La vida de Marcello Carmagnani se apagó el 1 de febrero de 2025 dejando un legado tan grande como su significativa obra. Fue uno de los protagonistas de la renovación de la historiografía latinoamericanista, promotor de la historia comparada y pionero de la historia global en el siglo XXI, más aún, en su trayec to ria intelectual se pueden leer los desafíos, preocupaciones y corrientes historiográficas que atravesaron a los historiadores de la segunda mitad del siglo XX.
Amigos, colegas, discípulos y alumnos de ambos lados del océano Atlántico lo recordamos como un intelectual agudo, siempre inconforme con las explicaciones históricas simplistas, riguroso como pocos, incansable polemista y profundamente generoso al compartir sus conocimientos. En México es reconocido por tres obras fundamentales: Federalismos latinoamericanos: México/ Brasil/ Argentina,1Estado y mercado. La economía pública del liberalismo mexicano, 1850-1911,2 y El otro Occidente. América Latina desde la invasión europea hasta la globalización.3 Preocupado por divulgar el conocimiento especializado mediante historias generales escribió La fundación del Estado mexicano, 1821-1855.4 Alcanzó plenamente su objetivo, pues actualmente forma parte de los programas del Colegio de Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México, así influye en la formación de millares de jóvenes de educación media superior. Siendo su obra multidisciplinaria -multidimensional la llamaba- en estas páginas enfatizo las aportaciones que en las últimas cuatro décadas hizo a la historia política mexicana, que es uno los aspectos menos conocidos.5
Nacido en 1940 en Verona, Italia, era hijo de padre diplomático, por lo que a los 10 años de edad se trasladó con su familia a Chile. Estudió la educación media en Talca e ingresó a la Universidad de Chile en 1958; pronto se integró al Centro de Estudios Coloniales dirigido por Mario Góngora,6 ahí conoció a Ruggiero Romano, quien lo persuadió de estudiar el doctorado en París con Fernand Braudel y el propio Romano. La experiencia vivida entre Chile y Francia fue definitiva para afirmar su vocación latinoamericanista, por lo que, en 1976, de vuelta a su natal Italia fundó, en la Universidad de Turín, la cátedra de estudios de América Latina.
En sus andanzas por el continente hizo una primera parada en nuestro país, en la Universidad Autónoma Metropolitana.7 Llegó a El Colegio de México en 1989 como profesor visitante. En una entrevista concedida a Carlos Marichal en 1991, Carmagnani explicó que su principal inquietud había sido comprender las raíces históricas del atraso económico de las áreas latinoamericanas, “en especial si el desfase entre las diferentes áreas tenía origen en la relación colonial”. Inconforme con el reduccionismo al que puede conducir todo modelo explicativo, transitó por varias corrientes historiográficas: la teoría de la dependencia, Annales y el marxismo crítico8 para llegar a la historia comparada, con la convicción de que “los problemas de América Latina deben ser comprendidos a la luz de las tendencias internacionales y de la capacidad de los actores históricos nacionales o regionales de dar respuestas.9
Carmagnani pronto se enfrentó a un horizonte historiográfico en el que aún dominaba el “Revisionismo”, cuyo principal tema fue la revolución mexicana, aunque los historiadores comenzaban a virar su interés al porfiriato como antecedente de la lucha armada de 1910-1917. Enrique Florescano en El nuevo pasado mexicano10 analizó la historiografía sobre el siglo XIX, “el siglo olvidado” en los decenios 1950-1970. Destacó los avances que entre 1960 y 1990 se habían hecho en la historia social y económica del siglo XIX. En contraste, lamentó que el ámbito político había convocado a muy pocos historiadores, aunque reconoció los trabajos de Josefina Z. Vázquez y David Brading sobre el nacionalismo mexicano y los de Charles Hale acerca del liberalismo.11 Un gran interés había despertado François-Xavier Guerra con su Del Antiguo régimen a la Revolución, que sostuvo que la historia mexicana era la historia de la lucha entre una élite gobernante e ilustrada que se propuso modernizar al país, y la resistencia que opusieron los sectores tradicionales y mayoritarios.12 En otras palabras, la historia mexicana quedaba reducida a la difícil implementación del proyecto de la modernidad. Florescano en su análisis menguó otras aportaciones y corrientes historiográficas, entre ellos el latinoamericanismo,13 y, sin embargo, es cierto que una imagen del atraso mexicano devolvía la historiografía mexicanista, mientras que los mexicanos mantenían la convicción de la originalidad de su proceso histórico, que se expresaba en la Revolución, resabio del discurso del nacionalismo revolucionario.
El horizonte historiográfico y docente del profesor era completamente distinto. En el curso que impartió en El Colegio de México “Formas históricas del estado liberal latinoamericano. De la crisis del régimen colonial a la crisis del liberalismo notabiliario (siglos XVIII y XIX)”, advirtió que su objetivo era “ilustrar los procesos políticos, institucionales, sociales y económicos que permitieron tanto en Europa Occidental como en América Latina el nacimiento de una nueva cultura política y de un proyecto político-institucional en grado de dar vida y efectividad a un estado de corte liberal”.14 Introdujo una característica que lo diferenció de otras asignaturas: el análisis debía ser histórico-conceptual. Por eso los rasgos del Antiguo Régimen fueron emergiendo con Tocqueville, Otto Hintze, Poggi, Polangi, y la teoría de las formas de gobierno de Bobbio.15 De este modo nos introdujo en la dimensión comparativa de los procesos históricos iberoamericanos y europeos, elemento fundamental que permea su obra.
En el aula Carmagnani poco a poco dejaba la voz suave y pausada que lo caracterizaba para transfigurarse en un polemista incendiario. En cada sesión se batió en duelo con dos imágenes enraizadas en la historiografía: el atraso cultural y polí tico iberoamericano frente al europeo; el carácter exógeno del liberalismo y del federalismo en América Latina, interpretados como copias burdas y mal aclimatadas al suelo la ti no ame ri cano, el liberalismo de factura europea, el federalismo de origen norteamericano pero ambos -afirmaba la historiografía estadounidense- condenados al fracaso.16 Un muy variado arsenal desplegaba en contra de una misma falacia: México está atrapado en una modernidad trunca, falacia pregonada desde el porfiriato hasta nuestros días. Sesión tras sesión insistió en tres principios:
Primero, el liberalismo no es un proyecto estructurado sino un conjunto de conceptos políticos, sociales, económicos y culturales formulados en paralelo, que se activan según las exigencias del momento histórico.
Segundo, el liberalismo se nutre doctrinaria y filosóficamente del jusnaturalismo, por ello establece una interdependencia entre las libertades políticas y las libertades económicas.
Tercero, el proyecto liberal estableció una tensión entre el derecho natural y la institucionalización, por eso las constituciones plasman un equilibrio entre las libertades y el poder del Estado y del gobierno, que se expresa por una parte en la división y equilibrio de poderes; por otra parte, en la definición e implementación de los derechos de propiedad con el fin de controlar los excesos de los grupos en el poder.
Paradójicamente, el jusnaturalismo favoreció la expansión de las libertades políticas, civiles y económicas, mientras que el liberalismo tendió a convertirlas en leyes positivas, que en ocasiones restringieron los principios del derecho natural. Estas ideas con los que Carmagnani nos moldeaba, las publicaría en 2005 en su ensayo “Los vectores de la cultura liberal”.17
Para el segundo semestre anunció que el curso se dedicaría al estudio de las finanzas, y en particular al análisis de la hacienda liberal y el presupuesto público. Carmagnani había concluido la investigación que se plasmó en un libro, convertido hoy en referente obligado: Estado y mercado. La economía pública del liberalismo mexicano, 1850-1911. Desde el marco de la cultura política del liberalismo investigó la economía pública. La hacienda pública liberal expresa una nueva relación entre los ciudadanos y el Estado. La hacienda y su instrumento, el presupuesto, se fincaron en la obligación ciudadana de pagar impuestos a cambio de que el gobierno garantizara la propiedad y la seguridad, así como un mínimo de servicios públicos. Clave en su argumentación era que el gasto y los ingresos hacendarios favorecen y determinan la cultura, las instituciones, la sociedad y la vida económica, ya sea favoreciendo o inhibiendo la acción que desempeñan los poderes constitucionales, la política, la justicia y la administración pública. Anhelo liberal fue que la población contribuyera a sostener al Estado conforme a las capacidades individuales, instituyendo gravámenes al consumo.
Carmagnani razonaba como los economistas clásicos: la evolución económica debía estudiarse en el marco de los poderes constitucionales, la política, la justicia y la administración pública. En Iberoamérica -defendió- la articulación entre los distintos ámbitos descansaba en una importante razón histórica: a partir de la independencia la legitimidad de los Estados se sustentó en que la población ejerciera sus derechos a través de sus órganos constitucionales. El proceso fue complejo porque en paralelo los países latinoamericanos tuvieron que establecer sus límites geográficos, organizar sus territorios y crear las condiciones materiales para que el Estado tuviera la capacidad de garantizar la soberanía nacional de toda intervención política y militar extranjera.
Confió a Marichal en la entrevista señalada que Estado y mercado no era una investigación típica de historia económica, sino que conjugó la economía con la política mediante el estudio de las finanzas. Podemos añadir que develó el debate parlamentario sobre los presupuestos como un espacio de activa negociación entre los estados y la federación y entre los diferentes grupos de interés: agrícolas, financieros y comerciales.
En 1992 organizó el coloquio “Federalismos latinoamericanos: México, Brasil y Argentina” -cuyos resultados fueron publicados en un libro con el mismo título.18 En ese encuentro se debatieron las formas y particularidades que adquirió esta forma de gobierno en México, Brasil y Argentina.19 El tema habría de abrirse paso entre arraigados prejuicios historiográficos de diversa índole. Poco se estudiaban las instituciones porque se creía que en México eran realidades formales y lo que interesaba investigar era cómo se organizaban los actores políticos y sociales para defenderse del poder del Estado. Además, en América Latina dominaba la experiencia del siglo XX que había vivido un federalismo centralizador, que con frecuencia restó competencias a los estados o violó su soberanía.
Habiendo convocado al coloquio a estudiosos de tan diversas latitudes y horizontes, propuso escribir un capítulo final que diese una mirada comparativa al proceso latinoamericano. En su metodología aplicó los principios en los que nos había iniciado en clase: conjugar la dimensión doctrinaria, la historia institucional, política y sus efectos en la sociedad, pues al analizar el federalismo se debía abordar desde su doble soberanía (el derecho al autogobierno), la nacional y la de los estados. Mostró que por medio del federalismo los actores iberoamericanos fueron capaces de reformular su realidad doctrinaria e institucional al emanciparse de la monarquía hispánica. Por eso durante el primer tercio del siglo XIX el diseño institucional de los tres países se asemejaba a la constitución estadounidense de 1775 y a la Confederación Helvética de fines del siglo XVIII, pero esta forma de gobierno de tintes confederales no fue capaz de organizar su gobernabilidad.
En su ya clásico estudio “El federalismo liberal”,20 propuso como sugerentes hipótesis que esta forma de gobierno está enraizada en la sociedad y en la cultura política mexicana, pero siendo el federalismo y el liberalismo dos procesos históricos distintos, en México confluyeron en el decenio de 1840. La confluencia descansó en la paulatina expansión de los derechos del hombre y el ciudadano y sobre todo en que la federación se convirtió en su garante frente a las arbitrariedades que cometían los poderes formales e informales en los estados y municipios. Una realidad similar apreciaba en las otras naciones analizadas. En el estudio comparativo concluyó que observaba una reorientación al federalismo en el periodo 1910-1930 con la incorporación de elementos corporativos que expandieron los derechos sociales, pero no los políticos, lo que permitió un nuevo pacto de gobernabilidad.
Una década después y basado en su investigación empírica correspondiente en “Las formas del federalismo mexicano” afirmó que esta forma de gobierno fue menguada durante la presidencia de Lázaro Cárdenas (1934-1940), pues fue cuando se institucionalizó un federalismo centralizador y corporativo, que dio respuesta a las demandas económicas y sociales internas y al reto de hacer crecer el país en un contexto internacional adverso a causa de la crisis económica de 1929 y la ausencia de inversiones. “Frente a estos desafíos -indicó- se puede decir que la necesidad de dar vida a la rectoría de Estado fue la que apagó el federalismo, dio vida al partido del Estado y convirtió en imperial la presidencia de la República”.21 El federalismo corporativo mostró signos de disolución a partir del decenio de 1980, coincidiendo con las reformas a las leyes electorales que favorecieron la apertura democrática que parecía experimentarse en México.
Estado y mercado y Federalismos latinoamericanos fueron punto de llegada de las investigaciones que el profesor había iniciado en el decenio de 1980, pero también el punto de partida del quehacer que lo ocupó por tres lustros más.22 Su método de estudio era “vectorial”, por lo que profundizaba en problemas específicos para responder a prejuicios historiográficos, complejizar sus obras iniciales con distintas perspectivas y dimensiones y en un movimiento recursivo dar vida a una nueva síntesis. Algunos vectores fueron la expansión de la ciudadanía en el siglo XIX,23 el utilitarismo, el libre comercio y las revoluciones atlánticas,24 el campesino europeo contemporáneo atrapado entre las costumbres, instituciones y los desafíos que le planteaba la globalización.25 Ejemplo de síntesis es “Élites políticas, sistemas de poder y gobernabilidad en América Latina”, artículo en el que propuso una nueva periodización del liberalismo iberoamericano, que va de la crisis de la monarquía hispánica y el constitucionalismo gaditano al liberalismo democrático del siglo XX.26 Su incesante diálogo con el presente se muestra explícitamente en “Presentación. Bosquejo del desempeño económico”, en el que con su característico análisis multidimensional analizó el periodo 1930-2015 focalizándose en las particularidades de la inserción mexicana al mundo global.27
En varias ocasiones Carmagnani fue cómplice de las iniciativas de sus estudiantes como comentarista o dando forma a artículos y libros. Se volcó en lo que él llamaba sus “últimas aventuras docentes” al colaborar y asesorar la fundación de la Maestría y el Doctorado en Historia de la Benemérita Universidad Autónoma de Zacatecas y la reformulación del Posgrado en Historiografía de la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco.
Con un análisis conceptual riguroso y una prosa concisa y sintética se rebeló en contra de los enfoques que él consideraba que habían ideologizado el conocimiento histórico: la historiografía positivista, el nacionalismo y las interpretaciones simples de corte populista. Buscaba demoler lugares comunes y prejuicios que los estudios latinoamericanos habían repetido y continúan repitiendo acríticamente, el más socorrido el atraso cultural ibérico y americano frente a Europa Occidental. En contraste afirmó que españoles, portugueses e iberoamericanos participaron de un horizonte político, cultural, social y económico común al mundo Atlántico. La contundente respuesta se encuentra en El otro Occidente. América Latina desde la invasión europea hasta la globalización.28
Es probable que este libro no hubiese sido posible sin sus investigaciones para la FAO,29 su participación en comités editoriales de varias revistas y sin su asiduo trabajo en el Comité Científico de la Fundación Luigi Einaudi de Turín, que lo mantuvo al tanto de los nuevos derroteros historiográficos europeos y le permitió elaborar nuevas temáticas sin perder el rumbo,30 pues como afirmara años más tarde: “Mi producción histórica se orienta a tratar de entender y especificar lo que diferencia y lo que asemeja las áreas americanas y las europeas, y tratar de comprender cómo las Américas ibéricas participan en las transformaciones que se dan en la historia mundial”.31 En efecto, ese fue el motor vital de Carmagnani.
En El otro Occidente advirtió “la finalidad de este libro es rescatar el papel de los países latinoamericanos en la historia mundial”.32 El concepto clave que lo articula es “interconexiones”, entendido como los nexos que generan formas de colaboración o negociación entre las áreas latinoamericanas y otras partes del mundo. Unas son institucionales como los cuerpos administrativos de las monarquías española y portuguesa o las instituciones republicanas que nacen con las independencias; otras son informales, respuestas naturales y espontáneas de los actores sociales que reactivan su tradición histórica o llenan los vacíos institucionales. Norma y praxis se adecuan constantemente. Sus formas y duración cambiaron con el tiempo, algunas son seculares y otras muy cortas, aunque él privilegió la larga duración no dejó de estudiar los conflictos coyunturales. Esta concepción de la historia y su metodología puede ejemplificarse con el capítulo segundo, “El mundo iberoamericano”, en el que propuso que la región tomó la primera forma occidental en los siglos XVII y XVIII, producto del mestizaje demográfico y cultural. La sociedad iberoamericana asumió rasgos específicos al adaptar las instituciones ibéricas a las particularidades regionales y al introducir su carácter pluriétnico a los criterios estamentales y corporativos metropolitanos. La larga gobernabilidad descansó en la creciente autonomía que gozó Iberoamérica y el “pacto colonial”, por el cual las altas esferas de la política, la administración y la justicia correspondieron a los funcionarios designados por el rey; mientras que la esfera local y regional recayó en los criollos e indígenas, quienes gobernaron por medio de las instituciones municipales y sus usos y costumbres, creando una permanente tensión entre la praxis y la ley, lo que permitió al mundo euroamericano frenar las políticas absolutistas que impulsaron las metrópolis ibéricas en el siglo XVIII.
Distingue esta obra su lograda intención de incluir a América Latina en la historia mundial; su mirada extraterritorial al analizar los procesos históricos por encima de las naciones; la interpretación, que focaliza los procesos de convergencia entre Europa y el continente americano, sin negar los conflictos ni los procesos de mediación y negociación.
Dedicó sus últimos años a escribir Las conexiones del mundo y el Atlántico, 1450-1850, obra de madura reflexión. En esta ocasión el desafío que se planteó fue hacer emerger “la coparticipación de los pueblos de los tres continentes que se asoman al Atlántico” a mediados del siglo XV que, con sus muy diversas culturas y organizaciones estatales, favorecieron las conexiones e interacciones mundiales. Bien observa Giovanni Casetta que en esta obra se palpan las enseñanzas de Fernand Braudel y los Annales “con sus tres paradigmas teóricos: économies, sociétés, civilisations”. No es casualidad que en la primera página del libro aparezca una cita de este historiador francés que resume las características de toda su investigación: “la historia es la representante de todas las ciencias sociales del pasado”.33 Sin duda, este libro recuerda la matriz braudeliana de Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVIII.34 Es de sobra conocido que el historiador francés en su historia mundial enfatizó la importancia de la larga duración para comprender las estructuras sociales, para lo cual privilegió la interacción de la vida material, la economía de mercado y el comercio de larga distancia y las finanzas, sin descuidar las dimensiones sociales y culturales del capitalismo. Un reto similar se impuso Carmagnani, al sintetizar con broche de oro preocupaciones de larga data.
Son muchas las aportaciones que ofrece este libro, entre ellas conviene destacar que su hilo conductor es la esclavitud negra como nodo de encuentro entre los tres continentes, de modo que propone en el capítulo IV “Plantaciones. La originalidad del Atlántico” que la mayor contribución que hizo la historia atlántica fue esta forma de explotación agrícola, que favoreció una economía de escala. Describió su nacimiento en Brasil y en Barbados, su difusión en las áreas del Caribe y su expansión a las regiones de la América británica continental, de modo que a partir de adaptaciones locales adquirieron fisonomías par ticu la res. Con su distintiva capacidad de síntesis caracterizó a las plantaciones como un asentamiento territorial, una institución jerárquica que organizaba a su población con base en los valores de Antiguo Régimen: la libertad, la riqueza, el honor y el prestigio. Fue también una institución política, capaz de organizar a sus propietarios en las asambleas legislativas, y en la comercialización, y una institución cultural, vehículo de la religión cristiana y espacio de los múltiples sincretismos de las religiones africanas.
Retornó a un caro tema: el tránsito de la cultura política del Siglo de las Luces a una liberal, que analizó -en el capítulo V. “Las constantes de las revoluciones atlánticas”- mediante tres vectores: ciudadanía, consenso y constitucionalismo. Propuso una sugerente lectura del primer ciclo revolucionario a partir del entrecruzamiento e influencias recíprocas entre las experiencias estadounidense, francesa y haitiana. Enfiló su artillería en contra de la idea que asocia las emancipaciones iberoamericanas y el gobierno popular, por lo que con el estudio comparado de las primeras constituciones americanas ilustró que los intereses de los grandes propietarios quedaron identificados con los de los representantes de las naciones, que limitaron la participación de la población mediante el sistema electoral indirecto y el voto censitario excluyendo a los afroamericanos. Carmagnani concluyó: “no es fácil afirmar que de las revoluciones atlánticas haya nacido la democracia”.35
Su endeble salud no le permitió volver a la que alguna vez fue su casa, la Ciudad de México. La última vez que lo vi fue en Madrid, donde discutimos varios posibles proyectos en los que compararíamos la experiencia ciudadana de Europa Oriental y América Latina, tema que según sugiere en el último capítulo de Las conexiones atlánticas quería explorar. Con su método de trabajo vectorial se proponía atravesar algunos problemas históricos que había visualizado en el proceso de escritura de su libro.36 Su obra quedó irremediablemente interrumpida. Ha dejado una rica herencia latinoamericanista, pero también una punzante ausencia.










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