SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.73 número2Esther Martínez Luna, Soñadores, espectadores, sabias y pirracas. Figuras y discursos literarios en los albores del siglo XIX en México. Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2022; 165 pp.Christina Karageorgou-Bastea, Beyond intimacy. Radical proximity and justice in three Mexican poets. McGill-Queen’s University Press, Montreal-Kingston, 2023; 203 pp. índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay artículos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Nueva revista de filología hispánica

versión On-line ISSN 2448-6558versión impresa ISSN 0185-0121

Nueva rev. filol. hisp. vol.73 no.2 Ciudad de México jul./dic. 2025  Epub 08-Ago-2025

https://doi.org/10.24201/nrfh.v73i2.4006 

Reseñas

Sergio Ugalde Quintana, Filología, creación y vida: Alfonso Reyes y los estudios literarios. El Colegio de México, México, 2024; 390 pp.

1The City University of New York ernesto.mendoza@csi.cuny.edu

Ugalde Quintana, Sergio. Filología, creación y vida: Alfonso Reyes y los estudios literarios. El Colegio de México, México: 2024. 390p.


A lo largo de una intensa labor como estudioso de la literatura, una inquietud constante ha acompañado el trabajo intelectual de Sergio Ugalde: la posibilidad de que el saber sobre la literatura devenga un saber literario; de que el filólogo se deje habitar por su objeto de estudio y que la creación literaria encuentre una fuente para su articulación estética en la producción del conocimiento filológico. A partir de este vínculo indisoluble entre saber y creación, el trabajo académico de Sergio Ugalde evoca una afirmación sugestiva hecha por Roland Barthes en el prefacio a sus Ensayos críticos de 1963: el crítico es un escritor. Entonces, cabría leer la crítica como escritura y, al mismo tiempo, observar los efectos de los poderes de la filología en el hecho literario. Éste es el propósito de Filología, creación y vida, en cuyas páginas Sergio Ugalde lee la obra de Alfonso Reyes desde el cruce entre el estudio filológico que el intelectual regiomontano ejerció en vida y su actividad como narrador, ensayista, poeta, diplomático y fundador de instituciones. Para ello fue indispensable tomar en cuenta el elemento propiciador de tal imbricación: la experiencia vital de Reyes y la vida colectiva trazada como un horizonte de la individual, pues, como muestra Sergio Ugalde, la primera mitad del siglo XX estuvo marcada por un régimen epistémico que procuraba la forma como materialización del mundo de la vida. La obra de Reyes fue parte de ese universo discursivo.

Filología, creación y vida consta de seis capítulos en los que se estudian momentos específicos de la biografía de Alfonso Reyes con el fin de evidenciar la íntima relación entre la obra creativa del poeta y narrador y su saber sistemático sobre la literatura. Sergio Ugalde argumenta, con base en un estudio exhaustivo de algunas obras de Reyes y del universo de su archivo, que la actividad intelectual de este escritor muestra la aparición de una nueva subjetividad moderna a principios del siglo pasado, en relación con el surgimiento de aproximaciones críticas y de formas literarias que rompieron el régimen de saber decimonónico. A lo largo del libro se advierte que la literatura determina el quehacer erudito que la estudia, pero, como lo demuestra la producción creativa de Reyes, también la filología puede generar las condiciones para los cambios estéticos de la literatura. Asimismo, el autor argumenta en varias ocasiones que la búsqueda de una determinada forma literaria conllevó necesariamente un proyecto político: la literatura y la filología funcionaron como tecnologías de construcción de subjetividad durante las coyunturas vividas por Reyes: la Revolución mexicana, la Primera Guerra Mundial, el ascenso del fascismo, la Segunda Guerra y la consolidación del Estado posrevolucionario en México.

En el primer capítulo, “Cosmopolitismo occidental y crítica literaria” (pp. 39-138), a partir de un análisis filológico de Cuestiones estéticas (1911), se destaca el empeño del joven Reyes por inscribirse en la órbita de un saber cosmopolita sobre la literatura, al trabajar con un corpus de obras escritas por filólogos europeos, y, al mismo tiempo, por insertarse en esa tradición. En un contexto que podríamos llamar bisagra entre las “redes discursivas” del siglo XIX y el XX (utilizo el término de Friedrich Kittler), los doce ensayos que componen el libro juvenil de Reyes desafían los modos de aproximación a la literatura clásica que practicaban sus profesores de la Escuela Nacional Preparatoria: por un lado, la retórica y la preceptiva (que dictaban Rafael Ángel de la Peña, Victoriano Salado Álvarez, Manuel G. Revilla); por otro, una lectura estetizante característica de los autores cercanos al modernismo (Jesús Urueta, Amado Nervo, Luis G. Urbina).

La diferencia radical con respecto al método de estos profesores, fue el gesto de intencionalidad crítica que tuvieron Reyes y los jóvenes que conformaron el Ateneo de la Juventud en 1909, al crear un archivo filológico procedente de tres tradiciones europeas que en el México de principios de siglo eran toda una novedad: el esteticismo inglés (Walter Pater, Oscar Wilde, John Ruskin, Gilbert Murray), la Grecia pesimista y delirante de la filología clásica alemana (Friedrich Nietzsche y Otfried Müller), y el helenismo armónico de Francia (Leconte de Lisle, Henri Ouvré, Alfred y Maurice Croiset). Las traducciones de los textos clásicos y los estudios críticos de estos autores constituyeron las lecturas que ocuparon al joven Reyes y a sus compañeros. Así lo muestra Sergio Ugalde a partir de un estudio minucioso de los intercambios epistolares entre Reyes y varios personajes vinculados a la literatura y a la filología en América y Europa, así como de sus libros anotados y los manuscritos que sirvieron de base para la elaboración de su obra temprana.

La interpretación de este material destaca la emergencia de “un sujeto cognoscente” y “un lector literario que explora espacios de la conciencia más opacos” (p. 93). Según la lectura de Ugalde, Reyes y sus compañeros del Ateneo encontraron una nueva subjetividad en valores como “el pesimismo, la serenidad e ironía” en “las lecturas directas de las obras y en los comentarios filológicos sobre la antigüedad clásica” (p. 94). Además, esta nueva subjetividad moderna descansaba sobre una filosofía vitalista con base en la cual el drama antiguo se interpretaba como expresión del pathos humano y de la tragedia universal. De ahí que el sentido báquico y dionisíaco explorado por Otfried Müller y Friedrich Nietzsche fuera crucial para la visión del mundo clásico que forjaron los ateneístas.

Sergio Ugalde trae a cuento un caso de articulación entre un archivo filológico y la escritura de Alfonso Reyes en su lectura de “Las tres Electras del teatro griego” (1908), uno de los trabajos incluidos en Cuestiones estéticas (1911). Ahí, Reyes echa mano de su biblioteca filológica para ensayar sobre la figura de Electra en los dramas de Esquilo, Sófocles y Eurípides. En Esquilo, basándose en “La dramaturgie d’Eschyle”, de Henri Weil, Reyes destaca una Electra seductora y delicada; en Sófocles, una Electra rebelde, tenaz y despótica, para lo cual recurre a “Les phéniciennes et la purgation des passions” del mismo Weil; en Eurípides, la Electra humana, decadente y adolorida, pero también encarnación del valor, la emoción y la astucia, atributos que pone de relieve con base en Maurice Croiset y Émile Egger. En este ensayo, Reyes también reflexiona sobre las funciones del coro para el surgimiento de los personajes en el drama antiguo, estableciendo un diálogo íntimo con los estudios de Nietzsche, El origen de la tragedia, y de Otfried Müller, Historia de la literatura griega. La función genealógica del coro sería uno de los fundamentos poéticos de Ifigenia cruel (1924), escrito años más tarde. Así, Sergio Ugalde muestra la indiscutible relación “entre el análisis sistemático de algunas obras, la reflexión sobre el fenómeno literario y la creación poética” (p. 100).

En este mismo capítulo, hay un apartado que destaca la inquietud de Reyes por comprender la movilidad del pensamiento y su expresión por medio del lenguaje literario: “Sobre el procedimiento ideológico de Stéphane Mallarmé”. Llama la atención que los pasajes que Sergio Ugalde utiliza para sus observaciones muestran a un Reyes interesado en el vitalismo que es inmanente al cuerpo del escritor de literatura. En este ensayo acerca de Mallarmé, incluido igualmente en Cuestiones estéticas, Reyes discurre sobre la naturaleza de la mente, el proceso de “cerebración”, que termina por articular una forma poética: “[las] irrupciones de imágenes y pensamientos, como obedecen a una cerebración casi automática y personalísima a todas luces, escapan a la previsión racional... Porque ello no es racional, o más claramente, no es raciocinal, pero es natural, pero es imitación directa de los fenómenos de la mente” (p. 112). En esta cita se hace evidente que la naturaleza, el proceso mental, es el centro de articulación de una poética. Para Reyes, la vida es el fundamento de la forma. A partir de ese interés por los procesos psicológicos que fluyen en el lenguaje, y de sus lecturas de William James, el joven intelectual comenzó a incorporar el vocabulario de la fenomenología, lo cual mantuvo a lo largo de su vida. Asimismo, este ensayo de juventud posicionó a Reyes como el primer crítico latinoamericano de la obra de Mallarmé que recurría a un sistema de análisis filológico, en medio de una atmósfera de rechazo e incomprensión por parte de la crítica en México. De nuevo, la actitud crítica del autor de Cuestiones estéticas desafiaba las aproximaciones decimonónicas a la literatura.

Otro apartado de mucho interés versa sobre la relación intelectual de Reyes con la obra de Goethe. En el minucioso análisis de “La cena”, Sergio Ugalde muestra el andamiaje filológico de ese cuento fantástico: las conclusiones críticas sobre la simetría en la obra del poeta de Weimar llevan al Reyes cuentista a confeccionar su relato utilizando una serie de paralelismos entre los estados de la mente, los objetos, los espacios y los cuerpos, como sucede con el rostro del personaje Alfonso que se duplica en el cuadro del capitán. Éste es el universo de duplicidad que Reyes había destacado en “Sobre la simetría en la estética de Goethe”, principalmente en una memoria del poeta de Weimar en la que él se encuentra a sí mismo, yendo a caballo en dirección inversa. El vínculo entre filología y creación es indudable.

El siguiente capítulo, “Nacionalismo e historia de la literatura” (139-189), indaga en la creación de una tradición literaria mexicana a cargo de Reyes, justo en el contexto de los festejos del centenario de la Independencia (1910). De este apartado del libro, llama la atención el poder que el autor de Visión de Anáhuac encuentra en la filología y en la creación literaria para la formación de una subjetividad nacional moderna. El vínculo entre forma y naturaleza es esencial para llevar a cabo tal objetivo. Durante los festejos del centenario, Reyes buscó los elementos esenciales que permitieran delinear los contornos de una literatura nacional. Como lo constata Sergio Ugalde en su lectura de las conferencias que Reyes dictó en aquel contexto nacionalista, “Los Poemas rústicos de Manuel José Othón” (1910) y parte de su trabajo El paisaje en la poesía mexicana del siglo XIX (1911), el elemento fundante de esa tradición es el paisaje. Sobre la poesía descriptiva de Othón, Reyes señalaría que el “elemento central de su procedimiento poético es situar al yo lírico frente al espectáculo de la naturaleza” (p. 144). Los montes, los bosques, los escenarios naturales y el aire del Valle de México, sinécdoque de todo el país y de una historia que se extiende al pasado precolombino, pasarían a constituir el elemento trascendente y esencial para una articulación estética, una forma, una sensibilidad compartida y una comunidad política. A ese respecto, la poesía y la literatura cumplirían una función cívica nacionalista, al constituirse en tecnología de creación de subjetividad. Estas reflexiones, surgidas de un trabajo de reconstrucción filológica, llevan a Sergio Ugalde a concluir que esta teoría paisajística fue la base para la composición de uno de los textos más emblemáticos de Reyes, Visión de Anáhuac (1519): otra imbricación entre filología, creación y vida.

Sobre el capítulo tercero, “Filología y enseñanza: la Escuela Nacional de Altos Estudios (1912)” (pp. 191-209), habría que destacar la manera en que la vida individual de Reyes se entrecruza con la vida de la colectividad nacional en el contexto del conflicto político y social propiciado por la Revolución mexicana. La muerte del general Bernardo Reyes, en febrero de 1913, fue para su hijo motivo de reflexión en torno de la palabra hecha vida, de la poesía que es acción, y de la conexión del drama familiar y el transcurrir de un proceso generalizado de agitación violenta. De ahí que Reyes se abocara a la acción, pero en el terreno del trabajo filológico; a tan sólo tres meses de la muerte de su padre, se dedicó empeñosamente a preparar el curso de “Historia de la lengua y la literatura castellanas”, que se impartiría por primera vez en México en la Escuela Nacional de Altos Estudios. Todo el manuscrito que serviría como base para las clases, nos cuenta Sergio Ugalde a partir de un delicado trabajo de archivo, se llevó a cabo en hojas membretadas con el nombre de Bernardo Reyes. Si el general había encontrado en los campos de batalla la relación entre literatura y vida, Alfonso Reyes daría su propia batalla en el terreno intelectual tratando de profesionalizar e institucionalizar los estudios literarios para la patria del futuro: Pater = Patria; filología = vida.

El siguiente capítulo, “Las negociaciones con el hispanismo (1914-1920)” (pp. 211-258), narra el paso de Reyes por el Centro de Estudios Históricos de Madrid (CEH), luego de que el escritor mexicano tuviera que salir de su país a causa de la permanente agitación política. Aquí se muestran las polémicas entre dos nacionalismos filológicos en los que se vio inmerso el autor de Visión de Anáhuac: la del panhispanismo basado en la unidad lingüística y cultural de lo que fue un imperio de varios siglos frente al nacionalismo que buscaba resaltar su independencia cultural con respecto a la vieja metrópoli. Por ejemplo, Reyes participó en la polémica que sostuvieron Adolfo Bonilla y San Martín y Pedro Henríquez Ureña sobre la mexicanidad de Juan Ruiz de Alarcón, destacando el carácter protonacional del dramaturgo novohispano con base en su teoría del paisaje; y, sin confrontarlo directamente, polemizó con el hispanismo de su maestro Ramón Menéndez Pidal al exponer las afinidades intelectuales entre Francia y América por medio de sus letrados independentistas.

Lo más atractivo de este capítulo es la lectura de Sergio Ugalde sobre la actividad ensayística de Reyes en El suicida (1917). A partir de la correspondencia entre Reyes y Henríquez Ureña, observa la tensión que el regiomontano sentía entre el disciplinamiento erudito y positivista que le imponía su actividad filológica en el CEH y la búsqueda de libertad para dar vuelo al pensamiento por medio del lenguaje literario. El suicida fue para Reyes un experimento de rebeldía ante la rigidez de la normalización disciplinaria, pues se trata de un texto abierto, sin arquitectura orgánica, proliferante y en perpetuo devenir como el flujo acuático del pensamiento, pero sobre todo como el oleaje de la vida. Ugalde pone en evidencia el íntimo diálogo con Motivos de Proteo, de José Enrique Rodó, y destaca la aparición de una forma de escritura moderna, justo en el momento en que Reyes convivía con modernistas y vanguardistas en la revista Cervantes. A partir de este ensayo, el autor de El suicida comenzó a discurrir sobre la “fenomenología del ente fluido”, que sería el motivo de su trabajo más sistemático de teoría literaria: El deslinde.

Los siguientes dos capítulos, “Diplomacia y saber de la literatura (1932-1936)” (pp. 259-280) y “Humanismo y Guerra (1938-1941)” (pp. 281-304), están conectados por el estudio de la actividad diplomática e internacionalista de Reyes -en el contexto del ascenso del nazifascismo y del auge del americanismo- y la importancia que su saber literario tuvo en esta labor. Vemos a un diplomático respondiendo a la convocatoria de 1932 que lanzó el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual (IICI) para reflexionar y debatir sobre el papel del intelectual y de las humanidades en un contexto tan convulso. Reyes lo hace respaldado en sus conocimientos filológicos y elabora su réplica desde el cruce entre saber y vida. En su carta de respuesta, “Lettre à MM. Paul Valéry et Henri Focillon”, cuyos argumentos retomaría en el ensayo de 1943, “Notas sobre la inteligencia americana” (originalmente, un discurso pronunciado en 1936 ante miembros de la IICI en Buenos Aires), el escritor mexicano señaló que el perfil del intelectual en el nuevo mundo es el del sujeto letrado cuya actividad, por las necesidades prácticas y concretas que demanda el ingreso acelerado de su sociedad a la modernidad, se torna inseparable de su participación en la vida pública. Sergio Ugalde muestra que Reyes elaboró su exposición según la estructura de un drama clásico: la inteligencia americana es el personaje principal, y el coro, las poblaciones americanas. La vida profesional del diplomático estuvo permeada por su conocimiento de la literatura, y el discurso de Reyes como representante de la comunidad de los intelectos adquiere un tono universalizante por la forma literaria que adopta.

Preocupado por el papel del intelectual, e involucrado en las discusiones internacionales del IICI, Reyes regresa a México en 1938 y se concentra en la escritura del ensayo de retorno al mundo antiguo: La crítica en la edad ateniense. Según la interpretación convincente de Sergio Ugalde, esta obra, más que catalogarse como un libro de erudición helenista, puede tenerse por la actualización vitalista del pensamiento clásico para formar un ciudadano modélico en un mundo que parece dominado por la irracionalidad y el desaseo del lenguaje, el caos y la violencia bélica. El arma que puede esgrimir el humanismo se halla en el pasado: la crítica como capacidad de discernimiento y como ejercicio de enfrentar la palabra con la palabra, “porque -señalaría Reyes- Grecia nunca puso en duda el alcance de los instrumentos humanos para todo aquello que nació con el hombre” (p. 294). Este ensayo es irreductible al campo de la filología, pues contiene una reflexión que aspira a ser universal y práctica justo en el momento en que la vida colectiva se siente trastocada por el conflicto mundial, y en un período en el que México da pasos considerables en la fase de consolidación institucional de un nuevo Estado, proceso en el que Reyes colaboró activamente.

El capítulo final, “Fenomenología y estilística en El deslinde (1944)” (pp. 305-339), cierra con el análisis de esta importante obra de Reyes, en la que se sintetiza toda la trayectoria de su autor, como estudioso y creador, al culminar su actividad con la articulación de un sistema teórico sobre el fenómeno literario. Sergio Ugalde argumenta que una capa lingüística, una parte de la logósfera del momento, que impregna la conformación de la teoría de Reyes, estaba constituida por la fenomenología y la estilística. El autor de El deslinde recogió conceptos de ambos campos gracias a la amistad que sostuvo con José Gaos, Amado Alonso y Karl Vossler entre las décadas de 1930 y 1940, y a las lecturas de William James que había emprendido en su juventud. Más que ingresar de manera disciplinada en esos terrenos de la filosofía y de la filología, Reyes se asomó a ellos para deslindar el lenguaje literario de otras variedades, como la historia y la ciencia. La particularidad de lo literario reposaría en su dinámica, en la expresión de la fluidez del pensamiento y de la irracionalidad que se expresan por medio de una forma. Claramente, Reyes estaba retomando sus reflexiones sobre el hecho literario como la estructuración lingüística más cercana al mundo de la vida, de las emociones, de un constante devenir del pensamiento, del cuerpo vivo y sus cerebraciones. Pero al mismo tiempo, la teoría de Reyes tenía implícita una intencionalidad política que daba continuidad a lo que había propuesto en su libro La crítica en la edad ateniense: devolver el lenguaje a su función edificadora de la sociedad y de la persona: observar la formalización del movimiento de la conciencia para llevar a cabo una depuración del lenguaje. Se trataba, como Sergio Ugalde identifica lúcidamente, de “una forma crítica que resalta la relación entre la «poeticidad de lo literario y la subjetividad»… La forma, entonces, se vuelve también una política” (p. 317).

Filología creación y vida es un libro de interés no solamente para los estudiosos de la obra de Alfonso Reyes, sino para quienes se dedican a indagar en la cultura y la historia intelectual de América Latina. Fundamentado en un intenso y riguroso trabajo de archivo, este libro sostiene una perspectiva interdisciplinaria que liga de manera consistente la historia de la filología con los horizontes culturales que dan sentido a sus enfoques. Al mismo tiempo, propone un análisis del sujeto moderno partiendo de las articulaciones de un saber de la literatura y de las formas literarias. Por último, hay que destacar el acercamiento al tema de la política que hay detrás del quehacer filológico. Sergio Ugalde revela el poder que la disciplina ha tenido para legitimar el racismo, el determinismo cultural, la nación étnica y la exclusión, pero también para construir un ideal humanista que aspira a la formación de un ciudadano virtuoso, equilibrado, austero y cosmopolita, por medio del uso de la literatura como tecnología moderna de subjetivación.

Recibido: 11 de Junio de 2024; Aprobado: 27 de Septiembre de 2024

Creative Commons License Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons