En una época en que las editoriales priorizan la brevedad y la comunicación pública se rige por mensajes incendiarios de 150 caracteres, resulta difícil creer que la Universidad de Yale haya decidido publicar una obra tan densa y monumental como esta biografía de Lucas Alamán, sin duda la más importante que se ha escrito sobre este personaje central de nuestro siglo XIX. Tras una larga carrera dedicada a la historia social y económica del México borbónico, en la que destaca su polémico estudio sobre las huestes que acompañaron al cura Hidalgo (The Other Rebellion, 2002), Eric van Young decidió adentrarse en la historia de la república independiente de la mano de un hombre satanizado por la historiografía liberal y frecuentemente menospreciado por quienes pretenden escribir “historia desde abajo”. En efecto, si hay un personaje que represente el elitismo y el talante antidemocrático de los “hombres de bien” que trataron de monopolizar la vida pública del México independiente, ése es Lucas Alamán. ¿Por qué entonces un historiador como Van Young le dedicó tantos años de investigación y centenares de páginas a este personaje? Porque su biografía ofrece un observatorio privilegiado para el estudio de las décadas fundacionales de México: se trata de un hombre que fue testigo directo de la insurgencia, que se educó políticamente en el liberalismo español y la Europa de la Restauración, que tuvo un papel protagónico en los destinos de la primera república federal, que sufrió en carne propia el desafío de fomentar el desarrollo económico nacional y que además tuvo el cuidado de escribir la historia de ese país cuya existencia parecía estar amenazada hacia mediados de siglo.
Como sugiere el título, las vidas de Alamán y del México naciente están íntimamente unidas.
Como buena obra decimonónica, tanto por su temática como por su extensión y estructura, el libro tiene ambiciones enciclopédicas y sigue un orden esencialmente cronológico, desde los orígenes familiares de Alamán en el siglo XVIII hasta la elaboración de su principal testamento intelectual, los cinco volúmenes de la Historia de Méjico (1849-1852). No es una obra de fácil lectura, pues Van Young buscó agotar cada una de las pistas que encontró en las fuentes y trató de contextualizarlas de la manera más amplia posible, lo que con frecuencia se traduce en párrafos muy extensos, disertaciones intermedias de varias páginas y capítulos que podrían haberse publicado como monografías independientes. No obstante, creo que se pueden identificar algunos ejes y preguntas que recorren toda la obra y que nos permiten hacernos una idea de quién fue Lucas Alamán y por qué es tan relevante conocerlo. El primero es la “doble hélice temática” de la descolonización y la modernización, dos procesos que, a juicio de nuestro autor, dieron forma a la historia de México entre 1750 y 1850. Aunque el primer concepto tiene un significado más definido en la literatura del poscolonialismo, Van Young lo identifica con el deseo criollo de “liberarse del yugo de la opresión española” y de ingresar, en un plano de igualdad, al naciente mundo euro-atlántico de Estados soberanos. El concepto de modernización, por su parte, comprende la adopción de nuevas tecnologías, la incorporación al capitalismo comercial e industrial del siglo XIX, y la construcción de un Estado fuerte capaz de asegurar el orden y el de sarro llo económico. Es a partir de ese parámetro que Van Young aborda su siguiente pregunta: ¿Se puede describir a Lucas Alamán como un simple “reaccionario” que buscaba restaurar una tradición perdida?
Aunque Van Young no duda en presentar a Alamán como un conservador, en ningún momento lo caracteriza como una versión mexicana de los contrarrevolucionarios franceses. Muy lejos de aquel modelo, el Alamán que descubrimos en este libro fue un polímata familiarizado con la ciencia de su tiempo, un político pragmático que supo negociar compromisos y adoptar posturas moderadas cuando fue necesario, un estadista de primer nivel y un modernizador obsesionado con la transformación económica del país. Los dos rasgos que definieron su conservadurismo fueron su nostalgia de un “pasado colonial idealizado” -visible en sus obras históricas y su fuerte apego a la Iglesia católica- y, sobre todo, su rechazo a la modernidad, es decir, a las consecuencias no deseadas del proceso de modernización: la participación desordenada de las clases populares en la vida política, el materialismo derivado de la cultura secular y la crisis de los viejos códigos de estratificación social. El Alamán de Van Young es entonces un hombre en tensión permanente, que anhelaba replicar en México los niveles de desarrollo que había visto en Francia y la Gran Bretaña y que sin embargo no se atrevía a cuestionar un orden tradicional que lo privilegiaba. Aunque Van Young reconoce la influencia de José C. Valadés en su trabajo, me parece que su interpretación del conservadurismo alamanista está mucho más cerca de la de Edmundo O’Gorman, quien ya había señalado que los conservadores y liberales del siglo XIX coincidían, cada uno a su manera, “en la apetencia por el disfrute de una prosperidad semejante a la de Estados Unidos, pero sin abdicación al modo de ser heredado de la Colonia”.1
A lo largo del libro, Van Young se concentra en la doble faceta de Alamán como hombre público y como empresario privado empeñado en acrecentar su patrimonio familiar. En cuanto a su carrera política, Van Young sugiere que Alamán siguió el modelo de su padre, quien, como hombre de negocios exitoso y bien enlazado con una familia acaudalada, tuvo un papel prominente en la vida cívica de Guanajuato durante las últimas décadas del siglo XVIII. Habiendo tenido además la extraordinaria oportunidad de estudiar en Europa y de codearse con capitalistas británicos y con las élites políticas de la Restauración, era casi inevitable que al comienzo de su carrera fuera llamado constantemente al servicio público, para cargos que requerían una auténtica “visión de Estado”. El Alamán que descubrimos en estos primeros capítulos es un político y funcionario de altísimo nivel que vio pasar temas extraordinariamente complejos por su escritorio: la política fiscal para reactivar la minería, las propuestas para reestructurar el Imperio español como una commonwealth de territorios autónomos, la negociación del pacto federal en 1823, el diseño de la política de seguridad interior, la contratación de préstamos con la Gran Bretaña, el posicionamiento de México en un escenario geopolítico marcado por el ascenso imparable de Estados Unidos y, por si algo faltara, el establecimiento del primer Archivo General y Público de la Nación. En cada uno de esos temas, Alamán dejó entrever un objetivo de largo plazo: la construcción de un Estado fuerte y centralizado, que pudiera fomentar el desarrollo económico mediante la preservación del orden público y el respeto a la propiedad privada. Ésta era una tarea para “hombres de bien”, gente que tomaría decisiones de manera racional e informada, y cuyo principal enemigo era la “anarquía” que resultaría inevitablemente de poner la política en manos del pueblo.
Van Young descarta que Alamán fuera una especie de ideólogo monarquista, incluso durante sus años de radicalización conservadora a finales de la década de 1840. Más bien, nos muestra que durante la mayor parte de su vida fue un republicano, bajo la condición de que la república favoreciera su proyecto político y económico. Es aquí donde entró en colisión con el liberalismo yorquino y, en general, con todas las corrientes favorables a la movilización política de las clases populares. Para un Alamán acostumbrado a resolver los problemas desde arriba y convencido de su propia superioridad intelectual, no podía haber nada peor que la “demagogia” de personajes como Lorenzo de Zavala, Vicente Guerrero, Valentín Gómez Farías o Andrés Quintana Roo, a quienes consideraba la versión mexicana de los jacobinos franceses, es decir, liberales que “hablan de humanidad, leen los libros de los filósofos, declaman contra el despotismo, y son verdugos cuando pueden”. Van Young observa que la oposición de Alamán a la democracia iba mucho más allá de antipatías personales, pues en el fondo nacía de una “actitud despectiva” hacia los cuerpos legislativos: la Cámara de Diputados era un “nido de víboras” y “la cosa más cercana a una revuelta en las calles o a un teatro para la expresión de las inclinaciones políticas del pueblo, a las que veía como desinformadas y peligrosas”. Así, frente a un sistema representativo “anárquico, torpe y lento”, Alamán favoreció la concentración de la autoridad en manos del Poder Ejecutivo y de una camarilla de consejeros ilustrados y socialmente respetables. El autor sostiene que esta “criptomonarquía bonapartista” encontraría su realización plena durante la dictadura santanista de 1853-1855, pero sugiere que este modelo autoritario de gobierno estaba en la mente de Alamán al menos desde sus años como primer ministro del presidente Bustamante.
A mi juicio, la parte más interesante del libro tiene que ver con la faceta privada y empresarial de Alamán. Aquí el punto de partida es que Alamán no era exactamente un hombre rico, temeroso de perder una fortuna familiar heredada. Ésta ya se había perdido desde principios de siglo, junto con los viejos títulos de nobleza de sus ancestros. Sus afanes de riqueza, nos dice Van Young, obedecían al deseo de compensar ese estatus social perdido: al igual que muchos otros políticos de su tiempo, Alamán alternaba el servicio público con los negocios privados porque su sueldo de funcionario no le alcanzaba para satisfacer las necesidades de su familia y las expectativas de confort material de un hombre de su categoría (sin olvidar los frecuentes momentos de desgracia política que lo obligaron a alejarse temporalmente de las tareas de Estado). Es así como Van Young nos lleva por las dos principales aventuras empresariales que consumieron los capitales de Alamán: la Asociación Mexicana Minera Unida, un proyecto fundado en cálculos demasiado optimistas sobre el potencial económico de las minas de plata y los costos de reactivar dicho sector, y la Fábrica de Hilados de Cocolapan, cuyo fracaso le acarrearía un sinfín de deudas, litigios y críticas de la opinión pública. Quizá la única tarea de carácter privado que le trajo una remuneración constante y segura fue su trabajo como apoderado general de José Pignatelli de Aragón, duque de Terranova y Monteleone, y heredero del marquesado del Valle de Oaxaca. Según Van Young, Alamán sostuvo una relación vitalicia con este magnate napolitano por el beneficio personal derivado de la administración de sus propiedades en México, y también por la “recompensa psicológica” de apoyar a un descendiente del conquistador Hernán Cortés.
Además de ofrecer un caudal de información sobre este aspecto poco conocido de la vida de Alamán, Van Young logra asociar muy bien estas experiencias empresariales con la evolución de sus proyectos económicos. Si en el ámbito político pareciera que hubo más continuidades que cambios en el pensamiento de Alamán, en materia económica Van Young sí advierte al menos dos momentos claramente diferenciados. Durante el primero, que comprende desde sus años de juventud hasta el fracaso de la Minera Unida a finales de la década de 1820, el estadista guanajuatense fue un creyente en las bondades del liberalismo económico: el gran objetivo del gobierno debía ser la remoción de los obstáculos al desarrollo de la minería -que a fin de cuentas había sido el principal motor de la economía novohispana- y el establecimiento de incentivos para que el capital británico y su tecnología llegaran a México. El segundo momento arranca con el establecimiento del Banco de Avío en 1830 y sus diferentes iniciativas para impulsar el desarrollo de una industria textil doméstica, un claro viraje proteccionista que obedecía a su nueva convicción de que el futuro de la economía mexicana estaba en el sector industrial (y ya no en la minería). Este segundo Alamán sabía que una economía fuerte no podía depender exclusivamente de la inversión extranjera y estaba dispuesto a concederle un papel mucho más intervencionista al Estado, pero en todo momento -como consta en su correspondencia con el duque- se mostró como un defensor a ultranza de la propiedad privada, un derecho natural que, desde su punto de vista, era “el baluarte del orden social” y “la base del bienestar económico del individuo y la nación”.
Resulta imposible hacerle justicia a una obra tan extensa y detallada en unas cuantas páginas. Creo que esta obra de Van Young dará lugar a diferentes lecturas y debates, y que podrá servir de punto de partida para nuevas investigaciones sobre la primera mitad del siglo XIX mexicano. Como el autor no pretende en ningún momento haber escrito la “biografía definitiva” de este personaje tan complejo, me atrevo a incluir aquí un par de críticas con la finalidad de sugerir algunas vías adicionales para proseguir los estudios sobre Lucas Alamán. La primera advertencia que debo hacer es que este libro habla de un estadista conservador, pero no necesariamente abunda en la historia del conservadurismo mexicano, en tanto grupo político y corriente ideológica. Aunque resulte natural que Alamán ocupe el lugar central en esta obra, por momentos hace falta contrastar de manera más puntual sus ideas con las de sus correligionarios, a fin de identificar los puntos de convergencia y de discordia dentro de la familia conservadora: ¿Teodosio Lares, Manuel Larráinzar o Ignacio Aguilar y Marocho compartían el mismo proyecto de Alamán? ¿Qué tanta afinidad tenía con los generales y clérigos que se enfrentarían al gobierno liberal a los pocos años de su muerte? Van Young tiene razón al señalar que a mediados del siglo XIX no existían los partidos políticos modernos: no había organizaciones formales con ese nombre, ni convenciones periódicas, ni reglas de membresía. No obstante, esta ausencia no permite concluir que “el corazón del Partido Conservador consistía de Alamán y los editores y colaboradores de El Universal”, cuando poco más adelante advierte la existencia de candidatos conservadores a puestos de elección popular en distintas partes del país. Quizá valdría la pena analizar primero qué era un “partido” en esta época, poniendo especial atención a las redes personales y a las estructuras informales que hicieron posible la acción colectiva de los distintos grupos políticos.
Para este lector en particular, el aspecto más problemático del libro es la poca profundidad con que se aborda la dimensión religiosa de Lucas Alamán, cosa que llama la atención en un estudio de estas dimensiones y con un autor que siempre ha mostrado un especial interés en la psicología de los actores históricos. Creo que este hueco de la obra nace de un exceso de cautela: Van Young afirma, correctamente, que Lucas Alamán escribió muy poco sobre sus creencias religiosas y mantuvo sus prácticas piadosas en el ámbito privado, si bien observa que fue miembro de la Tercera Orden Franciscana y amigo cercano de numerosos miembros de la jerarquía eclesiástica (incluyendo varios obispos), y que dos de sus hijos abrazaron la vida consagrada, un hijo como sacerdote y una hija en una orden religiosa. Según Van Young, el principal referente religioso de Alamán fue su medio hermano Juan Bautista Arechederreta (1770-1836), un destacado clérigo que ocupó varios cargos relevantes en el arzobispado de México y que jugó el papel de “mentor, protector y promotor” del joven Alamán. Tratando de buscar una fuente de las ideas alamanistas sobre la centralidad política del catolicismo, Van Young sugiere que Alamán leyó, “por devoción fraternal”, la traducción de Arechederreta de Los derechos del hombre de Nicola Spedalieri (1791), de donde obtuvo una “visión benthamiana” sobre la “utilidad social de las creencias, prácticas e instituciones religiosas”. Para Van Young, Alamán no era un apologista ultra monta no de la unión entre el Trono y el Altar, al estilo de Joseph de Maistre, sino un “conservador burkeano” poco interesado en cuestiones teológicas o canónicas, que entendía la fe católica como una fuente de consuelo y como el único lazo que podía sostener la unidad de un pueblo heterogéneo y desigual, tal como expresó en su famosa carta a Santa Anna de 1853.
Si bien resulta innegable que Alamán compartía esta lectura esencialmente sociológica del catolicismo, y que una de las fuentes de su pensamiento pudo ser la obra de Spedalieri, creo que su religiosidad y su involucramiento en los debates eclesiásticos de la época fueron mucho mayores de lo que se puede advertir en este libro. De entrada, basta revisar el catálogo de su biblioteca para confirmar que Alamán leyó a numerosos autores españoles y franceses que fueron patrimonio común de los intelectuales católicos de la época, y que insistieron en el poder civilizatorio -y no meramente utilitario- del catolicismo, como Jaime Balmes o François-René de Chateaubriand. La identificación del catolicismo con la civilización, de hecho, es una de las premisas centrales de la obra histórica de Alamán, de su interpretación del periodo colonial y de su lectura pesimista sobre el México independiente, donde la religión había quedado “casi reducida a la simple práctica exterior”. De igual manera, es claro que Alamán tenía una postura mucho más definida en los debates sobre la relación Iglesia-Estado, y que no se reducían a la preservación del catolicismo como elemento de cohesión social. En el último tomo de la Historia de Méjico, por ejemplo, Alamán aplaudió a los obispos mexicanos por haber “resistido admirablemente” el ejercicio del Patronato desde los años de la Independencia y al mismo tiempo reconoció la urgente necesidad de emprender una reforma de la Iglesia mexicana, lo cual sugiere que favorecía una negociación diplomática para que los cambios en el régimen eclesiástico se llevaran a cabo de común acuerdo con la Santa Sede. Y no está de más recordar también que algunos de los momentos clave en la biografía política de Alamán estuvieron relacionados con grandes agitaciones en el ámbito religioso, como la reforma de 1833-1834 y el debate sobre obvenciones parroquiales en Michoacán en 1851. Sin negar el pragmatismo y la modernidad de la acción secular de Alamán, que Van Young explora con tanto acierto, me parece necesario reconocerle un mayor peso a su fe personal. A fin de cuentas, el propio Alamán terminó su obra invocando al Todopoderoso, “en cuya mano está la suerte de las naciones, y que por caminos ocultos a nuestros ojos las abate o las ensalza según los designios de su Providencia”.










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