Introducción
Desde el inicio del siglo XXI, el Gobierno de la República Popular China (RPC) se ha distinguido por una creciente participación en la agenda internacional y ha focalizado su atención en temas globales como el comercio, la seguridad, la diplomacia bilateral y multilateral, la economía, la tecnología y la ayuda exterior al desarrollo. El renovado rol de China como actor clave de las relaciones internacionales se ha facilitado por la notable transformación económica, industrial y tecnológica del país, así como por su creciente poderío militar. El estatus de potencia global no solo requiere de capacidades militares, sino también de un considerable músculo económico, una industria consolidada y un ambicioso sistema de innovación tecnológica.
El interés por ampliar su influencia política, económica y tecnológica en el sistema internacional ha impulsado a China a intensificar sus relaciones con el Sur Global. La estrategia del gigante asiático se ha enfocado en apoyar el crecimiento económico y el desarrollo social en diversos países y regiones de África, Asia y América Latina mediante flujos de ayuda exterior y la incorporación a ellos de tecnologías de vanguardia, implementadas a su vez por diversas empresas high-tech y de telecomunicaciones chinas.
El proyecto de asistencia económica y tecnológica de China en Zimbabue, nación ubicada en África Meridional, ha sido muy ambicioso y ha mejorado aún más las excelentes relaciones entre el liderazgo político de ambos países. Dichos vínculos tienen una larga historia, que se remonta al apoyo del Gobierno chino a las fuerzas independentistas de la antigua colonia británica de Rodesia del Sur, que lograron su objetivo en 1980 bajo el liderazgo principal de Robert Gabriel Mugabe. Los lazos Beijing-Harare se intensificaron tras la ruptura del hoy finado Mugabe con Occidente a principios del siglo XXI, y aún más después de su caída en 2017, tras 37 años en el poder. El gobierno de su sucesor, Emmerson Dambudzo Mnangagwa ―perteneciente al mismo partido político que Mugabe y con una similar inclinación autoritaria-, ha redoblado con éxito su apuesta por la relación con China.
África ha sido un área receptora de gran atención política y de flujos de asistencia de la RPC. En el caso de Zimbabue, durante los gobiernos de Mugabe (en especial después del año 2000) y Mnangagwa, China ha canalizado significativos flujos de ayuda exterior, con el objetivo manifiesto de impulsar el desarrollo económico y el bienestar social y la intención, más sutil, de sostener a un régimen aliado y aumentar la influencia de la RPC en el continente africano. Entre el cúmulo de programas de cooperación económica y tecnológica, destacan los siguientes: i) Proyectos dirigidos a intensificar la conexión y modernización de las tecnologías de la información y comunicación (TIC), para crear un mundo digital que estimule el crecimiento económico; ii) El padrón electoral nacional digital, con miras a aumentar la participación de la ciudadanía y las minorías, asegurar elecciones imparciales y justas, y garantizar una sucesión presidencial ordenada y pacífica; iii) La red de monitoreo de reconocimiento facial, con el propósito de reforzar la seguridad de distintos puntos de entrada y salida del país, así como en diversas estaciones de transporte.
Esta cooperación en el área tecnológica ha sido sujeta a dos lecturas contrapuestas. Por un lado, se asume prima facie el argumento del Gobierno chino, expresado en las palabras del líder Xi Jinping al recibir a su homólogo de Zimbabue en 2018: “China, como siempre, apoyará a todos los países en desarrollo, incluidos los países africanos, y será un amigo sincero y un socio confiable de África” (Xinhua, 2018). Por otro lado, se argumenta que algunos de estos recursos han fortalecido las capacidades de las autoridades zimbabuenses para recrudecer la vigilancia digital contra los ciudadanos y la represión política de las minorías (Munoriyarwa, 2020; The Economist, 2022).
Para terciar en este debate, se postulan las siguientes preguntas: ¿Los proyectos de cooperación tecnológica China-Zimbabue han contribuido al mantenimiento del régimen autoritario en el país africano? ¿En qué medida han servido para ampliar la presencia de China en África y el espacio para sus corporaciones de alta tecnología en Zimbabue? ¿Son expresión de una verdadera cooperación de China con el Sur Global o más bien de una diplomacia pragmática propia de las grandes potencias (realpolitik) que se desenvuelve con independencia de consideraciones morales?
Como respuesta tentativa se postula la siguiente hipótesis: los proyectos TIC, el padrón electoral nacional digital y la red de monitoreo de reconocimiento facial han contribuido al mantenimiento del régimen autoritario en Zimbabue y han fortalecido el posicionamiento de China y la expansión de sus empresas en África. Nuestro estudio se divide en tres secciones. La primera parte reseña y analiza brevemente los cambios económicos y el desarrollo de sectores de alta tecnología que han perseguido los diferentes líderes chinos, a partir de Mao Zedong, amén de presentar las líneas generales de la política africana de China; la segunda estudia los efectos políticos de los proyectos TIC aprobados por la RPC durante la administración de Mugabe; la tercera pone bajo la lupa la digitalización del padrón electoral y la vigilancia de disidentes en la presidencia de Mnangagwa, a partir de 2018.
El retorno de China como potencia global. De la planificación central de Mao al florecimiento high-tech de Xi
La transformación de China como potencia global comenzó cuando se adoptó un modelo económico de planificación centralizada después del establecimiento de la RPC en 1949. El Partido Comunista Chino (PCC) se propuso superar las limitaciones económicas, industriales y comerciales de la dinastía Qing (1644-1912). Por ello, durante la era de Mao (1949-1976), se implementaron ambiciosos planes quinquenales y programas de ciencia y tecnología para superar el subdesarrollo de la nación asiática, que se había agravado entre 1912 y 1949 a causa de la guerra civil y la intervención japonesa. Hacia finales de los años cincuenta del siglo XXI, los resultados parecían bastante alentadores, con un aumento del 9 % en el producto interno bruto (PIB) y una expansión del 19 % en el sector industrial (Schoppa, 2010, p. 318). Esto puso de manifiesto la capacidad de la RPC para producir una amplia gama de bienes avanzados, como automóviles, aviones y maquinaria de precisión (Li, 1963, p. 4).
El auge económico, tecnológico e industrial fortaleció la imagen y el prestigio de China y permitió a Mao ampliar la influencia de su país en África. En 1955, la Conferencia de Bandung, Indonesia, fue el inicio del acercamiento pragmático y sistemático del Gobierno chino con sus homólogos africanos. Durante el evento, China realizó un llamado a las potencias europeas para que cesaran su dominio y explotación en el continente africano, apoyó a diversos líderes del continente en sus proyectos de independencia, estableció relaciones diplomáticas basadas en la coexistencia pacífica, inició intercambios comerciales, y aprobó continuos y sustanciales flujos de ayuda exterior en beneficio de múltiples países africanos (Shinn, 2019, p. 63).
A pesar de los avances iniciales y de su postura de cooperación con el exterior, el modelo económico chino pronto enfrentó graves desequilibrios. La baja productividad agrícola provocó una reducción del consumo de productos industriales (Duara, 1974, p. 1368). Además, los esfuerzos por imponer la industrialización mediante el “Gran Salto Adelante” y la falta de información veraz propia de los sistemas autoritarios desembocaron en la “Gran Hambruna” (1959-1961), que provocó entre 16 y 45 millones de muertes (Meng et al., 2015, p. 1568). Esta situación hizo que la inversión en la industria pesada dejara de ser viable y se dirigiera hacia actividades primarias. Mao gestionó la crisis mediante ajustes en diversos planes quinquenales, pero el modelo económico carecía de algunos elementos clave, como la falta de empresas privadas, inversión extranjera, e incentivos para aumentar la productividad y la calidad de los productos (Morrison, 2019, p. 2). Estos y otros factores impidieron que China regresara a su periodo dorado de los siglos X al XV, cuando era la economía más grande del mundo (Maddison, 2007, p. 11).
A principios de la década de 1970, la mayoría de los líderes africanos apoyaron los esfuerzos del Gobierno chino para ampliar su participación en la política global y promover sus intereses en el escenario internacional. En 1971, casi una treintena de naciones africanas votaron a favor de que la RPC obtuviera la membresía en las Naciones Unidas, lo que llevó a que Taiwán dejara de ser reconocido como miembro del organismo internacional. Mao describió el respaldo crucial de África a China de la siguiente manera: “Fueron nuestros hermanos africanos quienes nos llevaron a las Naciones Unidas” (Li, 2022). El éxito de la estrategia china en el continente no tuvo comparación; después de la muerte de Mao en 1976 y del breve interregno de Hua Guofeng (1976-1978), llegarían cambios sustanciales a la ortodoxia de la planificación central.
En efecto, el periodo de Deng Xiaoping (1978-1989) marcó el punto de inflexión en la modernización económica, industrial y tecnológica de China. Deng implementó cambios estructurales conocidos como “Las Cuatro Reformas” con el objetivo de convertir al país en una nación de ingresos medios. Estas modificaciones incluyeron el fortalecimiento del control gubernamental, la eliminación de las empresas estatales deficitarias, la introducción de la descolectivización, la liberalización de la producción y la venta de productos rurales. Asimismo, se reformaron los sistemas tributario y bancario, se crearon zonas económicas especiales (ZEE) y se alentó la competencia entre las administraciones locales por los subsidios del Gobierno central (Brender, 1992, p. 4; Cable, 2017, p. 1; Gu & Lundvall, 2006; Zhou et al., 2016, pp. 9-10).
Las “Cuatro Reformas” impulsadas por Deng se acompañaron por numerosos proyectos nacionales en distintos sectores. Diversos programas de infraestructura, transporte y comunicaciones se combinaron con la creación de programas educativos, universidades e institutos de investigación especializados, acción que incrementó el desarrollo científico y tecnológico, así como el aumento de mano de obra cualificada. Adicionalmente, se superó el desafío de establecer empresas nacionales de tecnología y telecomunicaciones con recursos limitados mediante la autorización gubernamental de inversiones de capital de riesgo (Zhang, 2016, p. 75). Estos factores cambiaron la imagen internacional de China, convirtiéndola en un destino atractivo para la inversión extranjera directa y la relocalización de empresas transnacionales.
En suma, la estrategia de Deng dio prontos y excelentes resultados. Entre 1978 y 1989, el PIB creció a tasas promedio de 9.7 % (World Bank, 2023) y las exportaciones aumentaron 360.5 %, mientras que las importaciones crecieron 361.2 % (Macrotrends, 2024a). La inversión extranjera directa se incrementó en 3.39 millones de dólares estadounidenses (Macrotrends, 2024b). Asimismo, en la década de los ochenta, más de 160 millones de personas en China lograron superar la línea de pobreza internacional (Angang et al., 2005, p. 60). En 1989, la Plaza de Tiananmén fue el centro de un movimiento social contra la limitada libertad de expresión y la extensa censura estatal. Deng respondió con fuerza militar, lo que provocó cientos de muertes. La comunidad internacional condenó la acción, lo que generó sanciones por parte de varios países occidentales a la nación asiática. Algunos Estados, particularmente africanos, apoyaron abiertamente la represión de la población por parte del Gobierno chino, reactivando así las relaciones China-África (Pairault, 2021).
El exitoso proceso de transformación de China continuó durante el periodo de Jiang Zemin (1989-2002). Al inicio de su gobierno, Jiang creó el Banco de Exportaciones e Importaciones de China (China Exim Bank) y el Banco de Desarrollo de China (CDB, por sus siglas en inglés), instituciones financieras diseñadas para impulsar la expansión económica de la RPC, promover el desarrollo económico a escala planetaria y facilitar el comercio internacional. Posteriormente se reformaron las empresas estatales, se privatizaron firmas pequeñas y medianas con bajo rendimiento, y se fortaleció a las grandes compañías con inyecciones de capital para que fueran capaces de competir en el mercado global (Woo, 1999, p. 59).
A mediados de la década de 1990, el notable crecimiento económico de China le permitió extender su influencia política en África. Mientras varias naciones occidentales se negaban a proporcionar ayuda exterior al régimen autoritario de Omar al-Bashir en Sudán debido a sus vínculos con grupos terroristas y la violación de derechos humanos de los ciudadanos, el Gobierno chino apoyó a al-Bashir con un paquete de 4,000 millones de dólares para el desarrollo de los recursos petroleros (Norris, 2016, p. 77). De manera similar, el Gobierno sudafricano de Nelson Mandela enfrentó presiones para dejar de reconocer a Taiwán y, a cambio de alinearse a la política de condicionalidad de “Una sola China”, los productos sudafricanos pudieron acceder al mercado chino (McNeil Jr., 1996).
En el 2000, Jiang inició una nueva fase en las relaciones entre China y África. La nueva estrategia implicó fortalecer los vínculos entre ambas entidades mediante una diplomacia proactiva, visitas oficiales, importantes flujos de ayuda exterior y el establecimiento del Foro para la Cooperación China-África (FOCAC, por sus siglas en inglés). Este último se estableció con los objetivos manifiestos de promover el comercio y la cooperación, modernizar África con nuevas tecnologías, y apoyar el desarrollo de los países de ese continente. El FOCAC pronto se volvió crucial para promover el multilateralismo chino, que se caracteriza por enfatizar el diálogo e inclusión de las naciones en desarrollo. En efecto, la estrategia china de relacionamiento con diversas áreas periféricas ha llevado a la creación de foros regionales de este tipo no solo con África, sino también con América Latina, Medio Oriente y el Sureste de Asia, entre otros.
En 2001, China se convirtió en miembro de la Organización Mundial de Comercio (OMC), lo que facilitó el acceso de sus bienes y servicios a nuevos mercados. Aun cuando China no cumplió rigurosamente con la ortodoxia de los organismos comerciales y financieros internacionales (o quizá precisamente por ello), la peculiar liberalización comercial y el uso del mecanismo de mercado reforzaron la dinámica de vertiginoso crecimiento, que sería clave para el regreso pleno del gigante asiático al escenario internacional. El sucesor de Jiang, Hu Jintao, quien ocupó el poder entre 2002 y 2012, impulsó el desarrollo de las nuevas tecnologías, entre ellas la inteligencia artificial (IA), mediante ambiciosos planes, y redobló lazos con el Sur Global.
El nuevo acercamiento de Beijing con los países periféricos en general y los africanos en particular ha buscado cumplir con varios objetivos vitales de la gran potencia, como asegurar materias primas y alimentos, aislar a Taiwán, expandir la influencia de la RPC, movilizar capitales, acceder a nuevos mercados, posicionar a sus firmas transnacionales y ejercer su poder económico con fines políticos. Este último punto, mediante el comercio, la inversión y la ayuda exterior (Morgan, 2019, p. 393). Uno de los principales mecanismos utilizados por Hu Jintao para mostrar al mundo la extraordinaria transformación de la RPC fue precisamente la ayuda externa china, que en su mayoría se destinó a naciones en desarrollo.
China posee mecanismos únicos para proporcionar ayuda exterior, como es el caso de los créditos a la exportación, los préstamos de fuentes oficiales y las líneas de crédito con tasas preferenciales (Lakatos et al., 2016, p. 9).
Además, ofrece fondos para que las empresas chinas inviertan en África y proporciona recursos económicos a pequeñas y medianas firmas del continente (Brautigam, 2011). Tal asistencia se complementa con los recursos brindados por China vía el Exim Bank, como es el caso de donaciones, préstamos de baja condicionalidad a gobiernos, y créditos con tasas de interés subsidiadas para compañías chinas involucradas en proyectos en las naciones africanas. Los apoyos se proporcionan en paquetes integrales que, por lo general, incluyen diversos instrumentos (Forstater et al., 2010). La viabilidad de la asistencia internacional de la RPC comúnmente se garantiza con recursos energéticos, estratégicos y naturales de los países beneficiados.
El incremento de los flujos de ayuda exterior de China durante el gobierno de Hu posicionó a la potencia asiática entre los principales donadores en el orden global. Entre los años 2000 y 2014, la ayuda externa china aumentó de 2,600 millones de dólares a 37,300 millones de dólares estadounidenses (Regilme & Hodzi, 2021, p. 114). La asignación de recursos a África en el periodo fue de 24,000 millones de dólares estadounidenses (Hoeffler & Sterck, 2022). Esa masiva ayuda representó la consolidación del compromiso de Beijing con el desarrollo económico y el bienestar social de las naciones africanas, intención que se plasmó en el primer Libro Blanco de la política exterior china en el continente africano, publicado en 2006.
Al final de la gestión de Hu, no solamente la ayuda exterior china se había consolidado, sino también las capacidades económicas, industriales y tecnológicas de China. Entre 2002 y 2012, el valor absoluto del PIB aumentó 480.27 %, las exportaciones totales se incrementaron 529.34 % y las importaciones totales crecieron 515.83 % (World Bank, 2024). En el mismo periodo, la capacidad de la RPC para producir bienes de capital aumentó de 244.276 millones de dólares a 1.010 millones de dólares (World Integrated Trade Solution, 2024), reflejando sus avances tecnológicos e industriales. El sucesor de Hu, Xi Jinping ―en el poder desde 2012-, ha desplegado una sólida estrategia internacional y ha impulsado el cambio técnico dentro y fuera de las fronteras de la RPC.
Así, la tecnología se ha ido afianzando como un campo privilegiado de la cooperación china con el Sur Global. Xi inició su gobierno con el proyecto económico y político global conocido como la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR), que se enfocó en financiar programas de transporte, energía, redes de comunicación, infraestructura y demás. En un principio, China asignó más de 200,000 millones de dólares estadounidenses a la IFR, convirtiéndola en una plataforma financiera mundial (Zhang & Miller, 2017). Sin embargo, la IFR llevó a que algunas naciones periféricas accedieran a recursos económicos ilimitados, lo que provocó su alto endeudamiento; en algunos casos esto redundó en la erosión de la soberanía estatal, la caída en la esfera de influencia de la RPC y la sujeción al poder económico chino con fines políticos (Pitakdumrongkit, 2019, p. 53).
En 2015, Xi impulsó el desarrollo tecnológico e inició una estrategia para aumentar la influencia tecnológica china a escala global y sobre todo en África. Se creó la IFR Digital (IFRD) con el objetivo de proporcionar financiación y donaciones de dispositivos tecnológicos de vanguardia a los países receptores, iniciativa que se alineó al programa Hecho en China 2025, enfocado en mejorar las capacidades de China en tecnologías disruptivas y producción global. Tales acciones se complementaron con el desarrollo de empresas especializadas en IA y la ejecución del Plan de Desarrollo de la Inteligencia Artificial de Próxima Generación, cuyo objetivo era posicionar a China como líder mundial en IA para 2030 (State Council, 2017, pp. 1-3). A finales de 2015, en la sexta reunión del FOCAC en Sudáfrica, Xi presentó el segundo Libro Blanco sobre la política exterior de China en África, y enfatizó el suministro ilimitado y sin condiciones de tecnologías modernas para fortalecer la seguridad y desarrollo económico del continente (Xinhua, 2018).
El estímulo de Xi al proyecto global chino de IA pronto dio resultados. En 2019, alrededor de 20 miembros de la IFRD recibieron financiación para proyectos TIC (Jia, 2019). Asimismo, la IFRD proporciona servicios y equipos tecnológicos globales, como cámaras de reconocimiento facial, bancos de datos, comercio electrónico, cableado submarino, computación en la nube, ciudades inteligentes y sectores de redes sociales (Reconnecting Asia, 2021). En 2022, 80 gobiernos del mundo habían adoptado tecnología de reconocimiento facial de fabricación china, impulsados por el discurso de Xi de prevenir cualquier riesgo de inestabilidad social mediante tecnologías de seguridad avanzadas (Chestnut, 2022). El creciente apoyo tecnológico de China a África tiene como objetivo asegurar productos básicos, explorar nuevos mercados, consolidar su influencia, mejorar sus dispositivos de reconocimiento facial en IA y respaldar a gobiernos autoritarios mediante el seguimiento de la disidencia (Mnongya, 2023; Gravett, 2020, pp. 1-3).
La intensificación del desarrollo tecnológico y suministro de tecnologías de IA de China en África han tenido sus inconvenientes. Las firmas de telecomunicaciones chinas tienen una posición privilegiada y dominante en el mercado debido a que han desarrollado más del 65 % de la infraestructura digital de África (Jili, 2023). Diversas naciones africanas dependen cada vez más de tecnologías y servicios digitales fabricados en China debido a las facilidades de crédito e inversión que ofrece la potencia asiática (Gravett, 2020, p. 3). El modelo de vigilancia y seguridad digital de China se ha vuelto influyente en varios Estados africanos, incluido Zimbabue, que ha adoptado leyes al estilo chino para sofocar la disidencia digital, una medida que ha sido replicada por Nigeria y Tanzania (Africa Defense Forum, 2021). Más aún, numerosos regímenes autoritarios en África también han impuesto cortes de internet, similar a la respuesta del Gobierno chino frente a algunas protestas sociales (CIPESA, 2019, p. 5).
Una flecha con varios blancos. China, las TIC y la preservación del régimen de Mugabe
No cabe duda de que la maduración de la economía china y su veloz desarrollo tecnológico han permitido a Beijing aumentar su influencia en el Sur Global. El carácter político de la ayuda exterior que las grandes potencias proporcionan a las naciones con desventaja económica ha sido analizado por David A. Baldwin. La teoría del arte de gobernar económico (Economic Statecraft) de este autor busca demostrar que los países poderosos ejercen su influencia económica mediante estrategias positivas o negativas (la asistencia externa forma parte de las primeras), con el fin de alterar el comportamiento o las capacidades políticas de otro Estado (Baldwin, 2020, p. 14). Los postulados de este autor brindan una sólida base conceptual para comprender y explicar la dinámica de los diferentes programas de asistencia tecnológica otorgados por China a Zimbabue.
Para entender mejor las relaciones bilaterales entre Beijing y Harare, vale la pena mencionar algunos antecedentes. Mientras el grueso de los movimientos de liberación nacional en África surgió y triunfó en los años sesenta del siglo xx, la trayectoria de la lucha anticolonial en Zimbabue resultó más dilatada. Rodesia del Sur era una colonia británica conocida por su régimen de segregación racial, liderado por una minoría blanca. La lucha armada contra el régimen colonial británico se intensificó en la década de los sesenta y continuó hasta la independencia en 1980. La guerrilla desempeñó un rol central en la independencia de Rodesia del Sur; en esa lucha destacaron grupos como la ZANU (Unión Nacional Africana de Zimbabue), encabezada por Robert Mugabe, y la ZAPU (Unión Popular Africana de Zimbabue), organizada por Joshua Nkomo. Si bien ambos movimientos armados coincidían en el combate al régimen segregacionista, también hubo divisiones internas y conflictos entre ellos.
El régimen de Mao Zedong y sus sucesores inmediatos apoyaron a esa guerrilla africana con armas y entrenamiento, particularmente después de que la Unión Soviética se rehusó a brindar recursos a la ZANU en 1979 (Vines, 2017). Detrás de esa postura china subyacía la inercia de la Teoría de los Tres Mundos, doctrina esencialmente revisionista del orden internacional, que fue clave en la conformación de la política exterior de la RPC en los años setenta. Este enfoque doctrinario postulaba una división del mundo en tres categorías principales. El Primer Mundo incluía a Estados Unidos y la Unión Soviética, a la cual se calificaba de “socialimperialista”; el Segundo Mundo estaba integrado por las naciones capitalistas desarrolladas en Europa y Japón; el Tercer Mundo era una categoría residual pero mayoritaria que comprendía a los países en desarrollo, muchos de los cuales eran o habían sido colonias de las potencias capitalistas. China consideraba a estos países como los más oprimidos por las superpotencias y se concebía como parte de ellos (Cornejo & León, 2005, pp. 367-368). La Teoría de los Tres Mundos se utilizó para justificar el apoyo de la RPC a diversos movimientos prochinos de liberación nacional en África, alc y Asia, incluyendo a la guerrilla de Mugabe.
En 1980, Zimbabue logró la independencia y se estableció como una nación soberana. Pese al apoyo de Beijing, las potencias occidentales lograron inhibir la influencia de China en el orden político del recién independizado país y presionaron ―inicialmente con éxito― para que la estructura política del nuevo Estado africano obedeciera, más bien, a un modelo pluralista liberal. Con los usuales dobles discursos, el Reino Unido y Estados Unidos crearon las bases para que la excolonia británica adquiriera y mantuviera un gobierno que ―al menos en el papel― protegería los derechos humanos de la población, garantizaría que todas las personas respetasen las leyes sin ninguna distinción social o étnica, e instrumentaría un sistema pluralista con elecciones libres y justas.
Las elecciones generales de 1980 parecían un avance determinante en la construcción de un orden democrático en Zimbabue. Los comicios se llevaron a cabo bajo la supervisión internacional y constituyeron un momento crucial en la transición hacia un gobierno liderado por la mayoría negra. El partido ZANU-PF, liderado por Robert Mugabe, emergió como indiscutible ganador de un proceso electoral que permitió la participación política de diversos grupos étnicos y agrupaciones guerrilleras, para entonces transformadas en partidos políticos. En un ánimo de conciliación, se reservaron 15 % de las curules en el Congreso para la minoría blanca. Sin embargo, las divisiones políticas y étnicas persistieron en los años posteriores a la independencia, y se hicieron más evidentes tras la renuncia de Nkomo como ministro del Interior en 1982.
El modelo de Estado liberal impuesto por las potencias de Occidente en Zimbabue colapsó con la creciente consolidación del régimen autoritario encabezado por Mugabe. A pesar de su destacado rol en la lucha de liberación y el apoyo popular inicial, Mugabe ejerció un control cada vez más firme sobre el país. Durante su larga presidencia (1980-2017), Mugabe consolidó el poder político en torno a su persona y el ZANU-PF. El mandatario utilizó diversas tácticas para mantenerse en el poder, incluida la represión de los opositores políticos, el control de los medios de comunicación y el manejo irregular de las elecciones. Además, puso en marcha un conjunto de políticas controvertidas, como la reforma agraria; este proceso había sido gradual a partir de la independencia, pero desde 2000 se llevó a cabo mediante la toma violenta de tierras que aún pertenecían a la minoría blanca.
Esta decisión desencadenó una crisis económica y social en Zimbabue, que ya venía arrastrando problemas. La elevada deuda, la incapacidad de pago y el aumento del desempleo se sumaron a periodos de inflación descontrolada. Esta alcanzó el récord de 231 millones en julio de 2008, al tiempo que la moneda del país se cotizaba en 35,000 millones de millones por dólar. Este entorno, de por sí complicado, se agravó por la interrupción de préstamos y créditos, el rechazo a reducir o cancelar la deuda externa, y el veto a diversas exportaciones básicas zimbabuenses, medidas impuestas por Occidente como resultado de la negativa del gobierno de Mugabe a garantizar los principios rectores de un Estado liberal. Entre 2000 y 2008, el producto interno bruto de Zimbabue se redujo a la mitad, una de las mayores contracciones de una economía en épocas de paz (BBC Mundo, 2017).
Como consecuencia de estos problemas, en Zimbabue se comenzó a gestar una fuerte oposición a Robert G. Mugabe. La recesión económica y la constante represión política crearon las condiciones necesarias para el resurgimiento y consolidación de grupos antagónicos al régimen político. En respuesta, el Estado fortaleció a las Fuerzas de Defensa de Zimbabue (FDZ), convirtiéndolas en un órgano del partido gobernante. Las FDZ crearon una unidad especial de espionaje destinada a interceptar las llamadas telefónicas y los correos electrónicos de disidentes y ciudadanos en general (Munoriyarwa, 2021, p. 5). Huelga señalar que las actividades de vigilancia del Estado en contra de civiles contravienen la Constitución y diversos tratados internacionales ratificados por el gobierno de Harare.
Pese al constante asedio, la oposición logró crecer y poner en riesgo la continuidad de Mugabe en el poder. Los comicios legislativos de 2000 reflejaron el clima de violencia, intimidación y fraude electoral que prevalecía en Zimbabue. Numerosos miembros del opositor Movimiento por el Cambio Democrático (MCD) sufrieron violaciones a sus derechos humanos, y el proceso electoral estuvo plagado de irregularidades (Freedom House, 2006). En las elecciones presidenciales de 2002, Morgan Tsvangirai (candidato del MCD) tenía amplias posibilidades de derrotar a Mugabe, pero el aparato represor estatal se movilizó antes, durante y después de las votaciones, evitando que el líder opositor accediera al poder. Algo similar ocurrió en las elecciones presidenciales en 2008 y 2013, en las que Mugabe se reeligió de nueva cuenta.
La respuesta de Occidente ante las elecciones de 2002 se materializó en un severo rechazo al régimen de Mugabe. El Reino Unido, por ejemplo, le retiró en 2004 el título de Caballero de la Orden de Bath, que le había otorgado en 1994. Ante la franca ruptura con Londres y Washington, Mugabe redobló su discurso antiimperialista, se retiró de la Commonwealth y reforzó su alianza con China. En 2003 lanzó la política “Mirar hacia el Este” (Look East Policy), que buscaba un estrecho acercamiento con los países de Medio Oriente y el Este de Asia. El eje de esa política fue China, cuya presencia en África se había incrementado tanto por la vía bilateral como por la multilateral, a través del FOCAC (Youde, 2007, p. 4). En abril de 2005, en un discurso para conmemorar el XXV aniversario de la independencia, Mugabe señaló: “Hemos girado hacia el Este, donde sale el sol, y le hemos dado la espalda al Oeste, donde se pone el sol” (citado por Meldrum, 2015). Significativamente, el encuentro del mandatario con sus seguidores tuvo lugar en un estadio deportivo de Harare, financiado por la RPC. Las construcciones de bibliotecas, teatros nacionales, recintos parlamentarios y estadios como este son propias de la cooperación internacional china con diversos países de la periferia, de manera destacada en África.
La RPC ha mantenido una posición pragmática ante los déficits democráticos y la falta de respeto a los derechos humanos en distintos países de la periferia. Esto ha coincidido con el fortalecimiento global del poder chino, propulsado a su vez por la prosperidad económica y el deseo de reforzar las alianzas en el exterior. En este marco, Beijing y Harare han fortalecido sus lazos, sinergia que ha sido perceptible en el incremento significativo de las relaciones comerciales, la inversión extranjera directa (IED), el financiamiento del Gobierno chino a diversos proyectos de infraestructura de alto impacto, y el otorgamiento de constantes y significativos flujos de ayuda exterior a Harare. El objetivo declarado de China ha sido promover el desarrollo económico y el bienestar social en su contraparte, pero esa ayuda también ha contribuido a fortalecer el dominio de Mugabe sobre el sistema político de Zimbabue.
Cambios en el régimen: el fin del gobierno de Mugabe y la continuidad de la alianza con la RPC
En sus renovados vínculos bilaterales con China, durante la década de 2000, Mugabe adquirió financiamiento, tecnología y armamento del Gobierno chino, recursos que difícilmente hubiera conseguido de Occidente debido al talante autoritario de su gobierno. Una parte de la ayuda exterior china se orientó a los proyectos TIC, que tenían como objetivo declarado habilitar la infraestructura donde no existía, actualizar las redes cibernéticas, optimizar las comunicaciones y mejorar el procesamiento de datos. Se argumentaba que este proceso de gran envergadura haría posible, al consolidarse, el tránsito de Zimbabue al mundo digital, mediante la adopción de redes 4G y 5G, el almacenamiento masivo de datos, el funcionamiento de ciudades inteligentes y la implementación de dispositivos de reconocimiento facial, entre otros.
Entre el 2000 y 2014, el régimen de Mugabe recibió el mayor número de proyectos TIC en el continente africano. Dieciocho programas de estas características se implementaron en Zimbabue por un monto total de 822.2 millones de dólares estadounidenses (Wang et al., 2020, p. 1504). Una cantidad importante de los flujos de ayuda exterior chinos se direccionaron a algunos subproyectos clave. Por ejemplo, una subvención de 50 millones de yuanes y dos préstamos concesionales por 1,675 millones de yuanes del China Exim Bank se canalizaron a la primera fase del proyecto de expansión de la paraestatal de telecomunicaciones NetOne; dos préstamos concesionales por un total de 228 millones de dólares estadounidenses del CDB se otorgaron para expandir la red de telecomunicaciones de la firma privada Econet Wireless (Custer et al., 2021). De esta manera, el Estado fortaleció las capacidades de dos empresas nacionales en las que gozaba de amplia influencia; al paso del tiempo, estas firmas controlarían un porcentaje importante del mercado, así como el acceso y servicios de comunicación móvil.
El segundo bloque de flujos de ayuda exterior de China para proyectos TIC en Zimbabue se habilitó entre 2015 y 2017. En esta ocasión, el propósito del régimen de Mugabe era aumentar la accesibilidad y uso de servicios de internet para difundir su propaganda en las redes sociales, y potencializar las capacidades económicas y tecnológicas de dos empresas nacionales. El primer punto consistió en que los miembros jóvenes del ZANU-PF y los servidores públicos debían utilizar plataformas digitales para defender al proyecto de Mugabe, mediante la difusión de ideas y opiniones de carácter político (Dendere, 2019, pp. 186-187). El segundo punto implicó destinar 300 millones de dólares estadounidenses a Econet Wireless (firma que nuevamente se vio beneficiada), y 98.6 millones de dólares estadounidenses a la paraestatal TelOne (Custer et al., 2021).
La intención de difundir propaganda de Mugabe en redes sociales pronto tomaría un rumbo inesperado. Ante la difícil situación económica, la corrupción y la falta de respeto a los derechos humanos, cientos de zimbabuenses comenzaron a enviar mensajes de protesta a través de Facebook, WhatsApp y Twitter; este fue el momento oportuno para el surgimiento de #This Flag, movimiento enfocado en promover la libertad de expresión y organizar el cierre masivo de negocios para precipitar la renuncia de Mugabe (Gukurume, 2022, p. 285). El 6 de julio de 2016, ante el aumento de las manifestaciones, las autoridades suspendieron el servicio de WhatsApp, y advirtieron a la población que el uso irresponsable de las plataformas digitales o el envío de mensajes subversivos sería severamente castigado (Shapshak, 2016). El corte de la red de internet se facilitó por la influencia y control significativo del Estado sobre las empresas de telecomunicaciones.
A fin de cuentas, estas estrategias de censura no lograron contener el descontento social ni las rupturas intraélite. En noviembre de 2017, el vicepresidente Emmerson Dambudzo Mnangagwa asumió el gobierno mediante un golpe de Estado. Este hecho ocurrió tras la breve destitución de Mnangagwa, leída dentro y fuera del régimen como un intento de Mugabe para posicionar a su esposa Grace (también conocida como “Gucci Grace”, por su conocida afición a las marcas de lujo) como titular del poder ejecutivo. El nuevo líder de Zimbabue se caracteriza por ser miembro, al igual que Mugabe, del ZANU-FP; en su trayectoria había forjado excelentes relaciones con las fuerzas armadas zimbabuenses, las cuales apoyaron el golpe de Estado. Significativamente, en los días previos a la destitución de Mugabe, el líder del estamento militar, Constantino Chiwenga, había realizado una visita a Beijing. Ahí se entrevistó con dos de los miembros de mayor rango del Ejército Popular de Liberación (Phillips, 2017).
Más que un cambio de régimen, la administración Mnangagwa ha demostrado ser un cambio en el régimen. El anhelo de millones de zimbabuenses de un posible cambio en la forma de la organización estatal hacia una versión más liberal se desvaneció rápidamente, pues las fuerzas militares y policíacas reprimieron de inmediato las manifestaciones en contra del nuevo Gobierno. Estas acciones representaron la antesala del recrudecimiento del sistema implementado años antes por Mugabe mediante la restricción de libertades, el control de la información, el aumento de la represión política, la violación de derechos humanos básicos y el fraude electoral.
El mantenimiento del autoritarismo en Zimbabue prácticamente ha pasado inadvertido para el Gobierno chino, que no ha dudado en continuar e incrementar su apoyo al nuevo líder del país africano. Entre las primeras actividades internacionales de Mnangagwa destacó, en abril de 2018, la visita a su homólogo chino, Xi Jinping; los objetivos de este periplo de cinco días fueron obtener recursos financieros, ampliar el comercio y adquirir tecnologías de vanguardia. El apoyo de China a Zimbabue fue inmediato, amplio y en distintos sectores, entre los cuales sobresalió el fortalecimiento de las capacidades en materia de seguridad del régimen autoritario de Mnangagwa.
Las estrechas relaciones bilaterales entre China y el Zimbabue pos-Mugabe se han plasmado, inter alia, en programas de asistencia tecnológica de alta envergadura. El fortalecimiento de los vínculos entre ambos gobiernos elevó la categoría de la colaboración a “estratégica” y facilitó la transferencia de dispositivos de seguridad inteligente (Zimbabwe Situation, 2018). La IFRD fue el mecanismo que hizo posible que la compañía china CloudWalk otorgara de manera gratuita al régimen autoritario de Mnangagwa tecnología de vanguardia con el fin de crear tanto el padrón electoral nacional como la red de monitoreo de reconocimiento facial (Chutel, 2018). El acuerdo se anunció, por parte del Gobierno chino, como una relación “ganar-ganar”, en la que ambas partes saldrían beneficiadas. Por un lado, las firmas chinas incrementarían la precisión de sus dispositivos de reconocimiento facial; por el otro, el monitoreo de la población por las autoridades zimbabuenses sería más viable y ayudaría al diseño e instrumentación de mejores políticas de seguridad pública (Gwagwa, 2018).
La implementación de los dos proyectos digitales en Zimbabue utilizando tecnologías de fabricación china mostró el rol de liderazgo tecnológico de China en el escenario internacional. Estas iniciativas fueron pioneras en África y demostraron la capacidad de la potencia asiática para ejecutar proyectos tecnológicos a gran escala en otros continentes y regiones. Además, la implementación exitosa de estos programas digitales en Zimbabue aceleró la expansión de las empresas chinas de tecnología y telecomunicaciones a otras naciones africanas.
Las elecciones presidenciales de 2018 en Zimbabue fueron muy relevantes porque determinarían si Mnangagwa cumpliría con su compromiso de iniciar un proceso reformador que condujera a un régimen pluralista en la nación africana, o bien continuaría con las prácticas antidemocráticas de Mugabe. En un inicio parecía que la intención del gobierno de Mnangagwa se alineaba con la primera opción; se pensaba que la adquisición de tecnología de vanguardia china ayudaría a garantizar comicios sin la participación de votantes fantasma, al digitalizar el padrón electoral nacional. La información sensible de los ciudadanos incluía el rostro, la huella dactilar, el origen étnico y el domicilio. Sin embargo, una vez desplegado el sistema y realizadas las votaciones ―una vez más empañadas por los reclamos de fraude electoral y la represión estatal-, se encontró que las fuerzas armadas utilizaron los datos del padrón electoral para realizar operativos con la intención de identificar, localizar e intimidar a ciudadanos y disidentes (Chimhangwa, 2020).
Por su parte, la red de monitoreo de reconocimiento facial 3D instrumentada por Mnangagwa con asistencia tecnológica china buscaba, en el discurso, fortalecer la seguridad en distintos puntos de acceso al país y las terminales de transporte. Sin embargo, su uso se extendió rápidamente a otros sectores y actividades. La instalación de múltiples equipos de reconocimiento facial se amplió a avenidas principales y edificios públicos de Bulawayo ―segunda ciudad del país y principal asentamiento de la industria― y en la capital Harare, en especial en los sitios donde las personas disidentes realizan protestas contra el Gobierno. Estas tecnologías de vigilancia no solamente permiten identificar los rostros de las personas, sino también escuchar su voz. Al no existir ninguna persona detenida por la comisión de algún delito del orden común mediante el uso de estos dispositivos, diversas organizaciones de la sociedad civil han señalado que el propósito verdadero de Mnangagwa no es combatir la inseguridad, sino intimidar a los opositores (Munoriyarwa, 2020).
Las transferencias de dispositivos de reconocimiento facial de CloudWalk al régimen autoritario de Mnangagwa mediante el financiamiento de la IFRD solamente fueron el comienzo de la expansión de la red de monitoreo en diversas ciudades de Zimbabue. La siguiente compañía involucrada en el proceso de asistencia tecnológica fue Hikvision. Ante la urgencia de Mnangagwa por incrementar las capacidades de vigilancia con tecnologías de vanguardia a escala nacional, esta firma continuó recibiendo donaciones de equipos de identificación biométrica, que fueron instalados en diversos espacios públicos de la nación africana (Mudzingwa, 2018).
Tanto la implementación del padrón electoral nacional digital como la puesta en marcha de una red de monitoreo de reconocimiento facial por parte del gobierno de Mnangagwa han impactado negativamente los derechos políticos y las libertades civiles de los zimbabuenses. Las pruebas sobre el carácter autoritario del régimen de Harare son abundantes. Por solo mencionar un ejemplo, destaca la evaluación de Freedom House (2023), que busca determinar el grado de pluralismo de los diferentes países; la medición incluye variables como la calidad de las elecciones, la participación política, la independencia judicial y el debido proceso. En el caso de Zimbabue la calificación ha sido de país “no libre” del año 2000 al 2023, seguramente influenciada por la cuestionada reelección de Mnangagwa en ese último año. Parece claro que el uso político de los programas de alta tecnología derivados de la cooperación con la RPC también ha coadyuvado a mantener esa evaluación.
Conclusiones
Los resultados del presente trabajo se concentran en tres puntos principales. Primero, China se ha reinventado como una potencia global con una economía fuerte, industrias consolidadas, tecnología innovadora y considerables flujos de ayuda exterior para lograr objetivos económicos y políticos en distintas partes del orbe; a lo largo de ese proceso, África ha ocupado un lugar central. Segundo, los proyectos TIC implementados en Zimbabue por Mugabe mediante la ayuda exterior china fortalecieron las capacidades de dos paraestatales y una firma privada de telecomunicaciones zimbabuenses, lo que facilitó el control estatal del acceso y servicios de internet. Tercero, las donaciones chinas de tecnología de vanguardia y dispositivos de reconocimiento facial han reforzado, desde 2017, las capacidades de seguridad del régimen de Mnangagwa, fortalecido el posicionamiento de China como potencia tecnológica global, y facilitado la expansión de las firmas tecnológicas y de telecomunicaciones en África. Por esta razón, se confirma que los proyectos TIC, el padrón electoral nacional digital y la red de monitoreo de reconocimiento facial han contribuido a mantener el régimen autoritario en Zimbabue y también se explican por la realpolitik de China.
En efecto, la evidencia reunida en este trabajo permite contar con suficientes elementos para respaldar la hipótesis de que la ayuda exterior de la RPC destinada a los tres programas de alta tecnología ha tenido propósitos adicionales a los de impulsar el desarrollo económico y bienestar social en Zimbabue. En el texto ha quedado de manifiesto que, gracias al apoyo chino, el Estado zimbabuense ha reforzado sus capacidades de control y su naturaleza autoritaria, reforzando al mismo tiempo la histórica alianza del ZANU-PF con la RPC.
Desde el punto de vista teórico, se confirma el postulado central del Economic Statecraft de Baldwin, según el cual los flujos de ayuda exterior son instrumentos que las potencias emplean para fortalecer las capacidades políticas y económicas propias, independientemente del beneficio que pueda obtener la sociedad del Estado receptor. Es posible que la relación ChinaZimbabue contenga, en efecto, algunos elementos de ayuda al Sur Global, pero la asistencia tecnológica parece explicarse mejor por la realpolitik como expresión del interés nacional de una superpotencia ―en este caso, la RPC.










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