Lo primero que uno debe reconocer al encontrarse con este libro es la amplitud del enfoque geográfico: Moldavia, Bielorrusia, Armenia, Azerbaiyán, Georgia, Turkmenistán, Tayikistán, Kirguistán, Mongolia, Nepal, Laos, Myanmar y Timor-Leste. Pocas veces se ve un libro tan ambicioso en este sentido. Y aunque varias de estas naciones han aparecido en las noticias recientemente -en especial en el contexto de la guerra entre Rusia y Ucrania-, la mayoría suelen ser consideradas periféricas. Como mencionan los autores, muchos de los países presentados en este volumen rara vez aparecen en los programas de congresos académicos en América Latina, resultado de un sesgo en el estudio de las relaciones internacionales, que tiende a centrarse predominantemente en temas y contextos euroamericanos. Este libro es un esfuerzo por empezar a remediar esta situación.
Al aproximarme a esta obra recordé un cliché de las relaciones internacionales, tomado y parafraseado de Tucídides: los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Los países que se estudian aquí son todos pequeños y débiles, y muchos se han visto afectados -y lo siguen siendo- por sus gigantescos vecinos, incluidos China, India, Turquía y Rusia, así como por otros más lejanos, como Estados Unidos. Este sufrimiento ha incluido genocidios históricos, como el de Armenia, y más recientes, como el de Timor-Leste y el de la etnia rohingya de Myanmar. A su vez, Armenia también ha sido acusada de cometer atrocidades contra su vecino Azerbaiyán, y viceversa. Para los Estados azotados por las olas generadas por vecinos poderosos, el tema de la integridad territorial, que recorre todo el libro, puede llegar a ser fluido. Las secciones históricas discuten el efecto de la Guerra Fría y los dilemas en términos de alianzas que surgieron cuando aquella llegó a su fin. Otro asunto recurrente es la exploración de hacia dónde se dirigen en el futuro próximo estos Estados “olvidados”, es decir, adónde sus gobiernos y sus pueblos perciben que pertenecen o encajan: Europa oriental u occidental, la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental (ANSEA) u otros bloques regionales. Otras secciones incluyen consideraciones políticas internas y externas, y las economías de estos países.
Como alguien que estudia las periferias, tanto internas de Indonesia como de uno de los países aquí incluidos, Timor-Leste, siempre he considerado que algunos de los acontecimientos más interesantes y aterradores suelen suceder en estos lugares, pero que con frecuencia son ignorados al privilegiarse los asuntos y las crisis de los países más grandes, “más importantes”, tal como se señala en el libro. Me refiero a las periferias no sólo en el sentido de la teoría del sistema-mundo al que aluden Wallerstein, Gunder-Frank, etc. -es decir, a países cuyas situaciones económicas y políticas contemporáneas frecuentemente parecieran dictadas en su totalidad o en parte por experiencias coloniales pasadas; experiencias y factores causales que ciertamente son relevantes en esta discusión-, sino asimismo a aquellas cuya condición de naciones “olvidadas” también es periférica en un sentido geográfico. Nepal, por ejemplo, apretado entre la competencia regional de India y China, con una fascinante historia reciente de regicidio e insurrección comunista. O Tayikistán, fronterizo con Afganistán y obligado a preocuparse por el extremismo islamista y el narcotráfico. Estos países tienen en común la falta de salida al mar, algo que comparten con otros más que aparecen en el estudio.
A veces las periferias se vuelven importantes de súbito. Por ejemplo, Bielorrusia está ahora en las noticias debido al contexto de la guerra Rusia-Ucrania. Algunos nombres se han vuelto familiares, como Lukashenko, Shevardnadze, Aung San Suu Kyi; líderes y disidentes por igual, pero en la medida en que avanza el ciclo de noticias, quizá, por hacer eco del título de este libro, al final serán olvidados.
Un nombre que, sorprendentemente, no aparece en el libro es el de Heydar Aliyev, de Azerbaiyán, si bien el de su hijo, que continúa gobernando después de la muerte de aquél, sí está. En México quizá se recuerde al padre como el tema de una controversia en 2012, cuando se erigió una estatua de Aliyev financiada por el gobierno de Azerbaiyán, lo cual provocó protestas de ciudadanos partidarios de la democracia. La estatua fue removida, pero para los residentes de la Ciudad de México, probablemente esto sea lo único que llegaron a conocer de manera más directa sobre Azerbaiyán y su expresidente, si bien el fiasco dañó las relaciones entre los dos países en su momento.
El estudio de los países débiles y periféricos guarda un valor intrínseco. James Scott ha hecho del rescate y el análisis de estas geografías y etnias una carrera, con contribuciones sobresalientes acerca de cómo entender la intransigencia campesina o la manera en que las comunidades marginadas han logrado evitar el poder del Estado en el largo transcurso de sus historias. Y si se me permite antropomorfizar un poco, una expresión común postula que es posible juzgar a alguien por lo bien que trata a sus inferiores. En este sentido, no se ve bien que los países más poderosos presionen a los más pequeños, pero si las relaciones internacionales nos han enseñado algo, es que no se puede antropomorfizar al Estado, y si cunde la anarquía, se debe culpar al sistema, o al menos eso es lo que los realistas nos quieren hacer creer. Pero la beligerancia y la opresión no son herramientas exclusivas de los fuertes. Algunos de estos Estados también imponen una violencia terrible a sus vecinos o a sus propios residentes; el tratamiento dado a los rohingya quizás sea el caso reciente más conocido.
Aunque el libro intenta ser una referencia o una introducción a algunos de estos lugares poco estudiados y no pretende ser estrictamente comparativo (incluso cada capítulo se puede leer de manera aislada), hay comparaciones interesantes que hacer si se piensa en cuestiones como la democracia y su relación con el ingreso per cápita. La mayoría de estos países son pobres y no particularmente democráticos. Myanmar está en lo más bajo en cuanto a estándares democráticos según The Economist, sólo supera a Afganistán, pero está detrás de Corea del Norte, además de enfrentar un estado de pobreza crítico. Turkmenistán, Tayikistán, Azerbaiyán, Laos y Bielorrusia no quedan muy atrás. Sin embargo, también hay algunos criterios de comparación positivos: Moldavia, Mongolia y Timor-Leste son considerados más democráticos que México. Timor-Leste es visto por muchos como el país más democrático de todo el Sureste de Asia, lo cual es sorprendente si se tiene en cuenta su bajo ingreso per cápita. Moldavia no se queda atrás ni tampoco Mongolia. De hecho, son precisamente los Estados más ricos de este grupo, Bielorrusia, Azerbaiyán y Turkmenistán, los menos democráticos. ¿Esto se debe a la llamada “maldición de los recursos”? ¿O a la política dictada desde fuera? ¿O es resultado de la necesidad? Este libro proporciona un excelente punto de partida, pero, como se establece explícitamente en un capítulo, el lector puede tomar cada uno de estos temas y profundizar un poco más en ellos si así lo desea.
Aunque todas las colaboraciones tienen temas en común, sus autores enfatizaron lo que pensaron que era importante o necesario en el estudio de cada uno de los 13 países analizados en el libro, lo que habilita una diversidad de matices y variaciones que hacen más atractiva la lectura. Los propios autores tienen antecedentes interesantes y variopintos: jóvenes y prometedores académicos mexicanos, como los coordinadores, Jaqueline Briceño y Eduardo Tzili, pero también personas que estudiaron en Europa y Asia. Además del valor del trabajo en sí mismo, también se aprecia la naturaleza de la colaboración entre los autores y es de esperarse que haya un diálogo con continuidad y permanencia. Esta colaboración es un reflejo de la creciente importancia de los estudios de área. Uno de los editores, Eduardo Palacios Cabrera, por ejemplo, se cuenta entre los fundadores del Grupo de Estudios sobre Eurasia.










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