Escribir y describir
Las formas de representar las ciudades americanas son una combinación de estrategias de escritura que articulan diversos géneros discursivos, que van desde las bitácoras de viaje o expedición, hasta los planos y mapas. La historia de estas representaciones en América Latina se escribe junto con el proceso de expansión territorial transatlántica. En el contexto colonial, la fundación de ciudades siguió el modelo cuadrangular con una plaza central en torno a la cual se articulaban los barrios y caminos; no obstante, algunas ciudades no tuvieron esa disposición debido a las condiciones geográficas que desafiaron los modelos europeos y las utopías de ciudad. El crecimiento urbano irregular en el siglo XX ha vuelto a algunas ciudades latinoamericanas imposibles de describir. Para identificar las fórmulas discursivas y los tipos textuales para la descripción de las ciudades de América Latina se requiere recuperar los relatos de viajeros y conquistadores que realizaron los primeros registros del territorio. En los siglos XVI y XVII predominan los relatos vinculados a las hazañas de conquista y evangelización, destacando las cartas de relación y la crónica. Las cartas de relación, de Hernán Cortés, y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, junto con la Sumaria relación, de Pedro de Sarmiento, sobre las expediciones en el estrecho de Magallanes, y la Crónica de Perú, escrita por Pedro Cieza de León, construyeron la visión de la historia de las Indias Occidentales que se considera fundacional, no obstante la publicación en Madrid de la Historia natural y general de las Indias, de Gonzalo Fernández de Oviedo en 1546.
La arquitectura criolla de una ciudad palimpsesto se superpone sobre la ciudad indígena que renace como fénix en los versos de Bernardo de Balbuena (Rodilla León, 2014, p. 59). En la fórmula de diálogo renacentista, Francisco Cervantes de Salazar describe los edificios y el paisaje de una ciudad en la obra México 1554, que en la perspectiva de un paseo a caballo brinda detallado testimonio de la conformación de la Ciudad de los Palacios, mientras que su Crónica de la Nueva España, de 1575, permanece manuscrita e inédita. Una singular interpretación de las ciudades y villas peruanas se encuentra en la Nueva crónica y buen gobierno de las Indias, escrita por Felipe Guamán Poma de Ayala en 1613, que fusiona compendios geográficos, cosmografías, ilustraciones y mapas en una cosmovisión andina y mundo al revés del europeo (Kagan, 2003, p. 393).
La tradición europea de corografías y retratos de ciudad se conjuntó con las representaciones cartográficas y siguió el modelo de la iconografía urbana de Civitas Orbes Terrarum, de Braun y Hogenberg (1572), y la Cosmographia, de Münster, publicada en 1544; obras dedicadas a la imagen y descripción de las ciudades. Las imágenes canónicas de la ciudad como un espacio compuesto (Cámara Muñoz y Gómez López, 2011, p. 51) con rasgos distintivos, tales como murallas, torres, cúpulas y edificios derivaron en un concepto de ciudad que en el Diccionario de la Lengua Española viene asociado a las etimologías latinas URBS y senatus con relación a población, arquitectura y gobierno (Diccionario de Autoridades, 1726-1739), que para el caso de las colonias españolas implicaba la relación rey, población y territorio. En las Ordenanzas de Felipe II se establecen las normas para la fundación de ciudades en América, su trazado y funciones siguiendo el modelo cuadricular o reticular. Las relaciones geográficas tenían una función táctica de rendir informes de las Indias españolas sobre el territorio y sus habitantes, en una forma de censo (Trabulse, 1994, p. 65) para la organización administrativa de los reinos y provincias.
Como espacio delimitado y edificado en un territorio con población, Michel Foucault define la ciudad como un espacio de control (2018, p. 18) donde hay un orden administrativo y jurídico en torno a una actividad económica, ya sea agrícola, pecuaria o minera, como fue el caso de los virreinatos de México y Perú, donde alrededor de las minas se articulan una red de haciendas y caminos. Los pueblos de indios se organizaban alrededor de las haciendas de beneficio, templos y órdenes religiosas (Miño Grijalva, 2001, p. 80). Las ciudades coloniales mineras siguieron la disposición de las grutas argentíferas en contraposición a los modelos cuadriculares y radiales, intentando establecer ejes y plazas en torno a los cuales se ordenaban los barrios y templos. Las primeras imágenes de la ciudad americana, en las vistas de México, Cuzco y Potosí (Kagan, 1998), muestran la cuadrícula como símbolo de ordenamiento que establece un centro geográfico.
Durante el siglo XVIII, en el marco de las Reformas borbónicas, habrá un re- ordenamiento administrativo en cuarteles de los espacios urbanos, que se verá reflejado en la cartografía y que dará surgimiento a otra tradición de escritura de la ciudad denominada “descripción”. Esta nueva práctica combina la geografía, economía, historia y genealogía en relatos de las ciudades de la Nueva España, Nueva Vizcaya y Nueva Granada. Destacan las descripciones de las ciudades Puebla de los Ángeles, de Miguel de Alcalá y Mendiola en 1717; la muy noble y leal ciudad de Zacatecas, descrita por José de Rivera Bernárdez en 1732 (2018); Santa Fé de Bogotá, en 1789 por Francisco Silvestre; y la monumental obra de Antonio Villaseñor y Sánchez titulada Theatro Americano, de 1746, que es la descripción de todas las provincias de Nueva España, incluyendo Nuevo México, California y Texas, “el más amplio catálogo de coordenadas geográficas de muchos puntos del virreinato” (Rubial, 2014, p. 348). Estas obras vienen en su mayoría acompañadas de mapas que son el referente de la tradición cartográfica de las regiones representadas.
En el siglo de las independencias americanas, el XIX, el discurso sobre las ciudades cambiará hacia un enfoque nacionalista y costumbrista, por un lado, y hacia el discurso científico, por otro, cuando se suman nuevas herramientas de estudio de la geografía y la topografía y la historia natural. La cartografía positivista, unida a la crónica de un territorio, se enfrenta a la redefinición constante, debido a los diversos movimientos de intervención extranjera y/o cesión del territorio por vía legal. La tarea de la descripción de la naturaleza y las regiones americanas continúa realizándose desde los paradigmas de los jesuitas como es el caso de los viajeros, naturalistas y geógrafos como Alexander von Humbolt y de los arqueólogos y antropólogos ingleses en América, que usaron los trabajos de los cartógrafos novohispanos como José Antonio de Alzate, quien elaboró el Nuevo mapa geográfico de América Septeptrional publicado por la Academia de Ciencias de París en 1767. Los mapas de las ciudades americanas tienen además de un valor científico, un contenido simbólico, como en aquel mapa de la Ciudad de México con forma de guerrero águila donde se representa la ciudad posrevolucionaria y la “presencia prehispánica, colonial y con- temporánea” (Quiroz, 2006, p. 15). Narración y descripción, historia e imaginario se complementan en los discursos de la gran ciudad.
La historiografía de las ciudades americanas se vincula a la tradición de laudatio urbis, y tipos textuales dialógicos y epistolares, a las relaciones de viajeros y los teatros geográficos, hasta consolidarse como las corografías y descripciones en el siglo XVIII. El componente retórico de las descripciones cambió su función ideológica a discursos libertarios en el siglo XIX y a discursos revolucionarios en el siglo XX, el énfasis en la reinvención de la ciudad como espacio americano se encontrará en formatos científicos y ensayísticos. Por otra parte, la historia de las ciudades americanas en el siglo XX se escribe desde las redes ferroviarias y los procesos de modernización que cambiaron el uso del suelo y el orden mercantil. El éxodo del campo a los centros urbanos ocasionó una explosión demográfica y un crecimiento azaroso de los espacios urbanos que se articulaban desde los centros históricos generando cinturones de miseria en la periferia. Los antiguos barrios, caminos y calles, los techos de las casas y los templos antes visibles, quedaron ocultos transformando la imagen de la ciudad en skylines donde sobresalen solo grandes edificios.
En La ciudad a lo lejos Jean Luc-Nancy explica cómo cambia el concepto de la ciudad en una fenomenología foronómica y cronofotográfica (2017, p. 47) donde las identidades vinculadas los espacios y sus signos distintivos son la esencia de ciudades como Los Ángeles y la Ciudad de México que se multiplican en continuo movimiento:
La ciudad ya no se vislumbra a lo lejos como el recorte de sus techos, campanarios, cúpulas y torres, ni como el plano caballero de esas casas, palacios, almacenes, cobertizos, paseos y parques. Ni de lejos ni de cerca parece ya ciudad (Luc-Nancy, 2017, p. 13).
Cuando la civitas inconmensurable establece nuevas jerarquías de los espacios físicos y jurídicos, da lugar a metrópolis y megalópolis donde las identidades buscan territorializarse en el conglomerado social (Heffes, 2008: 14) de una geografía hipersemiotizada. El reto descriptivo de las ciudades latinoamericanas que ya no pueden ser abarcables con la mirada requiere de metodologías de estudio en varios niveles, incluyendo las ciudades subterráneas, las fronteras invisibles y los espacios de sociabilidad.
Perspectivas latinoamericanas
Los imperios azteca e inca fueron los referentes de la historiografía sobre las Indias Occidentales como aparecen descritas en Historia natural y moral de las Indias por José de Acosta en 1590. En cuanto a tradiciones de escritura, los virreinatos novohispano y peruano produjeron una gran cantidad de textos por contar con la presencia de una élite letrada e imprentas que difundieron las ideas, dando paso a las publicaciones periódicas y científicas del continente americano. Las gacetas literarias y científicas publicadas en México por Castorena Ursúa y Goyeneche, Alzate y Bartolache, junto con la Bibliotheca Mexicana de Eguiara y Eguren, continuada por Beristaín y Sosa, y la gaceta Mercurio peruano con noticias de Lima, Quito, Santa Fé y La Habana, demuestran la importancia de la escritura durante el siglo XVIII. La conformación de la identidad criolla de un orbe indiano que recuperó la historia de los imperios prehispánicos se vuelve central en la conformación del proyecto independentista que permitió la transición de la monarquía a la república y las instituciones liberales (Brading, 2015, p. 715) en América Latina.
El término indiano fue prototipo de la emergencia de la movilidad global de la península al continente y en las dos direcciones. De acuerdo con Pratt, la “conciencia planetaria” es resultado de la experiencia de los viajeros y la mirada científica (2010, p. 44) que clasificó y ordenó el Nuevo Mundo y sus habitantes, cambiando el relato de la bitácora al tratado científico. En la experiencia de los ibéricos, esta conciencia planetaria se sostiene en las dos ciudades más grandes en el proceso de mundialización del siglo XVI: México-Tenochtitlan y Pekín consideradas piedra angular del modelo de civilización (Gruzinski, 2018, p. 217). Dominación y resistencia son los polos desde los que se escribe la historia global. Del mismo modo la sed de metal que escribió la historia de América Latina, estableció las rutas comerciales y de intercambio cultural que siguen vigentes, como lo demuestran los estudios De la plata a la cocaína (Marichal et al., 2019) en torno a la historia económica de América Latina y su predominio mundial en los mercados de la plata, el cacao, la grana cochinilla, el tabaco y el café, entre otros productos y materias primas; y La plata, la espada y la piedra, publicada en 2019, que describe el paso del colonialismo a sus nuevas formas en el siglo XX:
Hasta que América Latina comprenda cómo su gente ha sido conformada, pulida y atrofiada por esas iniquidades, los pilares cruciales de la plata, la espada y la piedra seguirán escribiendo su historia (Arana, 2024, p. 432).
Por otra parte, la hermenéutica pluritópica de Mignolo (2011, p. 19) tiene como objetivo dar cuenta del diálogo entre cosmovisiones al momento de representar y definir el decolonialismo.
La ciudad conquistada que definió el orden mundial, Tenochtitlan, ha sido motivo de numerosos estudios, puesto que esta ciudad cuenta con una larga tradición de escrituras que abarcan todos los géneros literarios y donde se entremezclan historia, ciencia y política; por eso:
Si México ocupa un lugar más prominente que Perú en los capítulos que tratan de la independencia y su secuela, ello es, simplemente, porque los términos de su debate político fueron más ampliamente definidos que en ninguna otra parte (Brading, 2015, p. 16).
Como ciudad americana, la majestuosa Tenochtitlan continúa siendo el referente de proyectos ideológicos sobre el modelo de ciudad, como es el caso de La ciudad letrada de Ángel Rama, quien describe el proceso de transculturación y modernización en América Latina, como una simbolización que comienza en Tenochtitlan, donde el ideal de ciudad se proyecta como una translación de los modelos europeos que se tradujeron en ciudades barrocas escritas y ordenadas por los escribanos y la élite letrada (1998, p. 35). En la modernidad, el orden económico y social se reescribe encima de ese orden que persiste en el tiempo. Para Rama las ciudades americanas son redes simbólicas que conducen a un laberinto o palimpsesto, donde la estructura de la ciudad letrada permanece en la ciudad modernizada de grandes librerías y salas cinematográficas y en la ciudad revolucionaria de ideales socialistas y letras universitarias.
El estudio de la ciudad moderna se abarca actualmente desde la morfología urbana y en magnos proyectos estadísticos, cartográficos con apoyo de la informática para obtener información precisa organizada para abarcar no sólo temas de población y territorio, también de economía y medio ambiente, entre otros. Los sistemas nacionales están organizados en subsistemas, en el caso de las regiones de México, las bases de datos brindan información demográfica y social, económica, geográfica, de medio ambiente, ordenamiento territorial y urbano, gobierno, seguridad pública y recientemente de impartición de justicia. Por otra parte, la antropología y los estudios de las regiones mesoamericanas explican los asentamientos y procesos de urbanización, considerando distintas variables hidrográficas, topográficas y geológicas. En ese sentido, la ecología política, vista desde la ONU, busca acuerdos mundiales en materia de energía y uso de los recursos naturales para diseñar el mundo del libre mercado. Frente a las visiones racionales, hay otras posturas que buscan la sabiduría intrínseca de la naturaleza, en los denominados saberes ancestrales, considerando la agenda de Ciencia Abierta de la UNESCO.
Desde un enfoque prospectivo destacan los proyectos Visión Juárez 2040 (Organización de las Naciones Unidas-Habitat 2022), Ciudades Incluyentes (Organización de las Naciones Unidas-Habitat 2025), focalizados en la migración, la ecología, el impacto ambiental y con incidencia en varios países latinoamericanos como México (Grupo de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible, s.f.), Ecuador, Colombia (Heredia Moreno 2018) y Perú, así como los estudios del reordenamiento neocolonial y global vinculado a la era digital, como la Ciudad Copyright (2024), concepto de Conrado Romo para hablar de los procesos de gentrificación en Guadalajara, México.
Analizar la ciudad como prótesis humana permite entender lo digital no como un espacio superpuesto y ajeno a los acontecimientos y dinámicas del mundo material, sino como un sustrato más de la experiencia humana cuyos efectos y consecuencias son tan reales como los que ocurren en cualquier calle, edificio o plaza (Romo, 2024, p. 56).
Algunos estudios de morfología urbana consideran la infraestructura eléctrica y las redes de comunicación como el sistema nervioso de las ciudades de manera que la utopía se ha tornado e-topía en el modelo de ciudades inteligentes de William Mitchel (1999). Las denominadas Ciudades Creativas Digitales son una forma de materialismo cognitivo que escribe su propia agenda sin considerar la historia y las prácticas culturales de las regiones.
El concepto de paisaje cultural, desde la antroposemiótica, explica el territorio como un modelo mental que se actualiza con la historia, y la ciudad puede leerse como un texto que conserva huellas de escrituras anteriores (Cárdenas, 2016, p. 117). El estudio del paisaje de la ciudad implica la identificación de los elementos básicos que configuran el tejido urbano y los mecanismos de continuidad de esas estructuras. La definición del paisaje, vinculado a su aspecto pictórico, es recuperada por la geografía y se utiliza como sinónimo de región con límites y estructuras relacionales que permiten que pueda ser leído como texto (Ramírez Velázquez y López, 2015, p. 68). El paisaje es moldeado no sólo por la intervención del hombre en el territorio, ante todo, son las creencias y las ideologías las que moldean los paisajes culturales.
La diversidad terminológica y los géneros discursivos resultantes de los nuevos enfoques para el estudio de las ciudades americanas están diseñados en función de intereses y agendas de Estado, por lo que hay diversas técnicas de investigación que abarcan desde la fotografía, los croquis, la etnografía y la observación participante, hasta herramientas de representación de mayor escala como los mapas satelitales. Desde la perspectiva arquitectónica y urbanística lo importante es la traza urbana o retícula, sobre la cual se ubican los elementos siguientes: núcleos o plazas centrales; accesos y caminos como puertas y/o murallas, calles principales, edificios y zonas comerciales, mercados, espacios culturales y/o educativos o universidades (Glancey, 2017). Desde la perspectiva del capitalismo, se promueven estudios hidrológicos y topográficos, para identificar usos de suelo y posibilidades de desarrollo industrial. Bajo criterios geopolíticos se establecen fronteras y los límites se han vuelto difusos en el crecimiento y articulación de centros urbanos, por lo que las ciudades se han vuelto sistemas con múltiples circuitos económicos, transfronterizos (Sassen, 2019, p. 66) en una geografía mundial.
La urbanización de las ciudades latinoamericanas requiere acercamientos metodológicos para describir los grandes conjuntos habitacionales, las rutas panamericanas (Gorelik, 2022, p. 105) de una geografía cambiante resultado de la crisis de los proyectos modernizadores. El concepto de ciudades imaginarias ocupa un capítulo especial en Latinoamérica, debido a la tradición literaria que describe sus ciudades, y a los estudios de esas representaciones imaginarias. La ciudad se define por criterios económicos y por sus formas de comunicación en oposición a los espacios rurales (Heffes, 2008, p. 16). Como espacio simbólico e imaginario, Armando Silva realiza un estudio de Bogotá y São Paulo definiendo los Imaginarios urbanos (2006) desde una perspectiva filosófica con una estrategia semiótica y etnográfica para identificar los emblemas de cada ciudad y la percepción de sus habitantes. En su metodología, Silva hace la diferenciación entre lo real y la imagen mental de la ciudad como construcción social. El concepto de ciudades imaginarias tiene otras aproximaciones metodológicas si se considera a cada ciudad un proyecto estético, político y artístico, y en el discurso de América Latina puede estudiarse la organización espacial, temporal y subjetiva, las sociabilidades, así como la condición ficcional de las ciudades imaginarias (Heffes, 2008, p. 20) en contraste con la realidad de la ciudad.
Las cartografías imaginarias de la Ciudad de México en sus representaciones literarias son objeto de estudio reciente desde distintos ámbitos para los urbanistas que elaboran mapas de la ciudad a partir de obras de los siglos XIX, XX y XXI (Ceceña, 2024), entre los que destacan Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, El vampiro de la Colonia Roma, de Luis Zapata, y Nadie me verá llorar, de Cristina Rivera Garza. Las representaciones de la ciudad en la narrativa de José Revueltas son motivo de creación y estudio, como en la exposición gráfica de Coral Revueltas del año 2022, y en los estudios de historia urbana y representaciones colectivas (Quiroz, 2002, 2006). Por otra parte, la literatura en bestiarios y cuentos urbanos (Zavala, 2017), o las crónicas de ciudad (Mauleón, 2015) ocupan un espacio importante en el estudio de la capital de México. Los proyectos de cartografía literaria buscan promover el patrimonio de las ciudades, como es el caso de Ciudad Juárez (Urani et al., 2019) en la frontera norte de México. Como laboratorio de utopías, América Latina es en sí un modelo de análisis y de escritura de las ciudades y sus espacios simbólicos, donde barroco y neobarroco, modernidad y posmodernidad se debaten en morfologías incompletas y mutantes en constante movimiento; en este sentido, las ciudades de Latinoamérica son sistemas abiertos (Sennet, 2019, p. 118) y dinámicos. El pasado y presente coexisten en espacios híbridos que combinan las estructuras del antiguo orden con la lógica de la globalización, y más que cartografías, se trata de describir las metamorfosis (Santos 1995) de los espacios ideales en emplazamiento con lo real. Los géneros discursivos empleados para la descripción de las ciudades contemporáneas abarcan desde el ensayo literario o científico, la narrativa literaria, la cartografía, la teoría de redes en una trama que conjunta centros urbanos en megalópolis, creando estructuras cada vez más complejas donde varias ciudades se articulan en torno a un eje que es otra ciudad.
Las fronteras tradicionales de la geopolítica se desdibujan en una organización que obliga a repensar los límites y el concepto de ciudad. Estas epistemologías alternativas implican un concepto de ciudad distinto, donde la relación centroperiferia y los espacios de poder requieren escrituras de la ciudad complementarias a las visiones científicas. Por ello la literatura sobre las ciudades latinoamericanas es un espacio donde pueden reinventarse las utopías.










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