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Fuentes humanísticas

versión On-line ISSN 2007-5618

Fuentes humanist. vol.36 no.69 Ciudad de México jul./dic. 2024  Epub 07-Nov-2025

https://doi.org/10.24275/zcrv9328 

Mirada Crítica

Casa abierta al tiempo y a la memoria. Fuentes Humanísticas

Fernando Martínez Ramírez* 

* Universidad Autónoma Metropolitana (México). mrf@azc.uam.mx

Aniversario. 2024. Reflexiones. Historia y futuro. Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco, 29 octubre 2024,


Según Maurice Halbwachs, en los recuerdos nunca estamos solos porque los sabemos compartidos, y no por la vivencia coincidente sino porque en ellos moran formas de pensar de las cuales no somos el origen. Los recuerdos dejan un rastro y un rostro, tienen un ahí al que sólo debemos aportarle un poco de ilusión (Halbwachs, 2004, pp. 26-33). La ilusión de la trascendencia o del conocimiento. En ellos siempre hay otros como yo. Los sentimientos compartidos los consolidan y mantienen vivos, pues “no debemos olvidar que nuestros sentimientos y pensamientos más íntimos se originan en entornos y circunstancias sociales definidos. […] uno sólo recuerda a condición de situarse en el punto de vista de uno o varios grupos y volver a colocarse en una o varias corrientes de pensamiento colectivo” (Halbwachs, 2004, p. 36). La universidad, nuestro campus, las humanidades, por ejemplo. Los recuerdos descansan en un afecto compartido, en una intención común, si bien esa corriente de pensamiento social que les da vida normalmente es invisible, pasa inadvertida o preferimos ocultarla. Lo que quiero con esta charla es hacerla un poco visible…

Todo recuerdo tiene un eco gregario. Compartimos un espacio -que también es tiempo- con personas que han formado parte de nuestro horizonte vital y con quienes participamos de alguna emoción, de un impulso social.

Menciono algunos:

Marcela Suárez

Sandro Cohen

Nacho Trejo

Enrique López Aguilar

Margarita Alegría

Guadalupe Ríos

Severino Salazar

Rosaura Hernández

Elsa Muñiz

Víctor Díaz

Óscar Mata

Vicente Quirarte

Margarita Villaseñor

Dolores Castro

Alejandra Herrera Edelmira Ramírez

Yvonne Cansigno

Elvira Buelna

José Francisco Conde

Vladimiro Rivas

Lilia Granillo

Carlos Gómez Carro

Jorge López Medel

Joaquina Rodríguez

Antonio Marquet

Ana María Peppino

Arturo Trejo

Ezequiel Maldonado

Vicente Francisco Torres

Carmen Valdez

Miguel Ángel Flores

Rosaura Hernández

Saúl Jerónimo

Elena Madrigal

Leticia Algaba

Silvia Pappe

Gabriela Medina

Begoña Arteta

Alejandro de la Mora …

Es decir, el impulso ontológico del recuerdo descansa en la cohabitabilidad y en el pathos que mora en esta vida común, en la agitación que guarda. Creemos que pensamos y sentimos libremente -dice Halbwachs-, porque en el fondo queremos sentirnos individuos y restarle influencia a la colectividad. Sin embargo, toda idea y representación de nosotros mismos “es la idea que tienen de nosotros los demás” (Halbwachs, 2004, p. 48). En mis recuerdos soy el mundo, en mi palabra, yo-para-otro. Perder el recuerdo es perder sus resonancias, sus asideros colectivos.

Según el filósofo Gastón Bachelard, en su Poética del espacio (1983), nuestros recuerdos están alojados, los espacios donde mora el pasado poseen una carga dramática y anímica especial que sólo nosotros sabemos reconocer, por lo que simbolizan. Un espacio es también un instante fecundo donde se ha fraguado parte del ser que somos. En otras palabras, la fecundidad de la memoria y su temporalidad precisan del espacio para anclarse, para existir y prodigarse. Nuestros recuerdos están localizados. Ser temporales, en su verdadera dimensión existencial, es sobre todo habitar el mundo, estar-ahí. ¿Cuál ese espacio donde hemos estado, donde estamos aún y queremos permanecer? Nuestra revista Fuentes Humanísticas.

Somos también los espacios que habitamos, las cosas que tocamos y que nos salen siempre al paso para avisarnos que estamos rodeados de mundo. En los objetos duermen las emociones, que parecen mudas porque están ancladas. Los objetos quieren hablar de mí, de nosotros. Son “la imagen tranquilizadora de la continuidad” (Halbwachs, 2004, p. 133). Los lugares reciben la fuerza del grupo y éste de aquéllos. Son una fuerza física que nos devuelve el aplomo y que, en su lenta transformación, favorecen la memoria colectiva, y para cada uno de nosotros, también los recuerdos, la identidad, la duración. Los lugares nos permiten creer en un mundo estable. Tal vez por eso cuando preguntamos quién eres, empezamos por querer saber de dónde vienes. Los recuerdos y los símbolos más duraderos e inquebrantables viven en un espacio. “Si los recuerdos se conservan en el pensamiento del grupo, es porque [éste] permanece establecido sobre el suelo, porque la imagen del suelo dura materialmente fuera de sí mismo; y porque puede volver a verla en cualquier momento” (Halbwachs, 2004, p. 141).

Nuestra revista Fuentes Humanísticas representa esta imagen de un mundo en transformación; la imagen, a veces tranquilizadora, otras no tanto, de la continuidad, de la permanencia del saber literario, histórico-historiográfico, lingüístico, filosófico…

El suelo, los lugares, son los rostros de la duración: estabilizan las emociones, hablan de la permanencia, de la continuidad a través de las cosas, emplazan los recuerdos para sabernos a nosotros mismos. En el espacio vivimos el tiempo (Schlögel, 2007). Cuando decimos que el tiempo pasa, siempre contamos con los objetos, las edificaciones, los lugares, para detenerlo. Sabemos, en el fondo, que quienes pasan somos nosotros, que envejecemos implacablemente -aunque haya modos de envejecer-. Que el tiempo pase no es otra cosa que atravesar por la vida casi sin darnos cuenta. El pasado se agranda y el futuro se acorta, pero en las cosas duermen los recuerdos y las esperanzas. Nos angustia nuestra condición entrópica, pero el paliativo de la cosidad del mundo está ahí, para proveernos de un engaño saludable. Así resistimos el paso del tiempo. También con las obras que quedan y con las acciones que no se olvidan. La cultura se transforma, de esta manera, en una ilusión, en el refugio que inventamos para “vivir más”. Homo faber es la expresión poética. Hacer para no morir. Escribir para ser. ¡Qué bello espejismo! Y hoy, en los cincuenta años de esta Casa Abierta al Tiempo y treinta y cinco de nuestra revista, celebramos porque seguimos siendo lo que alguna vez imaginamos, y más, mucho más…

Dice Josep María Esquirol: “Junto a nuestras obras, también nuestras acciones y nuestras palabras son resistencias frente al paso del tiempo. Sobre todo cuando las acciones son excelsas y no livianas ni impersonales” (2009, p. 44). Pero qué es la excelsitud. Una impronta cultural, un reconocimiento del otro, del cual precisamos para ser, para luchar contra el olvido. Es decir, nos convertimos en imagen, en metáfora de la permanencia, en invención de nosotros mismos gracias a la otredad que, como ya vimos, es un alguien con rostro, pero también las cosas, los lugares, los rincones de este bello campus universitario, de este bello objeto literario. Y a pesar de todo, una vaga zozobra permanece inexpugnable…

Por eso hemos de reponer que también existe una ontología de la aventura, individuos que aman los lugares no sólo por lo que re- presentan para ellos sino por lo que dicen de la libertad, de la condición humana como escape. Estar abiertos al mundo, al tiempo, en condición nómada, es ser-del-mundo, sentirlo, caminar en él y verlo transfigurarse a nuestro lado, porque nuestro ser también es movimiento, éxodo, huida. Es una especie de conciencia ecológica, pues soy eco vivo de un mundo también vivo. O como lo dice Bachelard: “La amargura de la vida es el lamento de no poder esperar, de no oír más los ritmos que nos solicitan para tocar nuestra parte en la sinfonía del devenir” (Bachelard, 2000, p. 91). La escritura humanística representa, para nosotros, nuestra parte en esta sinfonía.

La memoria se erige, así, en una pequeña victoria contra el paso del tiempo, contra la vida que se escapa. La memoria escrita tiene una función redentora. Es tiempo re-encontrado, a salvo del devenir. Sin embargo, hay que decirlo, lo que hacemos, lo hacemos de una vez y para siempre. Todo acto es único y nuevo en su unicidad. Se trata de una ipseidad fascinante y trágica donde el supuesto eterno retorno nietzscheano resulta un ardid filosófico, una tomadura de pelo. Nuestras acciones son todas irreversibles, pero intentamos cambiarlas porque las recordamos y las podemos narrar, re-configurar, ensayar. En la narración y en el ensayo, en el drama, en la poesía, les insuflamos un poco de remordimiento o de perdón, dejamos que el olvido opere a nuestro favor (Esquirol, 2009, pp. 55-5). Por eso la memoria es poética, al menos en una de sus facetas, porque nos ayuda a construirnos selectivamente -y así despierta la nostalgia- o a reconstruirnos mediante el sentimiento de caída, de caída en el mundo y en el devenir, en la cultura, en el saber humanístico, en una casa que está abierta al tiempo.

Los lugares -decíamos- son lugares sociales, sitios donde hemos habitado, o mejor, co-habitado, y consolidan con su materialidad la relación con el otro. No hay memoria sin grupos. No hay grupos sin espacios. Y nuestra memoria yace aquí, en una revista que ha sido pródiga, que representa muy bien a nuestra Casa, que es Fuente del saber.

Los humanos somos animales culturales y efímeros que creemos, ilusoriamente que, si somos recordados, no moriremos del todo. Y aunque el recuerdo es elaborado narrativamente o a través de la reflexión, esta elaboración depende del momento y del público al que se dirige, del interlocutor que lo recibe e interpreta. La memoria no es un atributo personal e intransferible. “La estructura del recuerdo es transferencial: halla su verdad, no en la correspondencia con los hechos, sino en la respuesta de aquel a quien se dirige” (Braunstein, 2008, p. 76). El lector. La interiorización que constituye el recuerdo es completada por la exteriorización que hacemos de él, al ponerlo en escena, al ex cordarlo - para usar un término de Néstor Braunstein-, al sacarlo del corazón, de la víscera. El único consuelo es que el recuerdo nunca miente, a pesar de su carácter subjetivo, o precisamente por él, aunque pide ser escuchado, confirmado en su recepción.

Esta revista nació, creo yo, por un impulso de permanencia, un impulso de sabiduría. Al tenerla, al conservar su movimiento ontológico y transformarnos con ella ha resultado una hazaña que hoy marca un nuevo límite, otro umbral, una nueva época… Un nuevo presente cargado con la promesa de la memoria futura.

Cuando los que vienen sean felices buscando su propia singularidad y trascendencia -decimos- es porque habrán conquistado todos sus sueños. Este pasado del futuro también vive, es impulsado por los recuerdos. “La memoria, contrariamente a lo que se cree, no retrocede, sino que adelanta el tiempo; la escritura se hace desde el anticipado final; la vida corre por delante de sí misma: se precipita hacia su punto de basta” (Braunstein, 2008, p. 69). Pero la muerte lo borra todo, y como la memoria es frágil, huidiza, además de veleidosa, depositamos en relatos de papel nuestras ansias de continuidad. Recordar es también olvidar un poco, y cuando me relato, los vacíos del olvido representan las elipsis necesarias para lanzarnos a un más allá que espera con paciencia.

Parecemos algo y deseamos, además, serlo; o somos algo y deseamos parecerlo. Al escribir, participamos de las significaciones del mundo, aunque no las compartamos siempre. Toda publicación es una ficción, una forma de participación en la otredad, que a veces nos resulta incomprensible y hasta absurda. Pero este absurdo también es un absurdo compartido. Es como si la pluralidad y la singularidad alcanzaran su momento dialéctico cuando se encuentran en el papel. Nos cuentan y nos contamos. Todos somos sujetos de ficción, pero ello no nos convierte en sujetos de mentira, porque el destino de cualquier individuo y de toda sociedad es esencial- mente ser para otro. Y aquí tenemos nuestra Fuente que nos permite este lance.

El tiempo humano está atravesado por un doble desgarramiento: el miedo al olvido -la muerte- y el miedo al recuerdo -el sufrimiento-. La paradoja radica en olvidar para recordar. Entre ambos estigmas encuentran su sitio las distintas pasiones. Un sentimiento de eterno retorno y continuidad termina por ser nuestra única constancia del tiempo que transcurre, inexorable, hacia alguna parte, sentimiento que, en su necesidad de certezas, termina por ser un relato que se repite con cada individuo, con cada sociedad, casi de modo idéntico a pesar de las diferencias. Entonces, una especie de tregua o reconciliación, de pausa y entrega, llega cuando descubrimos lo repetidos que somos, lo mucho que hemos vivido en las apariencias a pesar de la gracia de la conformidad. Y una voz sabia e impersonal nos dice que, tarde o temprano, debiéramos olvidarnos de nosotros mismos, de las luchas inútiles por encontrar un sentido. Olvidar la identidad que nos obsesiona, el individualismo que nos engaña. Vivir la vida como una fiesta de reconciliación orgiástica o como una ficción llena de magia y absurdo compartidos. Permitir que el presente se libere del pasado sin dejarse seducir por el movimiento de futuro.

Pero envejecemos, el cuerpo se rinde, el tiempo no se detiene, sigue su marcha, y las experiencias singulares, alejadas unas de otras por las apariencias, quieren encontrarse en algún lugar, y ese lugar puede ser la escritura. En ella todo puede volver a comenzar y terminar, cerrar el círculo del apaciguamiento, donde los olvidos, los recuerdos y las esperas encuentren una solución tramática y mimética. Escribir para no morir, aunque vayamos a desaparecer. Contarnos para entrar en el círculo dialéctico de lo personal que se vuelve general, de lo particular que se alcanza como universal. Y aquí estamos, celebrando esta osadía metafísica, este lugar bondadoso donde cada tanto recalamos para soñar con la continuidad…

No queda más que celebrar los años que Teresita Quiroz ha soñado con nosotros y nos ha permitido encontrar el espacio abierto, la Fuente del Saber Humanístico, donde todos hemos sido, al menos un poco.

Bibliografía

Bachelard, Gaston. (1983). Poética del espacio. Fondo de Cultura Económica. [ Links ]

Bachelard, Gaston. (2000). La intuición del instante. Fondo de cultura Económica. [ Links ]

Braunstein, Néstor A. (2008), La memoria, la inventora. Siglo XXI. [ Links ]

Esquirol, Josep María. (2009), El respirar de los días. Una reflexión filosófica sobre el tiempo y la vida. Paidós. [ Links ]

Halbwachs, Maurice. (2004). Memoria colectiva. Prensas Universitarias de Zaragoza. [ Links ]

Schlögel, Karl. (2007). En el espacio leemos el tiempo. Siruela. [ Links ]

Recibido: 01 de Octubre de 2024; Aprobado: 29 de Octubre de 2024

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