Sr. Editor:
Guiados por una ética del cuidado, la promoción de la inclusión y la justicia social, abordamos este tema, tanto desde una perspectiva profesional como personal, dado que dos de los autores de este artículo tienen experiencias como neurodivergentes.
Es innegable que la investigación académica, la salud y la neurodiversidad están estrechamente entrelazadas. Desafortunadamente, resulta notable la ausencia de investigadores neurodivergentes que investiguen sobre la diversidad del desarrollo. Este hecho plantea desafíos en lo que respecta a la igualdad de oportunidades y relevancia científica de los estudios1.
Tenemos la responsabilidad compartida de fomentar, por una parte, la cultura laboral solidaria e inclusiva en los espacios de investigación, esto implica aprender a vivir juntos con mente abierta y motivada para lograr la sana convivencia; y por otra parte, hacer uso de modelos específicos de investigación, como la Investigación Participativa Basada en la Comunidad, que busca garantizar la implicación de todos los involucrados, incluidas las personas neurodivergentes bajo estudio, al reconocer y aprovechar habilidades y perspectivas únicas que cada uno aporta2.
Es necesario prestar atención a las políticas y prácticas de investigación, como capacitar a directores de centros de investigación para formar y gestionar grupos de investigación neurodiversos (para trabajar juntos en comunidad y colaboración aprendiendo unos de otros)2, esto podría considerarse como un criterio clave para las convocatorias de financiación de proyectos para promover la investigación inclusiva en el ámbito científico. Muchos procedimientos cotidianos en la vida académica como la enseñanza, la comunicación en congresos, la escritura, la investigación y la movilidad académica internacional pueden transformarse en desafíos cuando estas áreas continúan siendo influenciados por la hegemonía neurotípica.
Otro cambio en la investigación es ajustar las prácticas formales del entorno, así también, los procedimientos, protocolos y materiales adicionales para la investigación, de manera que se adecuen a las necesidades de los investigadores neurodivergentes y al desarrollo de la neurodiversidad cognitiva en la propia investigación. Además, se debe eliminar cualquier sesgo inconsciente y el lenguaje estereotipado que contenga juicios negativos sobre las características individuales y que pueden verse reflejados no solo en los resultados de la investigación, sino también en la construcción de su identidad.
Recogiendo lo más importante, en el escenario actual es momento de crear conciencia sobre la importancia de la diversidad neurocognitiva en el mundo académico, reconocer que ser diferente de la mayoría no es un déficit, que valorar la diferencia no solo enriquece nuestras comunidades científicas y educativas, permitiéndonos avanzar con sentido de pertenencia, sino que también contribuye a la construcción de una sociedad más humana, compasiva, responsable y activa, posibilitando que la humanidad prospere en toda su multiplicidad3. Quizás esta sea una de las cosas cruciales que surgen al pensar en conjunto sobre la neurodiversidad.









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