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Historia mexicana

versión On-line ISSN 2448-6531versión impresa ISSN 0185-0172

Hist. mex. vol.75 no.4 Ciudad de México abr./jun. 2026  Epub 06-Abr-2026

https://doi.org/10.24201/hm.v75i4.5202 

Conversación

75 años de Historia Mexicana*

Rafael Rojas1 

Josefina Zoraida Vázquez1 

Clara E. Lida1 

Solange Alberro1 

Óscar Mazín1 

Pablo Yankelevich1 

Beatriz Morán Gortari1 

Frida Martínez León1 

1El Colegio de México


Rafael Rojas

Bienvenidas y bienvenidos a esta conversación con motivo del 75 aniversario de la fundación de la revista Historia Mexicana, publicación emblemática y referencial de la producción historiográfica mexicana, del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México. Cuando se acercaba la fecha de esta nueva conmemoración de Historia Mexicana, que coincide con el número 300 de nuestra publicación, pensamos que la mejor manera de homenajear a la revista era por medio de un ejercicio de rememoración.

En otros números redondos de Historia Mexicana, como fue el número 100, siendo redactor Bernardo García Martínez, se insertaron algunos artículos que daban cuenta de la trayectoria de la revista desde su fundación. En ese número 100 aparecieron las primeras versiones de dos artículos que han sido fundamentales para historiar la revista, “La pasión del nido”, de Luis González y González, e “Historia Mexicana en el banquillo”, de la doctora Josefina Zoraida Vázquez. Otra experiencia similar fue en el número 200, de abril-junio de 2001, siendo directora de la revista, la doctora Solange Alberro, donde se intentó una suerte de prehistoria de las publicaciones históricas mexicanas anteriores a la revista del CEH.

Otra forma de conmemorar fue, en las primeras décadas, publicar índices o guías de Historia Mexicana cada diez años de la revista. La última guía que se hizo fue la que coordinaron Alfonso Martínez Rosales y Luis Muro hacia 1988, pero que acabó siendo publicada en 1991. En 2021, al cumplirse los 70 años de la publicación, con el número 281, decidimos no dedicar un dossier ni editar propiamente una guía o suma o índice de la revista, sino consagrar un número entero, monográfico, a las siete décadas de la publicación. Escogimos, para organizar la reconstrucción de la experiencia de Historia Mexicana, una forma un tanto híbrida que nos permitiera lo mismo publicar artículos de análisis o recuento historiográfico que memorias y testimonios. Ésa fue la idea que rigió aquella entrega de Historia Mexicana, excepcional, podría decirse, en la trayectoria de la revista.

El número 281 comenzó con una numeralia que actualiza las estadísticas generales de Historia Mexicana desde su fundación en 1951, lo mismo en el recuento de periodos, temas, enfoques historiográficos, regiones tratadas en la revista, que en la reconstrucción de los antecedentes de una publicación como Historia Mexicana, a cargo de Alexandra Pita, quien propuso un ensayo que recorre la experiencia de la historia de la Revista de Historia de América, fundada y dirigida por don Silvio Zavala en 1938. Ese artículo, aunque bastante concentrado en la Revista de Historia de América, también hizo un repaso de otros proyectos editoriales previos, que serían importantes para entender los antecedentes de una revista como la nuestra.

Luego apareció la sección “Memoria”, a cargo de la doctora Josefina Zoraida Vázquez, con un artículo que se titula “Historia Mexicana cumple 70 años”, y de Andrés Lira con un recuento generacional que compensa muy bien la presentación de la doctora Vázquez desde un punto de vista de las sucesivas generaciones de las primeras décadas del Centro de Estudios Históricos, que acompañaron la emergencia de la publicación. A esa parte memorialística siguió una primera sección de análisis historiográfico que distribuimos a partir de los fundamentales periodos de la historia de México. Comienza dicha sección, que titulamos “Repaso”, con un ensayo de Pablo Escalante Gonzalbo sobre el México indígena. Continúa Rodrigo Martínez Baracs con un estudio sobre el tratamiento que dio en 70 años Historia Mexicana a la conquista de México.

Óscar Mazín hizo un resumen historiográfico, que propone un balance del tratamiento de los siglos XVI y XVII en nuestra revista. Continuó Gabriel Torres Puga con el siglo XVIII o específicamente la Nueva España borbónica. A partir de ahí, nos internamos en el periodo de la independencia de México o en el arranque del siglo XIX con un ensayo de Rodrigo Moreno Gutiérrez sobre la Revolución de Independencia. Luego Alfredo Ávila estudió el tratamiento que ha dado Historia Mexicana al Primer Imperio, es decir, el imperio de Agustín de Iturbide y a la primera república federal. Catherine Andrews reconstruyó la guerra de Texas y el tránsito del primer régimen federal al centralismo. Erika Pani se ocupó de la Reforma, la Intervención y el Imperio.

En aquel número 281, Elisa Cárdenas Ayala escribió sobre la reforma liberal y su tratamiento muy intenso en Historia Mexicana, mientras Javier Garciadiego cubrió lo que vendría siendo la primera mitad del siglo XX en 70 años de la revista, con un ensayo sobre la Revolución mexicana. El último de los estudios referidos a los periodos de la historia de México corrió a cargo de nuestro colega Ariel Rodríguez Kuri, quien estudió la forma en que el periodo de la posrevolución de 1940 a 2020 había sido abordado en Historia Mexicana.

A continuación de esos ensayos por periodos, propusimos un interludio dedicado al análisis historiográfico que denominamos “Testimonios”. Allí intervinieron Clara E. Lida con su texto “Unos recuerdos plurales de una breve dirección”, que narra su paso por la dirección de la revista Historia Mexicana, y la doctora Pilar Gonzalbo Aizpuru, que habló sobre “viejos actores para una historia nueva”, un recuento sobre la forma en que Historia Mexicana ha tratado temas como la vida cotidiana, la historia privada o los estudios sobre las familias en México.

El tercer y el último bloque de aquel número monográfico fue, otra vez, una sección amplia dedicada al análisis historiográfico, pero no a partir de los periodos de la historia de México, sino de los enfoques, perspectivas, metodologías u horizontes del trabajo histórico. Nos pareció importante introducir esa última sección en el número conmemorativo para dar cuenta de la evolución de las tramas historiográficas de la revista y señalar las vías por las cuales dichas tramas van diversificándose en el presente. Ahí tenemos ensayos como los de Luis Aboites Aguilar sobre población, tierras y aguas; de Juan Pedro Viqueira sobre las comunidades indígenas y los pueblos originarios; de Sandra Kuntz sobre la historia económica.

En esa misma zona final del número monográfico, Diego Pulido Esteva hizo un recuento de la historia social en 70 años de Historia Mexicana; Aurora Gómez-Galvarriato estudió lo que ella llama la “historia subnacional”, una forma original y sugerente de definir lo que tradicionalmente hemos entendido por historia regional; Paolo Riguzzi y María Cecilia Zuleta se ocuparon de las relaciones internacionales en Historia Mexicana; y Pablo Yankelevich trató un tema de creciente interés y desarrollo en nuestra publicación, como es el de la migración, naturalización y exilios.

También en aquel último tramo del número monográfico de 2021, José Ramón Cossío Díaz repasó el tratamiento del Poder Judicial y las cuestiones constitucionales en la revista; Roberto Breña se ocupó de los debates en torno al liberalismo; José Antonio Aguilar sobre las elecciones y el sistema político; Mauricio Tenorio, Estados Unidos, y, a partir de ahí entramos en el gran tema de las regiones del mundo en Historia Mexicana : David Jorge trató la presencia de España, específicamente del siglo XX peninsular, y yo propuse un esbozo del abordaje de América Latina en las páginas de nuestra revista.

Como se puede apreciar en la lista de autores de aquel número, intentamos que hubiera un equilibrio no sólo temático e historiográfico, sino también de integrantes de nuestro claustro en el Centro de Estudios Históricos y de historiadores de otras instituciones en la Ciudad de México y otros estados de la República. Cinco años después, en este número 300, hemos propuesto otra forma de homenajear a nuestra publicación. Además de un exhaustivo dossier sobre nuevos enfoques de historia agraria de la Revolución mexicana, a cargo de Antonio Escobar y Luis Barrón, hemos insertado esta conversación con exdirectores y editoras de Historia Mexicana.

El diálogo se inició en aquellos días del 70 aniversario de la revista y continuó en los últimos cinco años. Nos interesaba saber cómo cada directora y cada director valoraba su experiencia al frente de la publicación y qué reflexión general podía proponer de la trayectoria de la publicación. Algunas de las preguntas que planteamos fueron qué cambios y continuidades podían señalarse, cuáles eran los enfoques y temas predominantes en cada gestión, y qué perspectivas historiográficas se percibían como descuidadas o poco transitadas en las distintas fases de esta septuagenaria revista académica.

Josefina Zoraida Vázquez

Muchas gracias Rafa por la presentación. Bueno, creo que de todos los que estamos aquí, la que ha tenido relación con Historia Mexicana más largamente soy yo. Para mí Historia Mexicana significa algo muy especial; sospecho que esa relación comenzó con un artículo que me publicó Historia Mexicana sobre Manuel Payno, hecho para el Seminario de Historia del doctor José Ortega y Medina, sin que yo supiera, sino que a él le pareció que el artículo merecía ser publicado. Lo llevó a Historia Mexicana, yo no me enteré hasta que estaba prácticamente en planas. Y sospecho que ese artículo fue el que dio entrada a la invitación de don Daniel Cosío Villegas a su Seminario de Historia Contemporánea.

Luis González dice que porque Blanquel [Eduardo Blanquel] y yo hacíamos ruido en la facultad fuimos invitados. No, él todavía no era profesor de la facultad, era compañero mío, entró un poco después. Pero ese día llegamos los dos juntos, en noviembre del 60, a un Colegio de México del que ya habíamos hablado, habíamos hablado de cuánto nos iban a pagar, no sabíamos en qué condiciones. Y llegamos al Colegio, estaba todavía en la plaza Río de Janeiro en ese edificio que después fue escuela de bibliotecarios. Ahora no sé qué destino tiene, pero entonces era muy incómodo. No teníamos un cubículo. No encontramos nada más, nos abrió el señor que se encargaba de todo, de dar café, de limpiar. Ahí nos abrió y me dijo: “Bueno, los voy a llevar a un salón para que se sienten ustedes”. Era un salón de clase, cogimos dos mesas de estas de paletas de estudiantes, y allí nos pusimos cerca de la ventana porque hacía mucho frío. Pero tardamos toda una quincena sin ver a nadie más que a Susana Uribe, graduada del Colegio que la hicieron bibliotecaria, que había sido mi maestra de la secundaria. Gracias a Dios que sustituyó a doña Eulalia Guzmán, yo la conocí entonces, ella me conocía siempre desde mucho tiempo. Pero era la única persona: ella, una secretaria y uno de los archivistas que duraron muchos años en El Colegio. Eran los únicos que veíamos. No sabíamos qué pasaba.

Nosotros íbamos en la mañana y no había nadie. Parecía que la mayor parte del seminario estaba en la Secretaría de Hacienda, en el Archivo de Hacienda, del cual era director Moisés González Navarro. Entonces, gracias a eso podíamos obtener las revistas y los libros de El Colegio de México, nos los traían ahí al Colegio, entonces eran muy cómodos de tener, pero de todas maneras nosotros nos sentíamos en el aire. Hasta que el 15 de noviembre llegó Luis González y dijo: “¿Qué tal si vamos a cobrar y nos tomamos un cafecito?” Entonces los dos fuimos, así como que finalmente volvimos a la vida, ¿no?, a la normalidad, alguien que nos hablara.

Pero era todo muy diferente. El Colegio funcionaba más bien en la tarde porque mucha gente trabajaba en otras cosas, la mayor parte estaban en el Banco de México, en la biblioteca del banco, en las oficinas de don Daniel [Cosío Villegas] en la Torre La ti no ame ri ca na y nosotros ni los conocíamos, hasta que nos enteramos que en el 61 se iba a inaugurar el nuevo Colegio, el primer Colegio chiquito que era propiedad ya propia, de la institución, no rentada. Pero nosotros no sabíamos qué pasaba en ese entonces, estaba preparándose el traslado y por eso ya cuando se pasó al nuevo Colegio chiquito era para nosotros un lujo, porque teníamos la biblioteca ahí, en la entrada, y teníamos un cubículo, que por cierto disfrutamos más de un semestre, porque empezaron a llegar los profesores que iban a trabajar en el Centro de Estudios Internacionales con ayuda de la UNESCO y la Rockefeller.

Entonces nos mandaron al lado, a lo que llamábamos “la pastelería”, porque era una pastelería, y estaba horrible porque allí hacían pasteles y cosas por el estilo. Entonces hubo que prestarla y nos pusieron unas divisiones provisionales de cartón. A un señor que estaba allí [Bonifaz] le preguntaron, “¿aquí venden pasteles?” Y respondió: “No, aquí hay profesores de medio tiempo, profesores de tiempo completo y profesores invitados. Pero mire, mejor suba usted al primer piso y pregúntele al señor Muro” [Luis Muro]. Bonifaz era un pobre hombre al que Manrique (Jorge Alberto Manrique) siempre lo estaba corrigiendo. “No se hace eso, Bonifaz. ¿Pero qué quiere usted? Yo apenas estoy escribiendo, terminando la primaria.” Pero era muy listo. Tomó clases de inglés y aprendió más que los estudiantes y que los profesores que se inscribieron en el curso de idiomas.

Ése era el Colegio que yo conocí. Historia Mexicana, pues, estaba en manos de un grupo y el director era el de turno, sin créditos, ni siquiera nos pensábamos como directores, como secretarios, como nada, no existíamos y no, no nos pagaban nada de nada, es decir, no nos daban crédito por nada. De todas maneras, fue interesante que yo recibiera el anuncio que hizo don Daniel, que era muy peculiar. Yo estaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en 1951 y salíamos entre siete y cuarto para las ocho o algo así, íbamos a la esquina, tomábamos un tranvía, igual que todos los profesores de la facultad que llegaban en tranvía ¡hasta Pablo Martínez del Río, que iba con polainas y todo! El único que tenía coche, deportivo por cierto, era don Edmundo O’Gorman, y había un profesor de ciencias políticas que llegaba en una motocicleta. Todos los demás bajábamos del tranvía y en las esquinas había unos carteles donde anunciaban los toros y el cine, el teatro y pues varias cosas, sobre todo partidos políticos. Uno se quedaba allí, baboseando, leíamos una y otra vez lo mismo, pero un día le digo a mi amiga Elena Nández, con la que siempre esperaba ahí el tranvía para después tomar alguna otra cosa para llegar a nuestras casas. Le dije: “Mira, mira, están anunciando una revista”. Dijo: “Sí, pero es de historia mexicana y nosotros somos de historia universal”.

Bueno, a mí me interesó de todas maneras eso de que hubiera una revista de historia anunciada, allí entre las novedades, entre esos papeles que se pegaban cada semana con engrudo. Eso demostraba que don Daniel buscaba las maneras de darle publicidad a como diera lugar a su revista. Me tocó eso y le encargué a mi papá que me comprara la revista, que me consiguiera un número y me interesó, pero eran articulitos, no tiene nada que ver con la revista actual. A mi papá lo que le impresionó fue el grupo de distinguidos intelectuales que presidía la revista. Pero a mí me interesó. Le traje unos nombres rarísimos de los artículos, sobre todo de don Daniel, y la empecé a leer con cierto interés, porque aquello de que iba a haber historiadores de provincia y también extranjeros, y todo, me pareció novedoso.

Sobre todo, porque yo no quería saber nada de historia de México. Ya estaba yo harta, me habían envenenado la historia de México con sus discursos indigenistas o hispanistas, o sea, a favor de alguien y siempre había malos y buenos y me chocaba. Entonces fue chistoso porque empecé a leer la revista y me pareció interesante, así como que decían cosas, no estaban peleándose con la historia, sino que estaban hablando de temas históricos que veían de distinta manera. Eso me abrió el campo para completar mi formación, que muy al principio me había llevado a estudiar historia universal, porque al fin y al cabo empecé a ver la historia de México dentro del contexto en el que siempre ha sido importante.

Empecé a interesarme en los temas mexicanos, aunque la verdadera vuelta a la historiografía mexicana fue después de regresar de estudiar historia de Estados Unidos en Harvard. Dije no, pero por qué si nosotros éramos tan importantes en el siglo XVIII, cuando éstos se independizaron, eran allí 13 colonias, ahí cayéndose del Atlántico, y 50 años después nos quitaban la mitad del territorio. Bueno, ahí empezó mi verdadero interés en la historia de México, sobre todo en ese periodo del siglo XIX que se ha vuelto una obsesión en mi vida.

Ahora no sé por qué don Daniel se había retirado cuando yo regresé de Harvard y don Silvio pensó que no le convenía completar el compromiso con la Rockefeller, de que yo diera por lo menos dos años de clase en El Colegio de México. Ése era el compromiso y doña María del Carmen Velázquez, que era su alumna, era la directora de Historia, y pues estaban de acuerdo en que no se cumpliera. Pero yo le dije, bueno, pues ustedes díganle que yo me regreso a la UNAM, donde tenía mi espacio y seguramente conseguiría el tiempo completo para dedicarme a eso. Pero pues no, la Rockefeller dijo “aquí está la firma de don Daniel, el compromiso se cumple o se cumple”. Y por fortuna, pues ya dos años después nombraron a Silvio Zavala embajador, entró Víctor Urquidi [como presidente de El Colegio] y se despejó la cosa, se vio con otros ojos y me quedé tranquila.

Pero entonces era como un castigo, fue un castigo. Sobre todo porque se estaban cumpliendo los 25 años de Historia Mexicana y apareció el gran tomo aquel, y yo fui la que recogió todos los artículos. Se dieron cuenta que me gustaba hacer Historia Mexicana pero entonces nombraron a Jorge Alberto Manrique, director de la Academia, y él publicó dos números todavía, el 64 y el 65, creo, y el de los 25 años de Historia Mexicana. Ni siquiera me dio crédito por haber conseguido el material, pero bueno, era mi amigote, no importó mucho, pero entonces no teníamos reconocimiento, ni tampoco teníamos secretaria, ni lugar especial, ni nada. No teníamos un diccionario. No teníamos nada de esta Historia Mexicana que después vino enderezándose en esta cosa más organizada.

Teníamos que ir nosotros a llevar el material a la editorial Cultura, que, por cierto, yo no me acuerdo dónde era, pero íbamos allí y recogíamos las planas. Después llevábamos las galeras y las planas, entonces sí era un poco engorroso. A mí no me importaba, pero a Bernardo [García Martínez] sí. Cuando se celebró la publicación del número 200, él llevó su máquina de escribir, aquella que hacía tanto ruido, y dijo: “Con esto hice yo Historia Mexicana todo el tiempo”. Y realmente, eso sí, extraño a Bernardo, que no esté aquí, porque él hizo un trabajo muy minucioso, se dedicó en cuerpo y alma a la revista. Después, creo, ya no le gustó tanto porque se retrasó la publicación de su tesis. Pero yo creo que él lo disfrutó, hizo un trabajo increíble.

Me acuerdo de un artículo de una famosa profesora sobre la historia de algo, sobre todo del siglo XIX, historia de las revistas y cosas por el estilo. Y estaba tan desordenado que se fue por todo el pasillo de Historia Mexicana poniéndolo en orden y pegándolo y luego lo mandó. A mí me hubiera gustado, entonces no había celulares, porque si no, hubiera valido la pena sacarle una foto. E incluso también he buscado saber si alguien guardó copia de esos carteles que aparecían.

El Colegio de México no ha sido cuidadoso con las fotos de sus primeros años. Después ya hubo un fotógrafo de la institución y todo. Cuando nos dimos cuenta de que no había casi nada. Esa foto en donde estamos los seis o siete que integrábamos entonces El Colegio es sorprendente porque existe. Hay fotos personales que han guardado los estudiantes. Por ejemplo, Andrés Lira con Bernardo García y yo en unos exámenes profesionales, donde tomamos fotos. El único que sí se hizo cuando se recibió de doctorado fue Elías Trabulse, quien hizo hasta un video. Lo hicieron en su mesa, pero realmente no, no tuvimos ese cuidado de dejar constancia visual.

Cuando los diez años de Historia Mexicana yo estuve en el coctel que sirvió Mayita, la famosa Mayita que la invitaban a todas las cosas importantes. Allí estaban los invitados internacionales, los representantes de la Rockefeller, de la Ford, y no sé cuántas fundaciones más, con tequila para los extranjeros y whisky para los mexicanos, como decía don Daniel. Fue una cosa muy emotiva la presentación, pero también muy sencilla. Don Daniel la hizo, habló y al final mandó a decir que ya se vayan, de siete a diez. Entonces a los cinco minutos para las diez, empezó a apagar la luz y decir: “ya váyanse, ¿no?”. La gente estaba muy contenta, pero dijo: “bueno, vamos a hacer un último brindis: señores, por El Colegio de México, por El Colegio de México y por El Colegio de México”. Y se le quebró la voz. Me di cuenta hasta qué punto eran tan especiales El Colegio de México e Historia Mexicana para don Daniel.

Entonces eso me ha hecho ver todos los avances que ha tenido la revista, los cambios que introdujeron, por ejemplo, Clara Lida y Solange Alberro. Y luego ya cada director le dio una cierta dimensión. Pero lo que más me impresiona como profesora que he sido de tantos doctorandos de El Colegio y de la Facultad de Filosofía, porque fui muchos años profesora también en Filosofía de la UNAM, es el papel tan importante que tuvo Historia Mexicana para fomentar la docencia.

Todos hemos utilizado muchísimos artículos de Historia Mexicana y yo vi que muchos de mis colegas y muchos de mis estudiantes, ellos mismos, encontraban material pertinente para sus tesis. Y luego también, la participación de historiadores como Brian Hamnett, Charles Hale, Stanley Ross. Todos esos profesores, muy importantes entonces, para Historia Mexicana y El Colegio, iban al café con don Daniel. De repente nos llevaba a sus invitados especiales, por ejemplo, a Frank Tannenbaum, a quien también lo conocí así, en un café con don Daniel. Creo que Historia Mexicana ha jugado un papel muy importante tanto en la docencia como en la profesionalización de la historia en México.

Pues son mis recuerdos de todo este año y me siento muy orgullosa del “tomote” que resultó el número 281, pero sigo pensando que el mejor recuento de Historia Mexicana es “La pasión del nido”, que además es muy divertido. No dejo de reírme de las puntadas de Luis González. Realmente tenía cosas tan chistosas como decir que los frailes católicos bautizaban con manguera. Era terrible don Luis, pero bueno, a veces se le pasaba la mano. Estoy muy orgullosa con Historia Mexicana y también estoy muy orgullosa de que cada profesor encargado le ha dado un tono diferente y creo que es un importante logro que lleguemos a este número y que sea un tan completo panorama de la historiografía mexicana. ¡Muchas gracias!

Clara E. Lida

¡Qué gusto estar aquí con colegas queridos, conmemorando estos 70 años de Historia Mexicana! Realmente, después de escuchar a Josefina Vázquez, yo tengo muy poco que decir, pues mi periodo como directora fue muy breve. De hecho, fueron sólo dos años y medio. También fue un nombramiento un poco raro, porque yo no soy ni he sido mexicanista, no me he especializado en la historia de México, aunque la conozca. Así pues, coordinar una revista como Historia Mexicana era algo que no correspondía exactamente a mi perfil, aunque, desde luego, yo no fuera tan ajena a la historia de México ni a su historiografía. Mi dirección fue una transición, acompañando el cambio de la dirección del Centro de Estudios Históricos a finales de 1988, con el nombramiento de Alicia Hernández, quien me pidió que me hiciera cargo de la revista, con la idea de que se abriera un poco más a temas comparativos y temas que permitieran reflexionar sobre un México inserto en el mundo.

Lo cierto es que antes, en la revista había dominado una visión de México encerrado sobre sí mismo, aunque desde el comienzo siempre colaboraran en sus páginas historiadores de otros países dedicados a la historiografía mexicana; sin embargo, el esfuerzo por insertar esa historiografía dentro de un marco geográfico, historiográfico y comparativo más amplio había sido escaso. En cierto sentido ésa fue un poco la labor que me tocó, con sus altibajos y sus dificultades, porque se trataba también de acabar con ciertas inercias en la publicación, así como de instituir ciertos mecanismos de evaluación que apenas comenzaban a perfilarse en México, sin duda incentivados por la creación del Sistema Nacional de Investigadores. Es decir, se trataba de que los dictámenes académicos dejaran de ser endógenos, y se realizaran por académicos de reconocido prestigio en México y en el extranjero, con intereses abiertos a lo mejor de la historiografía, proviniera de dónde proviniera. En ese sentido, puse énfasis en la idea de instituir, además del consejo interno, un consejo editorial internacional compuesto por especialistas en diversos campos.

De mi labor puedo decir poco. Tuve la suerte, digámoslo así, de que me tocara festejar los 80 años de Silvio Zavala y para eso Historia Mexicana convocó a historiadores, exalumnos y colegas de don Silvio a un número de homenaje que acabó transformándose en dos números de la revista. Dada la cantidad y calidad de las colaboraciones que se recibieron, se pudo arrancar con mucha fuerza e ir creando también una reserva de artículos aprobados para los siguientes números, cosa que no había sucedido antes, ya que cuando llegué a la revista, ésta me llegó prácticamente en ceros, sin artículos pendientes de publicación. En eso, los 80 años de don Silvio fueron providenciales. También ayudó mucho el cambio hacia una mayor internacionalización, hacia la idea de apoyar los aspectos comparativos y de insertar la historiografía mexicana en ámbitos más amplios. El hecho de que en el propio Centro se estuviera renovando la planta docente, con el nombramiento de nuevos colegas, como los profesores Carlos Marichal, Marcello Carmagnani, Solange Alberro, Pilar Gonzalbo y Carlos Sempat Assadourian, que se trasladó del Centro de Estudios Económicos al Centro de Estudios Históricos, también abrió nuevas miradas. Para entonces ya había ingresado un joven colega ecuatoriano, egresado del propio Colegio, quien también tenía una visión bastante continental: Manuel Miño. De modo que el abanico de intereses del Centro se fue expandiendo a medida que, paralelamente, lo iba haciendo la revista.

Uno de mis deseos fue siempre abrir la revista a algo que yo veía en las revistas de proyección y prestigio internacional: a una sección de debates historiográficos. Se trataba de que un historiador ya reconocido presentara un texto novedoso y que éste fuera comentado y debatido por uno o más colegas, especialistas en el tema. Lo hicimos una vez con mi gran amigo y exdirector de la revista, quien por desgracia ya no nos acompaña, Enrique Florescano, quien con un texto sobre el mito prehispánico permitió que se abriera una discusión interesante en la cual participaron historiadores y etnohistoriadores importantes. Sin embargo, la idea del debate prácticamente no prosperó. Es una idea que ojalá alguna vez se retomara, porque creo que es importante para la vida intelectual de un país, y en concreto, para la historiografía de cualquier lugar, estimular que se aireen puntos de vista plurales: debates, análisis intelectuales críticos, desacuerdos razonados y sustentados, siempre dentro de un tono cordial y respetuoso, como debiera ser todo intercambio de ideas.

Fuera de poner en marcha estas transformaciones, en realidad mi propósito era dejar la revista cuando ésta cumpliera 40 años de vida. No recuerdo bien, pero creo que el último número que yo publiqué fue el 161, de 1991. Entonces fue un verdadero gusto para mí poder dejar la revista en manos de una querida y respetada colega como Josefina Vázquez. Yo titulé mi presentación de ese número como “Recuerdos plurales de una breve dirección”. En realidad, debería de haber dicho “brevísima dirección”, que me permitió profundizar más en el mundo de la historiografía mexicana y al mismo tiempo dejar, si acaso, un granito de arena para que la revista siguiera adelante. ¡Muchas gracias!

Solange Alberro

Gracias por la invitación. Me conmueve mucho todo lo que he oído aquí. Yo no tengo con la revista la misma relación que ustedes, porque tengo la impresión de no haberla dejado todavía, a pesar de los nueve años que tuve el honor de dirigirla.

La impresión que tengo y me puedo equivocar, obviamente, es que sin que yo interviniera en absoluto, simplemente por el paso del tiempo, por la evolución de la historiografía, se dieron muchos cambios, como otros colegas ya lo mencionaron. Temas nuevos, comparaciones, relaciones con el resto del mundo, hicieron posible, junto con el desarrollo tecnológico, esta apertura internacional.

Actualmente, si no me equivoco, Historia Mexicana llega a un millón de lectores, ¡con dos en Afganistán! Cuando mi compa ñero y amigo Pablo me dijo esto, yo no lo podía creer. ¿Qué pasó? ¿Cómo y cuándo se dieron tantos cambios? ¡Y luego esta proyección mundial! Hay algo que me supera enormemente, yo soy incapaz de explicarlo y no sé si ustedes, alguno de ustedes lo puede explicar, porque es realmente increíble pensar que una revista que empezó con “historia mexicana”, poco a poco, con el avance, debido en parte a nuestros alumnos (muchos de nuestros alumnos provienen de otros países, de América Latina, incluso de Europa), poco a poco, sin que nos diéramos cuenta, se abrió el abanico de temas y de formas de enfrentar esos temas comparativos. Es una sensibilidad que hace 40 años, 30 años, no existía, por ejemplo, hacia temas como la religiosidad, los ladrones, las prostitutas, los niños, etc. Son temas nuevos y actualmente están surgiendo cada vez más. Entonces, durante mis 9 años, la verdad, no me di cuenta de esto porque la rutina diaria de leer los trabajos que llegaban… Yo no leía todo, porque yo me siento incapaz de juzgar un trabajo sobre tecnología, por ejemplo. Yo leía exclusivamente lo que se refería al periodo que conozco un poco, el virreinal, y lo demás lo mandaba, como seguimos esta muy sana costumbre, a dos lectores que daban su opinión para saber si el artículo se podía publicar: dos sí o un sí y un no y un tercero decidía. Y esto me parece muy sano. Y que yo sepa, nunca fallamos a esta regla, que es de suma importancia.

Entonces, me es muy difícil asimilar estos enormes cambios porque todavía está muy cercano a mí y veo el desarrollo actual de Historia Mexicana. Ya no es únicamente historia mexicana, México actualmente ya está insertado en el mundo entero. Pronto vamos a tener artículos sobre la relación con África del Sur o con el Tíbet, porque realmente el mundo se amplió tremendamente. Es lo que yo siento y veo con gusto que el número 281 refleja esta evolución que espero nunca termine.

Yo creo que no tengo más que decir. Para mí fue un honor, un gusto y un placer dirigir la revista, sobre todo porque siempre tuve el apoyo increíble de Beatriz Morán, quien en muchos casos me impedía cometer errores, me aconsejaba y me ayudaba. ¡Muchas gracias!

Óscar Mazín

Me es grato compartir este testimonio acerca de Historia Mexicana porque me hace sentir en familia. Cada vez que evoco El Colegio de México, mi casa académica, en seguida me viene a la mente nuestra revista. Para mí, El Colegio empezará siempre por Historia Mexicana. Estamos de plácemes, primero a causa de sus primeros 70 años celebrados hace poco tiempo; y hoy porque sale a luz pública su número 300. Semejantes efemérides son reveladoras de una gran tradición. Nunca se han interrumpido los eslabones de esta muy importante revista de historia. Por eso ella es una auténtica atalaya, un espléndido divisadero de la profesionalización de los estudios históricos no sólo en nuestro país. Tuve oportunidad de corroborar esto último en el artículo que me tocó escribir sobre la producción de Historia Mexicana concerniente a los siglos XVI y XVII para el número conmemorativo de su septuagésimo aniversario.

Llevo en mí el honor de haber sido director de Historia Mexicana durante poco más de una década (2002-2015). Tengo muchas cosas que contar, pero no les voy a abrumar con una cascada de recuerdos. Lo que sí quiero decir es que recibí la revista de mi colega Solange Alberro, que me aleccionó afectuosamente al pasarme la estafeta. También debo mencionar que al cabo de 12 años y medio, ni la revista ni yo habríamos sido los mismos sin la compañía, trabajo y cariño de Beatriz Morán, nuestra brillante jefa editorial, mi “Nena”, como desde entonces la llamo. Efectivamente, en momentos en que hubo que tomar decisiones difíciles, Beatriz salió siempre al quite con su alforja repleta de experiencia. Ella y yo nos beneficiamos de la ayuda de nuestras secretarias, de Graciela en particular, cuando abrimos el interlineado con nueva tipografía e introdujimos nuevos criterios para las notas al pie y las referencias bibliográficas. También buscamos y contamos con el consenso del comité editorial y aun del pleno de profesores. Beatriz encabeza el equipo de la revista desde hace más de 30 años y con estas palabras quiero rendirle homenaje.

Debo poner asimismo en relieve que durante mi gestión Jean François Prud’homme, por entonces encargado de la Coordinación General Académica de El Colegio de México, reunió un grupo colegiado de directores-editores de las siete revistas de nuestra casa de estudios, que hoy son ya ocho. Era muy agradable acudir con los demás colegas responsables y con Micaela Chávez, directora de la biblioteca de El Colegio. Intercambiábamos experiencias en un momento en que las tecnologías nos pedían dar mayor visibilidad a las revistas de El Colegio. Discutíamos problemas, expectativas, y lográbamos consensos para determinar las estrategias a adoptar en relación con el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología y su patrón de revistas de excelencia. Llegamos cada vez a más índices y plataformas internacionales, entre ellos JSTOR. A este logro para Historia Mexicana debe añadirse que todos los números de la revista encontraran por entonces expresión en una plataforma electrónica.

Quisiera, por último, dedicar unas líneas a la producción historiográfica. Me valgo del número conmemorativo de los 70 años, donde se analizan los contenidos de la colección (1951-2021). En la secuencia que va del artículo de Pablo Escalante sobre el México indígena al de Gabriel Torres Puga, dedicado a los artículos que tratan acerca del siglo XVIII, encuentro algunas tendencias. Primero, la presencia de ciertos temas comunes para cada época. Es fascinante seguir sus contenidos porque se advierten interacciones que los autores no necesariamente buscaron. De ahí que se advierta una cierta reciprocidad entre el prehispánico y el siglo de la conquista, como se muestra en el trabajo de Escalante. Lo mismo sucede en el artículo de Rodrigo Martínez Baracs, el mío sobre los siglos XVI y XVII y el ya mencionado de Gabriel Torres.

Para esa, la larga era de la monarquía de España, también verifico que entre la fundación de Historia Mexicana (1951) y el contorno del bienio 1966-1967 prevalece una rica e interesante interdisciplinariedad. Es reveladora de cierta coalescencia entre los dos primeros centros de estudios de El Colegio, el de historia y el de lengua y literatura, así como de estrechos contactos con los centros humanísticos de la Universidad Nacional. De esta suerte, en la revista concurrían no solo historiadores, sino también filólogos, historiadores de arte y literatos. ¿Cómo incentivar hoy la originalidad y frescura de intercambios de la primera hora? Otra cuestión se refiere a la buena pluma de aquellos autores. Era gente que leía mucho y compartía por escrito su experiencia y saber con corrección y claridad. Es muy placentero visitar, por ejemplo, el artículo de un filósofo de la historia como José Gaos sobre el Primero sueño de sor Juana Inés de la Cruz y admirar su calidad literaria. La doctora Josefina Vázquez ha puesto en relieve la importancia de la docencia en relación con la práctica de escribir. Entre los tesoros de nuestra revista hay materiales que pueden infundir a nuestros estudiantes el gusto y sentido de la escritura, tan fundamental en historia. No olvidemos que, por más métodos y teorías disponibles, nuestra disciplina es y seguirá siendo un género literario. Lo que no se expresa bien se conoce mal.

En las décadas siguientes de Historia Mexicana, a partir de la de 1970, se advierten giros socioeconómicos, exuberante aparición de grandes áreas temáticas como la historia urbana, la historia de la educación y la historia regional. También se atisba una importante llamada a salir de los límites de la Nueva España. De suerte que desde finales de los noventa y en los albores de nuestro siglo XXI hay un creciente interés posnacional. Poco a poco, la perspectiva exclusivamente nacional se ve redimensionada, rasgo este que la doctora Vázquez, con razón, ha ponderado en su alocución en el seno de esta conmemoración. Vemos así aparecer nuevos temas vertebradores de la revista y el gusto por la historia cultural.

Momentos antes de iniciar la ceremonia del septuagésimo aniversario de Historia Mexicana nos acordábamos de Bernardo García Martínez, uno de sus directores. Trajimos a cuento que en el acto conmemorativo del número 200, que reuniera a los exdirectores y a las demás revistas de historia en México, Bernardo cargó con la máquina de escribir que usara durante su gestión. Pero como también había conservado una serie de galeras de la revista en un rollo, nos lo exhibió con delectación, como si se tratara de un códice prehispánico. Fue un gesto imperecedero como lo son nuestro aniversario 70 y la aparición del número 300. Que vivan muchos más años El Colegio de México, Historia Mexicana y aquellos colegas que, aunque ya no están con nosotros, siguen presentes en nuestras aulas y en el corazón de nuestra casa, la biblioteca Daniel Cosío Villegas, que lleva el nombre del fundador de nuestra revista.

Pablo Yankelevich

Aquí estamos, 70 años después de que un puñado de académicos -seis, para ser precisos: Arturo Arnáiz y Freg, Alfonso Caso, Wilberto Jiménez Moreno, Agustín Yáñez, Silvio Zavala y Daniel Cosío Villegas-, se lanzaran a la aventura de fundar y publicar una revista. No todos eran historiadores, pero compartían la convicción de que hacía falta crear un nuevo espacio para la difusión del conocimiento histórico. Daniel Cosío Villegas justificó este esfuerzo ante la “notable falta de una revista académica seria, estable, sin prejuicios o banderías, que acogiera los trabajos sobre historia mexicana de mexicanos y extranjeros”.

El primer número tuvo 163 páginas, reunió cinco artículos, tres testimonios, dos críticas y una crónica. 70 años más tarde presentamos el número 281 con casi 600 páginas que recogen 25 artículos y cuatro testimonios dedicados a revisar lo que se ha escrito en la revista a lo largo de siete décadas. No es la primera revisión que se ha realizado, pero sin duda, la más exhaustiva.

Como recordaba Rafael Rojas líneas arriba, en diferentes momentos nuestra revista ha dado cuenta del estado que guarda la historiografía mexicana. El primer balance se publicó en 1966, cuando Historia Mexicana cumplió 15 años. Entonces, Jorge Alberto Manrique coordinó dos números especiales dedicados a repasar lo que fue la más reciente producción historiográfica. En 1971, en el vigésimo aniversario de la revista, a iniciativa de Enrique Florescano, se publicó otro número dedicado a repasar las últimas novedades en distintos temas y periodos del pasado nacional. En 1976, a los 25 años de su fundación, Josefina Z. Vázquez publicó “Historia Mexicana en el banquillo”, un ensayo largo y crítico que se significa como la primera aproximación a la historia de la revista. En 1991, al cumplirse 40 años, Manuel Miño presentó la primera revisión de lo publicado en Historia Mexicana entre 1970 y 1990. Cuando la revista conmemoró su medio siglo, Solange Alberro subrayó las transformaciones en los abordajes del pasado nacional y advirtió los desafíos que representaban las nuevas tecnologías para el trabajo de difusión del conocimiento histórico; mientras que Javier Garciadiego reconstruyó la historia de las publicaciones periódicas mexicanas dedicadas al estudio del pasado para, en ese universo, calibrar la centralidad de Historia Mexicana. Hoy, a dos décadas de aquellas últimas contribuciones, estamos reu nidos para presentar el número 281, que conmemora los 70 años de Historia Mexicana.

Josefina Z. Vázquez recuerda que en 1951 descubrió la revista gracias a un afiche pegado en una parada del tranvía, a la salida de la Preparatoria Nacional. Siete décadas más tarde, basta ingresar a la página electrónica para advertir que, en el último cuatrienio, Historia Mexicana ha recibido casi dos millones de visitas y tres millones de descargas. La mayoría proviene de México, seguido de Estados Unidos. En Europa destacan España y Portugal; en América Latina, Argentina y Brasil. Resulta desconcertante que nos visiten más lectores de Finlandia que de Francia, más tailandeses que chinos y más indios que rusos. Esa “sideral distancia” -como decía Solange Alberro- entre aquel cartel en una parada de tranvía y las estadísticas digitales que podemos recuperar de la plataforma electrónica, ilustra el largo recorrido de la revista.

En estos 70 años, Historia Mexicana ha publicado 4 466 colaboraciones, cerca de 1 500 artículos y casi 2 000 reseñas y críticas de libros. El elenco de autores incluye a los patriarcas de la moderna historiografía mexicana y a muchos jóvenes que después se convirtieron en autores de referencia. Como recordaba Josefina Z. Vázquez, muchos de esos textos fueron primicias o avances de investigaciones que luego se convirtieron en libros fundamentales. Muy pocas revistas en Hispanoamérica -ha señalado Clara E. Lida- pueden presumir de una trayectoria ininterrumpida como la de Historia Mexicana.

El volumen conmemorativo que presentamos puede leerse a partir de cuatro grandes coordenadas. La primera, los grandes momentos de la historia nacional: los mundos precortesianos, la conquista, los siglos coloniales, el largo siglo XIX, la Revolución de 1910 y los tiempos posrevolucionarios hasta avanzada la segunda mitad del siglo pasado. La segunda, los campos temáticos: población, economía, sociedad, los espacios subnacionales, migraciones, relaciones diplomáticas, entre otros. La tercera, los testimonios de protagonistas en la historia de la revista a través de la recuperación de textos preparados por Josefina Z. Vázquez, Andrés Lira, Clara E. Lida y Pilar Gonzalbo, además de un texto de Alexandra Pita sobre los antecedentes editoriales a partir de la experiencia de Silvio Zavala como fundador de otra publicación, Revista de Historia de América, que editó el Instituto Panamericano de Geografía e Historia. La cuarta coordenada es una breve pero contundente numeralia sobre lo publicado desde su fundación en 1951.

En cada uno de los artículos contenidos en este número, se presenta una revisión de autores, temas, espacios geográficos, frecuencias de publicación y crítica bibliográfica. No cabe duda que se podrían haber incluido otros asuntos, aunque en el conjunto de lo publicado hay evidencias suficientes para aquilatar el valor de Historia Mexicana y su impacto en las aproximaciones al pasado nacional. Por supuesto que se advierten silencios en la historiografía. En este sentido, este número puede ser leído como un mapa de lo recorrido, y también como una hoja de ruta de lo que aún falta por explorar. Sobre estos asuntos haré tres comentarios.

En primer lugar, este número exhibe el recorrido de Historia Mexicana desde una dura historia política-institucional en sus años fundacionales, hasta llegar a nuestros días, donde se exhiben una pluralidad de enfoques como la historia global, social, política, económica, ambiental, cultural y de género. Entre estos dos extremos, se recuperan los contenidos de la investigación histórica a lo largo de siete décadas. La distribución y las frecuencias son muy variadas y de ello también da cuenta este número 281. Más de la mitad de la producción editorial de la revista estuvo dedicada a los siglos coloniales y a un largo siglo XIX que cierra la Revolución de 1910. ¿Qué hay más allá de estos límites temporales? En un extremo, figura el mundo precortesiano con una escasa representación, y esto se explica porque el Centro de Estudios Históricos, desde su fundación, advirtió el poco sentido de dedicar esfuerzos que ya realizaban muy bien en otras instituciones como la UNAM y en particular el INAH, donde el periodo prehispánico era materia de una portentosa especialidad. En el otro extremo del arco temporal, como exhiben los textos de Javier Garciadiego y Ariel Rodríguez Kuri, el panorama resulta especialmente alentador por la creciente presencia del siglo XX en los contenidos de Historia Mexicana. En los 70 años de vida de la revista, la mitad de los estudios dedicados a ese siglo se han publicado entre 2000 y 2020, muestra evidente de una rápida y notable expansión. El siglo XX ha ganado un espacio cada vez más amplio, reflejo del interés que despierta en las nuevas generaciones de historiadores, de la vitalidad que goza como objeto de estudio y de la renovación constante de temas y enfoques.

En los orígenes de Historia Mexicana laten dos grandes caudales. El primero, la historia colonial en la estela del magisterio de Silvio Zavala y de los profesores fundadores del Centro. El segundo proviene de la labor de Daniel Cosío Villegas y su equipo de investigadores, responsables de los proyectos colectivos sobre la República Restaurada, el Porfiriato y la Revolución Mexicana. En cada una de estas vertientes ha corrido mucha agua: temas, enfoques y miradas diversas con las que los historiadores se han aproximado a esos periodos. Al concluir la lectura de este número, advertí que podía recorrerse como una Rayuela cortazariana: el lector puede saltar de un eje temporal a otro temático, entrecruzando perspectivas y temas. Así, por ejemplo, es posible leer el artículo de Elisa Cárdenas sobre la presencia en Historia Mexicana de estudios sobre el triunfo del proyecto liberal en la segunda mitad del siglo XIX, en diálogo con la contribución de Cecilia Zuleta y Paolo Riguzzi sobre las relaciones internacionales. Del mismo modo, el artículo de Rodrigo Moreno sobre la independencia de México puede entrelazarse con las aportaciones de Juan Pedro Viqueira en torno a las cuestiones indígenas. En suma, una lectura cruzada permite apreciar con mayor claridad las tramas que conforman una historiografía densa, diversa y profundamente rica.

Un segundo comentario refiere a una revista que desde su fundación estuvo dedicada a informar sobre documentación histórica y novedades bibliográficas, así como a difundir y promover el diálogo historiográfico. En Historia Mexicana se encuentran más de dos millares de colaboraciones que reúnen críticas de libro y hallazgos documentales. En este número no hay un artículo que pondere el peso y valor de las reseñas bibliográficas, aunque el contenido de muchas de ellas está incorporado en los diferentes trabajos.

El primer número de la revista llamó la atención, entre otros asuntos, porque llevó el escudo de la Santa Inquisición como ilustración de portada. Las lecturas de esa portada no repararon en su asociación con el artículo de José Miranda sobre Erasmo en la Nueva España, sino por el contrario, quedó vinculado a una crítica de Daniel Cosío Villegas a lo que llamó una historia prejuiciada. Se trató de una demoledora impugnación a un proyecto editorial orientado a publicar el archivo de Porfirio Díaz. Tal fue la batahola desatada por ese texto que, durante los meses de agosto y septiembre de 1951, se publicaron en la prensa diaria una serie de respuestas a Cosío Villegas. Finalmente, en el siguiente número de la revista, en un artículo que tituló “Entrega inmediata”, Cosío Villegas dio respuesta a cada uno de sus críticos acusándolos, a partir de una abultada evidencia documental, de faltar a la verdad. Más allá de la anécdota, lo verdaderamente significativo fue la puesta en práctica de aquello que el mismo Cosío Villegas señaló en aquel primer número de julio de 1951: el compromiso con una manera de hacer historia donde el prejuicio fuera desterrado para dar lugar a un trabajo de verdadera comprensión de lo ocurrido a partir de investigaciones serias, profesionales, fundadas en una verdadera crítica de fuentes. Ese espíritu permanece inalterado, y así se pueden leer, entre otras, memorables polémicas como la de Luis González frente a Moisés González Navarro, Edmundo O’Gorman frente a Georges Baudot y Alan Knight frente Eric Van Young.

El tercer y último comentario refiere a los artículos que revisan las conexiones de México con otras realidades. David Jorge escribe sobre el caso de España, Rafael Rojas sobre América Latina y Mauricio Tenorio sobre Estados Unidos de América en las páginas de Historia Mexicana. Las presencias de España y de América Latina resuenan desde la misma fundación del Centro de Estudios Históricos; de ahí, por ejemplo, deriva una sensibilidad especial por cuestiones vinculadas al exilio republicano español. Las preocupaciones por América Latina están presentes desde los inicios de la revista, aunque, aquello que hoy llamaríamos una mirada atlántica se asienta fuertemente a partir de la dirección de Enrique Florescano en los setenta, se acrecienta en los noventa con la dirección de Clara E. Lida y de Solange Alberro, y se renueva por completo a partir de la gestión de Óscar Mazín. Como botón de muestra sólo basta detenerse en el número dedicado a los centenarios de las independencias hispanoamericanas.

Sin embargo, persiste una deuda, y aquí retomo el señalamiento de Mauricio Tenorio respecto a la escasa presencia de Estados Unidos de América. Ello no impide reconocer los valiosos aportes de Josefina Z. Vázquez, pionera en los estudios sobre la historia estadounidense en El Colegio de México, ni el trabajo que hoy continúa Erika Pani en esa misma línea. Lo cierto es que, aunque Historia Mexicana ha publicado artícu los sobre la migración mexicana hacia el vecino país, sigue siendo limitada la atención al mundo chicano, a las historias transfronterizas y a esa enorme porción del país vecino que no puede comprenderse sin México, por la sencilla razón de que fue mexicana antes de ser estadounidense. Reconocer esas ausencias implica asumir el desafío de abrir nuevas rutas de investigación que amplíen el diálogo historiográfico y fortalezcan la comprensión compartida de un pasado que, inevitablemente, ha sido y seguirá siendo común.

A nombre del Centro de Estudios Históricos, deseo cerrar esta intervención con una serie de agradecimientos. Historia Mexicana es una empresa cuya ejecución recae sobre un grupo muy pequeño. Rafael Rojas a cargo de la dirección, Beatriz Morán, responsable de los procesos editoriales desde hace más de 30 años. No está de más recordar que, de los 281 números publicados, más de un centenar han pasado por sus manos. Frida Martínez León, encargada de la edición digital, y Gabriela Núñez, responsable de diversas gestiones administrativas. Éste es el equipo ejecutivo, el que trabaja todos los días. Sin embargo, Historia Mexicana no sería posible sin el apoyo de redes académicas y técnicas. La primera red son los profesores del Centro de Estudios Históricos que colaboran en tanto miembros del Consejo Interno de la revista. Luego están los colegas de los consejos externos, el nacional y el internacional, y por último una variedad de apoyos institucionales: el personal de la Biblioteca, el de Servicios de Cómputo y, por supuesto, el de la Dirección de Publicaciones. Junto a estos equipos, hay dos componentes esenciales. El primero son los autores; hemos publicado a casi 5 000 autores. Historia Mexicana tiene un índice de rechazo muy alto, recibimos más de un centenar de artículos al año y publicamos menos de la tercera parte. No siempre es fácil publicar en Historia Mexicana, los procesos de evaluación son estrictos y quienes asumen esta responsabilidad constituyen el segundo componente: los evaluadores; sin ellos, nuestra revista tampoco sería posible. Autores y evaluadores son los pilares de una publicación comprometida con los más altos estándares de calidad académica. A ellos dejamos constancia de nuestro agradecimiento.

Por último, en 2015 Historia Mexicana entró de lleno a la era digital. Hemos asumido este desafío que ha revolucionado los procesos editoriales y las formas de difundir el conocimiento histórico. Sobre las posibilidades que ofrecen estas herramientas hemos conversado con Rafael Rojas, y en ello estábamos cuando se nos cruzó la pandemia del COVID-19. Confío que muy pronto retomaremos estos proyectos para revitalizar la difusión, la crítica y la polémica. A 70 años de distancia Historia Mexicana reafirma el espíritu con el que nació en 1951: hacer historia con seriedad, apertura y rigor, sin prejuicios ni banderías, abierta a todas las corrientes historiográficas, siempre con la exigencia de publicar investigaciones originales, sólidas y bien fundadas.

Muchas felicidades a todos los autores que participan en este número, 281; por supuesto, al equipo editorial de Historia Mexicana, cuya labor constante mantiene vivo uno de los esfuerzos académicos más valiosos de nuestro Centro de Estudios Históricos.

Beatriz Morán Gortari

Para mí es un honor celebrar los 75 años de Historia Mexicana y su número 300. Quisiera contarles, brevemente, cómo crecimos Historia Mexicana y yo.

En enero de 1989, por invitación de las doctoras Clara E. Lida y Alicia Hernández, entré a trabajar a la revista como ayudante de redacción. Para mi fortuna, desde el primer día participé en la hechura casi a mano de Historia Mexicana. No voy a repetir lo que sus exdirectores han compartido con nosotros, sin embargo, debo decir que, en aquel entonces, la revista atravesaba por una situación difícil: tenía un retraso considerable en su calendario de publicación y no contaba con materiales de reserva.

Fui testigo de la enorme labor que las doctoras Clara E. Lida [directora] y Dorothy Tanck [redactora] realizaron: enviaron invitaciones a investigadores nacionales e internacionales solicitando, sobre todo, artículos y reseñas; ampliaron la cartera de dictaminadores; crearon un Consejo Asesor y lograron aumentar el número de suscripciones. Tengo muy presente la imagen de la doctora Tanck con dos enormes catálogos de universidades de Estados Unidos a las que envió invitación y consiguió que casi todas ellas se suscribieran; al mismo tiempo, estableció un intercambio o canje por medio de la Biblioteca con revistas de América Latina, Europa y Asia, todas ellas interesadas en la historia de México.

En el número 152, ya durante la dirección de la doctora Clara E. Lida, aparecieron por primera vez en la revista las Normas Editoriales y en la cuarta de forros, anunciados, los artículos De Próxima Aparición. También se incluyó, en el número de octubre-diciembre de cada volumen, la lista de Publicaciones Recibidas durante el año y que, en su mayoría, se reseñaron. Muchos otros títulos, como hasta la fecha, pasaron al acervo de la Biblioteca Daniel Cosío Villegas.

Al mismo tiempo, la doctora Lida coordinó a correctores, traductores, formadores, diseñadores, impresores, muchos de los que hasta la fecha trabajan con nosotros, como es el caso de Carlos Villanueva y su equipo de El Atril. Recuerdo las horas y la cantidad de muestras que Carlos entregó con la tipografía original de Historia Mexicana. No había, ni hay, una fuente, ni siquiera parecida a la diseñada, ahora sabemos, en 1951, por el pintor y tipógrafo exiliado español Miguel Prieto Anguita.

Unida a este mar de tareas llegó la primera computadora destinada a Historia Mexicana. La producción de los números 152 y 153, que conmemoraron los 80 años de vida de don Silvio Zavala, fueron en modalidad híbrida, es decir, la mayoría de los autores entregaron sus trabajos como se había hecho hasta ese momento, en papel. Sólo unos cuantos lo hicieron en papel, acompañado por aquellos disquetes que se atoraban en la máquina y no funcionaban más.

¡Por fin teníamos una computadora que Sarita [Reséndiz], secretaria y alma de la revista, y yo compartiríamos, pero que ninguna de las dos sabía manejar! Una vez más, la doctora Lida, con infinita paciencia, nos enseñó a usarla. No hace falta decir que Sarita se dio a la tarea de capturar los 30 textos para dichos números, y que después de eso, dominó para siempre la computadora.

Se dice pronto, pero el inicio fue muy intenso. Se puso al día la revista que, como dije, llevaba más de un año y medio de retraso y, conforme las exigencias de los materiales lo requirieron, se abrieron y reabrieron secciones como Debate, Crítica de libros, Testimonios, Archivos y documentos, etcétera.

Enumero estas tareas porque me parece que marcan un punto de partida. Los que posteriormente dirigieron la revista, las continuaron y adaptaron conforme fueron surgiendo otras necesidades, pero hay que decirlo, Historia Mexicana en ese momento carecía de todas ellas.

El número de artículos que desde sus inicios publicó Historia Mexicana fue de tres o cuatro, y así se mantuvo durante años, excepto en los monográficos. Aparecieron, además, testimonios, comentarios y críticas acaloradas sobre las novedades editoriales. Los textos, en aquella época, se medían por cuartilla; hoy, se miden por caracteres… A partir de 2000, la extensión de los mismos se duplicó y hasta triplicó, esto por diversas razones, entre ellas, el cambio de diseño durante la dirección del doctor Óscar Mazín; el cambio, además, del formato de citación, las exigencias de Conacyt de publicar mayor número de artículos, los números conmemorativos, las 7, luego 12 y finalmente 20 reseñas que desde 2015, bajo la dirección del doctor Pablo Yankelevich, aparecen en cada número, y claro, la cada vez más abundante producción historiográfica.

A la par de estas colaboraciones, como se mencionó, Historia Mexicana publicó interesantes números monográficos sobre historia económica, historia social, historia de la educación, historia cultural, demografía, etc. Las demandas tipográficas de estos números nos permiten ver cómo empiezan a aparecer, acompañando los textos, cantidades considerables de gráficas y cuadros con nuevos diseños. A mí todavía me tocó corregir y ver publicados aquellos cuadros que llamaban sábanas y que se doblaban y doblaban hasta conseguir el tamaño de la caja.

Con la llegada de los programas para diseño, esos formatos se modificaron. Lo mismo ocurrió con los lenguajes especializados de cada materia, con construcciones tomadas de otros idiomas, repeticiones de palabras que terminaron convirtiéndose en siglas o abreviaturas, uso de expresiones que hasta ese momento no existían en español y que con el tiempo se integraron.

Historia Mexicana, sin duda, se ha enriquecido con cada uno de sus directores, quienes además de continuar la labor y tradición de la revista, han hecho aportes importantes. Cómo no recordar el interesante debate historiográfico, publicado en el número 155, en el que, invitados por la doctora Lida, cuatro distinguidos historiadores: Enrique Florescano, Alfredo López Austin, Pedro Carrasco y Georges Baudot discutieron sobre el México antiguo. O durante la dirección de la doctora Vázquez, cuando se publicaron números monográficos que todavía hoy son punto de referencia para distintas investigaciones. Lo mismo podemos decir de algunos artículos que ya son clásicos.

En 1993 la doctora Alicia Hernández nombró como directora de la revista a la doctora Solange Alberro y a mí redactora. A partir de esa fecha me ocupé, junto con Solange, ya no sólo de la parte de producción, sino que también me permitió involucrarme y acercarme a los autores, haciéndoles llegar las invitaciones para dictaminar y reseñar, y en la organización de números en general, y de monográficos. No puedo dejar de mencionar que, a lo largo de nueve años, me tocó ver a Solange introducir buena parte de su experiencia en el Seminario de Historia de las Mentalidades al coordinar monográficos como “Rituales cívicos”, “Manuel Payno”, “Los bajos fondos”, “Yucatán”, uno más sobre “Revolución Mexicana”, etc., y en todos se incluyeron trabajos de jóvenes investigadores, algunos de ellos egresados del Centro de Estudios Históricos, y que hoy son reconocidos profesores en instituciones de primer nivel.

Fue también durante la dirección de Solange que se ampliaron los consejos internacional, nacional y del Centro de Estudios Históricos. Y una vez más, la cartera de dictaminadores y reseñadores creció.

Todavía bajo su dirección Historia Mexicana celebró sus 50 años con el número 200 y para ello, junto con el doctor Garciadiego, invitó a todas las revistas mexicanas de historia a participar en la conmemoración.

Entramos al nuevo siglo y durante la dirección de Óscar Mazín y ya con Graciela San Juan como secretaria, pues Sarita se había ido a trabajar a Presidencia con el doctor Lira, Historia Mexicana conmemoró dos fechas importantes: el Bicentenario de la Independencia de México y el Centenario de la Revolución Mexicana. Para ello se publicaron dos números, como dice la doctora Vázquez, rechonchos, con colaboraciones de especialistas nacionales y extranjeros.

De igual forma, durante la dirección de Óscar, Historia Mexicana dio un paso más y se digitalizó. El Centro de Estudios Históricos, junto con la Biblioteca, dieron el sí a JSTOR y desde entonces, el acervo histórico de la revista puede consultarse en línea. Y si con esto Historia Mexicana se modernizó, a partir de 2015 “el futuro nos alcanzó…”.

Un par de años antes Conacyt había solicitado a las revistas iniciar las gestiones para “entrar” al mundo digital, lo que nos llevó a la plataforma OJS (Open Journal Systems). ¡Los cambios fueron relevantes!

El doctor Yankelevich acababa de tomar la dirección de la revista cuando iniciamos la migración a la plataforma. De nuevo trabajamos en formato híbrido. Continuamos haciendo la revista de la misma forma, aunque Pablo introdujo, entre muchas cosas, la publicación electrónica de las reseñas de las novedades editoriales que hoy pueden leerse en línea, dos años antes de su aparición en formato impreso.

Hago un paréntesis; no sólo la sección de reseñas creció, otra de las contribuciones de Pablo fue la introducción de dossiers temáticos. Éstos han contribuido a la difusión, actualización y renovación del conocimiento histórico del pasado mexicano y latinoamericano.

El mundo digital, como decía, reclamaba, además, la figura de otro editor. Al inicio, en 2016, Historia Mexicana contó con la ayuda de Lucero San Vicente y un año después, 2017, y hasta la fecha, la editora digital y mucho más es Frida Martínez León. El paso al mundo electrónico nos obligó, entre otras cosas, a hacer una revisión total del acervo histórico ya digitalizado. Esta enorme labor se la debemos a Frida, quien leyó cada una de las colaboraciones, les dio una nueva clasificación temática y uniformó criterios (creo que sólo Frida y yo podemos presumir de haber leído en su totalidad Historia Mexicana).

Cabe señalar que desde 2017, contamos, además, con la ayuda siempre profesional de nuestra muy querida y eficiente secretaria, Gabriela Núñez.

Hoy, Historia Mexicana, bajo la dirección del doctor Rafael Rojas, continúa trabajando en modalidad híbrida. A él y a Pablo les debemos la hechura, entre otros, del número 281 con el que conmemoramos los 70 años de vida de la revista. La revisión y repaso historiográfico de este número es y será, sin duda, un referente de consulta.

Lo mismo podemos decir de los interesantes dossiers que Rafa, con una gran apertura hacia temáticas antes poco o nada trabajadas, ha sacado adelante. Temas tan diversos como las plagas, la delincuencia, el futbol en América Latina, la música, la Comintern en América Latina, la vida cotidiana en Iberoamérica, la historia agraria, etc., están impresos ya en cientos de páginas de Historia Mexicana. Aunado a todo ello, Rafa se ha ocupado, desde el número 281, de organizar presentaciones de algunos de estos dossiers, logrando así mayor visibilidad para la revista.

Durante su gestión se han abierto nuevas secciones como Textos recuperados, Entrevistas, Diálogos y Debates, Revisión, lo que nos permite ver los distintos ejercicios que realizan hoy en día los jóvenes historiadores.

Así, llegamos al número 300 de Historia Mexicana, que conmemora los 75 años ininterrumpidos de publicación de la revista. Para dicha ocasión, junto con los testimonios de varios de sus exdirectores, y las colaboraciones de algunos investigadores, la historia agraria ocupa el tema central del dossier.

No quiero extenderme más y con esto termino. Trabajar en Historia Mexicana me ha dado la oportunidad de crecer profesionalmente, de leer, conocer y estar en contacto con his toria do res nacionales y extranjeros, con traductores, correctores, diseñadores, formadores e impresores, de los que he aprendido muchísimo. También aprendí a valorar el trabajo en equipo, la solidaridad y el respeto por la profesión.

Puedo asegurar que, Historia Mexicana y yo, después de 35 años juntas, contamos con el respeto y el afecto de grandes amigos. ¡Muchas gracias!

Frida Martínez León

Hojear un libro, sentir el ir y venir de las páginas, observar diversas tipografías y distintas clases de papel son experiencias sustanciales para toda persona que disfruta leer. Durante siglos la dimensión físico-impresa de los textos fue el objeto angular en procesos de aprendizaje e intercambio de ideas. Hoy, las dinámicas de lectura e investigación se han transformado significativamente con el asalto de internet a la vida cotidiana: el vehículo y soporte del conocimiento reveló una nueva faceta ya no dependiente de la fibra de celulosa, pero sí de monitores y todo tipo de artefactos electrónicos. Este giro no implicó solamente un desplazamiento de tipo material, las prácticas editoriales habituales se vieron cimbradas ante un horizonte ambiguo pero sugerente. ¿Cómo se vive el tránsito hacia un espacio en construcción desde una publicación académica?, ¿qué dirección tomar y cuáles acciones poner en marcha? Un repaso de los últimos 25 años de Historia Mexicana nos permitirá conocer las propuestas y soluciones que marcaron la entrada de la revista al plano digital.

Con el inicio del siglo XXI, las políticas de preservación y digitalización de la Biblioteca Daniel Cosío Villegas de El Colegio de México fueron el punto de partida que permitió acercar a los usuarios con la versión electrónica de cientos de artículos y reseñas editados desde 1951; sin embargo, esta primera alternativa tuvo limitaciones para los lectores externos ya que el acceso únicamente era posible desde las instalaciones de la institución. Para 2007, durante la dirección de Óscar Mazín y dando continuidad a esta iniciativa, tuvo lugar el primer esfuerzo individual de una revista de El Colegio de México por presentar una página web donde fuera posible difundir su acervo. En este nuevo esquema las restricciones siguieron para los usuarios sin suscripción: el último volumen, lo equivalente a cuatro números, tenía un embargo.

Otro momento relevante en este recorrido ocurrió en 2009 cuando, tras años de ofrecimientos y negociaciones con la organización ITHAKA por medio del servicio JSTOR, se permitió digitalizar en alta resolución y compartir en sus repositorios la colección, ya no solo de Historia Mexicana, sino del conjunto de revistas. Al tratarse de una plataforma con convenios académicos a escala global, la distribución y el alcance de los contenidos comenzaron a despuntar. Es importante señalar una de las características más importantes de este proyecto, cuyo objetivo es mejorar el acceso al conocimiento: la consulta de artículos o libros tiene costo si no es por medio de permisos que otorgan universidades e institutos de investigación a sus alumnos y colaboradores. Las veredas seguían expandiéndose, pero bajo ciertos términos.

En este periodo de ajustes, los criterios de evaluación del entonces Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (ahora SECIHTI) apuntaron al uso de herramientas especializadas para la gestión y publicación de revistas científicas. En esta coyuntura, el diálogo sobre acceso abierto cobró protagonismo, aunque la discusión llevaba tiempo en el tintero desde la presentación pública de la Iniciativa de Budapest (2002) y posteriormente con la Declaración de Bethesda y más tarde la de Berlín (2003). Estos posicionamientos partieron de un eje fundamental: el uso de internet. A esto se sumaron matices determinantes como la eliminación de cobros para los lectores y el libre uso y descarga de artículos o notas de investigación.

Las declaraciones que acabamos de repasar, aun cuando marcaron la pauta en términos de acceso abierto, no fueron los únicos destellos por llevar esta problemática al siguiente nivel. En la Universidad de British Columbia, un grupo de investigadores y estudiantes portaron este desafío al plano empírico dando como resultado el desarrollo de un software gratuito dedicado exclusivamente al manejo de revistas electrónicas (Open Journal Systems/OJS). Las directrices del Conacyt encontraron en OJS el programa adecuado para comenzar la migración hacia un formato homogéneo y específico para publicaciones seriadas. Esta normatividad hizo eco en Historia Mexicana desde 2013, cuando se adoptó el nuevo sistema de gestión; en contraste con los ensayos anteriores, ahí todos los números de la revista serían de libre consulta. Es preciso destacar el trabajo de los equipos de soporte técnico, así como la revisión exhaustiva de plantillas y traducciones por parte de Beatriz Morán, redactora de la revista desde 1992. El resultado de esta labor, vigente hasta la versión más reciente de OJS, ofrece a los usuarios instrucciones claras que permiten una navegación más natural en el sitio web.

En 2015-2016, durante la dirección de Pablo Yankelevich, el proyecto editorial acogió las exigencias del ecosistema digital apelando a los mismos criterios de calidad. Un paso importante en esta etapa consistió en la verificación de metadatos, producto de la migración de información desde la Biblioteca hacia OJS. Esta tarea comprendió la lectura de más de 3 500 colaboraciones para poder asignar descriptores precisos y útiles, además de reemplazar archivos en formato PDF, incompletos o en baja resolución. Paralelo a esto y para dar continuidad al trabajo de Biblioteca, el equipo editorial promovió la inclusión de la revista en directorios e índices internacionales como DOAJ y ERIH PLUS. A partir de 2017 se integraron los archivos XML como formato de salida: este lenguaje de marcado facilita el almacenamiento, preservación e intercambio de información entre plataformas y bases de datos. Otro avance que emergió desde la página web y que tuvo impacto en la discusión historiográfica fue la publicación por adelantado de reseñas críticas sobre novedades editoriales. La implementación de esta modalidad fue un momento clave para replantear la relación papel/virtualidad puesto que los parámetros de SciELO sobre publicación continua eran limitantes en lo que respecta a la edición impresa. De esta manera, las colaboraciones que originalmente aparecen en línea pasan al formato físico según la numeración asignada.

Contar con 300 números en acceso abierto representó la llegada de nuevos visitantes desde procedencias digitales múltiples: buscadores generales, repositorios y redes sociales. Al tener un público vasto y heterogéneo, en el curso de la dirección de Rafael Rojas se volvió apremiante ofrecer herramientas de accesibilidad que garantizaran una lectura fluida en términos visuales. Esta cuestión, aunque favoreció a muchos usuarios, dejó fuera a otros tantos. Con la intención de incluir a todos los públicos posibles, la agenda de difusión se amplió al presentar los cuatro números de 2025 en formato MP3, ePub y Kindle.

La página web mantiene apertura ante cambios de diseño y migraciones a versiones renovadas. Después de 75 años, Historia Mexicana habita la dicotomía en donde el papel seguirá siendo un lugar seguro al cual regresar y en donde la virtualidad se presenta como un terreno lleno de inquietudes y pruebas que le permitan desbrozar viejos senderos y trazar nuevos caminos.

*Los textos reunidos en esta sección tuvieron su origen en la presentación del número 281 que conmemoró los 70 años de la revista; todos los textos fueron editados y actualizados

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