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Fuentes humanísticas

versión On-line ISSN 2007-5618

Fuentes humanist. vol.36 no.68 Ciudad de México ene./jun. 2024  Epub 07-Nov-2025

https://doi.org/10.24275/gogj5286 

Artículos

Talpa: la persecución del remordimiento

Talpa: Chased by Remorse

Antonio Durán Ruiz* 

José Martínez Torres* 

* Universidad Autónoma de Chiapas. duran_ru@hotmail.com, jose.torres@unach.mx


Resumen

En este trabajo se llama la atención sobre algunos aspectos notables en la narrativa de Juan Rulfo; las observaciones se enfocan en el cuento “Talpa”, donde la mordedura del remordimiento condena a los personajes, ahondando el dolor de su existencia; asimismo, las fuerzas inexorables de sus circunstancias los impelen a la unión transgresiva y a la angustia del pecado por una falta muy grave. Se hace una breve mención a lo que significó para el autor el movimiento cristero (19261929) y se hace una observación, también somera, de las revistas donde aparecieron los cuentos antes de la publicación de El Llano en llamas.

Palabras clave: culpa; remordimiento; fratricidio; incesto

Abstract

This work explores key aspects of guilt and transgression in Juan Rulfo’s narrative “Talpa.” The story centers on characters consumed by remorse, their actions deepening the pain of their existence. Driven by harsh circumstances, they are forced into a forbidden union, burdened by the weight of sin. The analysis additionally explores the influence of the Cristero War (1926-1929) on Rulfo’s writing and briefly examines the publication history of stories within El Llano en Llamas.

Key words: Guilt; regret; fratricide; incest

I

“Talpa" se publicó por primera vez en el número 62 de América . Revista antológica de literatura, en enero de 1950. Tres años más tarde figuraría entre los quince cuentos de El llano en llamas, de los cuales ocho eran inéditos y siete habían sido publicados en las revistas Pan y América.1

Respecto del horizonte histórico en que Rulfo ubica sus relatos, es importante referirse a la llamada Cristiada, que se verificó entre 1926 y 1929. Plutarco Elías Calles, sucesor del presidente Álvaro Obregón, reorganizó a los caudillos militares en torno al Partido Nacional Revolucionario; en su afán de consolidarse en el poder y conformar un Estado laico, se enfrentó a la Iglesia católica. La jerarquía eclesiástica activó el levantamiento armado de miles de creyentes, sobre todo en los estados de Jalisco, Colima, Michoacán, Guanajuato, Querétaro, Aguascalientes y Zacatecas. Finalmente, el gobierno negoció la pacificación del país con el clero sin la participación de la dirigencia rebelde. Ángel Arias Urrutia (2010, p. 105) dice que sólo se concedió la amnistía total a los sublevados que entregaron las armas. Muchos cristeros se sintieron traicionados, por esto surgió un nuevo levantamiento rebelde, disperso y condenado de antemano a la derrota, pero que sobrevivió hasta 1940. Es el periodo del que trata la novela de Antonio Estrada (1961), elogiada por Rulfo, Rescoldo. Los últimos cristeros.

Entre las primeras imágenes que Juan Rulfo contempló en la vida fueron los horrores de este conflicto. Elena Poniatowska (1991, p. 145) dice que Rulfo siendo niño vio pasar a los cristeros por las faldas del cerro, y que:

[...] su mamá le tapaba los ojos para que no se le quedara grabado el siniestro monigote de un ahorcado o la marioneta de hilos rotos que los soldados llevaban a empujones hasta el paredón de fusilamiento.

En otro momento, el escritor dijo en una entrevista de televisión con Silvia Lemus (Rulfo, 1985): “Bueno, no me los tapaban, simplemente nos íbamos a otros lugares donde no había colgados, pero en todos los postes estaban por allá colgados”.

Los cuentos de El Llano en llamas y la novela Pedro Páramo se sitúan en la época del movimiento cristero o en una cercana. De los autores que abordaron el tema, ya se dijo que elogió a Antonio Estrada, pero sobre todo admiraba a José Guadalupe de Anda. En un programa radiofónico, publicado en el breve volumen Textos sobre José Guadalupe de Anda, Rafael F. Muñoz y Mariano Azuela, Rulfo (2011) dijo lo siguiente:

Se duelen algunos de sus críticos de que su obra no sea la de un intelectual y de que los títulos y temas de sus libros no sean manjar de selectos. En mi concepto, éste es su mayor mérito. José Guadalupe de Anda no escribió para cenáculos. Quiso decir una verdad y la dijo en el lenguaje poderoso del pueblo. Yo lo llamo el único escritor legítimo de México (Rulfo, 2011, p. 47).

Cuando aparecieron la colección de cuentos El Llano en llamas (1953) y la novela Pedro Páramo (1955), a muchos les pareció anacrónico continuar con el tema de un México rural, puesto que ya se encontraba en plena modernización. El país avanzaba con estabilidad económica, social y legitimidad política, era Casi el paraíso, como tituló Luis Spota su novela de 1956, imprimiéndole un sentido asaz irónico. Emmanuel Carballo (1986, p. 536) aseguró que con La región más transparente, que apareció a finales de la siguiente década, la prosa mexicana le dijo adiós al campo y se instaló en la ciudad poniendo una corona luctuosa sobre la tumba de la novela nacionalista.

Sin embargo, había factores que impedían un optimismo cabal, por ejemplo, Alberto Vital en el “Prólogo” al libro que recoge las Cartas a Clara de Juan Rulfo, dice que cuando el autor de Pedro Páramo se estableció definitivamente en la ciudad de México en los primeros días de febrero de 1947, “en plenos inicios del sexenio alemanista”, ocurrieron un amago de huelga petrolera, que amenazó el abasto de gasolina, “y una absurda matanza de civiles en Tapachula, Chiapas, que desafiaron al presidente”. También se observa que en este año la “Revolución” estaba en manos de los ambiciosos herederos de los grandes caudillos, cuyo poder en los espacios urbanos excluye a los hijos, ya transculturados y urbanizados, de los viejos inmigrantes de raíz rulfiana; estos seres olvidados “crearán sus propias formas de resistencia y sus propios cauces trágicos” (Rulfo, 2012, pp. 14-15).

Antes de que se escribiera “Talpa”, en muchas zonas rurales de Jalisco se su- frieron los violentos acontecimientos mencionados más arriba, la Revolución Mexicana y, enseguida, La Guerra Cristera. Sobre todo, esta última tendría relevancia en los relatos de Rulfo.

II

Haydée Quiroz Malca (2012, pp. 103-105) ofrece datos históricos de Talpa, una agotada zona minera del estado de Jalisco; entre otros aspectos, señala que en 1599, mediante una ceremonia, el pueblo recibió el nombre de Santiago de Talpa, momento en el que la imagen de la Virgen del Rosario fue colocada en una modesta capilla. Un siglo más tarde, a finales del siglo XVII, se depositó en la iglesia. Quiroz Malca también señala que en 1755, el presbítero José Danilo Villavicencio y el cura de Talpa, fray Francisco de Buenaventura Martínez de Tejada Díaz de Velasco, iniciaron la construcción de su actual santuario. Ahí se llevan a cabo diversas festividades que se caracterizan por la llegada de los peregrinos; van a pagar mandas, a dar gracias a la Santa a oír misa o al sacramento de la confesión: el 2 de febrero (día de la Candelaria); el 12 de marzo (evocación de su coronación); el 10 de septiembre (día del baño) y el 7 de octubre (día de su onomástico). En esas fechas, el pueblo se transforma, abunda la venta de dulces de manufactura artesanal, cuadritos con frases como “En Talpa me olvidé de ti”.

Se trata de “uno de los cuentos que mejor aborda, temática y estructuralmente, la idea del peregrinaje”, señala Mario Jiménez Chacón (2018). El caminante ofrece una “manda”, como también se le dice al sacrificio que se hace por haber recibido un milagro, o bien el que se hace como súplica para recibirlo. En esta historia, Tanilo “emprende el peregrinaje impulsado por una enfermedad -natural, espiritual- cuya sanación solo puede ocurrir por intervención milagrosa” (Jiménez Chacón, 2018, p. 23).

A grandes rasgos, se cuenta la agonía de Tanilo Santos, un enfermo terminal que, como última esperanza, viaja al santuario para visitar a la Virgen del Rosario; lo ayudan a realizar este anhelo Natalia, su esposa, y su hermano, cuyo nombre no se menciona pero es la voz que da a conocer los hechos, el narrador protagonista. Ambos deseaban la muerte de Tanilo para estar a solas: “No está por demás decir que eso era lo que queríamos desde antes de salir de Zenzontla y en cada una de las noches que pasamos en el camino de Talpa” (2016, p. 74)2.

Según Noé Blancas (2018, pp. 3-4), el narrador organiza su discurso de acuerdo con la estructura de la confesión católica, “aunque no es una confesión propiamente dicha” porque no está dirigida a ningún sacerdote ni a ningún juez, si bien remite a un imaginario bíblico relacionado con el pecado y la culpa.

Los personajes salen de Zenzontla, un poblado perteneciente al municipio de Tuxcacuesco, en el estado de Jalisco; emprenden el viaje a mediados de febrero con el propósito de llegar el 12 de marzo, día de la coronación de la Virgen, pero no lo consiguen sino hasta finales de este mes, “cuando ya mucha gente venía de regreso”. Se infiere que los tres recorrieron alrededor de 135 kilómetros durante 45 días, y que Natalia y su cuñado caminaron el doble, cerca de 270 kilómetros, ya que caminaron los mismos 135 kilómetros de regreso, ya con el cadáver de Tanilo a cuestas.

La historiadora antes citada Haydeé Quiroz Malca escribió que:

[...] la Señora del Rosario de Talpa, según sus devotos, alivia dolencias, ahuyenta pestes, huracanes, tormentas y rayos; devuelve la vista a los ciegos, hace caminar a los paralíticos, resucita difuntos y auxilia en operaciones (2012, p. 105).

Tanilo decidió peregrinar hasta su santuario para que “con su mirada” curara las llagas de su cuerpo:

La idea de ir a Talpa salió de mi hermano Tanilo. A él se le ocurrió primero que a nadie. Desde hacía años que estaba pidiendo que lo llevaran. Desde hacía años. Desde aquel día en que amaneció con unas ampollas moradas repartidas en los brazos y las piernas. Cuando después las ampollas se le convirtieron en llagas por donde no salía nada de sangre y sí una cosa amarilla como goma de copal que destilaba agua espesa (Rulfo, 2016, p. 152).

Los tres personajes son habitantes de un mundo rural al margen del progreso mexicano, fuera de los servicios de salud que se brindaban en otras zonas y de los que presumían los gobernantes mexicanos. La carne de Tanilo se fue pudriendo al grado que dejaba en el aire “un olor agrio, como de animal muerto”. El relato es elíptico y se infiere que no hubo un diagnóstico médico sobre el padecimiento. La enfermedad no tiene nombre, brotó del cuerpo de Tanilo como castigo por un mal comportamiento: “Tanilo se ponía a llorar con lágrimas que hacían surco entre el sudor de su cara y después se maldecía por haber sido malo”, pero en ningún momento se indica en qué consistió su maldad.

Si la enfermedad tuvo, para Tanilo, un sobrenatural origen punitivo, éste buscó la expiación a través de la desaforada peregrinación. Al llegar al santuario de la Virgen, avanzó hacia ella de rodillas, con mucha decisión; se puso una corona de espinas, se azotó con pencas de maguey y danzó con otros devotos porque la danza, en el contexto del relato, significa una forma de orar y ofrendar a los dioses, tal como hacían los indígenas, no sólo de México.

En el camino al santuario, Camila se refugiaba en los brazos de su cuñado; se juntaban a escondidas; sin embargo, parece que no se cuidaban mucho de las probables miradas furtivas de Tanilo. El lector ignora si el coraje de éste brotaba del conocimiento de la infidelidad o era apenas una sospecha.

Tanilo amaba a su esposa y necesitaba de su auxilio como un bebé de su madre: “pero siempre la sombra de Tanilo nos separaba: sentíamos que sus manos ampolladas se metían entre nosotros y se llevaban a Natalia para que lo siguiera cuidando” (Rulfo, 2016, p. 153). Natalia sabía que su esposo estaba huérfano de amores y el remordimiento la lleva a sentir, cuando él ha muerto, la cercanía de su rostro:

Ella dice que ha sentido la cara de Tanilo estos últimos días. Era lo único que servía de él para ella; la cara de Tanilo, humedecida siempre por el sudor que le dejaba el esfuerzo para aguantar sus dolores. La sintió acercándose hasta su boca, escondiéndose entre sus cabellos, pidiéndole, con una voz apenitas, que lo ayudara. Dice que le dijo que ya se había curado por fin; que ya no le molestaba ningún dolor. “Ya puedo estar contigo, Natalia. Ayúdame a estar contigo” (Rulfo, 2016, pp. 154-155).

Jorge Luis Borges dice que lo soñado es atributo del soñador: “El alma humana, cuando sueña, desembarazada del cuerpo, es a la vez el teatro, los actores y el auditorio. Podemos afirmar también que es el autor de la fábula que está viviendo” (2008, p. 7). La voz y el rostro de Tanilo son la escritura de Natalia, la imagen de su remordimiento por no haber estado con él, en el plano carnal ni en el afectivo, cuando más la necesitó.

La lectura de “Talpa” puede asociarse con la ambivalencia de los sentimientos que teoriza Sigmund Freud (1986) en Totem y tabú; de hecho, en la sociedad no sólo mexicana constituye un tabú la relación erótica entre cuñados. El narrador y Natalia cometen una aberración moral, transgreden el tabú que, a la muerte de Tanilo, se les convertirá en remordimiento, en hondo y oscuro demonio del que no se librarán mientras vivan, según dice el narrador: “Yo sé ahora que Natalia está arrepentida de lo que pasó. Y yo también lo estoy; pero eso no nos salvará del remordimiento ni nos dará ninguna paz ya nunca” (Rulfo, 2016, p. 153). Los remordimientos son como las erinias que persiguieron a Orestes por haber dado muerte a su madre, aunque este último se libró de ellas por intermediación de los dioses, lo cual desde luego no ocurre con los personajes de “Talpa”.

A pesar de la infidelidad de los cuñados, hay, al mismo tiempo, obligaciones de los personajes que derivan de un mandato social: el deber fraternal y marital arraigado en la sociedad rural mexicana: “Yo tenía que acompañar a Tanilo porque era su hermano. Natalia tenía que ir, de todos modos, porque era su mujer” (Rulfo, 2016, p. 152).

El deber conyugal se impone sobre el amor carnal cuando Tanilo fallece; con su muerte, ha pasado a otro nivel de existencia y continúa ligado al mundo de los vivos con más poder y conocimiento. Se convierte en un tabú al que ya no se puede ofender. De acuerdo con Sigmund Freud, el tabú ha nacido en el terreno de una ambivalencia afectiva:

[…] el tabú de los muertos procede de una oposición entre el dolor consciente y la satisfacción inconsciente ocasionados por la muerte. Dado este origen de la cólera de los espíritus, se comprende que sean supervivientes más próximos al difunto y aquellos a los que éste quiso más los que deban temer, sobre todo, su rencor (1986, p. 77).

Por estas razones, el narrador explica: “ahora que está muerto la cosa se ve de otro modo. Ahora Natalia llora por él, tal vez para que él vea, desde donde está, todo el gran remordimiento que lleva encima de su alma” (Rulfo, 2016, p. 154). Ahora el muerto es más fuerte que cuando estaba vivo. Natalia busca el perdón de Tanilo, se infiere que lo mismo ocurre con el narrador, cuyo interés erótico hacia su cuñada languidece. Tanilo muerto vuelve a ser amado por Natalia, quien esta vez se asume su esposa con más sinceridad que nunca:

Y Natalia se olvidó de mí desde entonces. Yo sé cómo le brillaban antes los ojos como si fueran charcos alumbrados por la luna. Pero de pronto se destiñeron, se le borró la mirada como si la hubiera revolcado en la tierra. Y pareció no ver ya nada. Todo lo que existía para ella era el Tanilo de ella, que ella había cuidado mientras estuvo vivo y lo había enterrado cuando tuvo que morirse (Rulfo, 2016, p. 155).

El mismo Freud (1986, pp. 47-51) considera como base del tabú “un acto prohibido a cuya realización impulsa una enérgica tendencia, localizada en el inconsciente”. Para el escritor vienés, “la violación de un tabú puede ser rescatado, en algunos casos, por una expiación o penitencia que significa la renunciación a un bien o a una libertad”. Natalia opta por la renunciación de un bien que la consolaba de las fatigas de la vida, cuando era la amante de su cuñado.

El autor de La interpretación de los sueños también señala que “el arrepentimiento y la expiación son ceremonias más primitivas que la purificación”; asimismo, “la expiación de la violación de un tabú, por un renunciamiento, prueba que es un renunciamiento lo que constituye la base del tabú” (Freud, 1986, p. 51).

¿Qué los llevó a la transgresión? El narrador protagonista ofrece una respuesta:

Yo ya sabía desde antes lo que había dentro de Natalia. Conocía algo de ella. Sabía, por ejemplo, que sus piernas, redondas, duras y calientes como piedras al sol de mediodía, estaban solas desde hacía tiempo (Rulfo, 2016, pp. 152-153).

El narrador percibe la soledad de Natalia; sabe que Tanilo la había abandonado en el plano conyugal por la enfermedad que padecía, que ya no se acercaba a ella.

Las fuerzas inexorables de sus circunstancias impelen a los personajes a la unión transgresiva y a la angustia del “pecado”, a la caída desde el abismo por una falta muy grave: “Y la soledad aquella nos empujaba el uno al otro. A mí me ponía entre los brazos el cuerpo de Natalia y a ella eso le servía de remedio” (Rulfo, 2016, p. 154). Germán Vargas Guillén escribió que Natalia y el hermano de Tanilo se sienten arrastrados por una fuerza ciega que los victimiza y “no sólo los domina, sino que también los determina” (2011, p. 10).

Natalia también necesitaba un “remedio” porque se hallaba enferma de soledad; lo atroz de su situación la empujó al incesto. Lo mismo sucedió con otros personajes incestuosos, también de Rulfo, los que aparecen en Pedro Páramo. Se trata de Donis y su hermano. Donis le cuenta a Juan Preciado que su hermano la tomó por mujer. Cuando ella buscó la redención, recurrió inútilmente a un obispo que había pasado por el pueblo dando confirmaciones:

Yo me le puse enfrente y confesé todo:

-Eso no se perdona -me dijo.

-Estoy avergonzada.

-No es el remedio.

-¡Cásenos usted!

Yo le quise decir que la vida nos había juntado, acorralándonos y puesto uno junto al otro. Estábamos tan solos aquí, que los únicos éramos nosotros (Rulfo, 2014, p. 111).

Noé Blancas (2018) explica que la falta cometida por los protagonistas de “Talpa” tiene atenuantes lo mismo que agravantes; el más grave de estos últimos es que el narrador autodiegético aceleró la muerte de su hermano, por lo que incurrió en fratricidio; además, Natalia es esposa de su hermano, “lo cual vuelve al adulterio un incesto”.

El narrador tiene interiorizado el reproche que Caín, después de matar a Abel, recibió de Dios: “¿Dónde está tu hermano?, ¿qué hiciste con él?” Esta pregunta se formula el narrador a sí mismo: “¿Qué hice con mi hermano?” De acuerdo con Blancas, el narrador llevará a cuestas la maldición que la divinidad lanzó a Caín: “Maldito seas tú de la tierra […] errante y extranjero serás en la tierra” (Blancas, 2018, p. 12).

No se ha reparado que esta relación triádica también remite a la Divina Comedia; Paolo y Francesca se hallan en el infierno condenados por haber cometido adulterio: Francesca era cuñada de su amado Paolo.

III

La relación incestuosa se halla determinada por las condiciones signadas por el aislamiento; los personajes aparecen como seres caminando hacia ningún lugar, erguidos a penas3 sin salir de su indigencia y abandono, por eso dice el narrador:

Y yo empiezo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte, que estamos aquí de paso, para descansar, y luego seguiremos caminado. No sé para dónde; pero tendremos que seguir, porque aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo (Rulfo, 2016, p. 160) .

Los personajes de Rulfo vagan penando aún después de la muerte porque no hallaron la redención; continúan deambulando en el más allá como sucede con los habitantes de Comala; es el destino que espera al narrador y a Natalia, porque llevan el remordimiento en el alma.

Tanilo decidió ir al santuario de Talpa caminando porque, como dijo Susan Toby Evans, para los devotos de alguna divinidad, “andar en procesión es implorar con los pies. Las procesiones son plegarias hechas paso a paso que trazan un sendero sagrado a través de un ambiente edificado y que hacen eco en las montañas, cuevas y manantiales circundantes” (2015, p. 5). En una confluencia de caminos, se unen a una multitud de penitentes que también van hacia el santuario de la Señora del Rosario de Talpa. Se trata de un camino a la Gran Madre. No se mencionan ni el padre ni la madre de los personajes masculinos. Sólo aparece la madre de Natalia en su calidad de consuelo, de testigo que no pregunta, pero comprende lo que sucedió entre su hija y el cuña- do de ésta, y eso basta.

La madre simbólica es la boca de la que surge y a la que vuelve el hombre; el viaje a Talpa supone un retorno al pasa- do, “más allá de muchos días”, al inframundo, al vientre materno, al reino de la muerte y del renacimiento. Tanilo “se curó hasta de los males de la vida” y renace sano en las visiones de Natalia.

El viaje de los personajes es tan largo que tardan “veinte días en encontrar el camino real de Talpa”, y ahí comenzaron a juntarse “con gente que salía de todas partes”. Avanzaron a través de una tierra desnuda y solitaria, bajo el sol calcinante del día y el frío inclemente de las noches de marzo: “Y el cielo siempre gris, como una mancha gris y pesada que nos aplastaba a todos desde arriba”. En todo momento van los peregrinos por un ambiente opresivo y degradante:

Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de gente; igual que si fuéramos un hervidero de gusanos apelotonados bajo el sol, retorciéndonos entre la cerrazón del polvo que nos encerraba a todos en la misma vereda y nos llevaba como acorralados (Rulfo, 2016, p. 156).

La voz Talpa deriva del náhuatl Tlallipan.4 En el relato, llegar a Talpa es tan difícil como arribar a la cúspide de un viaje cuesta arriba; Talpa es un lugar que exige el sacrificio de los personajes. Tanilo alcanza a llegar frente a la madre para morir. En Talpa volvió al útero de la tierra, libre de las angustias de la vida. El retorno del narrador y de Natalia a Zenzontla se lleva a cabo a través de la noche, “sin conocer el sosiego, andando a tientas como dormidos y pisando con pasos que parecían golpes sobre la sepultura de Tanilo”. Vuelven del inframundo, de un espacio mítico donde fulgura la promesa de la plenitud perdida, representada por la Virgen del Rosario de Talpa. Ya no serán los mismos porque, de regreso, el águila de los remordimientos devorará sus corazones.

Bibliografía

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1 Jorge Zepeda (2015, pp. 113-120) relaciona los cuentos que aparecieron en América: “Nos han dado la tierra”, “La cuesta de las comadres”, “Es que somos muy pobres”, “Talpa”, “Macario”, “El llano en llamas”, “¡Diles que no me maten!”, a los que se añadieron “Acuérdate”, “Anacleto Morones”, “El hombre”, “Luvina”, “En la madrugada”, “La noche que lo dejaron solo”, “No oyes ladrar los perros” y “Paso del Norte” para conformar los quince relatos del volumen aparecido el 18 de septiembre de 1953 con el sello del Fondo de Cultura Económica, dentro de la colección Letras Mexicanas. En la Introducción de la segunda edición de Cátedra (esta editorial publicó una primera en 1985 y su reimpresión en 2003, a cargo de Carlos Blanco Aguinaga), Françoise Perus (Rulfo, 2016, p. 12), señala que en 1969 El Llano en llamas aparecería en la Colección Popular, y que a esta edición se añadieron tres cuentos no incluidos en las ediciones anteriores: “El día del derrumbe”, “La herencia de Matilde Arcángel” y “Un pedazo de noche”, especie de rescoldo, este último, de la desaparecida novela El hijo del desaliento.

2Las citas del relato “Talpa” corresponden al Llano en llamas (2016) en la edición de Françoise Perus publicada por Cátedra, en la Colección Letras Hispánicas, que reproduce el texto establecido por la Fundación Juan Rulfo a partir del “cotejo de las últimas versiones de los textos que Juan Rulfo revisó al correr de los años con los mecanuscritos conservados en su archivo personal. Es el mismo texto de las ediciones de Carlos Blanco Aguinaga a partir de la 16ª. Edición, correspondiente al año 2002”.

3Se alude a las acepciones de A penas, con dolor; A penas, con dificultad, y Apenas de la preposición casi, en alusión al libro del poeta chiapaneco Joaquín Vásquez Aguilar Erguido a penas.

4En 1956 se filmó la película dirigida por Alfredo B. Crevena y protagonizada por Víctor Manuel Mendoza, Lilia Prado y Jaime Fernández; Edmundo Báez la adaptó del cuento homónimo de Juan Rulfo. A pesar de alejarse del relato original, tiene el mérito de mostrar imágenes y personajes asociados a los cuentos de Rulfo y de haberlo llevado a la pantalla apenas tres años después de publicarse El llano en llamas, cuando el reconocimiento de Rulfo apenas había dado comienzo.

Recibido: 29 de Enero de 2024; Aprobado: 03 de Mayo de 2024

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