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Connotas. Revista de crítica y teoría literarias

versión On-line ISSN 2448-6019versión impresa ISSN 1870-6630

Connotas. Rev. crit. teór. lit.  no.27 Hermosillo jul./dic. 2023  Epub 28-Oct-2024

https://doi.org/10.36798/critlit.v0i27.468 

Notas críticas

Memoria, oralidad y sentido ético en Los poemas de la pandemia de Margaret Randall1

Memory, orality and ethical sense in Margaret Randall’s The Pandemic Poems

Norma Esther García Meza1 
http://orcid.org/0000-0003-3616-1693

Daniel Domínguez Cuenca1 
http://orcid.org/0000-0002-8171-1386

1Universidad Veracruzana, México ngarcia35@hotmail.com, danieldoc@gmail.com


Resumen:

La presente nota crítica reflexiona sobre los poemas que integran el libro Estrellas de mar en una playa. Los poemas de la pandemia (2020), de Margaret Randall. Nuestro soporte teórico está conformado por dos ejes. El primero recupera las aportaciones teóricas de Mijaíl Bajtín sobre la significación de la otredad en nuestra existencia y su concepción del lenguaje como acto ético. El segundo eje integra aportaciones teóricas sobre la memoria, la oralidad y las corporalidades, generadas en el ámbito de los Estudios Culturales Latinoamericanos. Con base en este corpus teórico ofrecemos un estudio reflexivo sobre un conjunto de poemas que, nacidos desde el aislamiento obligado, ofrecen, como si fuera una fábula, una visión lúcida, comprometida y sabia sobre la nueva realidad que estamos experimentando desde la aparición del COVID-19.

Palabras clave: otredad; acto ético; memoria; corporalidad

Abstract:

This critical note reflects on the poems that integrate the book Starfish on a beach: The pandemic poems, by Margaret Randall (2020). Our theoretical support consists of two axes. The first recovers the theoretical contributions of Mikhail Bakhtin on the significance of otherness in our existence, and his conception of language as an ethical act. The second axis combines theoretical contributions on memory, orality and corporalities, from the field of Latin American Cultural Studies. Based on this theoretical corpus we offer a reflective study on a set of poems, born from forced isolation, that offer, as if it were a fable, a lucid, committed and wise vision of the new reality that we are experiencing since the appearance of COVID-19.

Key words: otherness; ethical act; memory; corporality

“These poems are not for the dead but for those who survived this time around, for the dead have lived their lives while the survivors must live with their loss”.

Margaret Randall

“Desde mis ojos están mirando los ojos del otro”.

Mijaíl Bajtín

Presentación

Margaret Randall, la autora del libro sobre el cual reflexionamos en la presente nota crítica, es una “poeta, ensayista, historiadora oral y fotógrafa feminista estadounidense” (Enciclopedia de la Literatura en México). Sus libros de poesía publicados rebasan la centena. Además, cuenta con otras publicaciones en ámbitos diversos como la historia, el ensayo y la fotografía (Toro 103).

En la misma enciclopedia se menciona que en 1961 llegó a la Ciudad de México y contrajo matrimonio con el escritor Sergio Mondragón; con quien, además de fundar una familia, codirigió la revista El Corno Emplumado/ The Plumed Horn, trascendente publicación bilingüe de poesía que se sostuvo desde 1962 hasta julio de 1968, cuando los editores se manifestaron a favor del movimiento estudiantil, lo que los convirtió en perseguidos políticos al punto de que Margaret tuvo que abandonar el país y vivir el exilio en diferentes ciudades de Latinoamérica. Ella siempre estuvo ligada a las causas revolucionarias. Vivió diez años en Cuba y posteriormente en Managua donde apoyó al movimiento sandinista. Años más tarde, en 1984, regresó a su país natal, fue acusada de comunista y deportada. Sin embargo, ganó el juicio legal, recuperó su nacionalidad y se estableció de manera permanente en Albuquerque. A pesar de la distancia, siempre se ha mantenido cercana a las causas sociales latinoamericanas y en contacto con diversas universidades de México, Centro y Sudamérica. Nos interesa resaltar este vínculo porque resulta central en la configuración del universo poético del libro que nos ocupa, ya que parte de su obra y de su quehacer artístico se han gestado, precisamente, en estos territorios:

En 1990 recibió la Beca Lillian Hellman y Dashiell Hammett para escritores víctimas de la represión política; en 2004, el Premio Dorothy Doyle Lifetime Achievement del PEN New Mexico por su escritura y activismo pro derechos humanos; en 2017, la Medalla al Mérito Literario en Ciudad Juárez, México; y en 2019, el Premio Poeta de Dos Hemisferios en Quito, Ecuador. (Toro 103)

El libro Estrellas de mar en una playa. Los poemas de la pandemia confirma la existencia de tan estrecha relación. Fue escrito en inglés y traducido al español: su edición bilingüe hermana a los Estados Unidos con varios países hispanoamericanos, incluido México. Decimos lo anterior porque el libro se imprimió, de manera simultánea, en julio de 2020 por Abisinia Editorial -de Buenos Aires, Argentina- y Editorial Escarabajo -de Colombia-. Además, cuenta con la traducción de Sandra Toro, nacida en Buenos Aires, quien le imprime el rasgo distintivo del español argentino que se advierte en expresiones como “amás”, “cuídate”, “hacé todo bien”, “tomá todos los recaudos”, “deciles a los chicos”, “apresá un minuto”, “a los que querés”. Otro ejemplo de esta fraternidad que recorre todo el libro es la utilización que la voz poética hace del término “barbijo” para referirse a la mascarilla o cubrebocas, vocablo de uso común en Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay:

Compartamos barbijos

como los chinos

lavándonos las manos

en una plegaria silenciosa. (33)

En México se le dio preferencia al término “cubrebocas”, sin embargo, la palabra “mascarilla” -que proviene de máscara- describe mejor este carácter de alteración del rostro, pues el barbijo, en su afán por proteger esconde facciones de identidad, oculta los rasgos faciales distintivos, uniforma y da una fisonomía común al rostro en la pandemia.

Con sentido crítico, la voz poética se refiere a lo que sucede en Nicaragua, país que Randall conoce bien porque vivió de cerca la Revolución Sandinista y fue en ese país donde recuperó testimonios de mujeres partícipes en la lucha: “en especial [en] Somos millones y Todas estamos despiertas” (Delgado, Testimonio documental sandinista y narratividad 448):

En su megalomanía, la vicepresidenta de Nicaragua

exhorta a sus compatriotas a festejar, a darse

besos y abrazos. El amor en los tiempos del COVID-19, grita

mientras le reclama a Dios excepcionalidad

y se regodea en un poder que mata.

Las dictaduras son particularmente peligrosas

en tiempos como este. (Randall 131)

La voz crítica cobra distancia de dirigentes y funcionarios que con gran irresponsabilidad salieron como voceros a desinformar a la población, durante los meses en que más difícil era para el ciudadano común entender la manera de enfrentar la enfermedad y prevenir los contagios.

Algunos poemas se refieren a México, específicamente a la Ciudad de México y a la ciudad de Puebla:

Ximena en Ciudad de México cuenta que

hay que sacar al perro tres veces por día.

Tiene que forcejear con él cada vez

para desinfectarle las patas en un baño especial

a la vuelta. (Randall 91)

En Puebla, los protocolos de prevención

todavía no entraban en vigor

cuando Sarah se unió a los demás deudos

para marchar detrás del ataúd

de un amigo que se murió de otra cosa. (91)

La cercanía de la autora con México es perceptible en diversos momentos. No solamente en cuanto a la vida en la capital del país, como queda claro en las líneas anteriores, sino en el sentimiento fraterno que la une a nuestro país:

Debo haber traído de México esta ruana,

su lana suave, sin duda de oveja

cuidada amorosamente por algún pastor

que después la tiñó con afecto . . .

Me ajusto el chal contra el cuerpo

y me imagino que es una barrera de defensa

tejida con lana de ovejas mexicanas,

justo lo que hoy estaba necesitando. (115)

El título del libro proviene del poema “Estrellas de mar sobre una playa: una fábula para el 2020” (Randall 53), en el que se narra la historia de un hombre rodeado de estrellas de mar:

Él las iba recogiendo una por una, y las arrojaba de vuelta al agua. Otro hombre que pasaba . . . se detuvo, se quedó mirando un rato y después dijo: ‘Nunca las vas a poder devolver a todas. ¿Cree que lo que hace importa de verdad?’ El primer hombre recogió otra estrella, la lanzó a las olas y le respondió: ‘A esa le importa’” (53).

Así, el poema que da título al libro se presenta como una fábula para el 2020. La voz poética reconoce que no será posible salvar a todas las personas en peligro de muerte, a pesar de ello, salvar a una cuenta. Ambos, tanto los seres humanos en la pandemia como las estrellas de mar arrastradas a la arena mueren por asfixia. Devolver todas las estrellas al mar para que sobrevivan es una tarea imposible, pero digna de emprenderse, es un acto ético y una práctica de humanidad.

En el libro Estrellas de mar en una playa. Los poemas de la pandemia Margaret Randall nos ofrece una visión lúcida, comprometida y sabia sobre la nueva realidad que estamos experimentando desde la aparición del COVID-19. En la cuarta de forros Stan Persky dice: “‘Los poemas de la pandemia’, de Randall, dan aliento en un momento histórico en el que cada respiración cuenta”. Por su parte, Karín Aguilar-San Juan señala: “Con audacia analítica, apunta la pluma y abre su corazón valiente dando testimonio de la confusión, el dolor y la rabia del mundo”. Sobre el proceso de creación la autora dice lo siguiente:

Escribí estos poemas durante un momento extraordinario entre marzo y mayo de 2020, cuando de pronto el mundo se vio en una situación sin precedentes en los tiempos modernos. Una enfermedad nueva y virulenta llamada COVID-19 y conocida popularmente como ‘el coronavirus’ surgió en la ciudad china de Wuhan y se abrió paso por todo el globo . . . Para la mayoría de los habitantes del mundo, la vida nunca iba a volver a ser la misma, tanto porque perdieron a uno o más seres queridos a causa de la pandemia como porque su futuro económico cambió de un modo irrevocable. Yo me quedé en casa y escribí poemas. Brotaron como un torrente, uno detrás del otro, a veces tres o más en un mismo día. Los presento, no en el orden en el que fueron escritos, sino en el de la organización y la revisión que llevé a cabo mientras la crisis tomaba forma y se asumía. Son el testimonio de una poeta en ese momento extraordinario. (27-31)

Por su importancia como “vehículos de la memoria” (Jelin, Subjetividad y esfera pública 558), como soportes simbólicos de “concepciones y creencias” (Giménez 68), como síntesis de experiencias vitales -que vinculan la presencia y la ausencia, el dolor y la esperanza, el adentro y el afuera (Giménez 433)- y como sumario y evidencia de los principales discursos que han circulado en el mundo en el contexto de la pandemia mundial del Covid-19, los autores de esta nota crítica reflexionamos sobre el trabajo artístico que la poeta realiza en los poemas que integran el libro Estrellas de mar en una playa. Los poemas de la pandemia, en los que identificamos los siguientes asuntos expuestos por la voz poética: a) el nuevo sentido de la mirada y la necesidad de pensar en espiral, b) la memoria y la oralidad como elementos que nos pueden ayudar a encontrar caminos de sobrevivencia, y c) la capacidad visionaria de la autora, su llamado a la acción y a tomar conciencia de nuestras corporalidades.

El nuevo sentido de la mirada y la necesidad de pensar en espiral

Desde la perspectiva teórica de Mijaíl Bajtín, la otredad es una presencia fundamental en la conformación de nuestra identidad como sujetos sociales:2

Percibimos nuestro mundo no sólo mediante sentidos físicos, sino también morales, que son las valoraciones generadas por mis actos que siempre se realizan en presencia y en cooperación con el otro ser humano, a través de una triple óptica en que vemos el mundo: yo-para-mí, yo-para-otro, otro-para-mí, de tal modo que el mundo resulta ser el espacio en que se desarrolla nuestra actividad, concebida siempre en una estrecha participación del otro. (Bubnova 103)

En esa interacción cultural y cotidiana con el otro siempre vamos en búsqueda de su mirada y de su aprobación:

El mundo es, pues, el territorio en el cual se desarrolla nuestra actividad, concebida siempre en una estrecha interacción con el otro. Así, cada quehacer nuestro tendrá el carácter de un encuentro con el otro basado en una responsabilidad específica que la relación con el otro genera: debido a mi posición única e irrepetible en el espacio y el tiempo, yo soy la única persona capaz de realizar mis actos concretos, que repercuten de una manera concluyente en el otro, pero, antes que nada, que están hechos ‘para el otro’, buscando su mirada y su sanción. (Bajtín 17)

En el contexto de la pandemia este vínculo con el otro a través de la mirada se ha intensificado de tal modo que, desde la voz poética del poema “Espiral”, se ha convertido en el idioma nuevo con el que nos comunicamos con el otro. En un tiempo en el que el flujo de las palabras se entorpece por la tela que cubre nuestros rostros, hemos aprendido a hablar y a sonreír con los ojos: ese es el idioma nuevo que la humanidad entera practica a diario.3 La mirada ha adquirido un nuevo sentido y nos comunicamos con los ojos, nos abrazamos con los ojos, nos besamos con los ojos. Reconocemos en los ojos que nos miran la misma preocupación compartida y un atisbo de esperanza por salvarnos, por salir juntos de esta crisis a pesar del “aislamiento discorde” al que estamos sometidos. Esta nueva forma de comunicación que “practicamos a diario” requiere nuevos aprendizajes. El más urgente, dice la voz poética, es “aprender a pensar en espiral”:

Estamos aprendiendo un idioma nuevo,

cuya pronunciación virtual

practicamos a diario

a falta de la palabra hablada

en esta era

de aislamiento discorde.

Tenemos tiempo, todo el tiempo

del mundo

hasta que no quede más.

Si la pandemia avanza

en espiral,

todos los gráficos están equivocados.

De las convicciones estadísticas

apenas nos acordamos

cuando el virus llega para quedarse.

Aprender a pensar en espiral

quiere decir deshacerse

de la arrogancia.

No somos más sanos, ni mejores,

ni más blancos,

ni más ciudadanos que.

Despojándonos del orgullo encubierto

subimos con la espiral

a habitar lugares más sabios. (Randall 139-141)

La espiral es una forma “esquemática de la evolución del universo . . . simbolizó en las culturas antiguas . . . el aliento y el espíritu . . . También por su sentido de creación, movimiento y desarrollo progresivo, la espiral es atributo de poder” (Cirlot 201-202). Este “movimiento y desarrollo progresivo” de la espiral está asociado, por un lado, a la pandemia: “Si la pandemia avanza en espiral, todos los gráficos están equivocados” (Randall 139); y por otro, al reto que nos plantea: “Aprender a pensar en espiral” (139). El poema “Espiral” contiene, entonces, dos espirales que se oponen, cada una de ellas portando un sentido distinto: el sentido de la muerte en la primera y el sentido de la vida en la segunda. En medio de ambas espirales está la humanidad, millones de personas, como estrellas de mar en una playa, necesitando ser salvadas.

¿Nos puede salvar la poesía? El poema al que nos hemos referido parece responder afirmativamente a esta interrogante. La poesía nos puede salvar si consideramos que, para los pueblos mesoamericanos la espiral del caracol es un símbolo que “nos recuerda el agua, el mar, la lluvia, la fertilidad . . . todo aquello que forma parte de la vida… y de la muerte” (Matos 48) y si consideramos también que es, precisamente, la imagen del caracol la que Octavio Paz utiliza para definir al poema: “el poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal” (13). La poesía, entonces, nos puede ayudar a revelar, a descubrir, a encontrar esa “armonía universal” tan necesaria entre los seres y las cosas, la música del universo.

La voz poética utiliza la espiral que “es uno de los temas esenciales del arte simbólico” (Cirlot 202) para forjar una esperanza: sólo podremos sobrevivir si aprendemos a “pensar en espiral”, es decir, a deshacernos “de la arrogancia” y despojarnos “del orgullo encubierto”. Arrogancia y orgullo aparecen en el poema como los dos principales rasgos de una humanidad en la que hay quienes se consideran mejores que los demás, superiores por el color de la piel o por la ciudadanía que portan. Frente a esos rasgos la voz poética nos ofrece una verdad, una práctica posible: “No somos más sanos, ni mejores, ni más blancos, ni más ciudadanos que” (139). En suma, aprender a pensar en espiral constituye un reto también para la ciencia, para la academia, para el arte porque es un llamado contra los pensamientos lineales, es una invitación a concebir distintas maneras de relacionarnos y de valorar la vida por encima de la arrogancia y del orgullo. Principios elementales tan simples y tan complejos de alcanzar.

En la pandemia todos somos iguales y la posibilidad de salvación está centrada en nuestra capacidad para recuperar la humildad y la sabiduría, valorar nuestro universo, seguir el curso de la espiral y lograr “habitar lugares más sabios”. Esta posibilidad esperanzadora se acentúa si consideramos que la espiral es “un símbolo de la vida y de la fecundidad, de la temporalidad, de la permanencia del ser a través de las fluctuaciones del cambio” (Souriau 531) y significa: “el intento por conciliar la ‘rueda de las transformaciones’ con el centro místico y el ‘motor inmóvil’” (Cirlot 202). En nuestra compleja relación con los otros, “habitar lugares más sabios” implica hacer de esta sabiduría, que fluye con la transformación, una práctica social, habitar o ejercitar prácticas más sabias en la vida, en la ciencia, en el arte.

La memoria y la oralidad como elementos que nos pueden ayudar a encontrar caminos de sobrevivencia

En tiempos de crisis la memoria adquiere “un papel altamente significativo como mecanismo cultural para fortalecer el sentido de pertenencia y a menudo para construir mayor confianza en uno/a mismo/a” (Jelin, Las luchas por las memorias 17). Por su parte, la oralidad, esa práctica de gran valor cultural que privilegia la voz humana4 y que considera “al lenguaje como sonido articulado para ser hablado y oído” (De Garay 197) es fundamental en la comunicación cotidiana, cara a cara, de los habitantes de los pueblos a los que Margaret Randall orienta su decir poético:

en el caso particular de México y América Latina, la oralidad constituye, todavía en nuestros días, una de las formas privilegiadas de comunicación, de recreación y transmisión de saberes, de imaginación y, por tanto, es una de las principales fuentes alimentadoras de la creación literaria” (Munguía 198).

Por ello, resulta significativo que la memoria y la oralidad aparezcan en el libro como elementos que nos pueden ayudar a encontrar caminos de sobrevivencia. Se trata de una postura ética y estética con arraigo en los territorios donde se han gestado tanto la obra como el quehacer artístico de Margaret Randall. Memoria y oralidad están entretejidas de manera relevante en el poema “La memoria trata de llamarnos la atención”:

. . . La memoria trata de llamarnos la atención

con libros, canciones, figuras,

incluso con humor, nos asegura

que el contacto amistoso

que hoy extrañamos

mañana va a seguir ahí.

Pero la memoria también está exhausta,

vapuleada por el asedio de

mensajes ambivalentes, libros de historia

con capítulos que faltan,

noticias tendenciosas

y escribas autoproclamados.

Ella insiste en que es tan oportuna como la ciencia

y la esperanza, trata de ocupar su lugar

en la mesa de expertos,

nos hace verla como lo que es

en un momento en que sabe

que se la necesita como nunca. (45)

Se forja, así, un evidente elogio a la memoria y a la palabra oral: dos prácticas culturales que, junto al pensar en espiral, se erigen en elementos que nos pueden ayudar a sobrevivir. Se trata de aprender del pasado, de lo que la humanidad ha hecho frente a otras pandemias, del ingenio y la sabiduría que mujeres y hombres de generaciones pasadas desplegaron para lograr salir adelante. Este conocimiento no sólo está en los ámbitos científicos, sino que circula de manera oral y cotidiana entre las generaciones que vivieron o supieron de lo que otros hicieron para salvarse en momentos de crisis colectivas.

Escuchemos el llamado de la memoria. Pidamos

a nuestros ancianos que nos cuenten sus cuentos

de hazañas y dolor,

de bondad y relevancia.

Ella va a darles la mano

si ustedes le dan la suya. (47)

Por ello, para nuestra autora la memoria “es tan oportuna como la ciencia”, y no son los jóvenes quienes pueden dar una salida a la tragedia que vivimos sino los viejos. El hecho de que Randall coloque la memoria de los ancianos “en la mesa de expertos” y nos convoque a escuchar sus vivencias, constituye una postura de carácter ético, sobre todo si consideramos que en los inicios de la pandemia existían voces que pedían, precisamente, su aniquilamiento.5 A diferencia de tal decir, la voz poética nos pide que escuchemos “a nuestros ancianos” porque son los sabios y venerables portadores de una memoria que se “necesita como nunca”, una memoria que está contenida en “sus cuentos”, llenos “de hazañas y dolor, de bondad y relevancia”; escuchar en el sentido ético, atento y profundo del que habla Leonor Arfuch: “La escucha como posición tendiente al otro, como apertura -desde adentro- hacia el otro, capaz de percibir en un relato la palabra y el sonido, el ritmo, la entonación, la vibración, el silencio y, por ende, capaz de unir el comprender y el sentir” (El espacio teórico de la narrativa 132).

Randall nos invita a escuchar con sentido ético, atento y profundo a “nuestros ancianos” para lograr reconocer la fuerza vital de sus relatos en los que está contenida la memoria de otros tiempos y las enseñanzas acerca de cómo lograron sobrevivir a otras tragedias. Recordemos que, tal como lo señala Elizabeth Jelin, la memoria es un recurso vital y necesario para enfrentar los riesgos que nos amenazan como colectividad:

la memoria y el olvido, la conmemoración y el recuerdo se tornan cruciales cuando están anclados en acontecimientos traumáticos de carácter político y a situaciones de represión y aniquilación, cuando se trata de profundas catástrofes sociales y situaciones de sufrimiento colectivo” (Jelin, Las luchas por las memorias 17).

La humanidad enfrenta un “sufrimiento colectivo” y es preciso escuchar con atención los relatos y los saberes guardados en la memoria. Por ello, memoria y oralidad son una constante a lo largo de Los poemas de la pandemia. A continuación, incluimos algunos fragmentos ilustrativos de los textos que contienen esta presencia:

Me acuerdo de que en el siglo XIV

a los judíos y leprosos

se los culpaba de la peste negra.

Todo odiador tiene su momento

en la historia. (113)

Tengo edad como para acordarme de la guerra

que le dio forma a mi generación, como para

venerar a un país

donde los paisanos en bicicleta

resistieron al ejército más grande del mundo

y prevalecieron. (149)

Por otra parte, la oralidad resuena en la recreación de voces que se hace en los siguientes fragmentos:

Tengan miedo, mucho miedo: es el

mantra de los que

se benefician con nuestra desesperación.

Respiren, respiren hondo

susurran los que ya pasaron por esto. (59)

Nuestra conversación cambió.

Estamos hablando de

cosas que antes no podíamos

mencionar.

Si me enfermo, que no me conecten

a un respirador

Tuve una buena vida

Deciles a los chicos. (65)

Extraño nuestras conversaciones cara a cara,

las conexiones imposibles de recrear por teléfono

o por Skype, las palabras viajando

ida y vuelta sin impedimentos. (79)

Tenemos instrucciones para salir,

distancia social, equipo protector.

No tocarse la cara, dicen,

y lavarse las manos

varias veces por día

por lo menos durante 20 segundos. (121)

¿Lavaste esa manzana?

¿Y la banana?

Bueno, como se pela…

Sí, pero antes de tirar la cáscara, la tocás.

Conversaciones nuevas que nos colman

los días y los sueños. (81)

En estas líneas la voz poética cuestiona la necesidad de conversar, de hacer uso pleno del lenguaje oral que va acompañado de gestos, de inflexiones, de vibraciones, de proximidad. Las restricciones a las que nos ha obligado la pandemia, limitan la dimensión del diálogo, transforman los canales de comunicación fomentando la mediación desde la pantalla y el uso de dispositivos electrónicos que modifican las posibilidades de la voz, que sin dejar de ser viva, deja de pasar en un mismo espacio presencial, o bien, se ve limitada por el uso de las mascarillas. Nuevas dimensiones del encuentro vivo que modifican prácticas tan arraigadas como el saludo, el abrazo y el gesto. La amenaza constante del virus modifica nuestras “conversaciones cara a cara” y nuestros comportamientos sociales y personales.

La capacidad visionaria de la autora, su llamado a la acción y a tomar conciencia de nuestras corporalidades

Otra de las aristas sobre la que nos interesa convocar a la reflexión y a la acción, para ser consecuentes con Randall, es considerar estos poemas como el resultado de un trabajo estético con un alto valor ético. Sostenemos lo anterior bajo la premisa planteada por Bajtín acerca del vínculo entre la responsabilidad y el sentido ético del lenguaje, tal como lo expone Tatiana Bubnova:

A diferencia de otros teóricos, Bajtín . . . vincula toda comunicación a la idea del acto ético y la responsabilidad. De ahí, la literatura resulta un acto responsable que tiene cualidad sonora. La voz tiene connotaciones personalistas y responsables. . . En el centro de su concepción del mundo se encuentra el hombre en permanente interacción con sus semejantes mediante el lenguaje entendido como acto ético, como acción, como comunicación dinámica, como energeia. (97-100)

Asimismo, consideramos los poemas de Randall como una síntesis de experiencias vitales que enlazan la presencia y la ausencia, el dolor y la esperanza, la proximidad y la distancia, lo que sucede dentro de nuestro espacio vital y lo que sucede en ese afuera6 al que tememos salir. Las experiencias de vida son múltiples, tanto las que vienen de quien crea los poemas, como las que emergen del encuentro activo con las y los lectores, con sus propias y diversas biografías, con sus pérdidas, con sus miedos y con sus esperanzas, así como con nuestras corporalidades. La experiencia lectora en estos poemas se convierte activamente en experiencias de vida.

Reconocemos en Margaret Randall la capacidad visionaria que tuvo para, en poco tiempo, percibir la dimensión de la amenaza. En marzo de 2020 cuando comenzó a escribir sus poemas, la información sobre la pandemia era mayormente confusa para gran parte de la población; pero no para Randall, quien en este libro bilingüe deja constancia de la extraordinaria sensibilidad que le permitió cobrar pronta conciencia de la magnitud del problema, cuando en ese entonces apenas cumplía tres meses de haberse iniciado en un país distante al suyo. Extraordinario fue también el breve lapso de creación de la obra -entre marzo y mayo de 2020-: los poemas, recordemos, “brotaron como un torrente” (Randall 31). No basta con reconocer la fuerza del fluir creativo que habitó a la escritora, sino que, al mismo tiempo, advertimos su capacidad para ver en el horizonte presente y en el panorama futuro la dimensión de la pandemia, desde una perspectiva siempre crítica, humanista, planetaria y activa.

En aquellos meses, muchos de nosotros experimentábamos una suerte de incredulidad, las noticias fluían alarmantes desde una lejana población de China a finales de 2019 y costaba trabajo dimensionar los alcances que pudiera llegar a tener dicha enfermedad contagiosa sobre la humanidad. En medio de una vorágine de noticias de todo tipo crecía la incertidumbre: a quién creer, cuáles eran las fuentes, a qué intereses respondía el fenómeno, era algo natural o se trataba de una enfermedad salida de algún laboratorio… Eran algunas de las preguntas que flotaban en la atmósfera. Randall recoge, con sentido ético y crítico, las incertidumbres de esos primeros meses:

Queridos: resisten refugiándose

en mentiras piadosas,

teorías conspirativas,

un Dios furibundo, el fin de los tiempos

o el borrado de la memoria,

cuando ahora lo que necesitamos

es ciencia y arte

que nos lleven por una costa más sana. (109)

A la vez, si las noticias eran ciertas, se esperaba, previsiblemente, que el número de contagios se incrementaría en todo el planeta, puesto que vivimos una era en que los viajes por aire, tierra y agua conectan diariamente a todos los continentes, a cientos de ciudades y a miles de viajeros. Podíamos pensar en ese paciente cero en Wuhan a finales de diciembre de 2019 y las posibles rutas de contacto con otras personas, quienes a su vez se convertirían en nuevos vehículos de contagio, para así vislumbrar que el mapa de rutas y personas transmisoras de la enfermedad se activaría de una manera vertiginosa. Hoy sabemos que la incredulidad de ciudadanos y mandatarios ha jugado un papel importante en todo esto. Los intereses comerciales, económicos, políticos y sociales creados operaron como una barrera enceguecedora en muchos casos. Fueron necesarias las voces de la Organización Mundial de la Salud y de las Naciones Unidas para despertar de su letargo a los insensibles, renuentes, incrédulos y testarudos. Esta realidad está presente en el poema “No sabemos”:

Algunos predicen el fin de los tiempos,

las profecías apocalípticas anuncian

un destino que nos merecemos

porque pecamos

a los ojos de algún Dios vengador,

porque somos ‘raros’ o librepensadores o

simplemente porque creemos en la ciencia. (37)

En las páginas iniciales de su libro, Margaret Randall se refiere a esa colectividad que Leonor Arfuch denomina “subjetividades en duelo” (Subjetividad, memoria y narrativas 233): “Estos poemas no son para los muertos, sino para los que esta vez sobrevivieron. Porque los muertos ya vivieron sus vidas, mientras que los sobrevivientes tendrán que vivir con sus pérdidas” (13).

Lucidez y capacidad visionaria son dos características de este conjunto de poemas. Claridad de mira y amplitud del horizonte físico, geográfico, planetario, ético y temporal. Los seres vivos en el epicentro de la reflexión. Cada palabra escrita por Margaret Randall nace desde una profunda conciencia humanista: intentar salvar al otro, por imposible que parezca, hasta donde la energía vital y la inteligencia nos alcancen. En este sentido, los poemas son una invitación a la acción comprometida de cada uno de nosotros: lectoras y lectores sobrevivientes.

En el prólogo la poeta ensaya estas palabras que muestran su alcance de visión:

Para comienzos de abril se presumía que los muertos eran más de 100 000 en todo el mundo, sin embargo, sabíamos que este número representaba una fracción de los que sucumbían al virus; sin una cantidad suficiente de test ni tiempo para evaluar cada una de las víctimas, era imposible saber. Para cuando se lean estas líneas, los números habrán aumentado muchas veces más. (27)

En septiembre de 2021, la cifra de muertes a nivel mundial había aumentado 46 veces respecto a los datos de abril de 2020, superando ya los 4.6 millones. Para entonces, la epidemia persistía con distintas variantes del virus alrededor del mundo, alcanzando un número total de contagios cercano a los 228 millones.7

Los meses pasaron y para el 10 de marzo de 2023, el total de casos de contagio reportados a nivel mundial, de acuerdo con el Coronavirus Resource Center, es mayor a 676 millones, con más de 6 millones de personas fallecidas y una suma de dosis de vacunas administradas superior a las 13 mil millones.8 Para el 7 de abril de 2023, fecha en que estamos realizando las últimas correcciones a este escrito, en el sitio Worldmeters.info se aportan los siguientes datos: 684,651,143 casos de contagio y 6,836,552 muertes. Sabemos que estas cifras son inferiores a la realidad, pues se trata de los casos reportados. Sin embargo, es claro que el número de fallecimientos ha sido en proporción mucho menor en el último año, a pesar de que las medidas de distanciamiento social han sido retiradas en la mayoría de los países. En términos generales es razonable afirmar que el desarrollo y aplicación de vacunas ha tenido un efecto favorable, pues ha disminuido el índice de fallecidos con relación al número de personas contagiadas.

Ante este panorama, justo es reconocer la visión extraordinaria de Margaret Randall, algo que no se puede decir, lamentablemente, de algunos políticos y líderes mundiales, como lo deja claro la voz poética en el siguiente fragmento que alude a Donald Trump:

A pesar de nuestro presidente de los EE.UU.,

torpe y gritón, que insiste en llamarlo ‘el virus chino’

sin importar que esas palabras se traduzcan en

peligro y miedo para los estadounidenses

de origen asiático a lo largo y a lo ancho del país. (49)

Nos dice la voz poética que nuestra respuesta decidida tiene que ser mayor, que “esta plaga atraviesa cada línea racial”, que ataca a toda la población, que “no sabe de fronteras”, que nos pone en peligro a todos y, por ello:

Nuestra resolución tiene que ser más fuerte

más aguda, más inteligente y tener memoria

de las pandemias pasadas. Nuestros actos

tienen que reflejar la sabiduría de este siglo

en el que vivimos y morimos. (51)

Advierte también que no se trata de quedarse atrapados en las estadísticas, pues las cifras pueden ser útiles, pero no son suficientes:

. . . Las estadísticas siempre fueron

sospechosas, viniendo como

vienen de mentes que

procuran consolar

o alarmar.

Demasiadas veces se pierde el contexto,

ese terreno en el que

debemos considerar

tiempo, espacio e imaginación

o nuestra propia respuesta colectiva

en esta carrera por entender

qué deberíamos pensar

y cómo tendríamos que actuar

antes de que las líneas se transformen

en una red que nos capture en su trama. (55-57)

La visión lúcida de poeta en Margaret Randall no se queda en propuesta de palabras compartidas, sino que invita siempre a actuar en consecuencia. Antes de que la red mundial nos engulla y nos transforme en meros logaritmos, vale la pena intentar salvar vidas, tantas como se pueda. Ello constituye un exhorto directo a la acción. Cada uno de nosotros, desde nuestro muy acotado y distanciado territorio vital, algo podemos hacer, salvar, al menos, una estrella de mar.

No sabemos cómo va a ser en unos años esa nueva normalidad, sugiere Randall, no sabemos si los besos y los abrazos serán cosas del pasado, pero es claro que esta lucha implica comprometidamente nuestras corporalidades:

El ayer parece distinto

ahora, que el hoy

tiene las manos

apretándonos la garganta.

El mañana se disuelve

en una bruma

de ‘qué pasa si’. Y su imagen

nos late en las venas.

El hoy se vislumbra más largo que la vida

o la muerte, con su coro

de instrucciones de limpieza

comiéndote el tiempo.

Apresá un minuto o dos

para mirar a los ojos

a los que querés y

decirles que . (117)

Estas cuatro estrofas a las que tituló “Apresar un minuto o dos” tienen esta sensación de urgencia ante una cuestión de vida o muerte. La poeta sacude las conciencias adormiladas de las y los lectores, invita a la acción, invita a decir sí a la vida, sí al momento presente, sí a la resistencia. Finalmente es la voz poética de una activista, de una guerrera que ha enfrentado estados persecutores durante años y ha logrado salir airosa con la dignidad en alto. En el poema “Acuérdense de sus ojos” la voz poética cuestiona:

¿Nos volveremos a dar la mano? Quizás no.

Donde la gente se toca la nariz o la frente

a modo de saludo tendrán que surgir

alternativas para prevenir el contagio . . .

Los abrazos van a ser inadmisibles, y

el abrazo prolongado que una vez sirvió para

sondear la profundidad de un sentimiento va a gritar

PELIGRO en letras que se encienden y se apagan

Las costumbres sociales tienden a cambiar

a medida que cada generación se vuelve

más flexible que la anterior.

Estos hábitos evolucionan en sentido contrario

Pero no hay que permitir que el contacto virtual

reemplace toda interacción humana. Acuérdense

de sus ojos, que pueden buscar otros ojos

y encontrarlos. (153)

A pesar del peligro, la poeta y activista nos convoca a impedir “que el contacto virtual reemplace toda interacción humana”, nos invita a buscar, a inventar otras formas de seguir estando presentes, a “buscar otros ojos y encontrarlos”.

No podemos renunciar al sustento de vida que son los cuerpos y a su compleja relación con otras dimensiones del ser: biológicas, emocionales, mentales, espirituales o estéticas. En el ámbito de los estudios culturales el cuerpo es:

el resultado de historias específicas y de tecnologías políticas que constantemente problematizan su estatuto y su lugar en el mundo social, en el orden cultural y en el dominio de lo natural. Los estudios culturales trabajan, en este sentido, la inscripción del cuerpo en la historia, según la cual, dominios extremadamente diversos como la sexualidad, la alimentación, la belleza, la percepción, la performatividad social y los hábitos individuales, las razas y las políticas reproductivas, etc., son leídos como series históricas y en relación con dispositivos de poder, con saberes y con modos de la experiencia subjetiva que operan como líneas de transformación y de rearticulación de sentidos y conductas . . . el cuerpo se convierte en un material que exhibe los dispositivos políticos y las series históricas que lo producen y lo transforman. (Giorgi 67-68)

Al respecto, desde el campo de las artes escénicas encontramos otra definición sobre el cuerpo y la corporalidad que también arroja luz en este momento de pandemia:

Entendemos la corporalidad como un conjunto de prácticas, imaginarios, representaciones y ejercicios de poder que involucran al cuerpo en su dimensiones físico-biológicas, psíquica, emocional y socio-cultural entre otras [se considera al cuerpo como] un constructo histórico, cultural e ideológico . . . un fenómeno mediado por formas culturalmente determinadas de imaginar, percibir y valorarlo. (Fediuk y Prieto 9-10)

Ambas definiciones nos permiten vislumbrar la profundidad de la actual pandemia y algunas de sus posibles repercusiones. ¿Cambiará la noción histórica de cuerpo y las prácticas corporales (culturales, sociales, políticas) en función de la nueva normalidad? ¿Acaso no tenemos en muchos sentidos y diversos momentos la extraña sensación de estar bajo un sospechoso ataque mundial que puede afectar nuestra constitución biológica? ¿Acaso las posibles soluciones en que se han constituido las apresuradas vacunas no son otra forma de ejercer este poder científico-biológico sobre nuestro más íntimo territorio? Las dimensiones físicas, biológicas, emocionales, psíquicas y socioculturales están trastocadas en esta pesadilla de fábula que es la pandemia.

Si el cuerpo es “el espacio en donde se inscribe la identidad del sujeto [y] donde se asientan las marcas discursivas que diferencian a los individuos [y si] en cada formación socioeconómica concreta la forma como se conceptúa el cuerpo mediante definiciones discursivas adquiere rasgos específicos” (Ramos 67), ¿qué rasgos específicos está otorgando la pandemia a nuestras corporalidades? ¿Qué nuevas definiciones están surgiendo? En esta situación de salud nuestras corporalidades están sometidas al “aislamiento discorde”, a las confrontaciones discursivas en torno a los orígenes del virus9 y a las características que debe tener la nueva normalidad impuesta. En ese contexto han ido apareciendo nuevas maneras de nombrar al cuerpo y a las prácticas corporales: el cuerpo vulnerable (“me pongo la máscara de tela, no conseguí la N95, que me dijeron que de veras protege la boca y la nariz de la niebla peligrosa”), el cuerpo lastimado (“el desinfectante a la entrada del supermercado nos dejó las manos en carne viva”), el cuerpo enfermo (“estos guantes de látex me irritan las manos y hacen transpirar, me salió un salpullido que se agrava”), el cuerpo confinado (“ahora que las opciones para comer afuera se reducen a ir a buscar el pedido a la vereda”) tal como lo sugiere el poema “Mejor que nada”:

Me pongo la máscara de tela, no conseguí

la N95, que me dijeron que

de veras protege la boca y la nariz de

la niebla peligrosa, la de tela

es mejor que nada

en estos tiempos de hacer ‘como si’.

El desinfectante a la entrada del

supermercado nos dejó las manos en

carne viva. Deben haber hecho la

mezcla con demasiado alcohol,

con tantos ingredientes

en falta por estos días.

Estos guantes de látex me irritan las

manos y hacen transpirar,

me salió un salpullido

que se agrava

aunque trate de aliviarlo

con una loción estéril.

La solución con la que pusiste en remojo

las frutas y las verduras

le dejó un gusto amargo a esta manzana

por más que la hayas pelado antes de

cortarla y acomodar las rodajas

en el plato con tanta delicadeza.

La presentación es importante ahora

que las opciones para comer afuera

se reducen a ir a buscar el pedido

a la vereda.

Y, eso sí, vital saber que

está limpio lo que se come . . . (83-85)

¿Esa nueva normalidad de la que tanto se habla incluirá nuevos aprendizajes que estén a la altura de las circunstancias? ¿Podremos aspirar a vivir mejores prácticas sociales, más solidarias y compartidas? Escuchemos las interrogantes que nos hace la voz poética en el poema “Algunas preguntas en tiempos de crisis”:

¿El mundo estará más limpio cuando este virus

se haya ido de una vez

adonde van todas las infecciones a rendirse y morir?

Tanto frotar toallitas con alcohol,

tanto lavado de manos.

¿Vamos a ver más o mejor cuando nos

saquemos los barbijos

y podamos mirarnos los unos a los otros

como la mujer del burka,

diestra en el lenguaje de la mirada?

¿Como los delfines y los cisnes que vuelven a casa

a los canales de Venecia, le vamos a dar la bienvenida

a un retorno de lo salvaje

a todos esos lugares que antes congestionamos

con nuestra invasión de su espacio?

¿Habremos aprendido que esa bondad

tiene que reemplazar a la codicia y

que de nosotros depende

sembrar justicia en esos jardines silvestres

invadidos por la maleza del odio?

¿Qué habrá cambiado? ¿Qué seguirá

igual?

¿Los que sobrevivan,

se acordarán o se habrán olvidado, seguirán adelante

o refugiándose en un lugar en ruinas? (155-157)

Las posibles respuestas que brindemos como humanidad involucran diversas dimensiones de la corporalidad “físico-biológica, psíquica, emocional y social” (Fediuk y Prieto 9) mediadas por prácticas culturales y atravesadas por relaciones de poder.

El abrazo, el beso, estrechar o chocar las manos son variantes que hemos experimentado en las formas presenciales del saludo que involucran lo afectivo y lo social. El aislamiento y la distancia social han afectado durante dos años de distintas maneras la constitución psíquica de diversas generaciones de jóvenes, de adultos, de recién nacidos y de abuelos. Quizás una de las circunstancias más visibles del manejo de las relaciones de poder se ha dado con la imposición en la administración de vacunas, situación que en muchos países se hizo obligatoria provocando en distintas comunidades airadas protestas. El suministro de miles de millones de dosis a nivel global tiene implicaciones físico-biológicas cuyos alcances aún desconocemos. Con la pandemia el mundo ha cambiado, el nuevo orden implica nuevas prácticas culturales y simbólicas. La mirada poética de Randall reconoce en el presente una oportunidad para desprendernos de la arrogancia y favorecer un encuentro resignificado con el otro.

Comentarios finales

La vida cotidiana de la humanidad, esa que “transcurre de forma paralela a los acontecimientos irrepetibles, de carácter público [y] de trascendencia general” (Gonzalbo 11), ha sido alterada de manera rotunda desde hace tres años. Nuestra noción de presente se ha visto mediada por la comunicación satelital, existimos y nos reunimos a través de ventanas virtuales, somos voz y rostros reunidos en un supuesto presente digital que acontece en el ciberespacio: somos como peces o animales marinos arrojados fuera de nuestro hábitat natural. Tras varios meses de vivir en esa situación de contingencia mundial de salud, algunos daños colaterales se hicieron evidentes. Margaret Randall los vislumbró desde sus inicios.

Hoy (27 de abril de 2023) reconocemos que junto con la pandemia ha surgido una crisis mundial de información a la que algunos estudiosos han identificado como Infodemia.10 La velocidad y facilidad con que se pueden compartir datos, cifras, versiones, imágenes, tiene una doble valencia: lejos de informar han servido para desinformar. Mandatarios, políticos, comunicadores, empresarios, industrias y otras fuerzas usan estas poderosas plataformas de comunicación satelital para sembrar incertidumbre. Las y los sobrevivientes de esta pandemia hemos tenido que aprender a vivir sin certezas y rodeados de un cúmulo de discursos que luchan, como plantea Iris M. Zavala, por el sentido.11 Se nos recomienda revisar las fuentes, verificar los datos, atender a publicaciones con prestigio científico, nada de ello ha bastado, pues la vorágine de información que circula por las redes desborda por mucho nuestras posibilidades cotidianas de estudiar y comparar la calidad de las fuentes, los posibles sesgos ideológicos y las razones o motivos ocultos que circulan por las complejas arterias de la Red. Ante esta vorágine Randall invita a ser críticos y atender el llamado de la memoria como fuente de sabiduría y como posibilidad para ampliar nuestra conciencia. Ella que nació en Nueva York el 6 de diciembre de 1936 y que escribe estos poemas con sus 83 años vividos, advierte que:

La memoria deambula por la tierra en esta era

de pandemia y de miedo. Susurra historias de pasadas plagas,

nos hace acordar de holocaustos

y genocidios,

nos dice que esto también pasará (45)

Estos poemas nacidos en la pandemia invitan a múltiples reflexiones: mirar al pasado, saber que las pandemias han existido en la historia de la humanidad, aprender de los otros, de las generaciones pasadas, ampliar miras en medio del temor y del riesgo, no olvidar que, como en anteriores ocasiones, la humanidad ha sobrevivido a otras amenazas12 y reconocer, al mismo tiempo, que cada momento es singular, que cada pandemia pone en juego distintos factores y causa diversos daños.

Margaret Randall es una poeta y una activista que vivió solidaria algunas de nuestras realidades y movimientos sociales latinoamericanos. Randall no deja de recoger y salvar estrellas de mar en cualquier rincón del mundo donde le ha tocado ejercer el oficio de escribir. Su fábula poética de 2020 enseña que cada ser, cada presencia, cada cuerpo vivo importa. Porque más allá de las incertidumbres padecidas durante estos años de pandemia, nos toca vivir un presente de acción y de reflexión constantes. Estamos ante una nueva oportunidad para asumir nuestro compromiso ético con los otros y por la vida. A los sobrevivientes nos toca ensayar otras prácticas culturales, tomar conciencia de nuestras corporalidades, revalorar el pasado, aprender a vivir en espiral, honrar a los caídos, escuchar a los viejos sabios y encontrar en comunidad nuevas armonías.

Los poemas de la pandemia son un llamado a la humanidad para recuperar la memoria, la lucidez y la amplitud de miras, de gestos, de lenguajes, para cuestionar nuestras prácticas culturales y relaciones de poder, son un llamado para ejercer la reflexión libre y, a la vez, comprometida con nuestro hacer. Por ello, son una invitación para actuar en consecuencia, despojarnos de la arrogancia, aprender a dejar a un lado el orgullo y el ego absurdo, para seguir el curso de la espiral y lograr habitar lugares más sabios.

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1La primera versión de este artículo se terminó de escribir en septiembre de 2021, Como parte del proceso de dictaminación realizamos una actualización de datos sobre la pandemia en marzo de 2022. En esta versión final incluimos una nueva actualización sobre el número mundial de contagios reportados y el número de fallecimientos hasta el 7 de abril de 2023.

2“No se puede ser sin el otro. De allí la necesidad de repensar la identidad como un fenómeno social, resultado de las relaciones del ser consigo mismo y con otros” (Alejos García 48).

3Un ejemplo emblemático de este nuevo lenguaje es “la amorosa del Metro”, de la que nos habla Vilma Fuentes: “Durante los últimos días pudo verse, en las estaciones del Metro parisiense, alrededor de la Ópera, situada en el Palais Garnier, y del Louvre, a una joven pegar en las paredes . . . una carta de amor. Simples hojas o cartulinas donde la chica, llamada Emily, escribió la fugaz historia de un encuentro con un desconocido a quien buscaba. Su mensaje era semejante a una de esas cartas lanzadas al mar en una botella. . . . [Hubo un] [c]ruce fugitivo de dos miradas. Emily vio sonreír los ojos del rostro cubierto por la mascarilla obligatoria en los transportes comunes. De la sensación fulgurante de encuentro siguió la del flotamiento amoroso. La chica volvió al lugar donde se cruzaron sus miradas y caminó de un lado al otro del túnel entre las caras enmascaradas. Le vino entonces la idea de pegar en los muros un mensaje dirigido al desconocido visto entre los cientos de viajeros . . . Su búsqueda enterneció a los usuarios del Metro, quienes la apodaron l’amoureuse du Metro . . . convertida de pronto en una leyenda”.

4Para Bajtín “la voz humana . . . es portadora de los sentidos de la existencia” (Bubnova 100).

5Tal como lo expone Ignacio Ramonet en el apartado: “Sacrificando a los abuelos”, de su artículo “La pandemia y el sistema-mundo”: “En la vida cotidiana, la suspición [sic] y la desconfianza han crecido. Muchos extranjeros o forasteros, o simplemente ancianos enfermos . . . sospechosos de introducir el virus, han sido discriminados, perseguidos, apedreados . . . expulsados… Es cierto que las personas mayores constituyen el grupo con mayor índice de mortalidad . . . Ignoramos por qué. Algunos fanáticos ultraliberales no han tardado en reclamar sin tapujos la eliminación maltusiana de los más débiles. Un vice-gobernador, en Estados Unidos, declaró: ‘Los abuelos deberían sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía . . .’ Amenazas . . . absurdas porque, como explica una enfermera: ‘La covid-19 es mortal. Y puedo decir que no distingue límite de edad. Ni color. Ni talla. Ni origen. Ni clase social. Ni nada. Atacará a cualquiera’”.

6“El nivel más elemental sería el de la casa-habitación, no importa que se trate de una mansión, una tienda de campaña o un vagón de ferrocarril. Nuestra casa es ‘nuestro rincón en el mundo’, como decía Gastón Bachelard, nuestro territorio más íntimo e inmediato, o también, la prolongación territorial de nuestro cuerpo. Como territorio inmediato y a priori del hombre, la casa desempeña una función indispensable de mediación entre el ‘yo’ y el mundo exterior, entre nuestra interioridad y la exterioridad, entre ‘adentro’ y ‘afuera’” (Giménez 432-433).

7De acuerdo con la actualización semanal de la epidemia publicada en el portal de la Organización Mundial de la Salud, para el 27 de septiembre de 2020 el número de personas contagiadas era de 32.7 millones, con un total de 991,000 personas fallecidas. Por lo tanto, como podemos notar, el incremento en un año de pandemia es enorme, ya que para el 21 de septiembre de 2021 la cifra asciende a 4, 682,000 muertes y 228 millones de contagios. Al respecto, puede consultarse el “Weekly epidemiological update On covid-19 - 21 September 2021” de la OMS. Han transcurrido los meses mientras este texto sigue el proceso de publicación. Al 15 de marzo de 2022 el número mundial de contagios reportados rebasa los 455 millones y el número de fallecimientos supera los 6 millones, un incremento enorme en seis meses, de acuerdo con el mismo sitio de la OMS. En el sitio Worldmeters.info las cifras para el 22 de marzo de 2022 indicaban 472,655,045 contagios y 6,105,630 fallecimientos.

8La Johns Hopkins University suspendió la recolección de estadísticas generadas a través de su Coronavirus Resource Center el 10 de marzo de 2023. Es una fecha que representa un corte significativo en los datos históricos sobre la pandemia y que coincide con el momento en que el proceso de edición y corrección del presente texto llega a su fase final. El aviso de suspensión puede consultarse en el siguiente enlace: https://coronavirus.jhu.edu/map.html.

9Al respecto puede consultarse “Los oscuros orígenes del virus” de Silvia Ribeiro, en La jornada.

10“Desde hace varios años, con el auge de las redes sociales y la consiguiente ‘democratización’ de la información, un nuevo fenómeno social ha ido ganando cada vez más terreno en el mundo: la infodemia. Formado a partir de los términos ‘información’ y ‘pandemia’, el neologismo ‘infodemia’ da nombre al exceso de información (unas veces veraz, otras falsa) sobre un tema cualquiera . . . durante la pandemia de la Covid-19, la infodemia de noticias falsas (fake news) sobre el virus SARS-CoV-2 y sus consecuencias se ha disparado a tal grado que, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, representa un peligro real para la salud de una gran cantidad de personas, ya que siembra la confusión y la desinformación entre ellas” (Gutiérrez).

11La cultura es un “campo de lucha por el sentido, un campo de batalla atravesado por relaciones de fuerza ideológicas que juegan por totalizar las hegemonías de sus representaciones del mundo” (Zavala).

12Releer hoy El teatro y su doble de Antonin Artaud, inquietante ensayo publicado en 1938 y traducido al castellano en 1978 resulta revelador. El autor dedica el primero de los apartados al teatro y la peste, trae a la memoria de manera puntual otras pandemias que azotaron a la humanidad, confronta y propone similitudes: “El teatro esencial se asemeja a la peste, no porque sea también contagioso sino porque, como ella, es la revelación, la manifestación, la exteriorización de un fondo de crueldad latente, y por él se localizan en un individuo o en un pueblo todas las posibilidades perversas del espíritu. . . . Hay en él, como en la peste, una especie de sol extraño, una luz de intensidad anormal, donde parece que lo difícil, y aun lo imposible, se transforman de pronto en nuestro elemento normal” (Artaud 34).

Recibido: 22 de Marzo de 2022; Aprobado: 10 de Abril de 2023

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