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Historia mexicana

versión On-line ISSN 2448-6531versión impresa ISSN 0185-0172

Hist. mex. vol.74 no.4 Ciudad de México abr./jun. 2025  Epub 21-Abr-2025

https://doi.org/10.24201/hm.v74i4.4730 

Reseñas

Sobre Jean Meyer, El profeta del nuevo mundo. Louis Riel

Catherine Vézina1 

1Centro de Investigación y Docencia Económicas

Meyer, Jean. El profeta del nuevo mundo. Louis Riel. México: Taurus, 2022. 368p. ISBN: 978-607-380-296-3.


El hecho que domina la historia de América del Norte es la lucha entre las dos razas que la colonizaron, la raza inglesa y la raza francesa: continuaron allí la guerra que habían hecho en Europa en los siglos anteriores.

Ambas razas se han establecido en Río Rojo y en todo el noroeste desde los siglos XVII y XVIII. La perfecta armonía ha regido durante mucho tiempo sus relaciones mutuas […].

Esta armonía está profundamente perturbada en el momento en que llegamos a esta historia. No está perturbada, notémoslo ahora, por el gobierno de Inglaterra, ni por la población inglesa del Río Rojo, sino por parte de la población inglesa de Canadá, principalmente Ontario.1

Así empieza el libro tercero de la Vida de Monseñor Taché, arzobispo de San Bonifacio, escrito por Joseph Paul Augustin Benoît al inicio del siglo XX (1904). En unas pocas líneas, resume la situación explosiva que prepara el escenario de la resistencia de los métis2 y half-breed3 al proceso de “apertura del oeste” puesta en marcha por el gobierno del nuevo dominio de Canadá y la incorporación de lo que será la provincia de Manitoba a este nuevo proyecto de nación. O más bien, proyecto de país, porque la nación canadiense se encuentra en aquel momento en un estado de indefinición, de tensiones entre grupos nacionales que poco tienen en común, pero que se casan en un matrimonio obligado, casi forzado, después del abandono por Gran Bretaña y frente al expansionismo del vecino del sur. El libro de Jean Meyer se sitúa en este contexto norteamericano en el cual el futuro de las naciones indígenas, francesas y canadienses se está jugando. Centrado en la figura de Louis Riel, “profeta del Nuevo Mundo”, líder de las insurrecciones o resistencias métis e indígenas (el primero desde el punto de vista del gobierno federal de la época, el segundo reflejando la interpretación de los hechos desde las comunidades de la Rivière Rouge y luego de Saskatchewan), este libro explora la historia de la región desde diversos ángulos que permiten apreciar la tortuosa creación de la confederación canadiense en el contexto norteamericano e imperial.

El Acta de la América del Norte Británica (1867) sella el devenir de la confederación de las provincias británicas y plantea las bases para la concreción de lo que nació como una idea, mas no una realidad: un Dominio de la Corona Británica que se extenderá del océano Pacífico al océano Atlántico. Para poder concretar el sueño de John A. Macdonald (primer ministro de 1867-1873 y de 1878-1891), Sir John, como lo llama Meyer en su libro, el gobierno en Ottawa debe alentar la colonización de las llanuras del centro del subcontinente y conectar la lejana colonia de Vancouver al centro del poder político de la nueva confederación.

Este proceso no es sin recordar lo que Jeremy Adelman y Stephen Aron4 plantean acerca de la transición de los borderlands a las bordered lands al momento de la ruptura de los pactos coloniales/imperiales en América del Norte y la construcción de los Estados naciones. Adelman y Aron explican cómo zonas fronterizas laxamente administradas por potencias europeas, en las cuales las naciones indígenas, o mestizas, circu la ban con relativa libertad (borderlands), se transformaron en terri to rios integrados a un Estado nación que busca afirmar su autoridad sobre el territorio (convirtiendo estas borderlands en bordered lands). Frente a estos cambios, las poblaciones “en el medio” tuvieron que adaptar sus estrategias de sobrevivencia y de resistencia. La historia que nos presenta Meyer puede interpretarse dentro de este marco conceptual.

La historia que Meyer cuenta a través de Riel se centra en este contexto de construcción nacional que muy pronto opone distintos grupos al gobierno central en Ottawa. No opone solamente al gobierno central y a la pequeña nación mestiza de la Rivière Rouge, sino que también expone una lucha entre el clero católico para atraer colonos de idioma francés a la Rivière Rouge y la política expansionista y de inmigración destinada a ocupar el territorio por medio de colonos de Ontario e inmigrantes de Europa (“gobernar es poblar”, como decía Juan Bautista Alberdi en sus Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina). En esta región de la América del Norte, “la llegada de inmigrantes europeos al inicio del siglo XIX y del clero católico de Quebec en 1818 marca el inicio de una sedentarización forzada de una población mayoritariamente mestiza”5 y nómada que se enfrentará décadas más tarde a la amenaza de anexión de sus tierras por Estados Unidos y la paulatina invasión de las mismas por colonos canadienses incentivados por el gobierno de Sir John.

Las resistencias que Meyer documenta por medio de los escritos de Riel y de varios otros documentos de personajes de la época y fuentes secundarias tienen lugar en la colonia del Río Rojo en 1869-1870, acercándose al río Assiniboine, pasando los Adirondacks durante el exilio de Riel, parando en los hospitales para lunáticos de Montreal y Beauport antes de regresar al Oeste de Estados Unidos, donde Riel se convertirá en ciudadano estadounidense, y termina donde empieza el libro, en Regina, Saskatchewan, en 1885. Meyer nos lleva por el camino complejo e íntimo de Riel, que sigue a la vez la pista de un relato público y político de la existencia y resistencia de una nación mestiza norteamericana. El libro empieza en una celda de prisión en 1885 y termina en el juzgado que lleva a Riel a esta misma celda.

Libro 1: confesiones y símbolos

Las primeras secciones del libro abren el escenario a una historia íntima de Riel, su religiosidad durante la espera de su castigo y sus pensamientos para las personas queridas que lo han acompañado en la lucha, la intimidad y hasta la horca. Si bien esta parte empieza con las confesiones y reflexiones de Riel poco antes de su muerte, “una muerte cristiana y consoladora” (p. 30), pronto Meyer nos lleva a pensar esta historia de la resistencia mestiza en relación con los acontecimientos que tienen lugar en otros horizontes. El contexto americano (entendido como “América”), marcado en estos momentos por ofensivas contra los reductos indios en distintos países de la región; el imperial, en plena reorganización mundial; el canadiense y el quebequense, negociando los términos de una dualidad dentro de una confederación difícil de concretar. Por medio de este contexto, Meyer explica lo que Riel representó en aquel momento y cómo ha llegado a ser presentado por la historiografía canadiense (quebequense y de Manitoba). La figura de Riel es polémica. Lo era en el momento de los hechos y ha seguido siéndolo en las historiografías canadienses:

A lo largo de 135 años han desfilado muchos Riel. El asesino, traidor, hereje, megalómano, loco, ‘el Mahdi’, agente del imperialismo yanqui, o de los terroristas irlandeses, o de un complot papista, un obstáculo al progreso como todos los indios. El defensor de los derechos de los franceses, de los mestizos, de los indios, de los católicos, de los inmigrantes de una docena de naciones, el Padre de la provincia de Manitoba, incluso uno de los padres fundadores de la Confederación. El mártir, víctima de la opresión británica, del imperialismo, del capitalismo ferrocarrilero y agrícola, el noble salvaje con acento francés, el hermano de los combatientes de la Comuna de París, de los rebeldes irlandeses… En ese concierto que, a veces, raya en la cacofonía, no se oye la voz de Riel, tampoco la de los métis (p. 37).

Por medio de la presentación de los símbolos e interpretaciones de la historia de Riel, Meyer plantea el objetivo del presente libro: darle voz al “profeta del nuevo mundo”, observar esta historia desde los archivos de Riel y ofrecerle una tribuna para explicar lo que pasó durante estos quince años de resistencia mestiza en la Rivière Rouge y, después, en las praderas de Saskatchewan. El análisis que propone Meyer se aleja a la vez de la dualidad interpretativa que ha dominado por mucho tiempo el estudio de la “rieliada”: “predomina una lectura ideológica: ‘ellos contra nosotros’; Quebec francófona y católica, Ontario inglesa y protestante […]. Desde Quebec se piensa: de poder hacerlo, Ontario acabaría con ‘nosotros’. […] En Ontario la lectura es la misma, pero a la inversa, Riel es el enemigo francés y papista al que hay que derrotar, una vez más, como a Montcalm, en los llanos de Abraham, en 1759. La nación mestiza queda ausente bajo tal mirada; el verdadero Riel, también” (p. 38).

Es también una introducción a las propias posturas del autor del libro y su acercamiento al personaje de Riel, primero para su preparación como docente en Francia y luego durante su exilio en 1969-1970 en Montreal, años de la Revolución tranquila, marcada por una rica producción cultural y también por reclamos nacionalistas en los cuales el símbolo de Riel reaparece.

En este primer libro, Meyer presenta la historia de Riel y de la comunidad que lo rodea. Nos encontramos con varios actores que han cruzado el camino del “profeta”, tan numerosos cómplices y enemigos que un lector novato sobre los temas de Canadá puede llegar a perderse en el vals de mil tiempos en el cual Meyer nos guía con fineza. En el libro, aparecen grandes hombres de Estado que tienen sus propios monumentos (aunque controvertidos) para conmemorarlos y amigos no tan conocidos, así como varias mujeres, participantes activas de la historia que nos cuenta Meyer, que pasan generalmente desapercibidas en las narrativas sobre Riel y la resistencia mestiza.

Cierra este primer libro con una contextualización internacional de lo que podría verse como una historia regional, afectada por la construcción nacional de Canadá. Explica cómo se transformó la región, su geografía, su fauna y su gente en el siglo XIX bajo la influencia de las dinámicas del “progreso capitalista” (p. 71). Mediante la historia familiar de Riel, desde el matrimonio de su abuela y hasta los años de formación de Riel en seminarios de Montreal, Meyer explica la transformación de la comunidad de la Rivière Rouge, que es tema del siguiente libro.

Libro 2: construcción nacional y resistencia

La cesión del control administrativo del territorio de Rupert por la Hudson’s Bay Company al Dominio de Canadá en la primavera de 1869 desencadena una reacción de la población métis, no consultada sobre la transacción entre la sociedad de comercio y el gobierno federal, que llevará a la pequeña colonia a formar un gobierno provisional para hacer valer sus derechos frente a Ottawa.

El segundo libro nos guía a través de la epopeya política en la cual Riel fue un personaje central, pero no único. Meyer nos lleva de la mano en esta historia, marcada por innumerables actores de la Rivière Rouge, del gobierno canadiense, de la Compañía de la Bahía de Hudson y sus administradores, del gobierno imperial británico. Un gran aporte de este libro para un público general, y en particular el mexicano, se encuentra en este capítulo que empieza con lo que Meyer titula “La gran política”. La contextualización que ofrece del conflicto de la Red River permite al lector entender los intereses políticos y geoestratégicos relacionados con este conflicto regional, que nos habla de los desafíos que representa la conformación de una confederación entre provincias anteriormente desconectadas. A lo largo de este segundo libro, Meyer expone cómo la resistencia mestiza se debe a un reclamo por la conservación de sus derechos frente a una transformación política rápida, impuesta, agresiva. El autor resume de manera acertada un proceso de una increíble complejidad:

El imperio británico, en la complejidad de sus esfuerzos por mantener juntos pueblos separados, crea el Dominion de Canadá, en forma de Confederación canadiense, con el fin de disolver el conflicto perenne entre Canadiens y Canadians, entre los descendientes de la Nueva Francia y los leales a Su Majestad británica, entre el Bajo Canadá y el Alto Canadá, entre Quebec y Ontario. Objetivo: anexar los Territorios del Noroeste, empezando por la Rivière Rouge, poblarlos con anglosajones, construir el ferrocarril transcontinental canadiense para no perder Vancouver y la Columbia Británica, relegar a Quebec a segunda fila. Y nadie piensa en sus habitantes. Conmoción, desorden, ruina (p. 95).

Podríamos agregar que la confederación no se debe solamente a la voluntad del imperio; fue igualmente una ilusión de unos hombres, todavía más británicos que americanos, para enfrentar el expansionismo estadounidense y resolver los límites del estrecho mercado británico en América del Norte. El lector observa en este segundo libro ciertos efectos de este proceso que permite entender la reacción de la comunidad métis frente a los cambios administrativos y políticos pactados entre el gobierno en Ottawa y la Hudson’s Bay Company. Sobre todo, Meyer nos explica cómo la llegada, en 1869, de unos representantes del gobierno y los intentos por adueñarse del territorio antes de la transferencia efectiva de los territorios de la compañía al gobierno federal convierte a la situación en un verdadero polvorín. Desde este momento, como lo señala Meyer, “la historia se acelera” (p. 118) y se organiza la resistencia de los métis. Los matices que ofrece Meyer en este capítulo cuestionan ciertas ideas sobre la resistencia francófona de la Rivière Rouge: también se trata de un increíble experimento de negociación entre métis y half-breeds y de autogobierno, mediante la formación de un consejo, luego Gobierno Provisional, de la Rivière Rouge, constituido por mestizos franceses e ingleses y encargado de encontrar un medio “para salvaguardar los intereses de la nación” (Riel, citado en p. 122). Si bien esta experiencia democrática en el medio de lo que será el territorio de Canadá tiene como eventual resultado la entrada en la Confederación de la Provincia de Manitoba, también marca un parteaguas para los líderes del Gobierno provisional, acusados por la condena (por parte de un tribunal considerado ilegítimo por el gobierno federal en Ottawa) de la ejecución de un preso, Thomas Scott, que había luchado para derrocar al Gobierno Provisional durante el invierno de 1869-1870. La condena de un preso por un gobierno no reconocido por Ottawa condena a Riel y otros líderes de la resistencia mestiza al exilio.

Libro 3: exilios y profecías milenaristas

Este capítulo abre con los intentos de monseñor Taché y otros aliados de Riel para obtener, por parte de Sir John, del gobierno federal o de las autoridades imperiales británicas la amnistía para los miembros de la Corte marcial que condenó a Scott. Meyer hace una in ter pre tación anclada tanto en las pasiones de los personajes que toman posición en el asunto (Sir John, monseñor Taché, Alexander Mackenzie, Lord Dufferin, el padre Ritchot y varios más) como en las dinámicas políticas que dictan el frágil equilibrio entre las dos provincias centrales de la Confederación canadiense. Ni los cálculos políticos ni las victorias electorales (para Riel, electo tres veces para ocupar un asiento en el Parlamento, pero sin poder ocuparlo) permitirán obtener la tan ansiada amnistía.

Lo que sigue son unos años de un exilio fuera de lo común. Seguimos a Riel del otro lado de la frontera, de casa en casa de amigos. Nos transporta a los debates entre Riel y William O’Donoghue, anteriormente brazo derecho de la resistencia mestiza de la Rivière Rouge y ahora convencido de la necesidad de anexar la provincia de Manitoba a Estados Unidos para lograr la protección de los derechos de su pueblo. Meyer nos transporta de ida y vuelta entre Canadá y Estados Unidos, siguiendo el camino de Riel en este exilio, durante el cual empieza a sentirse encargado de una misión casi religiosa. Es durante este exilio, y después de su encuentro con el arzobispo ultramontanista de Montreal, Ignace Bourget, que Riel empieza a creerse encargado de una misión y se pone al “servicio del Espíritu Santo […] para asegurar el éxito de la obra que le ha sido confiada” (p. 233). Entra a un asilo psiquiátrico cerca de Montreal, bajo el nombre de David (luego se autodenominará Louis David Riel, nombre doblemente santo) y después es transferido al manicomio de San Miguel Arcángel, cerca de Quebec, donde se curará tranquilamente, sin antes haber escrito una vasta producción de “poemas, imprecaciones políticas, profecías, visiones, revelaciones, especulaciones” que Meyer toma a bien utilizar para interpretar los delirios y presagios del “profeta del nuevo mundo”. El internamiento de Riel dura de marzo de 1876 a enero de 1878. Regresará a Keese ville, poblado francocanadiense en el estado de Nueva York donde se queda con la familia Bernabé, pero pronto retomará el camino y buscará trabajo en Nueva York. Para finales de 1879 ha regresado al Oeste de Estados Unidos, cerca de Milk River (Montana), para vivir entre las comunidades mestizas nómadas de la región; reina un silencio de dos años sin enviar carta alguna. Meyer pone énfasis en las transformaciones profundas que viven estos grupos indígenas y mestizos, acostumbrados a seguir al bisonte, que se hace más y más escaso en la pradera. La hambruna amenaza; los descontentos de un lado y otro de la frontera política entre Canadá y Estados Unidos se intensifican. Riel se instala, con su nueva familia, en Wilder’s Landing, sobre el río Misurí, en 1882; retoma contacto con su familia en Canadá en agosto de este año; se convierte en maestro de escuela en Saint-Peter, sobre el río Sun, en abril de 1883, donde vive una existencia tranquila hasta que, al final del año 1884, resuena su nombre del otro lado de la frontera, en Batoche, cerca del río Saskatchewan. Termina el libro tercero.

Libro 4: última resistencia

En el cuarto libro, Meyer nos lleva a conocer a otro líder mestizo, Gabriel Dumont, que en 1884 irá a buscar a Riel para, juntos, poder resistir frente a la incorporación abrupta del territorio de Saskatchewan al Dominion de Canadá. Para captar la importancia del momento, Meyer nos transporta en una historia agraria, social, migratoria, capitalista de la expansión al Oeste, de la consolidación nacional que pasa por la concreción de la ocupación del territorio por el gobierno canadiense, de un océano al otro.

Meyer relata que, desde finales de 1870, secciones enteras de tierras son compradas al gobierno por compañías de colonización sin respetar los reclamos de las poblaciones mestizas e indígenas:

Las dificultades económicas agudizan su descontento político. Acostumbrados a la vida política del Canadá oriental y de las islas británicas, no aceptan la tutela colonial que Ottawa impone al Noroeste; quieren acceder al estatuto de provincia con un gobierno electo y responsable. Quieren que rija en los Territorios la Constitución, como en Ontario, Quebec, las Marítimas y la Colombia británica. Lo manifiestan en los numerosos y activos periódicos locales, multiplican las peticiones económicas y políticas. Ottawa no responde (p. 289).

La historia se acelera de nuevo. Esta vez, los mestizos no cuentan con el apoyo del clero católico, quien teme que “el río Saskatchewan sea una segunda Rivière Rouge” (p. 301). Riel, sin embargo, cuenta con el apoyo de los mestizos y los half-breeds para quedarse y resistir. En este libro, Meyer retrata a Riel como uno de los más moderados entre los líderes de la resistencia en Saskatchewan. Tan moderado que quizá haya contribuido al fracaso de la resistencia al ordenar que no se usara violencia, que se esperara a las negociaciones pacíficas. “Pero no es así: el 23 de marzo [de 1885], Canadá moviliza a la milicia desde Halifax hasta Winnipeg, para lanzarla contra ‘los rebeldes’” (p. 312). Después de un mes de rivalidades entre soldados enviados por Ottawa y los resistentes mestizos, Batoche cae el 12 de mayo de 1885. Riel se entrega y, en el verano, es juzgado en Regina, no por un tribunal de Manitoba o por la Suprema Corte en Ottawa, como lo solicitó; el 1o de agosto de 1885 es sentenciado a morir en la horca.

Las reacciones a la defensa de Riel, por abogados de Quebec y basada en clamar la gracia por la locura que padece, son presentadas en la clausura de este cuarto y último libro. Termina recordando los debates sobre el símbolo de Riel, tal como se presentó en la época de los hechos.

La publicación de este libro se da en un momento de particular relevancia para la historia de las primeras naciones de Canadá y las políticas asimilacionistas instauradas en las primeras décadas de la Confederación canadiense. Desde la segunda década del siglo XXI, y sobre todo desde el descubrimiento de restos anónimos de infantes indígenas en Kamloops en 2021 y otras antiguas escuelas residenciales, varias estatuas de John A. Macdonald, padre de la Confederación canadiense (pero también creador de las escuelas residenciales para niños indígenas), han sido desatornilladas o pintadas de rojo.6 La apreciación de Sir John que nos ofrece Meyer coincide con la lectura más reciente del personaje. Basada en discursos de la época y fuentes primarias, Meyer propone una interpretación que subraya la habilidad política de Sir John para concretar y ampliar la confederación a pesar de la fragilidad del nexo entre las provincias. El personaje, sin embargo, no luce por su empatía con las poblaciones afectadas por la expansión y concreción del gobierno canadiense.

En el prólogo, Meyer señala que ha tomado a bien documentar de manera rigurosa, con fuentes primarias y secundarias, lo que plantea en este libro, dirigido tanto a una audiencia general como académica. Explica que las numerosas notas a pie de página buscan dar fe de lo que ha podido encontrar en los archivos consultados y así evidenciar el relato que ofrece. Meyer se dirige a su lector con mucha honestidad y le advierte sobre su juicio personal: “Si ustedes no comparten mi fervor acerca de la Resistencia […] y mi fervor acerca de su líder, Louis Riel, muerto en la horca a los cuarenta años, víctima del padre fundador de Canadá, Sir John, entonces mi relato les parecerá falso, así como les parecerá inadecuada y partisana la denuncia de las iniquidades del capitalismo sin freno de aquellos años, y la coincidencia exacta entre el levantamiento de la horca para Louis Riel y la puesta del último clavo (de oro) en el último durmiente de la vía del Canadian Pacific Railway” (p. 13). Lucidez del historiador, señalando el carácter engagé de la historia que examina en un momento en que los horrores del pasado se ponen al descubierto.

1Traducción de la autora (a continuación, todas las traducciones son de la autora). Joseph Paul Augustin Benoît, Vie de Mgr. Taché, archevêque de St-Boniface, Montréal, Librairie Beauchemin, 1904: 1. Consultado el 1/05/2023: Vie de Mgr. Taché, archevêque de St.-Boniface: Benoît, Joseph Paul Augustin, 1850: Free Download, Borrow, and Streaming: Internet Archive.

2Se refiere a los mestizos franco-canadienses; este grupo aparece en la primera mitad del siglo XVIII en el Río Rojo y es el resultado del matrimonio entre coureurs des bois ligados a la peletería y mujeres autóctonas de la región. Para más detalles, véase Anne-Sophie Marchand, “Louis Riel: ‘lieu de mémoire’ et de métissage des identités culturelles franco-manitobaines», en Cahiers franco-canadiens de l’Ouest, 33: 1-2 (2021), p. 161.

3Se refiere a los mestizos anglófonos de ascendencia escocesa o inglesa llegados un poco más tardíamente, en el siglo XIX. Marchand, “Louis Riel”, p. 161.

4Jeremy Aldemar y Stephen Aron, “From Borderlands to Bordes: Empires, Nation-States, and the Peoples in Between in North American History”, en The American Historical Review, 104:3 (1999) , pp. 841.

5Marchand, “Louis Riel”, p. 161.

6Sobre el debate relacionado con los documentos de John A. Macdonald (y otros), su preservación o eliminación véase, Christine Sypnowich, “Monuments and Monsters: Education, Cultural Heritage and Sites of Conscience”, en Journal of Philosophy of Education”, 55 (2021), pp. 469-483.

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