Introducción
La imagen habitual de Palestina es la de su devastación, la de los últimos jirones de su territorio, la de un pueblo acorralado entre muros. Es la imagen de explosiones, polvo, ruinas, escombros, cadáveres, alambres de púas, torres de vigilancia, campos de refugiados, mujeres en llanto y niños lanzando piedras contra los tanques israelíes. Es así como Palestina suele imaginarse en el mundo y también en el medio académico y profesional de la psicología.
Lo habitual es que los psicólogos imaginen Palestina de un modo tal que sólo puede ser un receptáculo de objetos de la psicología como el duelo, el dolor, el sufrimiento, la depresión, la ansiedad, la agresividad, la violencia, la resiliencia o trastornos como el de estrés postraumático. Estos objetos, asimilados a lo que se describe como el “conflicto” israelí-palestino, se presentan ante los psicólogos del mundo como algo que ocurre en Palestina y que reclama su atención al estudiarse, investigarse, explicarse, comprenderse, tratarse, remediarse y resolverse. Es así como se piensa que la psicología actúa o debería actuar en relación con este territorio: operando al atender lo que ocurre en él, ocupándose de eso como de su objeto, aplicándose a eso como a su problema.1
Palestina tiende a concebirse entre los psicólogos como un lugar para los objetos de la psicología, pero no como un lugar para la psicología. ¿Cómo podrían las teorías y prácticas psicológicas desarrollarse en la miseria de Palestina, entre sus ruinas y sus escombros, en el aislamiento de su asedio, en la urgencia de sus habitantes para sobrevivir, en sus tierras arrasadas y constantemente amenazadas por el Estado de Israel? Según esta idea, no habría condiciones para una psicología en Palestina, sino sólo para una psicología de Palestina, sobre ella, sobre lo que pasa en ella.2
La psicología trabajaría sobre Palestina como las demás ciencias del mundo que investigan sobre Palestina, como las resoluciones israelíes y estadounidenses que son también sobre Palestina, como el poder israelí que está sobre Palestina, como los drones y aviones militares de Tzahal que vuelan sobre Palestina y lanzan bombas también sobre ella. Con todo esto y mucho más que hay y cae sobre ella, comprendemos que Palestina pueda sentirse tan oprimida y que esté cubierta de las heridas y cicatrices de sus ruinas, de sus escombros y de lo demás que imaginamos cuando la imaginamos. La triste imagen de lo que habría en Palestina es la de aquello aplastado y lesionado por mucho de lo que gravita y se precipita sobre ella.
En realidad, por más que pese lo que hay sobre Palestina, es mucho lo que resiste y se conserva en ella. La percepción misma de que ahí solo quedan ruinas y escombros, polvo y cadáveres, coincide sospechosamente con el horizonte del proyecto sionista de limpieza étnica destinado a realizar la fantasía de una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. Tras la fantasía en la que el Estado de Israel sostiene su legitimidad, Palestina es una tierra con un pueblo originario, el pueblo palestino, que tiene miles de años de historia, que mantiene viva una refinada cultura y que desarrolla recientemente propuestas artísticas, filosóficas y científicas muy originales, entre ellas una psicología que esbozaremos al final del presente artículo.
Antes de llegar a la psicología del pueblo palestino, examinaremos críticamente diversas investigaciones psicológicas sobre Palestina y, específicamente, sobre el mal llamado “conflicto” israelí-palestino. Después abordaremos una psicología más conectada con el pueblo palestino que desentrañaremos en trabajos que se vuelven reflexivamente hacia las investigaciones anteriores y que las cuestionan por problemas tales como su inadecuación cultural, su eurocentrismo, su liberalismo, su individualismo y sus mecanismos de psicologización, despolitización, deshistorización y descontextualización. Estos cuestionamientos nos permitirán entrever una psicología crítica emergente cuya potencia estriba en su conexión con el pueblo palestino, con su lucha y su resistencia.
Nuestro primer contacto con la psicología del pueblo palestino fue por medio de un excelente artículo publicado recientemente por nuestros colegas Pedro Costa y Kíssila Mendes.3 Este artículo nos motivó primero a leer a los autores a los que citaba, luego a rastrear algunas de sus referencias y, finalmente, a realizar una amplia investigación documental sobre la cuestión palestina en el campo psicológico. Al investigar con medios convencionales como la búsqueda en índices de revistas, la consulta de revisiones sistemáticas y el estudio metódico de textos académicos, nos familiarizamos con una literatura científica bastante reiterativa y previsible, así como notoriamente sesgada y tendenciosa, en la que prevalecen el idioma inglés, la adscripción a universidades israelíes o estadounidenses, la pretensión de neutralidad, la visión objetivante por la que se distingue la psicología sobre Palestina y la suposición de la existencia de un “conflicto” entre Palestina e Israel. Esta flagrante reproducción académica de las relaciones de poder imperantes en la esfera política-mediática no impidió que descubriéramos de pronto, en los rincones y en los márgenes, indicios de lo que aquí nos representamos globalmente como la psicología crítica palestina, es decir, la psicología del pueblo palestino, inspirada y vinculada con él, con sus luchas y aspiraciones.
Un rasgo característico de la psicología crítica palestina, por el que se distingue nítidamente de otras propuestas psicológicas, es aquello que la escritora Lina Meruane ha descrito como la “vocación terrorista de llamar a las cosas por su nombre”.4 Es por esta vocación que se designa claramente lo que el pueblo palestino está viviendo, como el colonialismo, la ocupación y el genocidio, en lugar de recurrir a otras palabras que sirven más para ocultar que para mostrar. Una palabra ocultadora bien conocida, una de las más utilizadas en el campo psicológico, es la de “conflicto”, con la que se pretende sintetizar todo lo que pasa entre Israel y Palestina.
La mayor parte de las investigaciones psicológicas sobre lo que ocurre en Palestina parten de la falacia de que aquello que ocurre se enmarca en un “conflicto”.5 Basta detenerse un instante en la cuestión para percatarse de que no hay aquí un conflicto, sino algo absolutamente diferente: en primer lugar, una ofensiva unilateral del invasor israelí con su inmenso poder económico, político y bélico desatado contra el pueblo palestino para deshacerse de él y quedarse con su territorio del mar Mediterráneo al río Jordán; en segundo lugar, los desesperados esfuerzos de este pueblo para defenderse y sobrevivir en una situación colonial caracterizada por la asimetría de intereses y el desequilibrio de fuerzas. Lo que hay aquí, en otras palabras, es la resistencia contra una situación de limpieza étnica para el despojo territorial.6 En estas condiciones, describir como “conflicto” lo que pasa en la relación de los palestinos con los israelíes es tan falaz y tan infame como lo sería utilizar el mismo término para designar las relaciones de los indígenas americanos con los colonizadores europeos, de los judíos con los nazis, o de los negros con los blancos sudafricanos en tiempos del apartheid. Sin embargo, como lo veremos ahora, la palabra “conflicto” está en el centro de muchas investigaciones psicológicas sobre lo que ocurre en Palestina, las cuales, reduciendo estos sucesos a un conflicto, son ejemplos de lo que ha terminado conociéndose como “psicología del conflicto israelí-palestino”.7
La psicología que pretende explicar y resolver el “conflicto”
La mayor parte de las aproximaciones psicológicas al supuesto conflicto pueden reunirse en dos grandes grupos: uno es el de aquellos trabajos que se ocupan directamente del “conflicto”, el otro es el de los estudios que abordan sus efectos en los sujetos. En el primero hay un predominio de psicólogos sociales, culturales y políticos, mientras que en el segundo abundan los psiquiatras, los psicoterapeutas y los psicólogos clínicos y comunitarios.
Los psicólogos del primer grupo suelen poner sus conocimientos, métodos e investigaciones al servicio de la explicación y la resolución del “conflicto”. Esto hace que se concentren en factores psicológicos a los que atribuyen la persistencia del conflicto, entre ellos factores cognitivos, emocionales, afectivos, conductuales, relacionales o incluso discursivos y narrativos. En un trabajo clásico de hace casi 40 años, por ejemplo, Herbert Kelman argumentaba que el “conflicto” no se había resuelto porque se había convertido en un conflicto de suma cero en el que cada una de las partes negaba la identidad y el derecho a existir de la otra.8 Así, la única solución era el reconocimiento mutuo entre israelíes y palestinos con el que se posibilitaría lo que el mismo Kelman concibió posteriormente como un compromiso histórico de validar las identidades y satisfacer las necesidades básicas de ambos pueblos.9
Entre los factores que impedirían la reconciliación entre los pueblos palestino e israelí, Nadim Rouhana y Daniel Bar-Tal destacan las creencias sociales de ambos pueblos.10 El cambio de estas creencias sería la clave para solucionar el “conflicto”. Sin embargo, el cambio es difícil, ya que las creencias serían funcionales para los pueblos, ayudándoles a encarar el temor y las diversas dificultades asociadas con el “conflicto”.
Entre las creencias de israelíes y palestinos, las más adversas para la solución del “conflicto” serían aquellas que se condensarían y solidificarían en los prejuicios y los estereotipos de los que se ocupa Moises Salinas.11 Éstos, para Salinas, constituyen los mayores obstáculos para la paz anhelada por los habitantes de la región. Para alcanzarla, bastaría superar la representación prejuiciada y estereotipada que los palestinos e israelíes tienen unos de otros y que los hace atacarse tan sólo para intentar defenderse de lo que se atribuyen recíprocamente.
Además, de forma defensiva, los pueblos palestino e israelí también se replegarían cada uno en sí mismo. Ya no se escucharían unos a otros ni dialogarían entre sí, excepto en intercambios instrumentales, como lo ha enfatizado Julia Chaitin.12 Para esta autora, la escucha y el diálogo son las claves para la reconciliación, pues condicionan la posibilidad de un cambio de creencias sociales y un reconocimiento mutuo.
Además de las creencias y de la falta de reconocimiento, recientemente Alon Ben-Meir ha considerado otros factores que impiden la resolución del “conflicto”, entre ellos la resistencia psicológica, las experiencias pasadas, la percepción histórica y las convicciones religiosas.13 Curiosamente, para Ben-Meir, estos factores y otros más serían aún más decisivos que la disputa por la tierra. Más que histórico, sociopolítico y económico, el meollo del “conflicto” sería psicológico.
La psicologización, la exageración de la importancia de la psicología en el “conflicto”, es llevada por Ben-Meir hasta un extremo revelador. Ben-Meir delata lo que está en juego en las diversas explicaciones psicológicas del conflicto a las que nos hemos referido. Al explicarse el “conflicto” principalmente por la psicología, se minimiza e incluso ignora la historia, la sociedad, la economía y la política. Esto permite olvidar las violencias directas e indirectas o estructurales que el sionismo ha perpetrado sobre los palestinos desde hace casi un siglo: el inmenso robo de tierras y otras propiedades, el saqueo de recursos, el asedio, el empobrecimiento cultural y socioeconómico, la destrucción de habitaciones e infraestructura, el desprecio y la humillación, la marginación y la segregación, la explotación y la opresión, la represión y la persecución, la migración forzada, el encarcelamiento arbitrario y el exterminio sistemático.
Es indiscutible que los daños infligidos por el Estado de Israel sobre los palestinos son incomparablemente mayores que los de Palestina sobre los israelíes. Esta asimetría desaparece cuando sólo prestamos atención al aspecto psicológico del problema por juzgarlo el más importante y determinante. La consideración unilateral del aspecto psicológico también hace que perdamos de vista que la violencia palestina se distingue fundamentalmente de la israelí por ser defensiva y no ofensiva, reactiva y no invasiva, de oprimido y no de opresor, para liberarse y no para dominar, para sobrevivir y no para expandirse, con un propósito de resistencia y no de colonización. Todo esto se disipa en un reino de la psicología donde los palestinos pueden reconciliarse con los israelíes, resignarse a lo que ocurre, olvidar, perdonar y dejar atrás una deuda histórica sencillamente impagable.
Aparentemente, en vez de seguir amargándose e indignándose al considerar la colonización, la devastación, el exilio y el genocidio, los palestinos deberían pensar, con el auxilio de los psicólogos, en temas tan reconfortantes como aquellos enfatizados por los autores mencionados: la falta de reconocimiento mutuo en Kelman, las creencias sociales en Rouhana y Bar-Tal, los prejuicios y estereotipos en Salinas, la falta de escucha y diálogo en Chaitin, y la percepción histórica y las convicciones religiosas en Ben-Meir. Estas categorías psicológicas son como fórmulas mágicas para conjurar y disipar, no solamente la mala conciencia de Israel, sino su deuda con los palestinos. En vez de pagar la deuda, se opta por volatilizarla en la psicología.
De este modo, la perspectiva psicológica permite relativizar el daño objetivo que se ha infligido a los palestinos, así como desobjetivarlo y desrealizarlo para no tener que repararlo. En lugar de resarcir a los palestinos al dejarlos volver a sus territorios y al devolverles tierras, olivos, casas y aldeas, es mucho más fácil y barato para el Estado de Israel solucionar el “conflicto” al servirse de sus psicólogos para conseguir que los palestinos reconozcan la identidad israelí, cambien sus creencias sobre Israel, escuchen respetuosamente a quienes les arrebataron su territorio, dialoguen cordialmente con ellos y aprendan a percibirlos de otro modo. La solución tiene lugar entonces en la mente y no en la realidad, en el mundo psíquico interno y no en el socioeconómico externo, como suele suceder en la psicología, la cual, sin ofrecer nada para terminar con la violencia de los agresores israelíes contra sus víctimas palestinas, tan solo puede revictimizar a las segundas al culparlas de lo que sufren y al exhortarlas a perdonar a los verdaderos culpables.
La psicología que intenta detectar, comprender y tratar los efectos del “conflicto”
En contraste con los trabajos recién mencionados, existen otros que parecen políticamente menos cuestionables, pero tan sólo porque no se relacionan de modo tan claro y evidente con la política. Lo que tenemos aquí son trabajos que hacen referencia no directamente al “conflicto”, sino a sus efectos en las víctimas palestinas. Muchos efectos son ya realmente psicológicos, no siendo necesario psicologizarlos para abordar psicológicamente el “conflicto”.
De los diversos efectos psicológicos de la violencia israelí sobre Palestina, quizás el más estudiado sea el trastorno de estrés postraumático, en el que los sujetos permanecen asustados, ansiosos y deprimidos varios meses e incluso años después de la experiencia traumatizante. Hay decenas de publicaciones sobre el estrés postraumático de los palestinos, así como revisiones sistemáticas de estas publicaciones.14 También se han revisado sistemáticamente publicaciones sobre otros efectos psicológicos del “conflicto” que no alcanzan los umbrales del trastorno de estrés postraumático, aun cuando comportan cambios en la forma de pensar, sentir y actuar, así como perjuicios en el bienestar de los sujetos.15 Hay también estudios sobre otros efectos, entre ellos comportamientos violentos y antisociales,16 depresión, estrés y ansiedad,17 e insomnio y otros trastornos del sueño.18 Tenemos aquí una inmensa acumulación de investigaciones que demuestran objetivamente, con precisión y rigurosidad, el enorme sufrimiento infligido por el Estado de Israel sobre los palestinos.
Algunos trabajos no se limitan a detectar los efectos psicológicos de la violencia israelí, sino que intentan comprenderlos, investigando particularmente aquello que puede atenuarlos. Raija-Leena Punamäki y sus colaboradores, por ejemplo, han mostrado que el estrés postraumático de los niños palestinos es menos grave cuando sus padres son cariñosos con ellos.19 Por su parte, Rozanna Aitcheson y sus colegas han discernido otros factores favorables a la resiliencia de adolescentes, entre ellos una mayor autorregulación, habilidades de afrontamiento más sólidas, una actitud optimista y la percepción de que la familia se representa el mundo como algo comprensible.20
Investigaciones como la recién mencionada evidencian la importancia de la actitud y la percepción en la experiencia de los palestinos. Para comprender mejor este factor subjetivo, Phillip Hammack destaca el peso de las narrativas históricas e identitarias, entre ellas las narrativas trágicas de pérdida y desposesión.21 Su trabajo nos permite vislumbrar cómo las narrativas, al incidir en la subjetividad, podrían contribuir al alivio del sufrimiento de la juventud palestina.
El alivio puede buscarse también de modo estratégico y metódico a través de técnicas de rehabilitación como las implementadas por Sofián El-Astal con estudiantes de Gaza, ofreciéndoles talleres con meditaciones enfocadas al perdón y ejercicios de respiración, expresión, autoestimulación e imaginación de un lugar seguro.22 Hay, obviamente, otros posibles tratamientos. Uno bien conocido por su eficacia, usado por Dana Bdier y Fayez Mahamid con adolescentes palestinos traumatizados, es la terapia cognitivo-conductual de exposición prolongada, consistente en un acercamiento gradual a los recuerdos y sentimientos relacionados con el trauma.23
Sin duda tratar el trauma es necesario, pero insuficiente cuando la situación traumatizante persiste durante el tratamiento. Mientras el Estado de Israel mantenga la ocupación de tierras y la violencia mortífera y devastadora contra el pueblo palestino, las diversas técnicas psicoterapéuticas y de rehabilitación concebidas por El-Astal y por Bdier y Mahamid constituyen simples cuidados paliativos que no curan el mal, sino que se limitan a calmar síntomas como los del estrés postraumático. La idea misma de este estrés es engañosa, pues los palestinos continúan viviendo en una situación traumática, no estando en un momento ya postraumático.
Digamos que los palestinos todavía no están en un lugar seguro y es por esto que solo pueden imaginarlo como en la técnica de El-Astal. Detrás de lo que se imagina, la realidad material es de total inseguridad en una situación traumática permanente, la cual, sobra decirlo, existe por sí misma, independientemente de las narrativas a las que se refiere Hammack. Tal vez la elaboración de la experiencia traumática pueda favorecerse narrativamente, pero no es así como se acabará con el trauma y se disipará lo traumatizante. Centenares de miles de palestinos permanecerán traumatizados mientras el Estado de Israel siga traumatizándolos, mientras continúe hostigándolos, amenazándolos, intimidándolos, acorralándolos y atacándolos con drones, balas y bombardeos.
En condiciones de ocupación, despojo y guerra permanente, no puede apostarse únicamente por factores psicológicos tales como el cariño paterno y el optimismo a los que se refieren Punamäki y Aitcheson con sus respectivos colaboradores. Lo que se despliega en estas pequeñas soluciones para grandes problemas no es más que la debilidad e impotencia de los psicólogos, así como también a veces, tan sólo a veces, la mezquindad y la miseria de la psicología. La comprensión psicológica de los efectos no debería llevarnos a olvidar la causa, la realidad material e histórica de la violencia de Israel contra Palestina, para concentrarnos en los factores atenuantes o agravantes.
Haj-Yahia y Makkawi: superando las insuficiencias de la psicología sobre Palestina
Estudios como los recién cuestionados no sólo presentan los problemas que acabamos de resaltar, sino muchos otros que han sido perspicazmente identificados por diversos autores críticos. Lo que distingue a estos autores es que admiten abiertamente el meollo político del asunto, refiriéndose con claridad a la ocupación israelí, sin encubrirla con la fantasía del “conflicto” y sin limitarse a curar sus efectos psicológicos. Hay aquí una suerte de buen sentido que proviene del pueblo palestino y que permite volverse críticamente contra las investigaciones, reflexiones e intervenciones de la psicología sobre Palestina que revisamos en los dos apartados anteriores.
Muhammad Al Haj-Yahia fue pionero al cuestionar las insuficiencias metodológicas de la investigación psicológica en Palestina, su empleo de escalas occidentales culturalmente inadecuadas para el contexto y la falta de utilidad y aplicabilidad para la población con la que se investiga.24 Habiendo leído a Haj-Yahia, Ibrahim Makkawi completó su cuestionamiento al criticar la orientación “reduccionista, individualista y positivista” de la misma psicología que investiga en Palestina, así como su pretensión de neutralidad y su propósito exclusivo de “promoción académica” sin efectos concretos en la realidad.25 La mayoría de los psicólogos, psicoterapeutas y psiquiatras no estarían para Makkawi al servicio del pueblo palestino, sino de sí mismos y de las instituciones u organizaciones en las que se insertarían, ya fueran gubernamentales o no gubernamentales.
Al indagar sobre las causas de la desconexión de los trabajadores de salud mental con respecto al pueblo palestino, Makkawi las encontró en los Acuerdos de Paz de Oslo de 1993. Los Acuerdos instituyeron un marco liberal con el que se facilitó, reguló y promovió la invasión de “financiamiento proveniente de países capitalistas occidentales”, el cual, además de corroer la “cohesionada comunidad palestina”, sirvió para debilitar a las “antiguas organizaciones voluntarias de base” y sustituirlas por organizaciones no gubernamentales con “enfoques individualistas del asesoramiento y la psicoterapia”.26 Estas organizaciones dispusieron de recursos suficientes para cooptar a numerosos psicólogos, psiquiatras y psicoterapeutas, despolitizándolos y desconectándolos del pueblo palestino al atraparlos en sus agendas, lógicas y prioridades.
Sublevándose contra la despolitización y la desconexión de sus colegas con respecto al pueblo palestino, Makkawi propuso una psicología comunitaria crítica repolitizada y reconectada con el pueblo. Su propuesta se fundó en el reconocimiento de que las violencias escolar y doméstica, las conductas de alto riesgo, la incapacidad para empoderarse y otros problemas de salud mental derivan de fenómenos tales como “la ocupación continua, la violencia militar, el muro de separación colonial, los puestos de control, el embargo económico, el aumento de la pobreza, el encarcelamiento y la tortura, los asesinatos y las matanzas, el cierre de escuelas y la destrucción sistemática de la infraestructura” en Palestina.27 Estos fenómenos objetivos fueron entonces el centro de atención del programa de “psicología comunitaria crítica no-reduccionista” implantado por Makkawi en la Universidad de Birzeit en Cisjordania: un programa inspirado en parte por el pensamiento latinoamericano comprometido, guiado por métodos como la investigación acción participativa de Orlando Fals Borda y acompañado por una “psicología social de la liberación” basada tanto en la propuesta homóloga de Ignacio Martín-Baró como en la “educación dialógica” y la “concientización” tal como fueron concebidas por Paulo Freire.28 El trabajo en Birzeit ha constituido una excepción en Palestina, donde la psicología, la psicoterapia y la psiquiatría suelen permanecer confinadas en el reduccionismo, el individualismo, el positivismo, el academicismo y los demás problemas diagnosticados por Makkawi.
Meari y Jabr: Nakba, sumud e intifada
El diagnóstico de Makkawi se confirma en los estudios psicológicos y psiquiátricos sobre el trauma en Palestina. En éstos, Lena Meari ha detectado una orientación “eurocéntrica” y “liberal” que tiende a individualizar, psicologizar, despolitizar y descontextualizar el trauma al ver a los palestinos ya no como actores, sino como simples víctimas, lo cual tiene “ramificaciones subjetivas y políticas perjudiciales para la lucha anticolonial”.29 Como alternativa, lo que propone Meari se resume con el concepto palestino de sumud, pero no concebido como una simple resiliencia psicológica, sino como una capacidad política de resistencia, como una “fuerza indefinible que representa la posibilidad de la praxis política fuera del ámbito de las formas normalizadas de la política”, una “firmeza” que es “un devenir revolucionario constante que abre la posibilidad de un régimen alternativo de ser, de una identidad relacional ético-política”.30 Todo esto, que permite resistir efectivamente contra la ocupación israelí, corre el riesgo de perderse cuando los trabajadores de la salud mental psicologizan y así despolitizan el trauma de la ocupación, el sumud palestino y la forma en que se manifiesta en la resistencia, en la intifada.
En concordancia con Meari, Samah Jabr ha observado que los psicólogos, los psiquiatras y los psicoterapeutas pueden llegar a debilitar el sumud y la intifada, la firmeza y la resistencia de los palestinos, así como exacerbar lo que sufren, al pretender que “los problemas están en sus cabezas”.31 Jabr también ha coincidido con Meari al criticar especialmente la noción occidental individualista del trauma por no corresponder ni a la realidad histórica, ni a la especificidad cultural, ni a la naturaleza colectiva de la experiencia palestina de “humillación, objetivación, desamparo forzado y exposición diaria al estrés tóxico”.32 Ignorando esta experiencia, un diagnóstico forzado como el de trastorno de estrés postraumático tan sólo serviría para patologizar al individuo “sin ofrecer soluciones para un contexto patógeno”33 y sin captar plenamente “la experiencia del trauma histórico de los palestinos, un trauma deliberado, colonial, continuo, colectivo, cumulativo e intergeneracional”, así como “sistemáticamente infligido”, que “reverbera en todos los dominios de la vida, la salud, la identidad, la cultura y la economía”.34 Estos rasgos de la experiencia de los palestinos constituyen el eje rector de la teoría del trauma histórico desarrollada por Jabr.
El paradigma del trauma histórico es la Nakba, pero concebida en Jabr no sólo como la catástrofe provocada por los israelíes cuando expulsaron de sus tierras a casi un millón de palestinos en 1948, sino como todo lo que se desencadenó en ese momento y perdura hasta nuestros días, lo que se padece como “insulto renovado”, como “aflicción acumulativa”, como “herida que nunca fue curada”, como “autoimagen damnificada” que se transmite de generación en generación.35 El único remedio para esta experiencia traumática se encuentra para Jabr más allá del plano psicológico individual, en la “cura colectiva mediante narraciones populares, mediante rituales y representaciones simbólicas”,36 pero sobre todo en el sumud y en la intifada, en la firmeza y en una lucha de resistencia “humanizadora” que permite superar el sentimiento de impotencia y asegurar la “coherencia cognitiva mediante el rechazo de la opresión”, así como en la solidaridad internacional que “valida la humanidad de los palestinos al reconocer sus sentimientos y su subjetividad”.37 El único remedio para el trauma es entonces político, lo cual, para Jabr, es congruente con el hecho de que la causa del trauma es también política.
Farajallah, los Sheehi y el equipo de Hakim: política, historia y contexto de la psicología en Palestina
El reconocimiento del factor político, tanto en la causación como en la curación del trauma palestino, puede encontrarse en Iman Farajallah. Este autor adopta la visión de Sami Owayda, representante de la Organización Mundial de la Salud en Gaza, cuando admite que la causa del trauma es la ocupación y que por ello “la solución es política y no psicológica”.38 Entre las estrategias que Farajallah propone para superar la continua experiencia traumática, están significativamente la de “continuar el apoyo a la causa palestina” y la de evitar “normalizar o perder la esperanza”.39 Trabajar para la salud mental en Palestina exige ir más allá de la psicoterapia individual o grupal y unirse al pueblo palestino en sus campañas y protestas callejeras contra la injusticia de la que son víctimas.
Gracias a su conexión con el pueblo palestino, Farajallah adquiere el buen sentido por el que reconoce que únicamente la acción política permite para ir más allá de los cuidados paliativos al atender “la raíz” del trauma con “un enfoque integral que incluya el fin de la ocupación”.40 Algo tan simple y evidente como lo reconocido por Farajallah es lo que suele perderse de vista en la psicología sobre lo que pasa en Palestina y, especialmente, en sus propuestas de tratamientos apolíticos de trastornos traumáticos descontextualizados. En tales tratamientos, de hecho, el contexto político de la colonización israelí desaparece tras la pantalla psicológica de sus consecuencias traumáticas para los individuos traumatizados.
En el mismo sentido que Jabr y Farajallah, Lara y Stephen Sheehi ponen de relieve cómo el colonialismo de asentamiento o poblamiento, con su aspecto “psicológicamente extractivo”, puede ser encubierto por los profesionales de la salud mental con sus discursos enfocados a la “normalización”, el “trauma” y la “resiliencia”.41 Los Sheehi también denuncian cómo los paradigmas de la “víctima del trauma” y de la “resiliencia apolítica” sólo sirven para “vaciar a los sujetos palestinos de sus mundos interiores, de sus políticas sexuales y de género, de sus condiciones materiales y de sus contextos políticos”.42 Esta despolitización y desmaterialización acompañan irremediablemente la psicologización de lo sufrido por los palestinos.
La propensión de los psicólogos a psicologizar y a mistificar de otros modos lo que ocurre en Palestina es minuciosamente demostrada y denunciada en el trabajo analítico de Nader Hakim y sus colegas.43 Estos autores ofrecen una revisión crítica sistemática de los trabajos existentes de psicología social experimental sobre Palestina, en la que descubren que se tiende a describir el contexto como “conflicto”, a equiparar engañosamente las violencias de Palestina e Israel, a soslayar las circunstancias materiales y a reducir las variables independientes materiales a factores psicológicos tales como sentimientos y actitudes. En general, como observan Hakim y su equipo, la mayoría de los trabajos de psicología social sobre Palestina se caracterizan por la deshistorización y la descontextualización de lo que investigan, evitando reconocer el contexto “como uno de ocupación” y disfrazando la relación “entre los miembros de un estado colonizador y los habitantes nativos de esa tierra” con la imagen de dos grupos de “transgresores” en “conflicto”.44
Para explicar el conjunto de sesgos y mistificaciones que detectan, Hakim y sus colaboradores aluden a la “escasa representación de participantes e investigadores palestinos”.45 Este factor es problemático porque implica ya desde un principio, desde el diseño mismo de las investigaciones, un carácter fundamentalmente sesgado, parcial y tendencioso a favor de la perspectiva israelí. Además, lo que aquí más nos importa, la falta de representación del pueblo palestino en las investigaciones impide aprender todo lo que este pueblo puede enseñarnos.
La psicología crítica y su conexión con el pueblo palestino
La enseñanza del pueblo palestino es precisamente aquello por lo que se distinguen los trabajos de autores críticos tales como los recién mencionados. Lo distintivo de estos autores no es exactamente el hecho de ser de Palestina y no de Israel, pues algunos, de hecho, ni siquiera son de Palestina. Lo distintivo es, más bien, lo que estos autores han aprendido humildemente del pueblo palestino, de su experiencia histórica de sufrimiento, de lucha y resistencia.46
Lo enseñado por el pueblo palestino convierte a los autores críticos en portavoces, representantes e intelectuales orgánicos del pueblo, permitiéndoles incluso asimilarse a él. Gracias a tal asimilación, autores como Jabr y Makkawi pueden pensar con el pueblo y como pueblo. Se distinguen así de expertos convencionales como los abordados con anterioridad, como Kelman, Ben-Meir, Hammack, El-Astal o Bdier y Mahamid, que tienden a ponerse por encima de los saberes populares y guiarse exclusivamente por los saberes académicos-profesionales psiquiátricos y psicológicos.
Así como la conexión con el pueblo palestino no es un privilegio de los psiquiatras y psicólogos palestinos, de igual modo la desconexión y el distanciamiento con respecto al mismo pueblo es un problema no sólo de los israelíes, europeos y estadounidenses que trabajan en la región, sino igualmente de muchos psiquiatras y psicólogos palestinos. Muchos de ellos deben o prefieren trabajar como científicos o expertos despolitizados, como profesionales o académicos desconectados y distantes del pueblo palestino, al servicio de instituciones u organizaciones que funcionan en el marco liberal de los Acuerdos de Oslo de 1993, con los que se asegura la coexistencia de israelíes y palestinos en condiciones de ocupación, colonización, dominación, opresión y aniquilación de los segundos por los primeros.47 En condiciones como éstas, el trabajo normal de la psiquiatría y la psicología, tal como se concibe en Israel, Europa y Estados Unidos, ha exigido lógicamente desconectarse y distanciarse del pueblo palestino.
La desconexión y el distanciamiento con respecto al pueblo palestino se traduce de modo lógico y necesario en puntos ciegos, débiles y problemáticos en las investigaciones que atañen al mismo pueblo, puntos detectables con facilidad por los autores que se mantienen cerca del pueblo e internamente conectados con él. Gracias a esta conexión, los autores críticos están en la mejor posición para discernir los errores, las carencias, los sesgos y los demás problemas de los trabajos psicológicos en los que se intenta explicar y resolver el supuesto conflicto o bien detectar, comprender y tratar sus efectos en los sujetos. Esta psicología sobre Palestina delata su inadecuación cultural, su eurocentrismo, su liberalismo, su individualismo y sus mecanismos de psicologización, despolitización, deshistorización y descontextualización cuando se juzga en Palestina, desde Palestina, desde el punto de vista del pueblo palestino, que es precisamente el punto de vista que se adopta en la psicología crítica palestina.
Además de su capacidad crítica, los psicólogos críticos palestinos pueden transmitirnos mucho de aquello que aprenden positivamente del pueblo palestino. Una parte de este aprendizaje se pone en evidencia en varias lecciones para la psicología, entre ellas ocho que reviso minuciosamente en otro lugar, mostrando cómo abren vías alternativas para escapar de las inercias dominantes en el ámbito psicológico académico y profesional: conexión con el pueblo como remedio contra el aislamiento de profesores y profesionistas, visión desde abajo para desafiar las perspectivas elitistas dominantes, descolonización ante la dependencia y la dominación de las epistemes europeas-estadounidenses, territorialización para terminar con el universalismo, rememoración frente a la amnesia, colectivización ante el individualismo liberal, resubjetivación contra el objetivismo y repolitización para superar el psicologismo.48 Estas lecciones y otras más podrían cambiar profundamente la psicología y otras ciencias humanas y sociales que se enseñan en las universidades y se practican en sociedades de todo el mundo. Sin embargo, difícilmente sucederá así, pues el cambio se ve obstaculizado por factores adversos e insuperables: factores estructurales económicos, políticos e ideológicos inherentes a la actual fase histórica de consolidación del capitalismo, los cuales, por cierto, contribuyen también a perpetuar la violencia del Estado de Israel.
Conclusión
La violenta ocupación israelí de los territorios palestinos está sostenida por la estructura capitalista con su lógica neocolonial imperialista, expansionista, racista y extractivista. Esta estructura es la misma por la que se mantiene la dominación de ciertos modelos psicológicos estructuralmente funcionales para el capitalismo.49 En cuanto a las alternativas en la psicología crítica, no pueden sino ser marginales y resistir con enormes dificultades, al igual que el pueblo palestino, pero obviamente en planos diferentes y con implicaciones vitales incomparables.
Aunque respetando el abismo que se abre entre la vida y su teorización, quizás debiéramos guiarnos por el pueblo palestino al reconsiderar lo que significarían la marginalidad y la resistencia, así como la transgresión y la subversión, para quienes abordamos críticamente los discursos teóricos de la psicología. ¿No es acaso lo que han hecho los psicólogos críticos palestinos al cuestionar las investigaciones psicológicas sobre Palestina? El cuestionamiento se ha hecho desde Palestina, en Palestina, pero no exactamente como lugar geográfico, sino como posición política de marginalidad y de resistencia, de transgresión y subversión, de firmeza entendida como sumud y de lucha entendida como intifada.
Ciertamente, por más politizada que esté, la psicología crítica palestina realiza un trabajo teórico riguroso, consistente y bastante elaborado. Sin embargo, si aquí hay teoría, es en un sentido muy preciso que ha sido perspicazmente captado por Ilan Pappé en varios teóricos palestinos: el sentido paradójico de una “teorización práctica” realizada en espacios marginales, vinculada con la resistencia, inserta en una cultura “entrelazada con lucha política” y necesariamente “relevante para la lucha por la liberación”.50 Esta clase de teorización es la que ha producido propuestas de psicología crítica palestina como las que aquí hemos revisado.
Como hemos apreciado, los psicólogos críticos palestinos desean poner sus recursos teóricos y prácticos al servicio de su pueblo y de su lucha de liberación. Aspiran así a que su psicología sea liberadora, pero saben que esto sólo es posible, como nos lo enseñó alguna vez Martín-Baró en América Latina, cuando la misma psicología consigue liberarse de sus propias cadenas.51 En el caso de Palestina, estas cadenas son precisamente aquello a lo que se dirigen las críticas en cada autor al que nos referimos: la inadecuación cultural en Al Haj-Yahia, el reduccionismo y el individualismo en Makkawi, la psicologización en Jabr y Meari, la despolitización en Farajallah, la normalización en los Sheehi y la deshistorización y la descontextualización en Hakim y sus colegas.
Las cadenas de la psicología son el objeto de la psicología crítica palestina, la cual, volviéndose de manera crítica sobre sí misma, busca liberarse de las cadenas que le impiden ser liberadora para el pueblo. Comprendemos que sea finalmente por el pueblo, por su lucha de liberación, que pueda tener sentido algo como la psicología crítica en contextos en los que el mismo pueblo necesita liberarse para salvarse, para sobrevivir, para no ser aniquilado por el poder brutal que lo domina.










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