Georg Lukács (2009) definía a un gran pensador como aquel que “penetra la verdadera esencia de una época, en su tendencia primordial, viva y efectiva, mientras percibe más allá del conjunto de los acontecimientos de su tiempo la vigencia, precisamente, de esa tendencia, de tal modo que aun cuando su intención no sea otra que hablar de los problemas del día a día, está en realidad ocupándose de los problemas decisivos de una época” (Lukács, 2009, p. 72).
Estas palabras, que en su momento fueron dedicadas a dilucidar el pensamiento de Lenin, no podrían describir mejor el trabajo aquí reseñado: Cappitalismo: la uberización del trabajo, de la antropóloga Natalia Radetich, profesora investigadora de la UAM-Iztapalapa y quien ya en su tesis doctoral Trabajo y sujeción: el dispositivo de poder en las fábricas de lenguaje -acreedora al premio a la mejor tesis de doctorado que otorga la Academia Mexicana de Ciencias- nos hablaba sobre la tendencia del actual ciclo de acumulación capitalista: la precarización laboral llevada al extremo.
En esta entrega, Cappitalismo es un estudio etnográfico que entraña y desmenuza el trabajo desde la plataforma Uber, corporación emblema en el mundo debido a que se ha posicionado como la primera gran empresa que, allá por 2014, en el complejo mundo corporativo, impulsó un novedoso modelo de negocios y de trabajo: la empresa que únicamente es mediadora y no contrata trabajadores, más bien se va conformando por socios.
¿Qué quiere decir esto? Que la especificidad del modelo de Uber (a su vez replicado por otras firmas en todo el mundo, como Rappi, DiDi, Cabify, etc.) consiste en que la empresa se presenta únicamente como plataforma que conecta a usuarios necesitados de un servicio y a prestadores capaces de brindarlo (en este caso, de transporte). Así, los prestadores de servicios (quienes ponen a disposición su fuerza de trabajo) no son reconocidos como trabajadores, sino como socios, pues “poseen” una insignificante fracción de las acciones de la empresa y, por lo tanto, aunque trabajen en ella, no figuran como contratados (Radetich, 2022, p. 63).
En este confuso entramado legal es en el que Natalia Radetich profundiza hábilmente mediante una escritura ingeniosa que evidencia cómo Uber aprovecha los vacíos y atrasos de la legislación laboral respecto a las plataformas digitales, aun cuando su existencia data de hace más de una década. La autora retoma el caso de la Ciudad de México para dar a conocer lo imposible que ha sido imponer un gravamen al megacorporativo, pues al no tener sede física en el país, la app succiona las ganancias generadas por una multitud trasnacional y deslocalizada (p. 32). A su vez, la carga tributaria de la empresa recae en los usuarios y conductores (quienes, además, están dados de alta en el Servicio de Administración Tributaria con un régimen de impuesto sobre la renta correspondiente al de dueños de empresas).
Este trabajo menciona, entre otras cosas, las estrategias empleadas por Uber para evadir al fisco y no dar prestaciones ni derechos básicos a sus trabajadores, y explica cómo este conglomerado opera en diferentes países de los cinco continentes sin ninguna responsabilidad. Además, en la primera parte, titulada Visión de Uberland: panorámica de una empresa trasnacional, la autora desglosa las características del escenario donde la empresa usufructúa y saca ventaja de condiciones desfavorables en ciertos países/territorios: tráfico, desorden urbano, miedo a la inseguridad, violencia contra las mujeres e insuficiencia de transporte, entre otros (p. 39).
El foco principal del estudio que realiza Radetich está en la empresa, con particular atención a los trabajadores, esos sujetos que prestan su fuerza de trabajo (y en este caso también sus herramientas) y que no son reconocidos ni como trabajadores ni como empleados en un contexto de explotación digital de trabajo mundial.
Mediante el caso de la Ciudad de México, el estudio arroja nuevas luces acerca del trabajo libre, categoría adoptada para denominar el nuevo grado de flexibilización laboral que desde hace pocos años se ha implantado en nuestra sociedad. Detrás de los eslóganes de “sé tu propio jefe”, “tú decides en qué horarios trabajar” y “emprende por tu cuenta”, se ocultan renuncias del capital privado a cubrir los requisitos laborales mínimos y el tránsito hacia la panacea de los empresarios: un modelo de negocios donde nadie se hace cargo de la seguridad de los trabajadores; la falta de empleos bien remunerados garantiza un flujo constante de mano de obra que asegura que el ciclo de acumulación sea continuo (p. 90).
Paralelamente, el trabajo etnográfico en la Ciudad de México ha permitido a la autora determinar qué empresas obtienen ganancias a raíz del caos. Uber -señala- obtiene ganancias mayúsculas en aquellas grandes urbes donde la planeación territorial no es efectiva, donde el colapso y mala gestión del transporte público obligan a quienes transitan diariamente por sus calles a estar en permanente estado de angustia respecto a si llegarán o no a tiempo a sus destinos (p. 174). Cuando vas tarde a una reunión, o no llegarás a tiempo para presentar un examen, o si habías quedado a cierta hora para un compromiso y el camión está atrapado en un tráfico infernal, Uber se presenta como la única opción para llegar a tu destino. Esto queda demostrado al comprobarse que Uber recauda la mayor parte de sus ganancias en ciudades de países en vías de desarrollo y no precisamente en aquellas donde el transporte público funciona correctamente (p. 187).
Pero hay más. El caos de la Ciudad de México no se presenta únicamente como caos vial y colapso del transporte público, también se manifiesta en la inseguridad permanente. En el caso de las mujeres, expuestas permanentemente a la violencia machista en el transporte público (y ni hablar de regresar a casa tras una noche de fiesta), Uber se erige como la opción más segura para llegar sanas y salvas a casa. En este sentido, el texto destaca la capacidad de las empresas privadas para lucrar a gran escala con el miedo y la inseguridad de la población (p. 154).
La segunda parte del libro, Los regímenes de appropiación, expone cómo Uber se beneficia y se enriquece a gran escala con las condiciones precarias de vida y trabajo, principalmente en los países subdesarrollados. En el caso de México, destaca un salario mínimo históricamente precario que, aunque supuestamente cubre el costo de la canasta básica, hace casi imposible mantener el nivel de vida, uno de los más caros a nivel mundial. Por ello, es cada vez más común encontrar profesionistas que manejan Uber como segundo o tercer empleo, o como coloquialmente dicen, para “acompletar gastos”.
Radetich da cuenta del curioso fenómeno que Uber implementa en el agitado mundo laboral contemporáneo: se trata de pagar por trabajar (p. 131). La caracterización que la autora realiza de Uber es el completo usufructo, tanto de la tradicional fuerza de trabajo como del espacio público y los bienes (o herramientas de producción) de los propios trabajadores. Esta tendencia del capitalismo contemporáneo se manifiesta en tanto Uber se muestra únicamente como una app intermediaria; no obstante, el medio de transporte, la herramienta para acceder a la app (y seguir un navegador en tiempo real) recae en la responsabilidad de los conductores -más concretamente, hablamos del smartphone personal que el conductor debe poner a disposición de Uber-. De esta forma, son ellos quienes ponen a disposición de la app (y del usuario) su carro particular, su celular y todo lo que esto implica (recargas de internet, batería cargada, gasolina, seguro, etcétera).
En el tercer y último apartado del libro (Espacio, cuerpo, tiempo, smartphone), la autora analizará de manera profunda los significados y consecuencias del trabajo estilo Uber. Aquí brinda una aproximación cercana al sentir del día a día de los trabajadores de Uber (destaca el sentido masculino, ya que si bien se menciona la cuestión de género en el trabajo cappitalista, subraya que más de 90% de quienes laboran mediante la app son varones) (p. 221).
En este sentido, los conductores expresan diversos elementos derivados del trabajo en esta modalidad: el tiempo nunca es suficiente para trabajar (la interiorización de la autoexplotación y sus jornadas intensivas), el sentimiento constante de ser vigilados por la app mediante su teléfono y las angustias de una deuda creciente, pues Radetich menciona que la mayoría de los trabajadores con quienes pudo interactuar para este estudio coinciden en que viven endeudados con los bancos (p. 194). Así, el trabajo en Uber se caracteriza como uno donde la salud y la estabilidad emocional son meras utopías.
Aunado a ello, se menciona que el tráfico de la Ciudad de México y el desconocimiento del monto o comisión que la app extrae de cada viaje (hasta el momento se desconoce esta cifra) hacen de los conductores de Uber un estrato con diversos problemas neuróticos y de ansiedad (p. 203).
Por último, la autora no deja pasar la oportunidad de comentar acerca de las organizaciones de trabajadores de Uber y otras aplicaciones que están surgiendo y pugnando por mejorar las condiciones laborales o, en este caso, luchando para que las leyes mexicanas reconozcan la relación subordinada de empleo. Casos como el de la UNTA (Unión Nacional de Trabajadores por Aplicación) cobran cada vez más relevancia y ocupan espacios de manera creciente en el imaginario público (p. 250). Sin embargo, el libro incentiva la reflexión acerca de que la lucha de los trabajadores de Uber y otras plataformas apenas arranca, pues primero se necesita conquistar el reconocimiento al trabajo para luego pugnar por mejoras en este rubro.
Para finalizar, sin duda el trabajo de Natalia Radetich tiene y tendrá una enorme trascendencia, incluso dentro de 40 o 50 años, cuando las relaciones laborales hayan sido completamente absorbidas por la terciarización que implica el trabajo prestado mediante apps y se llegue al momento de preguntarnos ¿cómo hemos llegado a esto? Este libro valdrá, como ya lo hace, a modo de explicación precisa de las discrepancias de esta modalidad de trabajo que, desde afuera, parece que subyace en las aplicaciones, las redes o en la nube, un lugar inmaterial y digital, y que, sin embargo, depende de miles de kilómetros de cableado en los océanos y es la encargada de apropiarse del plustrabajo trasnacional (p. 41).
Es menester mencionar la interdisciplinariedad y sus contribuciones al campo de los estudios laborales al analizar las nuevas formas en las que los empresarios impulsan y se aprovechan de las leyes laxas que no regulan ni brindan oportunidades reales para terminar con la explotación, sino que, al contrario, se expanden cada vez más. Hoy en día hay aplicaciones para cubrir todo tipo de necesidades, desde trabajo doméstico (MiDulceHogar, Aliada.mx, entre otras) hasta plataformas para encontrar diseñadores gráficos u otro tipo de servicios (Freelancer.com). No pasará mucho tiempo para que trabajos concebidos como tradicionales -por ejemplo, de carácter industrial- se ofrezcan por jornadas de días o semanas mediante apps, buscando borrar el término que tanto incomoda a los empresarios y capitalistas en estos días: trabajadores.
Cappitalismo: la uberización del trabajo, de Natalia Radetich, es una lectura no solo recomendable para indagar en las nuevas modalidades de trabajo, sino obligada para quienes buscan descubrir las piedras angulares del mundo laboral y el capitalismo en estos días. Con un particular tono humorístico y la capacidad de acercar aspectos metodológicos complejos a lectoras y lectores, dentro y fuera del mundo académico, el libro no solo es un estudio que cumple con todos los requisitos formales para ser considerado científico, sino que funge como testimonio de una época.










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