La primera señal de que este libro viene a proponer una historia diferente, radicalmente renovadora, de la etnografía y la antropología españolas, que desborda la simple crónica de unos viajeros y de un viaje por la España de 1952-1953 y busca ir más allá de prejuicios y rutinas, es que opta por elevar el nombre de la mujer asistente, Jeanette Bell, hasta el podio del título. A partir de ahí, el personaje femenino que siempre había sido secundario y siempre había quedado en la sombra se las arreglará para mantener un protagonismo constante, ganado con incansable esfuerzo, que competirá, una página tras otra, con el del varonil y famoso jefe de la expedición. De hecho, es probable que una lectura atenta de este libro deje un regusto inquietante, y hasta que suscite un sentimiento de mayor simpatía hacia la mujer ayudante que hacia el hombre que iba al mando. El cual, además de beneficiarse de los eficaces servicios profesionales de su “secretaria” (así la llama repetidamente) y relaciones públicas (particularmente ducha en las estrategias de acercamiento a las españolas a las que había que entrevistar), parece que fue su amante (véase la p. 101), al menos durante una parte de aquel famoso viaje.
Memorable es, como ilustración de todo esto, la sección “«El factor femenino» en la configuración de la colección: Jeanette”, en particular los epígrafes “Visibilizando a Jeanette Bell”; “Las memorias de Jeanette Bell sobre su estancia en España”; “Jeanette Bell y las españolas” y “Las españolas en la transmisión oral del repertorio” (pp. 99-134). Interés máximo tiene, por lo demás, la transcripción de las “Memorias de Jeanette Bell sobre su estancia en España” (pp. 173188), que contienen palabras atormentadas y significativas:
Alan de repente decidió que tenía que ir a Murcia, y que teníamos que partir en dos horas. Pasé la mañana empaquetando las 150 cajas de cinta, metiendo la ropa en maletas, mecanografiando cartas, intentando sacar mi falda de la tintorería y, en definitiva, corriendo de aquí para allá en un estado de pánico miserable. Nunca partíamos hacia ningún lugar sin que me sintiera absolutamente aterrorizada y de muy mal humor.
Odiaba la idea de conducir hacia una nueva ciudad, llamando a las puertas de personas extrañas, mendigando favores, entrando en cocinas privadas, perturbando la vida de todo el mundo (p. 120).
Tampoco dejó de encontrar tiempo Lomax, en aquella ajetreada expedición española, para ejercitar su “interés” por la vida de las prostitutas. Por ejemplo, de aquella “whore” a la que su diario dice que pagó quince pesetas y que suscitó estas consideraciones perturbadoras: “las prostitutas de Palma son casi las mujeres más pobres y devastadas que he visto nunca... Si pudiera haber comprendido y grabado cada una de las palabras de la conversación de Caterina podría, a la vez, haber entendido mucho de España” (p. 131). Hay en la página siguiente del libro una “fotografía de una mujer (¿Caterina?) tomada por Alan Lomax en las islas Baleares”: acostada sobre una cama, con los brazos y los hombros desnudos y el pecho tapado con una colcha. Nada que ver con la recatada ropa de casa ni con la vistosa indumentaria de fiesta con que fueron fotografiadas otras mujeres españolas, cualificadas “informantes” folclóricas, con las que tuvo trato, aunque no de cama, el etnógrafo norteamericano.
Si Lomax hubiese grabado las palabras y las opiniones, emitidas desde el subsuelo, de aquella mujer (y madre: aquel detalle sí que lo entendió el recién llegado norteamericano) forzada a prostituirse en la España de la larguísima posguerra, hubiera probablemente superado, en el terreno de la sociología al menos, todas las marcas de interés y de valor que reúne su sensacional colección de documentos folclóricos. El silencio o el silenciamiento de Caterina tiene, en cualquier caso, su valor, y hoy resulta útil para afinar o para matizar (en sentido no necesariamente positivo) nuestra percepción de la faceta humana del célebre etnógrafo norteamericano, que tantas veces ha sido presentado o representado como un héroe de la folclorística mundial. Es, por lo demás, un silenciamiento más irrevocable que el que pesó durante décadas sobre la “secretaria” Jeanette Bell, el cual ha podido ser mitigado, hasta donde ha sido posible, por Ascensión Mazuela-Anguita.
Los honores de la grabación, de la fotografía en actitudes más presentables, del ingreso en el canon de la folclorística patria, quedaron, en fin, reservados para otras categorías de mujeres y de hombres que, aunque igualmente pobres, fueron en cierto modo redimidos por su acreditación de transmisores de folclore. En ese terreno menos privado y más profesional, la documentación etnográfica y etnomusicológica que Lomax y Bell sonsacaron a la España de 19521953 es, vista desde nuestra ciencia, de valor absolutamente excepcional. Durante los seis meses y medio (desde junio de 1952 a enero de 1953) en los que fueron recalando en pueblos de Baleares, el País Vasco, Madrid, La Mancha, Andalucía, Extremadura, Aragón, Castilla, León, Asturias, Galicia, Cantabria, Murcia, se las arreglaron para registrar, con tecnologías de calidad inaudita en la España de la época, voces insustituibles, que regalaron a la posteridad “en torno a 1.500 piezas de música de tradición oral”, nada menos.
Un tesoro patrimonial que ahora estamos en condiciones de conocer y de interpretar con datos y en contextos mucho más ricos y significativos gracias a la minuciosísima investigación realizada por Mazuela-Anguita en los fondos de la Association for Cultural Equity (ACE) de Nueva York y del American Folklife Center de la Library of Congress de Washington. Y gracias, sobre todo, a la capacidad de la autora para convertir los fríos datos de archivo en crónicas de vidas mejor o peor entrecruzadas y avenidas, y en cuadros impregnados de sentimientos, ideales, miedos, decepciones, cuya sinceridad desentonaba bastante con los códigos de aquella rígida España franquista.
Tirando de aquellos archivos norteamericanos y de otros españoles y británicos, y aplicando también (en sus entrevistas con las hijas de Jeanette Bell, por ejemplo) las técnicas de la historia oral, la autora ha podido no sólo exhumar y ordenar, sino también dilucidar, contextualizar, reinterpretar, con estrategias detectivescas y criterios muy a contracorriente, que no se ciñen únicamente a la aplicación de una reivindicativa perspectiva de género a la figura de Jeanette Bell, una cantidad colosal de
grabaciones sonoras de la música folclórica recopilada por Lomax [y por Bell], cajas originales de las cintas con anotaciones, fotografías, cuadernos de campo, facturas, recibos y otra documentación contable, panfletos de diferentes entidades españolas, mapas anotados que Lomax utilizó en su viaje, centenares de cartas que reflejan la prolífica correspondencia que mantuvo posteriormente con contactos en España -sobre todo con quienes interpretaron para él-, tarjetas de visita de diferentes personalidades que lo ayudaron a localizar nuevos contactos, scripts de una serie de programas de radio que preparó para la BBC y en los que se incluyeron sus grabaciones de música española, diarios, e incluso el manuscrito de parte de un libro que Lomax planeaba publicar junto al musicólogo español Eduardo Martínez Torner en Reino Unido con Oxford University Press (p. 23).
Todo aquel embrollo ingente de documentos, cuidadosamente escrutado y tamizado por la autora de este libro, puede ser percibido ahora en múltiples niveles. En el de la historia de la etnografía, para empezar. Jugosísimas son las informaciones acerca de la actividad y de la personalidad de, entre otros, etnógrafos como Constantin Brăiloiu (con el que Lomax no hizo muy buenas migas), Manuel García Matos (que ayudó hasta cierto punto, y que grabó algunos temas musicales para él), Bonifacio Gil (cortés pero desconfiado), Julio Caro Baroja (orientador solícito y eficaz, como lo había sido y lo sería con otros etnógrafos extranjeros: Foster, Pitt-Rivers, Henningsen, etc.), Juan Uría Ríu (ayudante y acompañante generoso y entusiasta), José Filgueira Valverde (voluntarioso, dentro de lo muy ocupado que estaba), o Eduardo Martínez Torner, quien se iba apagando en su modestísimo exilio londinense pero se mantenía lo más en contacto que podía con las realidades de su país. La noticia que ofrece este libro, por cierto, del manuscrito inacabado (por causa de la muerte del primero) de Torner y Lomax, un equipo muy notable pero también muy disímil en sus métodos y sensibilidades, causa asombro e insta a soñar en su publicación, aunque haya de limitarse a una secuencia de esbozos y apuntes. La “selección de documentación sobre el libro que preparaba Alan Lomax en colaboración con Eduardo Martínez Torner” (pp. 170-172) basta apenas para abrir el apetito. El hallazgo suscita también cierta lástima: el que una figura tan relevante en el panorama intelectual del siglo xx como Torner no encontrase, en sus años de exilio, otro interlocutor y colaborador para un proyecto de libro español que aquel norteamericano que apenas conocía el terreno y las lenguas, y que sólo se quedó seis meses y medio en el país, no deja de ser un dramático indicio de la pobreza o de la falta de miras de la etnografía y de la etnomusicología nacionales del momento.
Es de lamentar, dicho sea de paso, que no saliese adelante el proyecto de “trabajar juntos en el sur de España y Marruecos” (p. 56) que soñaron Larrea y Lomax. Larrea fue un folclorista de método no muy sofisticado, pero no se le daba mal encontrar buenos reservorios de la tradición oral y buenos informantes. No disponía de los medios técnicos de grabación sonora que sí tenía Lomax. Su alianza hubiese dado frutos sin duda muy notables.
Atiende también Mazuela-Anguita a las ayudas o a las barreras que pusieron “párrocos, alcaldes, guías espontáneos y maestros”; a los encontronazos con la guardia civil, con algún que otro falangista y con algún maestro de coro; y al trato chirriante con “el folclore oficial: contactos con la Sección Femenina y los grupos de Educación y Descanso”. Fabulosas son las páginas dedicadas al extrovertido, pintoresco y mundano Walter Starkie (alias “Don Gitano”), protector de Lomax desde los influyentes salones del British Council de Madrid.
Llama la atención, sin duda, la ausencia, en la lista de colegas contactados, de los miembros de los equipos de etnógrafos y folcloristas que estaban vinculados al CSIC de Madrid y de Barcelona. La explicación puede estar relacionada con el hecho de que Lomax fuese un izquierdista notorio, vigilado por el FBI desde 1939 y refugiado en Europa desde que la ultraderecha rampante en Estados Unidos le pusiera el sambenito de comunista implicado en actividades subversivas, lo que le obligó a escapar a Londres en septiembre de 1950. La vigilancia sobre él no decayó, puesto que sus pasos por España fueron seguidos con interés por los servicios de inteligencia y de policía británicos y españoles, y también por los estadounidenses.
Es sintomático que, nada más llegar a España, Lomax
acudió al Congreso y Certamen Internacional de Folclore celebrado en Palma (Mallorca) entre el 21 y el 28 de junio de 1952 para establecer posibles contactos. En su artículo “Saga of a Folksong Hunter” (1960), Lomax comenta su encuentro con Marius Schneider (1903-1982), director de la Sección de Folclore del Instituto Español de Musicología [del CSIC de Barcelona] y coordinador del festival, y explica que cuando le habló de su proyecto de llevar a cabo grabaciones de música tradicional española, Schneider le aseguró que “él personalmente se encargaría de que ningún musicólogo español” lo ayudase, sugiriéndole incluso abandonar el país. Lomax señala que este encuentro le hizo prometerse que grabaría la música tradicional de España -un país cuyo paisaje le recordaba a su Texas natal- aunque le llevara el resto de su vida. Al finalizar su colección española, señaló: “España, a pesar de mi profesor nazi, estaba en cinta” (p. 19).
Sobre el Congreso y Certamen Internacional de Folclore celebrado en Palma en junio de 1952 (en la Filmoteca Española quedó un valioso y poco conocido reportaje al respecto) habría, por cierto, bastante que añadir, claro que en trabajos futuros. Si bien Schneider lo organizó a mayor gloria suya, lo orientó en buena medida hacia la exhibición y el estudio de danzas rituales y de espadas cuyo estudio por entonces lo obsesionaba, y lo llenó de conferenciantes alemanes, en el programa se coló algún científico de interés, como el por entonces jovencísimo (tenía 25 años) etnomusicólogo Walter Salmen, que era un antinazi convencido y llegaría a ser importantísimo especialista en la canción popular germánica, y también en las canciones populares de las comunidades judías de Centroeuropa.
Aunque Mazuela-Anguita se toma el trabajo de matizar, con su característico escrúpulo, que Schneider no había sido ni era nazi, de su franquismo acérrimo no había duda. No extraña por eso que el norteamericano no apareciese por el Instituto Español de Musicología. Sección Folklore, del CSIC de Barcelona, en el que mandaba Schneider, bajo el patrocinio del omnipotente sacerdote Higini Anglès; tampoco extraña que no le diese por frecuentar el Instituto Bernardino de Sahagún de Antropología y Etnología del CSIC de Madrid, cuyo fundador y director José Pérez de Barradas había elaborado, entre otras cosas, un reglamento que preconizaba “el estudio del hombre español sano y normal” (de la mujer no dijo nada) y “el mejoramiento de la raza”. Mazuela-Anguita atiende a la posibilidad de que “quizás en este momento [octubre de 1952] se reunieran también [Lomax y Bell] con Larrea en el CSIC” (p. 56). Podría ser, porque el Instituto de Estudios Africanos al que estaba vinculado por entonces Larrea tenía su sede en el edificio del CSIC. Pero, si se pasó por allí, no haría mucho Lomax por congeniar con el lóbrego oficialismo antropológico del lugar.
En el nivel no tanto de la historia de la etnografía como de la etnografía propiamente dicha, resultan deslumbrantes, por supuesto, el millar y medio de grabaciones de músicas folclóricas del país, así como las descripciones y las fotografías, algunas muy espontáneas y vivaces, que hicieron Lomax y Bell a las gentes del campo español, y a sí mismos y a sus interlocutores. La amplia selección presentada en este libro sabe, de hecho, a muy poco. Su culmen llega con la sensacional “entrevista a Carolina Geijo Alonso (Val de San Lorenzo, León, octubre de 1952)” (pp. 189-191) que dormía hasta ahora el sueño de los justos en un frío “dosier AFC 2004/004: MS 03.02.29” guardado en Washington. Las desenfadadas palabras de la avezada tejedora maragata, que hasta edad muy avanzada siguió cantando para una gran cantidad de etnógrafos que acudían en peregrinación a su casa, son un documento capital de la etnografía española.
Y he aquí una prueba más de la pericia de Mazuela-Anguita para hallar tesoros inimaginables y para insertarlos e interpretarlos en paradigmas de amplios alcances: todos los documentos mencionados anteriormente y todos los que pertenecían a Lomax y a Bell, minuciosamente inventariados por ella, han ido a dar a una base de datos en la que “se ha catalogado la totalidad de las grabaciones realizadas por Alan Lomax en su viaje por España; se incluyen 1.480 piezas musicales, 100 localidades, 665 colaboradores y 254 unidades documentales que contienen miles de documentos escritos (tales como cartas, cuadernos de viaje, diarios y mapas, entre otras tipologías) de la Library of Congress” (p. 24). Además, esa catalogación “permitirá establecer relaciones entre las grabaciones de Lomax y otros materiales de música tradicional recopilados en España en la misma época, poniendo así en contexto el trabajo de Lomax y permitiendo el establecimiento de análisis comparativos, cambios y pervivencias de las piezas de música tradicional española” (p. 24). Mazuela-Anguita no se ha ceñido sólo, por cierto, a la colección de Lomax y Bell, sino que, tal y como argumenta en el capítulo relativo a “las posibilidades de las humanidades digitales: algunas conexiones entre la colección de Alan Lomax y el Fondo de Música Tradicional IMFCSIC ” (pp. 77-96), ha creado un instrumento más dúctil y ambicioso, que permitirá establecer concordancias entre este fondo y los que, por la misma época pero con tecnologías mucho más rudimentarias, que no incluían los aparatos de grabación sonora, allegaron otros etnógrafos y etnomusicólogos españoles, en el marco de las misiones que fueron patrocinadas por el Instituto Español de Musicología del CSIC de Barcelona. Pero eso no es todo: con asombro, casi con incredulidad, leemos que
con el objetivo de dar a conocer el viaje de Lomax por España desde una aproximación visual, se ha creado una aplicación en línea de libre acceso basada en un mapa interactivo que contiene el itinerario de Lomax. Se ha georreferenciado el mapa de carreteras original de 1952 utilizado por Lomax y conservado en el AFC y, para cada punto del recorrido, se ha incluido una imagen, un ejemplo sonoro, una breve descripción y un enlace a la base de datos del FMT correspondiente a esa localidad, donde se encontrará información completa de la música recopilada tanto por Lomax como por otros investigadores en ese lugar, las personas que participaron como intérpretes y la documentación de la colección Lomax relacionada específicamente con la localidad (p. 27).
No hay exageración en afirmar, pues, que con este libro, entrega deslumbrante de los frutos que dará un proyecto tan ambicioso, arranca una nueva y mejor época de la historia de la etnografía y de la cultura españolas. Entre los caminos que gracias a él quedan mejor desbrozados está el que alguna vez habrá de seguir, esperemos, la evaluación del modo en que influyeron en la calidad y la representatividad de los cantos que forman parte de la colección las improvisadas, precipitadas y precarias (más de una vez se les acabó la cinta, por ejemplo) estrategias de encuesta de Lomax y Bell (recordemos que a ella las prisas y la desorganización de él le causaban angustia), así como sus pobres conocimientos del país y de sus lenguas. Su valor inapelable debe probablemente más a la lozanía de la tradición oral y musical de la España de entonces, a lo fácil que todavía era encontrar cantores y músicos populares excelentes, a las orientaciones de algunos etnógrafos patrios, e incluso a la buena suerte, que a la habilidad para la organización y para el trabajo sistemático y reflexivo de los dos expedicionarios.
Su metodología fue, de hecho, la opuesta a la que siguieron otros etnógrafos estadounidenses y anglosajones (Foster, Pitt-Rivers, Aceves, Brandes, Kenny, Tax Freeman, Christian, Behar, Kavanagh…) que entre las décadas de 1940 y 1990 se establecieron en pueblos españoles en los que pasaron años de intensa “observación participante”, de la que salieron tratados de antropología realmente profundos y sofisticados. Como ninguno de ellos fue etnomusicólogo, no saltan tanto a la vista las ventajas de este método con respecto al de Lomax-Bell, que hubiese arrojado frutos mucho mejores si, en vez de atravesar España como exhalaciones y prácticamente al buen tuntún, hubiesen operado con más tiempo, tranquilidad, cuidado y reflexión.
No faltan en este hermosamente editado volumen, joya de la benemérita colección De Acá y de Allá. Fuentes Etnográficas del CSIC, los listados de intérpretes, contactos, piezas grabadas y documentos de todo tipo, con una bibliografía exhaustiva, listados de figuras y tablas e índice analítico. Más una iluminadora presentación de Todd Harvey, conservador de la Alan Lomax Collection, del American Folklife Center de la Library of Congress.










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