INTRODUCCIÓN
Tres conceptos recurrentes en el estudio de personas lesbianas, gays, bisexuales y trans (LGTB) son el de homo-lesbo-bi-trans negatividad, el de homo-lesbo-bi-transfobia internalizada y el de salida del clóset. Es frecuente que este tipo de investigaciones se centre en la discriminación y el prejuicio y tenga como objetivo la formulación de intervenciones que buscan promover el bienestar de estas personas, fundamentalmente desde campos como el de la salud pública o disciplinas centradas en la salud mental y aspectos críticos de la salud pública, como la medicina social o la salud colectiva. Se han estudiado asuntos como los efectos de la discriminación en el proceso salud-enfermedad (Ortiz-Hernández 2004, Olvera-Muñoz y Granados 2017) o riesgos más específicos, como el suicidio y las autolesiones. En México, altos niveles de homofobia internalizada se vinculan con altos niveles de depresión, intento e ideación suicida, otras afectaciones a la salud mental y alcoholismo (Lozano-Verduzco et al. 2017).
Este texto se propone, primero, contribuir empíricamente al campo de estudios de la sexualidad mediante el análisis del proceso de salida del clóset en jóvenes mexican*s.1 Segundo, aportar a los campos de estudio que usan las categorías homo-lesbo-bi-trans negatividad u homo-lesbo-bi-transfobia internalizada, usando de manera alternativa el concepto de violencia simbólica alrededor del momento de salida del clóset en la familia, con base en un trabajo empírico a partir de entrevistas a jóvenes LGTB y sus familias en la Ciudad de México. Una ventaja analítica en la que se sustenta el uso de la noción de violencia simbólica, formulada por el sociólogo Pierre Bourdieu, es que el concepto homo-lesbo-bi-transfobia internalizada se ha propuesto mayormente para estudiar dimensiones psicológicas y de salud, con el problema de que suele minimizar los determinantes socioculturales del problema (Ortiz-Hernández 2004), a los cuales sí atiende la categoría de violencia simbólica, pues visibiliza procesos sociales en la trayectoria familiar a los que se les ha dado menor importancia, como el trabajo de inculcación de la patologización y de legitimación del desprecio hacia lo LGTB o la imposición de una ley del silencio sobre la diversidad sexual que genera grandes malestares.
Para cumplir con estos objetivos, primero se contraponen las categorías homo-lesbo-bi-trans negatividad y homo-lesbo-bi-transfobia internalizada con la de violencia simbólica y se desarrolla esta última como noción teórico-analítica central con la justificación de la importancia del objeto de estudio. En segundo lugar, se desarrollan los conocimientos que ya existen sobre la familia y la salida del clóset en México, como antecedentes que enmarcan las contribuciones del artículo. Tercero, se desarrolla la metodología de construcción y análisis de los datos; a continuación, se presentan los resultados de investigación y se cierra con un apartado de conclusiones.
NOCIONES TEÓRICO-ANALÍTICAS: HOMO-LESBO-BI-TRANS NEGATIVIDAD Y HOMO-LESBO-BI-TRANSFOBIA INTERNALIZADA VS. VIOLENCIA SIMBÓLICA
Tanto la homo-lesbo-bi-transfobia como la homo-lesbo-bi-trans negatividad consisten en la incorporación en el autoconcepto de una persona de los significados negativos, los prejuicios y los estereotipos relacionados con la homosexualidad, lo trans o la transgresión de los mandatos de género, lo que provoca que las personas LGTB tengan actitudes y reacciones negativas hacia su propia orientación sexual o identidad de género, hacia la homosexualidad o identidad de otr*s y hacia la transgresión de los estereotipos de género propia y ajena (Llanos 2019). Esta interiorización ocurre mediante procesos de socialización primaria (en la familia y escuela) y secundaria (en la comunidad y los medios; véase Lozano-Verduzco y Salinas-Quiroz 2016). En las encuestas, la homofobia internalizada se ha indagado a partir de indicadores como el deseo o los esfuerzos por modificar la orientación sexual, o la preferencia por vivir como heterosexual (Herek, Cogan, Gillis y Glunt 1998; Ross y Rosser, cit. en Lozano-Verduzco et al. 2017).
VIOLENCIA SIMBÓLICA
En la perspectiva analítica del sociólogo Pierre Bourdieu, la cuestión de la violencia no se plantea como un hecho factible de ser construido como objeto de estudio en sí mismo, buscando, por ejemplo, identificar, definir y clasificar los “tipos” de violencia que se registran en el seno de la familia. En cambio, el principio de inteligibilidad de las acciones violentas se halla en “el orden de las cosas”, objetivado en las estructuras e interiorizado en las personas, pero no es un orden natural, sino que se construye socialmente en el devenir de determinadas luchas. Bourdieu estudia cómo intervienen las acciones violentas en las estrategias de reproducción social que los individuos y los grupos ponen en acto para establecer, conservar o transformar el orden establecido (García Salord 2012).
Bourdieu afirma que el análisis del orden de las cosas debe trascender el mero registro de la experiencia vivida del individuo, en su mundo de interacciones personales, para focalizar el análisis en las disputas sociales en las que los individuos y los grupos intervienen en forma diferencial, según la posición que ocupen en dicho orden, y según las disposiciones que portan al haber interiorizado el orden establecido como legítimo (García Salord 2012).
Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron (2018) señalan que la violencia simbólica, como noción, une teóricamente todas las acciones caracterizadas por una doble arbitrariedad de imposición simbólica: la arbitrariedad del poder que detentan quienes realizan el trabajo de inculcación y la arbitrariedad de los contenidos que se inculcan. Lo arbitrario remite a que la condición de validez o legitimidad del poder de imposición y de los contenidos impuestos no deviene de alguna “razón lógica” propia de los contenidos, ni de la “naturaleza biológica” o de alguna “autoridad” intrínseca de un grupo, sino que es efecto del “peso” que es capaz de acumular para imponer su visión del mundo y sus intereses como los legítimos: como válidos para tod*s, como universales (García Salord 2012).
La violencia simbólica se ejerce mediante la construcción de los sistemas clasificatorios compartidos con los que reconocemos nuestro lugar en el mundo y el de l*s otr*s, como un orden que se reconoce como dado. Bourdieu propone que la contribución específica de la violencia simbólica a la perpetuación del orden social es la de obtener la adhesión a los fundamentos de dicho orden mediante el ejercicio de una forma particular de dominación: la dominación simbólica (García Salord 2012). Para que se instaure esta dominación “hace falta que el dominado aplique a los actos de dominación (y a todo su ser) unas estructuras de percepción que a su vez sean las mismas que las que emplea el dominante para producir esos actos” (Bourdieu 2002: 170). Así se logra la aceptación del sentido del mundo y la obediencia al orden social establecido (Bourdieu 2000). Esta violencia se ejerce mediante la transformación, mediada por la cultura a través de procesos de comunicación, de las relaciones arbitrarias en jerarquías, y mediante su reconocimiento como legítimas. Se ejerce convirtiendo la diferencia en asimetría, con efectos materiales en la vida de, en este caso, l*s jóvenes LGTB.
Para Bourdieu, una de las maneras de “mantener sujeto a alguien durablemente” es el uso de la violencia simbólica “como violencia censurada y eufemizada; es decir, desconocida y reconocida” (Bourdieu 2006: 116-117). Los actos de sumisión, de obediencia, son actos cognitivos que ponen en marcha categorías de percepción, principios de visión y división (García Salord 2012). Las estructuras cognitivas, inscritas en los cuerpos y en las mentes, se organizan según el principio de visión dominante.
Una noción bourdieuana básica para entender el ejercicio de la violencia simbólica en ese sentido es la de colusión. Bourdieu define la violencia simbólica como una violencia inerte, inadvertida, denegada, suave, censurada, eufemizada, irreconocible en cuanto violencia, elegida en cuanto se participa de la dominación sufrida (García Salord 2010); como “una violencia amortiguada, insensible e invisible para sus propias víctimas, que se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y el conocimiento, o más exactamente del desconocimiento, del reconocimiento o, en último término, del sentimiento” (Bourdieu 2005: 12). Lo que consiguen las formas transfiguradas de las relaciones de exclusión, discriminación y agresión es que los individuos y grupos, sabiéndose y sintiéndose excluidos, discriminados o agredidos, acepten el mundo en el que viven porque “EL” mundo “siempre” ha sido así.
El autor propone que una operación básica de la violencia simbólica es transfigurar “las relaciones de dominación y de sumisión en relaciones afectivas” (García Salord 2012: 121). Así, la relación asimétrica de fuerza se vive como una “fascinación afectiva” imbricada confusamente en la experiencia del respeto, el amor o la admiración, y que Bourdieu (1999, 2002) identifica en relaciones como las que existen entre padres e hij*s. La condición de eficacia de la violencia simbólica está en el trabajo de inculcación, en una labor pedagógica que se inicia desde la infancia. El lenguaje interviene desde la primera socialización con sutiles o brutales “llamadas al orden”.
La idea de la violencia simbólica se basa en una teoría de la creencia, de la labor de socialización necesaria para producir agentes dotad*s de esquemas de percepción y de valoración. Por el arte de magia de la valoración, la violencia simbólica transforma el cuerpo, el lenguaje, las cosas, los lugares físicos y las posiciones sociales en capital, al convertirlos en “marcas distintivas”, ya sea como signos de distinción o como estigmas sociales (García Salord 2012).
Para Bourdieu, uno de los indicadores más evidentes de la aceptación tácita de los límites impuestos por la dominación son las “emociones corporales”. Entre ellas menciona la “vergüenza, humillación, timidez, ansiedad, culpabilidad” (García Salord 2012). Estas reacciones del cuerpo revelan que la obediencia, la sumisión o la adhesión que se otorga a la visión dominante no pasa por el consentimiento, sino que se otorga “a pesar de uno mismo y como de mala gana” y se experimenta “a veces en el conflicto interior y el desacuerdo con uno mismo” (Bourdieu 2005: 54-55).
ESTUDIO DE LA VIOLENCIA SIMBÓLICA FAMILIAR EN JÓVENES
Destacamos dos asuntos de la construcción del problema de investigación: primero, consideramos la familia como el espacio por excelencia para observar la violencia simbólica y, en segundo lugar, justificamos su estudio en sujetos jóvenes. Aunque la familia idealmente sería un espacio de protección, campos de investigación como los estudios feministas (Pateman 1995) o los nuevos estudios sociales de la infancia la han desromantizado y han mostrado las relaciones de poder que se dan en esa institución.
El parentesco es el modelo por excelencia de relaciones encantadas, es decir, de relaciones donde el honor, la fidelidad, o la confianza velan las relaciones de fuerza. En la familia, las reglas que median las relaciones de dominación y los intercambios en general están imbricadas con afectos como el amor y el respeto (Rivera 2020), que producen una alta proximidad entre dominantes y dominad*s. La familia es un espacio primario de socialización donde se interiorizan códigos que pueden pertenecer a quienes ejercen prácticas de dominación.
Por su parte, las juventudes, en cuanto que posiciones sociales, se caracterizan por una relación de dependencia respecto de quienes cuentan con recursos de los que l*s jóvenes carecen; por ejemplo, recursos económicos. En un país de alta precarización de las juventudes como México, estas relaciones de dependencia del núcleo familiar cobran una dimensión aún más importante. Está generalizado entre las juventudes un mayor tiempo de permanencia en el hogar familiar; es decir, un retardo en vivir independientemente. Esa dependencia se traduce en la necesidad de sujetarse a las reglas que se establezcan en el hogar; por ejemplo, sobre qué personas pueden visitarlo. La dependencia de la familia se relaciona con el especial cuidado y la cautela requeridos para informar a la familia sobre la orientación sexual o identidad de género de quienes forman parte de esta (Generelo, Pichardo y Galofré 2006).
LO QUE SABEMOS SOBRE LA FAMILIA Y EL CLÓSET EN MÉXICO
Los procesos alrededor de la salida del clóset se han estudiado por separado en algunos de los grupos englobados en el acrónimo LGTB: lesbianas (Monroy 2007, Frómeta y Ponce 2013), gays y personas trans. La Encuesta de discriminación por motivos de orientación sexual o identidad de género (Endosig, Conapred 2019) mexicana de 2018 indica que, entre la escuela, el vecindario y la familia, es este último espacio donde un porcentaje mayor de l*s encuestad*s tuvieron que esconder su orientación sexual o identidad de género en la adolescencia.
Entre las personas trans, la Encuesta mexicana de vivencias LGTB+ ante la COVID-19 (Pérez-Mendoza 2021) identificó que el sofocamiento en el entorno familiar les impide expresar su identidad de género. Entre los motivos que constriñen la revelación de la orientación sexual o de la identidad de género se hallan emociones como inseguridad, miedo e incertidumbre debido a la falta de aceptación familiar y miedo a ser discriminad*s por no seguir las normas heterosexuales o cisexistas (Generelo et al. 2006, Serrato y Balbuena 2015, Lozano-Verduzco 2015). En concreto, el miedo a la salida del clóset en la familia se funda en temor a la pérdida del lazo familiar (Monroy 2007). Por su parte, Frómeta y Ponce (cit. en Lozano-Verduzco, Cruz y Padilla-Gámez 2019) encontraron que las lesbianas deciden salir del clóset aproximadamente cinco años después de haber asumido su orientación sexual debido a dichas emociones.
No revelar la orientación sexual o la identidad de género puede funcionar como una protección frente a potenciales agresiones que pueden incluso ser físicas o llegar al asesinato. México se ubica en la segunda posición en las listas de crímenes de odio contra población LGTB en América Latina (Letra S 2022). Además, es frecuente entre jóvenes trans que revelan su identidad de género que se les expulse del hogar familiar, lo que contribuye a los sentimientos de temor. De acuerdo con la Endosig 2018 (Conapred 2019), la salida del hogar de personas LGTB se relaciona directamente con su orientación sexual o identidad de género y con problemas familiares.
El género, la edad, el parentesco y la proximidad afectiva constituyen criterios para la selección de interlocutor*s de la revelación; la elección favorece a personas más jóvenes y a mujeres (Generelo et al. 2006). De acuerdo con la Endosig 2018 (Conapred 2019), hay una mayor confianza para revelar la identidad de género o la orientación sexual con herman*s y con la madre; no se revelan, sobre todo, al padre. Según la misma fuente, en la familia (considerando tí*s, prim*s), el mayor rechazo tras la información proviene de los padres.
La bibliografía consultada muestra dinámicas cambiantes en la salida del clóset frente a padres y madres, y frente a las condiciones estructurales que la permiten. Carlos Márquez (2013) identifica la salida del clóset de lesbianas y gays frente a sus padres y madres como un momento de derrumbe del paradigma heterosexual, donde la familia trata de refugiarse en normatividades o estructuras sociales y religiosas.2 Entre las reacciones de las familias frente a la revelación de la orientación sexual se halla una mezcla de decepción y desconcierto hacia lo que vendrá, producto de la frustración de expectativas relacionadas con el hijo o la hija, por ejemplo, la de la perpetuación de la descendencia por medio de niet*s. Silencios, conmoción, llantos, negación, culpas, enojo, vergüenza y miedos son las reacciones y emociones que comúnmente se registran en estas escenas (Risenfeld, cit. en Monroy 2007; Márquez 2013; Barros, cit. en Rocha 2015; Llanos 2019). Jenkins (2008) reportó que hasta el momento no se ha estudiado la participación de miembros de la familia como herman*s, tí*s o prim*s en el proceso de salida del clóset. Est*s familiares aparecen en datos en la Endosig 2018 (Conapred 2019) y brevemente en el Informe de Generelo et al. (2006). Para atender ese vacío, las entrevistas hechas en esta investigación incluyeron la participación de est*s integrantes.
MÉTODOS
El material empírico analizado proviene de datos de campo construidos con entrevistas a profundidad aplicadas entre 2016 y 2017, las cuales tenían por objetivo describir los mandatos familiares sobre la sexualidad, el género y la diversidad sexual, y analizar las emociones durante el proceso de salida del clóset.
Las entrevistas se diseñaron a partir de un guion que incluyó temas como salir del clóset y su relación con el o la integrante LGTB, emociones y violencia, relaciones en el sistema y los subsistemas familiares, y homofobia familiar. Algunos ejemplos de las preguntas en las transcripciones analizadas son: ¿podrías describir cómo descubriste tu sexualidad?, ¿crees que has tenido dificultades emocionales debido a que perteneces a la comunidad LGTB?, o ¿qué emociones experimentaste cuando te discriminaron?
El reclutamiento de las personas participantes se hizo en grupos LGTB en Facebook y Twitter, y en una asociación civil que imparte talleres y actividades terapéuticas a estas poblaciones y sus familias. Esta forma de reclutamiento implica que se trata de familiares que buscaban ayuda para relacionarse con el o la joven tras su salida del clóset. Es decir, existió un nivel de disposición en torno al asunto. A la vez, ello significa que enfrentan una serie de problemas sobre la nueva situación que consideran que no pueden manejar por sí mism*s. Las entrevistas individuales duraron entre 70 y 90 minutos y las entrevistas a familias entre una hora y media y tres horas. En dos de las entrevistas familiares estuvo presente el o la joven LGTB.
De l*s participantes
Se analizaron transcripciones de 17 entrevistas individuales a jóvenes LGTB de entre 18 y 27 años de edad que revelaron su identidad de género u orientación sexual durante el año previo o poco más; y de nueve entrevistas con integrantes de otras familias (tías, tíos, hermanas, hermanos, madres y parejas) que tuvieran al menos un o una joven integrante LGTB que salió del clóset. Tod*s l*s jóvenes nacieron y crecieron en la Ciudad de México. De l*s 17 jóvenes entrevistad*s individualmente, 12 son gays cisgénero. En términos socioeconómicos, el grupo de participantes es heterogéneo, desde jóvenes con niveles socioeconómicos bajos, hasta jóvenes de clase alta.
Cuadro 1 Características de l*s jóvenes cuyas familias fueron entrevistadas
| Familia | Joven | |
| OS/IG¥ | Edad | |
| F1 | Gay/cis | 18 |
| F2 | Bisexual/mujer/cis | 15 |
| F3 | Mujer/trans | 35 |
| F4 | Gay/cis | 20 |
| F5 | Lesbiana/cis | 22 |
| F6 | Lesbiana/cis | 37 |
| F7 | Mujer/trans | 25 |
| F8 | Gay/cis | 20 |
| F9 | Mujer/trans | 37 |
Fuente: elaboración propia con base en los datos de la investigación.
¥Orientación sexual/Identidad de género.
Cuadro 2 Características de l*s jóvenes entrevistad*s individualmente¥
| Joven | OS/IG¥¥ | Edad |
| Marcos | Gay/cis | 34 |
| Margarita | Lesbiana/cis | 34 |
| Martina | Bisexual/cis | 31 |
| Adrián | Gay/cis | 30 |
| Ernesto | Gay/cis | 29 |
| Javier | Gay/cis | 27 |
| Gerardo | Gay/cis | 26 |
| Luis | Gay/cis | 26 |
| Rodrigo | Hetero/trans | 26 |
| Alejandro | Gay/cis | 25 |
| Hugo | Gay/cis | 25 |
| Abram | Gay/cis | 24 |
| Ían | Gay/cis | 22 |
| René | Gay/cis | 22 |
| Enrique | Gay/cis | 22 |
| Blanca | Lesbiana/cis | 19 |
| Molly | Bisexual/cis | 18 |
Fuente: elaboración con base en los datos de la investigación
¥Los nombres son pseudónimos.
¥¥Orientación sexual/Identidad de género.
Sistematización y análisis
Una primera lectura de las transcripciones con base en la teoría fundamentada generó la inquietud de sistematizarlas bajo el marco analítico de Bourdieu, debido a que aparecían una serie de ejercicios violentos que l*s entrevistad*s no narraban como tales. Las preguntas vinculadas a la discriminación y las vivencias relativas a esta producían relatos distintos a una experiencia de violencia. Tras esta observación, se abandonó el uso de la teoría fundamentada y se inició una codificación de las transcripciones con base en categorías bourdieuanas. Se pensó que el modelo de Bourdieu era útil en cuanto que permite “dar cuenta a la vez de las regularidades observadas en las prácticas y de la experiencia parcial y deformada que tienen de ellas los que las padecen y viven” (Bourdieu 2004: 15).
Así, se codificó cada entrevista y luego se sistematizaron los códigos en tablas sucesivas, con primeros códigos descriptivos y códigos sucesivos de mayor nivel interpretativo (Fernández 2006). Se agruparon códigos sobre a) el proceso de inculcación de nociones de género y de la diversidad sexual, para mirar cómo se construía la legitimación de la heterosexualidad como régimen sexual y del cisexismo; b) el establecimiento de una ley del silencio sobre la diversidad sexual y de una autocensura en l*s jóvenes; c) las narraciones de l*s jóvenes donde jerarquizan la orientación sexual o la identidad de género normativas sobre las no normativas sin identificar la jerarquía como violencia contra ell*s; d) contradicciones en el relato frente a una primera respuesta de no haber vivido discriminación y el relato de prácticas violentas contra ell*s narradas posteriormente en las entrevistas individuales a l*s jóvenes. En las entrevistas familiares, se sumó la agrupación del código sobre e) contradicciones entre un relato de no ejercer violencia y el que narra prácticas homo-lesbo-bi-transfóbicas a lo largo de esas entrevistas.
RESULTADOS Y DISCUSIÓN
Podemos decir que una de las razones que llevan a las familias entrevistadas a las actividades terapéuticas que brinda la asociación civil donde se reclutaron tiene que ver con que comparten la característica de que sus miembros tienen concepciones de género que l*s jóvenes indican como conservadoras o machistas, posición que se ha reportado en estudios previos (Barros, cit. en Rocha 2015). En estas familias hay una división generizada de actividades sociales, incluida una división sexual del trabajo, donde las mujeres se dedican a las tareas en el hogar y a los cuidados. Creen en la complementariedad entre mujeres y varones y que la crianza debe ser ejercercida por parejas heterosexuales.
En algunos casos, hay figuras masculinas que promueven que los varones controlen a las mujeres en la familia, que manifiestan desprecio por lo femenino y que promueven una masculinidad hegemónica (Connell 1995) donde el varón es fuerte, proveedor económico, de seguridad y protección, y es quien hace los “trabajos pesados”.3 Se reprueba la transgresión de los estereotipos de género en los varones; se piensa que las mujeres son débiles y se promueve que en estas familias ellas se comporten con base en aquello que se considera “femenino”, como tener actitudes de sumisión, serviciales y disposición hacia l*s otr*s, o que se vistan de acuerdo con estereotipos de lo femenino. También es mal visto el ejercicio libre de la sexualidad en las mujeres.
Se espera que las personas sigan una trayectoria heteronormativa: tener un noviazgo heterosexual, casarse, reproducirse. Son estas las expectativas que entran en crisis en el momento de revelación de una orientación sexual hacia personas del mismo sexo o de una identidad de género trans (Monroy 2008). Por ejemplo, en el testimonio de un hermano sobre la reacción de la madre frente a la revelación de la orientación lesbiana de su hermana: “le pegó mucho el saber que su hija no iba a seguir como el camino de lo que decían que una mujer tenía que ser ¿no?, o sea los novios, el saber si iba a estar embarazada o no, esa situación: la boda, los hijos.” (hermano, 21 años, entrevista a familia 7). Luis, por su parte, relata la frustración de las expectativas de su padre y su madre: “cuando se los dije, viene el hecho de romper con ciertas expectativas de ellos […] me dijo mi mamá que entonces pues no iba a tener nietos” (Luis, homosexual subversivo, 26 años). En el caso del padre, se frustra la expectativa sobre el hombre que había querido que fuera. Frente a la muerte de estas expectativas, las familias suelen declarar que experimentaron un duelo (Barros, cit. en Rocha 2015).
La inculcación del desprecio hacia lo LGTB en familias mexicanas
La promiscuidad sexual, la soledad y el peligro de la discriminación laboral son ideas que rondan en el imaginario de padres y madres de los entrevistados en la investigación de Rodrigo Llanos (2019) en varones gays en la Ciudad de México. La idea sobre la promiscuidad se inscribe en la normatividad más amplia de una sexualidad con fines solo reproductivos que, al estar negada para las parejas del mismo sexo (Serrato y Balbuena 2015), resulta una actividad mal vista por preceptos que tienen una profunda fuerza en países de América Latina con morales religiosas conservadoras.
Nuestros resultados coinciden. Las familias tienen ideas estereotipadas sobre la homosexualidad, como vincular lo gay con una expresión de género femenina o su asociación con actividades laborales como el estilismo. En vínculo con la idea de perversión, se piensa que mostrar interés por conversar con una persona gay se puede interpretar como atracción erótica. En palabras de un padre: “era más fácil acercarme a un hombre o acercarme a una mujer, pero a un homosexual, decía yo: ‘Híjole, ahora sí un poquito de lejos’ […] hasta miedo” (padre, 46 años, entrevista a familia 8). Algun*s familiares asocian la homosexualidad con infecciones de transmisión sexual y promiscuidad:
Es una comunidad […] muy promiscua y precisamente por esa promiscuidad, finalmente tienen mucho enfermedades de transmisión sexual muy frecuentemente, porque no hay una pareja estable […] como saben que no son fieles, no se van a ser fiel, andan brincando como pulgas de cama en cama (tía política, entrevista a familia 7).
Estas familias llegan a los grupos terapéuticos debido a que tienen ideas sobre la homosexualidad y lo trans como enfermedad, error, imperfección, como algo incorrecto o inferior, como locura, perversión, mala influencia, que se reprueba o resulta amenazante. Se comparte el imaginario de la tesis del contagio o la conversión. A decir de una madre con un hijo gay y una hija bisexual: “considero que hay gente que sí es pervertida y que ha abducido a otros” (madre, 46 años, entrevista a familia 8).
L*s jóvenes crecen oyendo nociones negativas sobre personas homosexuales. Una de ellas indicó que la mención de palabras como “lesbiana o gay” producía incomodidad a su padre y a su madre. Los padres y otros familiares varones, como tíos o primos, usan insultos para referirse a los gays -jotos, putos, maricones- o hacen burla de ellos en las reuniones familiares.
Otros ejemplos de las prácticas de inculcación del desprecio a lo LGTB son que se niega a miembros en la familia no heterosexuales, no se les acepta o hay referencias desaprobatorias a su orientación sexual; se hacen comentarios estigmatizantes sobre lo gay, o la demostración pública de afecto entre personas del mismo género produce reacciones de escándalo en integrantes de la familia. Directamente, se dice que lo peor que puede pasar es tener un hijo gay, explícitamente, aún más que uno asesino, delincuente o dependiente de drogas. En las entrevistas se reporta poca oposición a este tipo de comentarios por otr*s integrantes de la familia.
Los prejuicios llevan a las familias a buscar explicaciones de una orientación sexual o identidad de género que les parecen necesarias. A veces, demandan a l*s jóvenes una explicación de su deseo. También ocurre que integrantes de la familia piensan que existe algo que causa aquello que consideran una enfermedad o que les parece indeseable: la homosexualidad o la identidad trans. En ocasiones, se piensa que esa causa puede ser de orden biológico o se culpa a alguien de la familia de haberla provocado de alguna manera.4
En la entrevista a la familia de una joven trans, una tía médica ofrece una solución al “problema”: “procurar con hormonas masculinas, podemos hacer esto para reforzar su masculinidad”, asumiendo que, al encontrar la causa de la transexualidad, la podrán curar. Otra explicación es que la homosexualidad en varones deviene de una experiencia de violación que inicia al hombre en el sexo con otro hombre, lo cual o se disfruta o existe la posibilidad de que cambie la orientación sexual (Carrillo y Fontdevila 2011). Incluso hay integrantes que reportan haber acosado y golpeado colectivamente a un hombre con expresión de género femenina “para que se enseñara a ser hombrecito” y jóvenes que reportan miedo de ser golpeados por el padre:
mi hermano no salió del clóset con mi papá, precisamente porque creíamos que mi papá iba a empezar a decirle que “ay, eres joto” […] pensamos que se iba a poner muy mal, tanto, que pensábamos decírselo frente a la psicóloga que estaban ellos viendo […] para que fuera una situación controlada y que mi papá no le fuera pegar a mi hermano, cosa que nunca hicieron mis papás, pero pensamos que en ese momento sí se podía salir de control (Molly, bisexual, 18 años).
Los procesos con l*s jóvenes trans pueden tener mayor dificultad por una serie de razones, entre ellas, porque es más reciente la visibilidad de lo trans y no se ha dado por completo la desestigmatización de sus identidades.
Recordemos que mientras que la Organización Mundial de la Salud (OMS) despatologizó las identidades homosexuales en 1990 apenas eliminó las identidades trans del apartado de trastornos mentales en la Clasificación Internacional de Enfermedades en 2019. Es decir, en el momento en que hicimos las entrevistas, la oms no se había pronunciado firmemente sobre las identidades trans como una condición y no como un trastorno. Socialmente, se ignora mucho más sobre lo trans que sobre la homosexualidad, en especial a tempranas edades. Es destacable en los resultados de la Endosig 2018 (Conapred 2019) la brecha entre el mayor rechazo en la familia a las personas trans que a las personas con orientaciones sexuales no normativas.
L*s integrantes de las familias entrevistadas perciben una menor angustia en la aceptación de la homosexualidad que en la aceptación de los procesos de transición de género vinculada a la posibilidad de intervención médica en los cuerpos. La madre de una joven trans indica: “gay hubiera aceptado de otra manera más tranquila a transexual porque es cambiar tu cuerpo” (madre, 54 años, entrevista a familia 7). Una tía manifiesta que la terapia de remplazo hormonal representa un “riesgo de vida”.
Entre l*s familiares más jóvenes es mucho menor la homonegatividad (Monroy 2008). La Endosig 2018 (Conapred 2019) reporta que quienes más apoyan a las personas de minorías sexuales y de género tras informar a su familia de su orientación sexual o identidad de género son sus hij*s y herman*s.5 Haber sido socializad*s en un momento histórico en la Ciudad de México en que las personas de minorías sexuales y de género fueron ganando derechos y promoviendo su despatologización y desestigmatización, y en una cultura de medios de comunicación masiva donde existen referentes que naturalizan la diversidad sexual, l*s ubica en una posición de mayor apertura frente a esta. Es más frecuente que est*s integrantes tengan proximidad con pares gays o lesbianas y relaciones de amistad con ell*s. Así, sobre todo las lesbianas y los gays no son extrañ*s para est*s integrantes, y esa experiencia de cercanía desestigmatiza las orientaciones sexuales minoritarias. La revelación del o de la joven no les produce conflicto y se convierten en sostén de aceptación para el o la joven gay, lesbiana, bisexual o trans.
La violencia simbólica contra jóvenes LGTB en la Ciudad de México
La violencia simbólica se manifiesta de manera temprana en la experiencia de jóvenes pertenecientes a minorías sexuales y de género. Como se ha estudiado (Alfarache, cit. en Monroy 2007) y lo refrendan nuestros datos, desde la infancia estas personas tienen una idea de sí mism*s como “diferentes”. Esta diferencia refleja la instauración de un centro alrededor de las identidades cisgénero y la orientación sexual hetero, frente a las que se establece la diferencia que conforma el orden cisheterosexual. La heterosexualidad es un régimen donde, durante la infancia, son escasos los referentes de personas sexualmente diversas (Generelo et al. 2006).
Cualquier expresión afectiva que rompa la matriz heterosexual (Butler 2006) resulta extraña. Las prácticas sexuales o la identidad de género “se viven en drama tan largo tiempo cuando no hay palabras para decirlas y para pensarlas” (Bourdieu 1988: 91). Parte de la dominación simbólica es esa sensación de diferencia, aun si no puede nombrarse y no se comprende su significado. “No sabía que existía la bisexualidad” (Molly, bisexual, 18 años). Blanca indica: “tenía como 12 años, hablaba mucho con una chava y también me gustaba mucho ella, pero no, yo no conocía digamos que el término” (Blanca, lesbiana, 19 años). Otra expresa la sensación de diferencia:
siempre lo sentí desde muy pequeña, pero no sabía qué era, hasta que empezó a salir el internet y […] yo empecé apenas a descubrir las pequeñas cosas, las terminologías… ese fue todo un proceso de empezar a ver dónde encajaba, dónde estaba […] creía que no encajaba en un lado (Mara, 37 años, mujer trans lesbiana, entrevista a familia 9).
L*s jóvenes perciben el mundo a partir de los sistemas clasificatorios de la matriz heterosexual. Previo a la juventud, una y uno de l*s entrevistad*s generaron expectativas sobre su propia vida a partir de dicha normatividad; por ejemplo, sobre su reproducción y la proyección de su descendencia. Esa propiedad de la violencia simbólica dificulta la comprensión del propio deseo, pues “el armario simboliza un desconocido incluso para sí mismo” (Westion, cit. en Monroy 2007: 38). La matriz heterosexual excluye también la posibilidad de sentir deseo por personas de uno u otro género:
cuando estaba en la secundaria más o menos […] fue cuando empecé a sentir algo, empecé a sentir atracción por las mujeres, pero como yo ya sabía que me gustaban los hombres, entonces yo dije “bueno, no, esto no es posible y no creo que algún día me dejen de gustar los hombres” (Molly, bisexual, 18 años).
Inclusive, cuando emerge el deseo homoerótico, rompiendo con expectativas propias y ajenas, l*s jóvenes experimentan frustración y decepción. L*s de mayor edad iniciaron investigaciones sobre su deseo frente a esa falta de referentes, para saber que no eran l*os únic*s que sentían estas afecciones.
A pesar de tener deseos homoeróticos o identidades de género que contradicen lo esperado, l*s jóvenes LGTB incorporan prejuicios familiares sobre las personas LGTB, y a partir de ellos se perciben a sí mism*s. Pensar bajo esos esquemas l*s hace dudar sobre si su deseo es normal o que es algo malo; les produce sentimientos de malestar, vergüenza y decepción de sí mism*s.
Blanca dice sobre su deseo hacia una amiga en la secundaria: “Me sentía como sucia, como rara […] sí me sentí como… como muchos lo dicen, como bicho raro […] no me sentía bien, (me sentía) decepcionada de mí misma” (Blanca, lesbiana, 19 años). En palabras de una joven bisexual: “Decidí olvidar que también me gustan las mujeres. Intentaba no pensar en eso” (Molly, 18 años). La aceptación del propio deseo puede llevar tiempo, incluso varios años.
También perciben su entorno con base en esos prejuicios y por lo tanto sus pares de la diversidad sexual les resultan una población que les es ajena o por la que incluso sienten rechazo. Una vez que el deseo se acepta, pueden permanecer los estereotipos contra personas pertenecientes a minorías sexuales aun cuando esas percepciones sean contraproducentes en la medida en que se trata de un grupo al que se pertenece. Por ejemplo, un hermano gay tiene la idea de que su hermana bisexual está “confundida”. Aun cuando comparten orientaciones sexuales no normativas, él desaprueba la orientación sexual de su hermana tras su revelación.
Una tercera manifestación de la violencia simbólica entre l*s jóvenes entrevistad*s es que se eufemiza su ejercicio en favor de una relación con alguien de la familia que, fuera de ese ejercicio violento, se considera buena: llena de amor, admiración y reconocimiento. Parte de la complejidad de este tipo de relaciones se halla en que en la familia hay otro tipo de intercambios, además de las relaciones de dominación y sumisión: hay relaciones de confianza, obligaciones, fidelidad personal, hospitalidad, don y deuda (Rivera 2020).
La incapacidad de detectar la violencia dentro y fuera de la familia es evidente en las transcripciones frente a la pregunta directa sobre si han vivido discriminación. En primera instancia, l*s jóvenes son incapaces de identificar haber sido violentad*s. Frente a la pregunta ¿has tenido experiencias donde te hayan discriminado o violentado?, contestan “no”. Es más adelante en la entrevista cuando son capaces de identificar la violencia dentro y fuera de la familia. Por ejemplo, en la respuesta a la pregunta de si se sienten en riesgo, ubican reacciones de rechazo tras expresar su orientación sexual, o, tras la continuación de su narración en la entrevista, ubican miradas agresivas frente a sus demostraciones de afecto; sentimientos de miedo debidos a actitudes de personas extrañas o tratos diferenciados en relación con sus herman*s heterosexuales. En ocasiones ese reconocimiento de la violencia se hace usando frases no contundentes como “tal vez sí haya discriminación”.
La incorporación de nociones negativas sobre la homosexualidad y lo trans resulta un obstáculo en la manifestación de la identidad de género y la orientación sexual. La inculcación del desprecio hacia lo LGTB impone una ley del silencio que incluye la autocensura sobre la orientación sexual y obstaculiza la expresión de la identidad de género como respuesta redituable para no comprometer la pertenencia a la familia. L*s jóvenes aprenden esta autocensura también mediante la experiencia de otr*s integrantes con orientaciones sexuales no normativas en la familia. Como dice una hermana sobre el mantenimiento de la convivencia: “si no se nombra, no hay bronca” (hermana, 40 años, entrevista a familia 9). En esta familia, la prima lesbiana y el primo gay revelan su orientación entre l*s prim*s y es siete años después cuando se revela a l*s tí*s.
Fue recurrente en l*s jóvenes manifestar una “paranoia” relacionada a la sensación de vigilancia permanente de su sexualidad. Esa sensación de vigilancia les produce intranquilidad. Otra estrategia para no comprometer la pertenencia a la familia es actuar la heterosexualidad, aun contra el propio deseo. Otro temor que impide la manifestación de la orientación sexual es el temor de la extensión de la discriminación que viven como individuos hacia la familia. Aun si un o una joven piensa que puede resistir la discriminación hacia él o ella, teme el alcance que tendrán los actos comunicativos violentos para su familia.
Como se ha determinado en investigaciones previas (Generelo et al. 2006, Llanos 2019),
revelar la identidad sexual no es un acto único, sino que a menudo significa una sucesión de “pequeñas” revelaciones que cumplen la función de experimentación y búsqueda de apoyos emocionales. La anticipación a la revelación de la identidad de género o la orientación sexual en cada uno de los espacios donde la persona se desenvuelve supone el cálculo de riesgos y la previsión de reacciones (Generelo et al. 2006: 19).
La inculcación del desprecio a lo LGTB produce expectativas frecuentemente negativas y temor.
El proceso de salida del clóset puede desarrollarse con ensayos progresivos de revelación, para evaluar las reacciones de las personas frente a quienes los hacen. Las reacciones que van obteniendo tras las revelaciones a distintas personas y en distintos ámbitos refuerzan o continúan retrasando sucesivas salidas del clóset hasta que la situación es insostenible. Un tipo de reacción que desincentiva la revelación es el deseo del padre o de la madre de que no sea real tener un hijo gay o lesbiana o de que se trate de una situación pasajera. Una madre dice que su pensamiento en un primer intento de revelación de su hija trans fue: “ojalá esté bromeando”. Su reacción produjo un retraimiento en la manifestación de la identidad de la hija, frente a lo que la madre pensó: “¡Ay, qué bueno, ya se le pasó!”. Otra estrategia para la revelación, como se ejemplificó previamente, fue elegir un espacio donde fuera imposible el ejercicio abierto de la violencia: un joven elige una sesión psicológica para comunicar su orientación sexual al padre.
La crisis en el ejercicio de la violencia simbólica tras la salida del clóset
Con base en Bourdieu, podemos pensar que quien sale del clóset está ocupando lo que él plantea como la posición de autor: “un autor en el verdadero sentido es aquel que hace públicas las cosas que todo mundo sentía confusamente, alguien que posee una capacidad especial, la de publicar lo implícito, lo tácito” (Bourdieu 1988: 87).
Es común encontrar en la bibliografía sobre las reacciones de familiares frente a la salida del clóset esta sensación que todo mundo tenía previo al suceso: que el hecho de que la persona sea lesbiana, gay, bisexual o trans no resulta un conocimiento exactamente nuevo, sino algo que se sospechaba, pero sobre lo que la violencia simbólica instaura una ley del silencio. Una de las entrevistadas lo nombra como un “secreto a voces”.
Para Bourdieu, estos secretos “se conciben como un mecanismo colectivo de defensa fundado en la denegación; un autoengaño colectivo e individual porque se acepta y a la vez se niega lo aceptado” (Bourdieu 2003). Se trata de la “complicidad colectiva” de “salvar la creencia colectiva” sobre la que se construye la legitimidad (García Salord 2022) de la cisgeneridad y la heterosexualidad como regímenes sexuales.
La publicidad en la salida del clóset se opone a aquello que mediante la violencia simbólica se ha instituido como vergonzoso y, por lo tanto, sobre lo que se establece la ley del silencio. “La publicación es una operación que oficializa […] porque implica la divulgación, el descubrimiento frente a todos, y la homologación, el consenso de todos sobre la cosa descubierta” (Bourdieu 1988: 88). Una de las reacciones que en un primer momento muestran algunas de las familias es evadir la revelación, instaurar un silencio alrededor de la nueva situación, al menos durante el tiempo en que la procesan. Una de las madres requirió un año de silencio entre un primer momento de revelación del hijo gay y otro de mayor contundencia (madre, 49 años, familia 8).
La salida del clóset resulta un momento de crisis en la familia en el ejercicio de la violencia simbólica, en cuanto la revelación de la orientación sexual o la identidad de género irrumpe para hacer conciencia de las concepciones personales sobre la diversidad sexual y de las violencias que se ejercen contra las personas pertenecientes a minorías sexuales y de género.
En ocasiones, esta caída en cuenta sobre los prejuicios, la ignorancia, la discriminación y la violencia que se han ejercido produce dolores profundos y vergüenza en l*s integrantes de las familias. Lo mismo ocurre con la conciencia de que el o la joven hasta el momento de la revelación ha vivido su orientación sexual o identidad de género en soledad. Es frecuente el reporte de llanto en las familias como manifestación de ese dolor.
En otros casos, las concepciones negativas sobre la homosexualidad o las identidades trans producen sentimientos de enojo en l*s familiares. Los sentimientos de culpa en padres y madres se producen por la sensación de haber fallado en su papel de agentes pedagógic*s socializador*s en la cisheterosexualidad. Se siente que se falló en alejar a l*s hij*s de aquello sobre lo que se tiene una noción negativa.
Tras la revelación, no se trata ya de una discriminación o de violencias que se ejerzan cotidianamente en abstracto sobre personas con las que no se siente empatía, sino de la cercanía de este padecimiento discriminatorio por un ser amado. Algun*s integrantes de la familia reportan una mayor dificultad en la experiencia de acuerdo con la proximidad del parentesco. La madre de una joven trans señala: “Si fuera mi sobrina, sí la acepto y todo, pero no es lo mismo que sea tu hijo”.
La salida del clóset resulta un momento de cuestionamiento sobre el estado de las cosas. En ocasiones, el momento de cuestionamiento lleva tiempo y se acompaña de rechazo -como preguntar por una cura (a una enfermedad), o directamente ofrecerla con expresiones como “tenemos que llevarte al psicólogo”- o de aceptación condicionada. Esas primeras respuestas incluyen creencias en que el o la joven está “confundid*”, que se trata de “una etapa” que pasará, o de que se instaló una enfermedad mental. Una respuesta de rechazo frente a la revelación es colocar controles sobre las salidas del o de la joven que antes de la revelación no existían.
La salida del clóset es también un momento de definición en que cada un* de l*s integrantes de la familia se posiciona frente a cómo se relacionarán en adelante con el o la joven. Dependiendo de las preconcepciones sobre la diversidad sexual de cada quien, se recompondrán las relaciones familiares: habrá un acercamiento producto de la aceptación o puede haber un distanciamiento o una ruptura familiar con l*s integrantes en quienes la violencia no cesa, sino que se mantiene, donde se interrumpe el diálogo y quienes aceptan al o a la joven permanecen unid*s entre sí. Estas rupturas producen sufrimiento en las familias.
Como se ha identificado en estudios previos (Márquez 2013), los resultados de investigación también reportan el refugio de la familia en normatividades de género. Un cambio que apareció en las entrevistas en un momento cercano a la salida del clóset fue el reforzamiento del orden de género mediante demandas de demostración de masculinidad y de manifestaciones heterosexuales. En una familia con una hija lesbiana, señala su hermano sobre sí mismo y su otra hermana: “mi padre empieza a cargar más la figura del hombre hacia mí. Mi respuesta inmediata fue buscar mi virilidad: empezar a tener novia en ese momento”. La otra hermana también responde reafirmando su heterosexualidad: “la respuesta inmediata fue empezar a tener muchos novios, muchos novios”. Constantemente repite: “Es que yo no soy lesbiana, yo no soy lesbiana”.
Una respuesta intermedia, que da continuidad a la violencia simbólica y a la fobia, es establecer una ley del silencio en lo público sobre la orientación sexual para ocultar frente a otr*s que en la familia hay, por ejemplo, una hija lesbiana; o se le solicita que no haga manifiestas sus relaciones afectivas. En palabras de una madre con una hija lesbiana: “no tengo problema contigo siempre y cuando no me presentes a tus novias”. Esa demanda se repitió en otro de los casos como primera respuesta, acompañada de las demandas de no dar muestras públicas de afecto y de demandas normativas sobre la expresión de género. Otro tipo de respuesta intermedia es mantener la distinción entre personas cisgénero heterosexuales y las otras, que son “diferentes”, pero iniciar un proceso de concientización sobre los prejuicios que se tienen sobre ellas.
Una forma en que se da continuidad a la violencia simbólica es la respuesta de desaprobación frente a la posibilidad de que la hija adopte o tenga un* hij* en una relación lesbiana. A pesar de tratarse del deseo de formar una familia de, por ejemplo, la propia hija, no se rompe con la creencia de que “los niños deben tener mamá y papá”.
En caso de que se mantenga el ejercicio de la violencia e inclusive se inicie una etapa de rechazo al hijo o a la hija, no se trata ya de una violencia que se desconoce, sino que se ejerce a conciencia de que hay una persona que la recibe y sobre la que se buscará alguna justificación. En un caso al que nos hemos referido previamente, en un segundo momento, el hermano rechaza las demandas de masculinidad y, en cambio, el padre, quien las hacía y continuó con el ejercicio de violencia, se convierte en un modelo negativo de masculinidad. Otro tipo de respuesta, con la que se mantiene el vínculo con el o la joven, es la de acercarse a información sobre la diversidad sexual.
Ocurre también una rememoración de otr*s integrantes en la familia gays, lesbianas, bisexuales (debido a que la población trans es de una proporción mucho menor y mayormente invisibilizada, es menos frecuente que las familias tengan referentes cercanos de estas personas), o con expresiones de género no normativas (mujeres masculinas u hombres femeninos) que se toman como referente ya sea de la vida que viven las personas de la diversidad sexual o a quienes puede acudirse en busca de orientación. También se busca guía entre los parientes de un o una integrante de la familia que pertenezca a una minoría sexual o de género.
CONCLUSIONES
Ofrecimos un uso de la noción de violencia simbólica como alternativa conceptual a las empleadas en las ciencias de la salud para explicar los efectos de la salida del clóset. La categoría incorpora el proceso de socialización bajo el régimen de heterosexualidad y cisgeneridad normativas para comprender los movimientos que ocurren en los vínculos familiares durante y después del momento de revelación. La violencia simbólica se usó para interpretar el proceso por el cual l*s jóvenes reconocen y nombran un deseo sobre el que se ha establecido una “ley del silencio” y que está altamente estigmatizado.
Esta categoría muestra la dimensión en la que quienes son objeto de la violencia participan en su sostenimiento a partir de un proceso pedagógico de inculcación mediante el cual la heterosexualidad y la cisgeneridad se establecen como regímenes sexuales obligatorios. La salida del clóset es un primer momento de quiebre con dicha socialización.










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