La motivación detrás del texto
La conservación de fotografías, cuando se interpretan como documentos históricos, presenta una dualidad significativa: la dimensión técnica de su intervención y la reflexión humanística inherente a su restauración. En ese sentido, el informe realizado por Marcela Vázquez Bárcena y Julia Andrea Vilchis Villavicencio (2023) como parte de su servicio social en el Seminario-Taller de Conservación de Fotografías (STCF) en la ENCRyM ilustra detalladamente los procesos de restauración aplicados a la obra, en este caso, al retrato del conservador Manuel del Castillo Negrete, fundador de la escuela epónima de Conservación, Restauración y Museografía del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
La labor de las estudiantes, que examinan cada mancha, grieta y deterioro en la imagen con un enfoque casi forense, permite trabajar detalladamente en los signos de envejecimiento y desgaste que se acumulan con el tiempo (Figura 1). Con herramientas como pinceles, solventes y papel japonés, se enfrentan al desafío de desprender del soporte la fotografía y recuperar los faltantes de gelatina, no sólo devolviendo a aquélla su integridad física, sino también reestableciéndola como un objeto cargado de significancia histórica y valor comunitario.

(Fotografía: Claudia María Coronado García; cortesía: Seminario-Taller de Conservación de Fotografías).
Figura 1 Marcela Vázquez Bárcena trabajando la fotografía.
¿Es acaso una fotografía sólo un objeto material? Este interrogante nos invita a ir más allá del aspecto técnico, y a considerar los profundos significados que carga que, a mi parecer, son la parte inmaterial que fomenta su conservación, aquella que nos recuerda que las fotografías no sólo se “leen”: también se “sienten”. Los acervos fotográficos adquieren, así, una dimensión única como guardianes de historias y memorias, propiciando una conexión emocional entre la imagen y la persona que la observa.
Como lo menciona Liliana Dávila (2015, p. 148), abrazan una dimensión técnica y una sintaxis visual propias que las hacen únicas y que las aterrizan a un contexto y las vinculan a una procedencia específica. Sin embargo, uno de sus valores principales no reside en su materialidad, sino en la respuesta emocional que las fotografías suscitan en quienes las coleccionan, preservan y contemplan.
En la práctica de la restauración, con la información adecuada es posible descifrar el mensaje de un objeto artístico. Pero ¿sucede lo mismo con la fotografía? ¿Aun sin fuentes escritas se puede interpretar lo que representa, quién aparece en ella o incluso descubrir lo que dio origen a esa imagen? La respuesta es sí, aunque esto requiere otro tipo de habilidades y conocimientos. Me explico:
Descifrar el mensaje
Es precisamente esa conexión emocional la que impulsa a las estudiantes de noveno semestre del 2023 a realizar actividades de conservación fotográfica a finales de aquel año y principios del 2024. Con entusiasmo, propusieron aplicar los conocimientos adquiridos en el Seminario-Taller de Conservación de Fotografías (STCF) como parte de su formación en la Licenciatura en la ENCRyM para identificar técnicas fotográficas, practicar diagnósticos y desarrollar propuestas de intervención para la conservación de imágenes que lo necesitaran.
Primero exploraron el acervo fotográfico de la Biblioteca de la ENCRyM, y luego se incorporó al objeto de estudio una colección especial de imágenes provenientes de una cápsula del tiempo creada por la ENCRyM en la inauguración de su sede actual, en el 2003, que se abrió casi 20 años después, en el otoño del 2023. Esas fotografías se sumaron al proyecto para su diagnóstico y conservación, permitiendo observar cuánto -o cuán poco- ha cambiado el campo de la restauración en dos décadas. A través de una comparación visual y un ejercicio de memoria, esas imágenes invitan a reflexionar sobre la evolución de la disciplina. Así, recordamos cómo lucían tanto los espacios donde se asentaba el Centro de Estudios para la Conservación “Paul Coremans”, o Centro Churubusco,1 como los métodos de trabajo, los atuendos y los peinados de la época, pero estuvimos lejos de poder identificar a personas que formaron parte del estudiantado o del cuerpo docente y profesional de aquel tiempo.
Sin embargo, entre las piezas seleccionadas se encontraba un retrato de Manuel del Castillo Negrete, fundador epónimo de la ENCRyM (Figura 2): una impresión en papel RC realizada con la técnica de plata en gelatina monocromática, de 60 cm de alto por 40 cm de ancho. Era una imagen impersonal, similar a la de una fotografía de identificación oficial, como las utilizadas en los pasaportes: fondo blanco, sin sombras, rostro descubierto, no lentes, y sin expresiones -ya que al sonreír se distorsiona el rostro-.2 Paradójicamente, ese tipo de fotografía -la menos artística- es a menudo la que nos representa oficialmente como ciudadanas y ciudadanos.

(Fotografía: Julia Andrea Vilchis Villavicencio; cortesía de la autora).
Figura 2 Imagen del “Retrato de Manuel del Castillo Negrete”.
El retrato nos interesó, primero, por ser del fundador de nuestra escuela, y, segundo, por razón de que presentaba huellas de uso -marcas y manchas estaban presentes en la imagen-. Además, revelaba algo más allá de lo que muestran su técnica de manufactura y sus alteraciones: una dimensión emocional y profundamente humana.
Se descubrió que la imagen era, en realidad, una ampliación de lo que podría haber sido una fotografía en tamaño infantil, tomada en un contexto diferente. A la altura del cuello y las orejas se podían observar los bordes menos precisos de una edición que intentaba, recortando a mano, adaptar la imagen al formato actual (Figura 3). Incluso en los lentes del retratado parecía reflejarse una escena distinta, ajena a la impersonalidad de una sala de fotografía para documentos oficiales, sugiriendo así un espacio y un momento más íntimos y personales.

(Fotografía: Julia Andrea Vilchis Villavicencio; cortesía de la autora).
Figura 3 Detalle del recorte realizado al fondo para el “Retrato de Manuel del Castillo Negrete”.
Esto me hizo recordar a Max Siedentopf, creador de la serie “Passport Photos”,3 en la que explora el contraste entre lo visible y lo oculto en este tipo de imágenes. Siedentopf demuestra cómo el arte puede expresar lo que está más allá de lo evidente, desafiando las restricciones que suelen imponer las normas en la fotografía de retrato. A través de su obra, nos invita a imaginar los mundos alternos y los escenarios casi imposibles que rodean a los sujetos retratados. Entonces se muestra como un juego visual que me hizo pensar en las posibles historias, reales o ficticias, tejidas el día en que se fotografió a Castillo Negrete. ¿Cuántas narrativas podría transmitir esa imagen sin necesidad de una sola palabra?
Siedentopf reflexionó también sobre cómo la fotografía, “una herramienta para capturar la ‘verdad objetiva’”, se convierte paradójicamente en un medio para expresar la subjetividad. Cada vez que alguien observaba el retrato de Castillo Negrete, las interpretaciones variaban; había quienes lo veían formal y riguroso, mientras que otros percibían en él una personalidad afable.
Personalmente, nunca lo conocí, y asumí que, por esa misma razón, nuestras estudiantes tampoco tendrían idea de quién era dicho personaje. Sin embargo, para mi sorpresa, las alumnas reconocieron de inmediato a Castillo Negrete, y cuando les pregunté cómo sabían quién era, respondieron: “porque es idéntico al papá de Inés, nuestra compañera, quien es la nieta de Castillo Negrete”. Lo reconocían por el parentesco, no por el dato histórico ni por los motivos que llevaron a nombrar así a nuestra Escuela.
Este retrato permaneció expuesto durante mucho tiempo en uno de los pasillos de la actual Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural (CNCPC), en la época en que compartía espacio con la ENCRyM. Las manchas, roturas, desgaste y alteraciones visibles en la imagen son testigos de su exposición constante y de su vínculo cercano tanto con el personal como con los y las estudiantes, así como con quienes estudiaron o trabajaron alrededor de la fecha de fundación de ese Centro, o porque don Manuel les dio alguna cátedra.
Son huellas que reflejan una conexión emocional con quienes transitaban aquellos pasillos, similar a la relación simbólica que los retratos de héroes nacionales evocan en las escuelas. Ahora, al estar resguardada en el acervo y protegida mediante una guarda, lejos de la comunidad escolar, la fotografía ha permanecido en buen estado material a lo largo de los años. Sin embargo, en el proceso de conservación ha perdido el vínculo vivo que generaba recuerdos, anécdotas y la memoria compartida de aquellas y aquellos que lo conocieron, sin evocar historias o la posibilidad de reactivar nuestra memoria colectiva.
Reflexiones finales
Los documentos fotográficos nos enseñan que la conservación de una imagen va mucho más allá de su reparación física. Es un acto de respeto al pasado y un tributo a la memoria, tanto individual como colectiva. Conservar fotografías como la de Manuel del Castillo Negrete implica un esfuerzo por mantener vivas las historias que contienen, para que las generaciones futuras de nuestra escuela y comunidad puedan no sólo disfrutarlas, sino también aprender de ellas y comprender su valor histórico y emocional.
Para cerrar, retomo las palabras de Joan Fontcuberta respecto “de que la fotografía es la prueba de algo, el soporte de una evidencia. ¿Evidencia de qué?, debemos preguntarnos. Quizás evidencia sólo de su propia ambigüedad” (1997, p. 42). Esta reflexión nos recuerda que la imagen fotográfica preserva la apariencia de un momento y lleva consigo una carga emocional y subjetiva que va más allá de la evidencia visual. La conservación de una fotografía, entonces, no se limita a proteger su materialidad, sino que conlleva cuidar de las memorias, historias y sentimientos que se han proyectado en ellas o en los personajes que representan.
Al conservar este retrato, o las fotografías de nuestro acervo personal, protegemos el testimonio visual de quienes vinieron antes, y además mantenemos vivas las conexiones que enlazan el pasado con el presente. En ellas, el tiempo parece detenerse, permitiéndonos compartir un mismo espacio emocional, donde la imagen no es sólo un registro, sino también un catalizador de recuerdos colectivos que trascienden generaciones. Como bien sugiere Fontcuberta (1997, p. 42), al cuidar una fotografía, nos cuestionamos y habilitamos nuestra capacidad de imaginar el mundo que tal vez existió.









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