Hoy resulta casi un lugar común enunciar que el mundo está al borde del colapso. La crisis ecológica es global, innegable, y se manifiesta en varias formas: desde el cambio climático hasta la acidificación del océano, de la perturbación del ciclo del nitrógeno a la erosión de las tierras cultivables, de la pérdida de biodiversidad a la extinción masiva de especies y ecosistemas. Ahora más que nunca adquiere protagonismo el aspecto profético de la obra de Marx que anunciaba al capitalismo como un sistema que devora todo a su paso, que pone en peligro las condiciones materiales de su propia reproducción y la posibilidad de la vida en la tierra.
También, parecería que la vieja máxima de socialismo o barbarie, al decir de Rosa Luxemburgo, se actualiza con una vigencia renovada. Quizás quienes ahora estamos vivos no logremos ver la totalidad de los efectos desastrosos de la barbarie, pero al encontrarnos en el punto de no retorno, estamos a tiempo de cambiar el rumbo de la historia, activar el freno de mano, analizar la crisis ecológica en toda su complejidad y seriedad y poner en marcha un futuro poscapitalista.
El reto es volver a la articulación entre teoría y praxis. Es en esta senda que debemos pensar el riguroso trabajo de relectura directa de Marx y de la recepción histórica de su aspecto ecológico que efectúan autores como John Bellamy Foster en Marx’s Ecology. Materialism and Nature, Paul Burkett en su Marx and Nature. A Red and Green Perspective, Jason W. Moore en Capitalism in the Web of Life: Ecology and the Accumulation of Capital o Kohei Saito en Marx in the Anthropocene. Towards the Idea of Degrowth Communism.
El trabajo de Saito dialoga de manera directa con el trabajo de Foster, Burkett y Moore, y sugiere una versión particular de ecosocialismo para los tiempos que corren. Saito propone un retorno a Marx y Engels a través de una lectura cuidadosa del mega (Marx-Engels Gesamtausgabe), a la vez que examina la tradición crítica que interroga la relación entre seres humanos y naturaleza, la especificidad de ambos, la mediación entre ellos -entendida como intercambios materiales- y la reorganización de la producción material y la reproducción de la vida sobre bases distintas.
En otras palabras, Saito efectúa una labor de importancia enorme: historiza el ecologismo marxista, hace una caracterización sintética de la ruptura metabólica -entendida como la disrupción que causa la acción humana bajo el capitalismo en la interacción de humanidad y naturaleza- y propone una hoja de ruta con el concepto de comunismo decrecionista.
Saito realiza una historización del surgimiento del concepto de ruptura metabólica en Marx y Engels; el de dialéctica de naturaleza del segundo; de su recepción por la Segunda Internacional y el oficialismo soviético y el redescubrimiento de la ecología marxiana a través de figuras como Rosa Luxemburg, Lukács, István Mesázaros, y el así llamado marxismo occidental encabezado por Adorno, Horkheimer, Marcuse y la Escuela de Frankfurt.
El autor critica, siguiendo de cerca los argumentos de Lukács, la ontología plana y monista de la actualidad que tiende a borrar la distinción entre naturaleza y sociedad. El objeto de esta crítica puede entenderse desde el holismo ecológico y la teoría de Gaia de James Lovelock, la ecología profunda fundada por Arne Näess o incluso el oikieos de Jason W. Moore. Encuentra útil la descripción de Lukács del metabolismo entre sociedad y naturaleza como una unidad-en-separación doblemente determinada: como interacción con una naturaleza que existe independientemente de la existencia humana y como algo determinado por la estructura económica de la sociedad en un momento dado. Eso significa que aunque lo natural y lo social existen en el mismo nivel ontológico, la separación analítica es necesaria.
Por otro lado, Saito sintetiza en tres aspectos que se refuerzan mutuamente las dimensiones de la ruptura metabólica: 1) la disrupción de los ciclos naturales (el ejemplo más obvio es el de la erosión de la tierra), la contradicción entre campo y ciudad, en esencia antagónica, fundamentada en un proceso violento de acumulación originaria y expulsión de los campesinos de las tierras comunales, de la concentración de desechos en las ciudades que degrada las condiciones de vida obrera; 2) la expansión de fronteras imperiales, y 3) la fractura temporal entre el tiempo del capital y el tiempo de la naturaleza. De esta manera, argumenta que el capitalismo necesita maximizar la valoración en una forma efectiva y una demanda constante de capital flotante en la forma de materia prima abundante y materiales auxiliares.1
El autor también problematiza la categoría de Antropoceno. En consonancia con Andreas Malm y Alf Hornborg,2 existe una tendencia en dicho concepto de identificar la causa última de la catástrofe climática actual en causas antiguas como el uso del fuego. En otras palabras, se trata de rastrear la crisis actual a un supuesto atributo esencial en los seres humanos. Saito se muestra de acuerdo en que en dicho concepto, en su forma más burda, se abstraen las relaciones sociales que determinan cómo los seres humanos se relacionan con la naturaleza y previene investigaciones que indaguen acerca de la especificidad del capitalismo moderno y sus relaciones con el poder, la hegemonía, el imperialismo y la tecnología. Incluso, propone que cierto grado de antropocentrismo, como el existente en los textos de Marx, es necesario para adoptar un dualismo metodológico que permita hablar de la crisis ecológica de manera significativa: las bacterias y microorganismos seguirán existiendo incluso si la especie humana desaparece. Solo tiene sentido hablar de crisis ecológica desde una perspectiva humana, porque esta existe principalmente -en sus consecuencias más inmediatas- para los humanos.
Esta última perspectiva entra en debate directo con autores que son críticos de la escuela, de la de ruptura metabólica de la que Saito pasa a formar parte, como Jason W. Moore y su crítica al supuesto dualismo cartesiano de dicha teoría o Bruno Latour y Neil Smith con su holismo con el foco en lo extrahumano, Dipesh Chakrabarty y su dislocación de temporalidades o Donna Haraway y su reflexión sobre la condición posthumana y lo cyborg.
Saito dirige otra crítica muy potente al prometeísmo marxista en su vertiente más contemporánea. Alberto Toscano, Aaron Bastani y los aceleracionistas de izquierda son identificados como los representantes más importantes de esta tendencia en la que se ignoran los límites ecológicos de la abundancia y se cambia la agencia de los movimientos de masas y trabajadores y la subjetividad revolucionaria por la agencia reificada de las máquinas como sujetos de la historia. Para Saito lo importante, más que la tecnología o el general intellect que estos autores fetichizan, son las luchas sociales. Sin ellas cualquier intento de imponer un proyecto social a través del desarrollo tecnológico desde arriba es una negación tanto de la esfera política como la de la producción social.
Una falencia del texto es que fundamenta el concepto de comunismo del decrecimiento, que se desarrolla en el capítulo final, sólo con cuadernos de notas de Marx disponibles en el mega, cartas a camaradas como Vera Zasulich o el mismo Engels y borradores no terminados sobre las comunas de agricultores rusos que precedieron al zarismo. Sin embargo, a pesar de sus limitaciones, Saito logra su cometido de hacer una crítica demoledora al enfoque productivista de gran parte del marxismo tradicional del siglo xx, del neoprometeísmo y del decrecionismo radical y sin una estrategia de fondo articulada.
En esencia, el problema radica en la incapacidad del capitalismo de sobrepasar y reconocer sus límites naturales, más aún, en concepción dualista e instrumental que separa de forma tajante a la humanidad de la naturaleza y que convierte a la última en un mero campo de dominio presuntamente inagotable.
Por supuesto que la adopción de esta racionalidad tiene como consecuencia las crisis ecológicas, lo que metafóricamente Engels nombró “la venganza de la naturaleza”. La encrucijada actual también se puede resumir en palabras de Marx: la barrera más grande del capital es el capital mismo.
No basta con enumerar una serie de obras que se pueden enmarcar en esta tradición y versan sobre temas concretos que operacionalizan el concepto, ya sean análisis históricos, como el Fossil Capital de Andreas Malm, que desmiente el mito de que el desarrollo del combustible fósil como fuente primaria de energía era necesario e inevitable para la revolución industrial, o contemporáneos como The Tragedy of the Commodity: Oceans, Fisheries, and Aquaculture, de Stefano B. Longo, Rebecca Clausen y Brett Clark, o bien, Extinction: A Radical History, de Ashley Dawson, que versa sobre las consecuencias de la extinción masiva de las especies debido a la ruptura metabólica que produce el capitalismo, o el clásico The Ecological Rift: Capitalism’s War on the Earth, de John Bellamy Foster, Brett Clark y Richard York, que hace un diagnóstico multidimensional de las formas en las que la ruptura metabólica se traducen en un deterioro de vida del proletariado mundial y la biósfera en general.
Hay que ir más allá y contextualizar, discutir y reelaborar conceptos todo el tiempo. El potencial del ecologismo marxista es inagotable. Mientras exista humanidad y naturaleza y la mediación entre ambas, el problema de la reproducción social de una forma sostenible será siempre un tema de especial relevancia. Ojalá los historiadores del futuro vean a los sujetos sociales de nuestra época no como una masa pasiva de fatalistas y neutralizados políticos, sino como quienes tomaron las riendas de su destino y activaron el freno de mano del tren que conducía hacia la barbarie.









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