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Migración y desarrollo

versión impresa ISSN 1870-7599

Migr. desarro vol.11 no.20 Zacatecas ene. 2013

 

Artículos

 

<<Ahora todos somos transnacionales>>: relevancia de la transnacionalidad para comprender las inequidades sociales

 

Thomas Faist

 

Doctor por la New School for Social Research y profesor de Sociología en la Facultad de Sociología de la Universidad de Bielefeld, Alemania.

 

Resumen

Este análisis parte de discusiones acerca de inequidad y movilidad transfronteriza enmarcadas en debates sobre globalización y cosmopolitanismo. Una postura argumenta que el factor más importante que determina la posición en las jerarquías de inequidad son las oportunidades de interacción transfronteriza y movilidad. Aquéllos que asumen la postura contraria sostienen que los patrones de desigualdad en general y los patrones de trayectoria en mercados laborales en particular tienden a organizarse nacional y localmente, en vez de globalmente. Aquí se argumenta que las transacciones transfronterizas necesitan ser aprehendidas trascendiendo lo oposición global-local. Para el efecto, es posible partir del concepto de transnacionalidad, del continuum de vínculos que despliegan individuos, grupos u organizaciones a través de las fronteras de los Estados-nacionales y que varían en intensidad.

Palabras clave: inequidad social, migración, transnacionalidad, globalización, movilidad.

 

Abstract

This analysis departs from discussions on inequalities and cross-border mobility in the discussions on globalization and cosmopolitanism. One position argues that the most important factor determining the position in the hierarchies of inequality nowadays is opportunities for cross-border interaction and mobility. Those who take the counter-position hold that patterns of inequality in general and career patterns in labor markets in particular still tend to be organized mainly nationally or locally and not globally. In contrast to these two positions, the argument here is that cross-border transactions need to be captured more clearly, going beyond the global-local binary in the debate. One may usefully start from the concept of transnationality, that is, the continuum of ties individuals, groups, or organizations entertain across the borders of nation-states, ranging from thin to dense.

Keywords: social inequality, migration, mobility, transnationality, globalization.

 

DE LA OPOSICIÓN ENTRE GLOBAL Y NACIONAL A LO TRANSNACIONAL

Una serie reciente de investigaciones académicas sobre la globalización ha generado afirmaciones relevantes acerca de la importancia de la interacción transfronteriza para el posicionamiento social y, por ende, para la inequidad social. En palabras de Ulrich Beck, «[...] el factor más importante para determinar la posición de las jerarquías de inequidad en la era global [...] es el de las oportunidades para la interacción y la movilidad transfronteriza» (Beck, 2008: 21). En muchos casos, lo global se yuxtapone con lo nacional y lo local, y estos dos últimos con frecuencia se utilizan indistintamente. Lo local/nacional denota, entonces, una posición no favorable en un sistema de inequidades en el cual «[... ] lo local en un mundo globalizado es signo de privación y degradación social» (Bauman, 1998: 2-3). La oposición global-local es utilizada, pues, para atribuir oportunidades de vida y posiciones sociales en diferentes escalas, asociada con la afirmación de que se trata de un desarrollo relativamente nuevo realizado en el curso de la globalización en las últimas décadas. Aquí, las inequidades sociales refieren a las disparidades en la oportunidad de generar recursos, estatus y poder, todos los cuales surgen de una distribución y un acceso regular y diferenciado a recursos escasos, aunque deseables, por medio de los diferenciales de poder (Tilly, 1998).

Sin embargo, la investigación empírica sobre este fenómeno y otros relacionados encuentra que los patrones de inequidad, en general, y las trayectorias en los mercados laborales, en particular, todavía tienden a estar organizados de manera nacional o local, no globalmente (Goldthorpe, 2002). Por ejemplo, años de investigación con gerentes de alto nivel de las compañías multinacionales en Francia, Reino Unido, Alemania y Estados Unidos sugieren que las posiciones en los escalones más altos de la toma de decisiones están organizados, en su mayoría, a nivel nacional, es decir, siguiendo trayectorias profesionales ligadas nacionalmente. La educación y la instrucción normalmente se realizan en el país en que se ubica la matriz de la compañía (Hartmann, 2009). A la luz de este hallazgo, la afirmación de la existencia e importancia de posiciones sociales transfronterizas coherentes parece prematura. La investigación empírica sobre las trayectorias educativas y ocupacionales no ha apoyado la identificación de posicionamientos sociales relativamente cohesivos que se extiendan más allá de las fronteras. Ello implica, además, que la movilidad geográfica misma, de ciertas categorías de la «élite global», como los profesionales y gerentes altamente móviles, puede incluso limitar sus oportunidades para desarrollar la conciencia de una clase transnacional.1

Aunque esta última corriente de investigación es muy crítica respecto de las afirmaciones que se han hecho en torno a la importancia de la interacción y la movilidad transfronteriza, esto no quiere decir que haya que descartar la difusión transnacional. En cambio, esas transacciones transfronterizas necesitan ser captadas con mayor claridad, trascendiendo la oposición global-local en el debate. Además, necesitamos un instrumento de mayor alcance e ir más allá de una élite gerencial pequeña aunque influyente. También debe hacerse notar que el hecho mismo de que esté formándose una clase transnacional no significa que las afiliaciones nacionales o locales y las formas de vida y producción asociadas se estén volviendo obsoletas (Carroll, 2010: 1). En cualquier caso, hay tres argumentos que indican que la oposición global-local no es suficiente para captar la importancia de las transacciones, los procesos y las estructuras transfronterizas para generar y reproducir las inequidades sociales. En primer lugar, el hecho de que los patrones de movilidad social estén organizados aún a lo largo de fronteras nacionales no implica que las interacciones transfronterizas carezcan de un papel de consideración. Ello puede significar no sólo que los grupos sociales —como las redes de empresarios o de científicos naturales que trabajan en laboratorios que trascienden fronteras— puedan, de hecho, cooperar trans-nacionalmente, sino que estas transacciones no se han concatenado todavía ni evolucionado en un grupo cohesionado o en una conciencia de clase. En segundo lugar, implica que pueden existir conjuntos de posiciones sociales que no corresponden con la idea de clase. Es notable que la literatura sobre la estratificación y las inequidades sociales con frecuencia no esté asociada con la literatura sobre formaciones sociales transfronterizas, como las diásporas, las comunidades transnacionales o las comunidades epistémicas, o los migrantes y las redes de migración. Las diferencias o heterogeneidades entre los actores individuales o colectivos que resultan relevantes para las inequidades sociales pueden atravesar líneas distintas de las correspondientes a la clase, por ejemplo la etnicidad, el género, la religión o el estatus legal. En tercer lugar, y más importante, la literatura que hace afirmaciones en torno a la importancia de lo global y lo local con frecuencia carece de un análisis de las transacciones transfronterizas reales de personas, grupos y organizaciones. Por ejemplo, es poco frecuente que factores como los años de escolaridad, formación en el extranjero o contactos sociales transfronterisos se incluyan en los análisis estándares de la estructura social y las inequidades sociales.

Mientras que la literatura sobre las estructuras sociales transfronterizas, la clase (capitalista) transnacional y las diversas críticas de éstas carecen de una concepción sofisticada de los lazos transfronterizos, la perspectiva transnacional —que a veces se denomina erróneamente «transnacionalismo», como si fuera una ideología— adolece de una concepción extremadamente simplista de las inequidades sociales. La literatura transnacional es bastante limitada al respecto porque con frecuencia confunde la transnacionalidad, como una marca de diferencia o heterogeneidad, con el resultado. Por ejemplo, los lazos transnacionales son representados como «globalización desde abajo», es decir, los migrantes y las personas que les son significativas establecen una forma de vida en una economía globalizada por medio de estrategias de movilidad (Rees, 2009). De tal manera, los investigadores ubicados en una óptica transnacional a veces pintan los lazos transfronterizos como un recurso en sí mismo. Esto constituye un atajo injustificado porque la transnacionalidad puede tener resultados bastante diversos: en ciertas circunstancias, las transacciones transnacionales podrían constituir una vía para la transferencia de recursos positivos muy necesarios para la gente en los países de inmigración y de emigración —por ejemplo, las remesas financieras—. Los migrantes en los países receptores pueden utilizarlas para conseguir los documentos legales; quienes se quedan en los países de origen, para matrícular a los hijos en las escuelas. En la migración internacional, empero, las remesas financieras también pueden servir para establecer nuevas dependencias y exacerbar las inequidades sociales existentes entre y dentro de los países (Guarnizo, 2003). Las economías que dependen de las remesas pueden evitar las muy necesarias reformas estructurales en la medida en que las transferencias de dinero desde el extranjero generan espacios para la inacción de gobiernos que de otro modo deberían hacerse responsables de saldar los déficits de cuenta corriente.

La principal diferencia o heterogeneidad en este caso es la transnacionalidad, es decir, si los agentes individuales o colectivos se caracterizan o no, y en qué medida, por las transacciones transfronterizas. Este concepto puede ofrecer un punto de partida acerca de cómo operan esos lazos transfronterizos y cómo operan los diferentes tipos de transacciones transfronterizas, como la educación en el extranjero, la experiencia profesional en el extranjero o los equipos directivos entrelazados dentro de las empresas mercantiles. En pocas palabras, el término «transnacional» tiene que desagregarse en varios tipos de actividades (financieras, políticas, sociales y culturales) y debe definirse con claridad para ser útil en el estudio de las inequidades sociales. La transnacionalidad depende, pues, del contexto y no ha de asociarse a priori con significados positivos o negativos. El concepto de transnacionalidad sugiere que —además de las heterogeneidades mejor conocidas y analizadas como la edad, el género, la clase social, la etnicidad, el estatus legal, la orientación sexual— el hecho de estar implicado en algún tipo de transacciones transfronterizas puede ser relevante como un punto de arranque o de vista para la generación de inequidades sociales. La transnacionalidad es un término que se utiliza aquí desde la perspectiva del científico social que observa y capta las transacciones transfronterizas de los agentes, ya sean personas, grupos u organizaciones.

La intención de este análisis es primordialmente conceptual y tipológica, y el material empírico alimenta el propósito de ilustrar las sugerencias conceptuales que aquí se realizan. La primera sección de este esbozo analiza algunos términos medulares como el de movilidad y, sobre todo, el de transnacionalidad. En la segunda sección se discute con mayor detalle cómo conceptualizar la relación entre heterogeneidades e inequidades. La combinación de transnacionalidad con las variedades de capital social, económico y cultural, como representaciones de las posiciones sociales desiguales, ayuda a determinar la posición social de las personas respecto a las oportunidades de vida y, por ende, de las inequidades. Este esfuerzo deriva en una tipología preliminar de las posiciones sociales en los espacios transfronterizos. La tercera sección ofrece una ilustración empírica inicial de la utilidad de una perspectiva transnacional a las inequidades, incluyendo no sólo a las personas relativamente inmóviles en las familias de migrantes,2 las asociaciones y las organizaciones, y aplicando también los conceptos analíticos a los no migrantes. En la cuarta sección se discute una frontera de investigación crucial que surge del tema de la simultaneidad. La evaluación de la inequidad en un espacio social transnacional plantea el problema particular de cuál marco de referencia es el seleccionado por el investigador y las personas que son objeto de investigación —(inter) nacional, global o uno completamente diferente—.

 

MOVILIDAD Y TRANSNACIONALIDAD

El término transnacional refiere a procesos transfronterizos que en ocasiones implican la movilidad espacial de personas y trascienden los Estados nacionales y sus regulaciones en algunos aspectos, mientras que en otros tienen que abordarlos. Más específicamente, «transnacional» significa a) trans-local, es decir, conectar localidades más allá de las fronteras de los Estados y, por implicación, también b) trans-estatal, es decir, a través de las fronteras de Estados nominalmente soberanos. Así pues, transnacional no significa trans-nacional, es decir, a través de las naciones como colectivos étnicos, ya que trans-nacional en este sentido teóricamente también se aplicaría a las relaciones entre las naciones dentro de un Estado. En contraste, el término global refiere a procesos y horizontes que se extienden realmente en el marco de un solo mundo, o un subsistema específico de éste, como la economía global.

La transnacionalidad constituye una marca de diferencia a la que aquí nos referimos como heterogeneidad. Tomar en consideración la transnacionalidad es importante porque la investigación sobre la movilidad en general y la migración en particular se centran, con frecuencia, en la etnicidad como una línea limítrofe. Las heterogeneidades (Blau, 1977), como la transnacionalidad, están en el origen mismo del proceso de creación de las propias inequidades. Las inequidades aquí refieren a las categorizaciones de heterogeneidades que derivan en un acceso regularmente desigual a los recursos, al estatus (reconocimiento de los papeles asociados con las heterogeneidades) y al poder (toma de decisiones, establecimiento de agendas y la configuración de sistemas de creencias). Aunque las heterogeneidades no carecen de inequidad, es útil distinguir analíticamente entre los dos conceptos. Como tal, la transnacionalidad es señal de diferencia. Y la diferencia o heterogeneidad no es lo mismo que inequidad. Piénsese en las comunidades campesinas entre las cuales no necesariamente hay grandes diferencias de riqueza (Chase, 1980), pero las inequidades pueden surgir si las transacciones repetidas a través de los límites de categorías de personas por lo regular derivan en ventajas para un lado. Por implicación, la diferencia o la heterogeneidad deriva únicamente en inequidades si esas transacciones reproducen un confín estable y durable entre las categorías. De ahí que sea adecuado el término «inequidad categórica» (Massey, 2007), denotando los procesos de categorizaciones en que se implican distinciones binarias, como negro-blanco, hombres-mujeres, joven-viejo, etcétera, que dan beneficios sistemáticamente a quienes se sitúan en un lado del límite.3 En última instancia, el vínculo entre inequidades y transnacionalidad necesita captarse como espirales de retroalimentación múltiples y recurrentes.

Al abordar el tema de la transnacionalidad y las inequidades sociales —específicamente las categorizaciones de las heterogeneidades que implican la transnacionalidad, que son estables y regulares a lo largo de un cierto periodo de tiempo— es útil comenzar por las categorizaciones que se encuentran en los debates públicos y en la literatura académica. Una común en los medios de comunicación masiva, e incluso en los análisis académicos, es la distinción dicotómica entre, por un lado, las personas móviles altamente calificadas y profesionales de un país particular que se trasladan al extranjero y, por el otro, los trabajadores migrantes y los migrantes irregulares. Aunque es frecuente que estos últimos sean considerados migrantes en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y se responde a ellos en términos de problemas sociales, los primeros no son etiquetados como tales y con frecuencia se les presenta en términos de competitividad económica (Faist y Ulbricht, 2013). Se considera que los altamente calificados están en una situación de «ganar-ganar-ganar» que beneficia por igual a los migrantes y a los Estados de emigración e inmigración al aumentar la riqueza y la eficiencia (GCIM, 2005). Con frecuencia se piensa que los migrantes laborales que practican la transnacionalidad, empero, están involucrados en segregación social, residencial y ocupacional, una forma de autoaislamiento étnico. En su caso, la transnacionalidad se concibe como sinónimo de deficiencias en el idioma, la educación y el empleo. En otras palabras, respecto a quienes son percibidos como migrantes, la transnacionalidad es vista como una trampa de movilidad (Wiley, 1967). Lo que es notable en esas narrativas es que se enfocan en una forma dicotómica en la «élite» y los «marginados». Al menos, excluyen las posiciones sociales «intermedias» (Smith, 2000).

La proposición conceptual central en este punto es que la transnacionalidad es una heterogeneidad particularmente importante respecto a las transacciones transfronterizas y sus consecuencias para las inequidades. Para situar la transnacionalidad es útil comenzar por distinguir entre procesos generales de transacciones transfronterizas (transnacionalización), estructuras trans-fronterizas que abarcan las fronteras de varios Estados nacionales (espacios sociales transnacionales) y el grado de difusión de las transacciones transfronterizas de los agentes (transnacionalidad).4 Los espacios sociales transnacionales incluyen combinaciones de lazos y su substancia, posiciones en redes y organizaciones, y redes de organizaciones ubicadas en dos o más Estados. Los lazos y las posiciones en los espacios transnacionales deben, por ende, comprenderse no como estáticos, sino como procesos dinámicos. Dependiendo del grado de formalización de los lazos transnacionales, pueden distinguirse tres formas de espacios transnacionales. Éstas son: reciprocidad en los grupos transnacionales de parentesco, intercambio en los circuitos transnacionales y solidaridad en las comunidades transnacionales (Faist, 2000).

Con respecto a la transnacionalidad, deben señalarse tres características: 1) aunque es frecuente que se refiera a la movilidad geográfica, no es ésta una condición suficiente para la transnacionalidad; 2) se ubica en un continuo de bajo a denso, y 3) incluye varias dimensiones, como las relaciones personales, transacciones financieras, identificación y prácticas socioculturales.

1) Movilidad espacial

Cualquier análisis sustentado de la transnacionalidad ha de lidiar con la movilidad, que constituye un tema de investigación estratégicamente importante acerca de las inequidades sociales.5 Necesitamos ser conscientes de que los lazos transfronterizos no están restringidos a los agentes físicamente móviles, es decir, sólo a migrantes/personas móviles y sus personas significativas que con frecuencia son relativamente inmóviles, principalmente familiares. También podemos encontrar, más en general, personas geográficamente inmóviles que participan en transacciones transfronterizas (Mau, 2010). Y para las personas (relativamente) inmóviles puede significar una diferencia importante el que dispongan o no de lazos con personas geográficamente móviles que han migrado, ya sea dentro de las fronteras del Estado o atravesándolas —por ejemplo, por las remesas, pero también por el conocimiento de las oportunidades de migración—.

Además, la movilidad social y la movilidad geográfica están conectadas intrínsicamente en el sentido de que la última con frecuencia es un medio para lograr la primera. Es evidente que la movilidad geográfica, frecuente aunque no exclusivamente a través de las fronteras, es una forma de lidiar con las inequidades sociales. En cierta forma, la migración es «la más antigua acción en contra de la pobreza» (Galbraith, 1979: 64). De tal modo, es posible distinguir entre quienes aprovechan las oportunidades como la que representa la movilidad geográfica por encima de las fronteras de los Estados para mejorar su posición social y quienes se quedan relativamente inmóviles. Así pues, las personas sedentarias también están involucradas. Es frecuente que encontremos personas móviles e inmóviles en el mismo grupo. Tomemos a las familias como un ejemplo. A veces, un solo miembro de la familia participa en la migración a corta o larga distancia, interna o internacional, mientras que los otros permanecen en el lugar de origen. Puede ser o no que al migrante se le unan después otros miembros de la familia, parientes, amigos o conocidos. El que una persona de ese grupo participe en la migración o permanezca relativamente inmóvil, por lo general tiene implicaciones importantes para su posición dentro de la familia. La migración puede conllevar cambios en la división del trabajo en el hogar, el control sobre los recursos materiales y la disponibilidad de apoyo social y afectivo. Además, mientras que la movilidad por lo general atrae recursos adicionales, también por ella se incurre en costos para el grupo de parentesco, pues el migrante deja de cumplir determinados roles, por ejemplo, la crianza de los hijos o el cuidado de los parientes de mayor edad. En pocas palabras, la movilidad está inserta en la creación tanto de beneficios como de costos que se distribuyen desigualmente en los respectivos colectivos.

Es entonces importante saber si la movilidad geográfica es por lo general un paso adelante hacia la movilidad social ascendente. Aunque muchos estudios de la migración responden a esta pregunta afirmativamente (Goldin et al., 2011), de ninguna manera es ésta una conclusión definitiva cuando tomamos en cuenta que muchos de los migrantes internacionales regresan «a casa» con el tiempo o participan en una migración posterior. Aun cuando la movilidad como la migración de retorno puede ser una expresión de metas cumplidas, también puede ser consecuencia de no haber logrado el sueño de mejorar sus oportunidades de vida. Una consideración similar se aplicaría a las personas móviles que permanecen en el país de inmigración. El establecerse no significa necesariamente una realización exitosa de mejores oportunidades de vida; podría ser también una manifestación de falta de alternativas y, por ende, un paso hacia la marginación socioeconómica, cultural y política.

Otra cuestión es de qué manera exactamente la movilidad geográfica transfronteriza se relaciona con las trayectorias de movilidad que no involucran el cruce de fronteras. Un caso obvio al respecto es la movilidad interna en los Estados, donde la cantidad de personas involucradas es mucho mayor que el número absoluto de migrantes internacionales. Por ejemplo, es frecuente que se señale que únicamente la cantidad de migrantes internos en China es mayor que el caudal global de migrantes internacionales. Otras formas no geográficas de movilidad podrían incluir la movilidad social a través de luchas sociales y políticas, como la de grupos que promueven la redistribución política de los recursos. Entramos aquí en el terreno de los movimientos sociales. Históricamente, el movimiento de los trabajadores ha sido instrumental en el cambio de las instituciones mismas del Estado. Las relaciones recíprocas o solidarias pueden llevar a los migrantes a participar en prácticas transfronterizas, por ejemplo, al remitir dinero o cambiar sus prácticas políticas.

No obstante, la movilidad geográfica o espacial no constituye un requisito necesario para participar en las transacciones transnacionales, aunque es frecuente que las dos estén asociadas. Tal es el caso del intercambio de información profesional por encima de las fronteras que no requiere de movilidad espacial. Por lo tanto, la red ha de lanzarse más lejos, una tarea para la cual resulta útil el concepto de transnacionalidad.

2) La transnacionalidad como un continuo

La transnacionalidad puede ser entendida de manera provechosa no como una característica dicotómica sino como una variable que va desde baja a densa. Utilizar una escala de intervalo equivale a escapar del uso dicotomizante de lo transnacional frente a lo nacional y a trazar un mapa sistemático para diversos grupos.

3) La transnacionalidad como específica de un ámbito

Dependiendo de las preguntas planteadas, han de considerarse diversas dimensiones para captar la transnacionalidad; éstas pueden incluir elementos como los intercambios financieros transfronterizos, las relaciones personales, la identificación transnacional y la práctica cultural en ámbitos como la política, el mercado de trabajo, la salud o la educación. En la mayor parte de los estudios realizados hasta el momento, la transnacionalidad no ha sido suficientemente desagregada para tomar en cuenta el hecho de que los ámbitos del trabajo, educación, política, religión, etcétera, operan siguiendo su propia lógica y pueden implicar clases muy diferentes de transnacionalidad. Adicionalmente, las personas pueden ser transnacionales en diversos grados en cada uno de estos ámbitos.

En síntesis, necesitamos especificar qué es lo que se necesita operacionalizar y medir con el objeto de rastrear las inequidades por encima de las fronteras. El valor heurístico del concepto de transnacionalidad consiste en que asume con seriedad la reflexión de que es necesario operacionalizar las transacciones transfronterizas de manera sistemática en vez de añadir implicaciones potenciales para las inequidades a un distante deus ex machina denominado globalización.

 

UNA PERSPECTIVA TRANSNACIONAL SOBRE LAS HETEROGENEIDADES Y LAS INEQUIDADES

Una perspectiva transnacional sobre las inequidades transfronterizas no necesariamente toma una unidad fija de referencia como un punto de partida sino que examina varios, es decir, tomando en cuenta diversas escalas, dependiendo de la pregunta a ser respondida (Faist y Nergiz, 2012; Faist, 2012). Esta perspectiva es distinta de las perspectivas nacional, internacional y global.

En primer lugar, la perspectiva nacional se ocupa primordialmente de las inequidades entre los ciudadanos y los no ciudadanos (siendo estos últimos, con frecuencia, migrantes) dentro de un solo Estado y, por implicación, de las comparaciones entre Estados nacionales, como en los análisis cultural, económico y político comparativos. Dado que la inequidad es con mayor frecuencia discutida en las esferas públicas que están limitadas de manera predominante por lo nacional, y que la inequidad es relativa en el sentido de que el estándar de comparación es entre individuos en una comunidad sociopolítica particular (y no aquéllas en países lejanos), no es de sorprender —a primera vista— que la mayor parte del trabajo se realice en esta escala.

En segundo lugar, hay una perspectiva internacional que analiza las inequidades entre Estados, por ejemplo, comparando la mediana del ingreso per cápita entre diferentes Estados o usando otros conjuntos más sofisticados de indicadores, como el Índice de Desarrollo Humano (IDH) que analiza el ingreso, la mortalidad infantil y la educación. Existen diversas formas de comparaciones internacionales, incluyendo algunas que toman en consideración el tamaño de la población y algunas que no lo hacen. Las comparaciones internacionales ocupan un lugar prominente en todos los debates que se dan en las organizaciones internacionales en el sistema de Naciones Unidas y son utilizadas por organizaciones como el Banco Mundial o el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) para medir las disparidades entre los países y las regiones mundiales (PNUD, 2005).

En tercer lugar, hay una perspectiva global que toma a los individuos en el mundo como la unidad de comparación y no está limitada por las fronteras nacionales. Para los análisis en este nivel se requieren datos de los hogares (Milanovic, 2005). Aunque esta perspectiva constituye un avance respecto de las dos primeras, necesita complementarse por una visión que examine los intersticios de diversas unidades geográficas.

En cuarto lugar, está la perspectiva que privilegiamos aquí, es decir, una perspectiva transnacional de las inequidades. Lidia con las inequidades en el contexto de las transacciones transfronterizas de grupos, personas y organizaciones. Las unidades de análisis y de referencia son asuntos empíricos. Estas unidades pueden ser las redes familiares o de parentesco, las comunidades pueblerinas o profesionales; en pocas palabras, cualquier tipo de formación social que trascienda las fronteras de los Estados nacionales. Esta óptica es adecuada porque las transacciones transfronterizas suceden en diferentes ámbitos, como la familia, grupos de amistad, redes de negocios, comunidades u organizaciones locales, y por sus mismas prácticas, los agentes constituyen estas escalas.

Como indica la figura 1, las inequidades y las percepciones de inequidades respecto de recursos y estatus podrían relacionarse con las regiones de emigración, las regiones de inmigración o con ambas. En este caso, la inequidad se concibe como carente de límites: mientras que las fronteras entre los Estados y sobre todo las fronteras de la membresía son de importancia crucial para las oportunidades de vida de una persona, las fronteras y confines sociales, económicos, políticos y culturales no son coextensivos. Por ejemplo, los mundos de vida sociales de las personas activas transnacionalmente abarcan a varios Estados y se extienden a diversas localidades en estos Estados. Es de esperarse que los estándares de comparación difieran entre regiones, como los Estados nacionales, y entre las localidades de emigración e inmigración. Además, los estándares de comparación también podrían ser internos para las formaciones sociales que traspasan las fronteras de los Estados nacionales. Por ejemplo, los puntos de redeferencia podrían ser internos para las comunidades provincianas transnacionales y los oriundos podrían compararse primordialmente con sus compañeros de terruño. Constituye una pregunta empírica si y en qué medida esto podría suceder. Lo que es cierto, empero, es que las comparaciones respecto a las inequidades entre las mismas personas siempre son relativas, es decir, relacionales, y que las comparaciones normalmente no se hacen entre personas de categorías consideradas remotas (por ejemplo un migrante laboral y un ejecutivo en una corporación transnacional) sino dentro de aquéllas que se consideran similares, es decir, entre los migrantes en una región y los migrantes provenientes de una región similar (tfr. Panning, 1983).

En un espacio reducido, la figura 1 sugiere que no sólo las relaciones entre los Estados son relevantes sino también las relaciones que no implican primordialmente a agentes del Estado, aunque los Estados pueden buscar activamente regular y dar forma a esas relaciones. Un tema crucial que surge en ese contexto es la manera en que los agentes relacionan los marcos de referencia, por ejemplo, las nociones de inequidad en un Estado con las de otro, o incluso los estándares transnacionales genuinos que han de encontrarse en varios o en muchos estados. En otras palabras, la tarea del análisis conceptual y empírico consiste en determinar el horizonte que utilizan los agentes, los investigados y los investigadores por igual para evaluar la posición social en las jerarquías de inequidad. Ese horizonte puede o no incluir a más de un Estado.

Mediante la regulación de controles fronterizos y el acceso a la membresía, los Estados nacionales ejercen una influencia especialmente importante para reproducir las inequidades sociales que determinan los patrones transfronterizos de movilidad social y geográfica. Los espacios sociales transnacionales con frecuencia están marcados por notables inequidades sociales, dado que la migración internacional suele registrarse entre regiones de desarrollo económico desigual, como sucede, por ejemplo, en los flujos migratorios de Sur a Norte. A este respecto, dos conjuntos de instituciones son relevantes. Primero, hay políticas de migración (admisión) y políticas de ciudadanía. Las políticas de migración en particular, junto con las políticas comerciales, durante décadas han operado como poderosos instrumentos para conservar las diferencias socioeconómicas entre las regiones del planeta. Según la teoría económica dominante, la libre movilidad de la fuerza de trabajo derivaría en un equilibrio de los factores de la producción, en este caso aumentando los salarios en los países de emigración y disminuyéndolos en los de inmigración (Hamilton y Whaley, 1984). Además, las barreras a la ciudadanía y denizenship (estatus permanente) en gran parte determinan el conjunto de derechos disponibles para las personas que cruzan las fronteras. El grado en el cual los individuos pueden cruzar las fronteras y, por ende, sostener lazos transnacionales, o en el que son capaces de participar simultáneamente en las actividades económicas y políticas de dos regiones, está configurado no sólo por los Estados de inmigración sino también por los países de emigración por medio de políticas de ciudadanía, incluyendo la doble ciudadanía, repatriación, votaciones externas, representación política especial para los emigrantes, incentivos económicos especiales, por ejemplo inversión, tributación, programas de retorno y reintegración, regulaciones de visas y acceso a los beneficios del bienestar. En segundo lugar, las instituciones de los Estados nacionales y también otras instituciones más locales en otras escalas, especialmente los sistemas políticos federales, como las políticas laborales, las instituciones que fijan los salarios, así como las instituciones en los campos que configuran las oportunidades de vida —como en la educación, cuidado de los niños y salud—, afectan por igual a las personas móviles y a las no móviles (DiPrete, 2007).

La movilidad en los espacios sociales transnacionales es, por tanto, una parte integral de las macroestructuras de las inequidades. Por ejemplo, respecto al ingreso hay evidencia en el sentido de que la baja inequidad en los países ricos se logra utilizando los recursos y las políticas del Estado para excluir, limitar o controlar la competencia a través de la migración o el comercio de parte de los trabajadores de bajos salarios y por medio de este proceso la baja inequidad en una región puede estar asociada directamente con la alta inequidad en otra. No obstante, también hay evidencia de que incluso en este contexto las personas y los grupos que se mueven en espacios sociales transnacionales pueden lograr una especie de movilidad social.

 

TRANSNACIONALIDAD E INEQUIDADES SOCIALES: UNA TIPOLOGÍA PRELIMINAR

Cuando se trata de transnacionalidad, tenemos que distinguir entre dos formas de dimensiones de la inequidad. El foco necesario de la investigación es el nexo entre los recursos y la transnacionalidad con el objeto de entender de qué manera se (re)produce6 el poder. La transnacionalidad puede conceptualizarse como consistente de varias prácticas sociales y los recursos pueden distinguirse de acuerdo al capital económico, cultural y social (Bourdieu, 1983) (figura 2). Al mirar la combinación de transnacionalidad y diversas formas de capital, vemos que podemos situar a las personas en las redes de inequidades de una forma muy preliminar. Es importante señalar que la figura 2 utiliza tanto a la transnacionalidad como a las formas de capital como índices abstractos. El propósito es cubrir un espacio conceptual al asociar la transnacionalidad y las dotaciones de capital; no es el de argumentar que los cuadrantes I a IV constituyan categorías claramente delimitadas de personas, como altamente calificadas (I), socialmente integradas con poca o nula transnacionalidad (II), marginados sin (III) o con altos grados de transnacionalidad (IV). En cambio, al final, las intersecciones de ambos ejes tienen que ser concebidos como un continuo de posibles posiciones sociales.

En cuanto al capital, la idea básica es que los agentes por lo general disponen de diferentes tipos de recursos. Si esos recursos son convertibles, por ejemplo, los recursos económicos en culturales, hablamos de capital (Bourdieu y Wacquant, 1992: 99). En otras palabras, la convertibilidad en otras formas de capital —económico, social, cultural, respectivamente— distingue al capital de los simples recursos y por ende entrelaza diferentes formas de capital. El capital, y esto es crucial desde una perspectiva transnacional, por lo general no se transfiere simplemente como un todo que no sufre cambios de un país a otro. Considérese, por ejemplo, la observación de que las personas que son móviles por encima de las fronteras pueden tener cantidades notables de capital cultural institucionalizado, incluso credenciales que necesitan ser validadas transnacionalmente (ejemplo, confirmación de equivalencia) para permitir al propietario el utilizarlo. Sin embargo, los migrantes con frecuencia se desilusionan por su lento progreso profesional. Una forma de aproximarse a este problema es abandonar la visión simplista de un aparente beneficio de la equivalencia a la transferencia de capital, pues tal beneficio supondría que los migrantes llevan con ellos un paquete de recursos culturales, sociales y económicos que pueden ajustarse o no con la cultura, la economía, la sociedad y el sistema de estatus del país de residencia, en tanto distinto respecto al Estado de origen. Esa visión es muy socorrida en las denominadas perspectivas del capital humano que plantean que, por ejemplo, «diferentes grupos étnicos poseen características identificables, que abarcan valores y prácticas culturales y redes sociales que se formaron en el lugar de origen, y fueron transplantadas con modificaciones mínimas por los inmigrantes hacia la nueva tierra y transmitidas y perpetuadas ahí de generación en generación» (Zhou, 2005: 134). Tal punto de vista sería problemático por al menos dos razones. Primero, supone que los confines de los grupos pueden ser asignados de manera clara. En cambio, las diferenciaciones dentro del grupo necesitan tomarse en cuenta de modo que no se deifique la identidad nacional como la categoría organizadora clave para generar capital(es) cultural, social, económico y simbólico. La etnicidad o nacionalidad no debería ser el único criterio o necesariamente el principal criterio para categorizar a las personas móviles. En segundo lugar, una aproximación así asignaría posiciones sociales sin explorar el proceso por medio del cual se hacen convertibles los recursos, es decir, de qué manera constituyen capital. En cambio, es más provechoso ver los diversos tipos de capital como cofres de tesoros que pueden emplearse en diversos grados.

En cuanto a los recursos disponibles para los agentes, el volumen total de capital necesita ser desagregado y relacionado con la transnacionalidad. Se espera que tres formas de capital sean de particular relevancia para los recursos totales y por ende para el posicionamiento social: capital económico, sobre todo ingreso y riqueza; capital cultural en su forma incorporada, por ejemplo, grados de las instituciones educativas y estatus ocupacional, y capital social, en especial acceso a recursos de otros agentes en la propia red y —desde el punto de vista de los grupos— redes de reciprocidad y confianza. Idealmente, se podría luego examinar tanto las inequidades en el mundo de vida y en todos los campos de la práctica por separado —ejemplo, educación, mercado de trabajo, política y salud— dado que la jerarquía de la importancia de los tipos de capital puede ser específica de cada campo. El volumen de las diversas formas de capital, ya sea individual o en conjunto, puede ser considerado como pistas útiles de la posición (o el posicionamiento) social de las personas y grupos y, por ende, como una manera útil de conceptualizar las inequidades sociales.

Aun cuando se esté consciente de todos los diferentes aspectos de la transnacionalidad y de las diversas formas de capital, tiene sentido, no obstante, como primer paso, pensar acerca de las combinaciones potenciales de capital y transnacionalidad siguiendo las cuatro celdas indicadas en la figura 2. Esto nos dará una idea preliminar, aunque estática y muy provisional, de cómo pueden agruparse la transnacionalidad y los tipos de capital para denotar ciertas constelaciones de oportunidades para la participación. Surge una cuádruple distinción.

En el campo I, caracterizado por altos grados de transnacionalidad y volumen de capital, esperamos ver a los ganadores de la globalización, como los profesionales altamente calificados, los gerentes y los empresarios con movilidad. La «clase media» de la movilidad de los trabajadores calificados en la Unión Europea —un fenómeno creciente— también podría incluirse (Verwiebe, 2008). En el campo II, la combinación de recursos relativamente altos y bajos grados de transnacionalidad, esperamos encontrar a aquéllos que geográficamente están en relativa inmovilidad pero aún tienen altos volúmenes de las diversas formas de capital. Es una pregunta empírica la de si los lazos transnacionales son importantes para su posicionamiento y, si es así, en qué grado las personas y grupos en esta categoría experimentan una movilidad social relativamente descendente como consecuencia de una ausencia de lazos transnacionales. En el campo III, bien podría ser que encontremos a aquéllos realmente excluídos de uno o diversos campos, como a los habitantes de los asentamientos irregulares que no tienen acceso al Estado de bienestar o a derechos políticos. Normalmente están excluidos de forma múltiple. Estas personas desposeídas tampoco tendrían los medios para ser geográficamente móviles en largas distancias, ya no se diga para transacciones transfronterizas o intercontinentales. Estas personas son las verdaderamente desposeídas y esperaríamos que ellas constituyeran una porción mayor de la población en los países «en desarrollo» o en transición que en los países de la OCDE. En el campo IV podríamos imaginar a personas que cuentan con lazos transfronterizos pero no con un alto volumen de capital de los tipos social, cultural y económico. Los migrantes laborales con estatus regular podrían estar entre esos. Aquí, las diferenciaciones de los tipos de capital mencionados antes pueden ser extremadamente importantes. Los migrantes laborales podrían estar en un nivel bajo de capital cultural institucional —tomando en cuenta la frecuente devaluación de sus credenciales educativas y ocupacionales en los países de inmigración— y tener un capital económico un tanto mayor, pero podrían compensar algunas de estas deficiencias con altos grados de capital social, como se hace evidente por las redes familiares por encima de las fronteras en las cuales los parientes en varios países están involucrados en la crianza de los hijos. Es por ende cuestionable si las personas en el campo IV constituyen sólo aquéllos que viven vidas segregadas, es decir, vidas separadas de, por ejemplo, las sociedades inmigrantes. Si eso fuera verdad, entonces la transnacionalidad simplemente sería coextensiva con la segregación social (Esser, 2003). Al ver la relación de la transnacionalidad con diversas formas de capital —social, económico y político— podemos, empero, lograr una diferente apreciación. En el polo opuesto de la marginación, necesitamos considerar que diversos tipos de capital —más obviamente el capital económico— tienen diferentes equivalencias en diferentes Estados. Por ejemplo, podría ser que los migrantes turcos fueran incapaces de obtener los medios financieros para establecer un hotel en Alemania, pero podrían hacerlo en Turquía. Las oportunidades para la participación están determinadas en consecuencia no sólo por el volumen de las diferentes formas de capital sino por el contexto en el cual pueden ser usadas.

De tal forma, conceptualizar la relación entre la transnacionalidad como heterogeneidad y los recursos como se indica por las diversas formas de capital es trascender las comparaciones de los migrantes frente a los no-migrantes y permitir comparaciones de la movilidad frente a la no-movilidad. El criterio distintivo no es, por tanto, el migrante frente al no-migrante, sino el contar o carecer de lazos transnacionales, es decir, los campos I y IV frente a los campos II y III. Esto es debido a que las personas que participan en la movilidad a corto plazo y las personas relativamente inmóviles podrían también participar en las transacciones transnacionales. Nótese que esta cuádruple distinción amplía el universo de las posibilidades que se discuten habitualmente en la investigación de la integración de los migrantes. En esta última, los campos II y III son el principal foco con los campos I y IV como fenómenos marginales.

 

TRANSNACIONALIDAD E INEQUIDADES: ILUSTRACIONES EMPÍRICAS

La pregunta empírica es, entonces, cuál es la diferencia que marca la transnacionalidad para las personas con altas dotaciones de capital (campo I vs. II) y bajas dotaciones de capital (campo IV vs. III). Según la imagen dominante en los debates públicos e incluso en los académicos mencionados antes, la transnacionalidad constituye una ventaja para «la élite» pero no para «los marginados». Los hallazgos iniciales derivados de un estudio empírico en proceso, con base en un nuevo análisis de los datos de un estudio socioeconómico alemán (German Socio—Economic Panel study, GSOEP), sugieren que es de otro modo. A partir de preguntas de una encuesta planteadas entre 2006 y 2010, y con la ayuda de regresiones logísticas (Fauser et al., 2012), podemos examinar mejor la asociación de la transnacionalidad con el capital social, económico y cultural (institucionalizado). Resulta que no hay un patrón uniforme para el nexo entre transnacionalidad e inequidad. En cambio, abundan las relaciones complejas. Primero, por ejemplo, con respecto a las remesas financieras, participan aquellas personas con cantidades relativamente más altas de capital económico. Segundo, con respecto a ciertas prácticas culturales —como el interés en el país de origen operacionalizado en la lectura de medios impresos en el idioma respectivo— no se puede encontrar una asociación sistemática entre la marca de transnacionalidad y las formas de volumen de capital. No obstante, la comunicación personal en el idioma del lugar de origen está asociada positivamente con el capital social y financiero. Se trata de un hallazgo un tanto sorprendente, dado las muchas afirmaciones en los debates públicos y en los análisis académicos acerca de los efectos marginalizantes de ciertos idiomas de los países de origen, al menos aquéllos clasificados habitualmente como divisas suaves en Alemania, como el ruso, el turco o el árabe. En general, la transnacionalidad está asociada con un volumen más alto de capital o carece de una asociación específica con la posición de inequidad de una persona. Si este resultado resulta verdadero en los análisis subsecuentes, rechazaría sensatamente la asociación unilateral de la transnacionalidad con la marginación.

Resulta útil distinguir primero entre migrantes y no-migrantes, dado que la transnacionalidad no es un atributo exclusivo de los migrantes. Los migrantes son aquí las personas con «antecedentes de migración», definidos por haberse trasladado desde el extranjero para vivir en Alemania como país de inmigración, al igual que sus hijos. Los no-migrantes son aquéllos que no se han trasladado al extranjero. La medida de la transnacionalidad se basa en un índice, compuesto de lazos transfronterizos que miden las transacciones financieras, las relaciones personales, la identificación y las prácticas culturales.7

Una vez más, el análisis de la transnacionalidad entre migrantes y no-migrantes se basa en análisis descriptivos trans-seccionales del GSOEP. Los resultados que se presentan más adelante utilizan las distribuciones de frecuencia de la transnacionalidad a partir del año más reciente de encuesta, cuando se empleó el respectivo reactivo de transnacionalidad entre 2006 y 2010. El análisis de la asociación entre la intensidad de la transnacionalidad, por un lado y las posiciones sociales, por el otro, utiliza una aproximación bivariada con base en las variables del índice y las variables del capital por medio de las cuales se ha operacionalizado el capital cultural y económico de los encuestados (consúltese <http://www.sfb882.uni-bielefeld.de/en/projects/c1>).

Los datos sugieren que una porción considerable de la población en Alemania no es transnacional e, incluso, entre los migrantes una quinta parte no muestra lazos o prácticas transnacionales según los elementos del índice empleado (gráficas 1 y 2). No obstante, la transnacionalidad se da en un grado significativo en ambas categorías. Aproximadamente, 80% de los migrantes y cerca de 35% de los no-migrantes son «transnacionales» en cierta medida. Las diferencias en la transnacionalidad entre migrantes y no-migrantes con respecto a la intensidad son de particular interés: los migrantes se encuentran con mayor frecuencia en las categorías de grados «bajo» y «medio» de transnacionalidad; los no-migrantes en la categoría de grado «bajo». Tanto en la escala baja como en la media, la proporción de migrantes es considerablemente mayor que la de no-migrantes. Además, una intensidad muy alta de transnacionalidad representa la más pequeña categoría para ambos grupos. Una vez más, una proporción mayor de migrantes (2.5%) que de no-migrantes (menos del 1%) se encuentra en esta categoría.

 

Como se mencionó antes, un análisis fino no presenta una dicotomía entre «la élite global» y «los marginados» sino que permite y considera también las posiciones «intermedias». Con propósitos de ilustración, examinamos la transnacionalidad y el capital, en este caso, el capital cultural de los migrantes y los no-migrantes. En cuanto a los migrantes, no se encuentra un patrón particular respecto a la asociación entre las diferentes categorías de capital cultural y los grados de transnacionalidad (gráfica 3). No obstante, para los no-migrantes el capital cultural está asociado fuertemente con la transnacionalidad; hay así una relación lineal (gráfica 4). El mismo patrón de diferencias se puede encontrar con respecto al capital económico, medido por el ingreso y los recursos del hogar, y el grado de transnacionalidad. Esta descripción indica que es efectivamente útil introducir las posiciones «intermedias», aquí en lo que se refiere a la educación, para tener una idea menos dicotomizada de la relación entre la transnacionalidad y las dotaciones de capital.

Sigue sin responderse la pregunta de si las conexiones transnacionales contribuyen a la movilidad social ascendente o si ésta última es una precondición de la primera. La causalidad puede no ser únicamente en un sentido. Parece bastante plausible que los lazos transnacionales, por una parte, y las prácticas y la posición social de las personas, por la otra, se refuercen mutuamente, al menos para algunos individuos. Para otros, la transnacionalidad puede constituir un punto de partida en su movilidad social ascendente y por ende acrecienta su horizonte de oportunidad. No obstante, la movilidad ascendente, el éxito en la educación superior o prosperar como empresario pueden derivar hacia conseguir o ampliar los lazos transnacionales. Para otros más, la transnacionalidad puede constituir un elemento adicional de su marginación.

 

INEQUIDADES TRANSNACIONALES: HORIZONTES PARA LA COMPARACIÓN

En todas las consideraciones de las inequidades transfronterizas, desde una perspectiva transnacional, surge el amplio tema de la simultaneidad. La transnacionalidad se caracteriza por su potencial para la membresía simultánea en diferentes países y en grupos y organizaciones ubicados en estos Estados. La simultaneidad también se aplica a la evaluación de la propia posición social y las ventanas de oportunidad. La posición social es puesta luego en un marco transfronterizo comparativo. Por un lado, esperaríamos que muchos migrantes interpretaran las perspectivas de movilidad ascendente comparativamente, percibiendo las posibilidades, en el balance, como mejores con una frecuencia mayor en el país o países de inmigración posterior. Existe, por ende, una comparación clara de oportunidades de vida y expectativas futuras entre los países de inmigración y emigración. Por otro lado, la posición social de una persona en el país de inmigración puede no ser el factor primordial en su concepción de los efectos posicionales de la migración y las prácticas transnacionales. Esos efectos en las perspectivas para quienes se quedan en los países de emigración también pueden ser significativos. Por ejemplo, la participación transfronteriza ha sido representada en el lenguaje del peregrinaje y la pasión religiosas en Filipinas —un sacrificio necesario para beneficio de otros (Aguilar, 1999).

No obstante, en estos dos casos, cómo (y dónde) se evalúa objetivamente la posición social (por ejemplo, de parte de investigadores que utilizan criterios predefinidos) puede no ser la forma en que las evaluaciones de la posición social se construye de parte de otros actores sociales, a saber, aquéllos que son investigados. Esta diferencia puede surgir por dos razones. Primero, cuando los migrantes comparan posiciones sociales en un marco transnacional no comparan simplemente la posición en una jerarquía con la posición en otra. En cambio, las personas móviles pueden también considerar que las expectativas para la movilidad dentro de esa jerarquía, ya sea a lo largo de una trayectoria profesional o a través de las generaciones, sea un factor de gran importancia. Segundo, el posicionamiento social puede referirse subjetivamente a la persona, a la red familiar más amplia o incluso a un agregado superior como el pueblo o la comunidad profesional o una nación: mientras que los propios migrantes transfronterizos pueden ser degradados en términos de posición social, el resultado para quienes se quedan puede ser de movilidad ascendente en términos de ingreso y de patrones de consumo.

En general, el marco de referencia para el posicionamiento social cambia a través de los enlaces y las comparaciones transnacionales. La transnacionalidad cambia el marco de referencia para otras heterogeneidades y, en última instancia, para las inequidades. Por ejemplo, la transnacionalidad plantea la pregunta de cuáles estándares de comparación se utilizan. La inequidad en Alemania podría evaluarse de parte de los migrantes en relación con Turquía en su conjunto o en un marco comparativo que toma en cuenta ciertos elementos de las inequidades en ambos países. Además, las inequidades podrían ser evaluadas también en relación con la población inmigrante de origen turco, una comparación que no ha de descartarse Los inmigrantes turcos en Alemania, por ejemplo, fácilmente podrían encontrar experiencias similares de posicionamiento social. Para muchos inmigrantes turcos esa perspectiva puede hacer mucho menos penoso el tener que «comenzar de nuevo». Los grupos de iguales pueden cambiar su evaluación de la inequidad experimentada debido al surgimiento de nuevos estándares en términos de, digamos, estilo de vida transfronterizo y de relaciones sociales (Shibutani y Kwan, 1965). Un enfoque transnacional es de utilidad porque plantea la pregunta en cuanto al marco de referencia para hacer las comparaciones. Este problema no sólo surge al analizar los marcos que sostienen los móviles y los no-móviles, sino que también refiere a las categorías utilizadas por los investigadores. En la migración de Sur a Norte, por ejemplo, es frecuente que exista una incompatibilidad de categorías: la «clase media» puede significar patrones de estilo de vida, consumo, estatus y recursos en países tan diversos como Ghana y Holanda.

Las percepciones de inequidades dentro y entre los países de emigración, inmigración y, posiblemente, los países de movimiento subsecuente juegan un importante papel en la política de la inequidad a nivel de los agentes móviles. Los agentes tienden a evaluar las inequidades de acuerdo con los estándares de equidad. En otras palabras, las inequidades por sí mismas carecen de significado. Su importancia social deriva de la metanorma de la equidad (Hondrich, 1984). Irónicamente, uno de los más importantes medios de exclusión y una de las causas profundas de la reproducción de las inequidades transfronterizas es la ciudadanía nacional. En su guisa ocupada de mirar hacia adentro, es un estándar para la equidad de todos los miembros de una sociedad nacionalmente delimitada, en diversos ámbitos —político, social (bienestar) y económico, civil e, incluso, cultural, como en los reclamos a favor de la ciudadanía multicultural—.

La transnacionalidad como una heterogeneidad coincide con la ciudadanía nacional como una heterogeneidad definida por el estatus de muchas maneras. Para las personas móviles que participan políticamente, es importante desentrañar qué estándares de comparaciones utilizan en las prácticas políticas. Existe evidencia inicial, por ejemplo, de que los grupos de filipinos políticamente activos en Canadá han tendido a adoptar un discurso que ve sus posiciones en Canadá como explícitamente vinculadas con el destino subdesarrollado de Filipinas. De tal manera, el tratamiento de los filipinos en la sociedad canadiense está directamente vinculado con la percepción de que Filipinas juega un papel subordinado en el sistema político-económico global. Aunque la movilización en torno a temas de desarrollo en Filipinas no está muy difundida en la comunidad filipina, es de notar que los activistas que promueven los temas referidos al establecimiento de los inmigrantes en Canadá se esfuerzan por vincular estos temas con una identidad basada en un estatus del tercer mundo (Pratt y Yeoh, 2003). El análisis de la transnacionalidad es por tanto un aspecto importante para vincular la ciudadanía nacional con las inequidades sociales transfronterizas.

Después de todo, la ciudadanía es un mecanismo de primer orden para el cierre social, lo que implica que el valor de los recursos depende de la membresía en el grupo. En pocas palabras, la naturalización de la ciudadanía nacional como una heterogeneidad adscriptiva —adscrita por medios legales— es una de las raíces más claras de las categorizaciones que derivan en inequidades. Las posibilidades de vivir una vida libre de la destitución son mucho más altas en los países de la OCDE. Es importante, vista desde la perspectiva transnacional, que la ciudadanía nacional constituye una heterogeneidad moralmente arbitraria, que no está arraigada en el mérito, como el trabajo duro, la ética del trabajo correcta y la eficiencia —aunque éstas se anuncian como factores para el desarrollo y la riqueza económicos exitosos—. Es esencial recordar esta reflexión básica sobre la relevancia que como inequidad tiene la ciudadanía nacional porque una buena parte de la inequidad en el ingreso, por ejemplo, se da en una escala entre países. Por poner un caso, Milanovic (2005) calculó que la inequidad en el ingreso entre países explicaba aproximadamente dos terceras partes de la inequidad general en el mundo en 1993. Aunque se debate mucho acerca de las tendencias que hacen contrapeso, este patrón ha sido notablemente estable durante los pasados 200 años (Korzeniewicz y Moran, 2009, capítulo 2).

Para avanzar en nuestra comprensión de la transnacionalidad y la inequidad más allá de las simples asociaciones y correlaciones, necesitaríamos examinar los procesos a través de los cuales la transnacionalidad, junto con otras heterogeneidades, está implicada en la (re)producción de las inequidades. Ese movimiento está fuera del alcance de este análisis, pero iniciaría a partir de las bases puestas aquí. Más allá de las condiciones macropolíticas, como la ciudadanía nacional, es esencial considerar los espacios sociales transnacionales específicos en los cuales los migrantes (y otras formas de personas móviles) están involucrados. Sin duda puede significar una diferencia en cuanto al tipo de espacio social transnacional en el cual ocurren las transacciones transfronterizas —dentro de las familias, circuitos o redes o de comunidades u organizaciones—. Estas entidades sociales están integradas por medio de diferentes principios sociales, como la reciprocidad, el intercambio o la solidaridad. Deben especificarse más las diferentes condiciones bajo las cuales operan los procesos de producción de inequidades y los mecanismos sociales que están activos, comenzando por los metamecanismos como la explotación, la acumulación de oportunidades o el cierre social, etcétera.

 

PANORAMA: LIBERANDO LA TRANSNACIONALIDAD

La transnacionalidad y la inequidad —para tomar las pistas de, entre otros, Ulrich Beck, Zygmunt Bauman y John Goldthorpe, pero para llevarlas un paso más adelante— constituyen no sólo un tema a ser debatido en los estudios de la migración y la movilidad geográfica sino dentro de un abanico mucho más amplio, y son, por ende, relevantes para todas las categorías sociales. Es entonces esencial incluir a aquéllos (percibidos) inmóviles y considerar la transnacionalidad como una heterogeneidad social potencialmente más difundida. Después de todo, la transnacionalidad no se restringe a las transacciones que derivan de la movilidad geográfica, ya sea a corto o a largo plazo. Por lo tanto, no es un concepto que esté restringido únicamente a los migrantes u otras categorías móviles. Ha llegado como una heterogeneidad crucial en el centro de los asuntos sociales.

En última instancia, el tema de la transnacionalidad constituye un aspecto de la cuestión social transnacional, es decir, la percepción de inequidades e injusticias a nivel mundial. Además de la movilidad de las personas, también refiere a las cadenas mercantiles y a los movimientos sociales. Al ampliar de ese modo la conceptualización inicial, la investigación de la movilidad orientada transnacionalmente puede ligarse y contribuir en otros campos de la sociología, por ejemplo, educativa, del empleo y de investigación en políticas, y hacerlo como un campo transdisciplinario. Finalmente, pero no menos importante, la investigación sobre migración y movilidad (Yeates, 2008) puede integrarse conceptualmente en otras áreas que lidian con los intercambios transfronterizos, como los movimientos sociales (Tarrow y Della Porta, 2005), redes de activistas (Keck y Sikkink, 1998) o comunidades religiosas (Levitt, 2007). La transnacionalidad no es sólo un atributo potencial de heterogeneidad entre los migrantes y sus familias, sino que también afecta otras categorías de individuos y grupos en el contexto de los procesos transnacionales.

El estudio de las inequidades en esta perspectiva transnacional más amplia tiene importantes implicaciones dado que en última instancia promete prodigar reflexiones en torno a la legitimación y la deslegitimación de las inequidades sociales. Las transacciones transfronterizas de los individuos sugieren que las inequidades entre los países se tornan comparables, al menos para las personas móviles e inmóviles involucradas en los lazos transfronterizos. Esto es importante porque el principio del Estado nacional implica que no lo son, en especial por medio de la institución de la ciudadanía nacional, donde el componente social está ligado primordialmente con los lazos del Estado y el ciudadano, como en la idea de la ciudadanía social (Marshall, 1964). Desde esta perspectiva, parece que cada país o sistema de bienestar tiene su conjunto distintivo de derechos y regulaciones. Aunque esta afirmación constituye la base para una floreciente industria de la investigación en torno al análisis comparativo del Estado de bienestar, el concepto de transnacionalidad amplía nuestro horizonte y permitirá a los investigadores enfocarse en la manera en que los agentes comparan su situación entre diferentes Estados y regímenes. Las personas que se asocian con la transnacionalidad están, quizá, entre los practicantes de la norma de la equidad que es ahora la marca por la cual son percibidas las inequidades tanto en los debates públicos como en los análisis académicos. La cuestión de la legitimidad de las inequidades sociales está ligada inextricablemente, aunque con frecuencia indirectamente y por fuera de las esferas públicas, con los estándares de equidad que pueden encontrarse en las proclamaciones de las normas sociales de alcance global.

 

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Notas

Traducción del inglés de Luis Rodolfo Morán Quiroz

1 En términos de agentes colectivos y del potencial para la acción colectiva, se ha afirmado incluso la existencia de una «clase transnacional» (Sklair, 2001). Este concepto implica que ha surgido un grupo dominante de capitalistas, profesionales y gerentes que trasciende las fronteras de los Estados nacionales y ha comenzado a desarrollar una conciencia propia y está controlando los procesos políticos y económicos trascendiendo las fronteras de los Estados en una escala mundial.

2 No hay una definición en torno a la cual haya un acuerdo universal del término migrante. Es frecuente que el término denote a las personas que permanecen fuera por más de un año, una concepción que se ajusta a la definición de la Organización de las Naciones Unidas (ONU, 1998: 18). No obstante, hay otras formas de movilidad, por ejemplo, estudiantes internacionales, trabajadores por temporada, trabajadores en puestos o secundados, o expatriados —algunos de los cuales implican periodos fuera de menos de un año—. Aquí se utilizan los dos conceptos de «migrante» y «personas móviles».

3 Los procesos por los cuales se producen las inequidades categóricas están más allá del alcance de este análisis e implican una narrativa basada en los mecanismos sociales.

4 Para una discusión detallada de los conceptos de transnacionalización y espacios sociales transnacionales, véase Faist et al. (2013), capítulo 1.

5 Idealmente, la movilidad geográfica implica dos extensiones más allá de la literatura convencional de la migración. Necesitamos ampliar el alcance desde los migrantes hacia las personas geográficamente móviles, incluyendo la inmovilidad-movilidad como un continuo. De tal manera, este continuo incluye a los migrantes establecidos en un extremo y los visitantes a corto plazo en el otro. Aquí, la migración geográfica se restringe a la migración.

6 El foco en los recursos deja fuera por el momento dos dimensiones adicionales importantes de la inequidad: primero, no deja ver el estatus, es decir, el reconocimiento de los papeles distribuidos a lo largo de heterogeneidades, como la ocupación, el género, la religión y también la ciudadanía como estatus. En segundo lugar, el poder no es tratado sistemáticamente. Ralf Dahrendorf (1967) hizo un abordaje famoso del perene problema de los orígenes de la inequidad (Rousseau, 1754), centrándose en el poder y la autoridad. El poder puede considerarse como crucial para hacer categorizaciones —por ejemplo, a lo largo de las líneas de la transnationalidad— y para establecer confines entre categorías de personas y también como la precondición para las inequidades categóricas.

7 El índice incorpora seis variables indicativas basadas en preguntas de la soep que fueron aplicadas a todos los encuestados. Esto refleja varios dominios de transnacionalidad y cubre intercambios financieros transfronterizos, relaciones personales, identificación transnacional y prácticas culturales, con cada dominio cubierto por uno o dos ítems. Cada dominio conforma un cuarto del índice utilizando una escala que varía de 0 a 10, con 10 reflejando el más intenso grado de transnacionalidad. Para describir los resultados, los valores en la escala de transnacionalidad se dividieron en tres niveles de igual intensidad: bajo (0.1 a 3.33), medio (3.34 a 6.66), alto (6.7 a 10); un cuarto nivel «0» refleja la ausencia de vínculos o actividades transnacionales.

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