Sr. Editor:
Leí con interés el trabajo editorial titulado “la meritocracia en medicina: ¿mito o realidad?”. El paradigma egoísta de ahora, instaurado por el ideal meritocrático, ha provocado en la sociedad médica un estado de envidia y desprecio por “el otro”1,2. Se resalta la supuesta superioridad del médico en comparación con las demás profesiones1; no obstante, el desdén no se limita hacia las otras carreras, sino que también ocurre entre los mismos médicos y, en especial, de los médicos especialistas (ME) hacia los generales (MG)3.
En México, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), en 2019 había 348,830 médicos (70.6% tienen licenciatura y 29.4% con especialidad)4. Sin embargo, las cifras se encuentran muy por debajo de las recomendadas por la OCDE5. La diferencia en la relación MG-ME no radica en que los estudiantes aspiren únicamente a la licenciatura, en cambio, se documenta que un 80% desea especializarse y solo 5% quiere permanecer como MG6. En otros países sucede de manera similar; en Colombia, la proporción MG-ME es de 83%:2.6%7; y en Chile, de 53%:20%8. El estudiante considera a la licenciatura como un eslabón imprescindible en el camino a la especialidad para poder gozar del reconocimiento social prometido por el sistema meritocrático3,7. En nuestro país, la vía para ingresar a la especialidad se encuentra limitada por el número de plazas y porcentaje de admisión (26%) del ENARM4,9. Además, ser aceptado es entrar a un ambiente donde predominan las relaciones de poder, tratos inhumanos y terribles condiciones laborales5. A pesar de todo, aquellos que logran concluir, se vuelven parte de la cadena jerárquica y meritocrática, y terminan observando con desprecio desde “arriba” a los que se quedaron atrás.
Así mismo, los MG también son víctimas del juicio social. Antes de la existencia de la especialización, la figura del médico se caracterizaba por ser recto, pulcro y por atender a todos por igual3. No obstante, la imagen del MG se ha ido deteriorando por la preconcepción social de que la especialidad es la aspiración por excelencia del estudiante3. Todo aquel que se forma como médico tiene la experiencia de ser cuestionados en qué se especializará e, inclusive, la sociedad asume intuitivamente que el ser médico es ser ME3.
Todo lo anterior condiciona que los estudiantes tengan un pensamiento de rechazo, comenzando nuevamente el círculo vicioso meritocrático. En última instancia, debemos de abandonar este paradigma y reconocer que cada trabajo es digno1.










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