sur-Sur en las investigaciones para compartir experiencias cotidianas (125).
Ivonne Virginia Campos Rico presenta “Reflexividad, agencia y sororidad. Interacciones en la formación académica”, una labor de investigación que ha sido reconocida como representativa de la sinología producida desde América Latina. El texto se articula en torno a tres ejes de pensamiento: la reflexibilidad de la investigadora durante su formación, la agencia (marcada por la condición interseccional de clase, género y raza) en la toma de decisiones y la importancia de la sororidad en un mundo académico que “sigue siendo un espacio de poderíos masculinos” (129).
Su propuesta metodológica es la realización de una etnohistoria dedicada al estudio de la migración en el barrio chino de la Ciudad de México. Campos destaca la significación de la mentoría entre mujeres en ámbitos como el académico, donde la brecha de género (clase, raza) continúa siendo flagrante. En su formación, la antropóloga Isaura García López, a quien considera su maestra, tuvo un papel destacado en la consumación de los objetivos y en el fortalecimiento de su subjetividad como investigadora.
En su segundo año de doctorado en el Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México, la autora realizó una estancia de investigación de ocho meses en China, con la finalidad de analizar la construcción de la identidad étnica de los chinos Han durante la segunda mitad del siglo XIX, gracias a una beca sin la cual no hubiera sido posible dicha experiencia. Para Campos, los retos que presenta China son la comprensión de su universo, su dimensión humanista, aproximarse a las personas, conocer sus aspiraciones, sus sueños, su historia contada por ellas mismas. La experiencia de campo le permitió reflexionar con los profesores locales; así pudo indagar en los posicionamientos sobre su tema y revisar los debates que se dan en el interior de la academia china. Finalmente, “vivir China” es lo que buscaba: los sonidos, los colores, los sabores, las emociones y los intercambios que son parte del saber de su investigación.
“Entre las distancias imaginadas y (re)construidas. Las experiencias de campo en Arabia Saudita” es el texto de Alejandra Galindo Marines. Su pensamiento metodológico surge de la conjunción entre su formación académica (en México e Inglaterra) y su experiencia en el trabajo de campo en 1999 y en 2008. Galindo elabora una reflexión sobre la posicionalidad de la investigadora con base en la dicotomía insider/outsider. Estos dos estados no se dan de modo estático; por el contrario, fluyen dependiendo de cada fase del proceso o del lugar de enunciación de quien investiga y eso implica negociaciones constantes entre sujetos participantes.
La autora no recibió una preparación para la realización del trabajo de campo, por lo que hubo mucha intuición y apoyo de las redes locales que fue constituyendo durante el proceso investigativo. En su primera estancia, la estrategia para las entrevistas le permitió evaluar el nivel de conservadurismo de cada entrevistado/a, mientras que, a la vez, la legitimó como investigadora en ese terreno. La observación y apropiación de los códigos sociales no fue solo una cuestión de supervivencia (usar ayaba, la túnica negra que cubre la ropa de las mujeres), sino también la posibilidad de comprender de un modo más complejo su campo de estudio.
Para su segunda estancia, Galindo tuvo la posibilidad de viajar a la región este, con la finalidad de investigar sobre mujeres y ciudadanía en un momento de apertura en la política del país. Su interés pasaba por visibilizar las relaciones de género, la distribución espacial, las estrategias de las mujeres y sus políticas de resistencia. La autora estableció contacto con redes de mujeres cuyas luchas, en aquel entonces, se enfocaban en el derecho al sufragio activo. Esto le permitió aproximarse a grupos de mujeres no solo como sujetos de estudio, sino también como parte de los procesos políticos, y problematizar sus propios posicionamientos y luchas. Otro efecto espejo. Más aún, pudo identificar instancias de solidaridad entre ellas sin importar la clase o la etnia y, finalmente, discernir las artimañas de poder que se dan en las dicotomías superior/inferior y progreso/atraso en las relaciones coloniales entre Norte y Sur.
El último capítulo es “Políticas del encuentro y su poder transformador en la investigación. ‘(Dis)locando’ el apartheid como estrategia descolonial en los relatos epistolares de Lilian Ngoyi”, a cargo de Mónica Inés Cejas. La autora toma como referencia la expresión “instantes radicales” de la colectiva argentina Mujeres Públicas para elaborar una reflexión sobre su encuentro con Lilian Ngoyi, en el archivo de la Federación de Mujeres Sudafricanas, entretejida con su propia historia personal. El hallazgo de esas cartas fue el primer instante radical en la trayectoria de la investigadora. Ngoyi había participado en la formación de dicha federación (1954); fue la primera mujer que formó parte del Congreso Nacional Africano (1950) y fue nombrada miembro de su Comité Ejecutivo, cuyo liderazgo masculino era destacado; organizó una marcha de protesta convocando a veinte mil mujeres “de todas las razas” en la sede del gobierno del apartheid. Según cuenta Cejas, lo que más le impactó de Lilian Ngoyi fue su práctica contextual y situada. Ngoyi dedicó su vida a hacer visibles las luchas de las mujeres, a construir comunidad más allá de las diferencias, en una búsqueda por la justicia social, racial y de género que desafió el sistema violento de segregación y exclusión del apartheid.
La larga historia de arrestos de Lilian Ngoyi no apagó su imaginación política para la construcción de un futuro diferente en Sudáfrica. En sus cartas, Cejas pudo identificar la voz narrativa de una mujer negra que cuenta la historia del apartheid de otro modo, al revelar las implicaciones y los significados de su vida cotidiana desde el encierro, producidos por un sistema cimentado en políticas de segregación y muerte. Finalmente, la autora recoge algunas ideas que expresan la belleza del encuentro con Lilian Ngoyi: 1. existen otros modos de enunciar la política y es importante hacerlo desde el lenguaje de las emociones; 2. hay que realizar investigaciones que articulen distintos pliegues contextuales y subjetivos; 3. “La vida es una lucha con diferentes aspectos, pero una sola lucha”; 4. desde el cotidiano se producen las transformaciones políticas; 5. hay que identificar fisuras por las que hacerse oír, y hacer comunidad de modo horizontal; 6. hay múltiples posibilidades para la práctica del cuidado (pp. 203 y 204).
No cabe duda de la riqueza de esta publicación para investigaciones que buscan vincular rebeldías feministas desde los sures. Son de gran valor las herramientas metodológicas proporcionadas en cada estudio de caso y los distintos modos de desmantelar la universalidad del método científico desde una poética rigurosa del hacer feminista. El libro es un referente obligado para las militancias intelectuales y políticas antirracistas, descoloniales, desorientalistas y feministas en el Sur global.










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