Introducción
En 2023, más de 117.3 millones de personas en el mundo enfrentaron desplazamientos forzados debido a conflictos, violencia y violaciones a los derechos humanos. Esta cifra, según ACNUR (2024), aumentó a más de 120 millones hacia abril de 2024, consolidándose como una de las crisis humanitarias más invisibilizadas (Lubkemann, 2005; Czaika y Kis-Katos, 2009; Ibanez, 2009; Crisp, 2010). A diferencia de otras formas de movilidad, el desplazamiento forzado interno dificulta el seguimiento y protección de las personas afectadas, exacerbando su vulnerabilidad.
En América Latina, este fenómeno adquiere características específicas por el papel del crimen organizado, cuyas motivaciones político-económicas generan un desplazamiento sostenido y silenciado (Cantor, 2014; Pérez Vázquez, 2018; Fuerte-Celis, Pérez Luján y Ángeles, 2020). En México, las respuestas gubernamentales, frecuentemente militarizadas, han intensificado la violencia (Calderoni et al., 2021; Atuesta y Ponce, 2017; Fuerte-Celis, Pérez Lujan, y Cordova Ponce, 2019), propiciando lo que se ha denominado “desplazamiento individual” (Fuerte-Celis y Zizumbo-Colunga, 2023), que se caracterizan por huidas solitarias y silenciosas que afectan especialmente a mujeres.
Estas mujeres, muchas veces tras perder a esposos, padres o hijos por la violencia criminal, se ven obligadas a abandonar sus hogares sin redes de apoyo ni reconocimiento institucional. Aunque también existen desplazamientos masivos en México (Hernández, 2007; Benítez et al., 1999; Pérez y Castillo, 2019), en este artículo nos centraremos en el desplazamiento individual, fenómeno que plantea retos distintos por su invisibilización y el aislamiento de quienes lo viven.
En este artículo, nos enfocamos en estas mujeres, no solo como víctimas de la violencia del crimen organizado, sino como agentes activas que enfrentan el desafío de reconstruir sus vidas en contextos de desplazamiento. Otros autores ya han tipificado las estrategias que toman las mujeres al ser amenazadas por la violencia que representa el crimen organizado (Fuerte-Celis y Zizumbo-Colunga, 2023), en este estudio buscamos ir más allá al preguntar: ¿cómo interactúan entre sí estas estrategias en la experiencia del desplazamiento?
A partir de entrevistas a profundidad, analizamos cómo los recursos individuales, familiares, sociales e institucionales configuran la respuesta de las mujeres. Si bien la muestra no es representativa, permite ilustrar patrones generales de afrontamiento y resiliencia. Proponemos una visión del afrontamiento (Seguin et al., 2017;Saxon et al., 2016) como un sistema interconectado de respuestas que varía según el contexto.
Nuestra contribución es doble: avanzar en la comprensión del desplazamiento individual en contextos de violencia criminal, y visibilizar el papel activo de las mujeres en la articulación de recursos multiescalares para resistir, adaptarse y sobrevivir. El texto se organiza en cuatro secciones. En la primera, exploramos el concepto de afrontamiento en escenarios de violencia. En la segunda, describimos nuestra metodología. En la tercera, presentamos los resultados con énfasis en las interacciones entre estrategias de afrontamiento. Finalmente, reflexionamos sobre las implicaciones del estudio, resaltando la capacidad de las mujeres para integrar recursos y construir resiliencia en medio de la adversidad.
1. El afrontamiento en contexto de guerra y desplazamiento
El afrontamiento permite comprender el desplazamiento individual, especialmente en contextos donde las víctimas huyen solas, sin apoyo y en alta vulnerabilidad. A diferencia del desplazamiento colectivo, aquí el perpetrador conoce la identidad, historia y ubicación de la víctima, lo que transforma la huida en una lucha solitaria por la supervivencia (Fuerte-Celis y Zizumbo-Colunga, 2023).
Si bien ha sido ampliamente estudiado en enfermedades y estrés (Cuartas Ricaurte et al., 2019; Hewitt Ramirez et al., 2016; Pascual Jimeno y Conejero López, 2019; Otake, 2019), el afrontamiento ha recibido menos atención en el contexto de la violencia extrema y el desplazamiento forzado. Extender su aplicación a escenarios de guerra y crimen organizado es clave para comprender cómo las víctimas resisten y se adaptan.
La literatura ha explorado estrategias de afrontamiento en comunidades y familias afectadas por conflictos armados (Moreno Comellas et al., 2015; Roberts et al., 2019). Sin embargo, el desplazamiento individual requiere considerar dinámicas regionales específicas, como las características de los conflictos y las respuestas de los actores involucrados (Alemi et al., 2018; Tippens, 2020). En el caso del crimen organizado, las víctimas no solo huyen, sino que enfrentan un riesgo persistente de ser rastreadas y atacadas nuevamente (Camus y Eguía, 2018; Pérez y Castillo, 2019; Fuerte-Celis, Pérez Lujan, y Ángeles, 2020).
El impacto del crimen organizado y los conflictos armados es devastador (Benítez et al., 1999; Ibanez, 2009; Camus y Eguía, 2018). Además de perder hogares, empleo y seres queridos, las víctimas sufren secuelas psicológicas graves, como ansiedad, depresión y trastorno por estrés postraumático (Wright, 2011; Gupta et al., 2014; Siriwardhana y Wickramage, 2014; Duarte-Gómez et al., 2018). Estas consecuencias se agravan en el desplazamiento individual, donde la falta de redes de apoyo y el anonimato exacerban el trauma.
En este contexto, el afrontamiento no es solo una respuesta individual ante amenazas, sino un mecanismo adaptativo basado en los recursos disponibles, por limitados que sean. Investigaciones sobre guerras civiles y genocidios han identificado factores clave como el apoyo social, la construcción de propósito y la gestión de memorias traumáticas (Araya et al., 2007a). Sin embargo, el desplazamiento individual plantea desafíos adicionales, pues la víctima debe operar en aislamiento y bajo el temor constante a ser localizada.
Este enfoque amplía la comprensión del afrontamiento, adaptándolo a quienes enfrentan violencia extrema y persecución. Buscamos así proporcionar herramientas para comprender y atender mejor a quienes han sido forzados a moverse en soledad y bajo el acecho persistente de sus agresores (Fuerte-Celis y Zizumbo-Colunga, 2023).
Es fundamental conectar estudios previos con el análisis del desplazamiento individual en contextos de violencia extrema. Mientras que las investigaciones sobre conflictos armados y refugiados han identificado patrones claros de afrontamiento (Wright, 2011; Siriwardhana y Wickramage, 2014; Wenzel et al., 2019) el desplazamiento individual presenta dinámicas fragmentadas y sin redes formales de apoyo. Aquí, el afrontamiento no es solo reactivo (Cuartas Ricaurte et al., 2019; Sangalang et al., 2019), sino una construcción estratégica que varía según los recursos, la percepción del peligro y las oportunidades de acción. Este análisis permite entender respuestas individuales y colectivas, situando el afrontamiento como un proceso adaptativo en escenarios de alta vulnerabilidad y aislamiento.
1.1 Estrategia analítica, las interacciones en el afrontamiento ante el desplazamiento individual
La literatura sobre el afrontamiento de mujeres en conflictos armados se ha enfocado en tres áreas principales: poblaciones refugiadas, víctimas de violencia sexual y mujeres desplazadas (Wright, 2011; Wenzel et al., 2019). Estos estudios han permitido identificar los efectos de la violencia en la salud mental de las mujeres y las formas en que enfrentan experiencias traumáticas (Hernández, 2019).
Entre los tipos de afrontamiento más estudiados destacan el cognitivo, que implica autoanálisis y fortalecimiento personal (Araya et al., 2007b; Moreno Comellas et al., 2015; Sangalang et al., 2019), y el activo, definido como las acciones concretas para resolver o mitigar el problema (Başoğlu et al., 2005; Saxon et al., 2016; Seguin et al., 2017). También se ha explorado el afrontamiento pasivo, centrado en la emoción y la minimización del conflicto como mecanismo de defensa, aunque con riesgos como culpa y aislamiento (Zbidat et al., 2020).
No obstante, estos enfoques individuales suelen omitir el papel de actores colectivos. Las víctimas frecuentemente recurren a familias, organizaciones o redes sociales como apoyo para seguir adelante. Por ello, retomamos la propuesta de Fuerte-Celis y Zizumbo-Colunga (2023), quienes identifican cuatro estrategias específicas de afrontamiento entre mujeres desplazadas.
Estrategias Individuales: Estas implican desarrollar habilidades personales para manejar el impacto de la violencia. Incluyen el fortalecimiento de la autoestima, la promoción de la autodefensa y el acceso a redes de apoyo emocional. La construcción de estas capacidades son claves para fomentar una resiliencia básica que permita enfrentar situaciones adversas.
Estrategias Familiares: El entorno familiar puede ser una fuente de apoyo esencial. Estas estrategias se centran en fortalecer los lazos familiares, promover la comunicación asertiva y brindar herramientas para manejar los conflictos internos. Un entorno familiar sólido puede actuar como refugio y motor de recuperación.
Estrategias Sociales: En el nivel comunitario, es crucial construir redes de apoyo mutuo, como grupos de mujeres o colectivos que fomenten la cooperación y la solidaridad. Estas estrategias también incluyen campañas de sensibilización que des-normalicen la violencia y promuevan valores de igualdad y respeto.
Estrategias Institucionales: Las políticas públicas y los servicios institucionales son fundamentales para enfrentar la violencia de manera estructural. Estas estrategias abarcan la creación y fortalecimiento de refugios, el acceso efectivo a la justicia y la implementación de programas educativos y de prevención. Además, requieren garantizar la protección y rehabilitación integral de las mujeres víctimas de violencia.
Si bien la tipificación de Fuerte-Celis y Zizumbo-Colunga (2023), representa una contribución a nuestro entendimiento del desplazamiento individual, ésta trata a cada dimensión como independientes y aisladas. Aquí nos separamos de esta visión centrándonos en cómo estas estrategias se integran y refuerzan mutuamente, configurando un entramado de respuestas adaptativas que va más allá de los recursos individuales o colectivos. Este enfoque nos permite visibilizar la complejidad de los mecanismos de afrontamiento y su interacción con la confianza y los recursos.
La interacción entre las estrategias de afrontamiento en mujeres desplazadas por la violencia del crimen organizado es un proceso dinámico y no lineal, donde los recursos individuales, familiares, sociales e institucionales se entrelazan en función de la disponibilidad, confianza y efectividad. Estos recursos no operan de manera aislada ni siguen un orden rígido de activación; más bien, las mujeres despliegan múltiples estrategias simultáneamente o transitan entre ellas en respuesta a la inseguridad, el acceso limitado al apoyo formal y la necesidad de adaptación constante.
En un primer nivel, las mujeres recurren a estrategias individuales de afrontamiento, que incluyen la regulación emocional, la planificación de escape y la toma de decisiones autónomas sobre su seguridad y la de sus hijos. Estas estrategias son cruciales cuando otras formas de apoyo son limitadas o cuando la violencia impide recurrir a familiares o redes comunitarias. Sin embargo, el afrontamiento individual rara vez es suficiente para sostenerse a largo plazo, por lo que, en muchos casos, las mujeres buscan apoyo dentro de sus círculos familiares, donde los lazos de consanguinidad pueden proveer refugio, ayuda económica o contención emocional.
Cuando el apoyo familiar está disponible y es funcional, se convierte en un recurso clave para fortalecer otras estrategias de afrontamiento. Sin embargo, este respaldo no siempre está garantizado. En algunos casos, las mujeres se enfrentan a relaciones familiares frágiles o conflictivas, donde el desplazamiento se percibe como una carga o donde persisten dinámicas de violencia dentro del propio hogar. En estos escenarios, las mujeres buscan nuevas redes de apoyo en su comunidad inmediata, apelando a la solidaridad de vecinos, grupos religiosos, colectivos de mujeres o redes de desplazados, que pueden ofrecer desde información hasta alojamiento temporal y oportunidades laborales. La comunidad, por lo tanto, actúa como un punto de transición entre el afrontamiento familiar y el social, facilitando conexiones con recursos externos que no estarían disponibles de manera individual.
Sin embargo, la efectividad del afrontamiento comunitario también depende del contexto. En regiones donde la violencia y el control territorial del crimen organizado son más intensos, las comunidades pueden estar fragmentadas por el miedo y la desconfianza, lo que reduce su capacidad para brindar apoyo. En estos casos, las mujeres deben recurrir a estrategias alternativas, como la vinculación con organizaciones de la sociedad civil, grupos de derechos humanos o instituciones de asistencia. Aquí, la relación entre el afrontamiento social e institucional se vuelve clave, ya que muchas mujeres no se sienten seguras accediendo directamente a mecanismos gubernamentales, pero pueden hacerlo a través de intermediarios que faciliten este acceso sin exponerse a riesgos adicionales.
El afrontamiento institucional, en teoría, debería ofrecer el apoyo más estructurado y duradero, ya sea a través de programas de protección, asistencia económica o reasentamiento. Sin embargo, su efectividad se ve obstaculizada por múltiples factores, como la burocracia, la falta de reconocimiento del desplazamiento forzado interno y la desconfianza en las instituciones, especialmente en contextos donde el Estado ha sido percibido como ineficaz o ausente (Fuerte -Celis y Zizumbo-Colunga, 2024). Ante estas limitaciones, muchas mujeres combinan estrategias institucionales con redes informales, utilizando los recursos estatales de manera parcial mientras siguen dependiendo de la comunidad o de su resiliencia personal para sobrellevar la violencia y la incertidumbre.
Lo que este modelo revela es que el afrontamiento no sigue una jerarquía fija, donde las mujeres pasan de un nivel a otro de manera secuencial, sino que las estrategias interactúan de manera fluida y adaptativa. En momentos de crisis, una mujer puede depender completamente de su capacidad individual para huir, luego buscar apoyo en su familia o comunidad, más tarde intentar acceder a ayuda institucional y, si esta falla, regresar a mecanismos informales o de autogestión. Este constante reajuste demuestra la complejidad del afrontamiento en contextos de violencia extrema y subraya la necesidad de comprenderlo como un proceso flexible, donde las decisiones no solo dependen de la voluntad individual, sino de la interacción entre los recursos disponibles, los riesgos percibidos y las oportunidades que ofrece el entorno.
Esta reformulación nos permite extender la base analítica y visibilizar la complejidad de las estrategias de afrontamiento. En lugar de conceptualizar las estrategias como lineales o separadas, enfatizamos cómo las mujeres movilizan recursos en múltiples niveles y cómo estas estrategias se refuerzan entre sí. De este modo, replanteamos el análisis de las experiencias de violencia y desplazamiento forzado como un proceso dinámico y multidimensional, en el cual la interacción entre los recursos individuales, familiares, sociales e institucionales se convierten en la clave para enfrentar la violencia, la exclusión y la incertidumbre. Este modelo integrador no solo responde a las limitaciones de la propuesta inicial de Fuerte Celis y Zizumbo Colunga (2023), sino que también ofrece una comprensión más matizada de las decisiones que las mujeres toman en contextos de violencia extrema, reafirmando la importancia de sus capacidades adaptativas frente a situaciones de alta vulnerabilidad.
2. Metodología
Entre abril y octubre de 2020, realizamos un estudio para comprender las experiencias de las mujeres en situación de desplazamiento forzado individual, utilizando el enfoque de narrativas de vida (Chaim, 2008). Nuestro objetivo fue explorar cómo estas mujeres enfrentan los desafíos derivados de la violencia vinculada, directa o indirectamente, al crimen organizado.
Para localizar a las informantes, buscamos inicialmente el apoyo de organizaciones locales y federales especializadas en violencia contra las mujeres. Sin embargo, no logramos obtener la información necesaria debido a la falta de registros oficiales sobre personas desplazadas en México, especialmente aquellas afectadas por el crimen organizado (Salazar Cruz, 2014). Frente a esta limitación, contactamos a organizaciones de defensa de derechos humanos y colectivos de activistas a lo largo de todo el país. Este proceso nos permitió construir relaciones de confianza y, finalmente, acceder a las mujeres que participaron en el estudio.
Enfrentamos varios retos durante la selección de las informantes. Solo el 30% de las mujeres contactadas aceptaron participar inicialmente, mientras que muchas se negaron debido a la carga emocional que implicaba compartir sus experiencias. De aquellas que aceptaron, solo la mitad consintió grabar las entrevistas, y más de la mitad de estas decidió retirarse antes de completar el proceso. Observamos que estos abandonos estaban relacionados con el temor a ser identificadas, sentimientos de vergüenza o la intensidad emocional que suponía recordar sus vivencias en la motivación al desplazamiento y el proceso de huida.
En las entrevistas, nos enfocamos en tres aspectos clave del desplazamiento: 1) la salida del lugar de origen; 2) la experiencia durante el tránsito y; 3) la llegada al destino final. Aunque el número de entrevistas grabadas fue limitado, consideramos que ofrecen una perspectiva valiosa sobre las estrategias de afrontamiento y la magnitud de la violencia que impulsó a estas mujeres a abandonar sus comunidades (véaseAnexo C). Es relevante señalar que el 80% de las mujeres que aceptaron ser grabadas provienen de la zona occidental de México, mientas que el resto compartió sus narrativas desde la región del norte del país.
Durante todo el proceso, llevamos un diario de campo donde registramos nuestras reflexiones y observaciones, lo que nos permitió construir el análisis sociológico presentado en este estudio (Chaim, 2008). Nuestro enfoque busca comprender las estrategias que, desde la perspectiva de las víctimas, les han permitido sobrevivir al desplazamiento.
Desde el inicio del proyecto, nos aseguramos de seguir un enfoque ético que incluyera un protocolo de apoyo y no re-victimización (véaseAnexo A). Preparamos un consentimiento informado (véaseAnexo B) que leímos a las participantes antes de cada entrevista, explicándoles sus derechos y asegurándoles que podían retirarse en cualquier momento o decidir qué información compartir. Finalmente, cambiamos los nombres de las informantes para proteger su identidad, ya que muchas continúan escondidas, temiendo ser localizadas por sus agresores. Estas medidas buscan garantizar su seguridad y preservar su anonimato en un contexto de constante vulnerabilidad.
Desde una perspectiva metodológica, las limitaciones de este estudio derivan principalmente del tamaño reducido de la muestra en relación con la magnitud del fenómeno. Las 16 entrevistas a profundidad ofrecen un acercamiento detallado a las experiencias de afrontamiento de mujeres desplazadas, pero representan solo una pequeña fracción de un universo mucho más amplio de casos que, por diversas razones, no han podido ser captados. La clandestinidad del desplazamiento individual, el temor de las víctimas a ser identificadas y la ausencia de registros oficiales dificultan tanto la identificación de más participantes como la posibilidad de construir una muestra representativa.
Estas limitaciones impactan en la generalización de los hallazgos, ya que las experiencias documentadas no abarcan la totalidad de situaciones que enfrentan las mujeres desplazadas por el crimen organizado en México. No obstante, la riqueza de los testimonios recopilados permite identificar patrones clave en las estrategias de afrontamiento y visibilizar aspectos que de otro modo permanecerían ocultos. Reconocer estas limitaciones es fundamental para contextualizar los alcances del estudio y subraya la necesidad de futuras investigaciones que amplíen la muestra, combinen metodologías cualitativas y cuantitativas y desarrollen un registro sistemático que permita cuantificar el fenómeno. Solo a través de una mayor sistematización de datos será posible dimensionar con mayor precisión la magnitud del desplazamiento individual, y sus impactos en las mujeres que lo experimentan.
3. Las estrategias de afrontamiento a través de la historia del desplazamiento individual
Para abordar cómo interactúan las cuatro estrategias de afrontamiento (individual, familiar, social e institucional) basándonos en los fragmentos de entrevistas, reorganizamos y analizamos los relatos bajo esta perspectiva. Este enfoque nos permitió explorar las interacciones entre estas estrategias, evidenciando cómo se refuerzan, suplen o transforman dependiendo del contexto, los recursos y la desconfianza de las víctimas: las mujeres desplazadas.
3.1 Estrategias de afrontamiento individual y sus diferentes interacciones
En el plano individual los testimonios muestran cómo las mujeres, en situaciones extremas, recurren inicialmente a sus propios recursos internos, a sus estrategias individuales, pero buscan afrontarlo interactuando con las estrategias familiares. Por ejemplo, la ira y el coraje generados por una agresión física o psicológica actúan como catalizadores para tomar decisiones inmediatas: huir, buscar seguridad, o incluso robar dinero para sobrevivir. Estas emociones impulsan acciones concretas que, a su vez, activan otras formas de afrontamiento, como el uso de ahorros o el establecimiento de un plan básico de escape, pensando en su familia y que debía salir de ese contexto porque su hija podría no vivir.
“ (…) él me dio una paliza, claro yo tenía miedo (…) no sé de dónde saqué valor, pero era algo que tenía que hacer (...) tomé el dinero y me fui. Junté algunas cosas, fui por mi hija y salí corriendo (…) sabía que tenía que huir también por mi hija (…) pensar en ella y que ella era la familia que tenía que proteger me dio todo para seguir” (Entrevista a Carolina).
Las mujeres desplazadas por el crimen organizado enfrentan una realidad profundamente compleja y desgarradora, en la que su lucha por sobrevivir no solo emerge de una necesidad personal, sino también de un sentido de responsabilidad hacia sus seres queridos. En lo más profundo de su ser, estas mujeres enfrentan emociones como el miedo, la incertidumbre y la desesperación, pero es precisamente en esos sentimientos donde encuentran la fuerza para actuar.
Las estrategias de afrontamiento que emplean surgen de su instinto de protección, un impulso que se alimenta de los lazos familiares y de consanguinidad. No es solo su propia vida la que está en riesgo, sino la de sus hijos, hermanos, padres o cualquier familiar cercano que dependa de ellas. Este vínculo las lleva a tomar decisiones difíciles, incluso arriesgadas, para garantizar la seguridad y el bienestar de quienes aman.
Para estas mujeres, el desplazamiento no es únicamente un acto de huir, sino un acto de amor y sacrificio. Tomar lo poco que tienen y salir de su hogar representa una renuncia forzada a todo lo que conocían y también una apuesta por la esperanza de un futuro más seguro para sus familias. Enfrentan este proceso con una valentía silenciosa, construyendo estrategias que combinan recursos limitados, decisiones rápidas y, a menudo, una confianza absoluta en su capacidad para adaptarse a lo desconocido.
En este contexto, las mujeres despliegan una resiliencia que va más allá de lo individual: sus decisiones están intrínsecamente ligadas a los pensamientos y preocupaciones que surgen del amor hacia sus familias. Si no actúan, saben que sus hijos o familiares inmediatos estarán en peligro. Este profundo compromiso familiar se convierte en el motor que impulsa su sobrevivencia y las lleva a hacer todo lo posible para seguir adelante, a pesar de las adversidades extremas que enfrentan. Claro, aunque es visible la resiliencia de estas mujeres, no olvidamos la gran vulnerabilidad que enfrentan.
Por otra parte, tenemos otro fragmento que nos ilustran en el plano individual como las mujeres despliegan estrategias de afrontamiento individual y familiar que incluyen la re-significación del dolor y la construcción de narrativas familiares para dar sentido a su experiencia. Una entrevistada expresó:
“Tuve que aprender a ser fuerte, a no depender de nadie. Hay días que siento que no puedo, pero luego me digo que, si no soy fuerte, mis hijos no lo serán” (Entrevista a Mónica).
Este fragmento evidencia cómo el afrontamiento individual está profundamente influenciado por las responsabilidades familiares, estableciendo un puente entre los dos niveles, la necesidad de sacar todos los recursos personales, pero también todos los recursos familiares y el afrontamiento de los lazos de consanguinidad para seguir.
La interacción entre las estrategias individuales y las institucionales también se ven en forma presente. En algunos testimonios, las mujeres expresan cómo las institucionales no logran atender sus necesidades, lo que las obliga a buscar su fortaleza individual:
“Yo he tenido que buscar por mi cuenta dónde quedarme, porque, aunque fui a pedir ayuda, me dijeron que no había espacio ni recursos” (Entrevista a Josefá).
Este ejemplo destaca cómo la carencia de respuestas institucionales genera una mayor carga individual. Las mujeres se ven obligadas a asumir tareas que deberían ser responsabilidad de las instituciones, como buscar vivienda o recursos básicos. Este tipo de interacción refuerza la necesidad de un enfoque institucional que minimice las barreras burocráticas y reconozca la importancia de complementar los esfuerzos individuales.
3.2 Estrategias de afrontamiento familiar y sus diferentes interacciones
En el contexto familiar, el apoyo mutuo y las redes internas desempeñan un papel crucial. Sin embargo, estas interacciones no siempre son positivas. Algunas mujeres mencionaron conflictos derivados de la tensión económica y emocional, como lo menciona nuestra entrevistada:
“Mi esposo no lo entiende, dice que es mi culpa que estemos aquí, que yo debí haber hecho algo para evitarlo [trabajar, pedir ayuda o algo]. Pero mis hijos, ellos sí me apoyan, ellos son mi fuerza” (Entrevista a Patricia).
Este testimonio refleja un aspecto crítico de las estrategias de afrontamiento: la carga desigual que recae sobre las mujeres como responsables no solo de la supervivencia familiar, sino también de mantener la cohesión emocional en momentos de crisis. Mientras que algunas mujeres encuentran en sus hijos y otros familiares cercanos un apoyo fundamental, también deben enfrentar juicios y expectativas que agravan su vulnerabilidad emocional.
La tensión económica emerge como otro factor de conflicto, especialmente cuando los recursos son escasos y las decisiones difíciles recaen sobre un solo miembro de la familia, generalmente la mujer. Estas tensiones pueden fracturar los vínculos familiares o generar sentimientos de culpa y aislamiento que complican aún más el proceso de adaptación.
Sin embargo, estas mismas mujeres son capaces de transformar estas dificultades en determinación, aunque sin olvidar la vulnerabilidad que viven. Aunque los conflictos internos generan heridas, también las obligan a replantear sus prioridades, a buscar apoyo en quienes sí las entienden, y a enfocar su energía en los lazos más sólidos, como el que tienen con sus hijos. De esta manera, la familia, a pesar de sus tensiones, sigue siendo una pieza clave en las estrategias de afrontamiento.
Reconocer esta complejidad es crucial para entender el desplazamiento desde una perspectiva humana y matizada. Las dinámicas familiares no son homogéneas ni estáticas; son espacios de interacción que pueden simultáneamente ofrecer apoyo y generar fricciones. Esta tensión refleja cómo las estrategias familiares pueden ser simultáneamente una fuente de fortaleza y de tensión, lo que resalta la necesidad de un enfoque integral para abordar el afrontamiento. Además, esta tensión para las mujeres desplazadas es constante, pues las familias en algunos casos han sentido que ellas eligieron mal, que la pareja sentimental que han tenido las ha llevado a estar en una situación de vulnerabilidad y por ello, muchas veces cortan esos lazos porque saben que vivirán en rechazo, por ejemplo, nos menciona una de las entrevistadas.
“Mi familia nunca estuvo de acuerdo, pero yo lo quería, después las cosas se pusieron feas, y pues mi familia me dijo es mejor que te vayas, nosotros estaremos en peligro por tu culpa (…) pero ellos no son los únicos, gracias a Dios había personas en mi trabajo y personas de mi medio que fueron mi salvación (…)” (Entrevista de Diana).
Aunque la tensión es una constante en las vidas de las mujeres desplazadas, sus estrategias de afrontamiento varían. En algunos casos, recurren al apoyo de sus familias; en otros, encuentran en redes sociales externas -amistades, organizaciones o vínculos comunitarios el sostén necesario para seguir adelante. La relación entre ambos espacios no está exenta de conflictos: las tensiones entre el núcleo familiar y las redes externas pueden convertirse en obstáculos significativos. Sin embargo, estas interacciones también funcionan como herramientas clave para sobrellevar la adversidad y explorar nuevas formas de resistencia.
No siempre la familia les da la espalda. En varios relatos, se observa una articulación entre redes sociales externas y estrategias familiares, especialmente cuando el apoyo externo actúa como un recurso temporal, que ayuda a sostener a la familia en momentos críticos. Esta combinación de vínculos muestra que, aún en la fragilidad, muchas mujeres logran tejer alianzas que les permiten sobrevivir, resistir y reconstruir.
“Mi hermana me ayudó a sacar a mis hijos de donde vivíamos (…) la ayuda era temporal” (Entrevista de Carolina).
Este fragmento refleja cómo las estrategias sociales, como la estancia en albergues, suelen ser concebidas por las mujeres desplazadas como soluciones transitorias que responden a la urgencia del momento, pero no sustituyen la necesidad de estabilidad dentro del núcleo familiar. Los albergues y otras formas de apoyo social proporcionan un respiro temporal ante la crisis inmediata, ofreciéndoles un espacio seguro para reorganizar sus vidas y protegerse del peligro inminente. Sin embargo, estas estrategias tienen limitaciones significativas, lo que las obliga a articularlas con otras formas de afrontamiento para lograr una solución más sostenible.
3.3 Estrategias de afrontamiento social y sus diferentes interacciones
Por otro lado, el nivel social incluye las relaciones con otras mujeres desplazadas y con comunidades de acogida. El apoyo social emerge como una red de contención emocional y material, como nos habla una mujer desplazada.
“Las otras mujeres entienden lo que siento, porque lo han vivido. Hablamos, lloramos juntas. Es un alivio saber que no estoy sola” (Entrevista de Juliana).
Esta afirmación destaca cómo el afrontamiento social complementa y en algunos casos sustituye la falta de apoyo familiar o institucional. Pues para las mujeres lo fundamental es seguir con vida, así que buscan los diferentes canales para encontrar el apoyo que necesitan.
De la misma manera, cuando las mujeres están en los albergues, los cuales ofrecen refugio y, en algunos casos, acceso a servicios básicos como alimentación, asistencia psicológica y orientación legal; las mujeres a menudo perciben que estos espacios no pueden cubrir las necesidades emocionales y económicas a largo plazo. La interacción con otras mujeres desplazadas en estos contextos puede ser tanto una fuente de solidaridad como un recordatorio de las dificultades comunes, lo que amplifica la sensación de incertidumbre. En palabras de una entrevistada:
“Aquí estamos juntas, pero todas estamos iguales: sin saber qué será de nosotras cuando salgamos. Por ahora, esto nos protege, pero no es un hogar” (Entrevista de Paola).
Esta declaración subraya la importancia de las redes familiares en las estrategias de afrontamiento, incluso cuando estas son conflictivas. Aunque el apoyo social es fundamental para superar los primeros momentos de desarraigo, las mujeres suelen buscar reforzar o reconstruir los lazos familiares, pues los perciben como la clave para alcanzar una estabilidad duradera. En este sentido, las estrategias sociales no operan de manera aislada; su efectividad depende de su interacción con otras formas de afrontamiento, como la búsqueda de empleo, la reconstrucción de una red de apoyo más amplia y la reintegración en una comunidad segura.
Además, el afrontamiento social en albergues y comunidades temporales puede generar tensiones, que impulsen a que las mujeres busquen nuevas redes que las apoyen en el proceso de afrontamiento, como son nuevas amistades o funcionarios que las guíen en la búsqueda de trabajo o nuevos medios de subsistencia. Algunas mujeres relatan, que la convivencia con personas desconocidas, aunque solidarias, también pueden generar conflictos debido a la diversidad de experiencias, traumas y necesidades. En este contexto, las mujeres buscan nuevos lazos, no solo para resolver problemas inmediatos, sino también para construir redes que les permitan encontrar soluciones a largo plazo.
“yo estuve en la iglesia (…) buscando ayuda (…) me sentí acompañada” (Entrevista a Andrea).
Por ejemplo, muchas mujeres desplazadas recurren a organizaciones de la sociedad civil, iglesias locales o grupos de mujeres sobrevivientes para fortalecer sus estrategias. Estas nuevas redes, se convierten en un complemento esencial, ofreciendo alternativas cuando las dinámicas familiares son insostenibles o cuando las instituciones estatales fallan en proporcionar un apoyo integral. Sin embargo, la construcción de estas redes no está exenta de desafíos, ya que requiere tiempo, confianza y, en muchos casos, superar barreras culturales o de discriminación.
Así, la interacción entre las estrategias sociales y familiares evidencia la complejidad del afrontamiento en contextos de desplazamiento individual. Mientras que los albergues y otras formas de apoyo social son fundamentales en momentos críticos, no reemplazan la necesidad de estabilidad emocional y material que las mujeres buscan en sus familias y comunidades. Por ello, el éxito del afrontamiento radica en la capacidad de estas mujeres para articular diversas estrategias, adaptándolas a las condiciones cambiantes de su entorno y, en muchos casos, reconfigurando su red de apoyo para garantizar la sobrevivencia y la reconstrucción de sus vidas.
3.4 Estrategias de afrontamiento institucional y sus diferentes interacciones
El nivel institucional, en contraste, se percibe de manera ambivalente. Aunque algunas mujeres reconocen el apoyo recibido, otras expresan su frustración ante la burocracia y la indiferencia, como lo señala una de nuestras entrevistadas:
“Fui al DIF y me dijeron que no había recursos, que esperara. Pero ¿qué hago mientras espero? Mis hijos tienen hambre ahora” (Entrevista a Dabeiba).
Este testimonio pone de manifiesto cómo las respuestas institucionales pueden ser insuficientes o percibidas de esa manera, exacerbando la sensación de abandono. Lamentablemente, aquí también observamos cómo la ineficiencia o lentitud de las instituciones puede forzar a las mujeres a desarrollar estrategias propias de supervivencia, lo que incrementa su carga emocional y práctica. Estas interacciones resaltan la necesidad de respuestas institucionales más ágiles y adaptadas a las necesidades de las mujeres desplazadas.
El análisis de las interacciones entre estos niveles revela patrones complejos y, a menudo, contradictorios. Por ejemplo, la relación entre el afrontamiento individual y social puede ser fortalecedora, como en el caso de mujeres que encuentran en las redes de apoyo social un espacio para reafirmar su identidad y resiliencia personal. Sin embargo, también puede haber tensión cuando las expectativas sociales sobre el comportamiento de las mujeres entran en conflicto con sus necesidades individuales. No obstante, lo que podemos apreciar en las estrategias institucionales es que las mujeres perciben un abandono y las pocas acciones de las instituciones que ellas pensaron que les darían la mano, no lo hacen. Así que ponen toda su esperanza en que otras instancias como lo es la iglesia y las organizaciones de la sociedad civil lo hagan.
Esta omisión estatal no solo agrava su vulnerabilidad, sino que también expone la desconexión entre las políticas públicas y las necesidades reales de quienes enfrentan la violencia y el desplazamiento forzado individual. En este contexto, el afrontamiento se convierte en una estrategia de resistencia frente a un Estado que, lejos de brindar protección, deja a las víctimas a merced de su propio destino.
Para ilustrar las interacciones entre estrategias institucionales y sociales, tenemos el siguiente fragmento.
“Fui a poner una denuncia por la desaparición de mi esposo (…) pero, poco después de regresar a casa tras acudir a la policía, comenzaron las amenazas. (…) No sé cómo terminé tan expuesta por contar los sucesos que involucraban a mi esposo, pero, en el municipio [y en todas las instancias gubernamentales] que podrían haberme ayudado, encontré las puertas cerradas. (…) Afortunadamente, mi historia se hizo pública y una organización extranjera logró sacarme del municipio y llevarme a un lugar seguro” (Entrevista a Pilar).
También, la interacción entre el afrontamiento familiar y el institucional resulta particularmente significativo, ya que ambas dimensiones están profundamente interconectadas en la vida cotidiana de las mujeres desplazadas. Este fragmento refleja la complejidad de las interacciones entre el afrontamiento institucional y social en contextos de violencia extrema y desplazamiento. En primer lugar, el afrontamiento institucional es abordado inicialmente por la entrevistada cuando decide acudir a las autoridades para denunciar la desaparición de su esposo. Esta acción representa una búsqueda activa de justicia y protección, utilizando los canales formales que, en teoría, deberían ofrecer apoyo y solución. Sin embargo, la experiencia revela una respuesta fallida por parte del sistema institucional, pues en lugar de garantizar su seguridad, la denuncia la expone aún más, generando nuevas amenazas y colocando su vida en mayor peligro. La referencia a que “la puerta estaba cerrada” en todas las instancias gubernamentales evidencia la falta de acceso a mecanismos efectivos de apoyo y la desconfianza en las instituciones locales.
Por otro lado, el afrontamiento social emerge como un recurso alternativo y más efectivo. A pesar del abandono institucional, la intervención de una organización extranjera se convierte en un mecanismo de apoyo clave, facilitando su salida del municipio y ofreciéndole protección. Aquí, la dimensión social del afrontamiento adquiere un carácter transnacional: las redes de apoyo no provienen de su entorno inmediato, sino de actores externos que poseen los recursos y la capacidad de brindar soluciones a largo plazo.
Este contraste entre la ineficacia de las instituciones locales y la acción de redes sociales externas ilustra una tensión crítica en los procesos de afrontamiento: mientras que las víctimas buscan respuestas inmediatas dentro de su contexto cercano, la falta de apoyo institucional las obliga a depender de intervenciones sociales externas que, aunque efectivas, no siempre son accesibles para todas las personas en situaciones similares.
Esto queda evidenciado en testimonios como el siguiente:
“Mi esposo me dice que no me preocupe, pero ¿cómo no preocuparme si nadie nos ayuda? La policía debería estar para apoyarnos, pero siento que estamos solos” (Entrevista a Susana).
Este relato subraya cómo la ausencia o insuficiencia del apoyo institucional intensifica la carga que recae sobre las estrategias familiares. La falta de respaldo externo obliga a las familias a movilizar todos sus recursos internos, desde el apoyo emocional hasta el económico y logístico. Sin embargo, esta movilización interna suele recaer de manera desproporcionada en las mujeres, quienes, además de enfrentar su propia angustia, deben fungir como soporte principal para el resto de la familia.
La presión que genera esta dinámica no solo incrementa el estrés emocional, sino que también puede generar tensiones intrafamiliares. Por ejemplo, algunos testimonios reflejan sentimientos de frustración y agotamiento ante la percepción de que la institución, en lugar de aliviar la situación, los deja “solos” en un contexto de adversidad. En este sentido, las mujeres se convierten en el nexo principal entre las necesidades familiares y las demandas hacia las instituciones, un rol que, aunque indispensable, puede resultar desgastante y difícil de sostener a largo plazo.
Es importante resaltar que el afrontamiento familiar no debería ser visto como una alternativa al apoyo institucional, sino como un complemento que permita a las familias manejar las adversidades de manera conjunta y equilibrada. Cuando las instituciones fallan en proporcionar los recursos y apoyos necesarios, no solo dejan de cumplir su función básica, sino que además contribuyen indirectamente a la saturación de las dinámicas familiares. Esta interacción desequilibrada no solo perpetúa la sensación de abandono, sino que además pone en riesgo el bienestar de quienes están al centro de estas estrategias, especialmente las mujeres.
Una respuesta institucional efectiva no solo aliviaría esta carga, sino que también podría reforzar las estrategias familiares, proporcionándoles un marco de seguridad y estabilidad. Por ejemplo, programas de apoyo psicosocial o económico diseñados específicamente para complementar las dinámicas familiares permitirían que estas estrategias operen con mayor eficacia y menos desgaste. En este sentido, la interacción entre el afrontamiento familiar y el institucional debe ser entendida no como una relación de sustitución, sino como un sistema colaborativo en el que cada parte refuerza a la otra para garantizar el bienestar de las mujeres desplazadas y sus familias.
Finalmente, la relación entre el afrontamiento social e institucional también merece atención, ya que ambos niveles de apoyo están intrínsecamente ligados en la experiencia de las mujeres desplazadas. Las redes sociales, como el apoyo de familiares, vecinos o amistades, suelen intentar suplir las carencias generadas por la falta de una respuesta institucional adecuada. Sin embargo, esta sustitución tiene límites claros, especialmente cuando las redes sociales están igualmente expuestas a condiciones de vulnerabilidad.
Una participante lo expresó de esta manera:
“Las vecinas me han ayudado mucho, pero también tienen sus propios problemas. No puedo depender de ellas para siempre” (Entrevista a Amalia).
Este testimonio evidencia la fragilidad de un sistema de afrontamiento basado únicamente en el apoyo comunitario. Si bien estas redes son un recurso esencial en los primeros momentos de la crisis, a largo plazo, no cuentan con la capacidad ni los recursos necesarios para responder de manera sostenida. Además, la dependencia excesiva de estas redes puede generar tensiones en las relaciones sociales y exponer a las personas afectadas a un ciclo de inseguridad e incertidumbre.
La interacción entre lo social y lo institucional debería ser entendida como complementaria. Las instituciones tienen la responsabilidad de establecer mecanismos de apoyo formal que no solo reduzcan la carga sobre las redes sociales, sino que también las fortalezcan. Por ejemplo, programas de asistencia que trabajen de la mano con líderes comunitarios, pueden multiplicar el alcance del apoyo social sin sobre exigir a las personas que conforman estas redes. Asimismo, las instituciones pueden actuar como intermediarias para canalizar recursos que permitan a las redes sociales mantener su papel de apoyo, sin fracturarse ante la adversidad.
Este análisis subraya que el afrontamiento social no puede ser un reemplazo del institucional. Más bien, ambos deben configurarse como partes de un sistema integrado que reconozca y valore el rol de las comunidades, mientras asegure la provisión de recursos y servicios sostenibles por parte de las instituciones. Sin esta interacción equilibrada, las mujeres desplazadas quedan atrapadas en una red de apoyos insuficientes y temporales, que no logran garantizar su bienestar ni promover una recuperación plena.
En resumen, el afrontamiento de las mujeres desplazadas es un proceso multidimensional que requiere un análisis integral para comprender cómo los diferentes niveles de apoyo e interacción influyen en su capacidad para enfrentar la adversidad. Las tensiones y complementariedades entre los afrontamientos individual, familiar, social e institucional evidencian la necesidad de diseñar intervenciones que aborden estas interacciones de manera holística, reconociendo las especificidades de cada nivel y su impacto en la vida de estas mujeres.
4. Conclusión y discusión
El desplazamiento forzado causado por el crimen organizado representa un desafío para toda la sociedad (Cantor, 2014; Camus y Eguía, 2018; Pérez Vázquez, 2018; Fuerte-Celis, Pérez Lujan y Ángeles, 2020). Quienes se ven obligados a huir no solo dejan atrás sus pertenencias, sino también a sus familias, recuerdos y lugares significativos en sus vidas (Pérez Vázquez, 2018; Pérez y Castillo, 2019; Aquino Barbosa Magalhães et al., 2020). Además de las pérdidas materiales y emocionales, estas personas enfrentan el aislamiento, el temor constante a ser descubiertos, el dolor por la pérdida de seres queridos y la angustia de la ruptura de sus lazos afectivos. En este contexto, las mujeres desplazadas a menudo cargan con un peso excesivo de estas dificultades, lo que las lleva a desarrollar estrategias para sobrevivir (Fuerte-Celis y Zizumbo-Colunga, 2023) en medio de la vulnerabilidad.
El proceso de afrontamiento en mujeres desplazadas por la violencia es el resultado de interacciones constantes y dinámicas entre las estrategias individuales, familiares, sociales e institucionales. Estas no funcionan de manera aislada, por el contrario, se influyen y condicionan mutuamente, formando un entramado complejo que moldea la capacidad de las mujeres para resistir, adaptarse y reconstruir su vida tras el desplazamiento.
La estrategia individual suele actuar como el primer recurso de afrontamiento, donde las mujeres recurren a su resiliencia y capacidades internas para protegerse y proteger a sus familias. Sin embargo, esta estrategia está intrínsecamente ligada al núcleo familiar, ya que las mujeres no toman decisiones aisladas, sino que lo hacen en función de las relaciones y responsabilidades que mantienen con sus hijos, pareja o familiares cercanos.
Por ejemplo, muchas mujeres mencionan que su determinación personal para huir o enfrentar situaciones críticas surge del deseo de proteger a sus hijos. Sin embargo, la presión familiar puede operar en ambos sentidos: mientras los hijos o algunos miembros de la familia brindan apoyo emocional y motivación, otros actores -como los esposos o parientes mayorespueden cuestionar las decisiones de las mujeres, generando tensiones internas y atribuyéndoles culpa por la situación. Estas fricciones no solo desgastan emocionalmente a las mujeres, sino que también limitan sus estrategias individuales de afrontamiento al agregar cargas emocionales adicionales.
En este sentido, el afrontamiento individual y familiar interactúan como un proceso bidireccional, donde la fortaleza personal influye en la cohesión familiar, mientras que las dinámicas familiares, positivas o negativas, impactan la capacidad de acción individual.
Para enfrentar los desafíos del desplazamiento en el ámbito familiar, es esencial contar con una red de apoyo confiable y activa que brinde compañía y consuelo en momentos de soledad. Sin embargo, las mujeres desplazadas a menudo se ven obligadas a distanciarse de sus vínculos familiares y buscar apoyo en sus vecinos. A través de gestos simples como sonrisas o palabras de aliento, estas interacciones se convierten en un pilar fundamental para su resiliencia y solventar la vulnerabilidad, a pesar de que quienes les brindan apoyo no siempre comprenden la magnitud de sus dificultades.
El afrontamiento familiar también se conecta con las estrategias sociales, especialmente cuando las dinámicas familiares se ven desbordadas por la precariedad o la falta de recursos. Las redes sociales, como albergues, organizaciones civiles o comunidades locales, suelen suplir las deficiencias del apoyo familiar, proveyendo refugio temporal, alimento o contención emocional. Esta interacción se vuelve crítica cuando las mujeres no pueden depender de su núcleo familiar debido a conflictos internos o fragmentaciones emocionales provocadas por la violencia, cada que el crimen organizado conoce a las víctimas y sus familias.
Por otro lado, estas redes sociales también pueden fortalecer los lazos familiares. Por ejemplo, en albergues o grupos de apoyo, las mujeres encuentran espacios seguros donde pueden reconstruir su sentido de comunidad y compartir responsabilidades con otras personas en situación similar. No obstante, las soluciones desde lo social y lo institucional son generalmente temporales, lo cual intensifica la presión sobre las mujeres para encontrar estabilidad a través de sus propias acciones individuales o dentro del núcleo familiar. Esta naturaleza transitoria puede generar nuevas tensiones, en especial si las redes sociales e institucionales no logran transformarse en soluciones duraderas.
El afrontamiento social interactúa directamente con las respuestas institucionales. Las instituciones gubernamentales deberían ofrecer apoyo estructurado y soluciones a largo plazo a través de políticas públicas y mecanismos de protección. Sin embargo, la realidad muestra que las instituciones suelen ser ineficientes, inaccesibles o incluso perjudiciales, como lo demuestra el testimonio de mujeres que, al presentar denuncias, terminan expuestas a nuevas amenazas. Esta falta de respuesta adecuada por parte de las instituciones obliga a las mujeres a refugiarse en estrategias sociales y en el apoyo de organizaciones civiles o internacionales, que en muchos casos suplen las deficiencias estatales.
Las organizaciones sociales, al funcionar como intermediarias, no solo proporcionan protección inmediata, sino que también generan presión para que las instituciones reconozcan y atiendan la situación de las mujeres desplazadas. Sin embargo, esta interacción también tiene limitaciones: mientras las organizaciones civiles suelen ser ágiles en su respuesta, carecen de los recursos y la capacidad del aparato estatal, lo que impide ofrecer soluciones sostenibles a largo plazo.
La relación entre el afrontamiento institucional y el individual refleja la paradoja del sistema: si bien las instituciones deberían ser un pilar fundamental para la protección de las mujeres, su ineficacia o colusión con actores violentos termina por erosionar la confianza de las mujeres en las instancias formales. Esta desconfianza incrementa la carga individual de afrontamiento, pues las mujeres se ven obligadas a depender exclusivamente de su fortaleza personal para enfrentar riesgos y tomar decisiones.
La ineficacia institucional en la protección de las mujeres desplazadas en México responde a múltiples factores interconectados: la falta de reconocimiento oficial del desplazamiento forzado por crimen organizado, dificulta la recopilación de datos y la implementación de políticas adecuadas. Además, la escasez de recursos y la burocracia ralentizan las respuestas, dejando a las mujeres en situación de vulnerabilidad prolongada. Muchas enfrentan revictimización y nuevos riesgos al acudir a las autoridades, lo que refuerza la desconfianza en el sistema y las obliga a recurrir a redes informales o internacionales. La estrategia militarizada del gobierno ha exacerbado la inseguridad sin abordar las causas del desplazamiento, mientras que la falta de articulación entre instituciones y estrategias comunitarias incrementa la carga sobre las propias mujeres. Para mejorar la protección, es esencial reconocer el fenómeno, asignar más recursos, agilizar procesos, evitar la revictimización y reconstruir la confianza en el Estado a través de acciones concretas y efectivas.
El Estado enfrenta serias limitaciones en la protección de mujeres desplazadas por la violencia del crimen organizado (Fuerte-Celis y Zizumbo-Colunga, 2024). A pesar de contar con marcos normativos, la burocracia dificulta el acceso a justicia y protección, agravado por la falta de reconocimiento legal del desplazamiento forzado. Además, el enfoque militarista en seguridad ha priorizado operativos sobre respuestas humanitarias, dejando a las víctimas sin apoyo efectivo ni esquemas de protección adecuados (Atuesta y Ponce, 2017; Magaloni et al., 2020).
El fracaso institucional también impacta en la salud mental y emocional de las mujeres, reforzando la percepción de abandono y vulnerabilidad. En contraste, cuando las instituciones actúan eficazmente -por ejemplo, facilitando la intervención de organizaciones internacionales-, se genera un entorno favorable que reduce la carga individual y familiar, brindando un espacio donde las mujeres pueden reconstruir su vida con mayor seguridad y estabilidad.
Dada la magnitud del problema y el agravamiento del mismo por las fallas que ocurren desde el Estado, es crucial seguir explorando las experiencias de quienes han enfrentado situaciones de violencia similares, centrándonos en cómo las diferentes estrategias de afrontamiento interactúan entre sí. A lo largo de este estudio, hemos puesto de manifiesto las estrategias individuales, familiares, sociales e institucionales que emplean las mujeres víctimas del desplazamiento forzado debido a la violencia relacionada con el crimen organizado. Nuestro objetivo ha sido visibilizar no solo la diversidad de tácticas de afrontamiento que desarrollan, sino también las dinámicas complejas que emergen cuando estas estrategias se combinan, se apoyan o, en algunos casos, entran en tensión. Este enfoque permite comprender mejor las redes de interdependencia y los vacíos que enfrentan estas mujeres en su búsqueda por superar las adversidades. Proponemos un enfoque centrado en las propias víctimas, reconociéndolas como el eje del proceso de recuperación y superación de las dificultades que enfrentan para adaptarse a un nuevo entorno.
Este estudio enfoca sus esfuerzos en comprender el desplazamiento individual de mujeres, pero reconoce el vínculo con la violencia de género, dado que el crimen organizado reorganiza las relaciones de género y la vida cotidiana de los ciudadanos. Aunque no es el eje del análisis, esperamos que futuras investigaciones profundicen en esta interacción.










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