Introducción
La violencia y sus repercusiones en la esfera social1 cuentan con un amplio abanico de publicaciones e indagaciones al respecto,2 enfocándose en el estudio y categorización de violencia desde diversas aristas, considerándola como un medio inherente a las sociedades y relaciones del individuo;3 como un rasgo constitutivo e inseparable de la condición humana y la subjetiva4 o analizando los límites y debates en torno a la violencia, el poder5 y los dispositivos e instituciones6 hasta la reflexiones marxistas sobre la cuestión, que si bien, alejan el fenómeno de la violencia de las esferas de la naturaleza humana, la sindican como estructural y sistemática en las sociedades divididas en clases.7
Del mismo modo, desde temprana data se conceptualizó a la violencia en una distinción por su constitución estructural;8 simbólica;9 y económica. A partir de lo anterior, es menester entender que los nexos entre violencia y política han sido estudiados extensamente y son un foco de atención interesante sobre todo ante la coyuntura actual10 del siglo XXI.11
De acuerdo con Alejandro Bilbao y Daniel Jofré, “no es sorprendente que la violencia sea un modo de nombrar la política, pensar la violencia es vincularla de un modo innegable a la historicidad del hombre”.12 En el terreno latinoamericano, comenzando con los abordajes de I. Martín-Baró y su concepto de trauma psicosocial13 y Asún con el de daño psicosocial,14 las indagaciones han incrementado su frecuencia en relación con los efectos y/o relación con la subjetividad,15 las violaciones a los derechos humanos16 o la desestructuración del orden social.17
En consonancia, la violencia parece ser un síntoma característico de la humanidad, al menos desde que esta se estructura en clases sociales, una huella a la cual se le atribuye, incluso, para algunos, un papel fundamental en los inicios de la vida humana. Algunos afirmarán que es esencialmente una definición de lo humano.
En el psicoanálisis encontramos la “pulsión de muerte”,18 como una tendencia incontrolable del individuo a la autodestrucción, identificado por Castro Meléndez19 como una de las fuerzas que gobiernan la vida o según Korman20 como una dimensión pulsional que habita en los sujetos.
Casettari por su parte, lo explica de la siguiente manera:
Freud vio en el odio una relación con los objetos más antigua que el amor. Cuando, como consecuencia de la introducción del concepto de narcisismo, Freud elimina la distinción entre los dos tipos de pulmones, se pensaría, halló una gran dificultad en hacer derivar el odio dentro del marco de un monismo pulsional, por este motivo el problema de un masoquismo primario señaló el comienzo de un gran nuevo dualismo pulsional.21
En este complejo atolladero ha quedado atrapado el individuo hoy, cuestión que nos lleva a pensar en la historia, el lazo social y las implicancias psicológicas de la maquinaria capitalista y las modalidades de violencia que se mantienen despolitizadas. Las propuestas políticas carecen de la unidad de las soledades y “quiebres psíquicos”22 en las que el individuo contemporáneo deambula.
En el terreno de las luchas sociales, el fenómeno de la violencia de manifiesta en el mantenimiento de enfrentamiento de unos contra otros, lo cual reproduce a su vez el vacío que constituye la desesperanza de nuestro tiempo y el porvenir, de acuerdo con Leticia Hernández,
Nuestro tiempo se ha caracterizado por tener una creciente manifestación pública de violencia; es una violencia indomable, descarnada, sin mediación; que nos convoca e interroga sobre los factores que la acrecientan, a la vez que nos invitan a reflexionar sobre las repercusiones del debilitamiento y desaparición de los límites frontales del orden social; nos emplazan a reconocer que si bien la agresividad es constitutiva de la subjetividad y forma parte de la cultura, también nos puede llevar a destruir nuestras formas de convivencia social cuando se transforma en una violencia descarnada contra otro.23
Ahora bien, para efectos de esta investigación, cabe señalar que entenderemos la violencia política aproximándonos a lo estudiado por Jorquera-Álvarez y Piper Shafil para quienes:
Violencia es una forma de calificar acciones sociales en ciertos contextos, siendo ejercida y denominada en el marco de relaciones de poder. Esto implica que no es un fenómeno único, sino que la acción es designada y connotada desde diversas posiciones, teniendo como efecto su legitimación o deslegitimación […] La violencia puede ser instrumentalizada tanto por el poder como por la resistencia, por lo que es posible considerar entre las violencias políticas aquellas ejercidas desde el poder estatal en contextos de disputa política, así como las empleadas por personas o grupos civiles que se encuentran en posición de resistencia ante este poder.24
A la luz de los procesos de transición política desde la década de los noventa,25 y las transformaciones que en el terreno de lo político se comenzaron a desencadenar con la instauración de la democracia en el Estado de Chile, se vuelve nuevamente vigente el impacto de la violencia26 en nuestra época,27 como lo señalan Barreto y Borja “se puede apreciar que, como en el pasado, la violencia política continúa siendo un medio para dominar a otros y establecer, cambiar o preservar determinado orden social”.28
Durante el contexto de la Insurrección Popular ocurrida durante el 2019 en Chile, logramos ser testigos de confrontamientos con los simbolismos neoliberales. En este contexto de revueltas se vuelve pertinente señalar las cuatro formas de violencia que categorizan Moser y Mcllwaine29 a saber, la violencia política, violencia institucional, violencia económica y violencia social. Estas formas de violencia tienen sus propios terrenos de acción y repercusión.
Al pensar en estas cuestiones, nos adentramos en un complejo terreno lleno de preguntas que toman relevancia al identificar que durante el año 2019, en Chile se declaró “estado de excepción tras el estallido social […] restringiendo libertades e incluyendo al Ejército para contener la agitación social”.30 Esta medida no dio como resultado un apaciguamiento de la población, sino que, por el contrario se aumentó la intensidad de las protestas a propósito de lo cual se perpetraron innumerables violaciones a los derechos humanos ejercidas principalmente por las fuerzas policiales de Carabineros de Chile.
A nivel nacional, el Instituto Nacional de Derechos Humanos ha categorizado el tipo de violencia perpetrada por agentes policiales como una vulneración de derechos, encontrando: “golpizas (1001), disparos (764), desnudamientos (223), amenazas (106), amenazas de muerte (82), tocación (52), atropello (26), amenaza de violación (25), impacto chorro de agua (21), quemaduras (2), ahogamiento con bolsa plástica (1), violación (8)”.31 En la gran mayoría de estos casos destaca el uso de fuerza excesiva que relataron las víctimas, quienes resultaron con múltiples lesiones graves, pérdidas del globo ocular, producto de los disparos, y otros tratos humillantes en el que no existe una fiscalización efectiva por entidades estatales. Las secuelas más destacables que dejó este conflicto fue la gran cantidad de víctimas con daño ocular, producto del uso desproporcionado de la fuerza.
Arellano concluye que la institución policial Carabineros de Chile no utilizó estos medios como un último recurso disponible, ni con el objetivo de defender su integridad, sino más bien para dispersar a las manifestaciones a través del daño físico. Incluso afirma que el personal dirige sus armas a la altura del torso y la cabeza de los manifestantes, aumentando la probabilidad de ocasionar daños severos como la pérdida de visión u otras heridas graves y en algunos casos irreversibles. Ante tales afirmaciones, se vuelve crucial estudiar las repercusiones y el estado de la cuestión en el discurso de los participantes directos.32
En esta dirección, cabe señalar que, el concepto de “víctima de violencia”33 a nivel transversal en la región de acuerdo con diversos estudios34 si bien mantiene casos de activistas políticos, en contextos de insurrección popular presenta una frecuencia mayor de víctimas provenientes de estratos sociales bajos.35
La producción neoliberal, la herencia dictatorial, incorporó al terreno y luchas sociales diversos significantes en disputa que posibilitaron producto de la carrera de la acumulación del capital, una condición de desecho anudada a la condición humana.36 O, dicho de otro modo y citando a Herrera, Olaya y Urrego “Los quiebres dados en el tejido social y político, así como sus incidencias en las subjetividades a partir de los múltiples trastornos causados por la violencia, han llamado la atención de los gestores de las políticas públicas, de las organizaciones sociales, así como de los estudiosos de los temas sociales, políticos y culturales”.37
Lo anterior permite suponer que la violencia y las repercusiones tanto físicas como psíquicas quedan en los sujetos como una huella viva que debe ser estudiada y elaborada. En las investigaciones realizadas a víctimas de violencia política en la Clínica Postraumática de París, se reflejan repercusiones psicológicas importantes en relación a la ruptura entre el sujeto y el objeto, es decir, en dichos casos de violencia, se evidencia que si el sujeto avasalla al objeto, éste queda suprimido de sí en un juego de dominación/violencia/abuso, frente a lo cual retomar el juego social -luego de la violencia vivida- incorpora ideas traumáticas a la nueva modalidad relacional que antes del suceso traumático eran inexistentes. Hay una repetición de la vivencia traumática que trasciende a otros planos producto de la ruptura de las relaciones, según Omar Guerrero en estas víctimas de “ahora en adelante será la desconfianza la que guiará a esta persona cuyas manifestaciones patológicas pueden alcanzar dimensiones importantes”.38
En nuestra investigación, analizamos el relato de los psicoanalistas para estudiar desde su narración y perspectiva, los procesos de la memoria y elaboración del trauma en pacientes con procesos de psicoterapia que hayan manifestado su participación en la insurrección popular. La argumentación propuesta para efectos de este proyecto de investigación cuenta con diversos capítulos, una división que se ha edificado buscando responder a la pregunta y objetivos de este estudio previamente comentados.
El abordaje clínico de la violencia política: de la psicología a la clínica psicoanalítica
La violencia política es un tema ampliamente estudiado en el campo de la psicología. En trabajos ya clásicos de este campo, la violencia política se ha estudiado en relación con múltiples factores, entre ellos su origen moral-normativo en la indignación,39 sus efectos en la salud mental,40 su incidencia en el bienestar psicológico, sus repercusiones transgeneracionales,41 sus justificaciones ideológicas42 y su motivación y evolución en organizaciones violentas.43 Al revisar los factores sucesivamente asociados con la violencia política, se pueden observar algunas tendencias generales, como aquella, detectada por Barreto y Borja desde los años 1993 y 1994, en la que el concepto de ‘legitimidad’ cobró un lugar central y sirvió para explicar fenómenos tales como “estatus, desigualdad, justicia, desviación y control social; movimientos sociales, especialmente protesta social; cambio social y desarrollo y difusión de nuevas normas, actitudes, prácticas; y forma institucional”.44
Hay también múltiples estudios psicológicos de la violencia política circunscritos a contextos nacionales concretos, entre ellos Irlanda del Norte,45 Sri Lanka,46 Palestina47 y Nigeria.48 En el ámbito latinoamericano, la psicología ha estudiado la violencia política en relación con sus expresiones testimoniales, las experiencias de exilio y desplazamiento forzado, el trauma, la salud mental, la memoria y los lugares de memoria, la victimización, las políticas de reparación, la posibilidad del perdón, las resignificaciones y las reelaboraciones.49 Es llamativo que varios de estos factores no coincidan con los que han estado en el centro de la psicología en otras regiones del mundo. Fuera de América Latina, son pocos los lugares en los que encontraremos tantos estudios psicológicos en los que la violencia política se vincula con el perdón, la reparación o la experiencia de exilio. Esto se explica lógicamente por las particularidades de la historia de Latinoamérica.
Algo más que llama la atención en los estudios psicológicos latinoamericanos sobre la violencia política es el relativo desinterés en situaciones actuales y el interés casi exclusivo en situaciones pretéritas.50 Es difícil comprender tal desinterés cuando se considera la persistencia de la violencia política en la región, lo cual basta para justificar una investigación, como la que aquí se expone, centrada en un caso reciente como el de la insurrección popular chilena de 2019. Algo más que justifica esta investigación es que el abordaje de la violencia política no sea social, como en la mayoría de los estudios existentes, sino clínico, es decir, fundamentado en lo que Herrera Cortés, Olaya Gualteros y Urrego Salas han descrito como una comprensión de “las experiencias de las víctimas, sus maneras de vivenciar y, si se quiere, de encarnar los fenómenos históricos vividos, así como visibilizar sus formas de enfrentar la violencia y los modos de subjetivación, desubjetivación y reconfiguración subjetiva en circunstancias asociadas a acontecimientos de violencia política”.51
Adoptando una perspectiva psicoanalítica, nuestro abordaje se justifica finalmente por la relativa escasez de estudios clínicos sobre violencia política en el actual psicoanálisis latinoamericano. En América Latina, las pocas aproximaciones psicoanalíticas existentes a la violencia política se han ocupado de temas como sus secuelas psíquicas en un régimen de impunidad y sus repercusiones en el juego social-discursivo, su vínculo con la pulsión de muerte en estructuras coloniales racistas,52 su relación con la violencia estructural del capitalismo53 y su atención en zonas marginadas y vulnerabilizadas por el Estado.54 Estos estudios revelan tanto un rechazo de la psicologización como una sensibilidad ante la dimensión político-social de la impunidad, la colonialidad y el racismo, el capitalismo y la marginación-vulnerabilización estatal, sensibilidad que resulta poco frecuente en los trabajos del campo psicológico, especialmente los situados en las corrientes dominantes de la psicología académica y profesional.
La referida sensibilidad se expresa de modo explícito en María Lorena Biason Jara, quien ha observado una imposibilidad de “separar lo social del conflicto intrapsíquico” en “casos de pacientes víctimas de violencia social, política o económica”.55 En estos casos, para Biason, “el abordaje psicoanalítico más clásico no sería suficiente”.56 La clínica no puede ya mantenerse aislada con respecto a la sociedad, la cultura, la historia, la política y la economía.
El planteamiento de Biason también se encuentra explicitado en Barria-Asenjo y Žižek, quienes consideran que “es desde las transformaciones en el devenir epocal que el dispositivo debe ir re-armando modalidades teóricas y clínicas”, reconociendo “las resistencias de la figura del analista que se rehúsa a ver al psicoanálisis como un dispositivo que va -y debe ir- más allá de la intelectualización, y un campo que debe implicarse con lo socio-cultural”.57 Es en este mismo sentido en que Biason Jara insistió en que el psicoanálisis no podría cerrarse a la sociedad al ocuparse de quienes han sido políticamente violentados “desde el Estado o sus instituciones, incluida la familia”, donde “se arrasaba con la subjetividad” y “se obstaculizaban las posibilidades de que un yo pudiera advenir”.58 Cuando el sujeto ha sido víctima de la violencia política y de sus efectos psíquicos y relacionales, ¿cuál es la relación entre la política y la práctica psicoanalítica? O, dicho de otro modo, ¿qué puede aportar el psicoanálisis como herramienta para el estudio, análisis y reelaboración de esas vivencias de carácter político?
Las modalidades del psicoanálisis
Los avatares en la corriente psicoanalítica son un foco importante de considerar y confrontar, “hay que recordar que está implicada en el momento histórico en el cual se originó, con un compromiso social determinado, y que eso tiene efectos”,59 situación similar se da en relación con las implicancias que hay en la subjetividad de los modelos económicos y las luchas ideológicas de cada periodo histórico,60 lo cual, también no deja indiferente a los abordajes clínicos, a los analizantes y analizados.
Cabe destacar que el siglo XX produjo una verdadera revolución en el terreno de las Ciencias Sociales. Diversos autores produjeron legados que aún en nuestro siglo siguen siendo revisitados. Uno de estos legados es el producido por Sigmund Freud, fundador de una nueva modalidad de atención que se alejaba del modelo biomédico dominante en su época. La revolución freudiana surgió mediante la propuesta de abordar, trabajar y tratar las enfermedades del alma, al tratamiento psíquico mediante la palabra.
En Chile, el escenario ha sido ampliamente estudiado. En la actualidad es muy complejo delimitar o dividir la recepción de un sistema de ideas y creencias transnacional como el psicoanálisis. En Chile61 en buena parte del mundo psicoanalítico prevalece un discurso con matices ortodoxos y un tanto retrógrados,62 relativos a la validación del psicoanalista por dentro de lo institucional, un debate interesante, pues es una extensión de la realidad educacional del siglo XXI que se ha anudado a los simbolismos neoliberales. En este sentido, hay distinciones importantes entre los psicoanalistas “formados oficialmente” y los “no-psicoanalistas”. La ilusión de una demarcación enfocada en un adentro y un afuera del psicoanálisis. Entonces, ¿cuáles, para efectos de la presente investigación serán los enfoques sobre los cuales pondremos atención en relación con sus modalidades de abordaje clínicos en casos de violencia política?
La práctica clínica en el territorio psicoanalítico prevalece en disputa y lo que persiste es la imposibilidad de base de diferenciar quiénes son psicoanalistas de los que no. Entonces, como mapeo general, en Chile actualmente coexisten las siguientes Asociaciones Psicoanalíticas: La Asociación Psicoanalítica Chilena (APCh); Asociación Psicoanalítica de Santiago (APSAN); Sociedad Chilena de Psicoanálisis (ICHPA); Asociación de Psicoanálisis y Psicoterapia Relacional de Chile (APPRChile); Winnicott Chile; Sepia Chile, Sociedad de Estudios Psicoanalítica de la Infancia a la Adolescencia; La Nueva Escuela Lacaniana del Campo Freudiano (NEL) y una amplia lista de instituciones y universidades a través de las cuales se puede obtener una validación externa como psicoanalista.
Por lo anterior, la presente investigación tiene por objetivo general analizar cómo entienden y abordan la violencia política en el contexto de insurrección popular del 2019 los/as psicólogos/as clínicos chilenos de orientación psicoanalítica. A la luz del proceso de investigación, las preguntas se expidieron incorporando la interrogante por: ¿qué posición tomaron los psicoanalistas ante el proceso político que se vivía en este periodo?; ¿cuáles son los efectos, conceptos y quejas que se trasladaron a la clínica psicoanalítica?; ¿desde qué posición se aborda la cuestión de la violencia política en la clínica?
Para responder a esta pregunta de investigación, se aplicó una entrevista semiestructurada a una muestra de ocho psicólogos/as, con especializaciones en la escuela psicoanalítica.
Respecto a la división/modalidades hemos considerado dos grandes enfoques, a) la modalidad de Sigmund Freud y Jacques Lacan, y b) el enfoque de Donald Woods Winnicott y Melanie Klein en el contexto psicoterapéutico
La modalidad de Sigmund Freud y Jacques Lacan
En el Tomo I de las obras completas de Freud, “Publicaciones prepsicoanalíticas y manuscritos inéditos”, el capítulo inicial relata su experiencia en París y Berlín (1885-86), durante su beca del Fondo Jubileo. Freud se muestra abierto al cambio y al cruce con la psicología, particularmente a través de su contacto con Charcot en el Hospicio de la Salpêtrière, lugar que eligió por su modalidad de trabajo “novedosa y singular”.63
En Cinco conferencias sobre Psicoanálisis, Freud celebra que su audiencia no sea médica, subrayando que el psicoanálisis no exige formación previa en medicina. Desde entonces, Freud concebía el psicoanálisis como un saber accesible, no restringido a una élite. Esto lleva a preguntarse: ¿de dónde surge la resistencia al cambio? ¿Por qué persiste la ilusión de escuelas o corrientes puras y divididas? Esta tensión atraviesa todo el campo psicoanalítico.64
Lacan también reflexiona sobre la imposibilidad de separar las ideas, influenciadas por una cadena infinita de aportes. El significante, para él, genera nuevos sentidos al articular lo reprimido. Así, el problema del concepto se vuelve central: ¿con qué trabaja el psicoanálisis?, ¿con conceptos o con el cuerpo?, ¿es posible crear nuevos conceptos en teoría y clínica?
En su seminario 6, El deseo y su interpretación, Lacan enfatiza la importancia de preguntarse por el concepto de deseo y sus implicaciones. Propone desplazar la noción freudiana de ‘búsqueda de placer’ hacia la de ‘búsqueda de objeto’, subrayando el peso discursivo de las palabras en la práctica analítica.65
En la clínica psicoanalítica actual, es muy complejo intentar delimitar a los freudianos de los lacanianos por el oleaje de ideas que sostiene la teoría psicoanalítica, lo mismo ocurre entre el debate de lo individual y lo social.
El enfoque de Donald Woods Winnicott y Melanie Klein en el contexto psicoterapéutico
Para comenzar a describir la teoría desde la cual se posicionan ambos autores, es necesario abordar las principales concepciones que manejan ambos.
Winnicott, por su parte, concibe en su teoría la constitución de tres objetos, a los cuales se refiere como el objeto subjetivo, el objeto objetivamente percibido y el objeto transicional. Respecto al primer concepto, el autor lo señala, como un objeto que el niño, en su primera infancia, no logra hacer una distinción entre él y la madre, como un ser independiente y, por el contrario, percibe a ambos (madre e hijo) como una unidad. Respecto al segundo concepto, lo visualiza, como el producto de la transición entre el objeto subjetivo en el niño, al desilusionarse de la resistencia de la madre a los instintos agresivos del niño. Finalmente, el objeto transicional, se refiere de alguna forma a un objeto que sustituye a la madre en cuanto a su efecto tranquilizador. Respecto de las funciones que posee la figura acuñada por Winnicott de la ‘madre suficientemente buena’, es posible describirla como la de sostener las necesidades del niño, participar en una adecuada coordinación psicomotriz y fundamentalmente presentarle los objetos con los que posteriormente podrá relacionarse. Referido a la concepción de “madre suficientemente buena”, en contextos de situaciones de crisis sociales, existe la tentación que muestran ciertos psicoanalistas de posicionarse desde una posición de madre suficientemente buena. Sin embargo, a pesar de cumplir con las funciones de acompañar, confortar al paciente, esto podría desviar el curso del proceso psicoanalítico.
Por otro lado, respecto a las teorías de Melanie Klein, encontramos que Melanie Klein partió inicialmente de las enseñanzas de sus maestros (Freud, Abraham, Ferenczi), como teoría presupuesta, abriendo luego, progresivamente a partir de la clínica, nuevas hipótesis de complejidad teórica creciente, hasta crear una teoría propia, en la que se combinan como pilares esenciales: la concepción de la relación objetal como entramado permanente de la organización y destino de la vida mental, polarizada desde el nacimiento y a lo largo de toda ésta por la lucha de las pulsiones de vida y muerte, motores del establecimiento de distintas modalidades vinculares, en la que la angustia y sus modificaciones ocupa un lugar central.
La atención central está enlazada a la angustia, en específico a la angustia vivida durante los años de las tiernas infancias, el abordaje clínico kleiniano implica una exploración de las relaciones vinculares y la relación con los objetos centrales, es decir, la imagen materna. De acuerdo con Klein el devenir subjetivo tiene nudos con los momentos penosos, angustiosos y dolorosos que se experimentan en el transcurso de la vida, es decir, se desarrollan dramas, se utilizan estrategias defensivas diversas, que conducen a distintas consecuencias y abren nuevas problemáticas. En todas estas problemáticas que pueden surgir, la terapia se enfocará en la correlación y la articulación con los objetos de la realidad, la simbolización y distinción bueno-malo, real-imaginario, esencial-irrelevante.
En el proceso psicoterapéutico, será fundamental la adjudicación de estas funciones o relaciones-afectos con el analista, la trama transferencia dará una posibilidad de configurar un nuevo camino mediante el cual reelaborar y modular la angustia primordial vivida durante estas experiencias potencialmente traumáticas.
Metodología
El enfoque usado fue el hermenéutico. El instrumento para recabar información fue la entrevista semiestructurada, mediante la utilización de preguntas abiertas con el objetivo de recoger la experiencia de los profesionales de forma más integral. Esto permite obtener nuevas perspectivas respecto a un mismo tema por múltiples expertos y así ver elementos en común en sus relatos.
Unidad de observación
La población de nuestro estudio corresponde a profesionales psicólogos que realizaron intervenciones psicológicas a pacientes en el contexto de la insurrección popular del 2019. Estos profesionales utilizaron el enfoque psicoanalítico en el tratamiento terapéutico de sus pacientes, por lo que nuestro muestreo fue intencionado a través del muestreo con informantes estratégicos, específicamente un muestreo de expertos, siendo una cantidad equivalente a ocho personas entrevistadas. Es decir, el muestreo de expertos ofrece la ventaja de aportar información respecto a temáticas poco exploradas en el campo social, como lo es la violencia política en contextos de la insurrección popular del 2019.
Criterios de inclusión
Para seleccionar nuestra muestra, se consideró que los profesionales participantes, residan actualmente en Chile. También, que en su práctica clínica cuenten con experiencia en abordaje psicológico de personas involucradas en la insurrección popular del año 2019.
Por último, los profesionales debían trabajar desde el modelo psicoanalítico, adscribiendo sus modalidades de abordaje dentro de alguno de los enfoques que hay en esta corriente. Estas corresponden a las ya mencionadas anteriormente que son la modalidad de Sigmund Freud- Jacques Lacan y el enfoque de Donald Woods Winnicott y Melanie Klein.
Esta información se detalla a continuación:
| Entrevistado | Edad | Género | Modalidad del psicoanálisis |
| Entrevistado 1 Lorena | 51 | Femenino | Freud-Lacan |
| Entrevistado 2 Juan | 64 | Masculino | Winnicott-Klein |
| Entrevistado 3 Michele | 53 | Femenino | Winnicott-Klein |
| Entrevistado 4 Nicolás | 38 | Masculino | Freud-Lacan |
| Entrevistado 5 Cristian | 41 | Masculino | Freud-Lacan |
| Entrevistado 6 Rodrigo | 55 | Masculino | Winnicott-Klein |
| Entrevistado 7 Paloma | 46 | Femenino | Freud-Lacan |
| Entrevistado 8 José | 50 | Masculino | Freud-Lacan |
Guion entrevista semiestructurada
Métodos de análisis de información
Se decidió utilizar el análisis de contenido para el análisis de la información, nos permite obtener una visión más objetiva de lo que se busca analizar en este estudio, considerando tanto el contenido latente como el contenido manifiesto de la información obtenida a través de los instrumentos que se utilizaron. Con este tipo de análisis se buscó recoger las ideas que los participantes deseaban entregar a través de los conceptos y afirmaciones que utilizan. El análisis de los datos implicados en este estudio incluye una serie de fases, los cuales se mencionan a continuación: a) transcripción de la información; b) categorización y codificación; c) estructuración; d) contrastación, y e) teorización.
Consideraciones éticas
Dentro de los elementos a considerar, se le entregó a cada uno de los participantes un consentimiento informado de forma escrita, donde se les aseguró una serie de garantías, como la utilización de la información obtenida solo para los fines de la presente investigación. También, se les garantizó a los entrevistados que su participación es completamente voluntaria, pudiendo retirarse en el momento que desee, si lo considera necesario.
Análisis de resultados
Posterior a la realización de las ocho entrevistas y las respectivas transcripciones, realizamos un análisis temático.66 Enfocado en los contenidos mencionados a lo largo del procedimiento de aplicación de entrevistas a los profesionales. El proceso fue acompañado de un análisis de contenido y análisis de categorías. Respecto estas últimas, cabe señalar que se establecieron un total 3 categorías, a saber: 1) violencia política en la insurrección popular como retorno de la Dictadura; 2) sintomatología traumática como resto de la batalla ideológica, y 3) abordaje clínico y desafíos en el dispositivo psicoanalítico.
Categoría I: violencia política en la insurrección popular como retorno de la dictadura
Creemos que el discurso sobre la insurrección popular responde a lo que Radiszcz, Sabrovsky y Vetö definen como “un discurso afectado, patho-logizado, ensamblado con fragmentos de una emoción reprimida, con intermitencias de la historia, con agujeros de la memoria”.67 Nuestra suposición se enlaza a las razones históricas en tanto traslado y permanencia en el discurso social, en ciertos niveles por la irrupción en el discurso, produciendo un retorno de lo reprimido, es decir, un retorno de lo dictatorial. Es innegable a la luz de la Insurrección Popular y su potencia de lo que Santander y Readi definen como “la presencia un malestar ciudadano que no encuentra un continente institucional (no existe representación dentro del sistema político tradicional para estas demandas) y que bruscamente se hizo presente en la vida social, expresándose en movimientos significativos”.68
La cuestión en la clínica psicoanalítica queda a la luz “porque ya sea por el fenómeno material o simbólico, ‘psíquico’ los pacientes estaban volcados a hacer ciertos enlaces históricos respecto de sus representaciones” (entrevistado 4). Es decir, como un elemento presente pero que al mismo tiempo que está más allá de lo conocido, un vacío sobre el cual se ha reconstruido algo pero que no deja de tener presente el vacío, siendo éste, llenado por la confusión o por la aparición de ciertos fantasmas que posteriormente pueden ser reelaborados en el proceso de análisis:
[…] pero nadie le alcanza a nombrar mucho. Sí le alcanza. Algo sabe de la dictadura chilena, pero menos de la de allá. Entonces, después, cuando él vuelve de adulto, empieza a constatar cosas que él tenía alguna idea. Por ejemplo, gente que le decía: “No, estoy, que está bien, que no pasa nada”, pero estaban sin una oreja, por ejemplo (entrevistado 1).
Y a las generaciones nuevas, yo diría que una cierta confusión de planos, digamos, en el sentido de que el golpe militar era una historia para ellos, en el sentido de que no la vieron directamente, pero que desde el punto de vista de las imágenes había una especie de acción quizás un poco mecánica en poder unir estos dos elementos, me refiero a militares en la calle, el tanque, el disparo y muerte.
Pensar el estallido como un proceso histórico, no voy a decir lineal, pero enlazado con la dictadura. Y creo que no es fácil sostenerlo teóricamente. Yo estoy de acuerdo con esa premisa, 100% de acuerdo, pero no es fácil, sobre todo en los tiempos actuales, hablar de no tomar el fenómeno clínico como un fenómeno emergente del presente, sino que el fenómeno clínico como algo que trasciende ciertas generaciones. Por algo existen miles de investigaciones, no sé si tantas como miles, pero muchas investigaciones sobre la transmisión de la violencia, la transmisión del trauma, que uno los ve constantemente en la clínica (entrevistado 4).
Es en relación con lo anterior que, la persona del analista está siempre en diálogo con la experiencia del analizante en el contexto de análisis. Por ejemplo, encontramos que, “en algunos pacientes mayores, el retorno de estos fantasmas del 11 de septiembre y en los pacientes más jóvenes, la situación de estar viviendo una experiencia novedosa, distinta, con apertura y con perspectivas de futuro, digamos” (entrevistado 2), la experiencia de violencia política en el contexto de la Insurrección posibilitó la coexistencia de 2 experiencias alimentadas por las figura del retorno de la dictadura, dando paso así a una sensibilidad histórica relativa al pasado nacional:
A ver, es que yo no puedo pensar en el estallido sin pensar la dictadura y sin pensar la historia chilena. No, para mí no son hechos aislados ni aislables, digamos” (entrevistado 6).
“Y otro caso que también es importante es una persona que ya mayor de edad, o sea, mucho mayor, no estudiante, sobre los 50 años, que él participó del cartel de Manuel Rodríguez, durante la dictadura. Entonces él, cuando empieza a desatarse la Insurrección, como por impulso se va a enfrentar a la policía y a los militares y recibe una gran golpiza. Y ahí es bien fuerte, porque además ya estaba psicótico, paranoide ahora no podía salir de la casa (entrevistado 5).
Es menester a la luz de la información obtenida a través del discurso de los analistas, abordar y repensar todo lo que deviene de la maquinaria conceptual relativa al trauma y la memoria De acuerdo con Santander y Readi hay “una dificultad en la elaboración adecuada del trauma de la dictadura y una posterior transmisión transgeneracional de este elemento no elaborado”.69 Además, cabe señalar que el acontecimiento dictatorial posibilitó la aparición de categorías como trauma político70 y traumatización extrema71. En el contexto de Insurrección popular del 2019 el abordaje clínico se vio trastocado encontrándose repercusiones, a saber:
Porque uno de los elementos fantasmáticos que estuvo muy presente en el término traumático ahí, fundamentalmente por imágenes, digamos, más que por las emociones reales, me refiero a militares en la calle, represión, muerte, acción de la policía, etcétera (entrevistado 2).
ubicar el acontecimiento traumático como un hecho ocurrido realmente en lo real , donde el analista reconoce ese acto, ese acontecimiento, y desde ese lugar de testigo puede tener una escucha implicada, comprometida, en el sentido de un acompañamiento (entrevistada 3).
que es capaz de atravesar con el traumatizado una y otra vez por esa escena, hasta que esa escena se transforme en un recuerdo y no quede anclada para siempre como que estuviera pasando ahora (entrevistada 3).
Y hablar de violencia política y hablar de trauma implica algo que está fuera del dominio de la palabra. Lo que llega, llega justamente por la fractura en lo humano a partir de la violencia política, porque la palabra es castigada (entrevistado 6).
La violencia política entra a través de lo traumático en la transferencia y en la contratransferencia de manera inevitable, y entra en sesión en sus dos modos, tanto por así decirlo, desde el territorio de quien ejerce la violencia y también de quienes la padecen (entrevistado 6).
Categoría II: sintomatología traumática, como resto de la batalla ideológica
Los eventos ocurridos en la Insurrección Popular repercutieron en una gran variedad de sintomatología en quienes se vieron afectados por la violencia, ya sea de forma directa, como también de los familiares de las víctimas. Sin duda, fue un evento que de una u otra forma afectó a la sociedad chilena, en cuanto a lo que consideraban hasta ese momento, como la normalidad. Esto se debió particularmente a la naturaleza sorpresiva e inminente con la que sucedieron los eventos violentos de parte de las fuerzas policiales y el Estado.
De alguna forma, este evento sorpresivo, entendido, como acontecimiento para algunos sujetos, en paralelo con el miedo y terror experimentado por ellos puede gatillar una experiencia traumática. Esta experiencia puede ser observada a través de la extensa sintomatología obtenida en la consulta de los psicoanalistas que atendieron consultantes con un contenido relacionado a violencia política.
Eso suscitó, por supuesto, distintos tipos de reacciones, desde reacciones que pudieran ir de angustia, de esperanza y de ilusión, hasta situaciones también de temor y de miedo, digamos. (entrevistado 2).
Y, por tanto, los procesos de angustia, de ansiedad, de temor, de fantasía depresiva respecto a la muerte, son los ejes fundamentales en términos de sintomatología psíquica” (entrevistado 1).
Se observa que los sujetos atendidos por los psicoanalistas entrevistados principalmente manifestaron síntomas ansiosos, como crisis de pánico, estrés, sensación de incertidumbre y miedo. entre otros, como paranoia. Estas se relacionan a sensaciones, como miedo al daño a la propia integridad física o de sus familiares, a ser perseguidos por fuerzas policiales, a desaparición e incluso la muerte.
Pero todas con angustia, de distintas maneras, digamos. Y en algunos casos más paranoia, como cosas más... Paranoia más propia de lo traumático (entrevistado 5).
Y que esa fractura, y que hubo una fractura feroz, y en ese sentido, yo me atrevería a decir que me tocó presenciar angustias de aniquilamiento, angustias del orden de la despersonalización, de la desrealización y de la fragmentación de la calle infinita (entrevistado 6).
Las temáticas fundamentales, como dije, eran ansiedad, angustia, cierta fantasía, diríamos, asociada a la muerte propia o a la muerte de seres queridos y familiares. Y decir, el encuentro con la muerte fue una situación muy, muy precisa (entrevistado 2).
Por otro lado, se distinguen síntomas del tipo depresivo asociado a las experiencias vividas en la Insurrección Popular, como sentimientos de decepción, desesperanza, el duelo de la pérdida de la vista en algunos casos. Sintomatología que aún persiste en la actualidad, que si bien no está relacionada directamente a la violencia en este periodo, pudo verse incrementada debido a los eventos del año 2019.
Entonces, de alguna manera encontraron espacios en lo social donde pudieron seguir su vida, pero muchos de ellos aún están viviendo la depresión, la angustia. Sobre todo, en este contexto (entrevistado 3).
De forma paradójica, algunos entrevistados parecen indicar una reducción en cuanto a la sintomatología depresiva a causa de la participación en las convocatorias, protestas e incluso, como agentes de primera línea en la Insurrección Popular. Este fenómeno lo atribuyen a la ilusión y esperanza que tenían estas personas de que se logre un cambio significativo en la sociedad, a un conocimiento limitado de lo ocurrido en el golpe militar e incluso en un componente más cercano a lo que se conoce como acting out.
[…] es como si hubiesen encontrado un proyecto más de vida. Entonces, al revés. No digo que la depresión se haya ido, porque no creo en eso, pero sí disminuyó la sintomatología depresiva en mujeres que estaba yo atendiendo (entrevistado 1).
Y yo diría que, en ninguno de ellos, esto es interesante, que recuerde, se manifestaron los sucesos más bien de lo depresivo, en ese momento, sino que la tensión productora de la exigencia y la angustia, provocó más bien una activación de ciertas cosas (entrevistado 2).
Entonces estaban mucho más presentes como una línea del yo, que más que hacerse cargo de la conservación de la vida, sino la preservación en cómo se quiere vivir y por lo tanto la muerte es un hecho más circunstancial, pero toma más importancia la forma que se quiere vivir (entrevistado 1).
Muñoz et al. se refieren a acting out o pasaje al acto, como “una acción que introduce un corte en lo real, allí donde no operó un corte simbólico, registro que introduce una falta donde no falta nada”.72 Es interesante suponer que algunos de los sujetos que participaron activamente en las manifestaciones del año 2019 lo hicieran, como un retorno a la batalla ideológica que sus padres o abuelos enfrentaron durante la dictadura, una batalla en la que no estuvieron presentes, pero con la que logran identificarse y se refleja en su conducta.
Hay cierta transmisión de una memoria, una memoria involuntaria, voy a decir, voy a decir en el sentido más prusiano, que emerge como un contenido traumático de la historia familiar. […] permite que este paciente elabore un trauma histórico, no el trauma del estallido solamente, sino que algo que hace emerger una historia a través de su propia madre y la dictadura (entrevistado 4).
Es decir, el paciente que se da cuenta que está haciendo un fenómeno de acting out al momento de enfrentarse a los carabineros en primera línea, hace toda una elaboración posterior, que es el mismo lugar que ocupan los padres respecto a la dictadura. Es el estallido como fenómeno que le permite pensar en esos elementos, pero esos elementos siempre han estado” (entrevistado 4).
Por ejemplo, había personas que en el fondo estaban bien, que era claramente acting out lo que había ahí en términos de que en el fondo eran hijos o nietos de víctimas de la dictadura que luego habían sido primera línea, pero que además habían ido a la primera línea, no sé, en short, con peto, como que se habían puesto delante de la escopeta y estaban llenos de perdigones” (entrevistado 7).
Otro fenómeno que los entrevistados observaron en sus consultas fue la revictimización de quienes experimentaron violencia política, los cuales fueron cuestionados principalmente por sus familiares y personas cercanas, debido a su participación en las manifestaciones. Más aún, esto es especialmente grave cuando esta revictimización es ejercida por profesionales que atendieron a estas personas en los servicios de salud.
[…] la renegación del otro social es como que le decían, bueno, no sé, me acuerdo de un caso de un joven que era jardinero y que llegó a su trabajo mutilado y le dijeron: Bueno, “¿qué andaba ella haciendo ahí? Tú andabas ahí. O sea, te tocó porque bueno, andabas ahí. Tú sabes por qué te pasaron esas cosas”. O sea, tú eres responsable de lo que te pasó. Es justamente esto que se le hace a las víctimas, siempre se le hace responsable en estos casos de la violencia ejercida por un otro en un acto de violencia de poder, se le hace responsable (entrevistado 3).
En el hospital en El Salvador era donde se atendía a las personas que habían... Se hizo un pequeño programa que además fue muy vulneratorio, porque cuando llegaban allá tenían que hacer filas largas para esperar la atención y generalmente los médicos que lo atendían, lo mismo. ¿Y qué hacías ahí? (entrevistado 3).
Quienes sufrieron violencia política en cualquiera de sus modalidades, entendido en algunos casos como experiencia traumática presentan secuelas postraumáticas que persisten en el sujeto, más aún ante la ausencia de medidas de una cultura de reparación y los cuestionamientos constantes de una sociedad que invisibiliza a la víctima. La interpretación que realiza Lira del autor Van Der Kolk sugiere una propuesta biológica que puede entregar mayores antecedentes respecto a la perdurabilidad de los síntomas traumáticos en quien sufre violencia política.73 Señala que ocurre en la víctima una alteración neurobiológica después de una experiencia traumática que se mantiene en el tiempo, manteniendo el recuerdo inconsciente y activándose ante señales de peligro. Esta reacción ante un peligro inminente activa en la persona una variedad de sensaciones desagradables y sensaciones físicas.
Invisibilización que se incrementa con la pandemia que interrumpe indefinidamente la demanda social que hasta entonces se había instaurado.
Y después viene el COVID. Y el COVID irrumpe, digamos, de otra manera, sería otro objeto de investigación de lo que genera y, por lo tanto, significa el encierro digamos, y la readecuación de todos nosotros respecto al método de trabajo… El COVID cercenó absolutamente todo lo que ahí sucedió (entrevistado 2).
Todo se calma un poco con la pandemia, pero también se invisibiliza lo que había pasado. Queda un poco como stand by, digamos (entrevistado 5).
Finalmente, con relación a las secuelas o consecuencias en los sujetos, Piper enfatiza en la magnitud que resulta la experiencia de represión política en ellos hasta el punto en el que determina la vida y propia subjetividad, marcando incluso una diferencia entre quien sufre represión política y quien no, que se ve agravado más aún ante las exigencias implacables de la sociedad. Más aún señala que: “la experiencia subjetiva de sus heridas, hasta la de una sociedad marcada por la violencia; las diversas dimensiones de la identidad serían constituidas por las cicatrices dejadas por la violencia”.74
Entonces, la escena traumática era imposible salir de ahí. Era como si estuvieras recurrentemente dentro de esa escena. Entonces, había pesadillas, temblores, miedo a volver a pasar por el mismo lugar (entrevistado 3).
Categoría III: abordaje clínico y desafíos
Es fundamental, entender el abordaje clínico desde la perspectiva psicoanalítica como un proceso siempre en diálogo con la multidisciplinariedad. Laplanche y Pontalis afirman que la escuela psicoanalítica desde sus inicios “se ha propuesto como objetivo relacionar las adquisiciones psicoanalíticas con las de otras disciplinas”75 y por, sobre todo, mantener la relación con las diversas modalidades del psicoanálisis que se van trastocando el paso de la historia. Estos debates incorporan lo que hemos denominado como “modalidades del psicoanálisis” a la luz de las diferencias entre los dispositivos que se enmarcan y co-existen.
la profundización en psicoanálisis también siempre implica tener algún pie puesto en el campo clínico, desde ahí es donde surge el psicoanálisis y también un pie de alguna forma en el ámbito académico tanto en términos de enseñanza del psicoanálisis como en su vertiente también clínica o de investigación […] Integro otras corrientes, otras orientaciones que me parecen importantes, fundamentalmente de autores como Bion y Winnicot que me parece son autores que también son muy significativos y muy relevantes que pueden cohabitar, con una orientación Lacaniana (entrevistado 8).
yo no me siento militante de ninguna postura, porque creo que el concepto de militancia en psicoanálisis tiende a obturar más bien los campos, y cuando se defienden causas, se defienden entonces ya otros elementos. Pero en términos referenciales, yo me siento fundamentalmente trabajando al interior de lo que uno puede llamar el campo de la relación hospitalaria (entrevistado 2).
Por otro lado, al ahondar en las intervenciones y sus alcances en relación con la violencia política, parece fundamental pensar una tensión irreductible que nace no solo entre el dialogo del psicoanálisis y lo político sino también, “entre el ámbito de la llamada ‘Salud Mental’ y el Psicoanálisis”.76
En relación con lo anterior, cabe señalar que, la neutralidad en psicoterapia es una de las principales condiciones que se deben mantener en el proceso psicoanalítico, sin embargo, también es uno de los desafíos importantes para el analista en tanto a la transferencia y contratransferencia con el analizante. Respecto a la neutralidad en psicoanálisis Laplanche y Pontalis refieren que: “el analista debe ser neutral en cuanto a los valores religiosos, morales y sociales, es decir, no dirigir la cura en función de un ideal cualquiera, y abstenerse de todo consejo; neutral con respecto a las manifestaciones transferenciales.77
Este acto psicotizante de ser como sujetos apolíticos y que la clínica no es un acto político, la convierte en sumamente política, la convierte en sumamente dominante. Si uno nunca hace una referencia a propósito de lo que emerge en el discurso del paciente sobre esto es porque en realidad uno está ad hoc con el sistema. No hay que olvidar que el psicoanálisis igual nace en el crecimiento del capitalismo (entrevistado 4).
Bueno, el tema del psicoanálisis sin relaciones de poder no va. Me parece que es algo inherente al psicoanálisis las relaciones de poder. Ahí se hace de manifiesto en esas situaciones, pero siempre es algo que estamos... Ahí, a ver, es como si uno dijera, en este contexto uno no podría si no, tener lo presente. Pero siempre es algo que hay que tener presente, pese a que ciertos colegas no tienen tan presente la relación y la vinculación de psicoanálisis, política y el poder (entrevistado 1).
Específicamente, la postura política del analista, como también del paciente puede convertirse en un dilema, ya que el terapeuta puede tener una posición ideológica respecto a los eventos ocurridos en el contexto social y político en el que se encuentran insertos ambos participantes. Esta situación se observa particularmente en torno a los eventos desencadenados en la Insurrección Popular del año 2019.
Yo obviamente puedo hacer comentarios, las personas saben, incluso qué idea política tengo, pero me parece que, como aprendizaje, haber conservado mejor ese enigma podría haber ayudado más, estar acompañando más al paciente que pudiera hacerse una pregunta (entrevistado 1).
Yo tengo una afiliación política de izquierda, eso es evidente, es explícito. Una persona que va a mi consulta va a ver libros de Marx en mi estante de libros. Yo no niego eso, no voy a negarlo nunca. Y en ese sentido, creo que eso fue muy importante, tener una posición política, no ir a la neutralidad (entrevistado 5).
Bodner plantea el riesgo de una excesiva neutralidad o silencio del analista al interpretarse por el analizante, como una complicidad implícita hacia el régimen autoritario, especialmente en contextos de violación a los derechos humanos, abierta injusticia, crímenes de lesa humanidad, entre otros. Añade además el término de ‘mundos superpuestos’ para designar estas situaciones en las que los dos integrantes de la pareja terapéutica están implicados hasta tal grado en el mismo conflicto, que se hace difícil tomar la distancia necesaria para una comprensión cualificada”.78
Y la verdad es que fue muy complejo para mí. La mayoría de los pacientes no traen contenido sobre la política, como decía, a la clínica, a menos que sea parte de su sufrimiento. […] Entonces, los pacientes no llegan a la consulta respecto a su sufrimiento y te dicen: “Mira, yo pienso desde este aspecto social, político, la realidad”. No, simplemente desarrollan (entrevistado 4).
La asimetría en la relación entre psicoanalista y analizante, también se pudo ver afectada por el contexto particular de violencia política que ocurría en el país, donde mantener la abstinencia se convierte en un desafío más complejo. Más aún, bajo esta línea de mundos superpuestos entre analista y analizante y cierta afinidad con el cambio estructural del sistema social que manifestaba el movimiento social.
Entonces, esa necesaria diferencia para poder pensar en un otro, es una diferencia, pero también hay, uno sabe de lo que está hablando el paciente, del dolor, del sufrimiento, no es tan ajeno, pero se requiere, me parece, cierta distancia, cierta asimetría, que eso no pasa por asimetrías ni de valor, no, pero cierta asimetría. Estaba un poco más borrada la asimetría, porque para mí era como, qué sé yo, como que fueran mi hijo, los que están en riesgo, como que fuera yo misma, como que fuera... ¿Me entiendes? Esa quizás fue una de las dificultades clínicas, cómo sostener esa asimetría en esos contextos. Estamos en plena conmoción sobre el movimiento, entonces era algo que era más difícil sostener esa asimetría (entrevistado 1).
A ver, en la insurrección me pasó que tenía que estar mucho más atenta a mi contratransferencia, porque sentía que ahí no iba a poder acompañar mucho al paciente, porque estábamos en pleno proceso juntos, digamos (entrevistado 1).
Incluso, aspectos de localización geográfica del dispositivo en el que realizaban sus consultas los analistas entregaban un mensaje que repercutió en la transferencia que tenía el paciente, en el sentido de que una de las consignas que presentaba la Insurrección Popular guardaba relación con la brecha salarial, el problema histórico de la ubicación de poblaciones más marginales en la periferia, sobre todo en la comuna de Santiago, donde se evidencia más intensamente.
Porque además los analistas en este país no tenemos consulta en Puente Alto o en Maipú o en Renca. Primero, porque no vivimos ahí. Sería casi como una especie de como un abajismo absurdo que no tendría ningún sentido […] Además, no funciona en términos de la lógica de que no por estar en un lugar, uno pertenece a un lugar. Y claramente para la gente que vive ahí también uno termina siendo como una.... O sea, como que no tiene sentido. O sea, yo no lo comparto. Hace muchos años que no pienso que somos mimetizables en las poblaciones (entrevistado 7).
Él va a manifestarse (paciente) a Plaza Italia en esta, digamos que frontera histórica de Chile, porque ustedes conocen o han sabido que en Santiago se habla de Plaza Italia para arriba o Plaza Italia para abajo. Entonces, es una frontera institucional (entrevistado 4).
De acuerdo con el análisis de categorías como resultado de los relatos de nuestra muestra, podemos plantear que los debates iniciales se han ampliado, obteniendo desde la experiencia clínica particular de cada analista y sus respectivas modalidades de trabajo, un amplio abanico de propuestas teórico -conceptuales al mismo tiempo que herramientas clínicas para el estudio de fenómenos sociales como el ocurrido en la insurrección popular del 2019.
Discusiones y conclusiones
Como se ha mencionado previamente, la presente investigación tuvo por objetivo general analizar cómo entienden y abordan la violencia política en el contexto de la Insurrección Popular del 2019 los/as psicólogos/as clínicos chilenos de orientación psicoanalítica. Para responder a este objetivo se crearon 3 categorías a saber; Insurrección Popular como retorno de la Dictadura; Sintomatología como resto de la batalla ideológica y; Abordaje clínico y desafíos. De estas categorías se desprendieron subcategorías desde las cuales es posible afirmar que las repercusiones psicológicas propiciadas por los conflictos políticos impulsaron desde temprana data que aparezcan históricamente instituciones enfocadas en elaborar y abordar dichas secuelas. En el contexto de insurrección popular la incertidumbre y los niveles de violencia desencadenados en el país propiciaron que el dispositivo psicoanalítico se transformara intentando responder desde el trabajo clínico a la urgencia política.
En retrospectiva fue la polarización que se produjo en el terreno político producto de los usos y aparición de diversas modalidades de la violencia, que se tornó urgente analizar y estudiar el fenómeno por los nuevos contenidos que llegaban a los procesos de análisis. Bilbao y Jofre afirman que “La violencia refractaria como vertiente impolítica de la política, puede en todo momento conducir a la agitación de los motivos que son propios a la política, a su zozobra y desmoronamiento”.79 Es la condición que produjo una modificación en el dispositivo que también y de acuerdo con los relatos de nuestra unidad de observación tanto la pandemia como el estallido fueron sucesos que incorporaron nuevas interrogantes y transformaciones en las modalidades de abordaje.
Otro importante factor que considerar es lo definido como una arquitectura del miedo, en donde la polarización estética/económica produjo además otro espacio de resignificación en el terreno de la clínica psicoanalítica, cuestión que pone en suspenso y pregunta lo relativo a la neutralidad y la asimetría. Como vimos en los resultados, buena parte de los analistas se vieron confrontados no solo con el proceso político, el contexto externo sino principalmente con la ubicación de sus respectivas consultas privadas, que movilizaban cuestiones ideológicas.
La existencia de regímenes democráticos,80 la reincorporación de la democracia posterior a la década de los noventa no es traducible a un respeto por la subjetividad, la libertad o los derechos humanos, sin embargo, el devenir histórico logró fracturar algunos ideales democráticos poniendo en la coyuntura a la violencia y sus efectos como un terreno nuevo por explorar en relación con los tipos y posibilidades de abordaje psicoanalítico como una herramienta adecuada a la tarea y desafíos de la época que hemos de partir para repensar en los retos y el complejo atolladero en el cual la clínica psicoanalítica está inserta.
Ahora bien, el concepto de subjetividad y los procesos de subjetivación atravesados por las lógicas del capital en el siglo XXI es un paso inicial que nos abre otro espacio para el trabajo psicoanalítico, como lo afirmó Jacques Lacan en el Seminario 5 -Las formaciones del inconsciente-:
En el mensaje, el sentido nace. La verdad que se ha de anunciar, si hay alguna verdad, está ahí. La mayor parte de las veces no se anuncia ninguna verdad, por la sencilla razón de que, las más de las veces, el discurso no pasa en absoluto a través de la cadena significante, es el puro y simple ronroneo de la repetición, el molinillo de palabras, que pasa en cortocircuito.81
Es el ronroneo de la repetición lo que produce a la luz de los resultados obtenidos en este proyecto aquello que permite un nuevo camino en la dirección de la cura. Lo primordial de la experiencia atravesada por la situación traumática es aquello que produce una repetición, que mantiene enlazada a la persona en sesión permanente en un diálogo con un pasado constante que no cesa de repetirse.









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