Introducción
Los roles socialmente construidos en torno al género y sus constructos societales han influido en la forma como las personas se desarrollan a nivel individual y colectivo, lo que permea sus decisiones y la reproducción de conductas, e incluye distintos ámbitos de la vida, entre los que se encuentran las elecciones profesionales y de carrera (Arriagada, 2007). La división sexual del trabajo se ha cristalizado en el imaginario colectivo, instaurando atribuciones binarias asociadas al significado de ser hombre y ser mujer, lo que delimita las características, comportamientos y emociones adecuados a cada uno (Rocha y Díaz, 2005; García et al., 2004).
Estudios recientes señalan que uno de los principales obstáculos para lograr una mayor equidad, son las interacciones sociales, puesto que refuerzan los denominados “roles tradicionales de género” (PNUD, 2019; ONU Mujeres, 2020). A nivel nacional, pese a no existir brechas de género significativas en el acceso a los distintos niveles de educación obligatoria y postobligatoria en Chile (Comunidad Mujer, 2017), en la educación superior se evidencia una clara segregación en las áreas del conocimiento. Muestra de ello son las carreras STEM (Ciencias Básicas, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), las cuales se encuentran altamente masculinizadas, mientras que, en áreas como salud, educación y ciencias sociales, la participación femenina es mayoritaria (Subsecretaría de Educación Superior, 2021). Esta brecha se relaciona con la reproducción de estereotipos de género a lo largo del ciclo de vida de las personas y el sistema escolar, donde se suelen categorizar ciertas profesiones como “femeninas” o “masculinas” (Comunidad Mujer, 2017; Barberá et al., 2006).
En el caso específico de carreras de educación, los resultados del informe estadístico del sistema educacional con análisis de género (Ministerio de Educación, Centro de estudios, 2024) indican que en 2023 los docentes de aula de educación parvularia pertenecientes al sexo masculino correspondían a 0.9%, con un incremento en educación básica a 21.9%, para alcanzar 40.4% en la enseñanza media humanista científica y 47.6% en la enseñanza media técnica profesional. Estas estadísticas sugieren una relación directa con los estereotipos tradicionales de género, donde lo femenino se asocia de forma intrínseca al cuidado de otros y lo maternal, características presentes en la educación inicial, y lleva a una mayor participación del hombre en el área conforme el crecimiento de niños y niñas, en tanto cada vez necesitan menores cuidados (Bordignon, 2005; Papalia et al., 2009); de esta manera se asocia el trabajo con infantes pequeños a las mujeres, mientras que la enseñanza de pupilos mayores, a los hombres (Hedlin et al., 2019).
En vínculo con lo anterior, entre 2007 y 2023, sólo 55 hombres se titularon en carreras de educación parvularia en Chile, lo que corresponde a menos de 0.2% del total de titulados en dicho periodo (Ministerio de Educación, s. f.). En el mismo sentido, datos de la Subsecretaría de Educación Parvularia (2024) indican que sólo 21 educadores de párvulos varones se desempeñan actualmente en aulas, lo que equivale a 0.07% del total de docentes de párvulos que cumplen funciones en establecimientos educacionales chilenos. Si comparamos ambas cifras es posible señalar que existen en Chile alrededor de 34 educadores de párvulos que, tras su titulación, no trabajan en aula.
Ahora bien, respecto a la experiencia internacional, es posible observar que la realidad chilena no dista demasiado de la situación general. Los países que lideran las tasas de participación masculina en educación parvularia son en su mayoría europeos, y sus porcentajes fluctúan entre 5% y 12%. Sin embargo, aun en estos países donde se ha fomentado la inserción de varones en el área, con un aumento efectivo de su presencia, persisten los estereotipos y prejuicios asociados al género (Bergström et al., 2020; Hedlin et al., 2019; Pruit, 2014).
En función de lo expuesto, la presente investigación tiene como finalidad responder a la interrogante ¿cómo se desarrollan las trayectorias educativas y laborales de los educadores de párvulos chilenos?
Metodología
La metodología utilizada fue de tipo exploratorio-descriptivo, la cual, según Cea D’Ancona (1998), espera una familiarización con el fenómeno presentado, así como la descripción de éste por medio de la información obtenida. Su carácter exploratorio (Hernández-Sampieri y Mendoza, 2018) radica en que la participación de hombres en educación parvularia cuenta con escasa investigación, y cobra singularidad abordar la experiencia narrada por los propios educadores. Por último, se acopla el enfoque biográfico, que busca analizar las dinámicas entre los determinismos sociales, familiares y psicológicos, y el trabajo de los individuos sobre su propia historia, con especial interés en el nivel simbólico de la vida social y en el significado de las vidas individuales (Muñiz-Terra, 2020; Roberti, 2012).
Contexto y participantes
Para el estudio se realizó un muestreo intencionado y enfocado, compuesto únicamente de hombres chilenos titulados de la carrera de educación parvularia. En tanto los criterios de inclusión fueron: i) hombres, ii) educadores de párvulos, iii) de diversas regiones, iv) de diversas edades, v) de diversas universidades tanto públicas como privadas, y vi) con diversas experiencias laborales.
Debido a la escasa presencia de hombres educadores de párvulos en Chile, se seleccionaron casos accesibles que aceptaron participar de manera voluntaria. La convocatoria se realizó mediante redes sociales y un contacto en el colectivo “Los Cotonas Verdes”, una red nacional de educadores masculinos fundada en 2019 como espacio de encuentro profesional. De forma complementaria, se implementó la técnica de bola de nieve para ampliar la muestra a través de referencias de los participantes iniciales.
Cumpliendo con lo anterior, el grupo de participantes se compuso por 14 educadores de párvulos de las regiones de Antofagasta, Atacama, Biobío, Valparaíso y Metropolitana. El promedio de edad de los entrevistados fue de 46 años, mientras que el promedio de años desde su titulación es de 20. No obstante, la mayor cantidad de participantes al momento de la entrevista tenía entre 50 y 59 años de edad, y mantenían entre 20 y 29 años desde su titulación.
En cuanto a la trayectoria laboral, todos los entrevistados han tenido experiencia en aula, y sólo tres del total mantenía sus labores en dicho espacio. El resto tenía cargos de dirección en establecimientos educativos, de coordinación y jefaturas en diversos espacios, docencia universitaria y puestos políticos (Tabla 1).
Tabla 1 Identificación de participantes
| Nombre | Edad | Institución educativa | Año de titulación | Región actual | Empleo actual | Años para acceder a un cargo directivo |
|---|---|---|---|---|---|---|
| T. | 55 | Instituto profesional | 1995 | R.M | Educador de párvulos en colegio particular | - |
| F. R. | 27 | Universidad | 2019 | Valparaíso | Profesor jefe Pre-Kínder Colegio particular subvencionado | - |
| F. S. | 31 | Instituto profesional | 2016 | Atacama | Educador de párvulos de JI | - |
| J. C. | 50 | Universidad | 2000 | Atacama | Concejal | 21 |
| L. V. | 42 | Universidad | 2008 | Valparaíso | Director de liceo particular subvencionado | 2 |
| L. Z. | 55 | Universidad | 1991 | R.M | Administrador de CEP y PME en colegio público | 3 |
| O. C. | 64 | Instituto profesional | 1993 | R.M | Docente universitario | 0 |
| O. P. | 32 | Universidad | 2012 | Valparaíso | Director escuela de lenguaje | 3 |
| R. C. | 51 | Universidad | 1994 | Atacama | Coordinador centro de régimen cerrado | 7 |
| R. D. | 51 | Universidad | 1998 | Antofagasta | Inspector general liceo público | 15 |
| R. E. | 42 | Instituto profesional | 2005 | R.M | Presidente sindical | 2 |
| R. G. | 67 | Universidad | 1975 | Biobío | Coordinador regional de educación parvularia | 6 |
| R. R. | 49 | Universidad | 1996 | Atacama | Jefe Depto. de promoción y protección de la infancia | 1 |
| S. C. | 35 | Universidad | 2012 | R.M | Encargado sala de estimulación y encargado de programa infantil en CESFAM | 3 |
Fuente: elaboración propia.
Técnicas e instrumentos
La técnica utilizada fue la entrevista biográfica, para lo cual se construyó un guion único con preguntas que abordaron las trayectorias educativas -motivaciones personales, influencias de familias y amigos, contexto, facilitadores, obstaculizadores-, trayectorias laborales -entornos laborales, experiencias, facilitadores y obstaculizadores en el ejercicio profesional, y la relación con el entorno-. Y aportes, desafíos y proyecciones de los entrevistados en relación con el fenómeno estudiado (Anexo 1).
El guion contenía tres preguntas disparadoras, una por cada dimensión estudiada: para trayectorias educativas: “¿cómo llegaste a estudiar educación parvularia?”; para trayectorias laborales: “¿qué esperabas hacer tras el egreso?”; y para aportes y proyecciones: “¿cómo ves actualmente la situación de los hombres en educación parvularia en nuestro país?” Estas preguntas facilitaron el diálogo, mantuvieron el enfoque temático, y se complementaron con interrogantes específicas que profundizaron en aspectos relevantes de cada dimensión.
Las entrevistas se llevaron a cabo vía Zoom entre julio y septiembre de 2021, debido a la pandemia por Covid-19, a fin de resguardar el bienestar del investigador y de los participantes, y facilitar la comunicación con entrevistados de otras regiones.
Análisis de datos y validación
El análisis de los datos cualitativos se realizó mediante análisis temático, con el enfoque propuesto por Kornblit (2007). Las entrevistas fueron transcritas de manera literal y más tarde analizadas utilizando el programa Nvivo. Este proceso incluyó codificación abierta y axial para identificar núcleos temáticos y categorías emergentes relacionadas con las trayectorias educativas y laborales de los participantes, así como con sus percepciones sobre su rol en la educación parvularia.
El proceso de validación, respaldado por las recomendaciones sobre la mejora de la confianza en análisis cualitativos propuestas por Elo et al. (2014), consideró la revisión por jueces expertos a fin de garantizar la validez y la confiabilidad del análisis. Los expertos confirmaron la fidelidad de las categorías respecto a los datos recopilados y ayudaron a identificar posibles sesgos. Además, se fomentó la discusión y la reflexión continua para mantener la coherencia y la transparencia en cada etapa del análisis, lo que fortaleció la credibilidad de los hallazgos.
Resultados
Trayectoria educativa
Respecto a las motivaciones iniciales de los entrevistados para ingresar a la carrera de educación parvularia, se identificaron tres factores principales: i) las experiencias previas de vinculación con niños y niñas, ii) la relación con un adulto significativo que inspiró o motivó su decisión, y iii) la vinculación con otro educador de párvulos masculino. Estas vivencias se enmarcan entre los ocho y 15 años de edad de los entrevistados y marcan muy temprano sus intereses y autoconcepto respecto a las habilidades para el trabajo con niños y niñas.
Ahora bien, respecto al apoyo familiar y de círculos cercanos, los educadores reportan discursos contrapuestos sobre cómo éstos influyeron de manera positiva o negativa en su motivación y posterior ratificación de la decisión de estudiar educación parvularia. En esta línea, algunos mencionan haber contado con el apoyo de familiares y amigos, quienes reconocen y valoran cualidades compatibles con la educación parvularia, como el liderazgo y el trato cercano con niños y niñas. Este escenario se produjo sobre todo en contextos donde había personas vinculadas a la educación parvularia o donde el ejercicio de la paternidad se alejaba de los roles tradicionales de género y masculinidad hegemónica.
Por otro lado, algunos educadores señalaron que, en línea con discursos más hegemónicos, surgieron preocupaciones relacionadas con la baja retribución salarial, la capacidad de los hombres para desempeñar labores de cuidado y los posibles prejuicios sociales asociados a su rol de educador, como la vinculación con la homosexualidad o la pedofilia. Destaca, además, una desvalorización del ejercicio profesional.
mi papá principalmente armó un escándalo muy grande, que cómo se me ocurría, que de dónde había sacado eso, que la gente iba a pensar que tenía un hijo maricón, a ese nivel de expresión. Y yo insistía que era eso lo que quería (R. G., 67 años).
la típica broma pesada, vas a estudiar cómo cortar cartulina, cómo entretener a los cabros chicos, super fácil la pega (O. P., 32 años).
Este tipo de cuestionamientos contrasta con las experiencias de las educadoras quienes, de acuerdo con Figueroa-Céspedes y Guerra (2022), ingresan a estudiar educación parvularia desde experiencias tempranas de cuidado, de manera tal que mientras los hombres deben justificar su elección, las mujeres enfrentan la naturalización de su rol como extensión de la maternidad.
En respuesta a las distintas expresiones, sobre todo a las de índole negativa, los educadores, a medida que avanzaba su malla curricular, establecieron espacios reflexivos con sus círculos cercanos respecto al rol de los hombres en la educación parvularia, derribando mitos y prejuicios. Sin embargo, este proceso no se detuvo ahí, ya que los prejuicios también estaban ligados a los roles tradicionales de género. Las consideraciones del entorno respecto a la carrera iban más allá de ésta, refiriéndose de manera inherente a la estructura social.
Respecto al ingreso a la universidad y debido a que la educación parvularia es concebida socialmente como una carrera feminizada, esto influyó en los itinerarios universitarios de los educadores, generando barreras y cuestionamientos desde la matrícula y a lo largo de sus trayectorias educativas. En efecto, 12 de los 14 entrevistados fueron el único hombre de su generación, e incluso algunos el primer varón en entrar a la carrera de educación parvularia en su centro de estudio.
En relación con los docentes, los entrevistados refieren distintas reacciones que se pueden agrupar en tres escenarios diferentes durante su primer año: i) aceptarlos sin dificultades, ii) ignorarlos durante el primer año o reforzarles que es una “carrera para mujeres” y, por tanto, no deberían estar ahí, o iii) valorar el ingreso y manifestarlo frente al resto del curso, reconociéndose como un hecho histórico o un acto que rompe esquemas.
Ahora bien, independiente de la reacción inicial, los educadores coinciden en que, tras haber cursado el primer año, los prejuicios por parte del equipo docente disminuyeron y se normalizó su presencia. En efecto, a raíz de las primeras reacciones vivenciadas por los educadores, se visualizan experiencias particulares de trato académico a lo largo de su trayectoria educativa, tales como: i) la aceptación sin hacer diferencias en el trato con sus pares mujeres, ii) una mayor exigencia académica asociada al ser hombre manifestando directamente esperar más de ellos por este motivo o, por el contrario, iii) menor o igual exigencia, pero con mayor flexibilidad respecto de las fechas de entrega o de evaluaciones.
En relación con las intervenciones durante la trayectoria educativa y en cómo los educadores incidían en la educación parvularia, se observó que, en función de los rangos etarios, el discurso respecto a su rol mutaba. No obstante, todos coincidían en que sólo su presencia -masculina- marcaba un quiebre en los roles tradicionales de género. En las generaciones antecesoras hubo una mayor preocupación por prejuicios sobre su sexualidad y un intento por “masculinizar” su labor, mientras que los más jóvenes se centran en cuestionar los estereotipos asociados a la carrera.
Los móviles, las cositas con gel... yo llevaba cosas de madera, de corteza de árbol... por qué no hacer algo así que cumpla la misma función… Entonces, le fui dando ese sentido, como ir masculinizando un poco la carrera (R. R., 49 años).
Respecto a los procesos de práctica profesional, los educadores refieren que ésta inició con actividades de observación, para luego involucrarse en el aula tanto en jardines infantiles como establecimientos educacionales. Tan solo un educador menciona la oferta de una práctica teórica debido a la supuesta falta de establecimientos dispuestos a recibir al estudiante, propuesta que fue rechazada en favor de gestionar su propio centro de práctica.
La recepción por parte de los equipos educativos fue, en general, positiva, aunque algunos educadores reportaron desconfianza hacia su capacidad para el cuidado directo de niños y niñas. Casos específicos incluyen la prohibición de cambiar pañales y comentarios que cuestionaban la participación masculina en el área, lo que en algunos casos fue abordado por las instituciones educativas.
Esta desconfianza hacia los hombres se contrasta con la expectativa social de que las mujeres cuentan con habilidades natas para el cuidado. Como señalan Figueroa-Céspedes y Zamora (2023), las educadoras son relegadas a un rol sacrificial y maternal, mientras los hombres son vigilados por supuestas incapacidades. Ambos estereotipos refuerzan la división sexual del trabajo.
En cuanto a la relación con los apoderados, al principio se observó curiosidad y desconfianza vinculadas a prejuicios relacionados con el abuso sexual, los cuales se fueron mitigando a medida que los educadores se presentaban a la comunidad educativa y construían lazos y vínculos de confianza con las familias. Algunos aprovecharon su inserción en el campo laboral para realizar trabajo de concientización, en particular con los padres varones, con el fin de fomentar su participación en el cuidado y crianza compartidos.
Referente a la interacción con niños y niñas, éstos demostraron curiosidad por la presencia masculina y expectativas relacionadas con estereotipos de género, como la realización de actividades físicas. Los entrevistados observaron que los infantes tendían a seguir sus indicaciones más fácilmente que las de sus colegas mujeres, lo que atribuyen a factores sociales y a características físicas (ejemplo tono de voz).
a mí me carga el futbol, la pelota, pero, ya el tío era el que jugaba a la pelota con ellos, el tío era el que hacía otras cosas con ellos y aunque suene muy cliché, pero tiene que ver con la imagen paterna de los chiquillos (L. Z., 55 años).
Por último, algunos de los entrevistados señalaron la incongruencia de ser referidos como “Educadoras de párvulos” al obtener su título, lo que consideraron refuerza estereotipos de género en la profesión, y plantearon la necesidad de ajustar dicha denominación para reflejar adecuadamente su identidad profesional.
Trayectoria laboral
Al finalizar sus estudios, los educadores reconocen haber sentido temor frente a posibles dificultades para insertarse en el mercado laboral; sin embargo, la mayoría permaneció trabajando en los mismos centros donde realizaron sus prácticas profesionales, o recibieron ofertas en jardines infantiles o colegios, con trato directo con preescolares. Quienes no tuvieron esa continuidad, reportan periodos breves de búsqueda de empleo sin mayores obstáculos. Desde el discurso de algunos entrevistados, el hecho de haberse diferenciado de sus compañeras por su género les habría dado mayor notoriedad y les permitió destacar en el entorno de la educación parvularia, lo que les facilitó ser reconocidos y, de alguna forma, impulsó su inserción laboral.
Pese a lo anterior, vinculado a la inserción laboral, se evidenció una percepción “negativa” por parte de los entrevistados en relación con su género, frente a procesos de selección donde no fueron escogidos o bien, no recibieron respuesta de los espacios laborales donde postulaban. En concreto, sólo un grupo menor de los entrevistados refieren haber recibido de forma explícita la respuesta asociada a “no trabajar con hombres”.
Ante esta percepción negativa y las dificultades asociadas, los entrevistados mencionaron desplegar estrategias tales como acercarse personalmente a los centros educativos para presentarse y darse a conocer, con el objetivo de disminuir posibles aprensiones de estos espacios laborales, sobre todo al cambiarse de región, pues si bien eran reconocidos en su espacio local, esto no les aseguraba ventajas en nuevos territorios.
Ya cumpliendo labores profesionales, los educadores manifiestan haber tenido más relaciones positivas con sus equipos de trabajo en los centros educativos, y valorar los vínculos y el apoyo recibidos. En efecto, algunos entrevistados recalcan haber recibido mayor atención o escucha en sus equipos frente a sus pares mujeres, lo cual asocian con sesgos de género persistentes y a las ventajas de la “escalera de cristal” para varones en carreras feminizadas (Williams, 1992):
Ser hombre está más visibilizado… Todavía siento, por ejemplo, en las reuniones que hacemos, a veces mi opinión vale mucho más que la de mi compañera (S. C., 35 años).
Una vez establecidas las relaciones de confianza con sus equipos de trabajo, varios entrevistados señalan haber recibido información por parte de estos pares, asociadas a sus dudas iniciales y cuestionamientos de sus capacidades y motivaciones ligados a prejuicios por su sexo. No obstante, tras la incorporación y despliegue de éstos en su rol, aquéllos se habrían desvanecido.
Respecto a los apoderados, se reitera una buena vinculación general, aunque algunos enfrentaron cuestionamientos particulares apelando a prejuicios como posibles agresores sexuales u homosexualidad, pero sin extenderse a toda la comunidad. Incluso, algunos apoderados los respaldaron ante este tipo de cuestionamientos puntuales.
Frente a estas interrogantes, los educadores indicaron haber desplegado estrategias de acercamiento inicial con los apoderados para generar confianza como reuniones, entrevistas o llamadas, lo que contribuyó de manera positiva a una menor resistencia; no obstante, refieren que ciertas resistencias iniciales se mantuvieron.
El primer día saludar a los niños y niñas, pero irse al tiro donde los apoderados y conversar con ellos, que te conozcan... eso es súper importante para la confianza, que te conozcan, poder entrar en relación rápido. (J. C., 50 años).
Frente a ello, los entrevistados dicen haber dado continuidad en el espacio laboral a las precauciones tomadas desde sus prácticas, como evitar estar a solas con niños o momentos de muda.
En cuanto a sus experiencias laborales posteriores y cambios, es posible señalar que nueve de los 14 entrevistados siguieron especializándose en el ámbito educativo mediante diplomados o programas de magister, con el objetivo de acceder a nuevas oportunidades laborales. Asimismo, el análisis de sus trayectorias revela que el tiempo promedio para alcanzar un cargo directivo o de coordinación fue de alrededor de cuatro años desde la titulación, con variaciones que van desde accesos inmediatos hasta periodos más prolongados.
Algunos reconocieron haber asumido mayores responsabilidades de forma inmediata dentro de sus trayectorias, incluso sin haberlo buscado, e identifican como factor relevante en este proceso su condición de varones, vinculado a los estereotipos de género tradicionales donde el hombre es percibido como más capaz para asumir responsabilidades de gestión:
Me cambiaron de JUNJI a trabajar allá al proyecto CECI... ahí me dejaron a cargo, otra vez viendo siempre que el hombre, entre comillas, puede hacerse cargo de gestiones (S. C., 35 años).
Este ofrecimiento y acceso a cargos de mayor jerarquía también estaría vinculado a que su presencia masculina en educación parvularia era valorada y considerada valiosa:
La jefa de carrera me llama y me dice “quiero que hagas clases”, me dijo que le parecía importante la presencia de un hombre en la facultad, un educador de párvulos (O. C., 64 años).
Estas situaciones evidencian de nuevo el concepto de “escalera de cristal” (Williams, 1992) que facilitó una promoción laboral más rápida y desigual en los educadores respecto de sus pares mujeres, lo que se ve favorecido, además, por el privilegio masculino de dedicación exclusiva al trabajo sin cuestionamientos sobre el ámbito doméstico (Jiménez y Mayorga, 2019).
Pese a migrar del aula, los educadores intentan mantener el nexo con la niñez y la educación. En este contexto, quienes han accedido a cargos de mayor responsabilidad en esas áreas se han visto enfrentados a cuestionamientos sobre sus capacidades de cuidado por su género, pero perciben que su experiencia previa en aula los valida ante el medio laboral, y utilizan esto como un argumento ante dudas sobre si poseen habilidades vinculadas de manera tradicional al ejercicio de la educación parvularia.
Algunos destacan que su formación les permitió cuestionar patrones de roles de género tradicionales y el machismo, lo que amplió su mirada sobre la sociedad y los estereotipos, lo cual han intentado transmitir a los niños y niñas para favorecer la no imposición de limitantes desde temprana edad.
Asimismo, la mayoría manifiesta no arrepentirse de la decisión que tomaron al ingresar a la carrera, ya que, pese a las dificultades enfrentadas, valoran de forma positiva su paso por los distintos espacios educativos y laborales del campo de la educación inicial.
Sin embargo, para otros la desvalorización de la carrera y la desprofesionalización discursiva, sumada al bajo retorno salarial que ofrece el trabajo en aula ha significado un cuestionamiento del camino escogido, factor que entra en conflicto con las motivaciones iniciales y el reconocimiento primigenio de las condiciones en que se insertarían en el mercado laboral.
Me replanteo haber estudiado otra carrera también, porque me encanta ser educador, pero de vocación... o sea, cómo te proyectas tú con una carrera que es súper desvalorizada… pero tenía mis pensamientos que de ahí a que saliera acaso cambia la perspectiva, pero llevo diez años esperando a que cambie (F. S., 31 años).
En cuanto a la percepción de su entorno, hoy en día sus familiares valoran su ejercicio como educadores, considerándolos “ejemplos a seguir” por insertarse en un espacio socialmente adverso y alcanzar sus metas. Quienes los cuestionaron inicialmente, ahora reconocen su proceso y conocimientos.
Mi papá se puso como la camiseta del orgullo, “Ay, hijo, estoy tan feliz por ti”, y yo “me molestaste toda la carrera para que me saliera y ahora vienes a hacerte el muy papá” (F. R., 27 años).
De igual manera, algunos indican que al ser varones insertos en una carrera feminizada continúan destacando en los lugares donde participan, y replican las dinámicas vivenciadas en los distintos espacios donde se han desenvuelto.
mis amigos se aprovechan también de mi profesión, o sea, cuando me llevan soy la carta de presentación “oye, mi amigo es educador de párvulos” (R. D., 51 años).
Agregan que las personas que no los conocían previamente se sorprenden y muestran curiosidad al saber su profesión, por lo general al ser los primeros educadores de párvulos varones que conocen. Estas instancias son aprovechadas por ellos para informar sobre la carrera y desmitificarla. Señalan no vivenciar prejuicios de manera directa, pero sí indagaciones sobre su orientación sexual y sus motivaciones reales. No obstante, algunos no pasan por alto la reflexión de que al ser muy pocos varones en el área, podrían ser enaltecidos en su rol por la ausencia de otros hombres en la misma posición con quienes ser comparados.
Aunque los educadores varones manifiestan en general satisfacción por su elección profesional en un campo tradicionalmente feminizado, comparten con las mujeres educadoras la realidad de una profesión desvalorizada y con bajos retornos salariales, lo que genera cuestionamientos sobre la continuidad en la carrera (McDonald et al., 2018). Sin embargo, mientras los hombres suelen ser vistos como “excepciones” o “ejemplos a seguir” en un espacio socialmente adverso, las mujeres, siendo mayoría, enfrentan la naturalización de su rol que a menudo invisibiliza su profesionalismo y limita su reconocimiento social y salarial. Así, tanto hombres como mujeres coinciden en la necesidad urgente de mejorar las condiciones laborales, el reconocimiento profesional y la valoración social de la educación inicial, aunque sus experiencias de género matizan las formas en que viven y responden a estos desafíos.
Reflexiones de los educadores
Tras recopilar y comparar las trayectorias educativas y laborales de los educadores, se indagó y analizó su visión sobre la educación parvularia en Chile, en particular sobre la inserción y presencia de varones en este nivel formativo.
Al respecto manifiestan diferentes percepciones sobre su aporte particular en la educación parvularia. Es importante destacar que, aunque la muestra estuvo compuesta en especial por personas mayores de 50 años, no fue posible establecer una correlación entre sus percepciones y factores como la edad, ubicación geográfica u otras variables demográficas. Las visiones expresadas por los 14 entrevistados trascienden estas categorías, y sugieren que responden más a experiencias y trayectorias personales.
Por un lado, hay entrevistados que indicaron como aporte diferencias binarias basadas en los estereotipos tradicionales de género, las cuales atribuyen características específicas a la generalidad de varones y mujeres. Éstos sugieren que los varones aportan entregando “mayores libertades” a los infantes, al permitirles explorar sin limitantes, e involucrarse de forma más activa en las actividades lúdicas. Se reconocen a sí mismos como prácticos y sinceros en el trato, haciendo referencia a que serían capaces de verbalizar oportunidades de mejora a niños y niñas. Al contrario, consideran a las mujeres como aprensivas cuando limitan lo que pueden o no hacer los preescolares, con un rol menos participativo en las actividades lúdicas y siendo más suaves en el trato, al percibir que todo lo realizado por los niños y niñas es “lindo”.
Aquellas características dicotómicas tradicionalmente asociadas a ambos géneros en oposición, tales como libertad/aprehensión, activo/pasivo, racionalidad/emotividad, podrían a su vez replicar y sostener los estereotipos de género al medir qué tan masculina/femenina es alguna conducta o persona, sin desafíos para el orden social imperante. En contraste, la otra parte del grupo señala que no existiría un aporte diferenciado desde habilidades o capacidades exclusivas de los varones, sin avalar la existencia de dichas características binarias, y subrayan que esto sería generar etiquetas que refuerzan los constructos sociales tradicionales en torno al género.
Pese a esas diferencias, la mayoría coincide en que su principal aporte es su “presencia”, ya que dinamiza y diversifica la educación parvularia, además de desmitificar la carrera y derribar estereotipos de género en el entorno educativo y laboral. Reconocen que, con su ejemplo, demuestran que el sexo no es limitante para el vínculo con la niñez, y que pueden fomentar en los infantes un desarrollo libre de estereotipos y en los apoderados una paternidad más involucrada.
El educador posibilita que en la vida concreta, en la experiencia visible, en la familia, en que los niños ven a alguien que pueda jugar, regalonear, estar con ellos, no es afiche ni que alguien le hable, es lo real, qué mejor manera de ir rompiendo estereotipos que transformar ese jardín en un centro de liberación en ese sentido (R. E., 42 años).
En línea con lo anterior, se reitera el concepto de “figura paterna”, que algunos validan asociándolo a roles tradicionales de género, y lo ven como un aporte al modelar un vínculo masculino, en especial para niños sin presencia paterna. Mientras que otros lo niegan, argumentando que refuerza habilidades exclusivas de varones/ padres, y que su real contribución es tensionar esos estereotipos al ejercer una carrera feminizada.
Por último, como parte importante de su relación con el entorno, los educadores enfatizan la importancia de desafiar los estereotipos de género a lo largo de sus carreras, a la vez que reconocen que la presencia de otros hombres en el campo ha facilitado su propio camino profesional, y aspiran a que su incursión en la educación parvularia abra puertas para futuros educadores, tanto en los estudios como en los espacios laborales. Presentando como objetivo el reducir las dificultades que ellos mismos enfrentaron con docentes, personal de apoyo y comunidades educativas, además de fomentar una mayor aceptación entre los apoderados hacia la presencia de educadores varones en este ámbito.
los apoderados que tuviste van a estar mucho más llanos, que si en alguna oportunidad se encuentran con otro educador el prejuicio ya no va a estar, porque ya tuvieron la experiencia, entonces, va por ambos lados; un apoderado que conoció a un educador y que su hijo estuvo con uno, su visión del mundo cambia, su visión del educador de párvulo cambia (L. Z., 55 años).
Respecto de los avances en torno a la inserción de varones en la educación parvularia chilena existen miradas disímiles. Algunos señalan que los avances han sido nulos o escasos, limitados por los prejuicios sociales existentes y la falta de apoyo de centros de educación técnica y universitaria, que sostienen la imagen de carrera feminizada. Reconocen avances incipientes en cuestionar roles de género producto de los movimientos feministas, y consideran que este proceso no permea por igual en toda la sociedad.
En contraparte, hay quienes valoran esto como un avance mayor que ha permitido llevar el tema al debate público y facilitar el cuestionamiento de estereotipos de género, abriendo las puertas para que hombres y mujeres puedan escoger libremente sus espacios de desarrollo sin limitaciones binarias. No obstante, ambas posturas coinciden en que aún es necesario avanzar más ante la persistencia del patriarcado.
El movimiento feminista de una u otra forma nos toca a nosotros y nos beneficia como hombres, para que seamos instruidos y haya una apertura en la que nosotros los hombres ganemos espacio en actividades que histórica o patriarcalmente han sido designadas sólo para las mujeres... creo que es el momento de cambiar de paradigmas, creo que hay una generación, que es la mía, que todavía no cambia ese paradigma, que todavía estamos con esa mirada patriarcal y machista, y que no la hemos podido superar (R. R., 49 años).
Otro de los avances mencionados por algunos participantes guarda relación con la creación del grupo “Los Cotonas Verdes”, en 2019, y la manera en que ésta se ha presentado como una oportunidad para visibilizar la presencia de varones en la educación parvularia, además de aportar a la misma y a las instituciones desde sus experiencias.
De la mano con los avances percibidos en torno al ingreso de varones a la carrera y posterior ejercicio de la educación parvularia, los entrevistados reconocen una cantidad superior de desafíos en distintos niveles y categorías. A nivel macro, mencionan la necesidad de avanzar hacia una sociedad libre de estereotipos de género y machismo, y de promover que la educación y crianza sean roles comunes a hombres y mujeres. En relación con esto, otro desafío es relevar la importancia de la educación parvularia y su formación profesional, dado que hoy en día se le asigna un estatus inferior asociado a labores femeninas, el cual se condice con la baja remuneración de la carrera, que desincentiva el ingreso de varones justamente por los roles de género que también los sitúan como proveedores económicos.
Se plantea la necesidad de una mayor difusión, incluyendo figuras masculinas en la publicidad de la carrera y dar a conocer experiencias de inclusión de varones para desmontar prejuicios, junto a educar y desmitificar la asociación de los hombres como “peligrosos” para niños.
Es un sistema lento y hay que demostrarle a la gente que sí existimos los educadores de párvulos, que hacemos un buen trabajo, que hemos podido lograr cosas, que somos queridos por los niños y que obviamente no somos degenerados por trabajar con niños (O. P., 32 años).
Lo anterior, según señalan, también se observa en que los títulos profesionales y documentos oficiales suelen utilizar un lenguaje que invisibiliza a los educadores varones, y promueve la visión de carrera únicamente femenina.
En torno a la pregunta de si la sociedad está lista para una mayor participación masculina surgieron dos posturas principales. Un grupo considera que la sociedad está lista, con base en sus experiencias mayormente positivas y en la percepción de que las nuevas generaciones son menos prejuiciosas y más críticas frente a los estereotipos de género. En su contraparte, algunos argumentan que la sociedad aún no está preparada, y destacan la persistencia de roles tradicionales de género y discriminación. Sin embargo, ambos grupos coinciden en que no es necesario un proceso de preparación social previo y que el paso fundamental es simplemente incrementar el ingreso de varones a la carrera de educación parvularia. Esta visión compartida sugiere que, aparte de la percepción sobre la preparación social, los educadores ven la inclusión directa de más hombres en el campo como la vía principal para el cambio.
Conclusiones
El presente análisis ha permitido evidenciar que las trayectorias educativas y laborales de los educadores de párvulos están constantemente tensionadas por prejuicios y percepciones estereotípicas asociadas al ejercicio de la educación parvularia. Estas tensiones se manifiestan al principio en contextos cercanos y familiares al momento de tomar la decisión de ingresar a la carrera, y más tarde se extienden a los espacios educativos/formativos y laborales donde se desempeñan.
Durante el periodo universitario se evidencian en los varones preocupaciones contrapuestas en torno al “masculinizar” el ejercicio de la educación parvularia o ser críticos de los roles tradicionales de género. No obstante, independiente de su postura, la mayoría coincide en que durante el curso de la carrera pasan a ser destacados por su entorno y transitan de los cuestionamientos a la validación y valoración.
Respecto al ejercicio profesional, en el proceso de práctica reconocen un estado de alerta constante vinculado a los imaginarios sociales existentes, además de enfrentarse a la recepción de las familias en los espacios educativos, la cual se caracteriza, sobre todo, por la desconfianza y curiosidad; frente a ello, los educadores refieren la necesidad latente de desplegar estrategias preventivas en respuesta a estos imaginarios enfocadas en fortalecer lazos y entregar confianza a los espacios educativos a través de la desmitificación de prejuicios y temores.
Tras el egreso, no enfrentarían dificultades para el ejercicio profesional si se insertan en espacios educativos recurriendo a las precauciones y estrategias identificadas y empleadas desde su práctica profesional. De igual manera, en esta etapa se reitera, tal como en el espacio universitario, ser destacados por el entorno por el hecho de ser varones en espacios feminizados, lo que conlleva el acceso a cargos de mayor responsabilidad con más facilidad que sus pares mujeres, lo que, sumado a la baja retribución salarial del aula, resulta en el constante abandono de ésta.
En cuanto a su distinción y acceso veloz a cargos de mayor responsabilidad se visualizan tres factores asociados al género 1) tienen mayor facilidad para continuar estudiando posgrados; 2) se les percibe con más capacidad de gestión y liderazgo, y 3) buscan aumentar sus ingresos económicos de acuerdo con el rol de proveedor. Este fenómeno, llamado “escalera de cristal”, privilegia el lugar que ocupan como varones por sobre su formación específica en educación parvularia.
Ahora bien, algo que destacan los educadores es que el ingreso y ejercicio de su carrera les permitió cuestionar patrones de roles tradicionales de género que no habían identificado antes, pese a que algunos de los entrevistados ya mantenían una postura “rupturista” frente a sus entornos. Subrayan que las constantes consultas sobre su presencia en un área feminizada, así como las experiencias positivas de valoración y las negativas de discriminación, propiciaron una reflexión profunda sobre los roles de género establecidos, recalcando el cómo, su mera presencia, ya planteaba este cuestionamiento. Reconocen el impulso del movimiento feminista para poner en la palestra social el debate sobre los roles tradicionales y la manera en que afectan a hombres y mujeres, y ven esta apertura como un proceso lento, pero necesario para eliminar prejuicios y limitaciones de género, lo que permite a las personas desarrollarse con mayor libertad en los espacios que elijan.
De forma complementaria, los educadores subrayan que su presencia y vinculación con el medio, posibilita una mayor apertura y participación de otros educadores. Se identifican como un actor clave en educar e informar a los distintos entornos donde se desenvuelven sobre la importancia de la presencia masculina en la educación parvularia. En esta línea, reconocen en sus propios procesos cómo la presencia de otros educadores facilitó su inserción y motivación. Se evidencia que sus expectativas están ligadas a que su presencia contribuya a que los espacios universitarios y laborales sean más receptivos a futuros educadores varones, sin imponer barreras por razones de género. Aspiran a seguir desmitificando los prejuicios, en especial entre los apoderados, con la esperanza de que quienes se vincularon con ellos promuevan la eliminación de estigmas en sus entornos familiares y sociales.
Asimismo, señalan la importancia de la difusión y representación de varones en educación parvularia, con el fin de derribar prejuicios, dar a conocer su existencia, labor y aporte. Consideran un desafío pendiente la escasa representación masculina en los espacios de promoción de la carrera, como ferias vocacionales, publicidad gráfica y visitas a colegios.
Los hallazgos de este estudio revelan una paradoja en la educación parvularia: mientras los educadores varones enfrentan prejuicios iniciales y avanzan a ser destacados y relevados en sus espacios laborales, sus colegas mujeres cargan con la naturalización del cuidado y con barreras sistémicas para su desarrollo profesional (FigueroaCéspedes y Guerra, 2022). Esta asimetría no es contradictoria, sino complementaria, pues ambos fenómenos son producto de la estructura social que, por un lado, penaliza a los hombres por transgredir roles de género, pero les compensa con ventajas jerárquicas, mientras que invisibiliza el trabajo de las mujeres al asociarlo de manera intrínseca a la naturaleza femenina. La baja remuneración del aula opera como síntoma de esa misma desvalorización histórica del cuidado, sin embargo, los varones tienen la ventaja estructural para continuar estudiando y a su vez accediendo a cargos mejor remunerados, lo que les permite escapar de dicha precariedad que sigue limitando a las mujeres.
Por último, es importante considerar que la muestra estuvo compuesta mayoritariamente por educadores de párvulos mayores de 50 años, lo que aporta una perspectiva histórica sobre las dinámicas de género en la educación parvularia. No obstante, dado que se trata de un grupo reducido por la baja presencia masculina en la profesión, resulta difícil contar con muestras más equilibradas en diversidad generacional. Aunque no se identificaron correlaciones directas entre sus percepciones y factores como la edad o la ubicación geográfica, sería relevante en futuras investigaciones intentar alcanzar la totalidad de las voces de generaciones más jóvenes, para contrastar cómo estas dinámicas y percepciones podrían variar en función de las transformaciones sociales recientes y los desafíos emergentes en el ámbito educativo.










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