Un acercamiento es un acercamiento
En su nota liminar a Canciones para la comida del ogro (1943-1945), que junto con El agua de los puentes (1955) y La ausencia de lugar (1956) son los primeros poemarios de Edmond Jabès, Francisco Magaña, el compilador y traductor, dice: “A diferencia de la impronta temática que consolidaría su escritura posterior, la que aquí se congrega presenta el acto de contar historias que celebra los placeres de la imaginación. El trazo fino de la observancia al mundo surreal y el desarrollo de sus propuestas —puntual y pulcro— confieren al conjunto un sostenido punto de tensión: el vértigo hipnótico de una poesía que escapa a nuestros sentidos inmediatos para tomar por asalto las zonas más lúdicas del espíritu”.
Canciones para la comida del ogro apareció en el sello independiente taberna libraria, de Zacatecas, bajo el cuidado del también poeta Juan José Macías, en 2015. En la charla que sostuve con Dánivir Kent durante el programa de radio Poesía on the Rocks, que conduce Iliana Hernández Arce, comentamos que parecería que poca gente o casi nadie lee a un poeta tan complejo como Edmond Jabès; sin embargo, recordamos a Chico Magaña, a Juan José Macías, a Minerva Margarita Villarreal, a Jorge Esquinca y a Françoise Roy, por mencionar un puñado de poetas mexicanos que lo leen desde hace bastante tiempo.
En mí su obra ha tenido una repercusión que yo desconocía. En mis más recientes títulos recupero parte de los escritos que han suscitado sus versos y reflexiones. Desde siempre, me he quedado con líneas, aforismos en realidad, que me conectan con esta rama de la poesía reflexiva de Antonio Porchia o Roberto Juarroz, para ubicarme en el contexto latinoamericano, pero que en realidad vienen de la poesía francesa, si quisiéramos darle un sitio físico en Occidente, porque sabemos que se ha nutrido de la poesía del Oriente.
Hablo de realidad, pero no hay nada más difícil de atrapar que nuestro concepto de ella. Tal vez por eso disfrutamos esta poesía de Jabès que, plena de aparentes certezas, lo que hace es indagar, profundizar y suscitar nuevas lecturas. Esto que dice Magaña que es “el vértigo hipnótico de una poesía que escapa a nuestros sentidos inmediatos para tomar por asalto las zonas más lúdicas del espíritu”.
Igualmente, por asalto, me sentí atrapado por Fuego en la pupila. Un acercamiento a El libro de las semejanzas de Edmond Jabès, de Dánivir Kent Gutiérrez (Universidad de Guadalajara, 2023). Este libro de análisis abre con un espléndido prólogo de Silvana Rabinovich titulado, nunca más oportuno, “¡Por Dios: abramos los oídos, alto al fuego!”, y da paso a las secciones: “Preámbulo para una lectura de El libro de las semejanzas”; “Imagen y semejanza. Panorama general del problema de la imagen en la tradición judía”; “Expresión y desobramiento; Violencia e idolatría” y, finalmente, “In-conclusiones”.
Este trabajo de ardua y aguda reflexión de Dánivir Kent tiene la solidez del estudio académico, pero no deja de lado la perspectiva poética de revisitar no únicamente El libro de las semejanzas de Jabès sino sus obras más relevantes. Las acompaña, además, con materiales gráficos y referencias fílmicas que contextualizan las preocupaciones y elecciones afectivas y discursivas del poeta egipcio. Se trata de un trabajo filosófico de gran altura, pleno de citas, por supuesto, que nos llevan por caminos intransitables, a veces, por la falta de referencias inmediatas. Más allá de ese golpe de humildad al que nos vemos sometidos, está la invitación a leer a esos filósofos que nutren el panorama de estudios de Dánivir Kent y que elaboran, con ella, una aproximación a uno de los poetas más lúcidos, propositivos e inconmensurables del siglo XX; Jabès lo mismo trabaja la palabra que el silencio, las cuestiones políticas y religiosas, el exilio y la historicidad como recursos para encontrar semejanzas y diferencias, siempre a partir de una postura meditativa que remite al desierto, sí, pero también a la introspección más amplia.
Otro de mis poetas tutelares en cuanto a la Poética del Silencio, José Ángel Valente, en su epílogo “La memoria del fuego” a Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato, señala:
Tal vez —explica Jabès a Marcel Cohen— eran necesarios el éxodo, el exilio, para que la palabra cortada de toda palabra —y confrontada así al silencio— adquiriera su verdadera dimensión. En efecto, todavía joven, en la época de su vida en El Cairo, Jabès solía abandonar la ciudad e internarse, solo, en el desierto durante dos días. Cuánto de esa práctica, “necesidad urgente del cuerpo y del espíritu”, iba a derivarse en el decurso de su evolución ulterior y se encuentra, según su propio decir, en el centro mismo de sus libros o acaso, pensamos, constituye ese centro.1
Si la llama es la forma en la que se manifiesta la palabra de Jabès, la relación del libro y del fuego es un pacto al que solamente podemos acceder por la memoria.
Para cerrar con Valente: “Todo libro debe arder, quedar quemado, dejar solo un residuo de fuego”. Y en nosotros, sus lectores, el Fuego en la pupila nos permitirá recrear esa memoria y adentrarnos, por días, con solo nuestro espíritu y lecturas, en esa realidad que nos excluye o que no comprendemos cabalmente, pero que nos acerca, un poco más, al espejo con el que nos miramos en el mundo.









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