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Estudios sociológicos

versión On-line ISSN 2448-6442versión impresa ISSN 0185-4186

Estud. sociol vol.42  Ciudad de México  2024  Epub 19-Mayo-2025

https://doi.org/10.24201/es.2024v42.e2680 

Artículos

Migraciones y trabajo en Argentina: entre la intermitencia y la larga duración

Migration and Work in Argentina: Between Intermittency and Long Duration

María José Magliano1 
http://orcid.org/0000-0002-3028-5129

1Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Universidad Nacional de Córdoba Córdoba, Argentina majomagliano@unc.edu.ar


Resumen:

En este artículo se reconstruyen trayectorias laborales de mujeres peruanas que residen en la ciudad de Córdoba (Argentina). Con una metodología cualitativa basada en entrevistas en profundidad y observación participante, se analizan las características transversales de esas trayectorias en el marco de una reflexión que considera al tiempo un factor analítico clave. Entre sus principales hallazgos destaca la doble dimensión de la temporalidad laboral que oscila entre la intermitencia y la larga duración. Por un lado, hay recorridos laborales de corto plazo, en general asociados al cuentapropismo; por otro, se permanece largo tiempo en ciertos empleos y hay nula movilidad fuera de ellos. Ambas dimensiones son parte de un combo arraigado de trabajos precarizados e informales.

Palabras clave: mujeres migrantes; trabajo; género; temporalidad laboral; precariedad

Abstract:

This article analyzes some specificities of the labor trajectories of Peruvian migrant women residing in the city of Córdoba (Argentina). Using a qualitative methodology based on in-depth interviews and participant observation, it explores the cross-cutting characteristics of these trajectories within the framework of a reflection that considers time as a key analytical factor. Among its main findings, it highlights the double dimension of labor temporality, oscillating between intermittency and long duration. On the one hand, it identifies certain short-term labor pathways, generally associated with self-employment; on the other, it observes long-term employment in specific jobs and the inability to achieve mobility beyond them. Both dimensions of that temporality are part of a deeply entrenched pattern of precarious and informal work.

Keywords: migrant women; labor; gender; labor temporality; precariousness.

Introducción

En este artículo se analizan algunas especificidades de las trayectorias laborales de mujeres migrantes peruanas que residen en la ciudad de Córdoba y que migraron de 1990 en adelante hacia Argentina. Desde el campo de estudios sobre migraciones y género, mucho se ha comentado en las últimas décadas acerca de la centralidad del trabajo en las experiencias de vida de las mujeres que se movilizan globalmente, ya sea en las migraciones sur-norte o en aquellas sur-sur. Sin embargo, son menos abundantes las investigaciones orientadas a documentar las características transversales de estos trabajos en el marco de una reflexión que considere al tiempo como factor analítico clave. Desde la perspectiva que aquí se propone, es posible comprender y reconstruir las trayectorias laborales de mujeres migrantes a partir de la variable temporal y de cómo incide en los proyectos migratorios.

En tal sentido, se toma en cuenta una doble dimensión de la temporalidad de los trabajos a los que accede un amplio conjunto de las mujeres migrantes, que oscila entre la intermitencia y la larga duración. Esto implica revisar, por un lado, recorridos laborales de corto plazo, en general asociados al cuentapropismo y al autoempleo, y, por otro, la permanencia en el tiempo en ciertos empleos -en general desvalorizados socialmente y mal pagados- y la imposibilidad de movilidad fuera de ellos, como sucede con el trabajo doméstico y de cuidados. Se trata de trabajos “conocidos” por las mujeres migrantes y siempre a mano en un contexto de escasas opciones de inserción laboral. De hecho, uno de los hallazgos de la investigación es que las mujeres migrantes transitan en determinados momentos del ciclo de vida (maternidades, embarazos, hijos pequeños) por estos trabajos y, en algunos, permanecen durante largos periodos. En este sentido, y anticipando otro de los resultados, la variable temporal de trabajo productivo no puede considerarse escindida de las experiencias reproductivas y del rol de las mujeres como principales responsables de la organización del cuidado familiar.

A partir de la sistematización de un trabajo de campo cualitativo basado en entrevistas en profundidad y observación participante de más de diez años con mujeres peruanas (2012-2024) en la ciudad de Córdoba, el interés del estudio radica en reconstruir ciertas marcas que distinguen los trabajos de estas mujeres a partir de una mirada que repare en sus experiencias de migración. En su totalidad, son mujeres que tienen proyectos migratorios y familiares a largo plazo en el país y que pertenecen, en términos de clase, a sectores populares. La contribución metodológica principal radica en la inclusión de una mirada diacrónica retrospectiva, a partir de un trabajo de campo sostenido en el tiempo con mujeres migrantes de origen peruano, para arrojar luz sobre ciertas características de sus experiencias laborales. Así pues, en este artículo se pretende desmenuzar la temporalidad de estas prácticas al reparar en sus propias trayectorias dentro del mundo del trabajo, reconstruidas en más de diez años de investigación en el terreno.

Entre las principales ocupaciones de las peruanas en Córdoba, al igual que sucede en el resto del país y de la región, destacan el trabajo doméstico y de cuidados, el comercio minorista, el trabajo textil, el comunitario (comedores y guarderías comunitarias) en barrios populares, donde generalmente residen, las ferias y las quintas (Cerrutti, 2005; Rosas, 2010; Rosas, & Gil Araujo, 2019; Magliano et al., 2017; Mallimaci, & Magliano, 2024). Pese a sus diferencias, hay algo que se vuelve común en todos estos trabajos: la precariedad y las altas dosis de inestabilidad. Son justamente estos aspectos los que explican tanto la intermitencia como la larga duración, pero la apuesta no se agota allí. Con base en una mirada transversal, la intención es aportar a la discusión sobre las distintas estrategias de subsistencia que despliegan estas poblaciones en los contextos de destino, al reponer el vínculo que se establece entre las experiencias productivas (y reproductivas) y los barrios populares construidos y habitados por migrantes.

El artículo consta de cuatro apartados: en el primero se describe el marco conceptual que lo contiene, mientras que el segundo da cuenta de las principales herramientas metodológicas utilizadas para su desarrollo; el tercero y el cuarto ahondan en las dimensiones analíticas propuestas, la intermitencia y la larga duración como componentes para el análisis del trabajo femenino migrante en las sociedades contemporáneas.

Coordenadas teóricas y marco contextual

La migración peruana a la Argentina de las últimas décadas se encuentra ligada, principalmente, a motivaciones de carácter laboral (Cerrutti, 2005; Falcón, & Bologna, 2013; Magliano, 2017; Rosas, 2010; Rosas, & Gil Araujo, 2019). En la década de 1990, esa migración se caracterizó por una fuerte feminización fundada en la demanda constante de mujeres para trabajar en el sector del empleo doméstico y de cuidados,1 para luego, a inicios del siglo XXI, transformarse en una migración de tipo familiar, cuyas motivaciones principales descansaban en la búsqueda de empleo y de opciones educativas para la familia (Alvites, 2018; Magliano, & Zenklusen, 2021). Córdoba no ha escapado a esta tendencia y, según registraron Falcón y Bologna (2013), la migración peruana comenzó a crecer durante 1990, asociada a ciertas oportunidades laborales en un marco de redes de contacto e información que facilitaron el arribo a la ciudad (a través de la obtención de trabajo y alojamiento en viviendas colectivas localizadas en el centro de la ciudad).

Según datos del Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas de 2022, la población migrante en Argentina es 4.2% del total de la población (INDEC, 2024). Dentro de ese porcentaje, y a nivel nacional, la peruana representa 8.1% del total de la población extranjera, detrás de Paraguay (27%), Bolivia (17.5%) y Venezuela (8.4%) (INDEC, 2024). Córdoba es el tercer destino en recepción de población migrante, luego de la provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. A su vez, en esa provincia, Perú es el origen principal de la población extranjera (21%), seguido por Bolivia (18.9%), Venezuela (11%) y Paraguay (6.2%) (INDEC, 2024).

La presencia migrante peruana en la Argentina contemporánea es de larga data, lo mismo que sus inserciones laborales precarias. Como adelanté en la introducción, las peruanas se ocupan principalmente en trabajos informales y mal pagados. Similar a lo que ocurre con los varones, que se concentran en la construcción, el trabajo textil y el comercio (Rosas, & Gil Araujo, 2019). Esta realidad se explica, tal como lo evidencia el Anuario Estadístico Migratorio de la Argentina 2023 (ENMA), en que las personas migrantes enfrentan mayores dificultades para acceder al mercado laboral formal. Este problema, refiere el informe, no es algo necesariamente pasajero que el paso del tiempo en el lugar de destino logre modificar, pues “la población migrante con mayor tiempo de residencia en Argentina mantiene una situación laboral similar a la de quienes recién llegaron” (ENMA, 2023, p. 99).

Al migrante, dirá Sayad (2010, p. 238), “le corresponde la posición más baja en la jerarquía social y solidariamente en la jerarquía de los oficios”. Se trata de una premisa que se ha reactualizado en distintos contextos históricos hasta hoy día. Entre las poblaciones migrantes se ha dado una constante: sus experiencias de trabajo se condensan en aquellos puestos más desfavorecidos en términos de obtención de derechos, valoración social, y en los peor remunerados del mercado laboral. Como bien destaca Caggiano (2019, p. 65), son trabajos con “una mayor vulnerabilidad, mayor informalidad en el empleo, menores salarios relativos y obstáculos para acceder a la cobertura social, lo cual suele ir de la mano de formas más o menos explícitas de discriminación”.

En el caso concreto de las migrantes, los trabajos que principalmente ocupan son precarios (Magliano, 2017). El concepto de precariedad en el mundo del trabajo tiende a “asociarse al deterioro de las condiciones laborales, a una condición de inestabilidad laboral, y/o inseguridad laboral; un lugar en el espacio social donde el/la trabajador/a se encuentra desprotegido/a ante la expansión de las relaciones no formales” (Julián Vejar, 2014, p. 150). Ahora bien, tal como plantean Capogrossi e Izquierdo (2021), la precariedad ha dejado de ser una característica de ciertas formas de empleo para abarcar, material y subjetivamente, todas las dimensiones de la vida. Esta expansión de la precariedad “tiene consecuencias profundas en los sujetos, pues no sólo muta aquello que tradicionalmente organizaba los espacios de trabajo, sino que se reformulan los espacios de reproducción y la cotidianeidad de las personas” (Capogrossi, & Izquierdo, 2021, p. 3). Esto implica tener en cuenta, recuperando la propuesta de Lorey (2016), además de la inseguridad y la insuficiente cobertura social que distinguen ciertos trabajos definidos como precarios, su impacto en la totalidad de los cuerpos y los modos de subjetivación en tanto significa (con)vivir con lo imprevisible y lo contingente. Así pues, parte de la imprevisibilidad y contingencia que distingue la vida de las migrantes se nutre de los espacios laborales en los que principalmente se insertan. Siguiendo este argumento, en este artículo se reconoce la precariedad no solo como problema económico o del mercado de trabajo, sino también como uno que afecta la totalidad de la experiencia vital,

ya que está relacionada con la forma en que la sociedad organiza la sostenibilidad de la vida y los seres humanos, y con los recursos cada vez más escasos para esta tarea, lo cual impacta significativamente en la vida de las mujeres, quienes constantemente amortiguan los efectos adversos del capital sobre la vida humana utilizando sus propios cuerpos, esfuerzo, trabajo y tiempo en este proceso (Flores Garrido, 2020, p. 3).

Así pues, pensar la precariedad en términos temporales y espaciales supone considerar no solo la manera en que actúa sobre el funcionamiento y las dinámicas del mercado laboral históricamente situado, sino también en las trayectorias y experiencias de vida de las personas. Distintas investigaciones han abordado el tema del tiempo y la forma en que estructura el mundo del trabajo (véase, por ejemplo, la compilación de Eckert, & Carvalho da Rocha, 2015). El enfoque que propone este estudio concibe no solamente una temporalidad medida en horas, días o años de trabajo, sino una vivida y percibida en los recorridos vitales y laborales de las migrantes. El tiempo, señalan Lima y Holzmann (2015, p. 52), “es la percepción del tiempo”. Se trata, continúan los autores, de “una construcción social y, como tal, adopta diferentes configuraciones, así como prácticas, recursos e instrumentos para medirlo, correspondientes a la experiencia, la curiosidad y las necesidades de cada contexto” (Lima, & Holzmann, 2015, p. 52). Desde esta perspectiva, el tiempo de trabajo vivido y percibido por las migrantes forma parte de una subjetividad que involucra y moldea sus proyectos migratorios, sus expectativas y las estrategias de cuidado familiar.

Este conjunto de reflexiones se enmarca en el contexto de una nueva geografía social global abierta desde finales del siglo XX (Canales, 2019; Castles, 2013; Sassen, 2003), en la que las prácticas de movilidad constituyen parte fundamental de la heterogeneidad y precariedad resultante del trabajo vivo -el trabajo como subjetividad- comandado y explotado por el capital (Mezzadra, & Neilson, 2016, p. 137). Tal como señala Canales (2019), es preciso centrar la atención en el análisis de las transformaciones que la globalización ha introducido en las formas organizativas de trabajo y en las relaciones laborales, en la medida en que configura el contexto de la inserción laboral de los migrantes en la economía global. Así se conforman mecanismos de inclusión/exclusión social -o, como proponen Mezzadra y Neilson (2016), de inclusión subordinada- que, a través de la precarización del empleo y otras formas de segregación social, afectan sobre todo a sectores sociales debilitados por la desregulación económica y la flexibilidad laboral.

En consonancia con estas premisas, es importante advertir que las posibilidades de que las personas obtengan un empleo dependen no solo de su capital humano, sino también de su género, origen étnico-nacional, raza, estatus legal, edad, sexualidad, ubicación, entre otras formas de clasificación social (Castles, 2013). Se trata de una de las consecuencias centrales de la activa, cotidiana y naturalizada presencia de mecanismos de generización, etnificación y jerarquización de la fuerza laboral, los cuales inciden directamente en las condiciones de vida diaria de las poblaciones migrantes (Magliano, & Mallimaci, 2021). Las desigualdades interseccionales que explican la pervivencia de estos mecanismos se traducen en un reducido campo de posibilidades de inserción laboral al que acceden las mujeres migrantes en los contextos de destino. No solo ese campo es reducido, también se trata de espacios precarios en el mundo del trabajo, retroalimentados a partir de redes sociales de contacto entre los mismos compatriotas que facilitan la constitución de ciertos nichos laborales migrantes (Benencia, 1997). Así pues, desde el cruce de los estudios del trabajo y de las migraciones se ha hecho hincapié en la articulación entre la condición migrante en el mundo laboral y los procesos resultantes de etnificación (Pedreño, 2022), racialización y generización del trabajo. Esto supone considerar que las jerarquías asociadas a estos procesos inciden en las trayectorias laborales y vitales de las personas (en este caso migrantes). A diferencia de lo que sucede en otras latitudes, como las analizadas por Pedreño Cánovas en España, donde es posible observar la extranjerización de determinadas ocupaciones; en Argentina no se identifican trabajos exclusivos de migrantes. Lo que ocurre es una sobrerrepresentación de estas poblaciones en ciertos sectores laborales que actúa directamente en las trayectorias que se construyen dentro del mundo del trabajo.

El estudio propuesto parte de una noción de trayectoria que reconoce un papel central a los actores sociales, sus representaciones y las decisiones que toman en el marco de determinadas condiciones estructurales (Muñiz Terra, 2011). Como parte de los estudios sociales longitudinales, la reconstrucción de trayectorias permite mostrar cómo se adapta, cambia o transcurre la experiencia vital de los sujetos en contextos particulares y en determinados intervalos de tiempo (Rivera Sánchez, 2012, p. 456). La utilidad analítica de esta categoría reside en su potencialidad para explicar una parte de la biografía de la persona en un periodo determinado, la cual no solo se basa en la sucesión de ciertos acontecimientos, sino también en el significado que los actores les otorgan (Rivera Sánchez, 2012, p. 462). De manera que la apuesta teórico-metodológica busca reponer las experiencias vividas de las mujeres peruanas en el mundo del trabajo, lo que implica interpretar sus narraciones sobre sus biografías laborales (Herrera Lima, 2005).

Sin embargo, es preciso destacar que la laboral es entendida aquí como parte de la trayectoria de vida de las personas y, por ende, no puede escindirse de otras trayectorias que representan diversas dimensiones -escolaridad, vida reproductiva, migración, etc.- en las que se desenvuelven a lo largo de su vida (Roberti, 2017). Como ampliaré en el próximo apartado, se reconstruyeron las trayectorias a partir de los relatos de las mujeres migrantes, ya que las entrevistas recogieron información precisa sobre sus inserciones laborales en diferentes etapas de la vida adulta hasta el momento de la investigación, tanto en origen como en destino, y también gracias a la presencia sostenida de quien investiga en el campo y que hizo posible captar de primera mano algunos de los cambios y continuidades laborales en la vida de estas mujeres.

Herramientas metodológicas

El abordaje metodológico en el artículo es cualitativo. En particular, se nutre de distintas investigaciones realizadas en la ciudad de Córdoba desde 2012 y hasta 2024 inclusive. La primera de las investigaciones, llevada a cabo durante el periodo 2014-2017, apuntó a reconstruir las experiencias laborales de mujeres peruanas en el trabajo doméstico y de cuidados y su principal inserción laboral local y en el país. En torno a ello, realicé un total de 15 entrevistas en profundidad con mujeres peruanas en edades económicamente activas (en la franja de 18 a 55 años de edad) que se dedicaban a estas actividades, ya sea por horas para varios empleadores/as o como externo fijo para un único empleador/a en Córdoba. El criterio para la selección de la muestra se basó en la inserción laboral, la condición migratoria, el género y la edad. Para las entrevistas se utilizó una guía flexible, en el sentido de “advertir durante el proceso de investigación situaciones nuevas e inesperadas que puedan implicar cambios en las preguntas de investigación y los propósitos” (Mendizábal, 2006, p. 67). En ellas se recabó información exhaustiva de la historia laboral de la entrevistada en el contexto pre y posmigratorio, las formas de acceso al empleo, las secuencias laborales, las condiciones de trabajo en cada una de ellas y las expectativas sobre el trabajo y sobre el futuro, entre otras dimensiones. Asimismo, se sumaron, como informantes clave, dos entrevistas a representantes del Sindicato del Personal de Casas de Familia (Sinpecaf) de Córdoba.

La segunda investigación se focalizó en el análisis de las estrategias desplegadas por migrantes peruanos en su acceso a la ciudad, en un escenario de dificultades crecientes marcado por la segregación espacial (Perissinotti, 2021). Así, en el marco de un trabajo colectivo, acompañé el asentamiento y construcción de un barrio en la periferia cordobesa por parte de familias peruanas a partir de procesos de producción social del hábitat y autoconstrucción de la vivienda. Se trató de un estudio de largo aliento que comenzó en 2012, cuando el barrio apenas había comenzado a poblarse, y finalizó en 2021. Entre 2012 y 2015, y posteriormente durante 2018, las visitas fueron regulares, dos veces por semana. Luego, se espaciaron a una vez al mes, para ocasiones especiales (como un festejo) o cuando las mujeres lo solicitaban. No obstante, mantuve el contacto por teléfono y a través de las redes sociales durante todo el periodo de la investigación. En ese recorrido, las técnicas usadas fueron fundamentalmente dos: la observación participante, que implicó una presencia activa en el campo para capturar lo que sucedía al momento de las visitas, y las entrevistas en profundidad con mujeres peruanas adultas residentes en el barrio. Al igual que en la primera investigación, las entrevistas siguieron un diseño flexible con el fin de reconstruir las diferentes etapas y momentos de sus experiencias vitales y se incorporó la dimensión espacial, tanto en origen como en destino. Puntualmente, y en relación con el propósito de este artículo, mediante la combinación de estas técnicas de recolección de datos, reconstruí las biografías laborales de estas mujeres desde sus primeras ocupaciones en Perú hasta los distintos emprendimientos productivos que pusieron en práctica en el barrio para asegurar la subsistencia familiar. Así pues, reuní un total de 30 registros de observación participante y 10 entrevistas en profundidad con mujeres que se dedicaban al comercio, la costura en talleres textiles y que se encargaban de los comedores comunitarios que funcionaban dentro del espacio barrial.

Finalmente, la tercera investigación, iniciada en 2023, se centra en el impacto del paso del tiempo -envejecer- en las experiencias de vida de las migrantes que permanecen en el país, en las problemáticas específicas vinculadas a la vejez y en el acceso a derechos previsionales. Como parte de esa investigación, que está en sus etapas iniciales, en los primeros meses de 2024 realicé cinco entrevistas en profundidad con mujeres peruanas de más de 60 años que se desempeñaron durante su vida laboral activa (incluso algunas todavía se desempeñan) como trabajadoras domésticas y de cuidados en Córdoba. En esas entrevistas se recolectó información sobre las experiencias y trayectorias laborales antes de la migración, el proyecto migratorio, los itinerarios laborales en destino, tanto personal como familiar, y la situación particular de la vejez.

Casi la totalidad de las entrevistadas en las distintas investigaciones residía en Argentina de manera legal (solo una migrante que se dedicaba al trabajo textil estaba indocumentada al momento de la entrevista) y trabajaba mayoritariamente en condiciones de informalidad laboral, incluso las que estaban en edad de jubilarse. A diferencia de lo que ocurre en otros lugares con políticas migratorias más restrictivas, la informalidad no se relaciona en el país directamente con las dificultades para la obtención de la residencia ni depende del tiempo de permanencia, sino que se explica más por el propio funcionamiento del mercado laboral local y porque las migrantes suelen continuar experiencias previas de informalidad vivenciadas en sus países de origen (Mallimaci, & Magliano, 2024).

La construcción de los guiones de las entrevistas siguió un criterio temático, lo mismo que su interpretación. El material reunido en estas exploraciones se apoya en una tradición analítica que otorga centralidad a los actores sociales, sus actividades, experiencias y trayectorias, y las comprende en constante articulación con los condicionamientos estructurales que limitan o posibilitan sus recorridos biográficos. Las protagonistas de este estudio, en palabras de Skeggs (2019), no son “meras cifras a partir de las cuales las posiciones subjetivas pueden ser descifradas”, por el contrario, participan “activamente en producir el significado de las posiciones que ocupan (a regañadientes o voluntariamente) o se niegan a ocupar” (p. 25).

En esta clave, las coordenadas de lectura que propongo, con base en el análisis y sistematización de este material empírico y que organizarán los próximos apartados, llevan a problematizar una doble dimensión emergente del trabajo de campo: por un lado, la intermitencia de algunas de las ocupaciones de las migrantes, en tanto se trata de actividades que duran “poco tiempo”; por el otro, la larga duración, es decir, la imposibilidad de la movilidad fuera de ciertos empleos, como ocurre con el trabajo doméstico y de cuidados. Ambas dimensiones, que se presentan como contradictorias, son parte de un combo bien arraigado: trabajos precarizados e informales que permiten, a duras penas, la subsistencia.

Las intermitencias de trabajo migrante como gesto de precariedad laboral

Llegamos al barrio a eso de las 15:30 h. Primero nos dirigimos a la casa de Marina, una migrante peruana que llegó a Córdoba a comienzos de este siglo. Una novedad respecto a la última vez que habíamos estado es la existencia de un quiosco, en su casa, de venta de alimentos, productos de limpieza, gaseosas, lácteos y golosinas (mucho arroz, condimentos, jabón para lavar la ropa, toallitas femeninas, golosinas). La ventana de la sala de su casa funciona como mostrador del quiosco, que da a la calle. Marina vive en un asentamiento popular ubicado en la periferia de la ciudad de Córdoba. El quiosco funcionaba desde hacía una semana y era atendido por Marina y su hija mayor, Romina, también nacida en Perú (registro de campo, 11 de diciembre de 2014, Córdoba).

El negocio que Marina abrió de un día para otro en su casa duró solo unos pocos meses; del mismo modo que lo había abierto, lo cerró. El cierre del pequeño comercio se debió a la falta de estructura para sostener las compras. Se quedaban sin mercadería y muchas veces no tenían el dinero suficiente para reponerla. Además, muchas de las vecinas y vecinos le pedían fiado, pero no le pagaban a término, lo cual dificultaba la reposición de la mercadería que debían ir a comprar con efectivo al centro de la ciudad en transporte público. Luego de esta experiencia, Marina trabajó unos meses en un taller textil en el barrio y, paralelamente, se abocó a gestionar un espacio de cuidado comunitario, un comedor, junto con una organización social. Por esta última labor, a partir de 2017 comenzó a percibir ingresos provenientes de políticas sociales implementadas por el Estado nacional, primero a través de Salario Social Complementario2 y, desde 2020, de Potenciar Trabajo.3

Natalia vino desde Perú para trabajar junto con su pareja en un taller textil, allá por 2008. Al llegar a Córdoba, comenzaron como empleados en un taller propiedad de la mujer peruana que los había traído desde Lima. Este trabajo no era una novedad para Natalia y su pareja, de hecho, era la actividad que los ocupaba en Lima antes de la migración. Es más, cuando narra su historia, Natalia cuenta que en el taller donde trabajaban en la zona de Gamarra, Lima, encontraron un papel pegado a un poste de luz donde solicitaban costureros para trabajar en Argentina. Luego de su llegada a Córdoba, vivían donde funcionaba el taller, en la zona céntrica de la ciudad (entrevista con Natalia, 4 de abril de 2014, Córdoba). Cuando la conocí, en 2012, se había mudado junto con su familia a un barrio popular, el mismo donde residía Marina, y tenían un pequeño taller en su casa con dos máquinas donde trabajaban pedidos que les derivaban otros talleres textiles de compatriotas peruanos. Cuando el trabajo escaseaba, trabajaban “fuera” del barrio en un taller textil céntrico con un primo y un tío para un tercero que les enviaba piezas para cortar y armar (registro de campo, 28 de febrero de 2014). Con el paso del tiempo, y a partir de sistemas de ahorro informales que se organizaban en los barrios populares, comenzaron a ampliar el taller, siempre ubicado en la casa -precaria- donde vivían, y así llegaron a tener nueve máquinas.4 Para trabajarlas, contrataron de manera informal a vecinas peruanas que también vivían en el barrio. Una de las trabajadoras fue Marina. En el momento de expansión del taller trabajaban de manera tercerizada (e informal) para distintas marcas de indumentaria de Córdoba, siempre en la última etapa de la elaboración de las prendas: el corte y la confección (registro de campo, 15 de mayo de 2015, Córdoba). Esta modalidad de trabajo -la tercerización- adquirió gran dinamismo en Argentina desde la década de 1990, cuando se potenciaron los mecanismos de outsourcing o subcontratación, tanto en el sector público como en el privado (Battistini, 2018; Garza Toledo, 2012). Se trata de empresas y emprendimientos que ofrecen un conjunto de servicios a partir de la generación de espacios de producción diferenciados con grupos de trabajadores también diferenciados.

Sin embargo, la inestabilidad del trabajo textil tercerizado e informal hizo que poco a poco se desprendieran de las máquinas porque no tenían suficiente trabajo para sostenerlas. Así, a finales de 2015 se quedaron con las dos máquinas originales, pero la falta de trabajo hizo que abandonaran el taller propio y se emplearan, siempre informalmente y a partir de las recomendaciones de compatriotas, en talleres textiles localizados en otras zonas de la ciudad, cuyos dueños eran también migrantes peruanos (registro de campo, 22 de noviembre de 2015, Córdoba).

Como las experiencias de Marina y Natalia muestran, los proyectos laborales pueden ser de muy corto plazo para las mujeres migrantes. En los barrios populares, los trabajos vinculados al comercio informal o la costura, muy extendidos entre las poblaciones migrantes que llegaron a la Argentina desde países de la región sudamericana desde finales del siglo XX en adelante,5 se materializan en las propias viviendas de las mujeres. Este dato no es menor en la organización familiar migrante, en tanto permite resolver la dinámica de cuidado. En el caso de las mujeres, como señalan distintos estudios, “el peso de las responsabilidades socialmente asignadas a las mujeres en las tareas reproductivas condiciona tanto las posibilidades de participación en actividades remuneradas fuera del hogar como el tipo de inserción a la que pueden acceder” (Gorban, & Tizziani, 2023, p. 5). En esta misma dirección, desde el campo de estudios de género se ha insistido en la necesidad de examinar la participación de la mujer en el ámbito de la producción en sus múltiples interrelaciones con las ocupaciones desempeñadas en la esfera de la reproducción, a partir de la premisa de que los procesos de división sexual del trabajo en las familias guardan conexión con las desigualdades presentes en el mercado laboral (Oliveira, & Ariza, 1999, p. 90; véase también Oliveira, 2007). Como se indicó en investigaciones previas (Magliano, 2017), las migrantes tienen dificultades para compatibilizar las actividades remuneradas con las obligaciones domésticas y de cuidados no remuneradas, las cuales configuran itinerarios laborales particularmente inestables que limitan y condicionan el horizonte de inserciones accesibles. De modo que el conjunto de actividades productivas desplegadas por las migrantes debe comprenderse como parte de las estrategias familiares de subsistencia. El cuentapropismo se torna, entonces, una de las pocas opciones con las que cuentan para conciliar las tareas de cuidado.

La expansión de las “viviendas productivas” (Díaz, 2020) forma parte del repertorio de iniciativas que se despliegan para lograr esa conciliación. En líneas generales, estas viviendas -donde especialmente las mujeres suelen usar un espacio para el desarrollo de sus actividades laborales- se vinculan con una “configuración territorial (hábitat) segregado y fragmentado” (Díaz, 2020, p. 141). Como documenta la autora en sus investigaciones en El Alto (Bolivia) y Buenos Aires, “la utilización de la vivienda no solamente como un lugar de alojamiento, sino también de trabajo constituye una estrategia familiar de inserción en el mercado laboral informal” (Díaz, 2020, p. 149). Los barrios populares en Argentina “generalmente presentan un componente migrante proveniente de los países limítrofes y Perú, crucial para entender sus dinámicas urbanas y laborales” (Díaz et al., 2022, p. 237). Durante el tiempo que funcionó el taller en la vivienda de Natalia, era muy común ver a los hijos tanto de Natalia como del resto de las trabajadoras, también migrantes, circulando en el mismo espacio que funcionaba como taller. Es más, los niños más pequeños (que aún no caminaban) permanecían sentados largas horas en los carritos de paseo al lado de las madres. Esta postal era “valorada” por las propias mujeres en tanto les resolvía la cuestión del cuidado en barrios donde no siempre hay guarderías ni espacios de cuidado comunitario.6

Sin embargo, las intermitencias del trabajo de costura llevaron a Natalia y a su marido a vender las máquinas y volver como empleados en otro taller textil localizado en el centro de la ciudad. Durante el tiempo en que trabajaba en el centro, Natalia solía dejar a sus hijos, de cinco y dos años, en casa de una vecina a la que le pagaba para que los cuidara. Con ese cambio, la habitación que había llegado a reunir nueve máquinas pasó a ser cocina-comedor nuevamente, de manera que el tiempo percibido y vivido por mis interlocutoras en relación con el trabajo no puede desvincularse de las espacialidades (Carvalho da Rocha, & Eckert, 2015, p. 20). Como parte de la imprevisibilidad y la contingencia que distingue la vida cotidiana de las poblaciones migrantes que habitan las periferias urbanas, estas viviendas son dinámicas y se modifican constantemente, a la par de los trabajos que desarrollan las mujeres. No solo florecen en semanas nuevas habitaciones autoconstruidas por las propias familias, sino que los espacios destinados a las actividades productivas también muestran gran plasticidad. En el caso de Marina, una vez que el comercio cerró, esa habitación volvió a ocupar en solitario el living -comedor de su casa. La experiencia de Natalia es diferente. Desde su llegada a la Argentina se desempeñó siempre en el rubro textil, tal como había sucedido en Perú. Lo que se modificó fue el modo en que lo desarrolló: empleada en el país de origen, empleada en destino al llegar a Córdoba, dueña de un taller textil, empleada nuevamente. Lo que persistió en todos los momentos fue la informalidad. En esos vaivenes, cambió también la disposición y organización no solo de la vivienda, sino también de las estrategias de cuidado familiar.

Los trabajos intermitentes de las migrantes son una muestra de cómo el tiempo se “descontrola” y se acelera en los términos propuestos por Wajcman (2017, p. 36), afectando la organización de la vida diaria. La incertidumbre y la imprevisibilidad como signos de esa temporalidad no son una novedad para estas mujeres. En las trayectorias laborales familiares, e incluso en sus trayectorias previas en Perú, han sido la norma. Por eso muchas de ellas aprendieron a convivir con estas marcas de la precariedad a partir de una “habilidad práctica para construir el futuro -la capacidad para imaginarlo en el presente- que depende de la experiencia material cotidiana” (Narotzky, & Besnier, 2020, p. 36).

Si bien las intermitencias con las que deben lidiar las migrantes de sectores populares son “no deseadas” -en los casos de Marina y Natalia, ambas tenían la aspiración de que sus emprendimientos laborales por cuenta propia se mantuvieran en el tiempo-, no se trata de algo paralizante en sus vidas, sino que funciona como “parte integral de sus horizontes de expectativas” (Narotzky, & Besnier, 2020, p. 30). Así pues, el trabajo era para mis interlocutoras siempre incierto, sujeto a cambios y reacomodos, pero una parte ineludible de sus vidas. Como parte de esa misma ecuación, se encuentran los trabajos de larga duración -los cuales también suelen ser configurados como “no deseados”- que, como describiré, reúnen aquellas actividades laborales de “fácil” acceso para las migrantes, pero de “difícil” salida.

La larga duración del trabajo de las mujeres migrantes en Argentina: los empleos de “difícil” salida

En Argentina, el trabajo doméstico y de cuidados es la principal inserción laboral para las migrantes en general y las peruanas en particular: casi 70% de las paraguayas y 60% de las peruanas están ocupadas en este tipo de empleos (Mallimaci, & Magliano, 2024). Es más, algunas de mis interlocutoras llegaron a la Argentina sabiendo de antemano que trabajarían en este sector. Silvia, una migrante peruana que llegó a Córdoba en 2006, lo planteó de esta manera: “Yo tenía trabajo como doméstica antes de salir de Lima, mi hermana ya estaba trabajando acá en una casa en el Cerro, ella me consiguió el trabajo” (Silvia, Córdoba, 14 de abril de 2016).77 Para un amplio conjunto de las peruanas, el trabajo doméstico y de cuidados ha funcionado como organizador del proyecto migratorio familiar en el marco de estrategias de supervivencia feminizadas.

Al igual que Silvia, Roxana se dedicó al trabajo doméstico “cama adentro” apenas llegó a Córdoba desde Lima, a partir de los contactos que unos compatriotas que habían migrado previamente le consiguieron. Ni Silvia ni Roxana trabajaban como empleadas domésticas en Lima, sino que se trató de un trabajo que surgió como posibilidad a partir de la migración. La migración de Roxana fue en solitario, en los años noventa, y dejó a su hija de cinco años en Perú al cuidado de su mamá. Al cabo de unos años, cuando conoció a quien sería su marido, también migrante, dejó de trabajar cama adentro para hacerlo con retiro, primero para un único empleador y, luego, para varios por hora: “Al comienzo trabajaba cama adentro porque yo era soltera, en cierta forma mandaba casi todo lo que ganaba a mi casa, como te digo, a mi hija y después [ de] como cuatro años cama adentro, después empecé a trabajar en casas en el día, cuando me casé“ (Roxana, Córdoba, 25 de marzo de 2015).

El testimonio de Roxana revela cómo cambios en el estado civil y la composición familiar (casamientos, maternidades) modifican las formas en que se desarrolla el trabajo; por ejemplo, al pasar de cama adentro a externo por horas (Magliano, 2017). Es decir, varía la modalidad, pero no necesariamente se cambia de sector, e incluso persisten las mismas condiciones de trabajo. Durante la mayor parte de esa trayectoria como empleada doméstica, Roxana ha sido confinada a la informalidad laboral, característica distintiva de este sector del mercado. Según el informe de 2020, Condiciones de empleo, trabajo y salud de trabajadoras domésticas de casas particulares. Resultados de la ECETSS 2018, en Argentina alrededor de 1.4 millones de personas está ocupada en el trabajo doméstico en casas particulares. En total representan 8.1% del total de la población ocupada del país y el 17.4% de las mujeres trabajadoras. De este universo de trabajadoras, 9.1% son migrantes, principalmente de países de la región sudamericana. Ese mismo informe documenta que 76.8% de estas mujeres trabajan de manera informal (no registrada), es decir, que su empleador no realiza aportes jubilatorios (ECETSS 2018, 2020, pp. 3-4).8 Del número total de empleadas domésticas en casas particulares, en enero de 2024 solo 458 766 se encontraban registradas (Zalazar, 2024). Estos datos muestran que la informalidad es una característica distintiva y persistente de este trabajo, más allá de la adopción de legislaciones orientadas a fomentar su regularización laboral.9

Entre las migrantes peruanas, independientemente de sus trayectorias laborales en el contexto de origen y de las credenciales educativas que posean, el trabajo doméstico y de cuidados las “reúne” en un empleo donde se encuentran sobrerrepresentadas y, para muchas de ellas, es el único horizonte de opción laboral (Rosas, 2010). La mayor parte de las trabajadoras se desempeña en tareas generales, como limpieza, lavado, planchado, mantenimiento, cocina, entre otras (72.3%), mientras que 24.5% lo hace en asistencia y cuidado de personas (ECETSS 2018, 2020, p. 3). A diferencia de los resultados de investigación de Ariza (2016, p. 282) sobre la migración de mujeres mexicanas y dominicanas en Nueva York, en la que reconoce disparidades sustantivas entre el trabajo doméstico y el trabajo de cuidados, fundadas en el carácter netamente informal del primero versus la regulación del segundo por parte del Estado, en el contexto local se trata de ocupaciones cuyos límites son difusos y se distinguen por la alta informalidad y la falta de profesionalización que incide directamente en su valoración social, así como en los pobres salarios que reciben. La mayoría de mis interlocutoras peruanas se encontraba ocupada en ambas actividades como parte de un mismo trabajo (lo que implica recibir la misma remuneración por la doble tarea realizada).

Las mujeres en sus relatos reconocen las precarias condiciones de este trabajo, desarrollado no solo en casas particulares, sino también en instituciones públicas, como geriátricos: “Cuando llegué de Perú estuve dos meses buscando trabajo y encontré para cuidar ancianos en un geriátrico”, comentó Pamela, migrante peruana que había estudiado en Lima la Licenciatura en Obstetricia. “Ya va a salir algo de lo mío, ya lo voy a lograr”, repetía en la misma entrevista realizada en 2017. Sin embargo, durante el tiempo que duró el trabajo de campo no había logrado revalidar el título universitario y continuaba cuidando ancianos en un geriátrico por las noches, de manera informal.

Al igual que Pamela, Roxana deseaba “salir” rápidamente del trabajo doméstico: “Quería conseguir otro trabajo; en Perú era asistente social, trabajé un tiempo en la Municipalidad de Independencia y luego en la Municipalidad de Lima [ …] no traje ningún papel. Mi idea era cambiar de trabajo y que mi hermana pueda mandarme la partida mía con todos los sellos y volver a empezar. Pero no pude” (Roxana, Córdoba, 25 de marzo de 2015).

En esa misma entrevista, Roxana enfatizó: “No es fácil encontrar otro trabajo, a las peruanas nos buscan para el trabajo doméstico” (Roxana, Córdoba, 25 de marzo de 2015). El Sinpecaf ratifica sus palabras. En una entrevista con su secretaria general en 2015, comentó que las empleadoras solían llamar al sindicato para pedir explícitamente datos de mujeres peruanas. “La migrante peruana es muy requerida porque es una buena trabajadora, cumple, muchas eran hasta profesionales”, enfatizó en la entrevista Adriana (secretaria general del Sinpecaf, Córdoba, 23 de septiembre de 2015). Detrás de estos adjetivos se revela el peso de las desigualdades interseccionales que confinan a ciertos colectivos, como el de las mujeres migrantes, a determinados sectores del mercado de trabajo con base en su género y origen nacional. Las experiencias de Pamela y Roxana muestran otra característica relevante de la migración peruana, especialmente significativa para aquellas que arribaron en los noventa, que se vincula con la formación educativa y la sobrecalificación para las tareas que desempeñaban en el contexto de destino. Se trata de una suerte de “encierro” de las mujeres migrantes en ciertos trabajos a partir de procesos activos de generización, etnización y racialización de las poblaciones (Magliano, & Mallimaci, 2021).

Son estos procesos los que permiten dar cuenta del punto en común que conecta las experiencias de Silvia, Roxana y Pamela: las dificultades para “salir” del trabajo doméstico y de cuidados. Esas trabas aparecen con mayor nitidez cuando se indaga en las experiencias de migrantes envejecidas que tienen más de 60 años y que se han dedicado (y aún se dedican) a este trabajo. El ejemplo de Beatriz, migrante peruana de 63 años, es claro en este sentido. Antes y después de su migración, Beatriz se desempeñó como trabajadora doméstica. Siempre de manera informal, tanto en origen como en destino. Desde que llegó a Córdoba desde Lima en 2008 trabajó en casas de familia, por varios años para un único empleador, y luego por horas. En febrero de 2024, al momento de la entrevista, cuidaba a una señora de 90 años durante las noches. A los 63 años, su preocupación era no tener ninguna cobertura de salud para un cuerpo, el suyo, que sufría cada vez más las dolencias que el paso del tiempo ocasionaba. En su larga trayectoria laboral no había podido encontrar otro empleo fuera del trabajo doméstico y de cuidados. A una edad en la que otras poblaciones logran acceder a beneficios previsionales, a Beatriz no le queda otra que seguir trabajando: “Voy a tener que trabajar hasta que me muera”, subrayó durante la entrevista (Beatriz, Córdoba, 14 de febrero de 2024). La imposibilidad de jubilarse en un sector con altas tasas de informalidad le impone salir a trabajar “hasta que el cuerpo aguante” (Toledo González, 2016). Las palabras de Beatriz condensan cómo se interpretan los recorridos laborales e inciden directamente en la manera en que el tiempo es percibido y vivido.

Ahora bien, el vínculo estrecho que históricamente se construyó entre las migrantes y el trabajo doméstico y de cuidados se evidencia también en las trayectorias de las hijas de mis interlocutoras, muchas de las cuales tuvieron su primer empleo - incluso a una muy temprana edad- en este sector. Se trata de oficios precarios que se retroalimentan generacionalmente (Magliano, & Zenklusen, 2021), de modo que, para estas mujeres, la perspectiva de la transitoriedad -en relación con el corto plazo- vinculada a la permanencia en un trabajo desde el inicio del proyecto migratorio -e incluso desde antes- se diluye conforme pasa el tiempo. La imposibilidad de “salida” de este sector laboral no resuelve la imprevisibilidad y la incertidumbre, pues se trata de trabajos con alta circulación dentro del mismo rubro. Así pues, la “larga duración” del trabajo doméstico y de cuidados -por las propias dinámicas de la actividad- es también una arista que revela cómo la temporalidad resulta un componente ineludible de la precarización estructural del trabajo presente en las sociedades contemporáneas.

Conclusiones: las tramas comunes de la precariedad feminizada y migrante

Este artículo partió de la premisa de que las marcas temporales de los trabajos en los que mayoritariamente se ocupan las mujeres migrantes pueden explicar la precariedad laboral. La propuesta principal giró en torno a comprender la precariedad a partir de una espacialidad y una temporalidad concretas. Desde la intermitencia hasta la larga duración hay algo que atraviesa las trayectorias laborales de mujeres migrantes de origen peruano en Argentina: la necesidad de trabajar para sostener la vida -propia y familiar-, así como los proyectos migratorios. Las mujeres que conocí a lo largo de las distintas investigaciones en las que participé habían migrado para tratar de construir un futuro mejor tanto para ellas como para sus familias. Todas habían trabajado antes de la migración en su Perú natal. El trabajo no era puesto en discusión pese a las transformaciones constantes en los proyectos, dinámicas y condiciones laborales, ya sea en las experiencias de corto plazo como en aquellas de más larga duración.

La reconstrucción de esas experiencias se asentó en las trayectorias, en tanto instrumento clave de los estudios sociales longitudinales, para introducir los cambios y las temporalidades en los procesos sociales (Rivera Sánchez, 2012). En ese registro, se mostró la relevancia del tiempo en los itinerarios de investigación y, en el mismo sentido, el tiempo del investigador en el campo para captar con mayor detalle cuestiones como las que se abordan en este artículo. La temporalidad vivida y percibida por las peruanas se compone -y depende en buena medida- del tipo de trabajo al que acceden como parte de los renovados mecanismos de segregación laboral históricamente situados, y de las dinámicas de organización del cuidado familiar que inciden en las estrategias de subsistencia que despliegan en sus prácticas cotidianas.

Tal como se remarcó, estas mujeres, por su condición de género, su pertenencia de clase y su origen nacional, se incorporan en ciertos empleos que suelen distinguirse por ser menos protegidos y se las excluye de otros, lo que acota su horizonte de posibilidades de inserción laboral. Se trata de empleos que muestran los alcances de una precariedad feminizada, y aquí recupero la propuesta de Gutiérrez-Rodríguez (2014) en referencia a que toda actividad social culturalmente asociada a la identidad de las mujeres -como sucede con la mayoría de los trabajos de las migrantes- es automáticamente degradada y, por lo tanto, precarizada.

Las tramas comunes que revelan las trayectorias laborales reconstruidas se sostienen en una precariedad “estable” que perdura en el tiempo, ya sea a partir de la inserción en una misma actividad que posee altas dosis de circulación -y no permite salir de ella e incluso se reproduce intergeneracionalmente- o en los vaivenes recurrentes en los proyectos laborales y productivos. No es casualidad, como indicó el Anuario estadístico migratorio de la Argentina (ENMA, 2023), que la estabilidad del proyecto migratorio en el país de destino no repercuta necesariamente en la experiencia laboral. La intermitencia y la larga duración resultan, entonces, expresiones de una temporalidad precaria, más allá de la permanencia en el tiempo de la migración, que expresa las dificultades que estas poblaciones encuentran para acceder a formas de estabilidad basadas en el “trabajo formal”.

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1Según datos del censo de 2001, 70% de las peruanas trabajaba en este sector laboral (Rosas, & Gil Araujo, 2019, p. 36).

2En diciembre de 2016, durante el gobierno de Mauricio Macri (2015-2019), se aprobó la Ley de Emergencia Social. Como parte de esa ley, se creó el salario social complementario (ssc), que era un monto mensual correspondiente a 50% del salario mínimo, vital y móvil. El ssc estaba destinado a complementar los ingresos de los trabajadores informales de la economía popular. En 2020 fue remplazado por Potenciar Trabajo.

3Potenciar Trabajo entró en vigencia en 2020, durante el gobierno de Alberto Fernández (2019-2023). Con la llegada de Javier Milei a la Presidencia, en diciembre de 2023, Potenciar Trabajo se reconvirtió en el programa Volver al Trabajo o de Acompañamiento Social. Mientras estuvo activo, Potenciar Trabajo, que dependía del entonces Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, tenía como objetivo contribuir a mejorar el empleo y generar nuevas propuestas productivas a través del desarrollo de proyectos socioproductivos, sociocomunitarios, sociolaborales y la terminalidad educativa.

4Uno de estos sistemas de ahorro es el pandero. Se trata de un sistema informal de préstamos de dinero en efectivo que se genera a partir de un grupo estable de personas -en este caso, vecinos- que aportan mensualmente un monto fijo, el cual se distribuye, por turnos, entre ellos. Una vez por mes se sortea quién recibirá el dinero recaudado en esa oportunidad, de modo que, al finalizar el ciclo del pandero, todos hayan recibido el dinero que les corresponde (Magliano et al., 2017, p. 152).

5Según datos recientes, la costura es la actividad que concentra mayor porcentaje de población migrante en el país (Ludmer et al., 2023).

6En el barrio donde residen Marina y Natalia se abrió, en 2019, una sala-cuna, política pública vigente en la provincia de Córdoba desde 2016 que contempla espacios de atención gratuita destinados al cuidado y la protección de niños y niñas de 45 días a 3 años.

7La relevancia de la participación de mujeres migrantes en este sector del mercado de trabajo no es exclusiva de Argentina; por el contrario, resulta una de las inserciones laborales principales para las migrantes en el mundo. No se trata solo de un dato cuantitativo, sino que expresa los sentidos de la feminización de las migraciones, así como de la reproducción de desigualdades de género, clase, raza y de la persistencia de formas de dominación coloniales en el marco de las crisis de los sistemas de cuidado a nivel global (Ariza, 2011, 2016; Dutra, 2013; Herrera, 2016; Nakano Glenn, 1992; Parella, 2003, Parreñas, 2001).

8El mismo informe señala que se trata de un trabajo casi exclusivamente realizado por mujeres (99.3%) y concentrado en el tramo etario mayor a 35 años (ECETSS 2018, 2020, p. 3).

9En 2013, se sancionó en Argentina la Ley N° 26 844 (Régimen Especial de Contrato de Trabajo para el Personal de Casas Particulares), que incorporó importantes reformas: jornada laboral de ocho horas, salario mínimo, licencia anual ordinaria calculada a partir de los años de servicio, licencia especial para las embarazadas, entre otras. Con miras a reducir la informalidad laboral en el sector y promover el acceso y permanencia en el empleo registrado para quienes se dedican a esta tarea, en 2021 se implementó el Programa Registradas, vigente hasta el 31 de diciembre de 2023, en el que el Estado nacional pagaba 50% del salario de la trabajadora durante seis meses a cuenta del pago que realiza la parte empleadora.

Recibido: 25 de Junio de 2024; Publicado: 01 de Noviembre de 2024

Acerca del autor

María José Magliano es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y profesora en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Doctora en Historia por la Universidad Nacional de Córdoba. Integrante de la Red de Investigación Argentina sobre Migraciones Internacionales Contemporáneas (IAMIC). Sus principales líneas de investigación son migraciones, género Publicaciones más recientes:

1. Torrano, Andrea, & Magliano, María José (2024). Tecnologías domésticas y trabajo doméstico remunerado. Reflexiones sobre una relación invisibilizada. Revista Punto Género, (21), 98-124, https://doi.org/10.5354/2735-7473.2024.75174

2. Magliano, María José (2023). Mujeres migrantes y movilidades cotidianas. El peso de las fronteras urbanas en una ciudad de Argentina. Revista Estudios Fronterizos, (24), e131, https://doi.org/10.21670/ref.2320131

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