La historia de la literatura mexicana lleva un registro de sus personajes más sobresalientes. Con el tiempo, ese registro se ha ido ampliando o enmendando con la información que aportan las nuevas aproximaciones al pasado. Este proceso, principalmente de cuestionamiento del statu quo, es lo que favorece al dinamismo propio de la historia, también es lo que permite que, cada vez, los acercamientos a los eventos, revistas, periódicos y personajes que la constituyen sean más precisos e iluminadores.
En este sentido, este trabajo revisita el papel de un personaje crucial en el mundo cultural de finales del siglo XIX y principios del XX: Jesús Urueta (1867-1920), centrándose en tres de sus discursos, los cuales, a la distancia, se pueden interpretar como una guía o incluso un ideario que el orador dictó a la juventud literaria mexicana de principios del siglo XX. Para ello, se utiliza un enfoque histórico que muestra paulatinamente el cambio de postura ideológica de este escritor al tiempo que se discute el valor de estas intervenciones públicas.
Ahora bien, conocido como el “hombre del verbo divino” o “el príncipe de la palabra”, Jesús Urueta desarrolló una trayectoria profesional que se distinguió por su elocuencia, claridad de pensamiento y sensibilidad humanista. El chihuahuense desplegó una personalidad que le permitió explorar y destacar en ambientes de distinta índole. Como abogado, escritor, orador, maestro y político, Urueta formó parte de un momento de transición entre dos siglos con cambios sociales e ideológicos que marcaron y, en gran parte, definieron los caminos del siglo XX. Sin embargo, su faceta de orador es una de las más celebradas, pues fue la que le permitió destacar en las otras disciplinas. Por lo mismo, también fue una de sus aristas más prolíficas: dejó una cantidad de discursos dispersos en distintos archivos y otros, lamentablemente, perdidos para siempre.2
Su lugar sobre el púlpito fue reconocido desde temprano. José Juan Tablada, en las famosas “Máscaras” de Revista Moderna, lo describe a principios del siglo XX de esta manera:
“El público, el grueso público, conoce a Jesús Urueta… cuando transfigurado por la fuerza genial de su talento, airosamente erguido en la tribuna, se impone por la harmonía [sic] impecable de su gesto, por la sonora dicción de su palabra, por el esplendor de la suntuosa imagen y el vigor hercúleo de la Idea” (73).
Precisamente por ese reconocimiento, pocas veces cuestionado, este trabajo se enfoca en algunas de sus piezas de oratoria transcritas en la prensa periódica de principios del siglo XX, que se dirigen a la juventud o donde ésta es central para el tema que desarrolla, pues hay una intención de mostrar cómo y por qué es que Urueta ganó ese prestigio por parte de sus pares y, sobre todo, de las generaciones más jóvenes.
Las estampas y retratos que se han hecho del chihuahuense enfatizan su facilidad de palabra, lo cual no debe pasar desapercibido en un momento en que el ambiente se encuentra impregnado de un cambio de ideología y en la calle se escucha el murmullo constante de revolución. En un escenario así, un orador como Urueta cobra un papel principal, sobre todo, porque:
Urueta, elocuentísimo en sus libros, en la tribuna se convierte en un exaltador de almas, en un evocador de lo más noble y grande que duerme en la conciencia de los hombres y especialmente en la de los jóvenes. Es un forjador de tendencias altas, de propósitos puros; tiende los espíritus con la potencia de un arquero medioevo y señala a la flecha ruta inflexible hacia la belleza. (“Jesús Urueta” 2)
Por su capacitad de convencimiento, ver cómo el orador se dirige a los más jóvenes y las ideas que cree pertinentes o, incluso, obligatorias para ellos, además de las formas, temas y motivos que utiliza para que sus propuestas les sean atractivas es el eje rector que aquí se sigue. Ahora bien, para ello se comienza brevemente con los antecedentes de Jesús Urueta porque, a pesar de su prestigio, su personalidad estuvo cruzada desde muy temprana edad por una oscilación entre la seriedad y el juego, entre el compromiso y la vida decadente. Lo que no pocas veces le costó cuestionamientos e incluso denostaciones públicas con ataques ad hominem en respuesta a sus discursos. Este breve recuento pondera esta dualidad y ve cómo, a la larga, afectó los alcances de sus discursos.
Nos remontamos a su niñez con una estampa que Matías Maltrot, seudónimo de Santiago Urueta, evoca en Jesús Urueta. Su vida, su obra, donde se pueden encontrar indicios sobre este ir y venir desde los primeros días de su vida estudiantil:
no fue en cambio un ortodoxo del estudio escolar. Perteneció al grupo de los malos discípulos que escogen y abandonan “materias” al antojo, para desilusión del maestro vaticinador de fracasos y desconsuelo de la familia, que cree dar cabida en su seno a una triste mediocridad. Supositicia mediocridad que suele a menudo engañar a maestro y familia.
Para Urueta la escuela era una simple fórmula; vehículo hacia la futura realidad luciente y portentosa. Ansiado de libertad, fluctuaba entre emoción y emoción juveniles, mas era necesario, por lo pronto, cumplir con la fórmula de la escuela, tarea que podía sin dificultad realizarse gracias al ingenio y a la maravillosa voz que comenzaba a evidenciar su enorme fuerza convincente. Sobre estos dos factores podía descansar la confianza del joven orador. (17-18)
Una confianza que cristalizó en el manejo de la palabra y pronto, gracias a la inserción de modulaciones y principios retóricos bien ejecutados, se convirtió en la herramienta más celebrada del chihuahuense. Pero estos espectáculos que asombraron desde las primeras intervenciones, tanto a maestros como compañeros en el salón de clases, migraron pronto a los auditorios con un público más extenso donde se puso a prueba ese mecanismo que el joven procuró mantener respaldado por una serie de lecturas voraces que se acumularon desde la infancia. Por eso, también, cuando llegó a la Escuela de Jurisprudencia no fue raro que se le encomendaran discursos con motivos de fechas especiales donde esas cualidades resaltaran, ya fuera en honor al ilustre José María Morelos -cuando todavía fungía como representante del Liceo Acuña (“Honor” 2)- a otros personajes de la Independencia ( “Noticias” 3) o, a la postre, a figuras como Benito Juárez, así como en homenajes fúnebres a personajes locales, pero relevantes (“Gacetilla” 3).
Lo anterior no lo excluía de participar también en veladas más íntimas donde se podía disertar sobre temas más generales como el arte (“Noticias diversas” 3); eventos, todos ellos, en los que pudo relacionarse y ser notado por los representantes máximos del régimen porfiriano. A ello habría que agregar que se le concedió el puesto como bibliotecario de la Escuela de Jurisprudencia desde 1886 (“Noticias de la agencia” 3), acceso que le daba oportunidad de satisfacer sus curiosidades intelectuales y cultivar sin restricciones sus lecturas.
La revisión de la prensa periódica de finales del XIX nos ofrece un registro de esas intervenciones en eventos donde se le reconoció pronto por “la palabra galana, fácil, esplendente; el concepto profundo, sólido, bien enlazado; la voz viva, entonada, rítmica, y la presencia juvenil y franca del orador” (“Manifestación” 2) que entusiasmaba a los auditorios. La palabra se nutrió, además, de la experiencia que ofrecía una edad donde la experiencia misma se convierte en motivo para la efervescencia de ideales que se forman y toman derroteros más tangibles y estables. Asimismo, las habilidades orales se vieron complementadas con colaboraciones en la prensa periódica del momento, como El Siglo Diecinueve. Ahí Urueta confluyó con plumas de alto prestigio, como la de Carlos Díaz Dufoo y Luis G. Urbina. Sin embargo, también fue un lugar de introducción un tanto abrupta a las confrontaciones por otros escritores, sobre todo a causa de las polémicas que se nutrieron en distintos periódicos de la República y que comenzaron por la censura del poema “Misa Negra”, de José Juan Tablada, en 1893.
Si bien Urueta no compartió del todo la postura de Tablada -incluso declaró de manera inmediata que “decaer, opuesto a ascender, no puede significar otra cosa que un nivel inferior, un escalón más bajo, un estado menos perfecto. Decadentismo moral es, pues, un descenso en la escala de la moralidad; decadentismo literario, un descenso en la escala literaria” (Urueta, “Hostia” 1)- fue integrante de una de las discusiones más relevantes de la literatura finisecular. Esto repercutió en su prestigio, porque, para bien o para mal, lo ponía en foco de la atención pública como miembro del grupo decadentista liderado por el escritor de El florilegio. Su personalidad, un tanto socarrona, además, hizo que sus intervenciones fueran provocadoras e insultantes, no por corrientes, sino por manejar juegos e ironías que evidenciaban la ignorancia de sus oponentes (sólo hay que recordar el episodio, en febrero de 1893, donde firmó con su nombre algunos fragmentos de artistas europeos consagrados en El Siglo Diecinueve, los cuales enseguida fueron hechos pedazos por la “crítica” de El Demócrata).
Además, Urueta fue un joven abiertamente reeleccionista. Desde 1892 se puede encontrar firmando al calce, en su estatus de primer secretario, el “Manifiesto” del Club Central Porfirista de la Juventud junto a otros escritores como Ezequiel A. Chávez (que fungía como presidente), José Peón del Valle, Ángel de Campo, Arturo de la Cueva, etcétera (“Club central”). El escrito comienza: “Jóvenes ciudadanos: Con profunda fe en el porvenir, nuestras aspiraciones convergen y se funden en la suprema aspiración del gran partido republicano: la paz definitiva; y nuestros intereses ceden ante el interés nobilísimo de todos: la Patria” (“Club central”). Una postura que se irá agudizando conforme avanza la argumentación:
Haciendo a un lado a la gran mayoría, galvanizada por la ignorancia, el sabio con elocuencia correcta y firme y con elocuencia ruda y vacilante el obrero, los que piensan y los que sienten, todos se entregan con entusiasmo a la vida ardiente del combate. Nosotros, por convicción y con nobleza, venimos a defender un principio y a sostener a un hombre […] El principio de la reelección es un principio de libertad; el de la no-reelección, de tiranía […] (“Club central”)
Ya en 1893, en el ojo público, aprovechó la oportunidad para escribir sobre “Los dogmas de la democracia”, donde su formación positivista y su postura política se ven claramente en su planteamiento con menciones a Charles Darwin, Hyppolyte Taine o Herbert Spencer, y donde lanza declaraciones tajantes como “[l]a desigualdad es un hecho biológico y sociológico”, “hoy no matamos a los hijos deformes; en cambio, Esparta -dado su sentimiento moral- hacía bien en matarlos”, o bien, “[e]l instinto popular es la inercia en política, en costumbres, en todo”, “[e]l capitalista […] se impone: en la banca o en la filosofía es superior a sus competidores” ( “Los dogmas” 1). Lo anterior muestra, como sucede con casi todos los contemporáneos del chihuahuense, la sólida educación positivista en la que se formó, la cual se instauró desde 1868 gracias a Gabino Barreda en la Escuela Nacional Preparatoria, pero afectó en pocos años los planes de estudios de todos los niveles educativos.3
A pesar de lo radical de su planteamiento, también se irán desarrollando algunas ideas paralelas que si bien no se esfumaron fueron madurando con el tiempo, por ejemplo, aquellas relacionadas con el elitismo de clase: “En la lenta marcha de un pueblo en tranquila evolución, el centro es de la minoría inteligente”, “jamás se ha pensado que el pueblo sea soberano en arte, por ejemplo. El arte es aristocrático patrimonio de una clase social refinada, selecta […]” (“Los dogmas” 1). En estos casos, se muestra una idea hermanada con el pensamiento nietzscheano de finales de siglo, el cual se potenciará con los discursos latinoamericanistas que se comenzaban a enarbolar desde distintos puntos del orbe.
Por las relaciones que fueron estableciéndose con escritores, por ejemplo, en la Revista Azul (1894-1896) -dirigida por Manuel Gutiérrez Nájera y Carlos Díaz Dufoo- y en el círculo de sus compañeros decadentistas -con quienes fundó Revista Moderna. Arte y Ciencia en 1898, dirigida por Jesús E. Valenzuela y recordada como el hogar donde confluyeron los modernistas- aunado a su afabilidad en general, es recordado por Ciro B. Ceballos en aquellos años así:
era acaso el más querido de nuestro grupo, pues su carácter fue siempre atractivo y simpático, en sus egoísmos, en sus corduras, en sus locuras y hasta en sus vicios. Era agente del Ministerio Público y tenía muchísimos amigos entre los licenciados y los que no lo eran. Siempre andaba en comilonas con asado al pastor y mole de guajolote con pulque curado con champaña y coñac. Concurría a paseos y días de campo […] acompañándose de abogados, negociantes, industriales, ricos y “sierpes” de los más conocidos por sus escándalos y derroches de dinero y de amor. Era muy popular y a todos les “caía bien”. (75)
Por otro lado, el prestigio de sus intervenciones en el ambiente público y la fuerza y coherencia de sus discursos, le favoreció para recibir el apoyo de figuras intelectuales posicionadas estratégicamente en el régimen, como Justo Sierra, que fueron fundamentales para marcar de manera definitiva buena parte de las posturas que se mantuvieron constantes en la visión uruetiana hasta el final de sus días. Este tipo de relaciones incidieron para concretar su viaje a Europa hacia finales del siglo; un periplo que modificó su forma de pensar, cambio que fue manifiesto a su regreso a México.
Sobre el cómo se dio esta oportunidad, Margarita Urueta nos recuerda, en Historia de un gran desamor, la conversación entre el licenciado Enrique Creel, en ese entonces gobernador de Chihuahua, y el padre de Urueta:
“Me entero por el profesor Justo Sierra, que tu hijo Jesús se distingue en los estudios y es su discípulo preferido. Deseo enviarlo a Europa para que se instruya como lo merece; ya se lo he pedido al Presidente. Podrá́ estudiar Jurisprudencia en Roma, Historia en Francia y volverá́ para ser un gran ciudadano como lo eres tú” (M. Urueta 27).
Así fue cómo Urueta, en Italia, recibió clases de criminología de Enrico Ferri y en todas las maneras fortaleció sus conocimientos penales; sin embargo, más significativo fue que toda Europa estaba sumergida en un cambio social que palpitaba, pues allá, como se anota en el retrato que se hace del chihuahuense, en Biblios en 1919,
“el sufrimiento del pueblo tiene verbo; por este verbo comprendió [Urueta] el motivo profundo de las rebeldías y amó a los rebeldes; se hizo enemigo de los opresores, y trajo este don a su patria, a México, hundido hacía tiempo en horrible catalepsia por la espada y por el púlpito” (“Jesús Urueta” 1).
En su estancia en Francia, capital espiritual del modernismo, se encontró con escritores hispanoamericanos que congeniaban ideológicamente con el socialismo, como Manuel Ugarte y probablemente el enorme Rubén Darío; literatos que promulgaban la idea del hispanoamericanismo y advertían, no pocas veces, sobre el peligro capitalista que enarbolaba nuestro vecino del norte.
La vida parisina pone otra vez en evidencia esta dualidad que cruzó la vida de Urueta; por un lado, se encontraba sumergido en una bohemia finisecular; por otro, crecía la urgencia por actuar en la vida pública de su país. Sus entregas a Revista Moderna y Revista Moderna de México muestran algunos de sus cuestionamientos ideológicos.4 Precisamente por esto, a su regreso a México, iniciando el siglo, con más de treinta años, Urueta funge como eslabón entre dos grupos generacionales y entre dos siglos, es decir, entre el XIX y el XX, y entre los modernistas y la pléyade que después, en 1909, se consolidó como el Ateneo de la Juventud. Este nexo también se cristaliza por su formación positivista en la Escuela Nacional Preparatoria y por las ideologías abrazadas en su periplo por Europa, pero sobre todo por concordar en la importancia de la juventud para el futuro de nuestras naciones con el Ariel, un texto crucial para comprender el pensamiento mexicano en los albores del siglo XX.
Urueta, como José Enrique Rodó en ese texto publicado en 1900, creía que la juventud jugaba un papel crucial para el desarrollo de varios aspectos sociales. Ahora bien, Rodó se dirigía al público amplio de Hispanoamérica, mientras que Urueta se enfocó en la juventud mexicana en el periodo de antesala a la Revolución o en los primeros años del conflicto armado. Carlos Real de Azúa comenta sobre el texto del uruguayo:
El progresismo, que venía impostando el pensamiento del porvenir desde antes de Condorcet, se unirá para esta emergencia con el inenarrable universalismo del pensamiento liberal, al hallarse éste desatendido o resistir formalmente todo cargar sobre una entidad social definida -clase, nación, raza, etc.- cualquier dialéctica finalista y ascendente que en la historia pueda desplegarse. Excluidos tales sujetos de un acontecer con sentido, habría de ser entonces la “juventud”, esto es la irrupción indiscriminada, genérica, de nuevas ondas de la vida humana en el escenario, la que tomara sobre sus hombros la palingenesia de todo lo existente, el advenimiento, inmemorialmente anhelado, de todo lo mejor. El que vendrá, que Rodó había anunciado en 1897, se transforma así en “los que vendrán”. Suponiendo, como es obvio, lo que entonces realizarían. (Real de Azúa XII-XIII)
Además, ambos discursos, el de Rodó y el de Urueta, se alinean con una ideología que se acrecentó hacia finales del siglo XIX, junto a las propuestas de otros pensadores, pero que estuvo presente durante toda esa centuria.5 Hugo Biagini pone como ejemplo una “nota dirigida por Bernardo Monteagudo a los americanistas del sur”, donde “se postula la semblanza del ‘joven moral’ como un sujeto ‘ilustrado, útil por sus conocimientos’, y sobre todo patriota, amante sincero de la libertad, y enemigo irreconciliable de los tiranos” (59). No sólo eso, Biagini hace un pequeño recuento de las intervenciones de los pensadores finiseculares y las arengas que emitían a la juventud; de Juan Montalvo retoma: “¡Desgraciado el pueblo donde los jóvenes son humildes con el tirano, donde los estudiantes no hacen temblar el mundo!”, de Manuel González Prada: “Los viejos a la tumba y los jóvenes a la obra” y de José Martí rescata que “[e]n un celebérrimo opúsco […] acuñara la categoría innovadora de ‘juventud angélica’ como aquella que debe ayudar a incorporar los indios, los negros y campesinos a nuestras dolorosas repúblicas” (60). Del mismo modo, recuerda cómo Jules Michelet distingue a la juventud como una clase particular, con poder de palabra y decisión (60), al tiempo que anota a quién iba dirigido el famoso “Yo acuso”, de Emilé Zola, en 1888, que comienza: “¡Oh juventud, juventud! Te suplico, sueña en la gran tarea que te espera. Tú eres el artesano del futuro, tú vas a arrojar los cimientos de este siglo próximo” (61). Estos pensadores saben el valor de la juventud para un cambio social; no sólo los llaman a la acción, sino que les exigen esa responsabilidad.
Siguiendo esta línea, lo que aquí presento revisa algunas de las arengas del “Príncipe de la palabra”, las cuales, a la distancia, se pueden desentrañar como una forma de pensamiento que el orador ofreció como pauta a esa juventud mexicana de principios del siglo XX. Se parte de la idea de que:
El modernismo enaltece la imagen del joven, tesoro divino y humano a la vez, en contraposición a la cultura prosaica del buen burgués. En el resonante arielismo de Rodó, la juventud, objeto de auténtica devoción, irrumpe con un poder casi omnímodo: mediador entre la utopía y lo real, sujeto movilizador por antonomasia de las masas y responsable por el destino de la ciencia, de los mejores gobiernos y hasta de la unión continental; una mística juvenilista que penetra visceralmente en los movimientos estudiantiles de nuestra América y se extiende sensiblemente en el tiempo hasta llegar hasta nuestros días. (Biagini 62-63)
No obstante, la cantidad de discursos dispersos de Jesús Urueta, junto a la brevedad a la que esta intervención se ciñe, obliga a centrar la mirada en sólo una pequeña muestra de ellos, a pesar de que varios, incluso aquellos que parecen ser ajenos en su temática, realzan continuamente el valor de esa edad marcada por el ímpetu y la fuerza. Frases como: “divina juventud que ama y combate porque es bello combatir y amar” o bien, “es bello porque es joven y heroico; y la juventud, sin heroísmo, sería más triste que la vejez sin prudencia”, se pueden leer en sus escritos sobre poesía épica griega (Urueta, “La poesía” 97; 106).
De toda la producción uruetiana, vasta en cantidad y diversa en temática, nos acercamos principalmente a algunos textos que no se recuperan en ninguno de los libros que compilan parte de la obra del chihuahuense. El primero se reprodujo en Revista Moderna. Arte y Ciencia, en 1901, con el título “Arenga a la juventud”, el cual se pronunció en el festival organizado por la juventud de las Escuelas Superiores, evento presidido por el entonces Secretario de Guerra, el general Bernardo Reyes. El segundo, se transcribió en Revista Moderna de México, siete años después, con el título “La gran fiesta estudiantil”, que se pronunció en el Teatro Arbeu, en la velada patriótica organizada por los estudiantes de la Capital en septiembre de 1908. Por último, “La vida nueva” fue recitado en una velada literaria en honor al poeta peruano José Santos Chocano y se reprodujo en La Patria, en 1912.
Ahora bien, además de que fueron configurados para ser recitados ante un público, es decir, de tener una intención oral, estos tres discursos se encuentran unidos por una idea que, a pesar de los años, estuvo presente en las reflexiones uruetianas: el valor de la juventud. Sin embargo, por lo primero, me acerco a estos escritos siguiendo los supuestos de que: “[l]as fronteras entre la Oratoria y la Literatura no son como las geográficas, naturales, claras ni estables, sino, más bien como las políticas, convencionales, confusas y cambiantes. Poseen una naturaleza cultural y, por lo tanto, relativa e histórica” (Hernández 25). Tan ilusorias son estas fronteras que, a menudo, en los textos intencionados para hablarse se encuentran los recursos retóricos que a veces se acercan al ensayo, otras veces a la poesía e, incluso, al teatro. Sin embargo:
la retórica pragmática6 se considera siempre como una representación cuya validez descansa en los criterios de verificación. Quizá por eso, la mayor influencia del género epidíctico sobre la literatura podría deberse a que, como en el caso de la poesía, se suspende el criterio de verificación y su objetivo último es producir placer y ganar el aplauso. (Vázquez Guerrero 119)
Urueta oscila entre aquello que se puede verificar y aquello que busca placer, entre verdad y arte, y en la fusión que surge apunta derroteros que combaten ideologías, que recomiendan posturas e indican, a veces velada y otras veces abiertamente, una manera de proceder en el momento; es decir, su arte es útil, pero también se caracteriza y se determina por el momento.
No es gratuito que el chihuahuense tradujera la obra de Maurice Ajam, La parole en public, en 1905, como El arte de hablar en público. Estudio psicológico del orador, que a la obra del francés sumara estudios sobre oradores -ingleses, españoles y mexicanos- y que en su pequeña nota como traductor fuera enfático:
La oratoria es la improvisación. Demuestra plenamente que el método gráfico, que consiste en preparar por escrito el discurso y confiarlo luego a la memoria, es absurdo. El arte oral es distinto, completamente distinto, del arte escrito. Se oponen científicamente. De aquí que sea preciso abandonar los antiguos sistemas de enseñanza que sólo tienden a desarrollar la memoria visual, la que menos necesita el orador, y procurar, en cambio, la educación de la memoria motriz, sin la cual no puede formarse un orador. (Urueta, “Una palabra” XIV)
Esta idea no se alejaba de aquella promocionada por el Secretario de Instrucción Pública y mentor de Urueta, Justo Sierra, hacia principios de la centuria. Tal vez por eso, cuando tuvo la oportunidad, el tribuno la disipó en las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria, pues estaba en contra de una educación “de memoria” que se apega a un rígido plan de estudios. Buscaba, en cambio, fomentar la lectura libre, provocada por la curiosidad intelectual, que sirviera para formar integralmente a los alumnos, una noción que se alejaba de un conocimiento homologado y proponía un conocimiento fundamentado en la crítica, algo que, por su acceso temprano y sin restricción a la biblioteca, el orador perseguía. Para 1905, los avances respecto a este frente los dicta así en uno de sus discursos:
se ha conseguido, en lo que a la Escuela Preparatoria se refiere, restaurar y ampliar las bases en que su fundador la levantó: puede decirse que aquí se imparte una educación científica y literaria completa, fundamentalmente completa: que, en virtud de ella, el país adquirirá, para su defensa en la lucha por la vida, legiones de hombres útiles, honrados, fuertes y cultos. (Urueta, “Discurso” 5)
Y, como se volverá usual, se dirige a la juventud:
“a vosotros, jóvenes alumnos, va mi palabra amiga y cordial, con el anhelo casi angustioso de un porvenir que os colme de bienes y de bendiciones, pues nos traéis la parte mejor de la humanidad, la más ardiente y la más pura, vuestro entusiasmo y vuestro corazón. Sed buenos, fraternales, alegres y… estudiosos” (Urueta, “Discurso” 5).
Ahora bien, los discursos uruetianos están anclados en la estructura clásica y siguen, casi al pie de la letra, las directrices ahí dispuestas. La dispositio que el orador presenta, acerca y apela al público al que está dirigida. Esto se puede apreciar de manera clara en el exordio del texto de 1901 que empieza: “¡Divina Juventud! A ti mi arte, a ti mi poesía, a ti mi amor que con sus estrofas helénicas cantará tu gloria, como canta el azul Mediterráneo la gloria de Atenas” (“Arenga a la juventud” 74), al que le sigue un párrafo extenso sobre las virtudes de aquella civilización que tanto admiraba el chihuahuense, para, poco después, apuntar directamente la relación que quiere establecer:
La Juventud, en la historia, se llamará siempre Atenas, porque es la risa, la poesía, el heroísmo, la belleza y el amor. En todas partes y en todos los tonos, se dice que ya no hay jóvenes. Bueno, pues desde que en la tierra existen viejos y jóvenes, los viejos han dicho siempre que ya no hay jóvenes. Es una manera de consolarse. La experiencia es celosa del ideal. Las aves del paraíso huyen del alma cuando las floraciones se marchitan; el espíritu se encorva, como el cuerpo, y encerrado en un pequeño y cómodo lote de la vida, se tiende a descansar bajo la sombra los recuerdos. ¡Qué alto y escarpado se ve el porvenir! ¡Cuán lejos reculan los horizontes! ¡Qué locos los que luchan! Son pocos, muy pocos, los viejos augustos que conservan una cima intacta y fuerte […] (74)
En ese sentido Urueta hace eco de Ariel, donde se lee: “Cuando Grecia nació, los dioses le regalaron el secreto de su juventud inextinguible. Grecia es el alma joven” (Rodó 6). Pero la comparación también le sirve al orador para ir enlazando eventos del pasado con algunos presentes, apuntando las deficiencias de los primeros y enalteciendo las virtudes de los segundos; así hila entra arquitectura, ingeniería, economía, para finalizar con la política y aquellos preceptos socialistas recién adquiridos en Europa, que se manifiestan en intervenciones como: “En las capas populares, en las más profundas, en las más áridas, es donde la idea de justicia debe ser derramada, día a día, pacientemente, gota a gota, hasta empaparlas con el fecundo riego” (Urueta, “Arenga a la juventud” 76).
Sumado a lo anterior, la forma de entretejer su argumento le permite, en el epílogo, apuntar ciertas directrices de comportamiento para los jóvenes escuchas:
Vuestra fiesta, ¡Oh, jóvenes! Es Solemne. Preveos de la inercia del espíritu y de la sedentariedad intelectual. Llamo inertes y sedentarios a los estudiantes de un solo estudio, que restringen su curiosidad a los programas truncos de nuestras escuelas claudicantes. Estos estudiantes se dormirán en algún empleo tedioso o en algún oficio mecánico. No conocerán las alegrías de la vida superior. Hay una rutina en el civismo, como en la agricultura; si ésta esteriliza la tierra, aquélla esteriliza los espíritus. Para comprender nuestros deberes actuales hacia el país y hacia la humanidad, es preciso conocer nuestro estado y el del mundo […] fuertes del pasado, poderosos del presente y llenos de fe en el porvenir, unid vuestras voces entonadas y viriles al coro que en el fondo de la Historia, bajo los pórticos blancos, dirige Sófocles, brillantemente desnudo, entre las palpitaciones de oro de las abejas platónicas y los rayos de gloria del astro heleno! (Urueta, “Arenga a la juventud” 76)
Los motivos presentes en el texto ya evidencian varios de los puntos de contacto entre el orador y la pléyade de escritores que despuntaba en los albores del siglo XX. Las referencias al mundo griego, aunadas a la incitación de una formación multidisciplinaria, inconforme con las pautas predeterminadas por la escuela positivista, debieron apelar a esos espíritus en formación. Alfonso Reyes apunta que “Nervo, Tablada, Urbina y Urueta tienen las excelentes facultades literarias, las virtudes técnicas, las facilidades, que en la nueva legión, la que hoy apenas se nutre y alista, parecen un tanto adormecidas”, pero en seguida toma cierta distancia respecto a este contingente: “De ésta, en cambio, anuncian ciertas condiciones de seriedad, de castidad artística, que no supieron mantener los pasados” (“Los senderos” 303). Tanto Reyes como Henríquez Ureña, como se puede apreciar en sus intercambios epistolares, tuvieron una admiración constante por el chihuahuense, precisamente por su culto bagaje respecto al mundo helénico y por el dominio de la palabra (Reyes y Henríquez Ureña). Reyes advierte cómo el orador “cantaba como una sirena” (“Rubén Darío” 302), un poco jugando con la simbología que denota esa figura mitológica, pues estaba consciente, por advertencia de su profesor Porfirio Parra, de que el chihuahuense tenía “un talento muy salpicado de locura” (Reyes, “Porfirio Parra” 594).
Ahora bien, si se revisa el texto de 1908, “La gran fiesta estudiantil”, las premisas de Urueta son más explícitas en tanto al “deber ser” de sus escuchas; además, estas se presentan con un velo descorrido si se tiene en cuenta el contexto en que estaban sumergidos México y el mismo orador, que ya es antirreeleccionista y apoya a Bernardo Reyes, para, poco después, inclinarse por Francisco I. Madero:
el que muere atacando a la tiranía, aunque no logre derrumbarla, la obliga a multiplicar sus actos de furor y de venganza, sus ostentaciones insolentes y sus carnavales sangrientos; y brutal, rabiosa, enloquecida, exhibiendo sus pompas bárbaras, prodigando sus insultos a la desgracia, su desprecio a las ruinas venerables, sus calumnias a las tumbas gloriosas, sus lauros efímeros al crimen y sus limosnas a la adulación, no tarda en perderse, en cavar su propia tumba, su triste tumba sin recuerdos y sin flores. (59)
Punto a punto, Urueta agita los ánimos, utilizando, lo mismo que en el discurso de 1901, la comparación del pasado y el presente, en un inicio motivando una forma de proceder, después exigiéndola, porque “la humanidad comienza a levantarse por encima de los siglos sombríos y crueles, comienza a librarse de su servidumbre de odio y de ferocidad” (Urueta, “La gran fiesta” 60). La advertencia y la hipérbole de algunas de sus primicias no carecen de cierta belleza, más cuando se encuadran en algo que, para el público de ese entonces -y tal vez para el público de hoy en día- parece tan cercano; porque, a pesar de estar determinados por la circunstancia y la improvisación, muchos de los discursos uruetianos tienen una universalidad que los hace transcender, una universalidad que se basa en referencias literarias y recursos retóricos construidos para resistir el paso del tiempo.
Con respecto al talante de este último discurso, y por el lugar de su enunciación, fuera de un recinto escolar, el apelativo que Urueta utiliza para dirigirse a la audiencia es el de “señores”; esto le permite, al mismo tiempo, direccionar el argumento a temas de más seriedad: los dogmas impuestos del régimen, las amenazas del capitalismo y un posible, pero todavía evitable, levantamiento en armas. La idea del valor de la juventud y de la urgencia de su acción para el cambio social no cambia respecto al primer discurso de 1901 y aparecen frases como “elevando la conciencia nacional, elevamos, engrandecemos la patria” o “el destino reserva a México, en un próximo porvenir, un imperialismo intelectual que le permita figurar en el mundo por los triunfos de su pensamiento” (64), no obstante, cierra, ahora sí, dirigiéndose otra vez a los jóvenes:
yo, señores -y vosotros conmigo, oh, jóvenes estudiantes que vivís la alta vida del ideal-, debemos bendecir la suerte reservada a nuestro país, que, desviándolo de las conquistas bárbaras, le abre el camino regio de los nuevos Emperadores del mundo, el camino de las conquistas serenas y perdurables en los campos luminosos de la justicia y de la piedad humana. (64)
Otro caso es el de “La vida nueva”, por un lado, porque utiliza de pretexto la visita del poeta José Santos Chocano y su poesía para orientarse después a un nuevo momento en la situación artística, donde asegura que:
Se inicia la Vida Nueva del arte. La falange juvenil, como un bajo relieve de caballeros del ideal esculpido por las manos mágicas de Fidias en la pureza del mármol pario, avanza bajo las irradiaciones de Apolo… Yo sé que en esa falange vienen poetas más vigorosos y perfectos que Díaz Mirón […] más delicados y tiernos que Amado Nervo […] sé que algunos de ellos escriben mejor que yo y hablan mejor que yo; y por eso, para animarlos con mi ejemplo, escribo y hablo todavía, esperando tranquilo la hora de ser desdeñado y más tranquilo aún la hora de ser olvidado, porque esa es la inevitable condición del progreso, la esencia misma del ideal humano […] (3)
Por otro lado, porque 1912 fue un año paradigmático en el desarrollo del movimiento armado, comenzando en febrero con “La decena trágica” y el asesinato de Francisco I. Madero, a quien Urueta apoyó de manera constante, pero también porque el Ateneo de la Juventud cambia su nombre por Ateneo de México; es decir, aquellos jóvenes a los que Urueta se dirigía en los discursos en los albores del siglo abandonan el epíteto y se integran ya como guías o como maestros en el engranaje de la sociedad.
Por lo anterior, el orador dicta su ideario de manera inclusiva y amonestadora con frases como: “Trabajemos para los demás, para que sean mejores que nosotros”, “los que por sentirse superhombres se separan desdeñosamente de la juventud que ama y del pueblo que sufre, confiesan no ser ni siquiera los iguales de la juventud y del pueblo, porque aquella tiene grande siempre el entusiasmo y éste tiene siempre grande el instinto”, “[h]e aquí la miseria de los superhombres, que se disminuyen hasta no ser representantes de sí mismos, la sombra de una sombra, la locura de una locura” (Urueta, “La vida nueva” 3). No sólo enfatiza el valor de la juventud, sino que agrega una crítica a aquellos que se desentienden del compromiso social que conlleva un cargo público, lo que, contextualmente, hace alusión a los enfrentamientos políticos que se desprendieron de la Revolución.
La guerra pone en evidencia la avaricia personal y asienta la duda de aquel ideal arielista donde la aristocracia de la inteligencia serviría como guía y como propulsor del bien común; sin embargo, aunque desencantado, Urueta se mantiene firme y, de manera elocuente, utiliza la palabra para enunciar: “sólo progresa en la vida el hombre cuyo corazón se hace más tierno, cuya sangre se hace más ardiente, cuyo cerebro se hace más activo y cuyo espíritu penetra al foco de amor, vivo y radiante de Belleza eterna! ¡Esta es la otra condición de la Vida Nueva!” (“La vida nueva” 3). La esperanza en la juventud fue algo que no menguó en el orador, incluso al final de sus días.
Este breve acercamiento a algunos discursos uruetianos evidencia, por un lado, que en la dualidad que se atribuye a la personalidad de Urueta, la balanza hacia el compromiso social tuvo más peso, y que su interés por el papel de la juventud mexicana fue constante. Por otro lado, muestra un cambio en la postura ideológica del chihuahuense, que a finales del siglo XIX apoyaba al régimen porfirista y miraba con desprecio al pueblo, por otra de corte socialista, cuyos derroteros estaban emparejados con los ideales finiseculares bien ejemplificados con el Ariel de Rodó. Al mismo tiempo, se ponderó el poder de la palabra y la influencia notable de aquel orador sobre los jóvenes de principios del siglo XX. Una influencia que se vio reflejada en la forma prematura en que éstos incidieron en el mundo cultural, sobre todo con las conferencias y la toma de espacios públicos (Sánchez Pineda), porque, como apunta Adela Pineda Franco, “la calidad oratoria de este género es un rasgo del intelectual que ahora relega el refugio interior del modernismo e ingresa a la arena pública con una misión cultural a través del aula y el podio” (161).
Jesús Urueta congenia con Rodó cuando este escribe que
“la juventud, que así significa en el alma de los individuos y de las generaciones, luz, amor, energía, existe y lo significa también en el proceso evolutivo de las sociedades. De los pueblos que sienten y consideran la vida como vosotros, serán siempre la fecundidad, la fuerza, el dominio del porvenir” (6).
Mediante los elogios que se dirigen a esa edad donde todavía la experiencia no ha dejado huella de manera definitiva, Urueta fue perfilando una exigencia en la formación y una necesidad de sostener una actitud crítica hacia su entorno y sus circunstancias, y con su voz llamó a la acción por un mundo mejor donde ellos, los jóvenes, se colocaran a la punta. Esta fue la forma en que Urueta, desde el púlpito, dictó un ideario que afectó a buena parte de la juventud que después se encargó de definir los derroteros de México. También por eso, Urueta fue para los del grupo decadentista alguien que se inclinó por una vida que balanceaba la bohemia y la responsabilidad pública, como dice Ciro B. Ceballos: “nos había sido simpático siempre, no obstante las veleidades de su carácter, no obstante la inexplicabilidad de sus avatares políticos, no obstante sus diogenescos desenfados” (377); para los jóvenes, en cambio, fue una figura tutelar en todos los sentidos.










nueva página del texto (beta)



